Lo que mis ojos no ven - Cintia Lecler - E-Book

Lo que mis ojos no ven E-Book

Cintia Lecler

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Beschreibung

Rafael es el mejor jugador de básquet del país, con un futuro en el exterior y un talento que crece día a día. Hasta que el día menos pensado, sufre un accidente que lo cambia todo. Martina es una periodista deportiva, algo misteriosa y con un secreto que aún no puede revelar. Pero a pesar de todo, se decide a conquistar a Rafael. Pasión, viajes y descubrimientos llevarán a Rafael y Martina a exponerse con todas sus verdades y desencantos. ¿Podrá el amor de Rafael sanar el corazón atormentado de Martina? Lo que mis ojos no ven es una novela que mostrará los sentimientos a flor de piel y sumergirá a los lectores en una montaña rusa de sensaciones. Con respeto, ternura, humor y mucho amor, la autora relata una historia que muchas mujeres sufren en la actualidad.

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Seitenzahl: 265

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Lecler, Cintia Anahí

Lo que mis ojos no ven / Cintia Anahí Lecler. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2019.

268 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-388-0

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Románticas. 3. Novelas de Misterio. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está tam-

bién totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet

o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2019. Cintia Anahí Lecler.

© 2019. Tinta Libre Ediciones

Quiero agradecer principalmente a Valeria y Jésica por contarme sus historias y permitirme acercarle al lector lo que vivieron. Sin dudas, esta novela es para ustedes.

A mi marido, Marcelo, por tu apoyo y paciencia. Por haberme alentado a no bajar los brazos. Gracias por el amor que me das. Te amo.

A mis hijas, Geraldine y Paulina, que supieron entender muchas veces que mamá estaba ocupada. Son el sol que ilumina mi vida.

A mi mamá, Margarita, por creer en mí, por leerme y emocionarte, alentándome a superarme día a día.

A mis Brujis: Miry, Mirtha, Mile, Lucy, Flor y Cami. No sé qué haría sin ustedes.

A mi familia. Somos un montón para nombrarlos pero quiero que sepan que sus sonrisas y muestras de cariño me llenan el corazón.

A Fernanda Pérez, por haberme enseñado y guiado con amor y paciencia a transitar este mundo de las letras.

A mi querida Elu, por sostenerme y apoyarme en cada paso que di hasta cumplir este sueño. Te quiero, amiga.

A mi queridísima amiga Euge, por tu alegría y tus palabras justas, siempre. Sin tu ayuda, Rafael no hubiera sido lo que fue.

A Gaby, por leerme cada vez que te lo pedí. Por tu cariño y tus abrazos interminables.

A la Virgencita del Valle por escucharme y a mis ángeles por cuidarme tanto.

Gracias a vos, lector, por darme esta oportunidad.

Lo que mis ojos no ven

Al fin y al cabo, el miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo.

Eduardo Galeano

Primera parte

Rafael Ricci

Capítulo 1

Ese día iba a ser un gran día. Sí, el momento que había soñado y para el que me había preparado desde los cuatro años.

Llevé una vida sin excesos: buena alimentación, controles médicos regulares, rutinas interminables en el gimnasio, y entrenamiento, mucho entrenamiento. Así era mi vida, siempre me gustó hacerlo. Lo elegí así. Día a día, mi cabeza estaba en ello, mi cuerpo se encontraba en ello, no había lugar para otra cosa más que ser el primero. Con ambición de ganar, tanto por el equipo como por mí.

Preparé mi bolso la noche anterior, con todo lo necesario: las zapatillas que me acompañaron todo el campeonato, las dos camisetas de color rojo con mi apellido impreso y el número 17 de tamaño grande en la espalda y más pequeño en el pecho. Las medias y demás elementos personales. No olvidé mis cábalas: el bóxer blanco con elástico negro y una cintita roja cocida a la lengüeta de las zapatillas, regalo de mamá como promesa a su santito “para que me proteja en los saltos”.

