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El narrador de esta historia tiene treinta años y ya no quiere vivir más. Detesta su vida y se autodestruye con drogas, alcohol y sexo desatado y culpable. Busca desesperadamente cualquier cosa que logre aferrarlo a la vida pero es inútil: el suicidio ronda constantemente por su cabeza. Finalmente logra hacerlo, pero este es solo el principio. En la oscuridad, en la negrura, en la lobreguez, fotogramas invaden su mente obligándolo a hacer un recorrido por los momentos más trascendentales de su vida. Lo que ha quedado es un viaje hacia el interior de la propia cabeza del narrador representado en un pequeño carruaje de un tren fantasma que avanza sobre las vías eléctricas y se adentra hacia una infinidad de imágenes familiares, evocando y relatando sus historias. Así, el pasado comienza a reconstruirse en su cabeza. Se trata de un racconto de su vida y de la vida de sus antepasados, sus alegrías, sus tristezas, sus deseos más oscuros, sus pasiones más intensas. Una ramificación de sensaciones que se incrustan en su mente como agujas, como historias no contadas que se entrelazan unas a otras, armónicamente, infinitamente. Explícito en pasiones, todos sufren lo que gozan y corren hacia su autodestrucción o a la esperanza de idéntica manera, esperanzadamente nihilistas.
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Seitenzahl: 420
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Corrección textual: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. Germán Andrea Giri.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Amante, Sebastián León
Lo que ha quedado / Sebastián León Amante. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
352 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-817-706-9
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Existenciales. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Amante, Sebastián León
© 2022. Tinta Libre Ediciones
Para mis tres grandes amores: Pau, Asia y Bruno.
Lo que ha quedado
Prólogo a Lo que ha quedado
Lo (bueno) que sigue
La mejor manera de conocer a un escritor en ciernes es conocerlo personalmente poco. Evita la indulgencia fácil de la amistad añeja, permite expresarse sin pudor y sin temor a ofender y desenvuelve la crueldad educada y gentil del crítico malicioso. Experto en prólogos, aprendí con los años a anticipar historias sin contar el argumento, a no elogiar sin motivo real y, sobre todo, a entender que un libro empieza en otra primera página, precisamente la que prologa al texto en sí. El lector se apura en las solapas, donde se abrevian los datos personales que condicionan las atenciones: se leerá distinto si es su primera novela o la última, si viene de otro oficio, si es ficcional o autobiográfico, si ha recibido premios o llegó a ser finalista. Más difícil es el arte de la contratapa, donde se quiere hablar del contenido tratando de cautivar mediante sugerencias. A veces ayudan muchos datos extraliterarios, como la nueva edición o la número cuarenta. A falta de mejor justificativo triunfa la lógica de mercado, o las citas de autoridades en reseñas varias, como si el lector no fuera un individuo dotado de inteligencia (y el dinero suficiente) y no supiera que la contratapa pertenece al mecanismo de seducción, o sea, es parte del texto en sí, y cada cual decidirá si miente o acierta. El prólogo es un arte paralelo. Debe decirlo todo sin decir puntualmente nada, so pena de desalentar al comprador —el lector ya está leyendo— y asegurarle que no habrá de arrepentirse. Es nuestro caso y a partir de ahora solo hará falta seguir.
De acuerdo con esa lógica, siento la tentación de zambullirme en Lo que ha quedado, pero no lo haré: los invito a hacerlo por mí, ya que lo hice y me tocó cruzar el puente de una experiencia merecedora de ser compartida. Tratándose de una primera novela, Sebas Amante cumple, sobradamente, dos premisas para aconsejar en cualquier situación de lectura: atrapa al lector y crea personajes inolvidables. Por razones de (otros) trabajos debí espaciar mis momentos de lectura del original, pero este continuaba en mí, me solicitaba, me iba acechando, me rodeaba. No suele pasar con frecuencia y, cuando sucede, aguarda la decepción; en cambio, Sebas apronta un estilo que lleva de las narices, y la resistencia a él es en vano. Puede sufrir de tropiezos, ingenuidades del narrófilo debutante y de alguna inseguridad de diseño, pero es difícil notar sus defectos ante la arrasadora certeza de sus virtudes.
Criaturas como Renata y Belisario (o Jorge y Martina, los curas de pueblo y sus enfermizas dobles vidas), el mismo narrador atormentado y su terror de sí ante la consternación de predecir desgracias, los tantos padres autoritarios y un pueblo de provincia atravesado durante generaciones por sexo desatado y culpable, la soledad y el desencuentro crean su mundo aparte y plantean a la vez un inquietante microclima humano. Explícito en las pasiones, Amante lleva bien su nombre frente a las circunstancias. Todos sufren lo que gozan, corren hacia su autodestrucción o a la esperanza de idéntica manera, esperanzadamente nihilistas.
Algunos momentos se ponen especialmente en un marco destacado. El casting para actor porno, la discusión furibunda entre el sacerdote y el ateo, la clase de primaria de una maestra casi desquiciada son epifanías narrativas, la prueba del cincel analítico de un escritor consumado que quiere revelar antiguas perversiones, poner a flor de piel la naturaleza psicosocial de quien se atreva, a su lado, a transitar sin miedo el sabor de lo prohibido. Solemne y transgresor, violento y tierno en partes iguales, Sebastián Amante, actor profesional, no puede, como su voz en primera persona, eludir su destino: crear una aventura de ficción, esa que él mismo sabe representar arriba del escenario, sin importarle —o tal vez porque le importa demasiado— incomodar y destruir la paz recreativa del lector de novelas o del espectador de teatro.
Escribir y ser artista, al fin y al cabo, son una y la misma cosa. Romper el confort, minar el campo florecido, empujar a caminarlo. Sebastián tiene con qué. Pónganse en su lugar y juéguensela. Él lo hizo primero.
Gabriel Cabrejas
Atemporalidad
Oscuridad, negrura, lobreguez. Me encuentro aquí, en soledad, en este espacio acartonado, aséptico y frío. Quizá me esté muriendo. O quizá ya esté muerto. Mi mente intenta ir hacia atrás y recordar la forma en la que he muerto. Pero no lo recuerdo. Abro los ojos. Formas siniestras rodean mi cama: monitores cardíacos, tubos de oxígeno, goteantes botellas de suero intravenoso. Son las entrañas de la muerte. Cierro los párpados y me deslizo nuevamente hacia la oscuridad. Abro los ojos nuevamente y me encuentro flotando en una negrura donde todos los instrumentos conectados a mi cuerpo han desparecido. A lo lejos veo dos luces rojas, me acerco hacia ellas y puedo vislumbrar que esas dos luces son dos ojos que me observan, dos ojos demoníacos. Sigo acercándome y comienzo a ver el rostro detrás de esa mirada: es un demonio, con las fauces bien abiertas. Una lengua bífida de serpiente sale de su boca y desaparece en caída hacia la oscuridad. No son dientes los que están alojados en su boca, sino colmillos. Tanto en su parte superior como en la inferior tres hileras de colmillos filosos se distribuyen por toda su boca. Finalmente puedo reconocerlo: es el demonio de la puerta de entrada del tren fantasma del parque de diversiones de la ciudad. Ese parque de diversiones hoy ya no existe, así que debo estar soñando, o debo estar muerto, este debe ser mi infierno, o mi purgatorio, o mi cielo, o lo que sea que fuera. Pero no soy creyente, por lo tanto, invalido todas estas opciones. Aún en la muerte me niego a creer. Una reminiscencia de mis recuerdos, sí, debe ser eso. ¿Estoy realmente muerto?
