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«Así logramos encontrarnos, así conseguimos entendernos, así planeamos anhelarnos. Nos necesitamos juntos para lograrnos mejores». Tras una dolorosa tragedia familiar, Alejandra se refugia en el campo de su abuelo. En esa llanura del norte pampeano, un paisaje lleno de verdes profundos que se funden con macizos de cosmos, conoce a Rafael, un vecino recién llegado que también huye de su pasado urbano. Llegar a destino es una novela romántica que atrapa desde la primera página. Con destreza narrativa, la autora construye un suspenso sutil que roza el thriller rural, donde los secretos heredados y las marcas del pasado amenazan con destruir la posibilidad de una nueva felicidad.
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Seitenzahl: 304
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Mercedes Lorena Assone
Llegar a destino
NARRATIVAS
Assone, Mercedes Lorena
Llegar a destino / Mercedes Lorena Assone. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2025.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-6635-96-9
1. Novelas Románticas. 2. Narrativa Argentina Contemporánea. 3. Campo. I. Título.
CDD A860
© 2025, Mercedes Lorena Assone
Primera edición, julio 2025
Dirección comercial Sol Echegoyen
Dirección editorial Julieta Mortati
Asistencia editorialEleonora Centelles
Coordinadora de ediciones Jacqueline Golbert
Jefa de corrección María Nochteff Avendaño
Corrección Mariana Gómez Masía y Patricia Jitric
Diseño y diagramaciónLara Melamet
Conversión a formato digital Estudio eBook
Libro de edición argentina.
Hecho el depósito que establece la ley 11.723. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.
Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina
pampublicaciones.com.ar | [email protected]
Para mis amores, Héctor y Gabriel, que me acompañan, SIEMPRE.
Para mis padres, Henry y Betti.
Para mis ancestros.
El campo,
la tierra que me vio nacer,
la tierra que aún piso
y la tierra que jamás voy a dejar de pisar.
Los personajes de Llegar a destino son ficticios. Las historias vividas y sentidas por ellos son meras copias de las emociones humanas.
El escenario, si bien es reconstruido para cobijar a mis protagonistas, es real. El campo, su silueta, es real.
La autora
Un sabor a cosmos rosados en la boca le endulza el instante. Más allá, el vacío. La ausencia de sus padres paraliza los pasos de su corazón. El silencio de las voces le retumba en los oídos, y la distancia de sus manos deja a su alma desolada.
Los tiempos disonantes taladran con precisión sus sentidos. El destino marcado es una daga que quiebra su respiración y la incertidumbre presiona sus latidos. El aire fresco la hace pestañear. Como saliendo de un sueño, cierra la ventana, se sirve una taza de café y aviva las llamas.
Adela y José, los caseros y abuelos del corazón de Alejandra, tienen el día libre, se han ido al pueblo.
—Voy a la librería, ma —dice José a su mujer—. ¿Venís a ver si hay algún libro nuevo para Alejandra?
—Sí, claro, pa —responde Adela que siempre le lleva el último título llegado al pueblo—. Esperame un poquito que paso por la verdulería. ¡Ah! Acordate que no tenés el acrílico color rosa, viejo.
—Claro que me acuerdo.
—Bueno, bueno. Ese cuadro con cosmos en plena floración le va a encantar a nuestra niña.
—Ya lo sé, ya lo sé, tiene los mismos gustos que su mamá —dice pensativo José y ambos se miran a los ojos.
Mientras tanto, Alejandra toma el abrigo y sale por la puerta principal. Camina, lenta y pensativa, reflejando la indiferencia oscura de su corazón. Sus ojos no alcanzan a disfrutar del lugar, porque el llanto se intensifica con cada paso.
Los senderos están delineados con una exquisita belleza de pensamientos. Su perfume colma los espacios, empalaga cada poro del aire, pero no purifica el olvido. Detiene su andar, se sienta en el banco de madera y escribe:
El sendero parece eterno, sin huella alguna marcando la presencia pronta de alguien. El viento burlón erosiona el único signo de su existencia. Y una lágrima quiebra las hojas mustias, colmándolas de angustia.
Se escapan las luces y la opacidad se apodera de la mente. Una máscara inexpresiva trata de simular quietud, esquivando reales sobresaltos.
Las flores están mustias, sin deseos de sobrevivir, olvidando cualquier posible belleza de estación. El tiempo se detiene o avanza violentamente, hacia atrás o hacia adelante; las agujas pierden toda cordura.
Las lágrimas manchan y desdibujan las notas musicales, transformándose en una siniestra melodía de muerte. No se alcanza a saber más porque los libros están, exageradamente, aplastados por la calavera del vacío y la mediocridad.
El cofre de diamantes, collares y monedas de oro rebalsa de vergüenza y ambición, oxidando los costados del alma.
