Lo que pasó - Jesús Vicente Aguirre - E-Book

Lo que pasó E-Book

Jesús Vicente Aguirre

0,0

Beschreibung

Lo que pasó es una novela que sintetiza en una historia, como solo la ficción permite hacer, todo aquello que se sigue negando que ocurrió durante y después de la Guerra Civil española: la represión, la venganza y el terror que impusieron los vencedores. Lo que pasó es la historia de una saca agosteña de 1936. Y sus circunstancias. Las de antes y las de después. Circunstancias, llenas de vida y no solo de muerte, que brincan con sus protagonistas por el tiempo y van dejando un rastro imborrable de aquello que nos mantiene en pie: el amor, la pasión, el compromiso… Lo que pasó es una novela que tiene la voluntad de acercar a todos los públicos un trocito de aquella historia para mostrárnosla al completo. Una historia conformada por muchas historias que nos siguen escalofriando cuando pensamos en los miles de habitantes de aquella España —muchos de ellos aún sin identificar— siguen enterrados en fosas comunes, muchas de ellas sin localizar. Lo que pasó sucede en un pueblo sin nombre, tan real e inexistente como el que la narración describe. Podría ser cualquiera de los que se encuentran entre Arnedo, Calahorra y Logroño. Pero lo mismo pudo haber sucedido en cualquier pueblo de la retaguardia sometida por el franquismo: Navarra, Galicia, Soria, Valladolid y otras zonas de Castilla, Andalucía o Aragón. Allá donde tras la sublevación no hubo frente, ni trincheras. Solo sacas y cunetas.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 280

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Lo que pasó

 

 

Pepitas de calabaza s. l.Apartado de correos n.0 4026080 Logroño (La Rioja, Spain)[email protected]

© Jesús Vicente Aguirre González, 2019

© De la presente edición, Pepitas ed.

Grafismo: Julián Lacalle

ISBN: 978-84-18998-80-5

Producción del ePub: booqlab

Primera edición, febrero de 2019

JESÚS VICENTE AGUIRRE

Lo que pasó

primera parte

dentro, el otoño

logroño, 1964.20 de diciembre, domingo

RECUPERÉ LOS PAPELES DE Pepe gracias a la muerte de mi mujer. O quizá debiera escribir, con más exactitud, desgracias a la muerte de mi mujer. Elsa se fue en octubre, al final de una tarde apacible que desembocó en tormenta. Lo recuerdo muy bien, porque el agua y los truenos lejanos sonaban a veces como el Verano de Vivaldi que tanto nos gustaba escuchar. Recuerdo más aquella mezcla de sonidos y compases imaginarios que la propia fecha de su partida. Que tampoco puedo borrar. Y sé que ya nada será igual que antes. Aunque tampoco mucho peor. No teníamos gran cosa: un duro pasado del que hablábamos poco, un presente oscuro que nos ahogaba y ningún futuro en el que mirarnos.

Puede que exagere un poco. Es verdad que no estoy en el mejor momento de mi vida. Esta Navidad y su ausencia, envueltas en los veinticinco años de paz, pueden acabar con cualquiera.

Además —no lo he dicho antes porque sabía que sangraría la misma máquina de escribir—, no tengo a nadie con quien celebrarla. No tengo padres. No tengo suegros, ni hermanos. No tuvimos hijos. Y ahí se quedó la sangre perdida de Elsa, un aborto. Luego la fueron vaciando poco a poco, de año en año, y la soledad y aquel desgarro, los dos males que la roían por dentro, acabaron con ella.

A pesar de eso, y de lo que pasó en la guerra, en esta tierra nuestra donde no hubo guerra, y de morirme cada vez que cerraba los ojos y me lanzaba al asalto de una trinchera que siempre era la misma, alguna vez fuimos felices. Juro por Dios y por la memoria de Elsa que en estos malditos veinticinco años de paz alguna vez fuimos felices. Incluso a pesar de… Aunque eso no os lo puedo contar todavía. Elsa lo supo y ella me perdonó.

De momento, solo iré escribiendo y cosiendo algunos de mis recuerdos a los papeles de Pepe, según los voy ordenando. Hay recortes de periódico, artículos, dibujos —dibujaba muy bien—, fotos, cartas y muchas notas escritas a máquina o a mano que pasaré, lo que pueda, como apuntes o relatos de José Valverde, de Pepe. Los encontré hace unos días cuando guardaba cosas de Elsa en el cuarto de los trastos, la habitación que alguna vez soñamos dedicar al hijo que no tuvimos y del que solo nos quedó, borroso y abortado también, el nombre con el que pensábamos llamarlo: Pablo.

