7,99 €
Estos son relatos de lo que sesga una mirada para siempre: injusticia y sufrimiento bajo muchas formas. Algunas veces se disfraza de amor y descubre otros rostros: la no correspondencia, el doble, la incapacidad de seguir adelante a pesar de no haber sido. Otras veces se viste de violencia y explota en un golpe, o se convierte en justicia por mano propia, o es la derrota del silencio. Pero, sobre todo, son formas de la espera; para que el tiempo logre la metamorfosis y que los relatos sean lo que el tiempo se llevó.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 225
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. Martina Barbieri.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Mansilla, Cintia Carolina
Lo que el tiempo se llevó : relatos sesgados / Cintia Carolina Mansilla. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
224 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-757-4
1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. 3. Relatos. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,
total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución
por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad
de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Mansilla, Cintia Carolina
© 2021. Tinta Libre Ediciones
Dost thou love life? Then do not squander time; for that’s the stuff life is made of.
Benjamín Franklin Almanaque del pobre Richard (1746)
Igual que existe una geometría en el espacio, existe una psicología en el tiempo, en que los cálculos de una psicología plana no serían ya exactos porque no tendríamos en cuenta el tiempo ni una de las formas que adopta, el olvido: el olvido, cuya fuerza empezaba yo a notar y que es una herramienta tan poderosa de adaptación a la realidad porque destruye poco a poco en nosotros el pasado superviviente que está en constante contradicción con ella.
Marcel ProustEn busca del tiempo perdido, Vol. VI (1913-1927)
… la vida de los otros, tal como nos llega en la llamada realidad, no es cine sino fotografía, es decir que no podemos aprehender la acción sino tan solo sus fragmentos eleáticamente recortados. No hay más que los momentos en que estamos con ese otro cuya vida creemos entender, o cuando nos hablan de él, o cuando él nos cuenta lo que le ha pasado o proyecta ante nosotros lo que tiene intención de hacer.
Al final queda un álbum de fotos, de instantes fijos: jamás el devenir realizándose ante nosotros, el paso del ayer al hoy, la primera aguja del olvido en el recuerdo.
Julio CortázarRayuela, cap. 109 (1963)
Lo que el tiempose llevó
Relatos sesgados
Beloure
Rosa de cerca
Este sí, este no. Este no, este tampoco, este sí. Este tal vez, este sííí, mmm, no sé.
Fui, lo que se sabe decir, una chica con suerte. Eso que mi madre, descanse en paz, no pronosticaba nada bueno para mí. Gracias a Dios se equivocó, si hoy estuviera viva no daría el brazo a torcer, era porfiada la pobre y de seguro seguiría rezando por mi alma, que según ella estaba perdida de antemano, aunque no sé qué quería decir con eso de antemano, porque que yo sepa uno no puede nacer pecando, suficiente tenemos con que los Evangelios nos encajen un pecado ajeno, pero eso no es lo que quería decir la vieja.
Timbre. Parada. Acá se baja la renga de la plaza. Como te decía, ahora que voy a cumplir los treinta y ocho, puedo decir con seguridad que fui una chica suertuda, en el amor, digo, porque en otra cosa, no, no me llené de plata, no conocí la Patagonia. Suficiente con haber tenido suerte en el amor, ¿no? Conocí muchas chicas que no habían tenido ni un novio, bah, que nadie se había enamorado de ellas, a eso me refiero, porque tener novio, cualquiera puede, pero ser querido es harina de otro costal. Y amada, che, te digo amada, como a mí, no conocí a ninguna. Lo digo por la cantidad, porque te puede amar uno y decirte que sos el amor de su vida y que te va a bajar la luna y que se quiere casar con vos y que vos seas la madre de sus hijos y la abuela de sus nietos, eso es común, hasta la Ana, la gorda amiga mía, tuvo un pretendiente así. Pero no tantos ni con tanta, cómo se dice… pasión.
