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Lisardo Enamorado es una obra de Alonso de Castillo Solórzano, un escritor español del Siglo de Oro que también contribuyó significativamente al desarrollo de la novela corta española durante el siglo XVII. Esta obra es una de sus historias más conocidas y presenta a Lisardo como un caballero galante y enamorado que se desenvuelve en una serie de aventuras y situaciones intrigantes. La obra es característica del estilo de Castillo Solórzano, quien frecuentemente se centraba en tramas románticas y utilizaba el género de la novela picaresca para explorar temas de amor y relaciones. Aunque Castillo Solórzano es conocido por su uso de personajes y tramas picarescas, Lisardo Enamorado es notable por su enfoque en el romance y el galanteo en lugar de la sátira social.
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Seitenzahl: 343
Veröffentlichungsjahr: 2010
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Alonso del Castillo y Solórzano
Lisardo enamorado
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Créditos
Título original: Lisardo enamorado.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN tapa dura: 978-84-1126-425-9.
ISBN rústica: 978-84-96290-75-4.
ISBN ebook: 978-84-9953-302-5.
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Sumario
Créditos 4
Brevísima presentación 7
La vida 7
Preliminares 9
Licencia del ordinario 9
Licencia 9
Aprobación 9
Excelentísimo señor 10
Al lector 11
Libro I 17
Libro II 45
Libro III 71
Libro IV 95
Libro V 123
Libro VI 151
Libro VII 161
Libro VIII 177
Libros a la carta 203
Brevísima presentación
La vida
Alonso de Castillo Solórzano (Tordesillas, Valladolid, 1584-Zaragoza, 1648?). España.
Su padre estuvo al servicio del duque de Alba. Escribió novelas cortesanas y picarescas, versos satíricos y jocosos, y obras teatrales influidas por Lope de Vega. Como poeta su principal obra es Donaires del Parnaso (1624-1625).
Castillo Solórzano fue un autor barroco que introdujo en sus novelas picarescas un escenario urbano y un protagonista femenino, sin la intención satírica propia de este género. Sus relatos están marcados por las novellas italianas.
Preliminares
Licencia del ordinario
Nos, el Doctor Pedro Garcés, Presbítero, por el Ilustrísimo y Reverendísimo Señor don Fr. Isidoro Aliaga, por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, Arzobispo de Valencia, del Consejo de su Majestad, etc. Vicario General y Oficial en la presente ciudad y diócesis de Valencia; por cuanto de orden y comisión nuestra el padre Presentado fray Lamberto Novella, de la Orden de Predicadores, ha visto y leído con atención al presente libro, intitulado Lisardo enamorado, compuesto por don Alonso de Castillo Solórzano, y habérsenos hecho relación que no hay en él cosa por la cual no se deba imprimir; por tanto, por tenor de las presentes, damos licencia y facultad para que se imprima en la presente ciudad y Arzobispado. Y mandamos que antes que salga a la luz se lleve ante nos, para comprobar con su original. Dat. En el Palacio Arzobispal de Valencia, 29 de mayo 1628 años. Garcés, Vic. Gnl. De manda, de dicho señor Vic. Gnl., Matheo Calafat, Not.
Licencia
En este libro, intitulado Lisardo enamorado, compuesto por don Alonso de Castillo Solórzano, y aprobado por el Ordinario, no he hallado cosa alguna por la cual no se deba imprimir, antes he leído muchas muy agudas y curiosas dignas del ingenio de su autor. Y así con la presente, en razón de mi oficio, concedo y doy facultad para que se pueda imprimir en esta ciudad y Reino de Valencia. Y ordeno que después de impreso, y antes que salga en público, me la traigan para que pueda comprobarle con su original. Dada en Valencia a 30 de mayo de 1628 años. Mora R. Fisci, Advoc
Aprobación
El Presentado fray Lamberto Novella, Predicador general de la Orden de Predicadores, por comisión del muy Ilustre señor Doctor Pedro Garcés, Prior de Ruesta, Oficial y Vicario General del Arzobispado de Valencia, por el Ilustrísimo y Reverendísimo señor don Fray Isidoro Aliaga, Arzobispo de la misma Ciudad, he visto este libro, cuyo título es Lisardo enamorado, que ha compuesto con mucha erudición, y dispuesto con grave y elegante estilo, don Alonso de Castillo Solórzano, Maestresala del Excelentísimo señor Marqués de los Vélez, y me parece se le puede dar la licencia que pide, para que le dé a la estampa, porque, demás que no contiene cosa alguna contra nuestra santa fe Católica, ni contra las buenas costumbres, las historias que tiene las cuenta con tan buen estilo y buen lenguaje, que creo serán muy estimadas de los que las leyeren, y el su autor, ha ganado tan honroso nombre en su nación española y en las extranjeras, por los muchos libros que hasta hoy ha dado a la estampa de apacibles entretenimientos, en éste no ha desmerecido el aplauso del mundo, y creo será más estimada que todos. En este Real Convento de Predicadores de Valencia en 27 de mayo de 1628. El Presen. fr. Lamberto Novella,
Excelentísimo señor
Observaban siempre los antiguos escritores el dedicar sus obras a los grandes Príncipes, poniéndolas debajo de su patrocinio, para que fuese sagrado contra los mordaces y censuradores, pues menos que a tal asilo, atreviéraseles la maliciosa envidia, buscando ocasiones en que mostrar su dañado ánimo. Teniendo estos ejemplares de tan doctos varones, que con sus escritos dieron a la fama motivos para celebrarles por el Orbe sus aciertos, que hoy aplauden tan floridos Ingenios, bien hace el mío en imitarles, si no en la erudición, por ser humilde, en la elección de ofrecer a V. Ex. este trabajo suyo, para que con su protección corra seguro de tantos críticos, que se desvelan en desmenuzar hasta el menor ápice de lo escrito. Confieso a V. Ex. que, sin su favor, se hallara esta pobre barquilla mía en el golfo de la murmuración a riesgo de irse a pique; mas como otro Amiclas, voy fiado en el valor y feliz suerte de tal César, y así llegará segura al puerto de la piedad, donde tantos prudentes ingenios saben suplir las faltas, y disimular las obras. Dígnese V. E. de admitir esta ofrenda, pues ella por sí valiera poco sin los accidentes de la voluntad de quien la ofrece, y el consumado realce del generoso amparo de V. E., a quien guarde nuestro Señor, como deseo. Beso los Pies de V. Ex., Don Alonso de Castillo Solórzano.