Me levanté temprano, con tranquilidad; me duché antes de desayunar. Todavía faltaban muchas horas para el partido. Salí de la ducha y me envolví la cintura con una toalla. Busqué en el vestidor ropa deportiva, elegí unos pantalones grises con una remera negra, y mis Converse. Me peiné. Estudié atentamente mi rostro. No es por nada, pero estaba increíble; le guiñé el ojo a mi reflejo y sonreí ante mi vanidad. Me perfumé; soy un obsesivo con las fragancias, siempre me gustaron los aromas y oler bien. Todo el tiempo, inclusive cuando entrenamos intensamente, y definitivamente ese día no iba a ser la excepción.

Bajé las escaleras dando saltitos y esquivé algunos juguetes de mi sobrino que siempre estaban desparramados al pie de la escalera. Encontré a mamá en la cocina con el batidor en la mano, bailando, cantando y moviendo sus caderas de un lado para otro al ritmo de esa cantante colombiana que bailaba de una manera tan sexi en sus videos. Cuando me vio bajo el umbral de la puerta, me sonrió con la mejor de sus sonrisas, esas que solo las madres les regalan a sus hijos. Me acarició el pelo y me invitó a sacudir las caderas con ella. Le seguí el ritmo sin protestar, y para cuando terminó la canción, estábamos unidos en un dulce abrazo.

Me senté y tomé café con leche, comí tostadas con mermelada y algo de fruta. Mamá desayunó a mi lado con su mate y sus bizcochos de salvado. Me miró… me miró… y me miró, y luego dijo, sin más:

—Hoy es tu último partido en el Club Olimpo. —Se le cerró la garganta, tosió y continuó—. Rafael, en unas semanas vas a empezar a entrenar para el equipo ese de Estados Unidos, ¿cómo se llama? ¡Ay, Virgen Santa! Nunca recuerdo el nombre, parece mentira cómo pasa el tiempo… —Se llevó el puño de la mano a la boca y cerró los ojos. Yo también intenté no llorar.

Hace dos años, firmé un contrato para jugar en un club de la NBA en Miami, Estados Unidos, pero en esa época estaba comprometido con mis estudios y con el Club Olimpo Básquet. Una de las condiciones que mi papá estipuló en el contrato fue que, hasta no terminar mis compromisos aquí, en Córdoba, no podría viajar a ninguna parte.

—Mamita, no me gusta verte así. Sabés bien que nos vamos a ver y hablar seguido por Skype. Nos mandaremos mensajes, e-mails, y cuando nos demos cuenta, vamos a estar abrazados otra vez. —La envolví en mis brazos, besé su coronilla y sequé sus las lágrimas con mis pulgares. Se levantó y fue a lavar las tazas, suspirando profundo y sorbiendo los mocos, resignando sus pensamientos.

—¿Nos vemos esta noche? —le pregunté, para cambiar de tema y romper el momento.

—Claro, mi corazón, desde los asientos de siempre te vamos a estar alentando. Mirá. —Me señaló la repisa con los santos—. Ahí lo tengo a tu ángel de la guarda y al santito que te cuidó toda esta temporada, con una velita encendida, para que no te descuiden en el partido de hoy.

—Me siento muy protegido, señora Susana —le dije socarronamente—, ya le puede ir agradeciendo al escuadrón de los cielos que tiene en el altar de esa pared. —Me reí con ganas, la besé en la mejilla y le robé un sorbo al mate que estaba tomando.

—Mi escuadrón santoral está trabajando. Nunca me fallan, pero si lo llegan a hacer, los voy a poner a mirar la pared. De todas maneras, nunca estoy tranquila, mi corazón. —Hizo un gesto con la boca—. Esto recién empieza y lo vivo a flor de piel.

—Tranquila, es un juego como tantos otros. Nada me puede pasar. —Rasqué mi cabeza porque la conversación se había puesto un tanto incómoda y un cosquilleo parecido a los nervios aparecieron en mi panza. Decidí irme antes de que comenzara con los comentarios de que “si algo te llegara a pasar, Rafael…”.