—Como Pablo Iglesias —dijo Elsa. Y no hubo más que hablar.

Recuerdo aquel día… El tren se apuraba para salir. Sudaba y silbaba. Esa mañana, la del martes 14 de julio de 1936, La Rioja informaba en primera página del asesinato de Calvo Sotelo, «en circunstancias muy extrañas», decía el periódico. Pepe y yo tomábamos un último café en la cantina de la estación.

—Esa es la respuesta al asesinato del teniente Castillo —comentó Pepe. Y yo estuve de acuerdo. Hablamos de la situación, de la violencia callejera, de los militarotes que andaban revueltos… No podía disimular mi inquietud.

—Volveré pronto, no te preocupes —repetía Pepe una y otra vez. Y que me cuidara mucho, que me llamaría por teléfono en cuanto pudiera, pronto en todo caso. Y que no dejara muy sola a Elsa hasta su vuelta.

Yo le preguntaba:

—Y Elsa, ¿no viene a despedirte?

No me contestó. Elsa lloraba después, mucho tiempo después, cuando me contaba que habían decidido no decirse adiós.

—Volveré —le había dicho él.

—Te estaré esperando —dijo ella.

Pero ella, Elsa, que todo lo veía venir, tuvo un mal presentimiento. Quizá por eso no lloró cuando supo, ya muy avanzado el segundo año triunfal, que a Pepe lo buscó una bala en Madrid en noviembre del 36 defendiendo la Ciudad Universitaria de los ataques del ejército sublevado.

apuntes de josé valverde.arnedo, septiembre 1934

NADIE ME ESPERABA AL bajar del autobús. ¿Quién me iba a esperar, si ni conozco a nadie, ni nadie me conoce a mí? Antes de buscar la pensión que anoté en Madrid, Hotel Comercio, he querido acercarme a la plaza. No he preguntado a nadie. Todo está muy cerca.

Arnedo. Estoy en Arnedo, bajo los soportales de la plaza de la República. Me he apoyado en ellos y he querido ver las banderas rojas al viento acompañando los féretros de los muertos, rodeados a su vez por cientos de hombres y mujeres. Miradas, sollozos y silencios, tal como mostraban los periódicos y revistas de Madrid aquella primera semana de enero de 1932.

Once muertos finalmente, que yo veo ahora, y primero de todo, tirados ahí, delante de mí, en medio de la plaza. Voy hacia ellos y, desde donde yo estoy, los guardias civiles escupen muerte por la boca de sus fusiles…

—Señor…

—Perdón —y me aparto para dejar pasar a una chiquilla que conduce una caballería llevándola del ramal. Le pregunto por la pensión.

—Mire, allí a la vuelta, donde la puerta Munillo. Pregunte usted por la señora Angelines.

Me había equivocado. No es una chiquilla. Instintivamente quiero volver a ver su rostro.

—Oiga —le digo, sin saber muy bien qué preguntarle. Pero no me ha oído y se pierde por una esquina de la plaza.

El Hotel Comercio («10 habitaciones. Trato familiar», proclama un cartel a la entrada) hace gala a su nombre y durante la cena he podido charlar con dos viajantes llegados desde dos extremos del país. Uno viene de Barcelona, Jaume; el otro se llama Pascual y es gallego, de La Coruña. Ellos se conocen de otras ocasiones, de otros viajes en busca de ventas o de género. Calzado, zapatillas, paños y tejidos, por lo que también se mueven por otros pueblos de la provincia, Soto y Munilla especialmente, según me cuentan. Y entre plato y plato, no me ha sido difícil saber su opinión sobre la situación de Arnedo y, de paso, de toda España.

Coinciden los dos en que hace falta una mano todavía más dura que enderece el timón de la República. Que sobran huelgas y manifestaciones y que, si ha ganado la ceda, subraya el gallego frotando enérgicamente las gafas, pues que gobierne Gil Robles. El catalán suaviza algo sus opiniones, pero en la dirección que le marca el bolsillo:

—Yo no cuestiono —señala enfáticamente—, el derecho de los obreros a la huelga; pero sí —añade— el libertinaje de la huelga que vemos por todas partes. Lo que yo podría contarles de lo que ocurre, de lo que ha ocurrido siempre en Cataluña…

Pero no lo cuenta. Casi mejor: no sé si íbamos a estar muy de acuerdo. De Arnedo comentan lo que ya sé: un pueblo entre agrícola e industrial que intenta salir adelante, con un comercio que busca su sitio después de lo ocurrido. ¿Los sucesos?, lo que pasó, pasado está. Ahora se trata de trabajar, y todos juntos.

