Lo que va vuelve - Giselle Mazzeo - E-Book

Lo que va vuelve E-Book

Giselle Mazzeo

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Beschreibung

Todos estamos conectados. Lo que va vuelve, siempre. A veces no es inmediato, no lo notamos. Pero un día unimos todas esas "casualidades" que nos trajeron hasta acá y entendemos que estaban formando algo mucho más grande. Nada menos que nuestro destino. Como esos dibujos de unir los puntos, que no se entienden hasta que no se terminan.   "Giselle me ha hecho un gran honor al invitarme a escribir el prólogo a esta hermosa novela. Estoy segura, queridos lectores, de que sentirán tanto placer como yo al leerla" (Luz Larenn).

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Seitenzahl: 141

Veröffentlichungsjahr: 2022

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@editorialelateneo

A Uriel, por aparecer cuando menos lo esperaba.

“La coincidencia es la manera en que Dios mantiene el anonimato”. ALBERT EINSTEIN

“Lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad”. JORGE LUIS BORGES

Prólogo

Luz Larenn

Dicen que, cuando estamos a escasos segundos de morir, se nos presentan los momentos más importantes de nuestra vida en forma de cortometraje. O al menos me gusta creerlo así.

Probablemente –y generalizando– podríamos intuir que se nos aparecerá nuestra graduación, la primera mudanza fuera de casa de nuestros padres, una boda y tal vez algún nacimiento.

Pero qué pasaría si ahora mismo se nos diera la posibilidad de elegir cinco momentos de nuestra semana, esta que pasó, tal vez a primera vista, sin penas ni glorias. Quizás, con mucha suerte, te halles reconectando con ese café expreso que te tomaste con tu amiga en una esquinita del centro, con el perfecto rock que comenzó a sonar cuando empezabas a pelar papas y batatas el martes por la noche, y hasta con la suave oleada de aroma a gardenia que te hizo entrecerrar los ojos, después de encender una vela.

Nacemos, vivimos y morimos. Tan inevitable como apasionado. Algo así como introducción, nudo y desenlace.

El problema usualmente se da mientras tanto, ya que nos pasamos el rato preocupados por el ineludible final y muchas veces olvidamos el objetivo central: vivir, lisa y llanamente con las sinuosidades características de la cotidianidad.

“¿Y cómo vivimos, entonces?”, nos preguntamos a posteriori.

No creo que “para aprovechar la vida” haya que comprar un vuelo de bautismo y coronarlo con el salto triunfal en paracaídas. Dicen que es increíble... Pero a mí déjenme con los pies en la tierra, que ahí tengo más posibilidades de extender el nudo de esta historia.

Con la novela que están a punto de leer les va a suceder algo muy parecido a cómo se siente vivir. Hay días en los que nos parece estar en la primera fila de una montaña rusa; otros en los que las lágrimas nos invaden, insolentes, sin pedir permiso. Luego, de pronto, llega la calma, esa que sabemos existe, pero que, en el momento de remolino, perdemos de vista. Algo así como pelar papas escuchando buena música.

Una suerte de This Is Us porteño, con toques más especiados que el chimichurri de los domingos, que vuelven a esta(s) historia(s) un bálsamo de realismo para acompañar nuestros días de lectura.

La vida, una vida, muchas vidas, que entrelazadas nos dan el más bello aprendizaje del que podemos gozar: saborear a los instantes cotidianos, porque de eso se trata este nudo. De contemplarlo sin querer desatarlo.

Giselle me ha hecho un gran honor al invitarme a escribir el prólogo a esta hermosa novela. Estoy segura, queridos lectores, de que sentirán tanto placer como yo al leerla.

1

Laura

Tenía cita con la obstetra a las 19. Le pedí el último turno porque así podía trabajar el máximo tiempo posible de esa tarde de viernes. Estaba metida en la campaña de Navidad de una marca de ropa que tenía que entregar sí o sí antes del fin de semana y con tantos cambios venía haciéndose infinita. Nadja, la jefa del equipo –como buena alemana– era detallista al píxel, y no sé si por cansancio, calor o ansiedad preparto yo estaba cometiendo un montón de errores. Guardaba los TIFF sin layers y después no podía reeditarlos. Olvidaba convertir los archivos para imprenta a CMYK. Los GIF los exportaba en alta calidad, no para web. Todo al revés. El volumen de trabajo ascendía de manera exponencial, proporcionalmente al estrés.