Cuando salí de casa, con el bolso colgando del hombro y las llaves de la camioneta en la mano, mi hermana estaba arrastrando a mi bello sobrino por la vereda. El pequeño Tutín estaba llorando y pataleando porque no quería entrar a limpiarse la cara y las manos. Había estado jugando con los autitos en el barrodel jardín. Era una bola sucia y olorosa. Ese enano es como el viento sur: una vez que pasó, en su camino dejó solo mugre y desorden. Los esquivé y me alejé rápido, no vaya ser que me ensuciaran.

—¡Lucía! Nos vemos esta noche —le grité a mi hermana por encima del alboroto del pequeño enano.

—Sí, sí, Rafael, a la noche. ¡Basta, Agustín! ¡Por favor! ¡SUERTE! —gritó Lucía—. Mirá la mugre que tenés y todavía no son las diez y media de la mañana.

Consulté mi reloj y sonreí, mi hermana estaba gritando como loca desde temprano.

Cuando me subí a la camioneta y arranqué, en la radio sonaba Titanium de David Guetta. Vibró en mi bolsillo el celular con un mensaje de mi amigo Fran:

Cabeza, pasá por casa que se me pinchó la goma de la bici.

Le respondí con un ok y me dirigí a su casa.

Fran es de esos amigos que uno no elije si te dieran a elegir. Nuestra amistad nació porque mis viejos eran amigos de los suyos desde hacía mil años y eran inevitables los encuentros con los hijos en alguna casa. Desde entonces, hicimos todo juntos. El jardín, la escuela primaria, el secundario, la academia de inglés, las salidas a boliches, las vacaciones, el viaje de estudios, el club. En fin, Fran es una extensión de mi cuerpo, mi hermano del corazón. Una de las pocas personas a la que le confiaría mi vida con los ojos cerrados; el cariño que nos tenemos es muy fuerte. Va más allá de la amistad.

Estacioné en su casa y toqué bocina. Salió inmediatamente con su bolso, chocamos las manos a modo de saludo y nos dirigimos al club para la concentración.

Fran mide un metro ochenta y dos. Su posición es base, es el encargado de armar las jugadas en el equipo; es muy rápido y ágil. Yo, con mis casi dos metros, no soy tan rápido como él. Mi posición es pívot, abajo del aro, donde está la acción. Me fascina hacer volcadas y quedarme colgado agarrado del aro. El básquet nos corría por las venas desde siempre.

Cuando llegamos al Olimpo, vimos muchas caras felices; reinaba el buen clima. Estábamos por disputar el juego más importante de la temporada y habíamos ganado la serie Playoff. En la entrada, se nos unieron Marquitos, Lucas y Fede; juntos formábamos el equipo titular del Olimpo y éramos grandes amigos fuera del club. Ingresamos en medio de bromas y abrazos.

En el vestuario nos esperaba el técnico, con la tablita del dibujo de la cancha bajo el brazo y un marcador en la mano. Ramón Loreto era una gran persona, de enorme paciencia; yo lo admiraba muchísimo porque a la hora de dar consejos no se guardaba nada, y gracias a eso habíamos llegado hasta allí. Me esforcé por aprender todo a su lado. Junto a Ramón ya estaban listos los utileros, los asistentes, el preparador físico y el médico deportólogo, con todos los elementos necesarios para enfrentar lo que se nos venía: el gran partido final. Después de aquella noche, cada uno seguiría su camino.

Almorzamos y merendamos en el club, muy livianito para no sentirnos pesados y que la digestión sea buena. Cuando comenzó a oscurecer, los sonidos de la cancha comenzaron a hacerse sentir.

Capítulo 2

Nos vestimos con nuestros equipos y controlé la cintita prendida a mi zapatilla. Me pasé la mano por el pelo, ansioso. En la cancha, mi familia estaba alentando: mamá, papá, mi hermana Lucía, mi cuñado Lucho y Agustín, mi sobrino. Los quería ver, necesitaba inundarme de su energía positiva para el partido. Nos reunimos en círculo alrededor de Ramón para los últimos consejos y nos llamaron para la presentación del equipo. Nervios, ansiedad, uf… todo estaba en juego.