Timbre. Parada. Se bajó una pendeja. Yo me bajo en la otra, así camino un poco. Y eso que cuando era chica yo no me tenía nada de fe, eso se lo debo a la mami. Ella vivía diciéndome que tenía que ser una nena buena, que no tenía que mirar de esa manera a la gente. De qué manera, le preguntaba yo y ella me decía, así, así como me estás mirando, cómo, le preguntaba y ya empezaba a subirse al caballo porque me contestaba no te hagás la estúpida, pendeja maleducada, que vos sabés bien de qué te hablo, así que mejor bajá la cabeza y no la levantés hasta que yo te dé permiso. Y yo bajaba la cabeza y no entendía un joraca, pero por las dudas bajaba la cabeza, no quería ligarme un coscorrón en la nuca. La vieja tenía manía por mis ojos y eso que eran igualitos a los de ella, porque el Juanchi, el Petiso y el Fernando tenían los ojos marrones y aindiados como los del viejo, yo salí a la mami en todo menos en el pelo, que me salió negro y lacio como una cerda de caballo, así lo tenía el viejo y así lo tenían mis hermanos. Yo era la única que resaltaba entre ellos, una porque era hembra, otra por los ojos, bien grandes y celestes.
Uy, se me pasó la parada con tanto hablar al cuete. No me queda otra que bajarme en la de siempre. No sé qué estaba diciendo. Ah, sí, los ojos. Ahora no se ven tan lindos, además tengo anteojos entonces no se ven tanto. Seguro que la vieja se pondría contenta, si me viera porque para ella mis ojos eran mi perdición, así me decía. Por eso, el primer chico que se me acercó me lo corrió ella. El viejo todavía no había abierto la boca, porque ese también hablaba y mejor no te digo cómo, porque era igual o más lengua larga que la vieja, porque para llenarte el marote eran mandados a hacer. Yo tenía dieciséis. Entonces empezaron a decirme todo lo contrario que me habían dicho antes, que yo era demasiado bonita para los chicos del barrio, que no tenía que darle bola a ninguno de esos, que con lo linda que era tenía que aspirar a algo más, que podía casarme con el que se me antojara, que a ver si pensaba un poco en ellos que me habían dado de comer y los sacaba de pobres, que de los otros no podían esperar nada porque se habían malcasado con esas negritas de cuarta…
Timbre. Parada. Mejor me bajo en esta, así camino dos cuadras más y hago un poco de ejercicio que me hace falta. Bueno y como te decía, los viejos me lavaron la cabeza, un poco, y eso que yo me resistía a hacerles caso, no sé, me parecía que no tenían razón en todo, yo sabía que era linda, pero tantos años de maldecirme los ojos y hacerme agachar la cabeza y de decirme que si miraba era una chica mala no iban a borrármelos con las grandezas que me tiraban los viejos después de grande. Y me enamoré de un chico de esos que según los viejos yo merecía “aspirar”. El hijo del dueño de la estancia Las Margaritas. Un rubio tísico siempre de punta en blanco que ni bien se dio cuenta de que yo andaba renamorada me pidió la prueba de amor. Por suerte yo no era tan tonta como la vieja creía que yo era, así que lo mandé a mudar con prueba de amor y todo. Ay, pero me costó un perú olvidarme de ese nene rico. Para colmo, los viejos se enteraron de lo que me pasaba y me empezaron a joder con que tenía que darle bola, que ese era un buen chico —“un buen partido”, decían—, que ese me convenía porque tenía campo. Lo de la Mireya todavía está abierto, me voy a comprar cien gramos de queso y un poco de pan para esta noche.
No les hice caso. A mí no me interesaba la plata, tampoco ahora, pero entonces menos que menos. No te cuento las puteadas de los viejos, peor las de la vieja que empezó a maldecirme otra vez los ojos y a decirme que los tenía al reverendo pedo, así decía, no te miento. Y yo bajaba la cabeza, por primera vez convencida de que los ojos los tenía al pedo porque ese rubio no me quería ni me iba a querer nunca. Así andaba, a los tumbos, cuando fui a un baile del club y conocí al Javi. Lo conocí porque tenía unas ganas tremendas de bailar y nadie me acompañaba, ni el Petiso, que ese día había ido sin novia al baile. Sí, ya sé que bailar con el hermano es aburrido, pero no tenés idea de las ganas de bailar que tenía. Entonces, el vivo del Petiso me llamó a uno de los amigos, el Javi, que también tenía ganas de bailar. Bailamos, che, no me acuerdo qué. Y al final del baile vino con nosotros hasta la casa. Al otro día vino a ver al Petiso, que nunca antes había venido a visitarlo. Y empezó a caer todas las semanas, después ya charlaba conmigo y hasta me invitó a un baile de la zona.