Al lector
Carísimo lector, juez árbitro, en tu retiro, de cuanto esperan ver tus ojos en este pequeño volumen, ya llevados del deseo de entretenerte, o ya de la curiosidad de hallar qué censurarle. Una novela te presento, temeroso de lo que te ha de parecer, pues va preñada de muchas, su estilo no es tan cuidadoso, que se acoja a esto que llaman culto, ni tan relevante que le ignore por escuro el que le desea entender, porque no quiero que este libro se compre por no inteligible que estuviera a peligro de correr varias fortunas, hallando en él ignorancias apiñadas; su lenguaje es claro y, si humilde, con él han corrido otros de su mismo autor por manos de quien les ha honrado. No espera menos favor, aunque en ajeno reino, donde tan agudos ingenios saben honrar a los forasteros. Este espera en tus manos, para que con él se anime a dar a la estampa la Huerta de Valencia, libro de novelas, por hacer verdadero lo que predijo cierto culto en su opinión, que pronosticó en un prólogo fértiles años de ellas; verdad es, que hacía los profecías después de los sucesos por acertar mejor, o por tener calzado el ingenio del revés. El mío, aunque no sea tan fértil, desea tu divertimiento, dejándote gustoso en su final, que no fuera lisonjearte dártele tal, que la tuvieras por una de las desdichas de la vida. Vale.
DON GASPAR VIVAS Y VELASCO, Deán y Canónigo de la Aseo de Valencia y Subcolector Apostólico, diputado por nuestro muy, S. P. Urbano. VIII
Mecenas español, que al otro excedes
en conceptos sutil, en verso y prosa,
pues solo en tu castillo ya reposa
con sus Ninfas Apolo, a quien sucedes.
El orbe navegar contento puedes,
pues tu fama, corriendo victoriosa,
la gloria te previene más gloriosa,
con que a las Parcas y a su oficio vedes.
Un Sabio Alfonso dio a Castilla el cielo,
que el non plus ultra fue de aquella era,
mas tus letras, Alfonso, en este suelo
el non le borran, y de tal manera,
que Apolo no dio al ave mayor vuelo,
cuando en su curso pasa aquella Esfera.
De DON LUIS CASTILLA DE VILLANOVA, Capitán de caballos
Si de un Castillo eminente
pende la seguridad,
de la menos fiel ciudad,
de la más robusta gente.
¿Qué crítico habrá que intente,
Lisardo, el daros enfado
tan galán y enamorado,
siendo para rebatillo
obra de tanto Castillo,
fuerza de tanto cuidado?
De VICENTE GASCÓN DE SIURANA
Palma, Lisardo, ha ganado,
pero no me maravillo,
saliendo de ese Castillo,
de discreto enamorado.
Como hijo del cuidado
de vuestro ingenio y valor,
no pudo salir mejor:
pues para que fuese solo,
os prestó su lira Apolo,
y sus plumas el amor.
De DON IUSEPE GIL PÉREZ DE BAÑATOS, Caballero del hábito de Montesa
Poco le vendrá a deber
a mi alabanza Lisardo,
cuando por Vos tan gallardo,
se ve al mundo amanecer.
Ni de Aristarco temer
debe crítica contienda,
pues, cuando mordaz le ofenda,
tiene su valor prudente,
en un Castillo valiente,
a Palas que le defienda.
De MONSERRAT DE CRUYLLAS, Caballero del hábito de Montesa
Cedan a tu elocución
cuantos con mudo pincel,
dieron materia al papel,
y a la fama admiración.
La elocuente erudición,
que para envidiarte has dado
nadie la hubiera intentado,
aunque su ingenio alentara,
que solo el tuyo pintara
un Lisardo enamorado.
De MOSEN ABDON, CLAVEL
El ave eres que examina
al Sol sus hijos, gloriosa
estirpe, y Apolo hermosa
luz, y a padre te destina.
Rayos; Lisardo fulmina,
su ardor le bebe, eternice
tanta luz, pues que predice
tu estilo y grave cultura,
o que humanes su luz pura,
o él la tuya, divinice.
De MOSEN COSME DAMIAN TOFIÑO
Sale de un Castillo fuerte
con espíritu gallardo,
a solicitar Lisardo
el buen logro de su suerte.