Fotogramas invaden mi mente haciendo un recuento de mi vida, pero el destino final no se hace presente. Creo que me suicidé. Esa era mi idea. Ahora veo el parque de diversiones. Oigo la música de la calesita. Escucho el traqueteo de la montaña rusa seguida del grito de la gente en la primera caída. Inspiro la húmeda fragancia acaramelada del carro de algodón de azúcar que de chico me trajo tantos problemas; ese es un recuerdo que no se borra. Y sigo caminando hacia adelante para ocupar mi lugar en la fila, frente a la boletería del tren fantasma.
Espero a que el siguiente cochecito doble la esquina y se detenga con un ruido metálico delante de mí. Después de ocupar mi asiento y bajar la barra protectora para acomodarme, echo un último vistazo a mi alrededor, y allí, en el medio de un grupito de espectadores, la veo: blanca, pálida, fría, con lo ojos bañados en sangre y con una sonrisa perversa. Me saluda. La muerte me saluda mientras me sonríe. Agito los dos brazos y la llamo lo suficientemente alto para que todos me oigan. Pero no sé su nombre. ¿Cuál es el nombre de la muerte? Durante toda mi vida terrenal estuve en contacto con ella y nunca tuve la delicadeza de preguntar su nombre. La llamo a los gritos, y ella vuelve a sonreír. Justo entonces el coche se sacude y avanza hasta llegar a la puerta doble, que se abre para revelar unas enormes fauces negras de un demonio bestial. Me echo hacia atrás todo lo posible y, antes de ser tragado por la oscuridad, giro mi cabeza hacia el lugar de mi acompañante. La muerte viajaba a mi lado.
—Por cierto, me llaman de muchas formas, pero no tengo ningún nombre terrenal que me defina— me dijo la dama de negro con una sonrisa en su boca que reflejaba sus dientes casi transparentes.
—¿Estoy muerto?—le pregunté.
—La calavera, la segadora, la dama delgada, la dama oscura, la santa muerte, doña osamenta, la huesuda, la purificadora, la novia fatal, la sedienta, la hedionda, la dama de la guadaña… pero nunca tuve un nombre terrenal. Nunca me lo han dado.
—¿Estoy muerto?
—¿Vos qué creés?
—No recuerdo. Creo que me suicidé.
No lo recordaba. Esa era mi meta. Ese era mi fin. Como mi familia. Que se fueron suicidando sistemáticamente a lo largo del tiempo y dejaron una marca en la historia, un mito, una fábula. Un suicidio poético.
Al suicidio se lo define como el acto deliberado de quitarse la vida. Para algunos es un acto de valor; para otros, un acto de cobardía; para mí, un acto poético. Hay poesía en el suicidio, hay amor, valentía y sacrificio. Hay pasión. Pasión por el dolor inminente, lacerante, cruel. Violentar la vida, abrazar la oscuridad.
Uno se va y otro hace el duelo por el que se fue. “Hacer el duelo”. Qué frase de mierda. Hacer la cama, hacer las compras, hacer el amor, hacer la limpieza, hacer silencio, hacer de comer. Pero… ¿hacer el duelo? No. Uno nunca hace el duelo. Uno sobrevive, porque tiene que hacerlo, porque lo debe hacer y porque está en el orden de las cosas el perder a algún ser querido. Perder a un padre, a una madre, a un hijo, a una hija, a un novio, a una novia, a un hermano, a una hermana, a un amigo, a una amiga. La lista es interminable y las combinaciones pueden ser espantosas. Uno continúa viviendo, como puede. No busca la muerte por puro morbo, no la desea ni la provoca por el solo hecho de hacerlo: uno la busca por pasión, por la poesía que ella genera.
—¿Puedo hacerte otra pregunta? —le dije.
—Para eso estoy acá —me contestó sonriente.
—¿Qué estoy haciendo acá?
—Este es tu viaje.
—¿Dónde estoy?
—Ahora, en el tren fantasma.
—Este lugar ya no existe, cerró hace más de 20 años.
—Lo sé.
—Entonces… ¿dónde estoy?
—En ningún lado.
—No me estás dando respuestas concretas.
—Te lo dije. Este es tu viaje, el recuento de tu vida.
—¿Me vas a acompañar?
—Por momentos sí, por momentos no.
—Te invoqué.
—Sí.
—Y me escuchaste. ¿Por qué lo hiciste?
—¿Por qué no?
—Sos la muerte.
—Soy los que se fueron, los que me llevé. O los que me sugeriste que me llevara. Soy tu inconsciente, tus deseos, tus delirios. Este lugar, en el que ahora estoy sentada, está reservado para cada persona que se fue justa o injustamente. Podrías hablar con ellos y alivianar el peso que llevás sobre los hombros.
—¿Qué peso?
—La culpa.
—¿Por qué un tren fantasma?
—Porque es un recuerdo de tu infancia. ¿Ves esa pareja que se encuentra agarrada de las manos?
—Esos son mis bisabuelos. Carmela y Román.
—Sí.
—Nunca los conocí.
—Lo sé.
—¿Y por qué los reconozco?
—Porque esta es la forma en la que podrás relatar tu historia. Conocer tu pasado. Tus inicios.
El pequeño carruaje avanzó sobre las vías eléctricas, y se adentró hacia una infinidad de imágenes familiares; el pasado comenzaba a reconstruirse en mi cabeza. La vida de mis antepasados, sus alegrías, sus tristezas, sus deseos más oscuros, sus pasiones más intensas. Una ramificación de sensaciones que se incrustaban en mi mente como agujas, como historias no contadas que se entrelazaban unas a otras, armónicamente, infinitamente.