La mami no dijo nada esta vez, se dio cuenta enseguida de que el Javi me pretendía, pero no dijo nada. Creo que por primera vez estaba conforme conmigo y con el chico. Pero esta vez el problema fue el viejo. Que los amigos de tu hermano son todos unos borrachos, que ese es un vago, que no tiene dónde caerse muerto… Y empecé a mirarlo con pena. Y el Javi se dio cuenta y me dijo que me iba a amar toda la vida y que no iba a haber otra como yo. Y eso que el Javi era más bruto que un arado para hablar, pero ese día me habló como un señor. Después volví a escuchar muchas veces la misma frase con algunas variantes chiquitas, de otras bocas, ¿no? Pero siempre la misma frase, sincerando un amor para toda la vida, un amor de esos que duran hasta la muerte y que sobreviven al olvido. La misma frase muchas veces, sin embargo, la primera vez que la escuché fue la más pura, porque puros eran mis oídos. Y el Javi, pobre Javi, se fue a la cosecha de la yerba mate y no volvió más. Después me lo crucé dos veces más, las dos veces acá en el pueblo, cuando él vino a visitar a la madre. No me dijo nada, a no ser lo que sus ojos clavados en los míos pudieron decir, que me iba a amar toda la vida y que no iba a haber otra como yo. Pero lo mismo se casó allá con una misionera. —Ey, Rosa, ¿vas para la casa? lleváme esta bolsa, yo voy después. Es el Mauri, uno de los pensionados. Me vio y como siempre tuvo que sacarse un peso de encima, cómo será de vago.
Después del Javi vinieron Raúl, Jorge, Alfredo y Esteban. Todos quisieron bajarme la luna, que yo fuera la madre y la abuela de sus hijos y nietos, el amor para toda la vida. Entre ellos, otros de los que no recuerdo los nombres porque no dejé que empezaran a prometerme nada ni a desear nada ni a planificar nada. ¿Que si los quise? ¿Que si quise a alguno me preguntás? Más vale que los quise, no a todos ni de la misma manera, pero los quise, mucho, demasiado, diría yo, porque no todos se merecieron mi cariño, o a lo mejor sí, porque mi amor nunca fue igual al que me entregaron ellos. Esta puerta es una porquería, la humedad la hincha y cuesta horrores abrirla. La mami repetía hasta el cansancio lo que mata es la humedad y tenía razón, en algo tenía razón pobre vieja. Al fin en casita.
Pero bueno, no sé qué te venía diciendo, me parece que algo de mis pretendientes, de “la concepción del amor” —como dice la Marta cuando se hace la sabihonda— que tenían. Sí, porque ellos concibieron un amor más grande en las palabras que en los hechos, por eso tenían que decirlo, porque así parecía más grande y duradero que lo que realmente era. No te digo que alguno haya sido así, sí te digo que yo, sin haber hecho ni una puta promesa, fui capaz de más. ¿Que si fue amor? Qué sé yo, porque mientras estaban conmigo la palabra era demasiado grande y, si alguna vez me atreví a usarla, algunas veces fue verdadera y otras, eran muchas las ganas de que se hiciera realidad. Aun así, te digo que mi amor, mi amor fue fiel a lo que no prometí. ¿Cómo te explico? Yo sabía más que cualquiera que las palabras traicionan, gracias a la vieja me di cuenta que una misma cosa, por ejemplo mis ojos, significaba dos cosas distintas, entonces el amor verdadero no era el que yo podía llegar a jurar, por eso sufrí más que aquellos que dijeron amarme, porque cuando a mí los sentimientos se me estaban mudando, ese cambio no era amor ni desamor, no era blanco ni negro, pero ya los otros percibían el cambio como que ya no los quería más y yo no podía decir cuál era el sentimiento porque no tenía nombre, porque nadie le puso nombre. A ver el queso que me dio la Mireya, uh, es un asco, tiene un barandón que mata. ¿Qué queso me habrá dado esta tipa? Parece fabricado en un sótano… Bue, habrá que comerlo, si no queda otra.
Y así fue, decía la vieja. Ahora no sé si decirle estas cosas o no al Enrique, él viene con buena onda, se acercó a mí y no tiene la culpa de que yo tenga tantas historias en la espalda. Menos culpa todavía de que no me haya ido tan bien. Bueno, tan mal no me fue. Todavía me quedan estos ojos. ¿Y si el Enrique fuese el amor de mi vida? Pero ¿y si no es? Una raya más al tigre… El queso no está tan malo, un poco rancio, pero tiene gusto. Sarna con gusto no pica, decía la mami que en paz descanse. Qué razón tenía la vieja, ¿no?
La lengua
Ya no quedan más que citas. La lengua es un sistema de citas.