No hay temer que desacierte,
que aunque es valiente, se humilla,
y da, nueva maravilla,
con glorioso desempeño,
inmortal nombre a su dueño,
como él le da a su Castilla.
De HYACINTO NAVARRO
Críticos que reprender
no tenéis, sí que admirar,
pues al daros que envidiar,
también os da que aprender.
Don Alonso pudo ser
de obra tan alta caudillo,
pero no me maravillo
pues libra bien en Lisardo,
si respeto a su resguardo,
envidias a su Castillo.
De DON FRANCISCO DE TAMAYO Y PORRES
Don Alonso, de Lisardo
escribís varios sucesos,
y con felices progresos
le hacéis en todo gallardo.
El de ingenio culto y tardo
admirará vuestro estilo;
no temáis de Momo el filo,
que, quien como vos escribe,
seguro de ofensas vive
de Aristarco y de Zoilo.
De MARCO ANTONIO DE ORTIN, Secretario de la ciudad y reino de Valencia
Si enemiga detracción,
que de envidias se mantiene,
armas, contra vos, previene
de loca murmuración,
cuando fortificación,
sabio don Alonso, admira
en vuestro Castillo, y mira
el triste fin que la aguarda,
temerosa, se acobarda,
y cobarde, se retira.
De DON HYACINTO FERNANDEZ DE TALAVERA Y ARIAS
Lo dulce, y lo provechoso
tan doctamente juntáis,
que a la perfección llegáis
de lo más dificultoso.
Al vil Zoilo envidioso
dejadle, no os dé cuidado,
que antes bien considerado
su furor es vuestra dicha;
porque es la mayor desdicha
no ser de nadie envidiado.
Libro I
Con las negras sombras de una oscura y tenebrosa noche, caminaba el enamorado Lisardo, acompañado de más penosos pensamientos, verdugos crueles de su alma, que de criados de la ilustre y noble casa de sus padres, pues con solo uno, fiel archivo de sus secretos y segura guarda de su persona, iba camino del Reino de Valencia, dejando a toda prisa a Madrid, amada patria suya, Corte insigne del Católico Filipo, cuarto deste nombre, ínclito monarca de las dos Españas. En esta insigne villa tenía Lisardo su antiguo solar y calificada casa siendo el primogénito en ella y sucesor de un cuantioso mayorazgo que al presente poseía su anciano padre.
Iba el afligido caballero tan cercado de confusiones como abrasado de rabiosos celos. Era la causa de su pena, y el desvelo de sus cuidados; la hermosísima Gerarda, raro milagro de la naturaleza, único fénix de la beldad y recreo de los ojos de la juventud cortesana. Sus primores, sus gracias y donaires, eran sumamente celebrados en la Corte, sin que a ninguna de sus perfectas partes hubiese hermosura que las competiese, ni discreción que con la suya emulase. De conocer Lisardo en este prodigio de belleza con tanto cuidado la estimación general que todos hacían de tan perfecto sujeto, nacieron los desvelos y temores, causa de su inquietud y de la que le obligaba a dejar su patria, ofendido de ver ingratamente pagada su firme fe y su estable perseverancia.
Caminaba con algún recato en un alentado rocín, y Negrete, que así se llamaba su fiel criado, en otro, cuyos portantes, si bien eran a propósito para la fuga que hacían, temerosos de la justicia, se ofendía Lisardo de su velocidad, que, aunque ofensas le desterraban de su patria, no quisiera que con tanta ligereza le alejaran della. Toda la noche caminaron sin entrar en poblado hasta que vino el aurora, con cuya venida, por dar descanso a sus cuerpos y pasto, a rocines, les fue forzoso entrar en una pequeña aldea diez leguas de donde habían salido.
Apeáronse en un mesón y, pidiendo una cama, Lisardo, más para pasar recostado en ella lo que durase el día, que, para elegirla por su reposo, en ella se echó, donde entre mil penosas imaginaciones, le venció el sueño.
Bien habría dos horas que daba tributo a Morfeo, si bien con alguna inquietud, cuando, llegado el mediodía, el rumor que oyó en el mesón de gente que en él se apeaba, le despertó. Estaba en su aposento otra cama, la cual se le dio al nuevo huésped, que poco había que llegara; quiso comer allí, y para esto entró el huésped a decirle a Lisardo tuviese por bien que allí se alojase el recién venido caminante. Mucho quisiera el gallardo caballero que se le diera otro aposento al huésped; pero la casa era tan corta, y así mismo el caudal en tener camas, por lo cual hubo de condescender Lisardo con su gusto, aunque con cuidado le preguntó antes al mesonero si sabía de donde venía el forastero, a que le respondió que, de la ciudad de Cuenca y que pasaba a Madrid, con que se aseguró Lisardo.
Entró a este tiempo el caminante, y, apenas le saludó, cuando fue conocido de Lisardo ser don Félix de Vargas, íntimo amigo suyo, con quien se había criado desde las escuelas hasta aprender la latinidad, y había que estaba ausente de la Corte doce años, asistiendo todo este tiempo en Flandes en servicio de su Majestad, a las órdenes de la serenísima Infanta doña Isabel, que gobierna aquellos estados con el acertamiento que siempre se esperó de su prudencia y valor.
