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Valencia, España, Viduan. Asier Birmajer, un chaval de dieciséis años con problemas para relacionarse, decide descubrir el universo que se abre más allá de la pantalla de su monitor. Curioso, algo temeroso, se adentra hasta las entrañas de una corte de la soberbia y la manipulación. Un escenario viviente donde la empatía es una rareza y únicamente importa el triunfo a través de la espada o la política del puñal. Alejándose de una familia que se rompe, Asier acabará moviéndose por inercia, vacío y solitario, como un pez en aguas turbias con miedo a enfrentarse al final de su pecera.
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Veröffentlichungsjahr: 2016
LO FRÁGIL
Por Álvaro Aparicio
Carlinga Ediciones
www.carlingaediciones.com
Por la presente edición: ©2014, Carlinga Ediciones S.L.
ISBN 978-84-942225-0-4
Lo Frágil
Álvaro Aparicio
Editor. José Núñez
Ilustrador. Alfonso Buendía
Síguenos en twitter: @CarlingaEd
Primera edición: Febrero, 2014.
Carlinga Ediciones se reserva todos los derechos sobre esta obra. No obstante nada te impide compartir esta obra con otras personas, por supuesto, y nada podemos hacer para evitarlo. Sin embargo, si el libro te ha gustado, crees que merece la pena y que el autor debe ser compensado recomiéndales a tus amigos que lo compren. Al fin y al cabo, no es que tenga un precio exageradamente alto, ¿verdad?
Prólogo
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El vaho se abría paso a través del vientre rajado del jabalí. A pocos metros, un guerrero sentado sobre un tronco podrido arrojaba al pantanal los trozos de armadura resquebrajada que ya no le valían de protección. Al retirar el brazal y el guantelete del brazo izquierdo, con el que había antepuesto el escudo en la primera embestida, descubrió una herida que hubiera preferido sólo sentir. Pero era tarde para ignorar el alcance de los colmillos. Con la pestilencia de las entrañas de la bestia abrumándole el olfato, comenzó a vendar mientras los insectos trepaban por sus grebas. Rajó con una daga la bolsa de arpillera donde transportaba un manojo de hierbas raras y elaboró un cabestrillo que apretó sujetando con los dientes un extremo del nudo.
Ya de pie, recuperó la espada del cadáver, hasta entonces mástil de un naufragio de sangre, y escudriñó el perímetro por si los caprichos del azar estuvieran particularmente violentos aquella tarde. Todo era ciénaga hasta donde alcanzaba la vista, y la llovizna ininterrumpida acentuaba la opresión que generaba su descubrimiento. Al andar pisó un fragmento de su escudo no sabiendo en principio lo que era. Cuando retiró el pie y lo reconoció, su primer impulso fue conservarlo. Volvió al camino de herradura con la espada desenfundada y a pocos metros del área de combate se deshizo de él arrojándolo a un juncal. No era guerrero de tenerle apego a sus errores.
Al rato divisó las primeras antorchas parpadeando tras los bancos de bruma que rellenaban el espacio vacío entre los árboles. Balizas. El fango del sendero fue reemplazado por tablones desordenados a causa del constante ir y venir de las alimañas que evitaban las arenas movedizas. Pero el guerrero no se relajó ante aquella incipiente muestra de civilización. Todavía recordaba al idiota que se creía inmune a la sombra de las murallas y acabó descuartizado por una manada de furias ante la vista impasible de los guardias. No… Esas tablas desordenadas no implicaban seguridad. Si acaso, un rastro fiable. Al menos sabía que iba en la dirección correcta.
La triste empalizada de Oneiros no tardó en aparecer. A tramos vencida por la propia carcoma, su función parecía únicamente delimitar los bordes del asentamiento. La entrada principal, abierta de par en par quizá por la imposibilidad de mover las puertas dado que el fango barrido las cubría varios palmos, carecía de vigilancia. La ausencia de defensas decía mucho sobre lo inhóspito del entorno, pues de foso bien les valía la propia ciénaga. El guerrero envainó la espada y se internó al son del martillo del herrero.
Para adivinar la pobreza del asentamiento bastaba con la primera impresión. La empalizada no engañaba: era el reflejo mal interpretado de un poblado. Las chozas se sucedían a los lados con la gracia de un borracho revolcado en su mierda. Excepto por un sucedáneo de cuadra donde rumiaban con expresión ausente dos pencos de mala muerte y la herrería, un espacio sin paredes tan oscuro que sólo se adivinaba el resplandor de las ascuas y una hoja al rojo que viajaba de la fragua al yunque, el resto se regía por la gracia arquitectónica de una cloaca.