Jorge Luis Borges,“Utopía de un hombre que está cansado”,en El libro de arena
A la cabeza de Laiseca
Era más puta que las gallinas. Así comenzaba siempre el relato el abuelo Santino y ahí nomás se desencadenaba un zumbido automático en el oído izquierdo que no me dejaba concentrar ni escuchar con el otro. Una bandada de piernas semejaba patearme la cabeza al ritmo de Cabaret mientras el abuelo seguía su relato infinito, el cuento de su historia.
La puta era mi vieja o, mejor dicho, la Beatriz, esa mujer inconmensurable en los relatos del viejo, esa mujer que le había dejado coja la pierna, la fe, la vida. Y Beatriz reaparecía una y otra vez como un fantasma en medio de las despotricaciones y en el centro de mis macanas como un agujero en el suelo poblado de lombrices o bichos viscosos. Todo eso se me aparecía mientras él blasfemaba y se blasfemaba por haber generado una hija así, sin genes de madre y con… con esa parte de las mujeres entre las piernas que él nombra tan vivamente.
«Pobre mi abuelo», pensaba a veces y otras veces no, pobre ni mierda, que se joda, viejo puto del orto por haber dejado que mi vieja me pariera y por no haberle pegado tantas patadas en el culo como para perderme. Yo no quería escucharlo, no quería escucharlo más… Entonces imaginaba las más terribles venganzas, siempre en contra de su lengua filosa de víbora silbante: la boca se le torcía para un lado mientras el labio se estiraba, se estiraba, se estiraba y se le ponía color violeta muerto hasta llegarle a las tetillas… o se atragantaba con la lengua, luego tosía y escupía un líquido amarillo oscuro, venenoso, que le iba quemando el paladar, la lengua, los dientes y los labios.
Mi imaginación se extralimitaba, se iba cada vez más lejos de ese relato primigenio. Ya no tenía que escucharlo. No merecía escucharlo. Yo no elegí a la madre que me parió. Mi culpa no podía extenderse al pasado. En la escuela nos habían hablado del pecado original y de la Virgen que era la única excluida y yo no podía sacarme de la cabeza que cargaba con dos pecados contraídos, heredados, y pasaba horas observando a otros chicos, tratando de adivinarles si ellos también cargaban con el pecado de su madre o de sus padres.
No sabía cómo sacarme de la piel, de los gestos, de mi historia y de mi sangre “el pecado de mi madre” y todos los errores que ella había cometido. Aun estando muerta me perseguía el rosario de mentiras y de estafas llevadas a cabo por ella; solo porque el abuelo no podía dejar de recordarme cada día de mi existencia que ella se había ido, pero sin su carga —sin sus engaños, sin sus delitos—, pero, por sobre todas las cosas, sin mí.
La letanía era larga y mis años muy cortos para procesarla, digerirla y escupírsela en la cara. Sin embargo, solamente ahora puedo decir esta frase casi lúcida. Entonces, solo me cabía imaginar la venganza más terrible para su lengua obscena: “Era más puta que las gallinas…”.
Por eso fue mi culpa cuando se enfermó de cáncer, porque el cáncer estaba en la lengua. Con la primera úlcera que le apareció en la lengua, supe que era mi culpa, que mis deseos se habían corporizado en el cuerpo de mi abuelo y que, por fin, estaban comiéndose la lengua. Después le empezó el dolor de oídos cada vez más persistente mientras yo pensaba para mis adentros: «Por fin puede sentir lo mismo que yo con sus palabras». Por fin el zumbido ya no era solamente mío ni el dolor ni el cansancio por no poder parar el ruido adentro de la cabeza. Y casi le daba las gracias a Dios, pero no creía en Dios.
Cuando todos los síntomas colapsaron y su cuello comenzó a hincharse severamente, tomé conciencia de la muerte. El abuelo se moría. Y con él se moría la lengua y su infierno. Ese día me latieron los oídos y la cabeza como nunca antes. El abuelo se moría. Y empezaba el silencio.
El cáncer había tomado la lengua, el paladar, las mejillas, el cuello. Se extendía como una corriente por las cavidades de la misma manera como sus palabras se habían extendido por mis oídos durante años. Penetraba, se salía de cauce, mataba. Todo a su paso ya estaba tergiversado, anegado, lleno de putrefacción, muerto. No cabía más que extirpar el mal, de mi cabeza y de su lengua.