Todo desconcierta, no seduce el existir, y el cansancio abruma. Los ojos se cierran, tratando de encontrar, en los párpados internos, la luz.
Sus ojos se nublan inundados de lágrimas que empiezan a caer hasta manchar cada letra. Así está su alma, manchada, desdibujada, ausente de sentido. Sola.
Este vuelo de aire campesino destina a Alejandra hasta la tranquera blanca principal del campo. Si gira, frente a ella está la otra tranquera, la del campo vecino, donde todavía hay ladrillos que alguna vez fueron el piso de una casa, allá por 1920. El molino sigue cumpliendo con su trabajo de sacar agua. Se ven dos bebidas, cuatro cuadros, animales, cultivos.
Sus bisabuelos dejaron su país en busca de nuevos horizontes, allá por el año 1906. Se embarcaron con su hijo pequeño y cerraron los ojos.
Desde Italia hasta Santa Fe. Como todos, como tantos inmigrantes, se abrieron camino para progresar, hacer realidad sus sueños y forjar un futuro de crecimiento. Salieron del puerto de Génova y viajaron durante tres largos meses. Al bajar del barco tuvieron que hacer colas eternas para poder ver cuál era la mejor opción. Sin demasiado encima, sufrieron el frío, la lluvia, hasta un poco de hambre también.
Cuando lograron arrendar tierras, en el propio espacio donde llegaron, sembraron, y esperaron a que la fortuna y la madre naturaleza les diera una ayuda. Los terrenos vírgenes eran absolutamente fértiles, y esa fue la ventaja. Trabajaron muy duro por casi dos años hasta que salió una nueva oportunidad en el centro del país. Un lugar urgente por ser descubierto y explotado bajo manos raudas y fuertes. Así fue como sus ancestros llegaron a este lote al que, luego de arrendarlo, pudieron hacerlo propio.
Ahora, Alejandra vuelve sobre sus alas, gira la mirada y allí están los dos caminos. Uno, suspendido por una inundación inoportuna, está delineado por eucaliptos añejos cuyos troncos llevan más de cuarenta años en sus anillos y alcanzan una altura que les permite casi agarrarse de las nubes. El suelo se empapa con ramas, pasto puna, corteza seca y flores silvestres. La otra huella costea el alambrado y tiene la tierra suelta que salta y revolotea incansable al son de sus pisadas. Al transitar, Alejandra pierde el sentido del tiempo y la distancia. Se siente observada por los rumiantes al meterse en el maizal y buscar choclos maduros para hervir.
Las orientadas cabezas de los girasoles elevan sus pétalos hacia el sol. En el otro cuadro, imitan la ensoñación de los colores en el horizonte cuando el día se está yendo a dormir. Y es el silencio, mezclado con el trinar de los pájaros bebés, el que le regala el roce de las hojas columpiadas por el viento. Las mariposas se posan y se elevan en un zigzagueo armonioso, salpicando polvo de oro por todos los rincones del campo. Mientras tanto, el ruiseñor, orgulloso de sus colores, entona con energía la melodía que le dictan los ángeles.
De repente, la brisa se paraliza en las ramas, el aleteo de un colibrí se suspende en las alas, los matices intensifican su nitidez, y la pena ciega de los ojos de Alejandra se evapora como el rocío. ¿Acaso ese pajarito, portador de los mensajes de las almas que ahora viven en el cielo, trae palabras del más allá?
La paz la envuelve como un manto y se desprende en poesía, atravesando las redes que el corazón se obliga a tejer. Entonces, la desconfianza se aleja con la mirada de la brisa. El pesimismo se oculta entre pinceladas de nubes oportunas. Y el enojo, que tan profundo le rasguña las entrañas, se calla. Y aparece el recuerdo de él, con sus manos salpicando polvo de estrellas, y su cabello copiando la seda de las flores. De marfil, sabiamente esculpido, está creada su piel; y el negro brillante de su mirada refleja el verdadero sentido del amor.
Alejandra conoció a su exnovio por medio de una amiga. Él bailaba danzas contemporáneas. Era muy amable y la consentía en todo desde el primer momento en que sus caminos se cruzaron. Ella sentía que el amor había llegado a colmar sus días. Verlo bailar era un sueño. Esbelto, elegante, con pose de caballero.
Cada vez que sus brazos la rodeaban se sentía plena, segura. Cuidada más allá de todo.
Fueron dos años con sus meses compartidos. Pero un día, sin demasiadas explicaciones ni detalles, solo desapareció. Entonces, ella lo buscó en incansables oportunidades hasta que una tardecita lo encontró a la salida de su trabajo. Solo se excusó diciendo que la diferencia de edad lo confundía. Que sentía que deseaban cosas diferentes y que las metas de ambos eran muy dispares.