El guerrero se detuvo en una explanada en la que convergían todas las chozas. La mayor, la que se adivinaba desde la entrada, debía ser la de Ángelo Laspada. Sus cavilaciones fueron interrumpidas por un cadáver andante que comenzó a babear a una distancia que difícilmente podría definirse como prudencial. No quería provocar una reacción hostil en los lugareños, pero aquel espíritu domado, que iba cargado con una mochila tan abultada que parecía increíble que sus rodillas cadavéricas aguantasen el peso, no tenía la intención de detenerse.
Desde un umbral intervino su titiritero, el que lo utilizaba de porteador.
Ballistarius: Disculpa, le ordené que te esperase. Aunque es increíble que te haya reconocido… ¡Bernat, déjalo ya, pesado!
El guerrero se echó hacia atrás al tiempo que le lanzaba un vistazo a la criatura. El tintineo que producía al moverse provenía de los frascos vacíos que llevaba atados a la soga que le rodeaba la cintura. Y conforme más lo miraba, más se sorprendía de lo cargado que iba y que su endeble constitución lo tolerase.
Córax: ¿Seguro que está totalmente domesticado? A ver si le da el venazo.
El nigromante, sucio y enlutado de sandalias a capucha, se aproximó haciéndole gestos a su siervo.
Ballistarius: Tranquilo, hay más posibilidades de que te venda un décimo de lotería.
El muerto se paró en seco. Estaba tan encorvado que por rostro sólo tenía frente.
Córax: No había nadie más feo para levantar, ¿verdad?
Ballistarius: Ese día buscaba un becario, no una portada de Vanity Fair.
Córax: Es que ni esculpido por bacterias carnívoras, tío, qué feo es.
Ballistarius: Pues a tono con el lugar.
Córax: Esa postura de latigazo cervical y collarín tampoco ayuda. Échale un cable con las diez toneladas de mierda que lleva encima, ¿no?
Ballistarius: Es el peso del saber. ¿Tú no eres muy piadoso para ser el responsable de la muerte de Sorgún? Recuerdo haberte visto extremadamente feliz haciendo el baile de la lluvia alrededor del chorro de sangre que brotó de su cuello cuando lo decapitaste.
El guerrero acercó el guantelete a la frente de Bernat y le empujó la cabeza hacia atrás.
Córax: Jo-der, ¿estaban de rebajas en la morgue o qué?
Ballistarius: Ya veo por qué te quiere Ángelo… Que te está esperando, por cierto.
Córax: Creía que venías a llevarme ante él.
Ballistarius: Si el Sheraton fuese un lodazal… Pero esto no es el Sheraton, colega. ¿Ves esa cabaña de ahí? Ahí está Ángelo. Luego me cuentas.
El nigromante sujetó a Bernat por un brazo y se lo llevó de paseo a la ciénaga con una ligereza de ánimo que sorprendió al guerrero. No es que las empalizadas constituyeran una barrera infranqueable. De hecho, su escualidez estructural ponía en peligro a los habitantes del asentamiento con la inminencia de su derrumbe. Pero allá fuera la Muerte ya ni se fumaba un pitillo a la espera de que otro cenutrio se adentrara en la ciénaga creyéndose el elegido. No le daba tiempo ni a coger el mechero entre listo y listo...
Resuelto a desprenderse de sus prejuicios, Córax trepó los tres peldaños musgosos que ascendían al porche de la cabaña de Ángelo y aguardó frente a la tela rasgada que ondeaba donde en circunstancias de menor precariedad hubiera estado la puerta.
Ballistarius: ¡Entra, cojones, que si te lo piensas tanto para ésto, el día que tengas que firmar una hipoteca te llevas el colchón al despacho del notario!
Le chilló el nigromante desde lejos. El guerrero asumió desacomplejadamente la certeza de sus palabras. Pero se contuvo de responderle que su renuencia no provenía del nerviosismo natural que siente cualquiera cuando sabe que está a punto de ocurrir algo importante. No. Su renuencia provenía de cómo mandarlos a tomar por culo sin quedar mal puesto que la invitación era una forma tácita de reclutamiento. No lo tenía claro.
Dentro encontró a Ángelo Laspada, sacerdote y líder de Oneiros, sentado frente a una chimenea apagada. Movía la mano derecha en todas direcciones y la seguía detenidamente con la cabeza.
Ángelo: ¿Pero lo estás viendo? Es increíble.