La muerte poética. La oscuridad final. La historia de mi familia está regida por esa pasión donde el suicidio es moneda corriente. Pero no cualquier suicidio. Morir por amor, morir con valor o morir por los ideales. Morir en un acto de valentía, en un acto heroico, como si fuera un gran escenario, una última gran actuación. Saltar de un vigésimo piso y dejar los sesos desparramados en la acera, pero en el vuelo recitar un texto de Shakespeare o una poesía de Pizarnik. Ahí está la belleza, el orgasmo final.
Y sí. Uno intenta sobrevivir después de la muerte de un ser querido. Uno dice“sí” por falta de fuerzas para decir “no”. Uno se resigna. Uno se compone, mientras que el otro se descompone y uno se reprocha ese componer. Y a través de ese componer uno sigue adelante, buscando nuevas formas artísticas de morir. Y que todos te recuerden. O no.
Esta es mi historia. Una historia perdida entre tantas otras historias también perdidas. Una historia que se mezcla con otras historias. Una historia de soledad y muerte, de amores correspondidos y de amores no correspondidos, de locura y de pasión.
Esta es la historia de cómo decidí buscar mi propia muerte personal, que comenzó muy temprano en mi vida. Más específicamente en diciembre, en el día de mi cumpleaños, cuando acababa de cumplir siete años.
Pero para llegar a ese momento decisivo, debo remontarme a mi historia familiar. A esas imágenes que aparecen frente a mí y me llenan de historia. El carro avanza y los relatos de mis antepasados se hacen carne.
Creo que mi historia comienza con la historia de mis bisabuelos, que marcaron esa impronta familiar del suicido que se grabó en nuestra piel como un tatuaje donde se encuentra escrita nuestra fecha final. Nuestro deceso artístico. Nuestro acto final. Una concatenación de finales donde el desenlace es siempre el mismo, pero a la vez diferente, donde esos finales se superan a sí mismos y se reinventan, se retroalimentan, mutan, se reestructuran y se potencian con la fuerza de un rayo hasta reventar con furia en una orgía de sangre y vísceras. Esa marca es nuestra y esa es nuestra historia.
Primera parte
Los inicios
1
La historia comienza en el pueblo de Arroyo Medioy se remonta a 1944, el año del nacimiento de Belisario. Fue el primero de cuatro hermanos, y en el año 1959, a la edad de quince, él y sus tres hermanos quedaron huérfanos. Para esa fecha, su hermana Marilú tenía doce años; Felipe, nueve, y Ramirito, seis.
Debido a la gran crisis económica, a la falta de trabajo y, por ende, a la falta de alimentos, sus padres, Carmela y Román, en un acto de amor, se recostaron tomados de las manos sobre las vías del tren (el único tren que pasaba por el pueblo) y esperaron a que este pasara.
Se cuenta que era tan grande el amor que se profesaban que, hasta el día de hoy, en ese sector de la vía por donde sigue pasando el tren nació un campo de rosas. Los jóvenes enamorados viajan de todas partes del mundo para conseguir una de esas rosas, y de cada una que es arrancada nacen dos, diez y hasta veinte rosas más.
Belisario había desarrollado un don que resultaba muy incómodo tanto para él como para los demás. Podía observar el interior de las personas, tocar sus fibras más íntimas con una simple pregunta. Esto generaba un problema moral para él, porque en varias ocasiones la gente le contaba sus sentimientos más turbios, sus historias más oscuras o, incluso, sus mayores miedos. No podían resistirse a la mirada de Belisario, y hablaban y hablaban sin parar, sin medir las palabras, desnudándose íntegramente.
En una ocasión, a sus siete años, Belisario, o“Belito”, como le decían en el pueblo, se había dirigido a comprar pan al almacén del barrio. Tenía muy pocas monedas, de modo que le alcanzaba para un poco de pan duro del día anterior y nada más. Estaba dispuesto a resignarse a no comer y a destinar esos mendrugos de pan a sus hermanos. El almacén estaba vacío. Ignacio, el almacenero, limpiaba el mostrador, acomodando los sifones de soda. Uno de los sifones estaba rajado de lado a lado.
—Señor Ignacio, ese sifón está golpeado, se le va a romper. ¿Con qué lo golpeó? —le preguntó Belisario.
Ignacio lo miró con los ojos llenos de lágrimas, recordó el rostro de su hijo (al que había golpeado la noche anterior porque había embarrado el piso de la casa con sus zapatos), se tomó el pecho y explotó en lágrimas. Le contó todo. Belisario escuchaba, con la urgencia de llevar un poco de pan a sus hermanos, que lo estaban esperando. Tardó media hora en regresar a su hogar, con dos kilos de pan y un pedazo de jamón bajo sus brazos y la historia que le había contado el almacenero. Ignacio no había podido con su culpa, sabía que no era algo para contarle a un cliente, encima un cliente que tenía prácticamente la misma edad que su hijo. Su madre, Carmela, pensó que lo había robado. Belisario le dijo que no, que el señor Ignacio se lo había regalado. Carmela nunca le creyó. Había pensado en decirle a Belisario que devolviera la comida, pero se contuvo, porque el hambre era mucho mayor que la decencia.
Después del día del suicidio de sus padres, pasaron varios meses en los que la situación económica era cada vez peor. Las changas que Belisario realizaba eran cada vez más escasas. Trabajaba de lo que fuera, no le hacía asco a nada. Pero el desempleo era cada vez mayor, la gente del pueblo buscaba otros rumbos y se iban a la capital en busca de una vida mejor. Estaban viviendo en un pueblo destinado a desaparecer.
Sin trabajo, sin comida, muerto de hambre y con una bicicleta toda destartalada, Belisario partió hacia la gran ciudad en busca de trabajo y así poder ayudar a sus hermanos, que había dejado atrás.
La distancia desde Arroyo Medio hasta la capital era inmensa. Era un trayecto de novecientos kilómetros de distancia. Belisario, no muy hábil con las matemáticas ni con las distancias, calculó que en bicicleta el viaje le llevaría alrededor de cincuenta horas. Todo esto sin sumar las horas de sueño, que lo demorarían otras cincuenta horas más. Un total de cuatro días y medio de viaje. Pero siempre hay imprevistos. Y el muchacho no los calculó.
A los cien kilómetros reventó las dos ruedas. Dejó la bicicleta a un costado de la ruta y siguió caminando. Ahora, para el viajero, el tiempo de caminata hacia la gran ciudad era incalculable.
A cada paso cambiaba el espectáculo como si fuera por una ancha calle de un paisaje verde arrebatador. El agua brotaba de un pequeño arroyo que lindaba con la carretera. El viento, cálido por los últimos rayos del atardecer, le bronceaba levemente las mejillas. A lo lejos, se divisaban los restos de una pequeña construcción abandonada; la noche se acercaba y era ideal para pasar la noche. Hizo una fogata en la chimenea derruida y comió un trozo de pan añejo de hacía varios días atrás.