—Y de disfrutar —añade el gallego—, que la semana que viene son fiestas aquí.

Antes de acostarme, he dado una vuelta por los alrededores de la plaza. No hace mucho calor, pero la gente se echa encima cualquier cosa y se sientan en grupos delante de las casas. Respiro el aire de la noche, envuelto en los murmullos de sus conversaciones y risas. Luego entro en un bar y pido un anís, que es lo que suelo tomar las pocas veces que me arrimo a un mostrador. Al menos es dulce.

—¿De dónde viene?

—De Madrid —le digo.

—Qué, ¿a las fiestas?

—Sí —contesto.

Madrugo, como hago siempre. En el desayuno pruebo una especie de pasta o pastel que hacen aquí y que llaman fardelejo. En la panadería de la esquina venden los periódicos. Vienen de la capital y no han llegado todavía. Me acerco al ayuntamiento. Entro en una oficina y pregunto por el alcalde. El secretario, supongo, levanta la vista de los papeles que ahogan la mesa y me dice muy correctamente que suele llegar a su despacho a las 11, que está un ratito y luego se marcha otra vez a sus asuntos. A veces se toman un café. Hoy vendrá sin falta porque tiene que firmar algunos documentos oficiales.

—Y porque ha quedado conmigo —me atrevo a indicarle. Mira sus notas.

—Sí, señor; usted es… José Valverde Ortega.

—Exactamente.

—Periodista —añade.

—Así es.

—Pues en diez minutos lo tiene aquí.

Por lo que yo sé, Juan Pascual, el alcalde, es calderero, aunque no sé muy bien en qué consiste o en qué se concreta ese oficio. Lleva en el cargo solo unos meses. Lo que más me interesa, interés compartido con el director de la revista, es saber cómo vive ahora Arnedo tras los sucesos del 32. Y de eso tenemos que hablar. Y del presente industrial y social. Veremos.

Al cuarto de hora aparece. Se quita la boina y me da la mano con efusividad. Observo que cojea un poco. Parece un hombre afable y calculo que andará por los sesenta años. Él se sienta primero, bajo el retrato del presidente Alcalá Zamora, y me indica que puedo hacerlo yo también. Me mira atentamente mientras me saluda y pregunta:

—Así que usted se llama José Valverde.

—Exactamente, señor alcalde.

¿No tendrá usted relación con Valverde? Es un barrio de Cervera, un pueblo cercano, no sé si usted lo conoce.

—No, Valverde no, pero de Cervera algo he leído al preparar el viaje.

El alcalde sigue preguntando y me cuesta reconducir la charla de forma discreta para ser yo quien haga las preguntas. La primera es muy general. Quiero saber cómo ha encontrado al pueblo tras hacerse con la alcaldía este mismo verano.

—Bueno, verá usted… Este pueblo tiene mucho que aportar. No vamos a olvidar lo que pasó, pero necesitamos seguir adelante. Y no es fácil… Están las familias, las investigaciones y los juicios pendientes. Hay mucho dolor por aquí, y no falta quien piensa en la venganza o en la revancha. Y las empresas no saben muy bien a qué atenerse. Y en medio, el ayuntamiento, que habla con todos y recibe broncas de todos. Qué le voy a contar.

Y me cuenta.

Después de casi dos horas, el alcalde se levanta.

—Vamos al Brillante. A ver si nos dan un vermú.

En la misma plaza del Ayuntamiento, bueno, de la República, hay algunos comercios. Uno es de telas y mercería. Recuerdo que necesito hilo y aguja para coser un par de botones.

—Solo es un momento, señor alcalde.

Entro en la tienda. Junto a la caja, un señor alto y con gafas, el dueño seguramente, consulta un cuaderno. Un empleado con bata azul atiende a dos señoras en el mostrador principal. Y al fondo, está ella. Envuelve alguna cosa.

—Hombre —me sale así—, mira por dónde te vuelvo a ver.

—¿Sí? —No es una pregunta, sino dos ojazos que me miran divertidos—. ¿Cuándo nos hemos visto antes?

Se la ve suelta. Y es guapa.