En cuanto vi las luces de la cancha desde el pasillo, la música inundó mis oídos; las poderosas luces encandilaron mis ojos cuando me dieron de lleno en la cara. Los cánticos que provenían de la tribuna me hicieron estremecer. Escuché por ahí mi nombre: Rafael… Rafael… y se me erizó la piel. El estadio estaba repleto, no cabía un alfiler, había familias enteras. En un rincón estaban agolpados una docena de periodistas con cámaras, grabadores y micrófonos. El presentador nombró uno a uno a los jugadores y al técnico del equipo contrario, el Savoy Básquet Club. Se saludaron formando una fila y chocando las manos se desearon buena suerte. Entre sus jugadores reconocí a Paco; lo miré serio, en el último partido nos habíamos agarrado a piñas, los dos teníamos un carácter fuerte a la hora de imponernos en el juego. Pero él estaba loco, provocó a la hinchada y lanzó insultos a diestra y siniestra, más de una vez terminó expulsado por su temperamento.

Nos llegó el turno de las presentaciones. Ingresamos Fran, Fede, Marquitos, Lucas y yo, y nos siguieron los chicos suplentes, hasta que nombraron a Ramón: el estadio explotó en algarabía, cantos y aplausos. Fue muy emocionante, ¡vibrante!

· · ·

Comenzó el juego. El primer salto para pelear la pelota lo hicimos con Paco; por diferencia de altura gané yo la pelota. Se la pasé a Fran e inmediatamente marcó la jugada, en calma; se la pasó a Marcos, este a Fede, quien tiró al aro y encestó un tiro de dos puntos.

Llevábamos una diferencia de 8 puntos a nuestro favor cuando terminó el primer cuarto. Reunidos en el banco, Ramón nos dio algunas indicaciones. Levanté mi cabeza y vi la sonrisa de mamá, le guiñé un ojo y volví a concentrarme.

Sonó la bocina, teníamos que entrar nuevamente. El juego comenzó y los del Savoy presionaron con mayor fuerza. Hicimos defensa personal; al término del segundo cuarto nos ganaban por 10 puntos en una racha de lanzamientos desde la línea de tres que no erraron. Paco gritó y gritó, el tipo estaba eufórico.

Para el tercer cuarto, estábamos empatados; logré superar las marcas y encestaba todo lo que agarraba. Era mi momento, sentía que debía sacar adelante al equipo; puse todo de mí, disfruté y me divertí, y pude hacer lo que más me gustaba: las volcadas. Era como si tuviera alas y volaba hacia el aro de básquet al mejor estilo LeBron James.

El último cuarto comenzó, la diferencia era mínima y el partido podía ser para cualquiera de los equipos. Paco me ganó el salto pero yo tapé la salida de la pelota y corrí hacia el aro, salté levemente, me hice de dos puntos para mi equipo y sorprendí a todos. En el mínimo festejo que realicé, Paco me miró a los ojos —había fuego en su mirada—, me maldijo por lo bajo, pero lo ignoré y salí a defender mi aro. Soy una torre alta y dura en mi posición de defensa, sin embargo, el Savoy metía presión y nos igualó el tablero. Ramón pidió minuto y nos reunió agitando los brazos enérgicamente. En ese momento, necesité de mi mayor concentración; solo faltaban tres minutos y estábamos a cuatro puntos de diferencia. El técnico nos marcó la jugada a seguir, la teníamos bastante practicada; no nos podía fallar. La idea era buscar la falta para que Lucas pudiera tirar libre al aro para achicar la diferencia y acercarnos lo más posible al resultado. Con esa idea en mente, regresamos al partido.

Tal como lo esperábamos, le cometieron falta a Lucas. Cuando tiró de dos puntos, encestó. Tenía dos tiros libres; se concentró, hizo picar la pelota en sus manos, miró el aro, suspiró, lanzó y embocó. El segundo también entró en el aro. Rápidamente, el base del Savoy salió de la línea de abajo del aro, indicó la jugada, se la pasó a otro compañero pero en el camino se la intercepté; me acomodé, miré el reloj; faltaban tres segundos y finalizaba el encuentro. Estábamos empatados, todo dependía de mí. Cambiaron las marcas en el equipo contrario; quedé rodeado entre dos jugadores, uno de ellos era Paco. Ya frente al aro, hice mis dos pasos, salté y encesté. Me quedé colgado del aro gritando a todo pulmón y escuché el sonido de la bocina en el momento justo que anunciaba el final del juego.