Se dirigía a un hombrecillo harapiento que, de pie a su lado, no hizo más que asentir a pesar de haberse percatado de la irrupción de Córax.
Ángelo: Será una herramienta poderosa en los discursos. Gesticular con independencia del resto del cuerpo es… Era lo que me faltaba. Aunque le falla un poco la motricidad fina.
Lafforgue: Habrá que ensayar los movimientos.
Ángelo: Sí. Pruébalo tú, a ver qué te parece.
El hombrecillo levantó aparatosamente un brazo y apuntó a Córax.
Lafforgue: Ha llegado el ejecutor de Sorgún.
Ángelo miró por encima del hombro y sonrió con los ojos bien abiertos. Su dominio sobre las expresiones rozaba la perfección, proporcionándole una nueva dimensión al valle inquietante.
Ángelo: ¿Secuelas del gran combate, Córax?
Córax: Qué va, un jabalí con la regla.
El guerrero caminó hacia el sacerdote, pero a tenor del cabestrillo, su indefensión circunstancial y el enigma que representaba Lafforgue, decidió guardar las distancias apoyándose en uno de los puntales que sostenían aquel techo incesantemente picoteado por la lluvia. Además quedaba guay.
Ángelo: Fue una suerte encontrarte ahí, Córax. Quién diría que un guerrero solitario sería capaz de enfrentarse a Sorgún sin más respaldo que el de su propia destreza.
Córax: Si hay que morir, se muere. Para mí es un juego.
Ángelo: Creo que para todos. Pero no todos jugamos el mismo juego… Oneiros marchó contra Sorgún en más de quince ocasiones, y siempre recogimos derrotas patéticas. Tu presencia sin embargo cambió las tornas.
Córax: Pensé que vosotros me habíais salvado el culo a mí.
Ángelo: Sí y no. A lo ocurrido en las criptas de la fortaleza de Sorgún yo lo llamo sinergia… Salta a la vista que esta cooperación borra de un plumazo varios obstáculos que antes considerábamos imposibles, ¿no crees?
El guerrero empezó a arrepentirse seriamente de su comparecencia en aquel agujero.
Córax: Vaya.
Lafforgue: Por si no es evidente, te estamos abriendo las puertas del clan.
Ángelo: Y tranquilo, no soy ciego. Sé cómo nos ves, porque así me veo yo mismo. Pero esto cambiará algún día, y contigo será pronto.
Córax: Cuando dices que no eres ciego, y que sabes cómo os veo, ¿te refieres al hecho de que parezca que estáis tan jodidos que hasta las ladillas os tienen cogida la medida?
Ángelo: La ciénaga fue un infortunio inesperado. Si alguna vez has comprado una propiedad común, sabrás que no puedes elegir la región. El emisario que sale de la posta con la escritura se rige por un patrón de rutinas aleatorias. No sabíamos que acabaríamos aquí. Así.
Córax: Es un putada teniendo en cuenta que el reino está prácticamente vacío.
Ángelo: Te has fijado, ¿eh?
Córax: Bueno, es difícil no hacerlo sintiéndome el pavo de Soy leyenda. Y no es que la cosa mejore mucho con vosotros.
Lafforgue y Ángelo cruzaron miradas de contrariedad.
Ángelo: Puede ser complicado querer construir algo ambicioso con una población tan escasa. Pero como ya dije, es cuestión de tiempo. Sicarios de Pauan se llenará de gente y nosotros seremos la referencia.
Córax: Debemos entender la ambición de formas distintas si lo que buscáis es ser una puta cabeza de ratón más fea que Bernat.
Ángelo: Permíteme ser más claro.
Córax: ¿Más claro? Déjame a mí ser claro. No me apetecen los compromisos rollo comandita de si ahora vamos aquí o vamos allá. Yendo por libre me afectan menos los problemas ajenos. Aunque, créeme, en vuestro caso doy por hecho que serían tragedias.
Una mujer brotó de la tela rasgada y se quedó petrificada a medio paso de todos. Vestía ropajes oscuros y ceñidos, propios de tareas de sigilo.
Lafforgue: Qué.
Bengalí: Es sobre Vértigo… Por aquello que ya sabéis.
Ángelo: Habla con libertad. Queremos que nuestro invitado esté al tanto de todo.
Bengalí: ¿De que es subnormal también? Entonces sí que lo conocerá rápido.
El sacerdote se puso de pie ceremoniosamente. Lafforgue intervino dando un paso adelante. Era su forma de decir que se haría cargo del entuerto.
Lafforgue: ¿Qué pasa?