—Te vi ayer, ahí afuera, en la plaza. Llevabas un burro.

—Un mulo, a ver si nos enteramos. Y me preguntó usted por la pensión Comercio.

—Sí, señora…

—Señorita, si no le importa. —Suelta del todo, respondona incluso, me digo, pero simpática.

—Cómo me va a importar. Estoy encantado de que así sea.

—Ya, ¿y?…

Sonrío, también divertido. Y recuerdo mi tarea.

—Bueno, quería hilo y aguja para coser unos botones.

—Vaya, un señorito hacendoso. Veamos qué tengo.

El Brillante es el bar donde tomé algo anoche. Es más grande de lo que recordaba y con unos amplios ventanales que nos muestran, como si se tratara de una película costumbrista, las idas y venidas de los arnedanos que circulan por la plaza contigua. El alcalde sigue contándome historias que ahora voy anotando en la cabeza. Saluda a otros parroquianos y alguno se nos acerca. Cirilo Bretón nos invita. Es concejal.

—Nos rompieron el pueblo. Aquellas balas nos rompieron el pueblo. Y lo tenemos que recomponer.

La conversación navega luego sobre los preparativos de las fiestas de San Cosme y San Damián, que serán la semana que viene. El alcalde me pregunta si conozco las cuevas de Arnedo, donde aún vive mucha gente, y se ofrece a acompañarme. Él mismo tiene en una de ellas su taller de calderería. Ahora ya sé que lo suyo es hacer calderos, sartenes de hierro, parrillas y, entre otras cosas, un cacharro para la lumbre que llaman trespiés. También arregla todos esos utensilios en Arnedo y en los pueblos vecinos.

El alcalde le recuerda a Bretón que debe devolverle la vara municipal que, al parecer, tiene en su casa.

—Aquí las fiestas son con vara, traje y corbata —me explica.

—Y medallas —le recuerda Bretón.

—¿Qué medallas? —pregunto, más que otra cosa por preguntar.

—Ah, claro, que el alcalde no te lo habrá contado…

—Bueno, tampoco es algo del otro mundo —tercia el propio alcalde.

—Del otro mundo no, de Filipinas. —Cirilo Bretón, los amigos le llaman Bretón, se me acerca para dar más importancia a su información—. Aquí donde lo ves, al soldado Juan Pascual Salcedo, herido en la guerra de Filipinas, le concedieron dos medallas. Y no creas, hay que insistir mucho para que se las ponga.

—Bueno —dice el alcalde volviendo a su parsimoniosa humildad—, aquello pasó… y mejor hubiera sido no haber visto morir a tantos compañeros.

Sigue la conversación, de Filipinas a las fiestas, el tiempo, las labores del campo, la huelga de junio, el calzado y los saludos de rigor a la gente que se va integrando en el grupo.

—Aquí un periodista de Madrid, José. ¿Te podemos llamar Pepe?

Buena gente, pienso. ¿Y este alcalde? Tendré que ampliar el cuestionario. Pasear por las cuevas y ver si cabe lo de Filipinas. También tengo que hablar con los alcaldes anteriores a mi nuevo amigo Pascual Salcedo.

relato de josé valverde. filipinas.julio 1896 - abril 1897

ERAN MARCHAS ETERNAS. Por aquella geografía ni los carabaos podían acarrear los obuses del quince. Los cargadores chinos se ataban a las mismas cuerdas con las que controlaban los carros. A veces hasta los artilleros se veían obligados a transportar las piezas con sus propias manos. Y el calor, y la sed…

Un camino inverosímil, un teniente mudo y unos compañeros que, de repente, ya no contaban chistes. Ni siquiera sabían hablar. Cuando entendieron que habían alcanzado el objetivo, algunos se tiraron al suelo, otros se dejaron caer simplemente. Ni la corneta del hambre los hubiera levantado.

Ezpeleta tenía la mirada perdida.

—Juan —le dijo—, ¿te queda agua?

A Pascual Salcedo le extrañó que lo llamara por su nombre. Entre ellos, y para todos, eran el Navarro y el Riojano. Uno Ezpeleta, el otro Pascual Salcedo. Juan de común denominador.

—Nada, Navarro, ni una gota.