¡Habíamos ganado el campeonato! Con mis dos manos todavía sujetas a los soportes de la red, logré ver cómo la tribuna del Olimpo estallaba de alegría. Los segundos pasaron muy lentamente, y los disfruté. De repente, sentí unos brazos que me envolvían las piernas y tiraban hacia abajo con una fuerza descomunal. El cristal donde se sujetaba el aro crujió y estalló en mil pedazos. Caí pegando con la cabeza, de espaldas, contra el piso de madera. Miré a mí alrededor, me faltaba el aire. Me costaba mucho respirar y mis ojos buscaron auxilio en Fran. Algo no estaba bien. Le vi cambiar la cara de felicidad a una de completa preocupación, mientras corría hacia mí. Giré la cabeza y vi a papá llorar y a mamá con las manos en su frente. Después, después, un flash y oscuridad…

Capítulo 3

Escuché a mamá hablar con alguien:

—Todavía no se despierta, lo que no sé si es bueno, porque los médicos no me dicen nada —reclamó angustiada.

Volví a dormirme. Escuchaba que alguien me hablaba a lo lejos, pero no podía abrir los ojos, me pesaban demasiado.

—Dale, Rafael, volvé con nosotros… —¿Quién dijo? ¿Quién habló? Esa voz… tenía mucho sueño.

—El golpe fue muy duro, tenemos que hacerle exámenes y sacarle sangre. —«¡No, no me dejaré pinchar! Estoy bien», les intenté decir, pero tenía mucho sueño. ¿Qué estaba pasando?

Volví a tomar conciencia, me pregunté dónde estaba y por qué nadie se daba cuenta de que había despertado. Sentí que alguien tomaba de mi mano. ¿Me la besó? Oh… ¿Qué me estaba pasando? ¿Quién era la persona que me daba calor? Por favor, que no me suelte, pedí. Me hizo sentir tranquilo aquel perfume, me perdí en ese aroma.

—¡Cabeza! —Me sobresalté al escucharlo tan cerca de mi oído, e intenté abrir los ojos, pero no lo conseguí—. Soy Fran, dale, hermano, vos tenés fuerzas de sobra para abrir los ojos y levantarte. Acá te traje la copa que ganamos, la voy a poner sobre esta mesa. —Su voz se alejó un poco—. Nos cagaste el festejo, boludo. ¡Dale, despertáte! Casi me volví loco cuando te vi tirado entre los vidrios. Que ni se te ocurra seguir así —me retó—. ¡Cierto! No te conté, ¿o sí? Bueno, no importa, te cuento igual. En un rato van a venir los chicos, ya sabés, Lucas, Fede y Marquitos. Bueno, en fin, el loco Lucas está en el piso de abajo, le duele el brazo ¡y no es para menos! después de la piña que le metió a Paco por haberte agarrado de las piernas cuando estabas colgado… —Fran siguió hablando, y escucharlo me trajo de vuelta, desde donde sea que me haya ido.

—Fran… —balbuceé como pude, tenía la boca muy seca—, salí de mi cara porque tu aliento me está dando ganas de vomitar —le dije tratando de sacar dramatismo a lo que me contaba, aunque tenía un dolor de cabeza tremendo.

Me moví pero no podía abrir los ojos, me pesaban demasiado, debía ser por el golpe.

—¡Cabezónnnnn! Por fin. Me vas a hacer llorar. —Fran tenía la manía de hablar mucho y la lágrima fácil.

—Estoy un poco mareado. ¿Dónde estoy? ¿Qué hora es? —mi voz sonó de terror.

—En el Sanatorio del Cerro, Rafa, hace dos días que nos tenés de culo a todos. Es de noche.

—Algo estuve escuchando —le confirmé—, frases cortadas porque supongo que perdía la conciencia por momentos, pero bueno, dame agua que me muero de sed y prendé la luz porque no veo nada y quiero ver tu cara de pavo.