Bengalí: No es grave… Bueno, no lo sé. Ha venido Jázaro a pedirnos que lo releváramos porque Vértigo no para de degollar a los emisarios en la misión de escolta.
Lafforgue: ¿Y por qué coño hace eso?
Bengalí: Tiene miedo de que nos hagan establecernos en algún sitio de mierda.
Lafforgue: ¿Pero no sabe que son eventos aleatorios, que incluso a mitad de camino el emisario puede cambiar de dirección y llevarte a un sitio espléndido?
Bengalí: Según Jázaro, no quiere arriesgarse a que nos hagan la trece catorce otra vez.
Lafforgue: ¿La qué?
Bengalí: Que nos engañen. Por eso está matando a todos los emisarios que van al suroeste… El problema es que todos tiran por ahí en algún punto del camino.
Lafforgue: El chico es idiota.
Ángelo: Atiéndeme bien… Báfo y tú acompañaréis a Jázaro de vuelta y le diréis a ese mago de los huevos que deje al próximo emisario en paz. Necesitamos el nuevo asentamiento para hoy.
Bengalí: Oído cocina.
La ladrona giró sobre sus talones y desapareció tras la tela rasgada. Aunque Córax no estaba impresionado con el porvenir del clan, la forma en que respetaban y obedecían a Ángelo comenzaba a producirle una arbitraria mezcla de rechazo y admiración.
Córax: ¿Os mudáis?
Ángelo: Efectivamente. Pero no de la forma que tú piensas.
Córax: Ahora sí que no te sigo.
Ángelo: Hemos planeado dar un salto cualitativo a todos los niveles, y eso no se paga con monedas de oro. Las verdaderas escrituras de propiedad, las que aseguran el crecimiento de un clan, las que no te escupen en un lodazal, cuestan dinero real. Por fortuna, dispongo de un plantel particularmente adulto y con buena disposición económica. Lo que Bengalí ha ido a supervisar es la fundación de nuestro primer bastión en Sicarios de Pauan.
Quien controlaba al guerrero frunció el ceño al otro lado de la pantalla, incrédulo de que aquellas sabandijas marginales dejaran de serlo en un futuro cercano.
Córax: ¿Cuánto dices que habéis reunido para levantarlo?
Lafforgue: Ochocientos euros.
Ángelo: No será la gran ciudadela que aspiro a gobernar en el futuro, pero de primeras nos bastará para reinar con soltura sobre la región y los clanes vecinos. Hoy, Córax, será nuestro año cero, y estás invitado a participar bajo el rango inmediato de oficial. Y gratis.
Córax: Espera… ¿Pretendes que entre, sea oficial, y además no contribuya al fondo que habéis reunido? ¿Tú quieres que me pongan el sambenito de enchufado?
Ángelo: Por eso te doy poder para que te limpies el culo con sus agravios.
El guerrero miró alternativamente al sacerdote y a Lafforgue.
Ángelo: Si mi propuesta no te convence, imagino que siempre te quedará la opción de migrar a otro reino.
Córax: Migrar ya cuesta más dinero del que estoy dispuesto a pagar.
Ángelo: Bueno, lo has mencionado tú. Dijiste que el reino está vacío.
Córax: Pero sigue valiendo dinero.
El guerrero bajó la cabeza y se quedó pensativo observando la textura del suelo. Las vetas de la madera tenían tantos patrones y tan bien ensamblados que por momentos parecía real.
Ángelo: Entonces creo que tienes un dilema importante.
Córax: Tío, qué plasta eres. Te digo que sí, ¿vale?, para que te calles.
Ángelo: Puedo ser más persuasivo.
Córax: No, tío, en serio. Ya está. Déjalo.
El sacerdote no disimuló su satisfacción. Estiró los brazos en una especie de abrazo a distancia y agitó las manos como dándole a entender lo mucho que valía.
Córax: ¿Mejor? Pues ya está. Soy de Oneiros.
Ángelo: Menos mal…, ando liadísimo. Anteayer falleció mi tío y desde la cafetería del tanatorio no puedo extenderme mucho más.