Y se fue. La dejó ahí parada, en medio de la nada, con los ojos empapados y el corazón agrietado.
Alejandra está parada cerca de la tranquera de entrada del campo, lista para continuar con su caminata.
—Buenos días —dice Rafael mientras se baja de su camioneta de gran estirpe.
—Buenos días.
—Soy nuevo por acá. ¿Vivís en esta zona?
—Sí, soy la dueña del establecimiento. ¿Vos? —pregunta Alejandra con una sensación extraña en el estómago. Sus ojos se quedan obnubilados por el brillo de la mirada del desconocido.
—Yo soy Rafael, Rafael Béndero. Acabo de comprar la estancia Don Julio. ¿Somos vecinos entonces?
—Sí, lo somos. Me llamo Alejandra, mucho gusto.
—Te va a parecer tonto mi comentario, pero ando en busca de paz y tranquilidad —menciona casi con una sonrisa.
—Pues… bienvenido entonces… llegaste al lugar indicado.
—Bueno… gracias… Venía a informarte que hay un poste esquinero caído, tal vez fue algún animal. Ya me ocupé de decirle a mi capataz que lo arregle.
—Ah, bueno, ya le digo al encargado de eso que vaya a mirar. Gracias por avisar.
—Nada que agradecer… un placer conocerte…
—Igualmente…
—Hasta luego… nos vemos…
—Chau…
Él se aleja en su camioneta Ranger color negra y ella apenas atina a parpadear como lo hace cada vez que un sueño parece sacarla de su letargo. Solo la polvareda que se evapora como el rocío matutino, todo junto y amontonado, le desdibuja la circunferencia de lo demás.
Alejandra empieza a retomar el regreso hacia la casa muy lentamente observando cómo los eucaliptos se hacen eternos hacia el firmamento. Y tiembla. Siempre los admira por su magnificencia, omnipotentes e intocables, y no deja de sorprenderse al ver tantos caídos, arrancados de cuajo desde sus entrañas, recostados sobre sus hermanos como intentando con desesperación aferrarse a la vida. Sus raíces sacadas hacia arriba del límite del suelo pretenden asustar con su presencia, y el hueco profundo y oscuro amenaza para que nadie se atreva a profanarlo. Son muchos a lo largo del camino los que el viento enojado e inoportuno ha ido tirando como si fueran pequeños palos de quebracho.
Imagina el momento en que la brisa se transformó en ráfaga y esta en remolino, y un nuevo cambio intenso, en tornado. Enfurecido resorte gris oscuro arrasando todo a su letal paso. En dos oportunidades eligió esta ruta y ellos no pudieron sostenerse.
Imagina el momento exacto en que su propia vida fue quebrada por un tornado enfurecido. El instante en que en el aeropuerto dieron la fatal noticia de la precipitación del avión en el que regresaban sus padres desde Europa.
Su árbol preferido la recibe ahora en el trayecto, un eucalipto, que la naturaleza sabe por qué ha recostado su tronco sobre el suelo, como si le prometiera su amor incondicional a la madre tierra.
Nombrado por su abuelo, Planta Baja. Sin embargo, no es baja, porque cuando su cuerpo comienza a subir, lo hace tanto o más que sus hermanos. Simula un trono con su respaldo cómodo e inclinado, invitando a tomar asiento para pensar. Y el pensamiento, que se escucha en voz alta, queda guardado en su fuero interno como secretos contados al pasar.
Si la Planta Baja pudiera expresarse, millones de letras se desprenderían, agasajando a las aureolas celestiales. La admira unos instantes y decide pasar agachada por el medio del alambrado para juntar algunos choclos más de este otro cuadro. Sabe perfectamente el punto de maduración adecuado para arrancarlos y poder degustarlos porque tanto su abuelo como su papá se lo enseñaron. Después de recoger varios y ver que sus brazos ya no pueden cargar más, regresa al camino.
Al verla llegar con los brazos llenos, Cristian viene a su encuentro.
—Pero, Ale, ¿por qué te pusiste a juntar choclos? Si yo podía ir a buscar.
—Porque tengo antojo de comer, Cristian, y los vi tan tentadores. Mirá, están en su punto justo. Mmmm, aunque me moriría por uno asado entre las llamas.
—Sus deseos son órdenes, mi señora —dice Cristian con una reverencia exagerada—. ¡Marchen choclos asados, entonces!
—¿Vas a prender un fuego?, ¡ya se me hace agua la boca! —dice entre carcajadas como siempre, como tantas veces que él la hace reír.