Abrazáronse los dos amigos con extrañas muestras de amor y, después de haberse preguntado por sus saludes y las de sus padres, don Félix le dio cuenta a Lisardo de como era capitán de caballos en Flandes, y que esta merced le había hecho la señora Infanta por sus servicios, que los tenía muy buenos de las ocasiones en que se había hallado, donde había procurado cumplir con sus obligaciones que a su ilustre sangre debía. Después de haber don Félix dado cuenta a su amigo Lisardo del estado de sus cosas, le pidió que él la diese de su vida y del camino que hacía dejando su patria.
Aquí le dijo Lisardo que era para más espacio el tratar de sus cosas, y que así era bien que primero se diese orden en que comiesen. Hízose así, y, siéndoles servida la comida, que fue breve por venir sin prevención alguna, en tanto que los criados de don Félix y Lisardo comían, se quedaron los dos amigos en el aposento donde habían comido, y, ocupando los dos la cama en que Lisardo había reposado, le oyó don Félix estas razones:
—Por extraña novedad tendrás, ¡oh amigo don Félix!, que, éste que lo es tanto tuyo, salga fugitivo de su patria, cuando por nuestra frecuentada correspondencia tenías larga noticia de mi amoroso empleo. Pues advierte que, no hay seguridad que dure, ni correspondencia que esté firme en un ser mientras estuviere en el flaco sexo de las mujeres su apoyo, que, como amigas de tantas novedades, lo que hoy aman mañana lo aborrecen, y de lo que ayer se pagaron hoy lo desprecian. Escúchame atento el largo discurso de mis amores, que, aunque a pedazos, te he hecho partícipe de él, como amigo íntimo, hoy engarzado quiero que todo junto lo escuches.
Sentóse en la cama, y habiéndose sosegado un poco, prosiguió así:
—La sazón del año en que la primavera viste las umbrosas selvas de verdes, libreas y esmalta los amenos campos de vistosas flores era, cuando por el mes de mayo goza la beldad y la juventud de la Corte en sus mañanas las recreables salidas que hacen a su río, aunque corto de caudal, el más célebre de las dos Castillas. En uno destos festivos y alegres días, salí con otro amigo, más llevado de la curiosidad que de cuidadosos deseos, a gozar de la frondosa ribera del Sotillo que llaman de Manzanares, en cuyo ameno sitio vimos el primor de la hermosura cifrado en las bizarras damas que entonces ocupaban las márgenes del claro río, que, por haberle sido el pasado invierno favorable con pluvias, estaba más caudaloso que otros años. Allí los amantes, avisados de su cuidado, o favorecidos de su dicha, gozaban en las verdes orillas del cristalino río las presencias de sus amados dueños, que, con la licencia que permiten las salidas al campo, depuesta la autoridad de los chapines, le secundaban, pisándole con menos embarazoso calzado, con que se manifestaban mejor los buenos talles, que ya en esto hubiese andado la naturaleza avara, suplía el buen aire y adorno de las galas el disfavor que se les había hecho.
Dos veces pasamos la ribera, divertida la vista en lo mucho que en ella había que notar, cuando, desde el verde soto, vimos que vadeaba el río una hermosa carroza para pasar a la opuesta orilla, con deseo que llevaban los que en ella iban de pasar a gozar la amena recreación de la casa del campo, quinta de los reyes de España que hizo el monarca Felipe II, donde el arte vence a la naturaleza en amenidad de jardines y en escultura de pórfido y mármoles que adornan varias fuentes. Pasaba, como os digo, esta carroza el celebrado río, cuando cuatro frisones que la conducían comenzaron a rifar unos con otros en medio del más caudaloso y veloz curso de las aguas y fue de tal suerte que, embarazado el cochero con su desasosiego, fue retirando la carroza a parte donde, por la desigualdad del suelo, se vino a volcar en el agua a vista de los que, con atención, vían este fracaso. Las voces de los que iban en la carroza, y así mismo las que daban los que miraban su daño, hacían una notable confusión a los oídos. Halléme con mi amigo casi frontero de donde se había volcado, y pareciéndome que por las damas me podía aventurar a cualquier peligro, arrojando la capa y espada en la verde yerba, y haciendo lo mismo mi camarada, nos entramos en el río a favorecer a los que en él peligraban. Llegué yo el primero, a tan buena ocasión que, pude sacar del agua una dama de las que más necesitaban de socorro, porque, yendo al estribo de la banda donde la carroza se había volcado, era la que más peligro tenía de ahogarse, y así la saqué en mis brazos, casi sin sentido alguno a la orilla. Mi camarada hizo otro tanto con otra, y así, sin ayuda de nadie, sacamos hasta cinco mujeres, las dos dellas ancianas, y las tres sin comparación hermosas. Socorriónos un caballero que se halló allí con su coche, donde metimos estas damas, y nosotros nos fuimos, en la carroza que se había volcado, detrás dellas hasta su casa que era en los barrios de San Bernardo. Iban todas asustadas de lo que les había sucedido, en particular la que primero saqué del agua, de suerte que, con el sobresalto, aun no habían tenido atención a mostrársenos agradecidas.