Córax: Anda que yo, que desde que me quedé sin internet en casa tengo que venir con el portátil a los baños del Corte Inglés para pillar algo de wifi…
I. PANDORA
Asier miró la caja con ansiedad y desprecintó el celofán cobertor de un tirón. Vació su contenido sobre la mesa del ordenador y apartó el DVD de instalación del manual de instrucciones, de cuyo interior brotó un póster plegado que ofrecía la escena de un jinete escudriñando el atardecer desde una cumbre nevada. Leyó algunas frases sueltas del manual, deteniéndose con particular atención en la tercera página titulada FAQ, siglas del anglosajón: frequently asked questions. Introdujo el DVD en la lectora del ordenador con esmero de anticuario, y mientras el juego arrancaba los procesos de instalación, fue familiarizándose con algunas de sus características especiales. La lista de preguntas frecuentes iba encabezada por la siguiente: ¿En qué consiste un mundo persistente o MMPORG (massively multiplayer online role-playing game)?
–Hostia.
Y la respuesta era: Los mundos persistentes son servidores o “reinos” que alojan un sinfín de posibilidades situacionales gracias a la interacción de los usuarios, conjunta o separadamente, según objetivos, preferencias o azar. Cada servidor o “reino” es una base de datos trabajando en paralelo con las demás, cobijando diversas densidades demográficas, pero ofreciendo exactamente la misma información y contenido. En síntesis, los servidores o “reinos” ofrecen el mismo juego con pequeñas variantes según la orientación asignada: jugador contra jugador, jugador contra entorno y rol, siendo ésta última algo más exigentes puesto que para ingresar es obligatorio atenerse a las normas de nomenclatura donde se detalla qué nombres están permitidos y qué conducta debe garantizar el usuario a la hora de interactuar con los demás, siendo punible cualquier tergiversación de las nociones roleras. A través de una intuitiva interfaz que ubica la cámara en tercera persona, el usuario podrá recorrer las bastas extensiones de Viduan con plena libertad, a excepción de aquellas zonas que requieran un alto nivel o algún prerrequisito específico.
Actualmente los mundos persistentes más galardonados por la prensa especializada sobrepasan el millón de suscripciones; y a diferencia de los videojuegos clásicos, donde el entretenimiento estriba en una impresión inicial que decae en futuras iteraciones, los mundos persistentes no conocen un fin hasta que el usuario decide dárselo. Y las posibilidades cobran magnitudes infinitas al incorporar nuevo material descargable a través de actualizaciones con el transcurso del tiempo. Años atrás, emprender un desarrollo de tales dimensiones requería un presupuesto no menor de siete dígitos. Hoy en día, gracias a la demanda del sector y su consiguiente crecimiento, las sumas presupuestarias se han disparado, rivalizando con las superproducciones cinematográficas.
Joder, pensó Asier observando las capturas de imagen de la contratapa de la caja, cuánta pasta se habrán dejado… Le costaba entender que lo que tenía entre manos tuviera unos valores de producción tan desproporcionados, que detrás de una sola animación se encontrara un equipo de profesionales, cada uno encargado de cada detalle estudiado hasta lo enfermizo. Le costaba entender que algo tan intangible costara un esfuerzo de años colmados de reinicios a cero, arriesgadas decisiones creativas, perpetua exposición a la bancarrota, un montón de sueldos y una inversión monstruosa que bien podía mandar a tomar por culo al estudio si no concluía el primer semestre fiscal con porcentajes positivos después de la distribución del producto.
Advirtió que la barra de progreso de la instalación iba por la mitad. No era consciente de su expresión de ansiedad, pero sentía una extraña inquietud apoderándose de sus gestos. Procurando aplacarla, abrió su lista de reproducción en el Winamp y la primera canción, Tears, de Health, comenzó a sonar. Ojeó el reloj de pulsera temiendo que se le hiciera la hora de ir al instituto sin poder catar el juego, y continuó su singladura por las páginas leyendo por encima hasta que divisó una pregunta que le produjo dentera:
–¿Por qué debo abonar una cuota mensual? –Se aclaró la voz, imitando la protocolar formalidad empresarial del manual–: Angelwatch, alas de oscuridad, copyright, todos los derechos reservados, se encuentra en perpetua evolución. Nuestro enfoque aboga por la inclusión progresiva de mejoras en el entorno haciendo sostenible la experiencia de juego a través de un período de tiempo prolongado. Estas mejoras serán liberadas a través de parches de actualización y no están sujetas a ningún tipo de pago adicional. No obstante, hemos establecido la cuota mensual (15,99 €) con el fin de costear el mantenimiento de los servidores y ofrecer una óptima funcionalidad 24/7. Para una información más detallada, acuda a la página 48 en la sección Gestión de cuenta y Modos de pago.
