Lo que digo cuándo quiero decir - Luis Alejandro Chaves Hernández - E-Book

Lo que digo cuándo quiero decir E-Book

Luis Alejandro Chaves Hernández

0,0

Beschreibung

Desplazándose entre la poesía y la prosa poética, Lo que digo cuando quiero decir es, como indica su autor, un compendio de ejercicios intertextuales que dialogan con autores como Gómez Jattin, Pessoa, Rimbaud, Barba Jacob, Ginsberg o Kavafis. Abarcan temas universales como son el amor perdido, la revisión de la infancia desde la edad adulta, el descubrimiento de la sexualidad y la articulación de la identidad queer. En una introducción amena pero rigurosa, se insiste en este concepto de intertextualidad como uno de los principales mecanismos de que se sirve la literatura: unos textos beben de otros, versionándose y enriqueciéndose, formando una red de infinitas constelaciones. Solo en el acto de la lectura el texto cobra un sentido, siempre mutable, dependiendo de quién lo lea y en qué momento, de la historia o de su propia vida.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 134

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Luis Alejandro Chaves Hernández

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-794-3

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

A los que amo entrañablemente, a los que están conmigo.

A los que amé, que se han marchado, que habitan lejanas

tierras o han sido llevados de la mano del eterno.

A los que he olvidado, sabrán de sobra las razones.

A todos simplemente les dejo fluir por el espacio de la palabra.

Prólogo

El término «intertextualidad» fue acuñado por Julia Kristeva en los años sesenta del pasado siglo, con el objetivo de hilar más fino a la hora de describir un fenómeno al que hasta entonces se había denominado simplemente «influencia». El trabajo de Kristeva, así como el de su contemporáneo Roland Barthes, trataba de alejar el foco de atención del autor para dirigirlo hacia el texto y sus lectores, dándole a la experiencia lectora una dimensión mutable que hasta entonces no se planteaba, pues se consideraban inamovibles tanto el texto como su significado.

Todo esto sucedía en el marco de lo que en filosofía se conoció como «giro lingüístico», un cambio de paradigma a partir del que se comenzaron a señalar las limitaciones del lenguaje a la hora de trasladar una «verdad» absoluta, y de la pérdida de objetividad que necesariamente implica el pasar los pensamientos por el tamiz de la palabra. Asimismo, matizar el término «influencia» dio fin a la idea de que existía una jerarquía entre textos (uno «original» y otro «influenciado» por este). A partir de este momento, la literatura ya no se limita al texto como entidad aislada, sino que se encuentra también en las relaciones que diferentes textos y diferentes autores, contemporáneos o no, establecen unos con otros, enriqueciendo mutuamente sus obras.

En torno a esta concepción de la literatura se despliegan las piezas que componen Lo que digo cuando quiero decir. Ya en su título podemos avistar estas mismas implicaciones: en el momento contemporáneo desde el que el autor escribe, ya superado incluso el Posmodernismo, y desprovistos de la inocencia que hacía pensar que el lenguaje no está cargado con significantes propios, únicamente es posible decir sabiendo que todo lo que digamos lo habrá dicho ya alguien antes —no por nada Jorge Luis Borges escribió que, en tres mil años de tradición literaria, raro sería no haber hallado ya todas las metáforas posibles—. El autor vuelve así a los temas eternos de la literatura, como son el amor y su corporalidad, el paso del tiempo o la pérdida de la inocencia tras la niñez, pero evidenciando también las otras voces que han influido en su propia forma de escribir y dialogar con estas temáticas. Haciendo por tanto ya no solo literatura de las cosas que se dicen, sino del acto mismo de quererlas decir: ese deseo de contribuir al libro definitivo al que todos los demás libros tienden, sin alcanzarlo nunca. Lo que importa es participar en esa perpetua reescritura, polifónica, que contiene a todos sus predecesores y servirá a la vez de herencia para el porvenir.