Llegaron a unas principales casas de aquella anchurosa calle donde se apearon con nuestra ayuda, no yendo aun en su sentido la que yo libré del peligro primero que a las demás, por ser la que más padeció en aquél corto naufragio. Allí pudo su madre, ya cobrada del pasado susto, darnos las gracias del socorro que las habíamos hecho tan a buen tiempo, por sí y por su hija, que lo era esta hermosa dama a quien mi amigo y yo llevamos en nuestros brazos hasta su cuarto, y dimos lugar a que la acostasen en una cama, deseando hacer lo mismo las demás. Despedímonos los dos dellas ofreciéndonos a su servicio, y la madre de aquella dama que iba sin sentido, que era una señora anciana y viuda, estimó de nuevo nuestro ofrecimiento, diciéndonos que tendría a mucha suerte el conocernos más de espacio, para agradecer con el conocimiento más la deuda en que les dejamos, y que así nos pedía la volviésemos a ver a ella y aquellas señoras vecinas suyas, que querían vernos para más larga comunicación. Yo le dije que ese era interés nuestro, y que así la obedeceríamos en lo que nos mandaba, con que nos despedimos yendo yo aficionado sumamente a la incomparable hermosura de la dama desmayada.
Bien se pasaron ocho días que no las visité, si bien en todos estos acudió un criado mío a saber de la salud de la hermoso Gerarda, que éste era su nombre, la cual estuvo todo este tiempo en la cama: tal la dejó la peligrosa caída de la carroza. Parecióme sería ocasión de irla a visitar, y así, avisando a mi camarada, fuimos a ver aquellas señoras en el mismo día que Gerarda se había levantado. Hallámosla, aunque quebrado el color, notablemente hermosa, que, sin exageración, lo es más que cuantas damas hay en la Corte.
Recibiónos su madre cortés y afablemente y ella así mismo, si bien con aquel encogimiento y recato que su estado pedía; hablamos en la conversación que hubo así del pasado peligro como de varias cosas que se ofrecieron, y en toda ella habló muy pocas palabras la hermosa Gerarda, y esas tan a tiempo y con tanta prudencia, que nos dejó a los dos admirados, y a mí mucho más enamorado. Bien quisiera yo que hubiera lugar para decirla mi pensamiento, mas por entonces no le hubo, por asistir allí su madre cerca della. Preguntónos la anciana señora si éramos naturales de Madrid. Yo, que hablé primero, le di cuenta de quién era, con que se holgó mucho por conocer bien a mis padres. Mi amigo le dijo su patria, que era Vizcaya, y la causa que le obligaba asistir en la Corte, que eran unas pretensiones. Con las dos relaciones se satisfizo la madre de Gerarda de que éramos personas principales, lo cual me dio atrevimiento a suplicarle nos diese licencia para volver a visitarla otras veces, a que respondió con mucho agrado que eso había de nacer della el pedirlo, pues también le estaba que la hiciesen merced personas tan calificadas a quien tanto debía estar agradecida, con lo cual nos despedimos, dándome, a la despedida, Gerarda, las gracias de nuevo, del socorro que la había hecho, a que respondí en voz baja:
—Hermosa señora bien le ha menester de vos quien, por dárosle, está puesto en mayor peligro, y así es justo que tal deuda se pague.
No hubo lugar de hablarnos más; pero esto bastó para principio de declararle mi intención. Subimos al cuarto alto donde estaban las amigas desta señora: que juntamente sacamos del río, y allí tuvimos un rato de conversación corto, porque, como yo no estaba en mi centro y amaba ya con veras, todo lo que no era estar en presencia de Gerarda, gustara de pasarlo en soledad. Despedidos de allí, traté luego de saber la calidad de quien había ya elegido por dueño de mi alma, y supe la que bastaba para estimar alcanzarla para esposa. Su padre había sido capitán de caballos en Flandes, en tiempo del Duque de Alba, a quien el prudente y católico rey Filipo segundo honró con él hábito de Santiago. Esto supe por mayor, si bien de la hacienda no hice información alguna, pareciéndome ventajoso dote para mí el de la calidad junta con tanta hermosura.
No hay amante que, si lo es de veras, no tenga mil dudas y temores de su pretensión, y así los había en mí, temiendo que el acudir a menudo a casa de mi Gerarda la había de ofender así a ella como a su madre, y desta manera me privaba de mi gusto, deseando no dar nota en la calle cuando no tenía el beneplácito de Gerarda para servirla, y deseaba hallar ocasión en que manifestarla con más espacio mi amoroso cuidado, ofreciómela mi buena suerte como la podía pedir. En la fiesta que se hacía en una iglesia, cerca de los barrios de mi dama, se halló ella de embozo con las amigas vecinas del cuarto alto sin que las acompañasen sus ancianas madres, acerté a estar sentado cerca de donde ellas habían tomado asiento. Una amiga de Gerarda envió a una criada suya que de su parte, sin decir quién era, me dijese que unas damas deseaban que me llegase más cerca dellas que deseaban hablarme. Yo la respondí que en las iglesias era muy grosero en no obedecer tales mandatos, por parecerme que, los templos se hicieron más para la oración que para hablar en cosas ajenas desto, que, si fuera de la iglesia gustaban que yo les besase las manos y acudiese a lo que fuesen servidas de mandarme, me avisasen de su gusto, y que, si importaba ser secreto, que yo tenía la casa de un amigo allí donde me podrían hacer merced, y cierto, amigo, que, aunque sea paréntesis de mi discurso, es la mayor lástima del mundo ver lo que desto pasa en la Corte, sin que haya remedio para quitar esta perniciosa costumbre tan introducida, que más parecen templos de gentiles los que hay en ella, que de cristianos con lumbre de fe; pero esto, remédienlo aquellos a quien toca, que no harán poco servicio a Dios y amistad a los que, castigados, escarmentaren.