En aquel momento el médico ingresó a la habitación junto con la enfermera y mi cabeza comenzó a dolerme muy fuertemente. ¡Qué dolor! Miles de agujas se me clavaron en la zona de la frente, que me obligaron a cerrar los ojos y a sostener lacabeza con las dos manos.

El doctor me pidió que retirara las manos de los ojos para que pudiera revisarme. Me preguntó qué podía ver; luego de un momento le respondí que nada, que solo podía ver una luz blanca, como si estuviera metido dentro de una nube espesa. Únicamente blanco, solo eso, blanco.

El doctor Ferreyra, que se presentó de esa manera, dijo que no me preocupara, que había tenido un fuerte golpe en la cabeza y que por eso podía ser que al principio no viera con facilidad. De todas maneras, para despejar dudas, me iban a hacer unos chequeos más exhaustivos por la mañana.

Capítulo 4

La enfermera debió de colocar un calmante en el suero porque cuando desperté, escuché la voz de mamá hablando con Lucía. La llamé y sentí que me agarraba la mano y se sentaba al borde de la cama.

—¡Hijo! ¿Cómo te sentís? ¿Necesitás algo?

—Estoy bien mamá, solo que no veo nada, ¿qué pasa?

—Te voy a contar más o menos lo que entendí; después el doctor va a venir a hablar con vos, pero prometeme que vas a estar tranquilo. —Se lo prometí—. El doctor Ferreyra te hizo unos exámenes esta mañana y dice que, debido al fuerte golpe en la cabeza, se te hizo un coágulo que está impidiendo que puedas ver, hasta que se te desinflame. Lamentablemente vas a estar así no se sabe cuánto tiempo. —La voz de mamá era tan débil que parecía un susurro, pero me cayó la ficha de lo que me estaba pasando.

—Estoy ¡CIEGO! —me desesperé—. Mamá, no puedo estar ciego. En dos semanas tengo que volar a Estados Unidos, ¡me están esperando! —Maldije mi suerte, intenté levantarme de golpe de la cama, me maree y caí al piso.

Los gritos de mamá y el llanto de Lucía hicieron que papá entrara desesperado a la habitación. Con un grito de preocupación (extraño, viniendo de él), me ayudó a levantarme del suelo frío y me acomodó nuevamente en la cama. Echó literalmente de la habitación a las mujeres escandalosas y me quedé a solas con él. En ese preciso momento, comencé a llorar y llorar, dejé que saliera toda la rabia por la situación. El abrazo contenedor y reconfortante de papá hizo que me calmara y pudiera respirar con un poco más de normalidad.

La enfermera entró en la habitación, alarmada ante tanto alboroto, e intentó darme un calmante, pero me negué, no quise dormir más, quería saber qué era lo que me estaba pasando y no podía estar medio drogado para cuando el médico viniera. Aquella mujer me reprendió con un tremendo discurso por haberme levantado de la cama. No le dije nada, se retiró y me dejó nuevamente solo con papá, mientras murmuraba palabras en voz baja que no alcancé a escuchar y tampoco me importaron.

—Tenés que estar tranquilo hijo, es una situación de mierda, pero estás en muy buenas manos, solo es cuestión de tiempo —dijo palmeándome el hombro.

—Viejo, tengo 20 años, ¿cómo me pedís eso? Claro que me preocupo, tengo muchas cosas por delante, compromisos que cumplir, y si no puedo ver, si no puedo hacer nada, todo lo que logré con años de preparación se esfumó de un momento a otro. Llamá al doctor por favor, necesito hablar con él, que me explique qué carajo es esto. —Me largué a llorar nuevamente y golpeé mi dolorida cabeza con las manos.

—Lo sé hijo, sos muy joven para pasar por esto, ojalá yo pudiera estar en tu lugar y evitarte tanto dolor. —Me sujetó de las manos para impedir que me siguiera golpeando—. Por tus compromisos no te preocupes, ya veremos cómo lo solucionamos, de eso me voy a encargar yo. Ahora hay que centrarse en tu recuperación, porque vamos a salir de esto, hijito de mi alma. —Escuché su respiración entrecortada cuando pronunció la última frase.