Belisario se acordó de sus hermanos; el más pequeño tenía apenas siete años. ¿Cómo se alimentarían? ¿Cómo se arreglaría su hermana para alimentar a dos niños pequeños? Les había prometido que volvería a buscarlos. ¿Pero podría cumplir con su promesa? ¿Llegaría a tiempo? Solo el tiempo lo diría.
A la mañana siguiente, antes de que saliera el sol, desayunó un té amargo que pudo improvisar con una pequeña fogata y salió nuevamente a la ruta. El clima había cambiado abruptamente. El cálido sol del día anterior había dado paso a un frío que le calaba hasta los huesos. Una fina llovizna se posaba sobre el rostro del caminante y se transformaba en gotas que se filtraban a través de sus ropas.
Varios kilómetros más adelante, cuando la construcción abandonada donde había pasado la noche había quedado atrás, un viento arrasador se levantó de repente. La llovizna se transformó en violentas gotas que golpeaban y se clavaban en su rostro como si fueran alfileres. Se oía el graznido y el aleteo desesperado de pájaros encima de su cabeza y el sonido ensordecedor del agua cayendo sobre la ruta. De pronto, algo golpeó su cabeza, un dolor punzante en la base de su cráneo lo desestabilizó, un hilo de sangre cubrió su visión y allí nomas cayó de rodillas.
Durante unos segundos, o unos minutos, o una eternidad, estuvo arrodillado sin poder pensar en nada y sin moverse; solo sentía la lluvia que caía sobre él y lo lavaba. Intentó ponerse de pie, pero sus piernas no le respondieron. La sangre de su herida seguía cayendo y comenzó a sentir cada vez más frío, pero no estaba seguro de si era por estar mojado, por estar en el suelo o porque se estaba por desmayar. Cerró los ojos tratando de recomponerse; podía oír su corazón bombeando con violencia. No podía pensar y no había nada que hacer bajo la lluvia. Abrió los ojos, los cerró una vez más y allí nomás se desmayó.
Fue como un abrir y cerrar de ojos, solo que, cuando los abrió nuevamente, ya había dejado de llover y un cálido sol estaba entrando y saliendo de entre las nubes. Estaba recostado sobre un colchón de paja, y una joven de ojos verdes lo observaba. Era bella, delgada, con una piel blanca como la porcelana. Tenía el cabello rubio, liso y largo hasta la espalda, y un aura que la hacía brillar como el sol de la mañana.
“Esta es la mujer más bella que he visto en mi vida”, se dijo Belisario.
Fue como si fuera una aparición sobrenatural que duró solo un instante. La joven estaba cambiando el vendaje de la herida de su cabeza.
—Buen día, tenemos que limpiar la herida —dijo la joven.
—¿Dónde estoy? —preguntó Belisario.
—En el campo de mi padre. Tuviste un golpe feo. Uno no debe salir con semejante tormenta.
—¿Qué me golpeó?
—Un pedazo del aspa del molino. Se desprendió con el viento.
—Esta no es mi ropa.
—Tu ropa ya debe estar seca. Cuando te encontramos estabas empapado.
—¿Me viste…?
—¿Desnudo? No, te desvistió el padre de la parroquia.
—Eso me intranquiliza aún más.
—Me tengo que ir, me está esperando mi mamá. Soy Renata. Ahí está tu ropa. El padre José te espera en la parroquia.
A Belisario lo había encontrado el padre José: lo había observado desde lo alto del campanario de la parroquia. Lo había visto caer a la carretera desmayado. Con dos de sus monaguillos lo cargaron a un carro todo destartalado y lo llevaron al cobertizo de la iglesia donde pastaban los burros. Allí lo desvistieron, lo cubrieron con varias mantas bien abrigadas, curaron sus heridas y allí lo dejaron.
Al otro día lo fue a ver Rogelio, el veterinario del pueblo. Allí no había médicos, ni siquiera una salita de guardia. Una vez al mes un médico de la ciudad se acercaba al pueblo y durante toda esa jornada atendía a los pacientes del pueblo. Hacía tres días que un médico había visitado el pueblo, por lo tanto, faltaba prácticamente un mes hasta que enviaran a otro.
Además del corte en la cabeza, Belisario tenía la nariz rota y una fuerte contusión en las costillas. Aún no había despertado, por lo que Rogelio pidió que lo dejaran descansar, que ya despertaría, y que cuando despertara, lo haría con un hambre voraz.
Y así fue: el joven viajero despertó al amanecer del segundo día, con unos hermosos ojos verdes que lo observaban. Cuando la muchacha salió corriendo, Belisario se quedó sentado, observando cómo se perdía entre los matorrales. La ropa estaba seca en un lateral del cobertizo. Se vistió con la lentitud de una tortuga por el dolor de las costillas y caminó lentamente hacia la parroquia.
Su estómago aullaba de hambre. Comió un trozo de pan que había entre el manojo de ropas secas y se dirigió a la parroquia. Mientras avanzaba pensó en la joven de ojos verdes que lo había despertado, y volvió a vislumbrarla en su recuerdo corriendo hacia la casa de su madre, con los pelos al viento, un pantalón ancho que resaltaba su hermoso culo y sus caderas y una remera blanca que marcaba la circunferencia de sus pechos. Intentó borrar esa imagen mientras entraba a la parroquia, pero la imagen de la joven de ojos verdes apareció nuevamente. Se la imaginó desnuda.
—Joven, le recomiendo que controle sus ardores. Está en un lugar sagrado —le dijo el padre José mientras dirigía su mirada a su entrepierna.
—Padre, perdón, es que…
—Feo golpe el que tiene en la cabeza. Perdió mucha sangre.
—Venía a agradecerle.
—Agradézcaselo a Dios.
—Venía a despedirme, me dirijo a la ciudad. ¿Dónde estamos?
—Arroyo Verde.
—Avancé muy poco, ya estoy retrasado.
—¿Tiene hambre?
—Un poco.
—Acompáñeme entonces. Le voy a preparar un sándwich.
—Gracias.
En un lateral de la iglesia había una puerta que comunicaba a una cocina. Belisario se quedó sentado en una butaca alta mientras el padre José le preparaba el sándwich con rapidez.
—Tome.
—Gracias.
—¿Cómo se llama, joven?
—Belisario, señor.
—¿Está bueno?
—Sí.
—La situación está fea, joven, ¿hacia dónde se dirige?
—Hacia la ciudad.
—¿Puedo saber para qué?
—A buscar trabajo.
—Ese es un grave error, no hay trabajo en la ciudad.
El padre José lo miraba fijamente. El joven no podía soportar que lo miraran de ese modo, menos mientras comía, lo ponía incómodo y el nerviosismo lo llevaba a preguntar cosas de las cuales después se arrepentiría. Tenía un don para leer a los demás, pero también le tenía terror, porque lo podía poner en problemas.
