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¿Lo sabrá enero? es un libro que contiene mucha vida, más allá de sí mismo. Relata historias reales, vivencias poetizadas, describe imágenes de las vulnerabilidades de muchos, dibuja cuentos del día a día e historia de su escritora. Su punto de inicio: la búsqueda del sentido de vida posterior a la pérdida de dos hijos al nacer. Su contexto: pérdidas y sentido de vida de otros, desde sus miradas, sus historias, su confianza. Su final: el pasaje de tiempo con un nuevo aporte y recorte de comprensión del duelo, el renacimiento, la creatividad, la honestidad y la apertura. ¿Lo sabrá enero? busca destacar la mirada puesta en el amor de y hacia otros: Los hijos. La familia. Los ancestros. También el pasaje por historias de niñez, adolescencia y adultez, filtrado por sus reflexiones y su legado. Atreverse a leer este «enero», nos dará la fuerza para, de una única pregunta, desbordar en mágicas y asertivas confirmaciones. Certezas que alejen de nuestros días el filo oscuro de lo que nuestro destino, sin nuestro permiso, se ha llevado consigo.
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Seitenzahl: 188
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Laura Romero Sum
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1068-917-6
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
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Este borrador que presento hoy es casi anterior a un libro per se, pero aun así es, en sí mismo, perfecto.
Un origen, un proceso, una obra completa, reescrita, elegida, finalizada y consecuente con puntos suspensivos porque, en mi confianza eterna sé… que siempre seguirá rescribiéndose a sí misma.
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Letras sobre aprendizajes múltiples, relatos e historias sin el juicio de ser necesariamente dolorosas o felices. Simplemente comparto las vivencias transitadas y, casi siempre —de una manera u otra— elegidas.
Vulneraciones que han herido y heridas que han quedado. Pero que se han sostenido como material de construcción y reconstrucción de los hechos. Antes incluso de la interpretación de estos.
Y finalmente, un compartir de autor, constructor, creador, protagonista, personaje, espectador y director de todo lo dicho, hecho, relatado y escrito.
Realidades propias, de otros junto a mí.
Tan mía como suyas, tan de nadie y de todos – siempre y por siempre: al mismo tiempo.
Porque… Sonrisa que sucede, sonrisa que nos impacta.
A todos.
Tragedia ajena… Tragedia de todos.
Así se enmarca el sentido de esta suerte de mapa de mi mundo interno, al cual te animo a transitar juntos o juntas, como un déjà vu reconstruido.
Decididamente: gracias por eso.
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Ojalá podamos elegir mirar cada una de nuestras heridas en conjunción con cada una de las bendiciones de la vida. ¿Por qué? Porque nos lleva necesariamente a nuevos pasos en nuestro camino despejando siempre la mirada, la voz, el ritmo y la escucha.
Desde ellas podremos indagar sin juzgar toda la letra de la que somos dueños, nuestra entera responsabilidad en cada elección que realizamos y lo empoderados que nos volvemos cuando recogemos todo nuestro pasado.
Construimos el presente momento a momento, soltamos lo que ya no sea acorde a nuestro corazón, agradecemos y retomamos el camino.
¿Motivos para vivir? Con estar vivos sintiendo a la postre que vamos visualizando nuestro objetivo de vida a mí me basta.
Absolutamente segura me siento de la respuesta.
L.R.
Comenzar
Cada final es en sí mismo un comienzo, por lo cual quisiera agradecer que hoy estés aquí. Acompañándome.
En este —mi segundo libro— busco describir la infinita luz que genera el agradecimiento a diario por cada uno de los momentos, emociones, obstáculos, abundancia, vínculos, heridas, pérdidas, decisiones y aprendizajes que nos han sucedido y nos suceden día a día.
Creo fielmente que en el momento en el cual —literalmente— ya no tienes más oxígeno para respirar es que iluminas, engrandeces y agradeces esa pequeña porción de él, que, de no cuidarlo… te llevará consigo.
Lo he vivido.
Cuando lo miras con respeto, esa brisa fugaz de oxígeno se expande mágicamente.
Misteriosamente. Pues le habilita su suficiencia.
De hecho, en una situación así se logra visualizar como «lo pequeño» puede ser nuestra mano a la vida.
Una «pequeñez» que nos empuja literalmente a valorar cada segundo y, nos ayuda a pensar-sentir dónde y con quien/es queremos continuar el camino.
Entonces, todo, a cada paso, es pasible de volverse una nueva puerta.
Dar por seguro que «podemos respirar», no nos permite ver la majestuosidad automática de su esencia.
Un proceso invisible que nos tiene tomados del pelo y que, cuando desee, desaparece consigo nuestra increíble poca consciencia de que no siempre estaremos aquí.
Así, así de simple.
Somos seres finitos en el plano físico.
Ser conscientes de esto es el verdadero salvataje ante las profundas aguas que incluyen las decisiones y eventos cotidianos y el grandísimo temor que en nuestra cultura hemos aprendido sentir ante la muerte.
Nuestros «día a día», más que felices o infelices, lo que siempre nos traen son aprendizajes.
Es maravilloso levantarse por la mañana y poder leer lo que este mundo nos comunica, minuto a minuto.
El registro físico de bienestar/malestar, de rigidez/contracción/estrés nos cuenta historias completas de lo que hemos estado sintiendo, imaginando, pero por sobre todo pensando e interpretando sobre hoy, ayer y ahora.
Cuántas veces salimos de la ducha y ni siquiera recordamos cómo se sentía nuestra piel a la temperatura/ fuerza del agua, ó nuestros pies al suelo mojado. De pronto ya hemos salido de allí listos para una actividad determinada y... esos segundos dormidos se han ido para ya no retornar.
Con muchos de mis pacientes hemos intentado delimitar un determinado marco de una puerta dentro de sus hogares, para poder trabajar las secuencias de conciencia del momento.
El objetivo es que, al pasar por ella, cada vez durante una semana, nos detengamos, miremos el marco, respiremos, agradezcamos ese segundo en el que estamos de pie y anotemos cada una de las veces que nos sabemos cruzando por esa elegida puerta.
A la semana siguiente, tanto mis pacientes como yo nos hemos podido reír a carcajadas.
Algunos hemos anotado tres veces, cinco —con suerte—, o dos en su mayoría (y estamos hablando de 168 horas reloj para poder hacerlo).
Otros no han podido anotar ninguna. Y ello automáticamente les despierta cierta sorpresa y un consecuente «darse cuenta».
Esto nos habla de la consciencia, de la presencia.
Antes de juzgar si es bueno o malo lo que nos sucede, aprendamos de a poco a ESTAR.
Aquí, ahora.
¿Buscamos una nueva definición de «estar vivos»?
Lograr estar presentes realmente es una. Porque vamos caminando junto al tiempo, más allá de su trascendencia. Nos volvemos más dueños de nuestros momentos, somos más protagonistas de y en ellos.
A veces simplemente la vulnerabilidad nos ilumina y nace con nosotros y nosotros en ella.
Por supuesto que nos duelen muchas cosas.
Nos han dolido y nos dolerán.
Hemos sido pequeños y dependientes.
Han podido invadir nuestros limites, abusado, descuidado, agredido. O hemos podido interpretar que así era.
Si ello provenía de alguien a quien amábamos, la mayor parte de las veces nos creíamos merecedores y responsables del dolor, siquiera podíamos analizar lo que sucedía. El registro era casi enteramente corporal.
La percepción que no dialoga con palabras seguramente nos extendía alguna comprensión de que allí sí había oscuridad.
Pero… ya NO somos niños.
Ya podemos invertir en maternar y paternar al niño o niña que fuimos, modificar la perspectiva aceptando que todos los nuestros han hecho lo mejor que han podido, aunque haya podido ser terrible.
No podemos cambiar los hechos en sí, pero sí podemos imaginar procesos vitales diferente a los sucedidos o finales diferentes para ellos.
Esto trae consigo (pensamiento-sentimiento-acción) modificaciones en la percepción de las cosas, construyendo bloques de construcción más fuertes y sólidas para el niño interno que hoy respira junto a nosotros.
Realmente no conozco un camino más sabio —y temido— que encontrar nuestras respuestas en nuestros recuerdos.
No es necesario hacerlo solos.
Invertir en la sanación y reconstrucción de los hechos del pasado para poder modificar nuestro presente si nos hiere, nos sume en una grandísima responsabilidad que no siempre es fácil de tomar.
Alguien me decía alguna vez: «Laura, anota en algún lugar visible, todas y cada una de las personas que te han hecho daño, y no olvides ese daño jamás. No vuelvas a hablarles/ ayudarles/ entenderles…».
Por suerte para mí, jamás me adueñé de este concepto. Principalmente porque yo he lastimado muchísimo a las personas que he querido y quiero. E, indefectiblemente… continuaré haciéndolo.
Desde niña he creído en lo que de adulta he leído, como dice una gran maestra, «cuando el universo perdona, el universo olvida».
«Perdonar» suena un tanto soberbio en este momento. Me inclino más hacia la búsqueda de la comprensión. ¿De qué? De que cuando alguien nos ha herido seguramente respondía a sus propias heridas, a sus propios hirientes, a sus mayores verdugos.
Nosotros fuimos un espejo y entonces, para mí, mucho más sanador ha sido liberarlos, liberarme.
De adultos, hemos elegido los límites que hemos puesto y somos dueños de los límites que no establecimos, por el motivo que fuese.
Sí, es menos cómoda la vida vista desde este ángulo, pero personalmente me hace sentir más activa, menos presa, dueña de los cambios y concentrándome en dejar de herir.
Y esta es mi tan necesaria forma de intentar estar PRESENTE.
He reconocido y reconozco en mí la interminable búsqueda por entender. Principalmente a mí, como protagonista de mi camino.
Uno de esos reconocimientos es (pues aún se encuentra en proceso de…) soltar la lucha.
Soltar los análisis.
Dejar el juicio para enfocarme mayoritariamente en el entendimiento.
Puedo decir —tal vez tímidamente hoy— que no necesito demasiado para sentirme feliz, mínimamente en paz.
El gran infierno, la gran pregunta, el gran racconto, la cinta cinematográfica, el espectador y la crítica siempre y desde siempre han estado justamente dentro de mí misma.
Y no.
No ha sido sencillo quererme.
Sin embargo… vuelvo a tomar mis sueños y escribirlos para poder compartirlos.
Si hoy te encuentras acompañándome hasta aquí, lo que principalmente te aseguro es que he de escribir desde la completa honestidad. Y la honestidad es poder buscar donde realmente siento que ES, y NO donde es más fácil encender la luz porque ya sepa de antemano lo hay allí para mirar. Aquí… sí, nuevamente hablaré sobre mí.
Pero básicamente sobre todo aquello que me ha enseñado y obsequiado mi familia, personas amadas, amigos, compañeros, pacientes, adolescentes, jóvenes y sus familias en cada diálogo, silencio, afectos, sonrisas e interacción.
Y siempre, siempre hablaré de mi hijo Alejandro.
Entonces… «Para ellos: mi canto».
Laura.
.
No existen fronteras si lees...
Si escribes...
Si verdaderamente amas.
Si sueñas.
Pues creas tus propios mundos…
infinitos ellos y sabios.
LR
Las palabras siempre fueron para mí un vehículo salvador y eterno cómplice de cada una de mis realidades. Un llanto y una sonrisa abierta respecto a los sentimientos que considero imposibles de redactar con su real veracidad.
Hace casi seis años escribí una parte de mi historia, centrada en la pérdida de mis gemelos Bruno y Luciano a sus siete meses de gestación, así como de Irene: mi niña en sus tres meses más pequeños.
He perdido también otros hijos que se marcharon apenas supe que vivían en mí.
Con todos ellos, y profundamente con Bruno, Luciano e Irene mi vida se sintió dividida en un camino claro y endeble al cual observo tímidamente, y otro que, tomando el pasado, reescribo una y otra vez.
La pérdida de mis hijos me ha permitido conocer la falta de deseo hacia la vida, reconocer los días vitales que sí tengo y básicamente reconstruirme y crear.
No tengo idea de quién sería yo si esa realidad no hubiese sido parte de mí.
Sí sé que este intrínseco desapego se hubiera retrasado en aletargarme, que sonreiría bastante más como lo hacía cuando era niña, que estaría mucho más cerca de todos los niños en general y que… Seguramente mi hijo Alejandro no habría llegado a mi realidad tangible.
Sobre ambos caminos he construido sueños que para mi mente son realidades, a las cuales amo con locura, me generan vida, amor y diversión.
Y es ese mi gran y único objetivo de vida.
Desde ese espacio de sueños y realidad en que habito hoy, fui soltando mi obsesiva obsesión de marcharme de mis días, dejar de molestar/ me a mí misma y dejar de lastimar a mi hijo con ello, para empoderar aún más la fuerza que siempre he tenido y animarme a vivir.
Sé que puedo, que soy capaz, que amo despertarme con mis ojos tan grandes como achinados, tomar mis rumbos y no saltearme ninguno de mis regalos.
Es esta mi definición de transcendencia.
Junto a enero y los once meses que resten de cada uno de los años que me queden, no pienso desperdiciar ninguno más.
Hoy, me impongo —maternándome— la vida.
Me impongo el desafío.
No creo en el exceso de esfuerzos para el logro de las cosas. Sí en el disfrute de cada vivencia, de cada momento.
Dar.
Pero dar con orden.
Dar con equitatividad.
Soy una mujer, no una santa mujer.
En absoluto.
Y eso me agrada. Por ende, o camino a la par con quien sea que esté a mi lado, o continúo sola.
Incluso… Del amor más difícil, profundo, gestor de mi esencia desde hace 21 años tampoco aceptaré una sola mentira más.
Puede sentirse cruel, pero lo siento honesto para mí.
A cada adulto toca hacerse cargo de las heridas propias y sus adultas elecciones.
Este, mi segundo libro —cuyo título se visualiza desde un sueño, en mayo de 2020, se inscribió finalmente en mí un día del mes de enero del año 2021— comienza contactando definitivamente con el final de mis posibilidades de volver a ser madre, aceptando mis cambios físicos y el final de ciertos procesos biológicos reales.
Por otra parte, venía acercándose el momento de preparar mis horas para el día en que mi hijo Alejandro volara a la ciudad de Montevideo a estudiar.
Vivenciando su incipiente juventud, cumpliría él su eterno sueño de encontrarse cerca de su padre, a quien ama y admira desde su alma y la profundidad única que a ella le caracteriza.
Los duelos para mí han sido realmente un desafío, mi más honda vulneración y, al mismo tiempo, el puente directo a vivir conmigo misma, física, espiritual, mental e ideológicamente, dejando por fin de buscar salvadores.
Aprendí a creer en mis propias armas, instrumentos, conocimientos y emociones.
Todos tenemos nuestro propio infierno.
Nuestro purgatorio.
Pero también nuestros paraísos.
Sin embargo, puede que tengamos la tendencia a mirarlos en un segundo lugar. Y aprehender a modificar esta percepción de la realidad es una de las grandes maravillas de las sinuosidades de un camino.
Este libro, busca compartir y expandir parte de ello.
Hoy mis recuerdos son —prácticamente en su totalidad— alegres, agraciados, de cariño y de poder sentir que no cambiaría nada de lo que he vivido.
No espero respuestas, sino que realizo mis afirmaciones:
«Sí, me han querido… Y me han querido muchísimo».
«Siempre serás parte de mí… porque mi corazón es expansivo…».
«Sí, Bruno y Luciano son mis dos primero hijos. Por y para siempre estarán en mí y he de añorarlos con amor».
«Aunque pudieras, Laura, sabes que HOY, ya no quisieras tener más hijos…».
Escribir es recordar, encofrar el recuerdo… pero sin filtros.
Plasmar e inscribir en uno mismo su historia, más allá de la mirada y opinión de los demás. De todos los demás, inclusive aquellos que más amamos.
Es sernos eternamente auto leales.
Auto confidentes.
Auto asesores.
Auto amorosos.
Auto gestores.
Dar lugar a un mundo tan paralelo como real porque la existencia trasciende la vivencia y el cuerpo físico.
Un sueño —onírico o despierto— es tan real para nuestra conciencia como lo es una vivencia tangible, pasible de fotografiarse.
Generan ellas las mismas sensaciones, sentimientos, acciones y CREAN.
Crean mundos… enteramente nuestros.
Con el paso del tiempo, por muchos motivos he perdido mis recuerdos, mucho de la memoria a corto plazo y aún más. Pero sé que recuerdo lo que es necesario y sé que mi alma recuerda absolutamente todo, pues hay registro de ello en otros lares.
Me basta.
No necesito más.
No me genero ansiedad intentando controlar mis recuerdos.
Hoy escribo porque amo hacerlo, porque me gusta compartirlo y porque sé que esto llegará a quienes tenga que llegar.
Y siempre, siempre será perfecto.
Hace casi seis años escribí también sobre mi infancia, mi adolescencia, describí mi etapa de estudiante en la ciudad de Montevideo, mis vínculos, mi maternidad dolorosa y mi maternidad felizmente creada y construida.
Hace casi seis años escribí entonces, atravesando el proceso de reparación de mis heridas, militando diariamente para exterminar de la manera que fuera… Mi devoradora forma de sentir el dolor.
Y hoy sé que lo he logrado.
Sé que he trascendido.
Sé que mi esencia ha sanado, pues he invertido en ella y no tomo ya el dolor como un bastón.
Un cómodo bastón.
Pero… lo he soltado.
Hoy me siento apta para caminar conmigo misma.
Conmigo y con un compañero de vida.
Conmigo y con mi hijo.
Conmigo y entera.
Sabiendo lo que se siente cuando no ha sido así, puedo visualizarme —una vez más— como una mujer absolutamente bendecida por la vida y por el amor de todos quienes estuvieron antes de mí.
HOY… Ante mi posibilidad de mirar mi mundo con otra claridad, todo aquello que es vida: logra observarme con firmeza.
Mis ruidos… Ya no son solo silencio ni tampoco exuberancia ni estridencia.
Simplemente camino con todas y cada una de las personas que amo —se encuentren o no a mi lado—, con todo aquello que tengo y con todo lo que he logrado en cada uno de mis roles.
Vivo con la paz de saberme dueña activa de todas las rutas de salida que he buscado transitar.
Mi historia es hoy presente.
Hoy, mis domingos, son un día más. No les temo ni los idealizo como sucedió alguna vez.
«Tan solo» los vivo.
Dejo a un lado mis reflexiones y mi mate amargo —después de disfrutarlos por horas— y me tiro al agua-vida, proponiéndome a nadar en ella con destreza, actitud y ritmo acorde, en un punto fijo la mirada: avanzar
HOY.
Algo me hace sonreír.
Me vivencio grata.
No me oculto en mi exigencia y fatalismo de antaño.
En mis bolsos que uso a diario llevo mucho para compartir, no he de ocultar la verdad ni la mentira, ni trastoco —en lo posible— la realidad para que ella pueda herirme un poco menos.
Inmersa continúo escribiendo en un mundo de hojas y palabras que me acompañan y reconstruyen.
Recuerdo entonces que a veces, como cuando dejo de escribir, mi vida se explica solo al moverme: voy, vengo, me siento, leo, miro una película, chequeo el celular, la naricita de Gutiérrez (mi perro), tomo una fruta, enciendo una velita blanca.
Vuelvo a ponerme de pie, apago una luz y enciendo otras dos, decido tomar mucha agua en lugar de cenar.
Vuelvo a sentarme y a enamorarme de mi libro y sin embargo... Estoy envuelta en el más quieto y hermoso de todos mis silencios.
Siento y disfruto de todo aquello que no era realmente consciente de su existencia antes, tanto en mis nubes como en mi suelo.
Sigo siendo una mezcla compleja de luces y letras, sonidos y aromas que gritan su suficiencia a diario.
Y a veces lloro, hasta establecerme un límite.
Mis viajes por dentro son mi recorrido favorito hasta que una linda energía me jala y comienzo a contactar con los amores de mi vida.
Mi hijo, escribir, amar el amor, a mi perro Gutiérrez y mi gatita Tique, los libros, el cine, el mate amargo, mi espacio, la estufa a leña, el fútbol, el tenis y la playa, Cancún y la fantasía, la siesta y el silencio.
Un paseo, una risa, compartir presencia, dejar la cueva del ermitaño, dejar de lamer la herida.
Existen silencios y letras ajenas que amo con locura... Porque sé que en sus entrañas arriman una lealtad que persisten en abrigarme: las de mis afectos.
Sus existencias.
Sus realidades.
Sus posibilidades y elecciones.
El equilibrio, silencio, voz y sonrisa de mi hijo… Cuya finalidad en todas sus acciones, actitudes y ausencia de palabras es cuidarme, y hoy… Limitarme.
Cada 13 de abril, la pérdida de mis niños al nacer, Bruno y Luciano, ha dejado de doler.
Se ha sumergido en mis letras, energía a los afectos que tengo a mi lado hoy, en mi trabajo, en una guía de los caminos a los cuales inevitablemente lleva el dolor.
Dejo, en sus casi 24 años de nacer y de partir, mis quejas.
Las dejo, como a una profunda adicción.
Retomo lo mucho que me gustan mis entregas, la capacidad de entender y reírme fuerte.
Canturrear sonidos desconocidos que solo mi diversión conoce.
Me sorprende la vida en general, en su equilibrio.
La mía, la de quienes amo, la de con quienes trabajo, la de quienes conozco.
Ya no pienso en el perdón, sino en el entendimiento.
Percibo a mi lado hoy un jarrón con agua, hojas de lavanda y cedrón que me acompañan. Una llamita de fuego cerca, como para iluminar, sanar, transmutar, acompañar y acoger.
Un mate rico. Nuevo, madrugador.
Un libro de trabajo-agenda con consejos naturales respecto a salud física y emocional.
El trabajo de conocer cada una de mis heridas, ya lo sé yo que ha culminado.
Bendecida mujer caminante, inquieta, cuestionadora, compleja y con sabiduría adquirida.
Eso soy.
Aquello que llegue a mí… Se sentará a compartir conmigo.
Se volverá letra, libro, amor, aprendizaje, futuro, potencial, abundancia.
Quién sabe.
Y… como difícilmente gane en mí el miedo, ya tomé el rumbo directo a averiguarlo.
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Letras... escritas, dichas, silenciadas,
cantadas, susurradas, omitidas...
Da igual para mí.
Animan ellas la eternidad de mi alma toda.
LR.
Cuando simplemente es… NO.
Tacuarembó, recordando aquel octubre de 2021.
Canturrea una lluvia pesada y suave que invita a dormir, pero me seduce fuertemente a volver a escribir las fibras del alma que me componen, pase lo que pase.
¿Por qué esto de «pase lo que pase»?
Si para mis ojos y mis manos los libros tienen magia… El libro que publiqué en 2018, Una Corteza Magullada, modificó poderosamente mis días.
Lo sentía así antes de animarme a publicarlo.
Siempre supe que, con ellas, mucho de aquello que hacía parte de mis días se iría, luego de vivir amándolas dentro de mí.
Con el libro habría de sanar yo parte de mi corteza y muchos de quienes me acompañaron en el trayecto conocerían otros objetivos y caminos para sus vidas.
Sabía que mi gata siamesa se iría de mi lado.
Sentía que me quedaría nuevamente sola y sabía también que todo ello implicaría la llegada de una nueva mudanza.
Mi decimotercera mudanza en toda mi vida.
Un nuevo techo, a un nuevo piso, a un nuevo ventanal con diferente horizonte, pues la diferencia se encontraba instalada dentro de mí.
Eso es lo que yo considero la verdadera magia.
Eso implica el escribir «pase lo que pase».
E implica que hoy, tres años después de ese octubre que relato, no veo un NO en mi vida.
No lo veo porque no deseo nada que no tenga o que no pueda tener-desear.
Vendrán las crisis vitales que hemos de vivir todos, los cambios, otra fase de la adultez, la vejez. Y son un SÍ en sí mismos que no puedo controlar ni quiero hacerlo.
Veo mis cambios en el espejo. Y voy a-pren-dien-do a aceptarlos, a amarlos incluso.
Más que una nueva versión de mí misma, soy un nuevo libro, como este que me encuentro creando.
Tal vez no pueda transmitir la paz que siento. Ni extremada felicidad, ya no más sentimientos depresivos ni sensaciones de pérdida.
Hoy siento PAZ.
Y hoy puedo entender a las personas que se alejaron de mi camino porque no encontraron conmigo ese equilibrio. Entiendo también las decisiones que he tomado porque la paz ha sido mi meta, pero mis caminos a ella han sido necesariamente otros.
Muchos otros.
Podría decir que, si en ciertos momentos en los que tomé dolorosas decisiones tuviera los aprendizajes que tengo hoy, no las habría tomado nunca.
Podría haber amado las crisis que suceden en cualquier vínculo, en el mundo laboral, en el día a día.
Dejé marchar un gran tesoro —que brillará por siempre— por el cual terminamos muriendo en la orilla y, sin embargo, no tendría hoy ciertos aprendizajes de no haber tomado las decisiones que escribo anteriormente.