Y sí, yo también estoy muy de acuerdo con eso que dicen de que la madre tiene que tomarse unos meses de descanso para prepararse para recibir al bebé. Practicar yoga, dormir siestas y organizar un babyshower haciendo el baile del útero en ronda con un grupo de amigas. Eso las que pueden. En mi caso, soy madre soltera y, como toda freelance, no tengo licencia por maternidad ni nada parecido. Por momentos no tengo ni fin de semana ni tiempo libre. Si no trabajo, no cobro. Simple.

Ya estoy pasadita de la semana 41, la obstetra me dijo que, si el bebé no nace en estos días, el lunes me induce el parto. Otra en mi lugar ya le habría pedido mucho antes “que se lo saque”, pero cesárea es una mala palabra para mí. Según me repitió mi mamá toda la vida, a mí la cesárea me salvó. No sé por qué te hacés la naturista ahora, si a vos te salvó la cesárea, nena. Nací prematura por una cesárea de urgencia, por lo tanto pasé en incubadora los primeros días de mi vida.

O al menos esa es la versión que me dio siempre ella.

Laurita, estás muy flaca, nena. Tenés que comer. No te olvides que vos estuviste en incubadora, eras chiquita como una lauchita. Tu papá te ponía en el brazo y entrabas de la mano al codo, así, me repetía hasta el hartazgo.

Convengamos en que nunca resultó una fuente muy confiable de recuerdos e información. Te di la teta unos seis meses, porque nunca te alcanzaba, al poco tiempo pasamos a los sólidos. Siempre sus versiones se contradecían. Vos tomaste leche de fórmula desde que naciste porque, como estuviste en incubadora tantos días, cuando te dieron el alta, a mí ya no me subía la leche. Me decía que nací por cesárea, pero nunca pudo mostrarme su cicatriz. Algunas cicatrices no quedan, Laurita, el médico era amigo de tu papá, por eso me hizo un corte muy chiquito. Ni se notaporque yo tengo buena cicatrización, ya sabés. No como vos, que se te hace queloide, tenés que tener cuidado, nena. Mirá si te hacen episiotomía y cicatrizás mal, te queda todo hecho un desastre. Haceme caso, una cesárea programada es lo mejor.

Mis viejos nunca me mostraron una foto de recién nacida, tampoco vi una lauchita nunca. “Lauchita”. Odio esa palabra. Un apodo que para colmo eligió para llamarme mi profesor de natación. ¿Vio qué rápido nada la lauchita de mi hi­ja?Yo también era así de menudita cuando era chica, porque me desarro­llétarde. Así de espléndida como me ves estuve siempre. Las que engordan en la menopausia no tienen disciplina. Hay que cerrar la boca, querido. Así de simple.Me moría de la vergüenza con esos comentarios. Prefería ahogarme con tal de no escucharla más.

Según mi viejo, se les rompió la cámara apenas nací, por eso no hay fotos mías hasta que ya casi tuve un año. En esa época donde había una única cámara analógica por casa, con un rollo fotográfico de 24 o 36 fotos, si se te rompía la cámara, estabas medio jugado, es cierto.

Dicen que, sin querer, muchas veces una repite el parto según su propio nacimiento. Por eso le pregunté más detalles, cómo fue la cesárea, por qué se la hicieron, pero ella iba cambiando las versiones. Lauri, si ya te conté, tenía la placentaenvejecida por el cigarrillo. Claro, todavía no se sabía de lo tóxico que era el tabaco. Pero, teniendo a mi viejo al lado, no creo que ella me haya descuidado en su embarazo así. Otra vez me dijo que le hicieron cesárea porque el parto no avanzaba, no crecíasnada. El médico me dijo que podías matarme si seguía esperando. Ella siempre fue así. Imprecisa, volátil, agresiva. Me saca. Todo lo contrario a mi viejo: tan preciso con los números, las fechas, los datos. Típico de médico cuadradito. Siempre admiré mucho su capacidad para recordar datos puntuales e innecesarios. En mi último viaje a España lo llamé para saludarlo para su cumpleaños.

—¡Feliz cumpleeeee, pa!

—Gracias, nena. No te hubieras molestado.

—¡Ay, pa! ¿Cómo no te voy a llamar?

—¿Qué hora es allá? ¿Desde dónde me hablás?

—Son las dos de la tarde. Estoy en Sevilla. Acabo de terminar de comerme unos langostinos a la plancha riquísimos.

—¡Qué rico! Sevilla, ¿en dónde estás exactamente?