0. Aunque suene ambicioso

«Lo escrito tiene una vida /Autónoma que su autor desconoce»

Roberto Calasso

Lo que digo cuando quiero decir es simplemente un acercamiento de carácter íntimo, un ejercicio intertextual surgido de una búsqueda de un personaje maravilloso. Es simplemente que quisiera emborrachar mi vida con palabras, celebrar que estoy vivo. Es por ello por lo que en ciento once formas lo escribo, en ciento once formas lo expreso. Algunas más profundas, otras más vanas y ligeras. Es un ejercicio intertextual que viaja de la mano de Gómez Jattin, Pessoa, Rimbaud, Barba Jacob, pasando por Ginsberg, aunque suene ambicioso. Tal vez desborde mis límites o acaso los del lector desprevenido al que un día lleguen mis palabras.

Pretendo sea un ejercicio sincero desde mis sentimientos, en ese encuentro conmigo mismo. Un salirme de mis esquemas, salirme de mis fronteras.

Es desde la intertextualidad de la creación propia, en la que propongo una más íntima apreciación de componentes determinantes tales como: tiempo, sujeto como autor y como personaje, momentos de crisis y desenlace, todo ello para presentar una aventura progresiva de incursión del lector indagando el desplazamiento semántico del texto. Girando en lo queer como hilo conductor o tema literario, donde lo único que queda claro es que «La lectura siempre es apropiación, invención, producción de significaciones […] el lector es un cazador furtivo que recorre las tierras de otro» (Roger Chartier).

Modesto ejercicio para mostrar y demostrarme que el texto no tiene exactamente —o en absoluto— el sentido que le atribuyen autor o comentarista, se plantea desde esa libertad del lector que desplaza y subvierte, intentando esa autonomía lectora nunca absoluta, sujeta a restricciones que proceden de convenciones y hábitos, mismo que nos van alimentando, formando y caracterizando. Que nos hace seres únicos con diferencias y en especial prácticas lectoras.

Y es que «Primero me entretuvieron las especulaciones metafísicas, las ideas científicas después. Me atrajeron finalmente las (…) sociológicas. Pero en ninguno de estos estadios de mi busca de la verdad encontré seguridad y alivio. Poco leía, sobre cualquiera de las preocupaciones. Pero, en lo poco que leía, me cansaba ver tantas teorías, contradictorias, igualmente asentadas en ideas desarrolladas, todas ellas igualmente probables y de acuerdo con cierta selección de los hechos, que tenía siempre el aire de ser todos los hechos. Si levantaba de los libros los ojos cansados, o si de mis pensamientos desviaba hacia el mundo exterior mi perturbada atención, solo una cosa veía yo, que me desmentía toda la utilidad de leer y pensar, que me arrancaba uno a uno todos los pétalos de la idea del esfuerzo: la infinita complejidad de las cosas, la inmensa suma (…), la prolija inaccesibilidad de estos pocos hechos que se podrían concebir como precisos» (Fernando Pessoa, Libro del desasosiego, edición, Jerónimo Pizarro; traducción, Ana Lucía de Bastos Herrera. Lima, Primera edición: julio 2022, Revuelta Editores).

Libero la pluma sobre la mesa y regresa rodando, mostrándome que «La lectura cierra el proceso poético —o lo abre— y le da sentido a su creación. En todo texto literario el lector funciona como exégeta, como actor indispensable de la comunicación —puesto que la obra es obra, o el poema es poema, en cuanto alguien recibe el mensaje y lo descifra—, y como otorgador último de significado. De esta manera, podemos considerar que la lectura crea lo leído y la interpretación crea lo interpretado, al igual que la luna, en su simbolismo, es la luna, porque los humanos desde la Tierra la observamos e interpretamos así» (Celia Corral Cañas).

Logro apenas recoger en el plano inclinado de mi obra lo que siento de repente, mi alegría es manifiesta en el gesto de rabia que se marca en mi cara y se lleva mi sonrisa, quisiera decir más y no puedo, quisiera escribir más y me limito, me controvierto y me pierdo, ya no es posible subordinarme a nada —ni a hombre, amor, idea ni tener aquella independencia lejana de no creer en la verdad, ni tampoco, acaso de haberla, en la utilidad de su conocimiento— mientras me dejo arrastrar por la banalidad de creer que escribo —como profesión u oficio— que soy capaz de escribir después de haber leído. Es creer que soy libre como los otros contemplativos sin éxtasis, pensadores sin conclusiones.