Días más tarde, una noche tempestuosa, sin luces brillantes, solo la de los relámpagos, donde la tormenta se levanta de repente acorde a la fecha del calendario, Alejandra se encuentra sentada junto a la ventana. José y Adela se han tenido que quedar en el pueblo justamente porque divisaron en el horizonte tremenda mole que avanzaba. De repente, oye que el portón de uno de los galpones de las herramientas se golpea casi con desesperación. Así como está, en camisón, sale corriendo para ir a cerrarlo. Los relámpagos alumbran destellantes y los truenos suenan ensordecedores, urgentes de descargar la esencia de las nubes. Cuando está cerrando el portón un nuevo haz de luz ilumina todo el espacio y allí, sobre sus botas para la lluvia y un piloto que lo cubre casi todo, está el nuevo vecino acercándose.
—Qué tormenta terrible, quise venir para ver si necesitan algo y saber si la energía eléctrica no solo se cortó en casa.
—Ohhh, hola…
—Ay, disculpame, te asusté…
—No, no, está bien… bueno sí, tal vez un poco —dice sonriendo y tratando de calmarse, cosa que no logra al darse cuenta de que solo viste un camisón.
—Perdón de nuevo… bueno, si está todo bajo control…
—Sí, sí, está todo bien. Acá también se cortó la luz y así se va a quedar, no te quepa duda. Muchas veces la cortan a propósito cuando hay tormenta fuerte.
—No me digas… bueno, supongo que es otra de las cosas que tengo que aprender de vivir en el campo.
—Sí, claro… no sé, ¿querés pasar?
—No, no, ya me voy y te dejo tranquila. Supongo que estabas a punto de acostarte —menciona y en sus ojos se vislumbra un dejo de picardía al observar.
—Casi, sí —dice sonrojándose como hace mucho no le pasaba.
Rafael Béndero, el doctor en abogacía Rafael Béndero, es de una ciudad bastante distante. Muy apuesto y esbelto, con cabello oscuro, tez muy blanca y ojos verdosos. Se sabe de él lo que se dice en el pueblo. Al comprar la estancia Don Julio, paga en efectivo y contrata a Martín, el empleado de toda la vida de los Laras. Remodela completamente la casona y cambia todos y reemplaza cada uno de los postes del campo.
Una vez a la semana, lleva al jardinero del pueblo para que le cuide y acondicione las plantas. Se adueña de diversos libros sobre agricultura y ganadería. A partir de la adquisición de todos los animales, pone a trabajar a varios hombres en la construcción de establos, chiqueros, gallineros y cobertizos.
Rafael es inexperto, incluso torpe a veces, callado, apenas conversa, pero con muchos deseos de aprender y sin problemas para trabajar a la par de Martín.
El día que pintaron la cerca de la casona, insiste a toda costa en encargarse de todo. Primero, al no tener idea de nada, no diluye la pintura, lo que complica un poco el trabajo. Sin embargo, pregunta cada detalle y, con los oídos bien abiertos, hace todo lo que el capataz le enseña. Para el tercer día, la cerca reluce blanca y brillante, al igual que el semblante de Rafael. Está feliz de poder haber terminado su primera tarea manual.
En innumerables momentos Rafael parece pensativo, como si su cabeza estuviera a kilómetros de distancia. Con mucho cuidado, Martín intenta entablar una charla para lograr traerlo de regreso.
—¿Todo bien, señor?
—¿Cómo?
—Digo, ¿todo bien? De sopetón se me quedó como ido.
—Todo bien, todo bien.
Pero nada está bien, su mente viaja a la velocidad de la luz y le trae ese recuerdo que no quiere pensar. Rememora una vez más cómo las manecillas del reloj de su nono marcaron la hora tan esperada. A las diecinueve en punto las puertas del elevador de la oficina darían paso a la decisión más importante y jamás dibujada en su cabeza aventurera. Imaginaba su rostro al comunicarle que esa noche sería diferente. Jamás habían vivido algo programado, siempre manejaban el vocabulario de lo espontáneo y realista.
Pero el reloj siguió marcando sus minutos y recién tres horas más tarde, el teléfono sonó.
—¡Hola, amor mío! Ya estaba preocupado. Imagino que tuviste algún inconveniente en el trabajo. Tengo algo muy importante que decirte. ¿Venís ahora para acá, mi amor? —preguntó confundido ante tanto silencio por parte de María Victoria, aunque se dio cuenta de que hablaba sin parar.
Revive una y mil veces más ese maldito instante en el que ella dijo en el otro extremo de la línea, sin miramientos ni cuidado, como escupiéndole, hasta relajada.
—Solo llamé para decirte que esto se terminó, Rafael.
Y colgó. La ciudad quedó en penumbras. El edificio se convirtió en una enorme boca a punto de tragarlo. Y todo ese presente perdió su sentido. Para él, que jamás había estado así con una mujer, fue y es un golpe muy duro de atravesar.