Aquellas palabras me reconfortaron, fueron mi cable a tierra. Él no es de esas personas que hablan mucho y dan consejos; pero conmigo era único, era lo más grande que tenía e imposible no quererlo. Me pidió paciencia y precisamente no la tenía.

Por la tarde, luego del horario de visitas, por fin me quedé solo con mamá y el doctor Ferreyra. Él me explicó que, debido al golpe, había tenido una lesión cerebral en la zona del lóbulo occipital, o sea en la nuca, y eso había provocado una ceguera temporal. Un coágulo estaba ejerciendo una presión craneal y bloqueaba la arteria retiniana. Debía hacerme exámenes y pruebas oftalmológicas y neurológicas. El objetivo era prevenir un posible ACV (Accidente Cerebrovascular). Entonces me recomendó tomar ciertos medicamentos, buena alimentación, no consumir alcohol, ejercicio regular (por lo menos treinta minutos al día), chequeos regulares y si llegara a notar algún cambio, por mínimo que pareciera, debía avisarle enseguida.

—Sos joven, llevás una vida sana, Rafael —me dijo—, todo indica que esto no va a pasar a mayores siempre y cuando cumplas con lo que te estoy indicando. Mientras tanto, vida normal. —«Como si fuera posible», pensé, y lo odié.

—¿Cuándo me va a dar de alta? —pregunté, porque ya no aguantaba estar ahí.

—Estoy esperando los resultados de las pruebas que te hicieron esta mañana y, si todo va como espero, mañana a la tarde ya te podés ir a tu casa. —Se despidió, me apretó el hombro y la puerta se cerró.

Le pedí a mamá que se fuera a descansar, necesitaba quedarme solo para asimilar toda la información que acababa de recibir. Eligió irse a la cafetería, aclarándome que solo se demoraría diez minutos. Me besó la frente y se fue. Por fin me quedé solo.

Capítulo 5

Cerré los ojos para que las puntadas dejaran de doler, en mi cabeza no paraba de dar vueltas la palabra “ciego”. Por más que me dijeran y me afirmaran que era temporal, era consciente de que no iba a poder hacer cosas básicas sin que alguien me ayudara. Las preguntas saltaron en mi mente. ¿Cómo me iba a afeitar? ¿Cómo iba a servir un café sin derramarlo? ¿Cómo caminaría sin chocar con algo o alguien? Ni hablar de manejar la camioneta. ¿Cómo iba a conocer a alguien? Dios, era un cambio demasiado grande. Tampoco quería depender de nadie, no me gustaba esa situación y me enojé muchísimo, me molesté, me sentí un inútil. De pronto, se me vino una idea a la cabeza, algo que me dio miedo pensar: ¿y si la ceguera se volvía permanente? Me agarré la cabeza, la masajeé; me dolía, debí de haber aceptado el calmante. Respiré hondo, suspiré con fuerza. Escuché que la puerta de la habitación se cerraba suavemente, percibí la presencia de alguien. Pude escuchar de cerca una respiración agitada. Era increíble cómo se agudizaba el oído, inclusive podía oler un rico perfume (de mujer). Pregunté quién era pero no conseguí respuesta, volví a hacerlo y no me respondió, nuevamente escuché la puerta: intuí que me había dejado solo.

Mamá entró a la habitación con la enfermera, les pregunté si habían visto a alguien por el pasillo pero me aseguraron que no había nadie y que solo ellas estaban por ahí hasta que entraron. Hubiese jurado que alguien había estado conmigo veinte segundos antes. La enfermera me dio la noticia de que podía comenzar a levantarme, muy despacio, para evitar los mareos. Aproveché la buena nueva y le pedí a mamá que me guíe hasta el baño.

Una vez dentro, volví a sentir el perfume del intruso. Estaba ahí. En ese espacio reducido no se iba a poder escapar. A pesar de todo, seguía siendo demasiado coqueto y orgulloso como para orinar delante de otra persona. Por lo que tanteé la pared y me acerqué al inodoro, bajé la tapa, me senté y le advertí:

—Si no me decís ya mismo quién sos y que querés conmigo, te juro que te hago sacar con la seguridad del sanatorio y te denuncio por acoso. —¿De dónde salía tanta valentía? No podía hacer nada para defenderme, pero traté de sonar convincente. Y sospeché que el intruso era en realidad una intrusa.