Los dos habían embarcado en Barcelona el 18 de julio del año anterior, 1896, en el Isla de Panay, con destino a Filipinas. Eran parte del ejército colonial en una tierra exótica y lejana, de la que Juan Pascual sabía algo por sus lecturas de los periódicos. Muy poco realmente, apenas más allá de las noticias sobre José Rizal, que aparecían de vez en cuando y del que sabía que era médico, escritor y defensor de los derechos de los indígenas filipinos. Cuba era otra cosa: las trochas, el paludismo, las victorias, las derrotas y la muerte llenaban cada día todos los diarios del país. Así que Pascual Salcedo, el Navarro y los demás compañeros de embarque no esperaban encontrarse en medio de una guerra que los tagalos filipinos habían decidido declarar a España y a su Ejército. A ellos también. Con todo lo que habían celebrado, dentro de la desgracia, que su destino fuera Filipinas y no Cuba…

Pero en Filipinas los alcanzó, a los pocos días de la llegada del Isla de Panay, el levantamiento de Andrés Bonifacio, jefe del Katipunan, una sociedad secreta con nombre feroz, que se rebelaba contra España en la ciudad de Manila e intentaba hacerse con el fuerte de San Juan del Monte. Juan Pascual resultó herido a mediados de noviembre en los combates de Santa Cruz. La artillería tagala era casi artesanal, pero las esquirlas de sus proyectiles también hacían daño.

Solo estuvo una semana en el hospital. Ezpeleta lo visitaba y hablaban de la guerra y, sobre todo, de sus cosas. Pascual Salcedo, de su pueblo, de la huerta y los calderos. Un mundo que comenzaba en Arnedo y terminaba en la capital, Logroño, adonde solo había viajado tres o cuatro veces. Luego el Ejército, los cuarteles, Pamplona, Barcelona, el canal de Suez, los bares y cervecerías de la Escolta, los ojos de las tagalas, que reflejaban, según y cuándo, los rostros de las que se habían quedado esperando; los rumores, el acuartelamiento por si acaso, la corneta sonando a guerra. Y la muerte, siempre la muerte. Como la de Rizal al que, acusado de sedición, fusilaron en Manila en diciembre de aquel año. En los periódicos se discutía si el médico filipino era el jefe de la sublevación. El instigador, decían otros. Los menos defendían que solo se trataba de un intelectual ilustrado que reivindicaba una mayor autonomía de las islas, y que aquello no presagiaba nada bueno… Qué podían saber los soldados, aparte de obedecer y marchar.

Ezpeleta venía directamente de Sartaguda, un pueblo de la ribera navarra en el que el Ebro regaba las tierras de sus padres. Era un chico alto y fuerte, con unas manos infinitas. De mucho y buen comer. Lo suyo era el campo, pero había ido a la escuela hasta los catorce años y algo sabía de cuentas y de la vida. Su familia era religiosa, «pero no somos carlistas», afinaba el Navarro, al que le sobraba tanta guerra pasada y presente.

Descansaron. Agua por fin, rancho y limpieza de las piezas. Desiderio, de Mallén, escribía en un cuaderno que por la noche leía a los compañeros: «31 de marzo de 1897. Dos Bocas, provincia de Cavite, Filipinas. Después de rebajar los humos de los taos que ya perdieron Imus, hoy les hemos dado en el Malabón de San Francisco y mañana nos toca escribir la toma de Noveleta. Los chinos se han portado. Solís, también. Si no es por él, disparamos mañana con las piedras del camino. Bien por Ezpeleta y su jota, que recogemos aquí para la posteridad: “Bien te lo montas Lachambre, si no fuera por la día, y el cansancio, sueño y hambre, que sufre la artillería”».

Llamaban día a la diarrea.

En aquel cuaderno siempre había protagonistas de episodios, o chistes reales o imaginados con los que el aragonés daba por cerrado el día, esta vez en su acepción temporal. Todos reían las gracias y hasta le aplaudían. Esa noche, Solís, que era un mocetón cuadrado del que contaban que trabajaba de forzudo en un circo, el que más. Ezpeleta, tan de buen comer como mejor cantar, tuvo que repetir la jota. Luego se fue apagando la noche del improvisado campamento, sacudido únicamente por los gritos de los centinelas.

Al día siguiente, Lachambre lanzaba sus tropas hacia Noveleta. La resistencia tagala saltaba por los aires con las granadas y metralla que escupían las piezas de su artillería de campaña. En uno de los contraataques, los filipinos llegaron al cuerpo a cuerpo con los artilleros. Y, por segunda vez, Juan Pascual Salcedo resultó herido.