“Te voy a salvar”, dije al vacío a la vez que manipulaba la navaja del abuelo y le abría la boca laxa de un paciente en coma. “Te voy a salvar”, repetí involuntariamente llevado por la corriente de las palabras y con el zumbido en el oído izquierdo. “Te voy a salvar” quise decirle por última vez, pero ya la sangre había manchado mis manos y anegado toda su boca.
El grito
El sonido es lo primero que se les pierde a los recuerdos. Aunque la atrocidad albergue las entrañas de la materia, quedan como películas mudas, gesticulaciones vanas. Los años convierten en mímica las representaciones más vívidas de la realidad. Un accidente, reproducido luego en el recuerdo y mediante el relato, se convierte en una sucesión caricaturesca del incidente macabro.
El grito se perdió en esa mañana. El ruido de la mesa corrida, la leche y el agua derramadas por el piso se perdieron. Tal vez no llegaron a sus oídos, a esa hora temprana de la mañana, entre sueños. Tal vez los sonidos se apagaron mucho antes del grito detrás de la puerta maciza del cuarto de costura. Tal vez era necesario ese grito, cuando ya la leche derramada señalaba que era demasiado tarde para impedimentos.
Antes estaba la pelea, la discusión, el golpe inicial que vaciaría el balde de leche recién ordeñada, el agua de una jarra de la noche anterior. Antes debió estar una explicación inútil y a medias, cercenada por la trompada en el rostro, en la boca, quizás. Antes debió haber otro golpe, más fuerte, más tremendo, tanto o más ciego que el anterior. Antes debió crecer la ira hasta tomarla por los cabellos. Antes debió ser arrastrada como una bolsa de papas por aquellos pisos de madera que a esa hora de la mañana crujirían estruendosos y violentos. Antes del grito.
El pedido irrecordable e inaudible de auxilio junto al grito. O el grito como forma de socorro. Las maderas crujiendo. Ella gritando. Él vociferando. Gesticulación, mímica, remedo, pantomima. Sin sonidos. Ella clamando clemencia sin esa palabra y sin sonido. Colores, sí, para tanta imagen desolada: una mañana soleada, veraniega, brillante. Un golpear de puertas, vidrios rotos y aullidos, las arrojó a la luz, pero no al silencio. Ella restallaba entre los crujidos de la madera.
Padre nuestro que estás en los cielos. Dios mío, Dios mío, Dios mío. Dios. Dios. Dios.
Adentro, en lo más profundo del silencio, una de ellas llamaba a Dios. Sin sonido, con los dientes apretados para contener tanto dolor desperdigado: el de ese cuerpo revolcado que no cesaba de sangrar por dentro, en los machucones negros, ahí adentro. Dios mío, acá afuera, donde la voz, su voz, sus voces, no dejaban de perseguirla. Y otra voz hermana amenazaba un castigo mayor al de Dios antes de salir como rata ahuyentada por esa voz herida y ciega, ciega y magullada, ciega y torturada, vociferando castigos sobre la carne.
Más adelante, en los andrajos evocados, se podría ver a sí misma gesticulando hacia el cielo en medio del infierno de aquella mañana resplandeciente, brillosa, vidriosa, residuos paradójicos del recuerdo. Detrás de las paredes rogaba, sin confesárselo, por la continuidad del sueño, la sordera, la llegada de otro día —más atrás o más adelante en el tiempo—, sabiendo que la luz, el grito, el cuerpo sobre el piso de madera, no cejarían en el recuerdo y que ese día la había estado esperando desde los orígenes.
Persistencia de la luz sobre las cosas, retumbar de las imágenes.
Quejidos. Lamentos de dolor. Las huellas del grito, el eco del grito, apagados por el tiempo y la distancia del grito hacia el quejido, del hecho al recuerdo. Simultáneos, el canto de los pájaros festejando la alborada, el comienzo de un día que no terminaría de amanecer jamás, acorazados para siempre en el principio, en los derramamientos que soliviantaron el grito, en el silencio virgen huidizo para siempre.
Ni una gota de sangre se devela sobre el piso. Solamente el grito ya no en el aire —de allí en adelante—, sino en la sangre.
El trapo en el espejo
La luz, sí, la luz. La luz no la dejaba verse bien. La luz escasa y de un amarillo sucio. También las paredes, revestidas groseramente de madera y cuero bordó y esos muebles, terriblemente estropeados por el uso repetido de la gente.