Amanece en el establecimiento Don Matteo y todo se pinta de un color dorado refulgente. Sobre el puente que alguna vez vio correr bajo sus ladrillos, caudales nada escasos del brazo de un lejano arroyo, empiezan a pintarse pequeños pompones de pétalos rosados encimados que pronto abrirán sus entrañas para recibir los rayos del sol y embellecer con algarabía cada paso. Es un pequeño paraíso sacado de la página de un cuento el que ve por la ventana Alejandra en este instante.
Adela da un suave golpe a su puerta sacándola del ensueño mágico para avisarle que el desayuno la espera sobre la mesa del comedor. Como cada mañana, esta luce sobrecargada y deliciosa. Jugo de naranjas recién exprimidas y cosechadas unos minutos antes, escones horneados con trocitos de manzana y pasas, budín de limón, frutas frescas de estación, leche ordeñada por José bien temprano, café de filtro de la mejor calidad, cereales cocidos con experiencia, en el horno inmenso de la cocina.
Los rayos matutinos iluminan cada detalle. La vajilla de porcelana que ocupa la mesa desde hace generaciones, tan antigua como preciosa, los cosmos rosados cortados del jardín unos minutos antes para que colmen con su aroma toda la estancia, y los sabores reflejados a través del olfato, consiguen cada día hacer que el corazón triste de Alejandra se estruje de contento y de mimos.
Aún con algo de sueño, se despierta y sale con un libro entre las manos. En la cocina la espera un abrazo, calmante y contenedor, de su querida Adela. Ella es y ha sido, desde siempre, el hilo conductor, el punto de unión entre las mujeres de esa familia. Ha reído y llorado con ellas, las ha cuidado y consolado. Su corazón guarda alegrías, ausencias y preguntas sin respuestas. Y siempre, mucho amor.
Alejandra desayuna un trozo de fruta y un poco de leche, como siempre, aunque todo es muy tentador, no es de mucho comer. Al ver que el día está claro y transparente, sale como cada vez para admirar cada detalle. Toda la estructura del establecimiento se maneja bajo el estricto control de José sobre los empleados, que suman treinta personas. Cada uno en su tarea específica cumple con dedicación sus pormenores.
El jardín, compañero del parque magnífico que rodea toda la casa principal, está bajo el poderío de Roberto, un hombre de contextura menuda, pero tan ágil e inquieto como un huracán. Atento constantemente, para que los pimpollos no sufran la presencia de insectos extraños ni polvo. El césped humedecido con un rocío mínimo y las flores pintadas con los óleos pasteles más brillantes hacen que el paso por este espacio sea visitar un trozo de cielo, un verdadero camino entre nubes y sueños.
—Buen día, Roberto.
—Buen día, señorita. ¿Cómo amaneció hoy? El día está muy lindo, ¿ya vio que los cosmos están abiertos?
—Mmm, sí, los acabo de ver… ¡Están divinos, son un sueño!
—¿Vio cuántos colores? Uno más lindo que el otro. Hay más que el año pasado.
—Pero predominan los de color rosado… Lástima que mamá no los pueda ver… —susurra apenas, pero Roberto la escucha perfectamente.
—Pues claro que los ve, claro que los ve.
Enfrente, atravesando el sendero empedrado, se elevan con majestuosidad los frutales. Naranjos, mandarinas, limoneros, durazneros, damascos, manzanos, ciruelos, cerezos y, un poco más a la derecha del cuadro, frutillas y frambuesas. La cosecha de este sector, su protección y dedicación está en manos de Jacinto, otro de los más antiguos pilares del campo. En este momento está metido entre el follaje de un duraznero, ya que Adela le acaba de pedir estas frutas para hacer el postre del mediodía. Alejandra lo saluda con la mano y sigue su camino. De la cocina solo se encarga Adela, nadie puede ni quiere interponerse en esta actividad ya que su amor por los ingredientes nobles es incondicional. Es un milagro cada día lo que logra crear desde sus manos. Y todos lo disfrutan.
Al traspasar la cerca y cruzar el puente, a la derecha, desemboca la huerta. En ella se detiene porque no se cansa de admirar cada día lo que esas plantas pueden traer al mundo. Aparece Carlos, un muchacho joven con estudio especializado en el trabajo de la tierra para sacar los frutos en óptimas condiciones de maduración y crecimiento. Él se encarga de la huerta. Cultiva los tomates en todas sus variedades, ajíes, zanahorias, zapallitos verdes, zapallos anco, aromáticas varias, sandías, melones, lechugas, acelga, espinaca, cebollas y cebollines, pepinos, hasta repollos de los dos colores.
—Carlos, ¡buen día!
—¡Buenos días, señorita! Acá estoy peleando un poco con las tomateras. Parece que la falta de agua de lluvia les afectó un poco y están porfiadas para darme el tamaño de tomate que yo quiero.