Cuando a los quince días dejó la enfermería, el ejército había tomado Cavite y pacificado toda la provincia. O casi. Fue Ezpeleta quien lo reemplazó en el hospital. Tenía el vómito que llamaban negro y que otros conocían simplemente como fiebre amarilla.

A finales de mayo, mientras Fernando Primo de Rivera sustituía a Polavieja en la capitanía general, Ezpeleta seguía en el hospital. Pascual lo visitó con una cruz colgada sobre el pecho. Correspondía a los combates en Santa Cruz del año anterior. «Se repartieron muchas medallas», comentó, como rebajando heroicidades. Y era cierto. Los boletines premiaban y apuntalaban el empuje de los soldados, sobre todo de los cazadores que se lanzaban sobre las trincheras de los tagalos abrazados a sus bayonetas, y de aquellos que resultaban heridos en acción. También de los artilleros que se habían distinguido por su empuje y coraje, decía el documento.

Pascual encontró a su amigo animado, esperando curarse, regresar a España y seguir con sus tierras junto al Ebro y con aquella chiquita morena que le había prometido darle el sí definitivo a la vuelta de Filipinas. De todo eso hablaba con alguna dificultad, mientras él le contaba las novedades y chascarrillos de la vida cuartelera, procurando aparentar una tranquilidad que no sentía, al ver en qué se iba quedando su amigo, con el rostro y los brazos amarillos y demacrados.

—Ya verás cuando volvamos, cómo lo vamos a celebrar. Pamplona se va a quedar estrecha para nosotros. —Y los dos sonreían, cada cual como podía.

A finales de septiembre, Juan Pascual Salcedo recibió una segunda medalla por su valor en combate y por las heridas sufridas en la toma de Noveleta el 1 de abril. Para entonces ya había regresado a España. Había embarcado con Ezpeleta y los supervivientes de la compañía a mediados de junio de aquel mismo año, 1897, pero el Navarro no llegó a Barcelona. Se fundió con el agua del mar, poco después de atravesar el canal de Suez. Aquel día fueron dos los cadáveres que vomitó el barco, los dos navarros.

—Juan Ezpeleta Gil… Rufino Roldán Beitia…

Las olas acabaron por tragarse los nombres, la pólvora de los fusiles y los gritos de rigor. Alguien se arrancó con una jota que Desiderio apuntó en su cuaderno, que ya no leía a los compañeros.

Juan tuvo cuatro meses de licencia antes de volver a Pamplona, donde acabó sus obligaciones militares en mayo de 1899. Para entonces, ya había viajado desde Arnedo a Sartaguda para conocer a la familia del Navarro. Y a Juanita, la novia de Ezpeleta, a quien pudo darle en mano los tesoros que le confió su amigo: su propia foto primero, un tanto ajada por el uso y con aquella dedicatoria donde se hablaba de amor y compromiso, una pulsera filipina y una carta final que le dictó su amigo, con la voz tan queda y la cabeza tan fuera de este mundo que tuvo que interpretar o simplemente inventar casi todo el contenido. Pero al final sí aparecía la firma torcida y borrosa de Juan Ezpeleta.

Fue un día triste, pero memorable. Desde aquella fecha, Pascual tuvo una segunda familia en la otra orilla del Ebro.

apuntes de josé valverde.arnedo, septiembre 1934

ME HA RESULTADO MUY difícil hacerle hablar a José María Fernández Velilla, que fue el primer alcalde de la República en Arnedo y estaba en el cargo cuando los sucesos de 1932. No quería hablar de eso ni de nada, y solo los buenos oficios de mi nuevo amigo y actual alcalde Juan Pascual han conseguido que al menos nos hayamos tomado un café largo, trufado de vagas disculpas, sobre su papel en aquellos hechos y en las negociaciones anteriores. Repite al menos dos veces una frase que, por lo que he podido entender, él la ha hecho tan suya como la frase lo hizo con él: «A mí también me mataron aquel día».

Más fácil resulta la conversación con el alcalde que lo sustituyó aquel mismo año de 1932. A Julián Hernández González le tocó gestionar el dolor, la ira y las ayudas económicas que llegaban de toda España «para los mártires de Arnedo». Ha dejado el cargo solo unos meses antes, me confiesa, porque no podía aguantar más algunas de las proclamas y la intolerancia, a su juicio, de quien las exigía y lanzaba a los cuatro vientos. «Así no vamos a ninguna parte», confiesa, y Juan Pascual, testigo de la conversación, matiza: «Es que nada ha sido fácil…».