—La ciudad está a setecientos kilómetros. El camino es largo y son tiempos difíciles. Pero seguimos adelante, ¿no es verdad? —lo interpeló el padre.
—Sí.
—Sé que le parecerá fuera de lugar y, si no se lo digo, no estaría cumpliendo con mi deber, pero quiero que sepa que no es ninguna vergüenza estar sin techo. La situación del país es grave y uno intenta sobrevivir. Siempre se está en el camino, ¿no?
—Sí.
El padre José estrechó las manos de Belisario, algo que no debería haber hecho, porque una sensación en su interior lo movilizó. Una lágrima corrió por su mejilla, tomó dos copas de vidrio y descorchó una botella de vino.
—Acompáñeme, joven.
—No bebo.
—Acompáñeme.
El vino era dulce, suave, agradable al paladar. La primera copa la bebieron en silencio. El padre volvió a llenar ambas copas.
—Las cosas me estaban yendo bien, muy bien. Trabajaba dando misa y confesando a la gente del pueblo. Me ocupaba de la escuela de la Santa Trinidad, la única escuela de Arroyo Verde, era profesor de catequesis. Entonces, bueno… no sé cómo decirlo.
—No tiene por qué decir nada, padre.
—Sí, tengo que decirlo. Esmeralda Torres. Ese era su nombre. Era la madre de una de mis alumnas. ¡Dios! ¡Qué mujer! Me abordó una tarde después de dar misa para preguntarme por el progreso de su hija en la escuela. Esmeralda era una mujer viuda con dos ojos azules como el cielo y un lunar en… ¡Dios! ¡Dios santo, quita esa imagen de mi mente! ¿Sabe?, los curas nos entrenamos a nosotros mismos para mirar hacia otro lado. Y miré hacia otro lado, aunque, como he dicho, sus ojos azules me parecían una aberración de belleza y su lunar… su lunar era una invitación a… ¡Dios! Era pornográfico. Le dije que su hija era una buena estudiante y me alejé, rojo, colorado por la vergüenza. Por la noche sonó el teléfono de la parroquia; yo me encontraba cenando, tratando de quitar la imagen de esa mujer de mi mente, suplicándole a Dios que la quitara de mi cabeza. No atendí, pero volvieron a insistir. Era Esmeralda, preocupada por una de las calificaciones de su hija. No sé por qué, pero le dije que me acercaría a su casa al día siguiente, al atardecer, y revisaríamos las notas de su hija. “Lo espero con ansias”, me dijo, y allí nomás cortó. No pude dormir en toda la noche. No podía quitarme de la mente ese lunar que me invitaba a… ¡Dios! Ese lunar despertaba mis instintos más bajos. Me masturbé violentamente mientras…
—Padre…
—¡Silencio! Como decía… Me masturbé violentamente mientras Cristo me observaba desde lo alto clavado en la cruz. Limpié todo como pude y finalmente pude conciliar unas pocas horas de sueño. A la mañana siguiente pude dar la misa, pero mis pensamientos estaban en otra parte. “Hermosas palabras, padre, lo veo hoy a la tarde”: Esmeralda había aparecido sin que la hubiera visto. “Gracias, hasta la tarde”, le contesté. Un calor nació desde mi pecho y se ubicó en mi entrepierna. Creo que Matilde, la pianista de la iglesia, se dio cuenta al ver la erección a través de mi sotana y cerró la tapa del piano con un golpe tan atronador que sonaron todas las teclas dentro de la iglesia con un sonido terriblemente disonante. Salí a tomar aire, a caminar. Era una mañana fría, así que pensé que el aire fresco me haría bien, pero ese calor… ese calor que se ubicaba en mis partes púdicas no desaparecía. Sentía que el corazón se había mudado de mi pecho para ubicarse allí abajo y latir… latir… latir…
—Padre, por favor, no es necesario que me cuente todo esto —dijo Belisario casi implorándole.
—¡Silencio! ¡Sin interrupciones! Cuento lo que tengo que contar porque lo tengo atragantado en la garganta. Y qué mejor que contárselo a un forastero. En fin. Llegó el tan esperado atardecer y me dirigí hacia la casa de Esmeralda. Me recibió en la puerta principal. Su pelo rubio lo tenía recogido en un rodete que dejaba su cuello libre, un cuello blanco como la porcelana que contrastaba con esos ojos azules y ese lunar pornográfico ubicado en el medio del cuello como una flecha que me obligaba a mirar hacia sus dos grandes pechos, tan redondos, tan jugosos. Ese maldito lunar me invitaba e incitaba a sumergirme y perderme entre esas dos hermosas voluptuosidades. La vestimenta de Esmeralda era discreta, muy discreta, pero su figura podía percibirse aunque se pusiera una carpa encima.
La incomodidad de Belisario era evidente, se movía en su butaca nervioso, quería irse de allí, pero no quería pasar por irrespetuoso; además, el vino estaba haciendo efecto y su cabeza comenzaba a dar vueltas. Mientras tanto, el padre José continuaba:
—Esmeralda me llevó hasta el salón. Había una enorme chimenea que mantenía el hogar muy cálido. Me senté en un sillón de cuero y ella se sentó a mi lado. Olía a miel y a fresas. “Así debe oler su entrepierna”, me dije a mí mismo. Automáticamente quité ese pensamiento de mi cabeza. “Soy un cordero de Dios y no puedo tener esos pensamientos impuros”, pensé. Débora, la hija de Esmeralda, no estaba, había ido a casa de sus abuelos. Estábamos solos. Charlamos un rato sobre las calificaciones de su hija y a la hora me retiré. Perturbado. Embriagado por el olor que esa mujer despedía. “Nos vemos pronto”, me dijo mientras se mordía el labio inferior.
Me fui sin saludar. El latido de mi entrepierna dio paso a una explosión brutal. Corrí en dirección hacia mi iglesia, siempre de espaldas a ella para que no viera la mancha que ya comenzaba a vislumbrarse a través de mis vestimentas. Al anochecer, mientras lavaba mis ropas, no podía olvidar el aroma a miel y fresas que emanaba de esa mujer. Esa noche, después de masturbarme por enésima vez, escribí una poesía llamada Miel y fresas.
