Lo que hay en juego - Lucas Campos - E-Book

Lo que hay en juego E-Book

Lucas Campos

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Beschreibung

Tratamos de vivir lo mejor posible, al igual que tratamos de jugar al fútbol. Pero no siempre estamos a la altura de nuestras expectativas. Por eso, como en la vida, en el fútbol siempre hay revancha. Quizás lo importante sea seguir intentando. Es por ello que tengo la incansable necesidad de ver a la vida como el fútbol. Con sus alegrías y sus tristezas, con sus amigos y sus enemigos, sus compañías y sus soledades, con su amor y su desamor, con la paz y la violencia, con el temor y la valentía; con la fe, con la esperanza, con sus errores y sus virtudes. Pero por sobre todas las cosas, con los ojos llenos de palabras, como alguna vez me dijo Ariel Scher; a él también va dedicado este libro.

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EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Campos, Lucas Leonel

Lo que hay en juego / Lucas Leonel Campos. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

110 p. ; 21 x 14 cm.

ISBN 978-987-708-830-4

1. Narrativa Argentina. 2. Antología de Cuentos. 3. Deportes. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Campos, Lucas Leonel

© 2021. Tinta Libre Ediciones

LO QUE HAY EN JUEGO

Prólogo

Tengo la incansable necesidad de ver la vida como el fútbol. Con sus alegrías y sus tristezas, con sus amigos y sus enemigos, sus compañías y sus soledades, con su amor y su desamor, con la paz y la violencia, con el temor y la valentía, con la fe, con la esperanza, con sus errores y sus virtudes.

Pero, por sobre todas las cosas, con los ojos llenos de palabras, como alguna vez me dijo Ariel Scher, a quien también va dedicado este libro.

LO QUE HAY EN JUEGO

Estaba muy confuso, es lo único que sabía con certeza de aquel instante. Ni siquiera podía entender con exactitud dónde me encontraba. Pero seguía caminando hacia adelante. Escuchaba el murmullo de algunas personas como si estuvieran al lado mío, todos caminando hacia la misma dirección, pero no podía descifrar lo que decían ni tampoco los podía ver. Todo era un reflejo. Pero al menos no estaba asustado.

No sé si podré acercarme a la verdad de lo que ocurrió, no tengo fecha ni hora, pero lo podría comparar con como cuando uno entra al túnel de una cancha. Uno trata de digerir una sensación de éxtasis, de ansiedad y de felicidad; se escucha un griterío abrumador, pero no se logra entender realmente qué es lo que dice cada persona. Pero no hay miedo: uno sabe que va hacia la dirección correcta y que va acompañado a pisar la cancha. Y una vez que la pisa, se abre el cielo o la noche y todo es una completa felicidad a tal punto que se resume en uno mismo. Ya no entiende ni de aquellos que alientan ni de los que insultan ni de los rivales. Es uno mismo haciendo lo que más le gusta, con responsabilidad, pero, como repito, es uno mismo y el juego; lo otro es secundario. Ahora entiendo la frase “Los de afuera son de palo”.

Sentía que avanzaba, pero no me movía. Estaba con la misma ropa de cuando me había dormido. Ni siquiera me interesé por el partido que tenía pendiente. Tenía una camiseta blanca, un pantaloncito negro, unas medias negras y unos botines puestos a la ligera con los cordones sueltos. No sé si había llegado a jugar. No sabía demasiado, en realidad.

—Que pase el cinco —escuché, muy de fondo, aunque logré registrar una voz gruesa, firme, como si viniera de algún jefe o de algún soldado militar de alto rango. Digo “jefe” en relación con la jerarquía. No tuve jefes en mi vida, pero sí tuve hombres y mujeres que tomaban decisiones de mayor nivel y tenían esa firmeza al actuar, propia de la responsabilidad que indica el cargo, dejando de lado la bondad o la maleza, pero personas que no titubeaban y, si lo hacían, nunca lo sabrías.

Hice algunos pasos más, si es que los puedo denominar como pasos, y lo hallé sentado en una humilde mesa de escritorio, con mucho papelerío ordinariamente acomodado. Entonces, ahí supe que militar no era, más bien se trataba de algún empelado superior estatal. Jugaba con una lapicera sobre sus dedos y una hoja A4. A la primera le hacía varios juegos de habilidad con su mano: la traía, la guardaba, la escondía. Me miraba, pero no me decía nada. Entonces, tomé la responsabilidad de presentarme, aunque me llamó la atención la birome azul, por lo cual le dije:

—Hola, soy Diego Fratacheli. ¿Sabe usted que la birome…? —Pero no me dejó concluir. Me anticipó.

—Usted no es quien dice ser y la birome… lo sé, es un invento de ustedes. Los de ese lugar. Uno de los muchos inventos de los cuales se galardonan. Pero esta es la que más me gusta porque es azul.

No entendí, en ese momento, por qué me había dicho que yo no era el que creía que era ni tampoco por qué el deslumbramiento por el color azul. Pero seguí adelante la conversación casi por obligación. El hombre, de casi un metro ochenta de alto, joven, con una mandíbula súbitamente marcada, de hombros extensos, manos grandes y aspecto de los años cincuenta, soltó:

—A ver, a ver, repáseme su CV. Lo tengo acá, pero quiero que usted me diga. Porque allá ¿sabe en cuántos CV observé que mentían? Que manejo de esto, que manejo de aquello y, cuando había que demostrar en la cancha, nada de nada. Acá pasa igual, solo que lo hacen para que nadie los mande del otro lado. Pero uno se da cuenta, querido. Yo tengo muchos años en esto, casi que ni me lo creerías.

Me agradó que haya hecho la comparación con una cancha, me hacía sentir cómodo, a gusto. Entonces, le resumí mi experiencia.

—Yo nací un 19 de noviembre de 1985, en Quilmes, provincia de Buenos Aires. Mi carrera como jugador de fútbol comenzó a mis nueve años cuando me fui a probar al club El Trébol, de Wilde. Allí jugaba en cancha de cinco y a los 12 años tuve una prueba en Independiente. Quedé y tuve la experiencia de hacer inferiores. Llegué hasta la cuarta, jugando de volante central. Siempre tuve las mismas características: era lento, pero sustituía esa lentitud con mi habilidad para anticipar las jugadas, desprenderme rápido de la pelota, patear bien de larga distancia y ser el corazón del orden del equipo. Después, debuté en la primera de Quilmes en el año…

No me dejó terminar.

—Veo que no me estás entendiendo. Yo de fútbol sé una goma. ¿Acaso yo te dije de repasar tu experiencia como profesional? Mirá, hagámoslo más rápido, porque ya me toca el franco y me quiero ir un poco antes hoy. Te va a acompañar Héctor y te va a facilitar un poco las cosas. Después, cuando vuelvas y confirmemos el CV que tengo acá, decidimos a dónde vas. Esperalo acá. Ya viene.

Me asombró. Si no era mi experiencia como jugador de fútbol, ¿a qué se refería? ¿Quién era Héctor? Pensé que estaba en algún lugar de Argentina, ya que el nombre que había utilizado era de los nuestros, aunque no había revelado el suyo. Esperé algunos largos minutos. Había mucho silencio. La claridad del día era rara. No podía descifrar qué hora era, pero más o menos calculé que se asomaban las seis de la tarde. Cuando la soledad ya me había alcanzado, detrás surgió una figura totalmente opuesta a la del jefe.

—Hola, señor Fratacheli, bienvenido. Comencemos el recorrido sin más. Vamos —me dijo.