Cogió la tarjeta de crédito de su padre y reflexionó al respecto. Aferrándose a lo peregrino de un razonamiento estúpido y espontáneo, había supuesto que la cuota no sobrepasaría los cinco euros. Lamentó no haberse informado mejor. Miró por encima del hombro en un acto reflejo que auguraba traición. Si tras la instalación se creaba la cuenta e introducía los datos, alcanzaría un punto sin retorno, el suceso de horizonte en el que deducirían de la tarjeta los 15,99 euros bajo algún concepto delator.
–Bueno, es mi cumpleaños, y el primer mes viene de regalo… –intentó convencerse–, debería poder comerle el tarro y demostrarle que con este regalo ya no necesito otros. Sí, es buena idea, hay tiempo… Anda, ¿y esto qué coño es?
¿Qué significa contenido exclusivo de micropago?, rezaba la siguiente pregunta. Frunció el ceño con indecible frustración. Desconocía por completo aquella opción, referida a la posibilidad de adquirir con dinero real “artículos” dentro del juego: armas, armaduras, monturas de guerra y construcciones monumentales muy prácticas para cualquier clan interesado en restregarle su supremacía al reino entero. Tristemente, sin embargo, la lógica indigente de Asier dictaba que vérselas con oponentes de grandes billeteras equivaldría a sufrir esta descompensación sin opción de igualar posibilidades, a no ser que le tocase los Euromillones. Una mierda, vamos.
A continuación se desplegaba una complejísima lista sobre el importe de cada objeto en euros. Cabañas, fortines o castillos no se tasaban por metros cuadrados, volumen o número de ambientes, sino por bloques empleados, el colmo del latrocinio, pues cada uno oscilaba, según su calidad estética o defensiva, entre los 2 y 8 céntimos. Además, la intrascendencia de la virtualidad no era óbice para que la gente tomase conciencia del verdadero valor de lo que compraba, alimentando la tensión y el sentido de propiedad dentro del reino, ya que todo, absolutamente todo era susceptible a sufrir las consecuencias de un asedio o el mero placer de arrasar por arrasar de un vecino sociópata.
Una casucha normalita que requería alrededor de dos mil quinientos bloques rondaba los cincuenta euros, dependiendo de si ese mes existía la posibilidad de amortiguar el gasto con alguna oferta, lo que podría rebajarla hasta un treinta por ciento. Diez maromos con pinta de violar camioneros, no obstante, podían derribarla en tres minutos. De todos modos, para Asier aquello era terreno vedado: si ya dudaba de la buena disposición de su padre en cuanto se enterase de la cifra que tendría que dispensar mensualmente, menos aún confiaba en que le diera libertad para moldear a su gusto una modesta villa de estío para gozo de su hedonista imaginario, ese que participaba de fastuosas orgías en un mundo interior enriquecido por quinientos gigas de porno gratuito.
Un pitido barrió sus ensoñaciones ofreciendo una pantalla repleta de opciones entre las que resplandecía: Ejecutar aplicación. No cabía en sí de júbilo hasta que hizo acto de aparición otra enojosa barra de progreso adjunta a un pequeño texto informativo que expresaba la necesidad de actualizar Angelwatch a la última versión de los reinos para evitar conflictos de incompatibilidad. Fue un proceso rápido y sugestivo, pues con el parche se abrió un carrusel de extraordinarias imágenes del juego en funcionamiento. Entre las más destacadas, mención especial tenía la de un grupo de guerreros acorazados corriendo ladera abajo hacia un páramo de tierra carbonizada donde rugía un dragón de proporciones planetarias.
Con un parpadeo finalizó la actualización y la pantalla se tornó negra.
Angelwatch había sido lanzado.
ADVERTENCIA ESPECIAL
Si padece de epilepsia, consulte a su médico antes de jugar.
–Ah, muy bien…
Una vez concluidos los vídeos introductorios donde figuraban los logotipos de las empresas involucradas, emergió de la negrura un formulario donde se solicitaban datos de índole privada. Entre ellos, la clave de autentificación del manual para validar el producto y el número de tarjeta de crédito de su padre. Con las casillas rellenadas, accedió a la pantalla de login a través del botón “continuar”. Introdujo su nombre de usuario y contraseña y desembocó en el menú de creación de personaje. Dado que andaba escaso de tiempo y por más cumpleaños que fuera su comparecencia en el instituto era irrevocable, le pidió al programa que generara un personaje aleatorio con sus habilidades dispuestas según el criterio de la categoría guerrero. El resultado de tal aleatoriedad fue un bárbaro de los que mastican carbón ardiente para curarse las aftas. El muchacho se detuvo a pensar en el apodo que le pondría… Escogió un par de consonantes y vocales y las desperdigó como buenamente pudo en un canto a la improvisación. Segundos después, Zidéh ya estaba preparado para repartir candela en Viduan. Le dio al botón de “crear personaje” y eligió un reino de entre los cientos existentes. Se dejó guiar por el índice de población; quería algo un poco deshabitado para tener libertad de acción sin verse continuamente asediado por conversaciones banales o ataques imprevistos. El más tentador (y vacío) era uno llamado “Sicarios de Pauan”. Reunía las características típicas de todos los reinos, a la cual se le añadía el concepto de rol, lo que dotaba la experiencia de una mayor profundidad. Le atrajo la idea de codearse con gente adulta que interpreta sus personajes con un toque literario.