—Estoy en una plaza, acá en el centro. No tengo idea cómo se llama.

—¿Tiene unos árboles de naranja?

—Tiene unos árboles, pero no les presté atención. Pará. A ver, sí ¿Sabés que sí? Ahora te mando foto.

—Entonces es la Plaza de los Naranjos. Nosotros estuvimos allí con tu mamá en nuestra luna de miel.

Efectivamente era esa plaza. Y así pasa siempre. De chica, mi papá era mi diccionario personal.

Me hice una playlist con temas de Rosa Zaragoza. Tiene canciones como “Rumba de las madres”, “Mi vientre” y “Sabemos parir”. Tengo música. Tengo velas. Me hubiera encantado tener una pileta inflable para parir en el agua, pero cuesta una fortuna el alquiler y no hay lugar donde meterla en el living. Igual, tampoco pienso parir en mi casa. Ni soy tan hippie ni estoy tan loca. Además, mi viejo me mataría de solo barajar esa idea. Tu papá está muy preocupado con tus ideas sobre el parto, Lauri. Ya sabés lo que me pasó a mí, ¿por qué nos querés hacer esto? El colmo de mi papá médico. Pero lo que yo quiero es hacer el trabajo de parto con la partera acá y después ir juntas a la clínica para evitar cualquier intervención o incluso cesárea innecesaria. Mucho diploma de la UBA en el consultorio, pero, sorry not sorry, yo quiero para mi bebé un parto respetado y, a ser posible, natural. Me leí mil libros del tema. Hola, Laura Gutman. Chau, Dr. Stivill.

El parto, uno de los momentos más importantes en la vida de una madre, debería ser un momento íntimo y sagrado. Pero qué sagrado ni sagrado, vos siempre poniéndole mística a todo. Es un trámite, un pum pam, nace el bebé y punto. Se dejó meter al hombre en un proceso donde no se lo necesita. Encima se lo puso en un lugar de autoridad, como si la vida de la madre y del bebé dependieran de él. Después, ¿cómo no querés que se crean dioses? ¡¿Cómo vas a hablar así de los médicos?! Que no te escuche tu padre. Años de profesión, salvando gente para que ahora su hija diga que no sirve para nada. Sin dudas son necesarios en los casos donde el embarazo tiene riesgos, pero, si el parto se desencadena sin complicaciones, no hace falta interferir. En la Antigüedad se lo mandaba al hombre a hervir agua para calentar las toallas, pero yo creo que lo hacían más para tenerlo entretenido y que no molestara, que por otra cosa. Ni siquiera está la urgencia de cortar el cordón umbilical, como se suele mostrar en las películas. El cordón eventualmente deja solo de latir.

Para parir una mujer no necesita a nadie. Para quedar embarazada casi que tampoco: solo necesité un poco de esperma de un donante anónimo. Una decisión que tomé sola, sin escuchar la opinión de nadie, siempre tan egoísta, no pensás en el chico que no va a tener padre, ni siquiera la de mis amigas que con la mejor de las intenciones se oponían a la idea. Si todavía sos joven. Bueno, tan joven no sos, no entiendo cómo es que todavía seguís sola. Al último chico no sé que le hiciste que no volvió más. Tan buena familia que parecía, hubiera sido un padrazo para tu hijo. Si quién te dice que en uno de estos días conocés a un tipo y quedás embarazada de toque. O mirá si conocés a un flaco y no le copa. O mirá si después querés armar una familia y se te complica por el pibe hijo de nadie. Si, si, si. Entiendo sus razones, pero se me hizo imposible explicar las mías: un día empecé a sentir un tic-tac tic-tac en el vientre. Imposible pararlo, ¿para qué? Como una bomba a punto de estallar. Tic-tac tic-tac.

Empecé a ver bebés por todos lados. Mujeres empujando cochecitos en la calle. Embarazadas en la cola del súper. Publicidades de pañales. Entendí que era mi momento. Que nadie más me entendería. Que el deseo de maternidad es único. Sagrado. Y que no iba a dejar que nadie me pinchara el globo. Soy joven, sí, pero no tanto. Dentro de muy poco voy a cumplir cuarenta. ¿Tomaste el ácido fólico hoy? Estoy sola, sí, pero cuando conozca a alguien va a ser un buen filtro evaluar si se asusta de mi decisión o si me acompaña y apoya. Se te va a hacer más difícil que quieran salir con vos, nena, imaginate con un hijo que no es suyo. Todavía tengo tiempo de tener más hijos. Solo que este bebé quería nacer ahora, no podía esperar. No quiso nacer ayer, no quiso nacer mañana, yo sentí cómo este bebé quiso nacer ahora. Y ni él ni yo podíamos esperar.