Concluyo entendiendo que «el lector mantiene la actitud del interactuante, de la persona que no solamente lee y desentraña palabras y sentidos, sino que delimita una ruta de lectura creada y desmarca otras posibilidades operativas» (Celia Corral Cañas), aunque la misma ambición me lleve a enorgullecerme de lo que he escrito, pero que al final es solo un pesado fardo que no me enorgullecería si comprendiera que es una soga con la que de mí tiran. Comprender que es una atadura conmigo mismo.

Lo único que acaso me espera es la guillotina. Si no mañana tal vez pasado. Es imposible «No subordinarse a nada tal es el estado en que, me parece, debe transcurrir, para con ella misma, la vida íntima intelectual de los que no viven sin pensar. Pertenecer —he ahí la banalidad. Credo, ideal, mujer o profesión— todo significa la celda y las esposas. Ser es estar libre […] Libres de nosotros tanto como de los otros» (Fernando Pessoa, Libro del desasosiego, edición, Jerónimo Pizarro; traducción, Ana Lucía de Bastos Herrera. Lima, Primera edición: julio 2022, Revuelta Editores).

Simplemente, «Engaño el género para que no me toques / Cuelgo mis fotos al revés para que agaches de una vez la mirada mientras buscas en mis ojos la tristeza / Hágase mi voluntad / Solo hay fuego alrededor de mis manos en cuenco báñate en mi saliva siempre tengo otra narrativa» (Ángelo Néstore). Simplemente y como siempre al final concluyo que «Lo escrito tiene una vida / Autónoma que su autor desconoce» (Roberto Calasso). Por ello libero mis palabras —mis pensamientos más profundos— lanzando todo al viento, tratando acaso de borrar —o recordar— todo lo que siento.

.

Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: esta es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del Tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace inclinar hacia la tierra, hay que embriagarse sin descanso. Pero ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca.

Pero embriáguense.

Y si a veces, sobre las gradas de un palacio, sobre la verde hierba de una zanja, en la soledad huraña de su cuarto, la ebriedad ya atenuada o desaparecida ustedes se despiertan pregunten al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntenle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, contestarán:

«¡Es hora de embriagarse!».

Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo, ¡embriáguense, embriáguense sin cesar! De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca.

De Las flores del mal, Charles Baudelaire

(traducción: Ulyses Petit de Murat).

1. Notas de…

Intertextualidad

Como respeto al lector urge la necesidad apremiante de entender que es esa tan mencionada intertextualidad que tal vez algunos conozcan, pero que deseo quede clara como principio de construcción de una obra que fue creciendo de la mano de un ejercicio pedagógico hasta convertirse en estas hojas que hoy llegan a las manos de quien quiera y desee abordarlas.

Y es que debo entrar al título de este acápite, usando el texto en la bibliografía que voy a tratar de usar a mi libre albedrio, pero que debo por razones de responsabilidad, citar para no cometer esa posibilidad de fraude y apropiarme de palabras que no han sido mías, pues me refiero al documento de Monique Nomo Ngamba Amougou, para abordar el término de intertextualidad.

[…] fue desarrollado inicialmente en el ámbito de los estudios teórico-literarios, cuando Julia Kristeva lo propuso como análogo al término intersubjetividad de Mijail Bajtin. En un trabajo que dedicó a Bajtin en 19661, Kristeva introdujo dicho término para referirse a las huellas, citas o alusiones a otras obras literarias que pueden observarse en cada texto2. Bajtin sostenía que el hombre es un ser dialógico, inconcebible sin el otro e impregnado de alteridad, y que la novela es un producto «heteroglósico», producto del cruce de muchos lenguajes3. Al comentar las ideas de Bajtin, Kristeva escribe lo siguiente: «Tout texte se construit comme mosaïque de citations, tout texte est absorption et transformation d’un autre texte. A la place de la notion d’intersubjectivité s’installe celle d’intertextualité, et le langage poétique se lit, au moins, comme double»4. Así lo cree también Claudio Guillén, quien opina que el concepto de influencia individualiza la obra literaria, mientras que el término intertexto implica sociabilidad literaria en su cruce con otras creaciones anteriores5.