Pasaron los días, pasaron las semanas y mi obsesión por esa mujer era cada vez mayor. Dejé de verla en misa, y tampoco iba a buscar a su hija al colegio: enviaba a una empleada doméstica. Tampoco se presentaba en las reuniones de padres. Así pasó un mes. Bajé las calificaciones de su hija adrede y así esperar su llamado. Eso nunca sucedió. Decidí llamarla yo. Me atendió con esa voz sensual característica de las prostitutas y la odié. La odié con toda mi alma, con todo mi ser. Le pedí que nos viéramos. Me dijo que no iba a ser posible. Le pregunté si estaba con alguien. Me dijo que estaba sola, que a su hija la habían venido a buscar sus abuelos y que no volvería hasta el otro día. Eso para mí era como una invitación. Inmediatamente me dirigí a su encuentro. A su casa. Toqué el timbre, varias veces. “Perdón, pero me estaba por acostar a dormir”, me dijo con la puerta entreabierta. “Es solo un minuto”, le contesté, y empujé la puerta antes de que ella me permitiera entrar. Se hizo a un lado; estaba en camisón y se cubrió como pudo, intentando aparentar pudor. Su lunar me invitaba a apretar y a morder esos dos pechos redondos y jugosos. Me contuve. “Me voy a vestir, aguárdeme unos minutos”, me dijo.
Aquí el padre José detuvo su relato. Su mirada estaba perdida por el alcohol. Ya iban por la segunda botella de vino. Belisario quería retirarse, pero las piernas no le respondían.
—¿Qué pasó entonces? —preguntó Belisario.
—Me cuesta mucho contar esto —respondió el padre.
—Está bien. No tiene por qué contarlo.
—Esmeralda —le dije—. No se vista, ¿por qué no se quita la ropa que lleva ahora puesta para que sus pechos turgentes puedan refrescarse? ¿Por qué no se queda sin ropa para que yo pueda verla desnuda con sus preciosos pechos rellenos? Ver su dulce cajita de amor llena y jugosa. ¿Por qué no me deja probar ese dulce néctar? Debe saber a miel y a fresas. Siento el olor desde aquí.
Belisario se quedó en silencio. No podía creer que el padre le hubiera dicho eso a la mujer.
—Me pegó una cachetada y me echó de su casa. Me denunció a la policía, pero nunca le creyeron. La denuncia llegó a la iglesia, pero hicieron oídos sordos. Así que… ¿ve como podemos seguir adelante? ¿Ve como no hay que rendirse?
—Sí.
—¿Se queda a la misa, joven?
Belisario pasó toda la tarde descompuesto: el vino le había caído mal, de modo que estuvo todo el día recostado en el cobertizo de los burros. Quería salir a la ruta nuevamente, estaba preocupado por sus hermanos, pero las piernas no le respondían y se vio obligado a quedarse una noche más.
2
Carmina era una mujer muy supersticiosa. Su vida estaba regida y guiada, según ella, por la mala suerte. Cada vez que salía de su casa, rezaba tres padrenuestros y tres avemarías. Carmina creía que todo estaba bajo el influjo de la santa trinidad y que todo se regía por el número tres. Por la noche, encendía y apagaba la luz de la lámpara de su casa tres veces antes de acostarse a dormir, y durante el día, lo hacía tres veces antes de salir al exterior sin ninguna necesidad. Si iba a visitar a alguien, a alguna vecina, a alguna amiga o a algún familiar, cuando llegaba a su destino, llamaba tres veces a la puerta. Daba tres besos en las mejillas a quien saludaba y tres besos en la mejilla de quien se despedía. No pasaba nunca debajo de ninguna escalera. Nunca abría un paraguas dentro de la casa. Si se le cruzaba un gato negro en su camino, se detenía, se persignaba tres veces y daba tres pasos hacia atrás desandando el camino. Procuraba no derramar la sal sobre la mesa porque era mal augurio ya que Judas había derramado la sal durante la última cena. Siempre se levantaba con el pie derecho y siempre se cuidaba de no romper ningún espejo ya que eso significaba siete años de mala suerte.
Seis años atrás, cuando tenía catorce, se le cayó el espejo de su madre mientras intentaba maquillarse y este se rajó de lado a lado. Su madre no le dijo nada, pero Carmina sabía lo que eso significaba. Una mañana de frío, sin darse cuenta, se levantó de su cama con el pie izquierdo. Automáticamente se persignó y rezó tres plegarias al cielo. La joven se había levantado convencida de que su día sería espantoso, y a todo eso tenía que sumarle la mala suerte acumulada por haber roto el espejo de su madre seis años atrás. Solamente le quedaba un año para liberarse de esa maldición, y para ella, esa mañana, levantarse con el pie izquierdo era tentar a la suerte.
Decidió llamar a Roberto y decirle que esa noche no lo iba a poder ver y que debían postergar su cita para otro día. Roberto, entristecido, dijo que se iba de viaje con su padre por un mes y que si no se veían esa noche tendrían que esperar mucho tiempo para volverse a ver, y que él sabía que no iba a poder esperar tanto.
—Quiero ver a mi novia antes de viajar.
—Está bien, es que hoy me levanté con mala suerte.
—Supersticiones.
Finalmente, esa noche se vieron. Era una noche fría, pero eso no doblegó el ardor de los dos jóvenes. Hicieron el amor apasionadamente y durmieron hasta el otro día. Roberto se despidió de Carmina con un dulce beso y se fue.
Carmina sabía que ese hombre era el amor de su vida. Sabía también que en un futuro sería el padre de sus hijos, pero lo que no sabía era que eso se cumpliría muy pronto: en su vientre ya se estaba gestando vida.
Debido a las náuseas y al retraso de su período, Carmina fue con Roberto a ver al médico de la ciudad. Prepararon sus cosas, se vistieron con sus mejores ropas, se subieron al carro destartalado que Roberto utilizaba para transportar paja y realizaron el largo viaje hacia la ciudad.
Una vez en el hospital, la muchacha, al enterarse de que estaba embarazada, se desmayó allí nomás. Cuando despertó lanzó una maldición al cielo, otra maldición a Roberto por haberla embarazado y otra maldición al médico por haberle dicho lo que ella no quería escuchar. Para Carmina no era el momento adecuado para tener un hijo y lo adjudicó a su mala suerte, al espejo roto y a que esa mañana en la que quedó embarazada no debería haberse levantado con el pie izquierdo, no debería haber visto a su novio y no debería haber hecho el amor con él.
Ocho meses más tarde, nació Renata. La niña nació el 14 de junio de 1947, el mismo día en el que ocurrió el accidente ferroviario en la estación La Cruz de la provincia de Corrientes. En el exacto momento en que Carmina pegaba su último grito de dolor dando a luz, un tren atropellaba a una vaca que se había detenido en las vías en la provincia de Corrientes. Murieron ocho pasajeros por un espejo roto, un pie izquierdo, un nacimiento, una vaca que estaba donde no tenía que estar y un tren que pasó a toda velocidad. Para Carmina, esa niña estaba maldita, y su vida entera estaría rodeada por la mala suerte.