Una voz en off lo transportó desde los originalísimos albores del tiempo hasta el presente, narrando con minucioso detalle cada evento acaecido, cada guerra y armisticio. Cinco minutos de tabarra fruto de algún Tolkien de segunda después, Asier descubrió que con el botón izquierdo del ratón podía saltarse el sermón. La pantalla se fundió en negro y con efecto de degradado recuperó la nitidez mostrando un vuelo a ojo de pájaro sobre montañas de picos que se hundían en las nubes, por encima de lagos que reflejaban el cielo como espejos perfectos y ríos que confluían en océanos embravecidos, entre aldeas cuyas chimeneas humeaban en hileras de minaretes y majestuosas fortalezas erguidas en lo alto de promontorios contra la inclemencia de los vientos marinos.
Zidéh apareció tumbado en el interior de una cabaña caldeada por un fuego tenue. En cuanto se disipó la niebla que cubría sus ojos, se encontró a un decrépito anciano removiendo las ascuas de la chimenea. Al verle despertar, se acercó solícito para recordarle cómo había llegado arrastrándose hasta la puerta de su casa.
–Mola –murmuró el muchacho.
Y no acudió al instituto.
II. ATMÓSFERA 04
Nueve meses después, a la lumbre de un plenilunio que segaba estrellas, Zidéh cabalgaba hacia el Érebo cuando en la lejanía divisó un destacamento de jinetes con antorchas que penetraba en el bosque a galope tendido. El fuego que portaban se perdió entre sombras que saltaban de tronco en tronco hasta desaparecer en la lúgubre bruma de aquella bóveda de ramas. Se preguntó quiénes serían.
–¡Asier –gritó su padre desde el comedor–, por enésima vez: a cenar!
–¡Enseguida voy! –contestó, y siguió a trote ligero levantando la tierra del camino. A los costados se extendían agrupaciones de chozas en cuyas ventanas ardían las velas como motas resplandecientes. Los rebaños de ovejas encerrados tras los portones de los corrales rumiaban los últimos granos de maíz dispersos por el suelo. Ocasionalmente tropezaba con otro jugador que iba en sentido contrario y lo saludaba por cortesía con una inclinación de cabeza. Zidéh, pese a no ser una figura destacada del reino, tenía la buena fortuna de pertenecer a la segunda hermandad más prestigiosa, Oneiros, y eso le confería una cierta respetabilidad que le obligaba a proceder con mesura ante los componentes de los clanes inferiores.
–¡Te voy a ir a buscar, chaval! –vociferó su padre.
–¿Cuánto falta para la cena? –preguntó Asier en un vano intento por ganar tiempo.
–¡Que vengas ya!
–¡Dame un segundo más! –pidió el muchacho, apretando el trote.
Por el amarillo fosforito del tabardo reconoció cien metros por delante a un miembro de Asuán, un subalterno de poca monta dado el número de franjas negras que recorrían su torso a guisa de banda. Se consideraban a sí mismos lo suficientemente importantes como para que los demás estuvieran al tanto de sus jerarquías. Asier aminoró la velocidad para evitar confrontaciones estériles. Asuán representaba la excelencia del reino, y ningún clan podía aspirar de momento a colocarse por encima de ellos. Ostentaban el bastión más inexpugnable y los tesoros más difíciles de obtener. Solían jactarse, además, de ser la élite que proveía al reino de un reconocimiento en la comunidad mundial de Angelwatch. Oneiros, que le iba a la zaga, tenía que conformarse con ser la fraternidad más vieja y numerosa, particularidades que externamente parecían dotarla de una robusta firmeza, pero que desde adentro se señalaban como los principales motivos de conflicto.