Vuelvo al hilo de mi historia, y digo que, la criada volvió a las damas con la respuesta de su recaudo, y hubo entre ellas, como después supe, varios pareceres, condenándome algunas por grosero, sino pecaba en hipócrita, pero mi Gerarda aprobó por buena mi respuesta, y le pareció acertada la consideración de no querer profanar con pláticas ociosas el sagrado lugar dedicado para solo alabar a Dios, y así se determinaron a que fuera de la iglesia, acabada la fiesta, me hablarían, y con este acuerdo volvió la criada a darme el recaudo. Llegóse el tiempo, habiéndoseme hecho bien largo porque estaba con mil dudas vacilando quién serían aquellas damas, y muchas veces presumía en que podría ser Gerarda una de ellas, aunque su demasiado recato me hacía dudar en esta presunción. Al fin, por salir destas confusiones, yo me puse a la puerta de la iglesia, donde, al salir las cuatro mujeres, una dellas me hizo una seña, con que las fui siguiendo hasta una callejuela angosta sin salida: allí se pararon, y yo, llegando entonces, las dije estas razones o otras equivalentes a ellas:
—Juzgarán vuesas mercedes a hipocresía, sino a grosera respuesta, la que le di a su recaudo, cuando experimentan cada día en tales lugares diferentes condiciones en este particular, que no reparan en el escándalo que dan a los que miran su poca consideración; yo he tenido la que debo al sagrado templo, y, mirado esto con buenos ojos, sé que habrá parecido acertada mi opinión.
Tomó la mano la hermosa Gerarda para hablar, aunque no conocida de mí por entonces, y díjome:
—No nos ha parecido mal, señor Lisardo, vuestro respeto y considerada advertencia, si la nuestra no pasara a notar cuán ajena es de tanta mocedad, por donde venimos a presumir que, alguien que merezca más que las que estamos aquí, es causa de que reparéis más en dar la pesadumbre con celos, que en profanar el templo hablando en él con mujeres. Si esto es así, no le habrá faltado cuidado para haceros seguir, y no querríamos que, la merced que nos hacéis aquí sea a costa de su sentimiento y a peligro de que perdáis su gracia. Nuestro intento fue entretener un poco la tarde hablando con vos una de estas señoras que lo desea, pero yo sé cierto que mirarán vuestra razón de Estado para que no perdáis el feliz que poseéis en vuestro empleo, que, de vuestro gusto, juzgo que será bueno.
—El que más bien me puede estar —dije yo—, es el que de presente gozo, estimando la merced que me quiere hacer quien decís, bien sin cuidado de que a nadie se le dé que yo hable aquí o en otra parte, porque no tengo quien me cele ni haga seguir los pasos, que, quien yo deseara que lo hiciera, aun a penas llega a saber cuánto la deseo servir, con que os asegura quien, tan a los principios de sus favores está, que éste le haga cuidando de saber por dónde anda.
—Todos decís eso —dijo otra dama—, y es porque no queréis dejar pasar ocasión alguna destas, que a tener seguridad de ser verdadero lo que os oímos, fuérades un prodigio en esta Corte, pues galán sin tener nadie que le favorezca y estime, se me hace muy difícil de creer.
—Con certeza os puedo asegurar lo que os digo —le repliqué—, y así os suplico os sirváis de que sea favorecido en que os vea los rostros.
—¡No nos faltaba otra cosa —dijo Gerarda—, ya que os hemos hecho salir de la iglesia, sino que relajáramos vuestra virtud! ¡No lo permita el cielo, que también somos cristianas y con asomos de religión, sino tanta como la que habéis mostrado tener!
—Frívola excusa dais —dije yo—, por donde juzgo en el donaire que hacéis de mí que habréis presumido ser hipócrita en el sacaros de la iglesia a este puesto.
—No digo tal —dijo Gerarda—, aunque lo parece; pero por el escrúpulo que habemos concebido de que os haremos aquí daño, quedaos con Dios.
Y diciendo esto, me pidió con grandes encarecimientos que no pasase de allí a acompañarlas, que otra ocasión habría en que me hablasen más de espacio, que querían ver si cortés les obedecía en lo que me mandaban. Con esto me hube de quedar allí diciéndoles:
—Préciome tan de cortés como de obediente, y no porque me está bien el que no os acompañe, sino porque quedo haciendo lo que me mandáis, con muy ciertas esperanzas de que me favoreceréis otro día como decís.
Con esto se fueron y yo me quedé en aquel sitio, si bien hice una seña a un criado mío para que las fuese siguiendo. El, que no era lerdo, sino muy experimentado en semejantes ocasiones, las siguió, y volvió a decirme haberse entrado en casa de mi querida Gerarda, con que quedé el hombre más contento del mundo, determinando ir el siguiente día a visitarla. Aquella noche se me hizo un año, culpando al tiempo de tardo, que, para con los deseos de amante, tiene pies de plomo y no hay velocidad alguna que le satisfaga.