3
La infancia de Renata transcurrió sin ningún problema. Era una niña hermosa de ojos verdes y de una estatura que sobrepasaba en dos cabezas a los niños de su edad. Fue a la escuela Santa María de la Virgen inmaculada, donde hizo solamente la escuela primaria. Para Carmina, que la niña fuera a la escuela era una pérdida de tiempo: la niña tenía que trabajar y con que supiera leer ya era suficiente.
Renata, una vez que finalizó la primaria, comenzó a trabajar en el campo de su padre; se encargaba de cuidar y darles de comer a los animales de la granja. Allí conoció a Carlitos, un joven de veinte años que trabajaba allí.
Renata se haría señorita tempranamente, su cuerpo había comenzado a desarrollarse y a sus doce años ya era el blanco de miradas de todos los trabajadores de la estancia. Ella lo sabía; sus pechos habían crecido y sus caderas se habían ensanchado, lo que resaltaba su pequeña cintura y la circunferencia de sus nalgas.
Una tarde calurosa, Carlitos, mientras le manoseaba las tetas a la vaca Margarita, invitó a Renata a dar una vuelta en su Peugeot 403 nuevo. Renata, al sentirse halagada de salir con un joven ocho años mayor que ella, aceptó la invitación. Además, Carlitos era un muchacho muy trabajador. Esa misma noche, salieron a dar una vuelta en auto por el pequeño pueblo. Renata tenía la intención de dar un paseo y conocer a Carlitos, pero las intenciones del muchacho eran otras.
—Estás muy hermosa hoy.
—Gracias.
El joven se abalanzó sobre ella besándole el cuello, y una de sus manos se posó sobre uno de sus pechos y le acarició un pezón. Buscó su boca y su lengua saltó hacia ella como una lagartija. Renata presionaba sus dientes evitando que la lengua de Carlitos se metiera en su boca. El muchacho le pellizcó un pezón para que Renata abriera la boca del dolor y en ese instante se metió dentro de ella, con su lengua húmeda y babosa, que le produjo una arcada.
—Esperá…
—Es que me gustás tanto. ¿Recordás cuando te quitaste la ropa en el granero? Te vi las tetas.
—¿Me espiaste?
—Sí. Ya te vi desnuda. La forma en la que te quitaste la ropa.
—Dejame ir.
—No te resistas.
Renata sintió los labios húmedos de él sobre su boca. No se resistió, podría ponerse violento y empeorar la situación. Abrió la boca y sus lenguas se entrelazaron. Carlitos metió su mano debajo de la remera de Renata y frotó sus pechos con la mano izquierda.
—Cómo me gustan tus tetas. Cómo me gustan. Tetas, tetas, tetas. Quitate la ropa. Quitátela toda. Mirá cómo me ponés. Mirá lo duro que me ponés. Tocame, tocame ahí abajo.
Renata bajó la vista y vio que el joven se había desabrochado los pantalones y había sacado su pene afuera. En otra situación le habría causado gracia. Flaco, corto y curvado hacia la derecha. Más que pene parecía un croissant atrofiado. El abusador, con su otra mano, le había bajado la ropa interior y uno de sus dedos se hundía en su vello púbico apenas naciente. Tomó la mano de Renata y la colocó sobre su pene.
—Masturbame.
Carlitos gemía como un cerdo en el matadero. Renata tomó su pene como si fuera una palanca de cambios y lo movió de un lado a otro.
—No, así no. De arriba hacia abajo.
—Ahora ya entiendo.
—¿Ya entendés qué?
—Quiero quitarme toda la ropa para vos, así estoy incómoda.
—Entonces quitátela y ya.
—Quiero que sea una sorpresa.
—Pero si ya te vi una vez desnuda.
—Pero sin que yo lo sepa.
—Está bien. ¿Qué querés que haga?
—Que te metas en el baúl, desnudo, mientras tanto yo puedo quitarme la ropa tranquila y así podrás verme desnuda al completo.
—¿En el baúl?
—Carlitos, estoy muy caliente. Quiero que me cojas, pero con mis reglas.
En su juventud, Renata tenía escondido debajo del colchón de su cama un libro prohibido que le había robado a uno de sus compañeros de escuela, y que a su vez este le había robado a su padre. Era lo más sucio que había leído en su corta vida. Un libo prohibido, blasfemo, erótico, pornográfico, brutal y perverso. El libro se llamaba Los 120 días de Sodoma, de un escritor llamado Marqués de Sade, y todo lo obsceno se encontraba allí, y Renata, a escondidas, siempre le dedicaba un tiempo de lectura durante la medianoche mientras sus padres dormían. Para ella, esa lectura había que hacerla después de la medianoche. Lo leía a escondidas debajo de las sábanas, con una pequeña linterna con la que se iluminaba y se imaginaba y representaba todas las situaciones descritas en el libro. Por eso utilizó ese lenguaje vulgar con Carlitos, lo que llamó increíblemente su atención y con el cual el joven se sorprendió.
—Es más… —prosiguió Renata redoblando la apuesta—, te voy a hacer la mejor mamada de tu vida.
¿Una mamada? Carlitos no lo podía creer. ¿Una mamada? Eso era algo más, las chicas no hacían eso, y Carlitos creía que jamás conseguiría que una chica realmente se la metiera en la boca y se la chupara. Además le dijo que tenía ganas de coger y una chica decente no decía esas palabras, una chica decente no hacía eso, se lo habían enseñado sus padres. Eso lo hacían las prostitutas. Las chicas locas también, y no había muchas en el pueblo. Excitado, se quitó la ropa desesperado, salió al exterior, abrió el baúl, le entregó las llaves a Renata y se metió dentro del compartimento.
Renata se acomodó las ropas; se sentía sucia, violada, ultrajada por las manos asquerosas que la tocaron, asqueada por esa lengua babosa que se había metido en su boca. Su mano derecha le palpitaba como si estuviera infectada al revivir la imagen de haber sostenido con ella ese pene deforme y atrofiado. Vomitó. Se subió al auto, y manejó hasta la comisaría más cercana. Allí entregó las llaves al jefe de policía.
—Un pervertido trató de abusar de mí, se encuentra desnudo en el baúl.
Tras ese incidente, Renata juró que no tocaría a ningún hombre más en su vida. La sensación de haber tocado ese pene deforme le repugnaba. “¿Cómo pueden tener esas cosas horribles entre las piernas?”, se decía a sí misma. Se lavaba los dientes entre seis y siete veces al día, constantemente sentía el sabor de la lengua de ese degenerado metiéndose en su boca como si fuera una sanguijuela que le succionaba la saliva y le secaba la boca.