Las normas de ingreso a Oneiros eran sencillas. Sin embargo, regatear con Ángelo Laspada, líder absoluto, era proyectarse lejos de cualquier esperanza de admisión. La primera, piedra angular de Oneiros, hacía especial hincapié en la mayoría de edad. Sin éste requisito mínimo preguntar era una pérdida de tiempo. La segunda exigía una retórica depurada y una ortografía impoluta. La tercera, abonar semanalmente un arancel de trescientas monedas de oro para los fondos públicos de la hermandad, constituía la gran estocada. La cuarta, sintética, consistía básicamente en “pasárselo chachi”, un socarrón golpe de efecto para atenuar la impresión provocada por el tributo… Si ya era triste la nula comprensión que Ángelo tenía del humor, verlo desarrollar su ingenio en las normas de admisión podía ser incluso más triste.
Asier Birmajer, alias Zidéh, no alcanzaba aún los diecisiete años y la seguridad de su farsa pendía de un hilo. Sus incursiones literarias en la fantasía épica apenas lo habían dotado de una noción de la retórica, y le aburría mortalmente reunir las monedas de oro. No obstante, bebía de aquel manantial binario de día y de noche, siempre hasta la extenuación, cumpliendo con cierta ambivalencia la última norma de ingreso. Si el vicio fuera felicidad, los heroinómanos comatosos serían referencia para vencer la depresión.
Su padre había encendido el televisor del comedor y el informativo de la noche esparcía su musiquilla por la casa. La voz de la presentadora era una dulce compañera en esa hora en la que cabalgar era más atrayente, con el tintineo de los vasos y platos situándose sobre el mantel plastificado de la mesa y el olor de las lentejas danzando en espirales hasta sus labios. Con los pasos de su madre yendo y viniendo de la cocina al comedor y la puerta de la calle abriéndose, y Elisa, su hermanastra, saludando fugazmente para ir como una flecha a su habitación a descargarse los ringtones descubiertos en una revista de moda juvenil –¡quedada por sms, botellón y al multisalas a liarla con la última peli tope guay! Joder, sí… Era la orquesta casera, la melodía del hogar, el hechizo que magnificaba las virtudes y empequeñecía las asperezas de Viduan; y él, medio afuera, medio adentro, evanescente en aquel cruce de dimensiones, disfrutaba silenciosamente de esa caricia que lo tocaba como un susurro de viento.
El jinete de Asuán giró a la derecha tomando una bifurcación de gravilla que comunicaba con el pequeño asentamiento de una hermandad menor. Su silueta se perdió tras una estela de polvo. Zidéh estimó que no faltaría mucho para llegar al Érebo, la ciudadela de Oneiros fundada por Ángelo hacía ya siete meses. No solía recorrer los caminos con tanto sosiego, pero aquella noche auguraba silencio y vacío, manteniendo alejadas a las aberraciones en sus madrigueras de hueso. Minutos después, irrumpía a paso lento en las callejuelas mientras a sus espaldas se cerraban los portones con un repiqueteo de cadenas. Las antorchas que pendían de las fachadas proyectaban su sombra sobre los adoquines. Se apeó frente a la puerta de la posada y ató al bayo al poste del abrevadero.
Entró.
Tras una breve secuencia de carga, Zidéh se encontró inmerso en el espeso humo del tabaco que traían los enanos de las minas de Tumsa Mazyr. Pensó que vería al total de sus cófrades allí reunidos, pero tuvo que contentarse con la endeble figura de Báfo, el bardo alquimista. A la oscilante luz de los antorchas, caminó hasta la barra donde un cantinero controlado por la inteligencia artificial hacía guardia las veinticuatro horas. Le vendió la quincalla que abultaba su inventario recibiendo a cambio escasas monedas de plata y fue a sentarse con el solitario trovador.
Báfo: Pensé que no acudirías.
Zidéh: Muy buenas.
Báfo: Te han esperado cinco minutos y luego se piraron.
Zidéh: ¿Que me han estado esperando? ¿Quiénes?
Báfo: Ángelo y los miembros de la incursión de hoy. Te tocaba, ¿no?
Zidéh: Creo que sí… Tanto chupar banquillo me tiene un poco fuera de esos rollos.
Báfo: Pues se reunieron aquí. El plan de hoy consistía en inspeccionar las cuevas que agregaron con la última actualización… Todo se está enrareciendo, colega, ya sabes lo que me fastidian esos favoritismos de mierda…
Asier escribió algunas palabras, pero prefirió no comprometerse y apretó la tecla retroceso letra a letra.
Báfo: Y las normas estipulan que el tiempo mínimo de espera es de diez minutos, ¿me equivoco?
Zidéh: No.