—Pobres —dice riéndose por la ocurrencia de Carlos al darles vida a las plantas—. Hacen lo que pueden, Carlos.
Así transcurre la mañana. Estas mañanas, donde el clima es benévolo y cálido, son disfrutadas por todos en cada uno de sus detalles.
Otra lágrima en sus ojos esta noche se detiene en un intento por aliviar su pensamiento. Una sonrisa suaviza su mirada, y escribe.
Cuando te parás frente al espejo y te declaras independiente, todo puede pasar: laberintos, encrucijadas, plenitud, calma.
Si sabes, o en su defecto aprendes, a sembrar confianza y amistad, con los primeros soles, alcanzas a cosechar encuentros con personas que te acompañan, te ayudan y te quieren.
Palabras que, siendo protagonistas de tu vida —como trabajo, alegrías, viajes, lágrimas tratando de barrer a la tristeza ocasional, metas alcanzadas, perseverancia, sueños nuevos—, te van formando.
Ahora, un antes y un después. El final del corazón solitario. El seguir andando el sendero. El sueño compartido. La felicidad. El amor. Un nuevo hogar, o tal vez recuperar el único hogar. Y el secreto en su corazón de la espera. El añorar que, un día inesperado, sus padres regresen y desaparezca la distancia. Jamás va a dejar de esperarlos. Pero ¿se regresa de la muerte?, se interroga con pesar. Al igual que al amor, nunca dejará de esperarlo. Hoy, todo se resume en una palabra que sus fibras perciben: pérdidas.
Hace dos años, el mismo día en que sus papás no regresaron, Alejandra contrató un camión de mudanzas. Dejó su vida para volver a su tierra natal y hacerse cargo de todo. José y Adela son los que lentamente le cuentan los detalles, y ella, sin pausa y con total atención, aprende rápido para intentar ponerse a la altura de la dirección de sus progenitores. Lo logra cada día. Sin dejar de lado su pasión por la escritura, dedica más de las horas que tiene la luz del sol para seguir especializándose en los pormenores de las actividades del campo. Tanto pensar hace que, como tantas noches, no pueda casi dormir, le pasa cuando se queda prendida del pasado. Así que se levanta con el amanecer y sale a recorrer.
En la lechería, José está ordeñando la vaca para tener la leche para el desayuno, cuando la ve, se levanta para abrazarla.
—Buen día, mi niña.
—Buen día, José…
—No dormiste bien, ¿verdad?
—Gracias por ese abrazo.
—No te preocupes, te va caer muy bien un poco de leche fresca y con los panqueques y salsa de frambuesa que está haciendo tu nana, ¡como nueva!
—Ya me voy a ayudar a Adelita con los panqueques, ¡nos vemos! Gracias…
—El amor no se agradece, mi niña —afirma José con una mirada dulce.
Un torbellino de sensaciones grises la pueden abatir, pero ella no cae ni demuestra muchas veces lo resquebrajada que está su alma. Entra casi corriendo a la cocina, donde la invade un aroma exquisito a panqueques calientes.
—Mmm, Adelita, qué sabrosos se ven.
—Hola, chiquita. ¿Otra noche complicada?
—¿Y la salsa de frambuesa está lista?
—Vamos a sentarnos a desayunar, José ya viene con la leche —acota Adela entendiendo el silencio de Alejandra—. Hoy no hay excusas, los panqueques tibios, y tu salsa preferida.
Alejandra nació en el hospital del pueblo. Hija de Adrián y de Lorena. Desde bebé, caminó los pasos de sus padres y de su abuelo, en el campo. Entre juegos a la casita que armó en las ramas de los árboles o dibujó en los patios sin césped de la casona, fue creciendo en su fibra más íntima un deseo descontrolado y fervoroso por el romanticismo.
Cuando tenía edad para concurrir a la escuela, su mamá la llevaba todos los días al pueblo para que cursara sus estudios primarios. Y los atravesó con honores. Siempre muy solitaria y callada, tímida hasta las células, soñaba con enamorarse de un chico y que toda su historia se relatara como la de sus padres. Solo amor, ilusiones y buenos momentos vividos y anhelados.
Ellos habían sido amigos desde que iban a la escuela. Su papá empezó a trabajar para su abuelo desde la adolescencia. Y su mamá estudió Corte y Confección en la Escuela Monotécnica del pueblo. Nunca dejaron de verse, y siempre encontraban un momento para salir a pasear y contar las acciones de su día. Hasta que nació entre ellos algo más que una sencilla amistad. Y se tomaron de la mano para siempre.