Llegó, pues, el deseado día y la hora de mi visita, que fue a las cuatro de la tarde, y hallé a la hermosa Gerarda y a la anciana doña Teodora su madre, que estaba con otras dos señoras, amigas suyas, en visita, por cuya causa fue más breve la mía que quisiera. Culpóme la madre de Gerarda en no haber ido a verlas aquellos días, que yo estimé en mucho, por parecerme que, donde se dan quejas de poco visitadas, hay deseo de serlo, y que no cansaba mi presencia.
Por si no había ocasión de hablar a solas a mi Gerarda, como en otras me había sucedido, llevaba escrito un papel en que le manifestaba mi pensamiento, y éste, al levantarme de la silla, que estaba junto al asiento de mi dama, le dejé caer cerca della, de modo que no pudo ser visto de nadie sino de Gerarda. Y porque no fuese hallado de otra persona, vi que con cuidado le alzó del suelo y se le metió en la manga, dejándome gustosísimo ver cuán bien se me había logrado mi deseo. Lo que contenía el papel eran estas razones que no he perdido de mi memoria:
Cuanto mayor es el conocimiento que tengo, hermosa Gerarda, de lo que merecéis, tanto mayor es el temor que me acobarda para tomar la pluma y manifestaros el cuidado que desde el primero día que os hallé en aquel peligro me ha dado vuestra vista, pronto me dispuse a serviros, sin advertir que, del centro del agua pudiese haber salido tanto fuego como abrasa mi enamorado corazón. Dueño sois dél, como de muchos que por víctimas se os ofrecen en las aras de esa belleza, pero a ninguno cede la ventaja el mío en adoraros con más estimación y decoro. Para que comience a tener méritos esta fe, os da cuenta de los que le sois deudora; admitid en prendas tan pura voluntad, tan rica en deseos y tan dispuesta a serviros, mereciendo respuesta déste, quien, con tan firme fe, se llama ya esclavo vuestro. El cielo os guarde.
Retiróse Gerarda, ida la visita, a leer el papel, según supe después, y consultando con su severidad y recato la respuesta dél, no ayudó nada la dilatada cuanto mala opinión que algunos hijos de Madrid tienen, que, con fingidas apariencias de amantes han burlado a muchas mujeres que, con fácil crédito les han hecho favores y, escarmentando en ajeno daño, Gerarda, sospechosa de que yo fuese uno destos, quiso que la experiencia y el tiempo la asegurasen estas dudas, y así me respondió el papel que oiréis, que también tengo en la memoria y decía así:
Las leyes de mi severa condición llegan a romper mi agradecimiento y cortesía. El, para conocer la acción pasada de vuestro generoso y noble ánimo, y ella para no dejaros sin respuesta de vuestro papel, deseando que, con más verdad y menos lisonja, diérades sin ponderación la que le toca al conocimiento de mis pocos merecimientos y al temor que me significáis haber tenido de los efectos de aquel peligro en que fui socorrida de vos. No creo nada por parecerme estar imposibilitada de hacer tales milagros, y porque lo fuera en vos sujetaros a rendimientos de amor, cuando tan poco se usa tener, y así, incrédula de vuestras ponderaciones, os pido excuséis la nota que podréis dar con el mentido cuidado, como lo hacéis en los templos con la verdadera virtud.
En la última razón confirmé ser Gerarda la que me había hablado fuera de la iglesia, y quedé con el severo papel algo desconfiado de mi impresa, y mucho receloso de que tenía prendada la voluntad. Este papel me dio un escudero anciano de su casa, y, queriendo sobornarle con dádivas, le hallé más recto que un ministro nuevo, y más severo que un suegro avaro. Procuré todos los medios posibles para darle otro papel, pero no fue de provecho, que jamás hallé ocasión para esto con lo cual estaba tal que perdía el juicio. Comuniqué con aquel amigo el estado de mi afición y cuán imposible era hallar modo para proseguirla por la esquiva condición de Gerarda. Este me aconsejó que, a costa de mi sufrimiento, procurase no pasar por su calle, ni visitarla en su casa, por ver si con esto mudaba de propósito; pero que no dejase, junto con este fingido desamor, de acudir de noche embozado en su calle, procurando no ser de nadie conocido, para ver si a ella acudía algún pretensor a quien mostrase voluntad. Hícelo así, procurando de allí adelante asistir a todas las fiestas públicas donde se hallaba, sin el cuidado que otras veces afectaba, por saber donde estaría, sino muy divertido con otros amigos. Pasáronse dos meses en que observé el consejo del amigo, si bien se me hicieron dos siglos. En este tiempo se ofreció encontrarse un criado mío, conocido de Gerarda y de su madre, con las dos, a quien doña Teodora preguntó por mi salud, quejándose del olvido que tenía de su casa, no visitándolas, a que respondió que, negocios forzosos me estorbaban el acudir a mis obligaciones. Interrumpió esta plática Gerarda, diciendo al criado:
—Por ahí se dice que se nos casa el señor Lisardo, y esa ocupación sola tiene de disculpa al mal pago que ha dado a la voluntad de mi madre.
—No pienso que, por ahora, le pasa por el pensamiento eso —dijo el criado—, porque, cuando lo intentara, a nadie diera primero parte de su empleo sino a mi señora doña Teodora que la tiene respeto de madre.