Ahí no tenía piel de porcelana. Ella se la cuidaba con una crema verde que le compraba su madre. Para qué, si allí se veía de pronto amarilla, naranjita grisáceo, como en una nube gris revolcándose entre sábanas de ceniza manoseadas. Su pierna izquierda se veía extraña, como lejana, posesionada por otro cerebro, dirigida por otras terminales nerviosas. Cerebro y terminales dictándole enredarse mecánicamente, el pie izquierdo sobre la sábana friccionando el revoltijo gris, los dedos doblándose temblorosamente de un modo aprendido que ahora ella veía por primera vez y que antes no hubiese adivinado.
La pierna, el pie, los dedos. Los dedos, el pie, la pierna, y ahora la cadera. Aplastada, ensombrecida, sin el brillo de la transpiración que podría haber conjeturado sobre el vientre, si hubiera pensado en ese momento que la piel estaba humedecida. En cambio, veía la cadera, sin brillo, de un color naranja oscuro, moverse, primero hacia los pies, luego hacia la cabecera. La cadera en movimiento, más dueña de sus movimientos que los dedos, pero igualmente posesionada de una cadencia antinatural, expulsada del resto de su cuerpo.
Subió apenas los ojos sin encontrarse con su mirada y el torso apareció a medias. El contorno del pecho izquierdo, tres cuartos de pecho, otra vez el perfil, nunca el pecho entero delante de sus ojos. El pezón rosado claro apenas pincelado en medio de la curva amarillenta, naranjada, gris, gris, gris, de la piel de pronto erizada por un escalofrío.
—¿Te dio frío? ¿Querés que nos tapemos? —pudo haber escuchado, tal vez escuchó, tal vez salió del montón de sábanas una voz hablándole a ella. Los ojos, mientras, continuaron recorriendo su cuerpo.
El pecho, los brazos, el cuello y la cabeza le pertenecían. Movió las manos como si las reconociera entre un mar de manos y comprobó su pertenencia extendiendo las puntas de los dedos sobre la piel ajena de una cintura. Frías sus manos sobre un cuerpo caliente, así probó el límite de su propio cuerpo y la existencia de un otro. El otro cuerpo se estremeció al contacto y sus manos bajaron. Su mano izquierda se posó sobre la sábana.
Con los brazos al costado de su cuerpo giró la cabeza y miró hacia el techo. Entre las formas opacas y difusas buscó sin urgencia su cuello, los tendones, la garganta, la piel, apenas se movían. Entonces examinó su rostro aún sin detenerse en los ojos. El cabello castaño sin brillo se enredaba sobre la almohada. No pensó en lo que costaría desenredárselo. Tampoco pensó en la cabeza sobre su pecho ni en el torso sobre su tronco, ni en la cadera y piernas sobre los suyos.
Cerró los ojos. Quizás encontró su mirada en el techo antes de cerrarlos.
Al abrirlos, su cuerpo desnudo se veía atravesado por una sábana áspera y sus piernas y pies habían dejado de moverse. Se miró en el techo sin verse y giró hacia la izquierda donde su rostro encontró su rostro.
Los signos. La luz no la deja verse bien, quizás al otro tampoco le deja ver bien su rostro. O los ojos. O el cuerpo. Una voz rompe el silencio. Una pregunta planea en el aire rancio de la habitación sin ventanas. Y cae sobre las sábanas. Sobre su cuerpo, sobre sus oídos. Ella levanta los ojos, mira su doble reflejado, vuelve a su cuerpo y a su rostro. Entonces la luz, la luz cobra fuerza. Un trapo gris oscuro, áspero, de paño rústico, usado para limpiar los pisos, se extiende sobre la cama del espejo.
El vidrio de la puerta
Luego de la piña en el vidrio de la puerta sobrevino la sangre y, acto seguido, el desmayo. Tenía puesto el vestido blanco de los quince años y es posible que ese fuese el día de su cumpleaños. Algunas cosas me hacen pensar que ese día cumplía los quince, como, por ejemplo, la llegada o la partida de mis tíos antes o después de la piña. Como verás, no estoy segura de que hayan sucedido las dos cosas al mismo tiempo, también pude haber reunido dos días distintos en uno por el parecido (en ese tiempo eran frecuentes las visitas de mis tíos al campo).
La puerta era una puerta larga, de dos metros, más o menos, con tres ventanillas de vidrio en cada hoja y la parte inferior de madera. La parte que daba al interior de la habitación tenía dos persianas de madera. Esa puerta siempre fue de color gris, como casi todas las puertas y ventanas del caserón de principios de siglo en el que vivimos hasta que cumplí dieciocho años. Claro que, para esa fecha, mi hermana hacía muchísimo que no vivía con nosotros.