—No lo hagas por favor —me suplicó una hermosa voz de mujer que sonaba insegura—. Rafael, desde que ingresaste inconsciente que quiero saber cómo estas.

—¿Quién sos? ¿Y por qué no preguntaste en recepción o buscaste a algún conocido mío? ¿Por qué te escondés? —hablábamos los dos en un tono muy bajo.

—Porque tenía miedo de que pensaran que te busqué por interés.

—Ajá, ¿cuál es tu nombre? —volví a preguntarle—. Porque por lo que entiendo ya sabés cosas de mí. Necesito más información. —Comencé a marearme un poco y a sentirme débil, aunque intenté parecer firme.

—Soy Martina Piaf, nos conocemos, o por lo menos ya nos hemos cruzado en algunas ocasiones.

Se escuchó un golpeteo en la puerta del baño y a mamá que preguntaba si estaba todo bien; le respondí que sí y que salía en un momento.

Me levanté y con el envión sentí una puntada en la cabeza que me hizo tambalear y me volví a sentar (debía controlar los impulsos). Enseguida sentí unas manos calientes y pequeñas que se aferraron a mis brazos y me sostuvieron. Le confirmé con una media sonrisa que estaba todo bien y percibí su respiración cerca de mi cara, a centímetros, y un escalofrío me recorrió por el cuerpo. ¿Qué era aquella sensación? De pronto estaba más vulnerable. Me soltó y no sé por qué pero le dije que esperara sin hacer ruido, que le iba a avisar cuando pudiera salir.

· · ·

En la habitación, mamá no paraba de hablar. No se agotaba su verborragia. Las palabras le surgían con mucha facilidad; la imaginé acompañando el discurso con todo su cuerpo, moviendo manos, haciendo gestos con la cara y en ocasiones hasta agitando las piernas. La señora Susana Ricci era de una energía inagotable, algo muy digno de ver, pero ese no era el caso. No presté atención a lo que me contaba, solo tenía cabeza para la intrusa, ahora con nombre, Martina, que se encontraba escondida en el baño.

No sé por qué la oculté, pero me divertía saber que alguien misterioso estaba asustado en el baño de mi habitación del sanatorio.

Le sonó a mamá el celular y la musiquita me perforó el cerebro. Era la tía Blanquita. Mamá me dio un beso en la frente y salió al pasillo para contestar la llamada. Tenía como media hora o quizás más, porque cuando ellas se ponían a charlar no paraban hasta agotar los temas de conversación, y el tema de hoy, seguro, era yo.

Llamé por el nombre a la chica misteriosa y pronunciarlo me gustó. La puerta del baño se abrió. Al instante, percibí el colchón hundirse cerca de mis piernas. Permanecimos callados unos largos segundos, supuse que me estaba mirando, me sentía nervioso, no entendía qué sucedía. Quizás aquella mujer era una loca con un cuchillo y quería clavarlo en mi estómago. Total, no podría reconocerla. Sería perfecto, no había testigos. Estaba dispuesto a romper el hielo y sacarme las dudas.

—¿De dónde me conocés? —pregunté sintiéndome un poco vulnerable.

—Todos en Córdoba te conocemos, Rafael. Es más, creo que el país entero también te conoce, sos un gran jugador de básquet. —Era verdad, me sentí como un tonto.

—¿Por qué estás acá? Me dijiste que nos cruzamos un par de veces, ¿por qué no recuerdo tu nombre?, soy muy bueno con los nombres.

—Estoy acá porque me preocupé por tu accidente. En realidad, hace años que te conozco, pero nunca me acerqué a hablarte. Nos vimos un par de veces en los partidos, pero no tuvimos la oportunidad de hablar. Disculpame por todo esto, pero tenía que saber si estabas bien. Ahora me tengo que ir.

—¡Qué! ¡No! Esperá, no te vayas. —Lo que me faltaba, le estaba suplicando a una extraña.

—Ya estuve mucho tiempo acá y tenés que descansar —me dijo en tono conciliador.