La palabra literaria, por ello, no es algo fijo, sino un diálogo de varias escrituras. Dicho diálogo se produce entre tres lenguajes: el del escritor, el del destinatario (ya sea intratextual o extratextual) y el del contexto cultural anterior o actual. Por ello, la palabra literaria es doble, y puede ser considerada de modo vertical o de modo horizontal: horizontalmente, la palabra se relaciona con el sujeto de la escritura y con el destinatario; verticalmente, con el texto al que pertenece y con otros textos anteriores6.

La intertextualidad no se considera solo como una manifestación textual claramente perceptible de las «relaciones de hecho», sino que hace referencia a la constitución del sistema general de la literatura, según el cual cada obra solo puede existir en relación con las demás. Asimismo, toda obra literaria se construye sobre las obras literarias anteriores, ya sea para continuar sus características o para rebatirlas, y en ese sentido todo texto es un intertexto7.

[…] Claudio Guillén advierte contra el peligro de que la concepción sobre la intertextualidad se mantenga en un plano estrictamente teórico. […] propone dos vías de aplicación de la intertextualidad al análisis comparativo: en primer lugar, hay que considerar una línea cuyos extremos son la alusión y la inclusión, es decir, la simple alusión o reminiscencia implícita de otras obras y la inclusión explícita de palabras, formas o estructuras temáticas ajenas; y, en segundo lugar, y con respecto a la inclusión de palabras, es preciso distinguir una vía que va de la citación a la significación. La citación sería un tipo de inclusión que se limita a evocar autoridades sin que dicha cita intervenga decisivamente en el contenido fundamental de la obra. La significación se produciría cuando la obra se construye en torno a las palabras citadas, que se convierten en el núcleo semántico de la misma.

En otras ocasiones no se produce una cita más o menos literal de otro texto, sino que hay simplemente alusiones. En todos estos casos, el diálogo intertextual se cumple plenamente en el espacio psíquico del lector, que debe relacionar las obras y apreciar las diferencias de planteamiento que presentan.

Roland Barthes recoge y aclara que la «intertextualidad» no tiene nada que ver con la antigua noción del primer comparatismo francés de fuente o de influencia8: […] Tout texte est un intertexte; d’autres textes sont présents en lui, à des niveaux variables, sous des formes plus ou moins reconnaissables; les textes de la culture antérieure et ceux de la culture environnante; tout texte est un tissu nouveau de citations révolues. Passent dans le texte, redistribués en lui, des morceaux de codes, des formules, des modèles rythmiques, des fragments de langage de lui […] L’intertextualité, condition de tout texte, quel qu’il soit, ne se réduit évidemment pas à un problème de sources ou d’influences9.

2. Acerca de la…

Influencia

Es en el primer comparatismo francés donde se dio mucha importancia al concepto de influencia, que hoy podríamos relacionar con la noción, posteriormente acuñada, de intertextualidad10. De hecho, el comparatismo ha venido desarrollando otros conceptos que se relacionan también con el ámbito de la intertextualidad, como el de la imitación, la recepción y el efecto.

La distinción de Weisstein tiene que ver con la perspectiva que adopte el comparatista: los estudios sobre la influencia o la imitación se centrarían en la actividad creadora del autor que se ve influido por otro o que lo imita, y los de recepción o efecto en la repercusión de un determinado autor en otros países. En su opinión, las concordancias literales (las inclusiones de Guillén) son una forma de influencia muy superficial, y pertenecen más bien al ámbito de la recepción; es decir, es preferible analizarlas a la hora de valorar el efecto de un autor en otro país (pero pueden analizarse también desde la perspectiva del autor que cita)11.

Es importante pues tener en cuenta esa frontera que determina Weisstein con sus límites difusos, puesto que también la influencia y la imitación requieren de la recepción previa, entonces esas dos perspectivas del comparatista pueden intercambiarse con facilidad12.