El alcalde y Bretón me guían por las cuevas de Arnedo. Es increíble. Más aún, inimaginable. Sin embargo, es un tipo de habitáculo que se repite, me cuentan, en otros pueblos del valle del Cidacos, aunque en ninguno alcanza este volumen de construcción y de residentes. Es como un escenario fantasmal, horadado en el anfiteatro enorme que rodea, contempla y abraza a todo el pueblo, aunque dicho así suena demasiado poético para la realidad que alberga. Cientos de personas viven en cuevas, antiguas o modernas, excavadas con sus propios medios, en lugares difíciles para carros e inaccesibles para camionetas. Así que los burros, propios o ajenos, son los encargados de acercar los suministros o el agua, que aquí no hay. O vas a por ella, o te la traen y te la cobran los aguadores, que son dos hermanos con un burro y cuatro tinajas.

El anfiteatro comienza bajo el castillo y continúa sobre las iglesias de Santa Eulalia y de San Cosme, debajo de la peña que llaman de Logroño, para llegar al Calvario y finalmente a Santa Marina. En algunos lugares se agrupan los seroneros, que hacen serones y albardas para las caballerías, o los cañiceros, que trabajan, como también dice su nombre, con cañas.

Un camino zigzagueante va dibujando hasta tres pisos de cuevas bajo el castillo. Unas barandillas hechas de alambre protegen las veredas y sirven para colgar la ropa. Algunas cuevas tienen la cocina en la entrada, cubierta por un tejadillo y en ocasiones totalmente cerrada, como una habitación exterior. Dentro hay dos, tres o cuatro espacios, según las necesidades o el esfuerzo desarrollado.

—Depende de la lluvia —me dice el alcalde—. Aquí, cuando llueve, los jornaleros o albañiles que no pueden ir al tajo aprovechan para seguir excavando.

Hay cuevas antiguas y otras que se han ido construyendo después, incluso en estos años. Ezequiel está sentado a la puerta de la suya. Vive con su mujer, el hijo, la nuera y dos nietos. Nos cuenta que antes de casarse fue al ayuntamiento y pidió permiso para hacerse una cueva. Le dijeron que sí, y se vino con algunos amigos y familiares para cavar sobre la roca arenisca y dar forma a su propio palacio… Empezaron con una habitación, irregular, como todas, encalada, como todas: una forma de lucir el espacio y evitar la caída de la arena rebelde. Después, cuando no había trabajo fuera, a darle al pico. Así tiene una vivienda con la cocina en el exterior, una entrada y tres habitaciones, y ahora está acomodando un nuevo espacio para criar unas gallinas que han comprado los hijos. Con Ezequiel también hablamos de guerras. Él sobrevivió a la de Cuba.

He visto otras cuevas. Una era realmente un pasillo con habitaciones a los lados y al final una cuadra para el burro, que de esta forma se convertía prácticamente en el rey del hogar. Lo normal es que los animales estén cerca de la calle, es un decir, y cuando es posible en un compartimento propio que los encierra y protege al mismo tiempo. Hay quien, además, o en vez del borrico, tiene un lechón o conejos o gallinas. Pero la mayor parte solo poseen algunos muebles, las camas y los utensilios de cocina que humanizan el espacio. Y niños, muchos niños. Ahora llegan de la escuela los nietos de Ezequiel y se junta un tropel de chavales que suben a la cueva grande que llaman la Campana, donde tienen algo de espacio para sus juegos, o simplemente para estar.

Diferente pero curioso es lo que me cuentan de la cueva de los Cien Pilares, un montón de galerías subterráneas que no están habitadas. Y que no hemos podido ver. «Otro día venimos», me dice el alcalde.

Han sido casi tres horas de subir y bajar que me han dejado más roto que cansado, por dentro y por fuera. Pero la gente sonríe y parece feliz. Y tienen su casa…

Esta tarde he podido hablar con Teófilo Montiel, que resultó herido en los sucesos del 32. Es más joven que yo, aunque parece mayor, y ya tiene todo un historial de lucha sindical. Es operador de cine, carpintero y secretario de la ugt de Arnedo (sindicato a cuya federación madrileña yo pertenezco). Pasamos revista a todo lo sucedido en el pueblo, las elecciones del 31, los despidos, la huelga victoriosa, el desfile y las banderas, los tricornios, la tragedia final. Mañana por la mañana he quedado con otros testigos. Claro que antes podría hablarlo con ella también. Está en la mercería atendiendo a una mujer. Espero a que se quede libre.