Cuando Alejandra comenzó el colegio secundario ya tenía edad para ir a las matinés que se realizaban todos los viernes. Después de la hora de salida del colegio, se quedaba en la casa de su amiga. Juntas recorrían un camino virgen, lleno de sensaciones nuevas y desafíos excitantes. Desde elegir qué ropa ponerse, cómo peinarse y de qué color maquillarse los ojos y los labios, hasta la ilusión de esperar que un chico más grande las mirara. Bailaban toda la noche, y el corazón se les aceleraba cuando llegaba el momento de los lentos. Eran melodías hermosas cargadas de las sensaciones nuevas que provocaba el estar muy cerca del cuerpo de un chico.
La decisión del porvenir se acercaba, y Alejandra, absolutamente convencida de que las letras eran el ancla exquisita para canalizar los sentimientos de su corazón, se marchó del campo con rumbo a la ciudad para prepararse y ser una experta en el arte de la escritura. Los siguientes cinco años de su vida transcurrieron entre libros, profesores sabios y días dedicados por completo a su realización personal y profesional. Y así fue como, una tarde de cursada normal, una de sus profesoras le hizo una pregunta que marcaría el futuro de sus letras: “¿Qué deseás hacer con tu carrera, Alejandra? ¿Querés dedicarte a enseñar o anhelás realmente formarte como escritora?”.
La respuesta era clara. Quería escribir y lograr que, algún día, su obra conquistara los ojos de los lectores. Convertida en Licenciada en Letras, decidió no regresar a la estancia. Inmensamente feliz, desde ese momento dedicaría sus días a volcar en el papel historias de amores plenos, complicados, de tristezas, desilusiones, arrepentimientos y fantasías.
Pero el destino le tenía preparada una muy mala jugada. Y sus letras se tiñeron de grises sin luz.
Estás extraviada. La luz no puede penetrar por los costados de las ventanas. Y tus ojos, posibles puertas blancas para los colores, se bloquean con la opacidad de la desesperanza. No tiene importancia el latido de una estrella, si tu corazón solo desea detenerse en el tiempo gris.
De repente, sin la esencia ni las miradas de tus padres, la soledad te presiona los sentidos, te encierra el movimiento, paraliza la expresión de tus manos.
Es un abismo sin fondo ni lianas oportunas, y el vacío interminable, prometedor de lágrimas amargas, baña el recorrido de tus pasos. Ceguera de senderos azules, ausencia de palabras hermosas, congelados manantiales de ternura, y nada.
Amanece la duda constante en tu pensamiento cada vez que el espejo te devuelve una imagen difusa. No existe alguien más allá que armonice tu melodía o que le regale flores a tu sonrisa.
Es un dolor profundo que te lastima, desgarrando todo diamante de alegría.
Después del desayuno va hasta su habitación y con el cuaderno bajo el brazo, emprende el recorrido habitual que la lleva hasta la Planta Baja. Simplemente al sentarse, comienza a escribir como sacada de sí misma, no necesita ponerse a pensar, solo hace que las letras desprendan de sus entrañas las palabras que sobre el papel se van dibujando con un delineado perfecto. La brisa cálida de la mañana acompaña y acaricia sus manos. El sol quiere colarse entre las hojas de los eucaliptos para molestarla y desconcentrarla. Como no lo logra, decide ocultarse tras una nube oportuna y parece quejarse por saberse ignorado. Alejandra ve que avanza el reloj una hora completa y decide volver porque quiere ir a ver a un par de cabras que están por dar a luz. Estos momentos vitales no desea perderlos porque le transmiten serenidad. Cierra el cuaderno y vuelve.
Cuando llega al corral, sigue atentamente las indicaciones del empleado para ubicarse cerca y no perderse los cambios que están atravesando las cabras. Casi al instante, comienzan a parir. La presencia de los cabritos, tan pequeños pero vivarachos, hace que los ojos de Alejandra se humedezcan de emoción. Pasa casi una hora observando cómo, siendo recién nacidos, empiezan a valerse por sí mismos con el correr de los minutos.
Cuando el sol alcanza su punto máximo de fuerza, y se acerca la hora del almuerzo, Alejandra disfruta de los rayos cálidos sentada en la galería de entrada. Lee un poco hasta que Adela viene a buscarla. El menú de hoy consiste en una ensalada con los ingredientes de la quinta, queso, un poco de pan de salvado casero y unas riquísimas ciruelas como postre. Con ropa deportiva, zapatillas, música en los oídos y anteojos de sol, Alejandra aprovecha la hora de la siesta, cuando todos duermen, para salir a caminar durante una hora, siempre explorando un sendero diferente. Caminar bajo el sol la relaja y le llena el espíritu y el cuerpo de buena energía.
Hoy elige un camino precioso: tierra firme rodeada de flores silvestres y unos pocos olmos. Su concentración es tal que, al llegar al borde de su propiedad, no percibe que alguien, más allá, la está observando.