Desde tiempos inmemoriales las mujeres parieron con otras mujeres, acompañadas por parteras, doulas, madres, abuelas o incluso solas. En algunas culturas la parturienta se iba a un sitio apartado, como un bosque, para poder parir lejos de la mirada ajena. Sentadas, de pie, en cuclillas. Pero desde que el parto se hospitalizó, se introdujeron muchas intromisiones, como la oxitocina artificial, que, según la dosis, puede ser peligrosa para el feto y el útero; además, como las contracciones ya no son las naturales, sino que son mucho más fuertes y, sí, aceleran el proceso de parto, pero también hace que se vuelvan imposibles de soportar y que, por lo tanto, resulte indispensable la anestesia. Anestesia que frena al parto de nuevo.

Así fue como empezamos a parir acostadas. Y dopadas. Pero cómo no vas a pedir anestesia. Vos siempre haciéndote la distinta, ni un ibuprofeno te querés tomar cuando te partís de dolor menstrual. Yo no entiendo nada, si para eso estála medicina. Pariendo en una posición totalmente antinatural, que nos impide movernos con libertad y encima desaprovecha el impulso de la gravedad. Pero lo peor del parto para las mujeres de esta sociedad es el miedo. Por culpa de ese miedo prefieren no vivirlo. Desconfían de sus propios cuerpos, quieren que las duerman “y no sentir nada”. “Sacámelo”, le piden al médico, como si dependiera de él, no de ellas. Dudan de su capacidad ancestral, de sus cuerpos.

A las 18:30 yo seguía clavada en el escritorio con mi panza dura, mientras Nadja me gritaba por videollamada que por qué había usado otro rojo que no era el mismo rojo que había sido aprobado por el cliente. Pantone 032, rescatame. Apenas pude cortar, cerré la computadora, me subí al taxi y lloré todo el camino hasta el consultorio de la obstetra en Belgrano. No daba más de tanta presión. Me siento sola o más bien, estoy sola. Pero, Lauri, mirá cómo estás. Tapada de trabajo, toda hinchada, sin un novio, vos que siempre fuiste tan delgada. ¿Seguís con lo del parto naturista, todavía? Muerta estaría si no fuera por la cesárea.

La obstetra me pesó como lo hacía en cada visita. Los veintidós kilos que había engordado estaban lejísimos del “un kilo por mes” que se recomienda. Mi panza solo entraba en soleros talle XL. Mis brazos y mis piernas estaban enormes. Mi cara, redonda. Mis pies hinchados con los dedos rechonchos asomados en las ojotas, el único calzado que con ese pie de empanada podía usar. Me senté en la camilla para que me tomara la presión. Me midió el abdomen con una cinta métrica. Se puso el estetoscopio y escuchó los latidos del bebé.

—Acostate —me palpó—. Ya no podemos esperar más.

—¿Cómo que no? Acordate que yo no quiero inducir.

—Mirá, según la última ecografía, el bebé debe estar pesando alrededor de los 4 kilos

—¡¿Cuatro kilos?!

—Sí, más o menos. Entenderás que no podemos dejar que siga creciendo. Es un riesgo para los dos.

Me recetó una pastilla con la indicación de que la partiera en 2 trozos, me tomara uno a las once de la noche y otro a las tres horas siguientes. Según sus cálculos, eso me haría entrar en trabajo de parto a eso de las nueve de la mañana del día siguiente. Que le mandara un mensaje a ella o a la partera en cuanto empezaran las contracciones. Claro, a tu madre ni la pensás llamar. Me querés dejar afuera. Total, ¿la abuela para qué sirve? Para comprar cosas solamente, para eso sí llamás.

La oxitocina es la hormona que desencadena las contracciones, y la adrenalina es la que las bloquea. Es decir que, si tenemos miedo, frío o ansiedad, el trabajo de parto se puede llegar a frenar; por eso es tan importante que la parturienta se encuentre relajada y se sienta segura. Claro que la mayoría se siente más cómoda y segura en el hospital rodeada de personal médico, pero yo, mucho más en el living de mi casa, sola. Tal vez porque conozco las historias de hospitales que me contaba mi viejo... Pero son historias de otros, Lauri, vos siempre te tomás todo tan a pecho, tan personal.