—Hola —le digo, y no puedo remediar una sonrisa divertida.

—Hola —contesta sin mirarme—. ¿Ya lo has cosido todo?

—Bueno, casi… Para acabarlo todo tendrías que ayudarme.

Ahora sí, me mira igualmente divertida. No contesta y vuelve a lo suyo.

—Escucha, quería pedirte otra cosa. Pero aún no sé tu nombre, ¿me lo puedes decir?

—Elsa.

—Elsa, muy bonito. Encantado. —Se ha vuelto para dejar alguna cosa en el armario que tiene detrás y no puedo darle la mano.

—Yo me llamo José; Pepe para los amigos.

—Encantada José… Bueno, Pepe es más sencillo. —Y ahora es ella la que me da la mano, sin exagerar pero con fuerza.

—Elsa, ¿podrías ayudarme? Mira, soy periodista y ando buscando opiniones y recuerdos de gente de Arnedo. Si pudieras, espero a que salgas y hablamos.

—¿Y de qué puedo informarte yo?

—De lo que pasó en enero de 1932.

—De eso no quiero hablar.

Pero habla.

Elsa lo vivió todo, y casi casi lo murió también. Porque Antonia, que era su amiga, se encontró con una bala en la pierna. Elsa tuvo más suerte, allí en medio de la plaza, muy cerquita de Micaela, a la que vio caer con su pequeño Manuel para no levantarse más. Se sintió agarrotada, como si estuviera en el cine viendo una película de terror de la que no puedes escapar. Pero debieron de ser solo unos segundos. Luego echó a correr y salió por la calle Santa Clara, apretujada junto a otros que huían también. Y se oían los chillos y los ayes, como antes habían oído los tiros, y antes aún los gritos y cánticos de júbilo. Y luego supo que habían herido también a Teófilo y a Consuelo, y a otros más. Y que habían muerto Lucía y Marcelina. Y otros más. Hasta once murieron ese día o los siguientes.

Y vinieron gentes de Logroño, de Bilbao, de Madrid. Y sobre la plaza, que olía a flores y a muerto, ondearon banderas e himnos. Y el mundo se hizo pequeño y Arnedo era su plaza mayor.

Así me lo cuenta. De un tirón y sin llorar. «Ya he llorado bastante», me dice.

—¿Y ahora qué? —le pregunto, para ver por dónde sale.

—Pues ahora, aquí… —Y le pueden los recuerdos y la rabia contenida—. Sobreviviendo como podemos, aguantando a tanto miserable que da y quita trabajo, y cuando le parece hasta la vida.

Acaba la gaseosa que está tomando, se levanta y me dice que la esperan las amigas. Una de ellas, Antonia, ahora ya lo sé, es Antonia Pérez, que fue herida en aquellos sucesos y a la que veré mañana en el ayuntamiento.

—Si quieres, vienes conmigo y así la conoces. Bueno, y a las demás también.

—No sé, no sé —lo digo con cierta sorna—, si ya tengo bastante contigo…

—No te preocupes, que no muerden, y a lo mejor alguna te gusta.

—Pues igual ya es un poco tarde para eso. —Y esta vez soy yo quien echa la ironía a volar mientras la miro a los ojos. Ella se ríe y no dice nada.

Han quedado en la fuente, porque alguna aprovecha para llenar el cántaro que luego deja en casa mientras siguen paseando y hablando de las fiestas, de los pretendientes y de los novios que vienen o van. Todas saben ya que hay un periodista en el pueblo. De Madrid, lo que también es objeto de su curiosidad. No tardo mucho en dejarlas, con la disculpa de que tengo papeles que ordenar, y con la seguridad de que ellas tienen que hablar de sus cosas, quizá también de este muchacho que viene de Madrid. No es mal parecido, seguramente dirá alguna, y tampoco parece bobo, añadirá otra. Bien está si es así o al revés. Lo que sí he podido es decirle adiós a Elsa en un aparte, como se dice en el teatro.

—Me voy pasado mañana de madrugada. ¿Podré verte antes?

Sé que va a decirme que sí. Y aunque yo no sé mucho de esas cosas, ni tengo una novia en cada puerto, he visto sus ojos, y nunca he visto unos ojos como los de Elsa. Y ella lo sabe, y sabe que me los llevo puestos.

logroño, 1964.21 de diciembre, lunes

YA ES HORA DE