El vecino, dueño de unos ojos verdosos especiales, disfruta de su figura y de la soltura para andar como un ángel acelerado por el camino. Una sonrisa se dibuja en su rostro mientras la mira. Hay algo en esa chica que logra tocar su interior. No sabe qué es, y ni siquiera intenta averiguarlo. El dolor y el odio que le carcomen el alma no le permiten ver más allá de quien se rio de él casi a propósito.
Hoy amanece lloviendo y el paisaje se convierte automáticamente en paraíso. Los colores del cielo, entre grises y azules, reflejan el resto de los tonos sobre la superficie. Los árboles parecen más altos y completos de hojas que se lavan y retozan riéndose a carcajadas. El césped y las flores enmarcan denotando una dulzura extraordinaria por doquier. La lluvia entona una melodía muy suave y enamoradiza.
Sentada en la galería, las letras se desprenden de las manos de Alejandra. La hoja parece pequeña frente a tantas palabras que desean hacerse carne. Por una necesidad urgente de copiar en sus latidos desalentados tantas notas musicales que se oyen afuera.
El cielo con voz ronca cubre con su sonido fuerte y temeroso al espacio oscurecido.
El viento zarandea las hojas de los árboles.
Y la lluvia hace que los ojos sonrían.
El corazón se reconforta, se tranquiliza, late un poquito más lento.
El croar de las ranas afuera, en los charcos, inunda el espacio.
Y un grillo ausente, refugiado bajo una pequeña hoja, entona su canción de vez en cuando, guardando silencio de a poquito para imitar y robarle unos acordes a la lluvia que dulcemente no cesa de caer.
La naturaleza toda y yo hoy somos una. Hoy deseamos tocar el cielo, viajar entre las nubes, atravesarlas y llegar hasta el universo mismo en el cual no hay imposibles.
Hoy estudio a mi corazón, dejo actuar a mis manos, dejo buscar a mis ojos, dejo que mis sentimientos me trasladen a otro amanecer y ante toda esta maravilla me permito a mí misma, ser.
Satisfecha por lo que acaba de escribir, Alejandra sigue concentrada y de repente percibe una figura frente a ella, mirándola.
—¡Hola, Rafael! No te había escuchado.
—Buen día, Alejandra, sí, me di cuenta, estabas tan enfrascada que no quise interrumpir. Solo vine a ver si estaba todo bien por acá después de la tormenta de viento de anoche. Por casa solo dejó un par de ramas caídas.
—Oh, sí, por acá está todo bien, aún no me han informado de lo contrario. Pero sentate, ¿querés desayunar conmigo? Aún no he tomado nada, me levanté y vine para acá a disfrutar de la lluvia, y a escribir.
—Me encantaría, no tengo nada que hacer mientras siga este temporal.
—Muy bien, voy a avisarle a Adela que estamos acá.
Mientras va hasta la cocina, Alejandra tiene que respirar hondo, el corazón le late tan fuerte que le agolpa en los oídos. Se encuentra sonriendo y mirándolo por la ventana. Es tan hermoso. No sale de su sorpresa. ¡Van a desayunar juntos!
—Bueno, Adela ya viene para acá y nos sirve. Te advierto que la tentación será muy fuerte.
—¡Estoy preparado!… ¿Escribís?
—Efectivamente, soy escritora.
—Qué maravilla, no debe ser fácil escribir, a mí mucho no me sale. Me gustaría leer algo tuyo algún día.
—Bueno. ¡Si te animás! —dice riéndose nerviosa.
—¡Pues, claro que me animo! Ya regreso —menciona a la vez que se dirige hasta la camioneta detenida en la cochera que está cerca del sendero de entrada—. Me tomé el atrevimiento de traer estos pomelos recién cosechados, son los primeros maduros y es la primera vez que obtengo mi propia fruta. Además de que me siento muy orgulloso, quiero que los aceptes como regalo de cumpleaños, porque ayer fue tu cumpleaños, ¿no?
Entre mezcla de perplejidad, asombro y una emoción sin poder terminar de descifrar, lo mira a los ojos.
—Muchas gracias, pero ¿cómo lo supiste?
—Estuvo José por casa ayer y me comentó que tenía que volver pronto porque si no Adela lo iba a matar por no estar a tiempo para el festejo.
—Ahhh —exclama y ríe con ganas—, así es Adelita. Y José, un chismoso y un verdadero artista, me regaló un cuadro soñado, pintado por sus propias manos privilegiadas. Cosmos… son cosmos rosados.
—¿Ah, sí? No sabía que pintaba.
—Y lo hace más que bien, ¡excelente! Si querés después te muestro mi regalo.
—¡Me encantaría!
—Bueno, ¿y si nos tomamos unos mates de pomelo, en los pomelos?
—Ah, bueno, bueno, eso sí que me sorprendió —deletrea Rafael sintiéndose de repente muy feliz.
—Vas a ver, ¡son incomparables!