Con esto se despidió dellas y vino luego a darme cuenta de todo lo que le había pasado, con que me alegré mucho, echando de ver que iba obrando mi descuido en Gerarda. En todas las noches que acudí a su calle, siempre hallé músicas en ella que se le daban debajo de sus balcones y las más destas le llevaba un don Fadrique de Peralta, caballero navarro que asistía en Madrid a sus pretensiones y estaba muy enamorado de Gerarda, si bien tenía menos entrada en su casa que yo.
Entramos en consulta mi amigo y yo sobre lo que haría en este empleo, visto el cuidado con que había preguntado por mí, acusándome el descuido de verla, y salió acordado della, por parecer del amigo, que pasase otros quince días con mi olvido adelante, teniendo el mismo cuidado de no hallarme donde ella estuviese.
En este tiempo se ofreció tener una prima mía ausente a su esposo, y porque la acompañase en tanto que duraba su ausencia, pidió a mi madre me mandase ir a ocupar un cuarto bajo de su casa, cosa que hice de mala gana por obligarme su recato a irme a recoger más temprano que acostumbraba. Pocos días había que vivía mi prima en el fin de la calle de Gerarda, en casas propias que su esposo había labrado, y tenía mi dama, desde que se pasó a vivir a sus barrios, apretada correspondencia con ella, cosa que me estuvo muy bien, como adelante oiréis.
Acudían a visitar a mi prima a menudo su madre y ella, pagándoles mi prima las visitas con mucha puntualidad, pero en todas ellas, nunca Gerarda me tomó en la boca, si bien su madre acusaba mi descuido en no las ver, con algún sentimiento, disculpándome mi prima con los divertimientos de hombre mozo.
Supe un día que había de verse Gerarda con mi parienta sin su madre, porque ella iba a una visita de cumplimiento, y, para examinar curiosamente lo que en ella tenía, con acuerdo de mi amigo, di parte de mi afición a mi prima para ejecutar lo que oiréis. Estimó el declararme con ella, ofreciendo ayudarme en cuanto de su parte fuese posible; pero yo la supliqué no hiciese otra cosa con ella sino que, con achaque de hacerla ver su casa, bajasen a mi aposento y no dejasen en él cosa que no viesen y buscasen, dándole parte de que mi curiosa prevención era para saber del todo su voluntad.
Vino, pues, Gerarda a visitar a mi prima y, habiendo estado con ella dos horas largas sin tratar de mi nada, tanto era el cuidado que había puesto en esto, quiso darla a merendar, y, mientras las criadas lo prevenían, la dijo muy falsa, si quería ver su casa, que se holgaría de ver cuán bien acabada estaba. Gerarda la respondió que tendría mucho gusto dello, que se la había alabado mucho su madre. Tomáronse de las manos las dos y vieron muy de espacio el cuarto alto que mi prima vivía, y queriendo mostrarla el que yo habitaba, de propósito le halló cerrado, y estando junto a la puerta dél, dijo mi prima:
—Yo apostaré que Lisardo aun no debe de haber salido de casa; espera, amiga: verélo por el hueco de la llave.
Hizo que lo miraba con cuidado, y díjola, advertida de lo que había de hacer:
—No está aquí mi primo y se ha llevado la llave, cosa nueva en él, porque siempre nos la deja su criado para aderezarle su cuarto.
—Debe de tener en él cosa que le importe —dijo Gerarda.
Aquí replicó mi prima:
—No sé, amiga, qué te diga en eso; novedad se me hace el dejarle cerrado. Pero en cuanto a haberlo hecho por alguna mocedad suya, será sin mi gusto, porque sabe que es lo primero que le supliqué cuando vino aquí a hacerme compañía.
—No todas veces se cumple lo que se promete —dijo Gerarda.
—Pero, para asegurarnos desta sospecha, yo tengo llave maestra que hace a todas las puertas de casa, y con ella abriré, si bien dudo que la halle, porque no sé bien donde la dejó mi esposo.
—Por tu vida, amiga, que la busques —dijo Gerarda—, que deseo veamos lo que hay dentro.
Subieron arriba y fingió mi prima que buscaba la llave y que no la hallaba, de lo cual mostraba pena Gerarda. Finalmente, después, buscándola por todas las gavetas de un escritorio, dio a entender que la había hallado, de que recibió no poco gusto Gerarda. Bajaron luego a mi cuarto y, abriendo, buscaron en él lo que las tenía sospechosas; pero como no hallasen dentro nadie, dijo mi prima:
—¡Válgame Dios; pues por algo dejaría Lisardo esto cerrado!
—Si no es por estar abierto aquel contador —dijo Gerarda—, no hallo causa porque lo haya hecho.
—Tienes razón —replicó mi prima—, que eso es sin duda alguna.
Comenzaron a buscar todo lo que había en las gavetas del contador y hallaron en ella unos papeles de letra de mujer, que de propósito habíamos hecho escribir a una dama conocida de mi amigo, de la manera que él se los notó, que fueron como de correspondencia asentada entre dos amantes. Mirándolos todos, hallaron uno, que era custodia de un hermoso retrato de mujer, que se puso allí con la misma cautela entre los papeles y era de una dama de Toledo. Miráronle con mucha atención y la misma puso mi prima Gerarda por ver qué semblante mostraba a lo que tenía presente, y conoció dél bastante turbación, para habérsele mudado, con no pequeña demostración de tristeza, con que se alegró sumamente mi prima diciéndole:
