2,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 2,99 €
Nell tenía algunos problemas con los hombres Al fin y al cabo, ¿cuántos hombres querrían salir con una mujer alta y fuerte, capaz de ganarles en cualquier pelea? El sheriff Mac Cochrane tenía problemas con las mujeres, sobre todo con su madre, que no paraba de decirle que tenía que casarse. Juntos encontraron la solución: Mac enseñaría a Nell a convertirse en una mujer femenina y delicada y Nell lo ayudaría a encontrar la esposa perfecta. El problema fue que cuando Mac vio la transformación de su amiga, decidió olvidarse del trato. No estaba dispuesto a permitir que aquella maravillosa mujer se le escapara.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 199
Veröffentlichungsjahr: 2014
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Lynn V. Miller
© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.
Loca de pasión, n.º 1483 - septiembre 2014
Título original: Make Me Over
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Publicada en español en 2004
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-4647-0
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
EL sheriff MacKenzie Cochrane acababa de mover la reina roja al rey negro cuando sonó el teléfono. Era la primera vez que sonaba en toda la mañana, algo poco habitual. Miró la hora. Las once en punto. Debería haber estado sonando sin parar, sobre todo porque estaban en temporada alta de turismo y porque sólo faltaban unas semanas para la Fiesta de la Cosecha.
En el pequeño pueblo de Knightsboro, Tennessee, el teléfono sonaba por todo tipo de motivos, desde un posible robo, hasta para bajar a una mascota de un árbol.
Descolgó el teléfono con cierta aprensión. Era su madre.
—Hola, mamá —escuchó un momento—. No, no estoy demasiado ocupado para hablar —Mac se arrellanó cómodamente contra el respaldo del asiento. Molly Cochrane solía andarse con bastantes rodeos antes de ir al grano.
—Espera un momento, mamá, a ver si lo he entendido —un sonido llamó su atención y volvió la mirada hacia la puerta del despacho. Su ayudante Nell Phillips estaba en el umbral—. ¿Me estás diciendo que has obtenido esa información de tu asistenta, a la que Hilda le ha contado que Ted Kilbourne está haciendo qué a sus vacas?
Nell atrajo la atención de Mac cuando se apoyó contra el quicio de puerta. Por un momento perdió el hilo de la conversación mientras se fijaba en sus larguísimas piernas.
—¿Que están qué? De acuerdo mamá. Me ocuparé... sí, ¿qué pasa con la sobrina de Hilda? ¿Cuándo? Mamá, te agradecería que... sí, yo también te quiero. Adiós.
Tras colgar el teléfono se levantó.
—¿Qué sucede con Ted Kilbourne? —preguntó Nell—. ¿Su hijo ha vuelto a volar el laboratorio de química? Parece que cada vez que Anna se va del pueblo para cuidar a sus padres algún Kilbourne se pone imaginativo.
—Esta vez el problema es Ted, o tal vez su hermano Jed —Mac buscó las llaves en su bolsillo—. Al parecer están polucionando el arroyo que pasa por la granja de Hilda.
—¿Con qué lo están polucionando?
—Hilda ha dicho que las vacas se están tambaleando por el pasto. ¿Tú qué crees? —Mac trató de pensar seriamente en el asunto, pero resultaba difícil.
De hecho, Nell apenas pudo contener una carcajada.
—¿Quieres decir que el whisky casero de Ted ha acabado en el arroyo?
—Eso parece.
Nell soltó un prolongado silbido.
—Uno ya no sabe que esperar de los Kilbourne.
—Tienen sus propios patrones de comportamiento, que normalmente no encajan con los de los demás —en una jurisdicción tan grande como la de Mac había toda clase de gente. Algunos estaban acostumbrados a comportarse según las reglas, pero otros, como Ted, aún conservaban el espíritu independiente de la gente de las montañas. Pero, en cualquier caso, Mac era responsable de ellos.
Nell se frotó los labios con el dedo índice.
—Al menos mantienen el ambiente animado.
—Son tantos que no es de extrañar —Mac fue a por su sombrero.
—Deduzco que vas a ir a verlos.
—Sí. Ya es hora de aclarar las cosas con Ted.
Nell miró a su alrededor.
—Parece que tenemos un día muy tranquilo. ¿Qué tal si te acompaño?
Mac también miró a su alrededor. Aunque los turistas estaban empezando a llegar a raudales, Nell tenía razón. Normalmente la tenía, pero no le gustaba decírselo. No quería que sus halagos se le subieran a la cabeza. Conocía a Nell desde que eran pequeños y, aunque ya eran mayores, a veces tenía que controlarse para no comportarse como un hermano mayor pesado.
—¿Te importa ocuparte de las llamadas mientras estamos fuera, Doug? —preguntó Nell.
El robusto agente de mediana edad que se hallaba ojeando una revista tras su escritorio la miró con expresión indolente.
—Claro que no. Así tendré más tiempo para enterarme de todos los cotilleos del país.
Mac movió la cabeza ante la penosa visión.
—Bobby Dee y Casey están de patrulla, ¿no? —preguntó.
—Así es, jefe, pero están a punto de llegar, así que no hay problema.
—De acuerdo —Mac miró a Nell—. Tal vez estaría bien que vinieras. Puede que me convenga un toque femenino.
Nell le dedicó una mirada fulminante antes de girar sobre sus talones y encaminarse a su escritorio.
—¿Así que ahora soy una mujer, no una agente?
Mac esperó pacientemente a que Nell guardara la porra en su funda y se pusiera el sombrero sobre su pelo corto y moreno.
—Eres una mujer, ¿no? —dijo en su tono más provocativo.
Era divertido meterse con Nell. Siempre había sido más divertido que meterse con su hermana, Caitlin. Nell solía reaccionar con ardor, mientras Caitlin conservaba la calma. Aunque Nell también podía mostrarse fría y calmada cuando era necesario.
—Puede que lo sea, pero también soy una agente de la ley, sheriff.
El tono de Nell fue tan frío que Doug se volvió a mirarla y simuló estremecerse.
—Guau, jefe, creo que la temperatura acaba de descender varios grados.
Mac rió mientras se encaminaba hacia la puerta.
—Si vas a venir, ven ya, Nell. O tendré que llevarme a Doug. No me importa abordar a Ted Kilbourne, pero su esposa no está y ocuparse de los niños puede ser demasiado.
—¿Por eso necesitas el toque femenino? Mac Cochrane, eres el tipo más...
Mac escuchó las protestas de Nell a sus espaldas mientras salía al brillante sol de octubre. Se detuvo y respiró profundamente. Casi pudo saborear el dulce aire de las montañas. Los brillantes colores de las caléndulas que adornaban la entrada de la comisaría relucían al sol. Sacó las gafas de sol del bolsillo y se las puso.
—Pareces el cártel de una película cuando te pones esas gafas —murmuró Nell—. Brad Pitt en El Día del Policía Heroico, o algo parecido.
Mac odiaba aquellos comentarios. Brad Pitt siempre le había parecido demasiado «bonito», pero debía parecerse en algo a él, porque las mujeres no dejaban de decírselo. Sabía que era atractivo, pero era algo que aceptaba con indiferencia. A fin de cuentas, su buen aspecto no le había servido para evitar que su ex prometida lo dejara prácticamente plantado en el altar.
Cuando se sentó tras el volante del coche patrulla se miró un momento en el espejo retrovisor. Le habían dicho cientos de veces que aquellas gafas estilo aviador le daban un aire misterioso. No estaba mal ser una figura romántica. No le servía para pagar el alquiler, por supuesto, pero no le venía nada mal con las mujeres. Era una lástima que las considerara a todas temporales, pero no pensaba volver a caer en la trampa del amor. Ya había sido públicamente humillado por una mujer y no pensaba repetir la experiencia, sobre todo en un lugar tan pequeño como Knightsboro.
Estaba moviendo hacia atrás el asiento cuando se volvió hacia Nell.
—Lo siento. ¿Quieres conducir? —aunque fuera el sheriff, tenía buenos modales.
—¿Yo, sheriff? —preguntó Nell a la vez que agitaba exageradamente las pestañas—. No creo que pueda manejar un vehículo tan poderoso como este. Podría necesitar empolvarme la nariz y chocaría contra algo mientras me miraba en el espejo.
Mac rió.
—Merecería la pena sólo por ver cómo te empolvas la nariz.
Le resultaba imposible imaginar a Nell haciendo algo así. Nell era una de las mujeres que conocía con las que más cómodo se sentía. En realidad la veía más como un colega que como una mujer..
—¿Qué sucede? —preguntó Nell al ver que no apartaba la mirada de ella—. ¿Tengo monos en la cara?
—No más que antes.
A los ojos de Mac, el rostro de Nell era el de siempre. Llevaba muy poco maquillaje. En realidad no lo necesitaba. Su pelo negro enmarcaba una piel delicada y morena, de un tono parecido a la miel, como si hubiera capturado en su cutis la calidez del sol. Sus ojos, ligeramente rasgados, eran de color caramelo y tenía unas pestañas densas y largas. El efecto general de su rostro ovalado era de una intensa vivacidad. Su cuerpo era esbelto y firme y debía medir aproximadamente un metro setenta y cinco.
En ese momento, Nell se movió. Alzó un brazo para tomar el cinturón de seguridad y al hacerlo sus pechos se contornearon claramente contra la tela gris de su camisa. El efecto fue sorprendentemente femenino, provocativo y sensual. Lo mismo que el ruidito que hizo mientras buscaba a tientas el cierre. Mac estuvo a punto de atragantarse.
«¿Pero qué diablos te pasa?», se preguntó mientras empezaba a sudar. «Haz el favor de controlarte. ¡Se trata de Nell!»
Dio marcha atrás como si le persiguiera la policía.
—Mac...
Mac casi pudo imaginar que Nell murmuraba su nombre mientras le lamía la oreja y lo rodeaba con sus larguísimas piernas...
Ansioso por librarse de aquellos absurdos pensamientos, frenó en seco, metió primera y pisó el acelerador a fondo. El coche salió prácticamente volando del aparcamiento.
Nell apoyó las manos en el salpicadero.
—Cuidado con el viejo Buick del señor McNulty. Si chocas contra él tu vida no valdrá un céntimo.
—Ya lo he visto —Mac viró bruscamente para evitar el Buick verde aparcado frente a la tienda de ultramarinos.
—Tal vez sí debería conducir yo —dijo Nell con el ceño fruncido.
Mac trató de buscar alguna excusa para su extraño comportamiento.
—Acaban de ajustar el... resorte del acelerador. No me había acordado —para su alivio, Nell lo miró un momento más y luego asintió.
Recorrieron Main Street en silencio. Tras recuperarse de lo que sólo podía haber sido un momentáneo ataque de locura, Mac miró a su alrededor.
Knightsboro era conocido por sus edificios históricos, maravillosamente conservados, por sus acogedoras tiendas y su cuidado paisaje. Había flores por todas partes, y el aire olía a otoño mezclado con un montón de perfumes naturales de la montaña... y con el olor de las galletas de canela del restaurante de Ada Mae Baker.
Aquel pueblo era un lugar perfecto para llamarlo hogar, para tener una familia.
Lo único que hacía falta para que vivir en Knightsboro resultara un plan perfecto era tener alguien con quien compartir la vida en él.
Mac no quería casarse, pero tampoco podía evitar pensar que tal vez necesitaba a alguien en su vida.
Movió el cuello para liberarse de la tensión que se apoderaba de él cada vez que pensaba en aquello, pero notó que su tensión aumentaba cuando Nell cruzó las piernas. Estuvo a punto de invadir la calzada contraria.
—Voy a dejar el café definitivamente —murmuró. Creo que estoy consumiendo demasiada cafeína.
Nell lo miró con expresión desconcertada.
—¿Cafeína? ¿Es ese tu problema?
—Debe serlo. No se me ocurre otra cosa.
—¿Por eso te estás comportando como un oso con dolor de cabeza?
—Estoy seguro de ello —Mac extendió una mano ante sí—. Mírame. Estoy hecho un manojo de nervios.
Nell lo miró y pensó que nunca había visto a nadie con aspecto de estar menos nervioso. En su opinión, Mac parecía más bien enfurruñado, como si estuviera pensando en algo que no le agradara, o como si algo le hubiera sentado mal al estómago. Se preguntó de qué se trataría. De pronto chasqueó los dedos y sonrió.
—No creo que sea el café, Mac. Debe tratarse de cansancio. Probablemente es el resultado de la cita caliente que tuviste anoche.
—¿Qué cita caliente?
—¿No se suponía que ibas a salir con esa turista pelirroja que conociste la otra noche donde Charlie?
—¿Cómo te has enterado de eso?
Nell puso cara de inocente.
—Oh, ya sabes. La gente habla...
Mac golpeó el volante con la palma de una mano.
—¿Por qué no se guarda la gente sus opiniones para sí misma? ¿Es que siempre tienen que tener algo sobre lo que cotillear?
—Sólo si es interesante —Nell había olvidado lo sensible que era Mac respecto a los cotilleos. Pero ella también lo habría sido en su situación.
—¿Quién te habló de esa chica?
—Nadie. Vi cómo simulabas que era un trozo de tarta de cerezas y tú el helado que la acompañaba.
Mac la miró con una expresión casi cómica.
—¿De dónde te has sacado eso?
Nell se encogió de hombros y sonrió.
—No sé. Supongo que todo el asunto parecía demasiado empalagoso.
—Empalagoso —repitió Mac mientras fruncía el ceño—. Nadie me ha llamado nunca empalagoso. ¿Tratas de decirme que debo mejorar mi técnica?
—En absoluto, sheriff. Estoy segura de que a algunas les encanta.
—Desde luego que sí.
Nell no supo si reírse o meterse con él. Si hubiera sido uno de sus hermanos, se habría burlado de él hasta hacerlo reír. Lo cierto era que Mac solía tener un gran sentido del humor. Pero cuando estaba a punto de dedicarse a mejorar su humor se fijó en un buzón que había junto a un sendero de grava.
—Ahí está el desvió que lleva a casa de los Kilbourne.
Mac redujo la marcha y giró cuidadosamente en el sendero.
—Este lugar está en medio de ningún sitio —dijo mientras ascendían por una colina—. Cada vez que vengo aquí siento que estoy volviendo atrás en el tiempo.
Cuando se detuvieron, Nell contempló la casa de madera que se hallaba al final del sendero. Aunque las vistas del lugar eran espectaculares, la casa era una vieja cabaña hecha con auténticos troncos que parecía sacada de una película en blanco y negro. Notó con sorpresa que tenía un nuevo añadido a su derecha.
—Parece que Ted se está dedicando a la construcción —dijo, y rió—. Al parecer, el negocio del alcohol casero debe irle bastante bien.
Mac sonrió.
—Al menos, las vacas se lo están comprando.
Nell salió del coche y miró a su alrededor. La quietud reinante parecía indicar que no había nadie por los alrededores.
—¿Hay alguien en casa? —exclamó mientras se encaminaba hacia la cabaña.
Un instante después se abrió la puerta y salieron varios niños.
—Hola —Nell sonrió y siguió caminando con Mac pisándole los talones, pero se detuvo antes de subir los escalones que llevaban al porche para no asustar a los niños.
—Hola —respondió Ted Junior, el mayor de ellos, que debía tener unos catorce años.
—¿Qué tal van las cosas, Junior? —preguntó Nell.
Junior sonrió.
—Bien. Esta semana no he volado nada, si es a eso a lo que se refiere.
Mac rió.
—Me alegra oír eso.
La hermana de Junior dio un paso adelante.
—Ha sido un accidente, sheriff. Junior trataba de ayudar a papá y... poof.
Junior asintió.
—Así es. Estaba inventando una nueva fórmula para... —se interrumpió cuando la mayor de las chicas le dio un codazo.
—Mamá ha dicho que no hablemos de eso.
Mac subió las escaleras y se sentó en el escalón superior. Luego se quitó el sombrero y miró a la niña.
—Seguro que tú eres Jennie, ¿verdad?
Jennie asintió.
—Sí, señor.
—Conocí a tu mamá cuando no era mucho mayor que tú. Eres tan bonita como ella.
Jennie se ruborizó.
—¿De verdad?
Nell sonrió. Cuando decidía utilizarlo, el encanto de Mac era letal para las mujeres.
—¿Conoce también a mi padre? —preguntó otro de los niños.
—Claro que sí —Mac miró un momento a su alrededor antes de ir al grano—. ¿Sabes dónde puedo encontrarlo?
Nell notó que los niños cerraban de inmediato filas para proteger a su padre. Los Kilbourne permanecían unidos, y ella admiraba aquella actitud.
—¿Está aquí vuestro papá? ¿Podemos verlo?
Los niños se miraron unos momentos. Finalmente, Jennie dijo:
—Ahora mismo no.
—Papá está trabajando —dijo la niña que sostenía en brazos al más pequeño de todos.
Nell ladeó la cabeza.
—¿Dónde está trabajando?
—Allá arriba.
Antes de que Mac o Nell pudieran decir nada, Jennie se acercó a su hermana y tomó al niño de sus brazos.
—Calla, Lily.
La pequeña se puso de morros y fue a sentarse a una silla cercana.
Junior sonrió.
—Papá volverá pronto. Le diremos que han venido por aquí.
—Creo que vamos a quedarnos un rato a esperarlo —dijo Nell.
Los niños se quedaron muy quietos. Nell trató de pensar en algo que decir para romper el silencio, pero no se le ocurrió qué hacer para superar la repentina suspicacia de los niños.
Mac acudió en su ayuda.
—Ese pequeño es igualito a Ted —dijo con una sonrisa—. ¿Me dejas tomarlo en brazos? —alargó éstos hacia Jennie, que le entregó al niño—. ¿Cómo se llama?
—Benjie. Tiene casi dos años.
Mac asintió y rió cuando el niño le quitó el sombrero y se lo puso.
—Es un buen nombre. Pero no recuerdo muy bien el de los demás.
—Yo soy Tyler —dijo el niño más pequeño.
Nell observó a Mac mientras los niños le decían como se llamaban, maravillada por la facilidad que tenía para relacionarse con las personas. Daba lo mismo la edad que tuvieran o quienes fueran; trataba a todo el mundo igual, con respeto y un ligero toque de humor cuando resultaba apropiado. Nell envidiaba aquello. Envidiaba su capacidad para adaptarse a todas las situaciones. Mac incluso se había adaptado a que su prometida lo dejara por otro hombre con mejor futuro... al menos según su prometida. ¿Cuántos hombres habrían sido capaces de enfrentarse a algo así?
Lo miró mientras jugaba con el pequeño y hacía bromas con los demás niños. Parecía tan perfecto que resultaba intimidante, pensó mientras se fijaba en su pelo rubio, que relucía bajo el sol, en su sonrisa mientras Junior le decía algo, en la forma en que sus ojos brillaron cuando miró a Lily. Sintió un agradable estremecimiento mientras lo miraba, aunque no entendió por qué. Después de todo, Mac no era para ella más que un viejo amigo de la infancia que había acabado por convertirse en su jefe. Captó una vaharada de su loción para el afeitado, fuerte y masculino, como el hombre que lo usaba.
¡Cindy debía estar loca!
Nell no pensaba demasiado en la ex novia de Mac pero, en su opinión era demasiado engreída y había tratado a Mac como si fuera su perrillo faldero. Siempre le había sorprendido que Mac lo aguantara, y la única explicación posible era que hubiera estado tan colado que ni siquiera se hubiera dado cuenta de ello. Después de todo, Cindy Gedding era considerada «material de primera» por casi todos los hombres del pueblo, incluyendo a sus hermanos. Nell no entendía cómo se las había arreglado para tener a todos los hombres danzando a su son. Si ella poseyera una décima parte de las artimañas femeninas de que había hecho gala aquella rubia de grandes pechos, no estaría sin un hombre en aquellos momentos...
¿Pero quién quería un hombre?
—Tenemos limonada y galletas. ¿Les apetece un poco? —preguntó educadamente Jennie en aquel momento.
Mac asintió.
—Eso estaría muy bien.
—Me encantaría —añadió Nell, y sonrió mientras la niña organizaba a sus hermanos para ir a por las cosas.
Cuando entraron, señaló hacia la casa con el pulgar.
—¿Cómo te las arreglas? —pregunto en voz baja.
Mac sonrió.
—¿Suerte?
—No creo. Es evidente que tienes la técnica adecuada con los niños.
Mac debería ser padre. Sería un buen padre, pensó Nell mientras veía cómo acariciaba la cabeza del pequeño Benjie. La tonta de Cindy no sabía lo que se había perdido.
Mac le guiñó un ojo.
—¿Sólo con los niños? ¿Y eso de la tarta y el helado que estabas comentando antes?
Nell puso los ojos en blanco.
—De acuerdo. Estás lleno de técnicas. ¿Satisfecho?
—Llevo años diciéndotelo. Quédate aquí y maravíllate del maestro. Podrías aprender un par de cosas.
—Oh, por favor. Pareces mi hermano mayor. Escuchándolo da la sensación de que su esposa no tuvo nada que ver con el hecho de que tuvieran el primer hijo.
Mac volvió a guiñar un ojo.
—Nosotros sabemos divertirnos haciéndolos.
—¿Y qué te hace pensar que esa parte no les gusta a las mujeres? —divertida, Nell vio que Mac se ruborizaba—. Vaya, vaya, vaya —se burló—. Te has puesto colorado, sheriff. ¿Por qué?
Mac apartó la mirada.
—No es cierto.
—Sí lo es.
Mac bajó la voz.
—Lo cierto es que me cuesta imaginarte disfrutando del sexo.
—¿Por qué?
—Porque te conozco desde que tienes cuatro años.
—¿Y?
—Y resulta incómodo hacerlo.
Antes de que Nell pudiera contestar, los niños salieron y fueron hasta una mesa de madera que había bajo un árbol.
—Venid aquí —dijo Jennie mientras ella y sus hermanos distribuían los vasos.
Mac se levantó con Benjie en brazos, pero el niño abrió los ojos y empezó a retorcerse.
—De acuerdo, de acuerdo, te dejo en el suelo.
Al oír un trueno en la distancia, Nell miró a lo alto.
—¿Crees que deberíamos ir en busca de Ted? —preguntó.
—Ni hablar. No sé dónde tiene su destilería y no quiero saberlo —señaló los bosques y las montañas que los rodeaban—. Seguro que nos perderíamos. No quiero estar ahí dentro cuando se desate la tormenta.
El ruido que empezaron a hacer los niños llamó su atención. Cuando volvieron la mirada vieron a Ted y a su hermano Jed saliendo del bosque. Cuando Ted los vio, se detuvo en seco y su hermano chocó con él.
Finalmente, Ted dijo:
—Hola, Mac. Seguro que te ha enviado Hilda, ¿no?
EN cierto modo, Ted —dijo Mac mientras avanzaba hacia ellos.
Nell lo siguió y vio divertida cómo trataban de explicarse ambos hermanos.
—Fue un accidente, Mac.
Jed asintió enfáticamente.
—Teníamos una manguera estropeada.
—Pero ya nos hemos ocupado de arreglarla.
Mac parecía estar haciendo esfuerzos para mantenerse serio.
—¿Significa eso que habéis desmantelado el tinglado que tenéis montado en el bosque, Ted?
—Voy a pasar esta hoja de mi vida, Mac. A partir de ahora voy a ser totalmente legal.
—Pero es una pena —dijo Jed con auténtico pesar—. Eran las vacas más felices que he visto en mi vida.
—Sí —asintió Ted—. La gente no ha dejado de ir a la granja de Hilda para conseguir su leche.
Nell rompió a reír. No pudo evitarlo. Al cabo de unos segundos logró controlarse.
—¿Qué has querido decir con eso de que vas a ser legal, Ted?
—Voy a pedir todas las licencias necesarias y voy a poner a punto mi equipo y todo lo demás.
—¿Y cuándo has tomado esa decisión?
Ted sacó un libro del bolsillo trasero de su pantalón y lo palmeó enfáticamente.
—Cuando mi hermano y yo hemos descubierto que debemos centrar mejor nuestro mercado.
—¿Centrar mejor vuestro mercado?
—Eso es. Jed y yo somos empre... empresarios independientes.
Jed asintió vigorosamente y Ted palmeó de nuevo el libro.
—Hemos sacado un montón de buenas ideas de aquí. Tenemos que ponerlas en acción. El Festival de la Cosecha se acerca y...
—Un momento —interrumpió Nell—. No estaréis planeando exponer a los visitantes a vuestro mejunje, ¿no?
—Claro que no, agente —dijo Ted—. No todo el mundo tiene la constitución necesaria para la receta de mi padre...
Jed agachó la cabeza automáticamente.
—Descanse en paz —murmuró.