Renata se volvió cada vez más apática, aislada. Renegaba de todo, discutía por todo y se peleaba con todos, especialmente con los hombres. Carmina decía que era incorregible y que no había ningún indicio de mejora en su personalidad ni en el trato con los otros ya que la niña estaba bajo el influjo de la mala suerte. Era una niña marcada por la soledad, la desgracia y la mala suerte.
La joven había comenzado a desaparecer durante las noches. Técnicamente no eran desapariciones, pero la joven se ausentaba durante varias horas. Aunque Roberto y Carmina estaban desesperados, nunca se dejaron llevar por el pánico y no utilizaban jamás la palabra “desaparición”. Carmina decía que eran “ausencias”.
Roberto salía a buscarla en coche a los lugares más alejados del pueblo, mientras que Carmina salía a buscarla a pie por los lugares más cercanos. Nunca la encontraban. Al día siguiente aparecía, sola, sin que nadie la hubiera encontrado, como si no hubiera sucedido nada. Nunca contaba nada ni decía en qué lugares había estado, y por más que sus padres le preguntaran, ni una palabra salía de su boca.
Había tres lugares que Renata visitaba durante sus “ausencias”: un pequeño escondite que había en el cobertizo de los burros, el campanario de la iglesia y el altillo de una vivienda quemada que años atrás pertenecía a una familia que se había mudado a la gran ciudad. Desde allí podía observar todo; cada uno de esos escondites tenía una vista privilegiada y ella misma se daba cuenta de las veces en que la buscaban y las veces en que desistían de hacerlo. En una ocasión, una tarde de tormenta, estuvieron a punto de descubrirla, pero finalmente no la encontraron gracias al revuelo que se armó por el viento a raíz del gran temporal que se acercaba. Parecía que el pueblo había comenzado a descascararse por la fuerte intensidad de la tormenta. Y efectivamente fue así. Un aspa del molino se desprendió y fue a parar sobre la cabeza de un caminante perdido en la ruta.
Más allá de su promesa de no tocar nunca más a un hombre, con este joven perdido Renata cambió de parecer. Cuando lo llevaron ese día de lluvia al cobertizo y le limpiaron la herida, pudo verlo completamente desnudo en el momento en el que el padre José y dos de sus monaguillos lo desvistieron para ponerle ropas secas. El cuerpo de ese joven no tenía ningún tipo de comparación con el cuerpo del degenerado que había intentado abusar de ella. Al día siguiente se encargó de hablar con el padre de la parroquia para convencerlo de que ella se encargaría del joven herido, de contactar al veterinario del pueblo y de hacerse cargo de la limpieza de la herida de su cabeza.
4
El padre José pronunciaba su discurso con voz monótona y aburrida, mientras que los feligreses repetían a coro lo mismo. Eran letanías aburridísimas. Las mismas palabras, la misma monotonía, los mismos rezos. Belisario estaba sentado en el último banco, observando todo, cómo los denominados corderos de Dios acataban todo lo que les decía el sacerdote. Si el padre les decía que se pararan, se paraban; si les decía que se arrodillaran se arrodillaban; si les decía que se tomaran de la mano, se tomaban de la mano. Lo peor fue el momento en el que pidieron la limosna. Dos monaguillos pasaron con esas horribles bolsas para ofrendas de boca angosta donde cada una de las personas dejaba allí su dinero. No lo podía creer, a ratos cerraba los ojos solo para oír el eco de aquellas palabras que rebotaban en la cúpula de la parroquia. Veía arriba la cúpula pintada de verde con unas letras y cruces pintadas de dorado. Lo que el joven había encontrado en aquella iglesia no era a Dios, sino la belleza arquitectónica.
Pero la verdadera belleza estaba oculta tras bambalinas. En un momento dado pudo ver que la joven de ojos verdes que había limpiado su herida cruzó la arcada de entrada de la iglesia y se sentó a su lado. La belleza del lugar que Belisario había contemplado quedó opacada por esos ojos verdes resplandecientes que lo miraban fijo.
—¿Cómo está tu cabeza?
—Bien, gracias.
—Me alegro.
—¿Cuál es tu nombre?
—Renata.
—Belito.
—Eso no es un nombre.
—Mis hermanos me llaman así.
Uno de los monaguillos se acercaba a ellos con la bolsa de las ofrendas en su mano derecha. Renata miró a Belisario.
—Dame una moneda.
—No quiero dejar mi plata en esa bolsa mugrienta.
—Dame una moneda, una de cinco centavos aunque sea.
—Es que no quiero dar limos...
—Dame una moneda. Después te la devuelvo.
—Está bien.
Cuando el monaguillo se acercó, Renata le mostró la moneda al muchacho con una sonrisa de oreja a oreja, y la depositó dentro de la bolsa. La misa finalizó, ambos jóvenes salieron al exterior y se sentaron en un pequeño banco de una plazoleta. Renata contaba dinero.
—Ese dinero…
—¿Qué?
—¿Lo robaste?
—La iglesia no lo necesita. Tomá tus cinco centavos.
—¿Qué hacemos acá?
—Esta es la única plaza del pueblo.
—Lindo lugar.
—Espantoso.
La joven guardó el dinero en uno de sus bolsillos, se levantó y puso los brazos en jarra interpelando al muchacho que había quedado sentado en el banco de la plazoleta.
—Me di cuenta.
—¿De qué?
—En la misa.
—¿De qué?
—De cómo me mirabas las tetas.
—No.
—Sí. Me las mirabas. Como también me miraste el culo ayer cuando te limpiaba la herida.
—Eso no es verdad.
—No serás un degenerado, ¿no?
—No.
—Eso ya lo veremos. Me voy. Esta noche hay tormenta. El padre José me dijo que pensabas partir hoy. No te conviene.
Efectivamente, unas nubes muy feas se estaban acercando al pueblo y el viento ya comenzaba a soplar. Belisario tomó su bolso y se dirigió al cobertizo de burros de la iglesia donde el padre José le había improvisado una cama para pasar la noche. Estaba agotado, el cuerpo le dolía, la cabeza le latía y los pies los tenía hinchados por la caminata de hace varios días atrás. En su mente se aparecían los rostros de sus hermanos; tenía un mal presentimiento, tenía miedo de que les hubiera sucedido algo. El muchacho comenzó a pensar que había sido una muy mala idea viajar hacia la ciudad en busca de trabajo y dejar a sus hermanos solos. ¿Cómo se las arreglaría su hermana para alimentarlos? También pensaba en la joven Renata, se la imaginaba recostada a su lado, desnuda, mientras él acariciaba cada curva de su cuerpo. También había algo que le llamaba muchísimo la atención: el “don” que poseía, que desnudaba a las personas en sus actos más turbios, pero que con Renata no funcionaba, y eso era algo que lo aliviaba.
