Un millonario aburrido - Meg Lacey - E-Book
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Un millonario aburrido E-Book

Meg Lacey

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Beschreibung

Aburrido de su vida de millonario, Richard Darcy Kristoff decidió aceptar un desafío: vivir durante un mes con unos completos desconocidos sin poder utilizar ni su nombre ni su fortuna. Así pues consiguió un empleo de capataz en una granja de caballos dispuesto a pasar cualquier prueba... pero no se había preparado para enfrentarse a la increíble belleza de Silver Braybourne, la hija de su jefe. El futuro de Silver dependía de los caballos y de su habilidad para ganar. No estaba dispuesta a dejar que nada se interpusiera en su camino, y mucho menos la arrogancia del nuevo capataz, que era demasiado sexy para hacerle frente. También podría dejarse llevar por la tentación una sola vez y después centrarse en su futuro. Lástima que una sola vez no fuese suficiente...

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Seitenzahl: 177

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2002 Lynn Miller

© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.

Un millonario aburrido, n.º 1180 - marzo 2015

Título original: Million Dollar Stud

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Publicada en español en 2002

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-5814-5

Editor responsable: Luis Pugni

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo Uno

 

Richard D’Arcy Kristof, heredero de la fortuna familiar de los Kristof, entró en uno de los salones privados del exclusivo club de campo que frecuentaba, se quitó la pajarita y se desabrochó el cuello de la camisa.

–Así está mejor –dijo con un suspiro de alivio–. Odio estos disfraces.

Tomó el vaso de whisky añejo que le acercó su primo Nicholas Demetries, y se lo bebió de un solo trago, estirando a continuación el brazo para que se lo volviera a llenar.

–Una noche dura, ¿eh, primo? –rio Nicholas entre dientes mientras vertía el líquido ámbar.

–Si tengo que bailar con una sola debutante más, me tiro por una ventana –contestó Darcy con cara de pocos amigos.

Nicholas, alto, guapo e inmaculadamente vestido con un elegante traje veraniego, se acercó y le dio un cariñoso apretón en el hombro.

–No pienses en verte libre de esas señoritas casaderas hasta que alguna de ellas ocupe el puesto por el que todas sueñan, como afortunada esposa de todo un semental que vale más de un millón de dólares.

–Dios no lo quiera. Y no me llames así, sabes que lo odio.

–Sí, pero la prensa rosa tiene que vender ejemplares a cualquier precio, ya lo sabes, es ley de vida.

Darcy se encogió de hombros, desde hacía meses se encontraba tenso y descontento. Ninguna mujer era capaz de retener su atención más de cuarenta y ocho horas. Sentía como si, en cierta forma, hubiera llegado al final de ninguna parte, su vida era tediosa y no veía la forma de enderezarla, no sabía qué esperaba del mundo, ni de la vida, ni de sí mismo.

–Me aburro espantosamente.

–Pobre muchachito multimillonario –se burló Nick guiñándole un ojo–. Dime, ¿qué te pasa, Darcy? Llevas una temporada disgustado con todo. ¿Hay algo en especial que quieras contarme?

–Sí… No. No sé.

–Sé que tus padres te están presionando para que sientes la cabeza…

–… con una mujer adecuada a mi rango. Lo cual implica montones de dinero y de contactos sociales.

–No puedes culparlos. Después de todo, tu boda tiene una gran importancia desde el punto de vista familiar.

–Fortuna, reputación, herencia, contactos, etcétera, etcétera, etcétera –suspiró Darcy.

–Me temo que sí, de eso se trata.

–Demonios, Nick, estoy desesperado. Todo me resulta tan monótono…

–Eso es culpa tuya. Dispones de los medios materiales necesarios para divertirte como mejor te apetezca.

–Lo sé –admitió Darcy sonrojándose–. Pero necesito hacer algo completamente diferente.

–¿Cómo qué?

–No lo sé –dijo golpeando la mesa con el puño–. Necesito una aventura, algo que me cambie de arriba abajo, que me permita encontrarme a mí mismo. Hay algo dentro de mí que no está en su sitio. A veces me pregunto cómo sería ser un don nadie. ¿Sabes a lo que me refiero?

–No.

–Me gustaría ser un hombre cualquiera, sin que nadie se interese por cotillear mi vida y sin que las mujeres me acosen con sus mejores trucos para darme caza. Me refiero a vivir como una persona normal y corriente.

–Descártalo –rio Nick–. Tú jamás podrás ser una persona normal y lo sabes.

–¿Estás seguro? ¿Por qué no? –preguntó Darcy incisivamente mientras una súbita sonrisa de complacencia inundaba su rostro: una idea tomaba forma en su mente. Miró enigmáticamente a su primo con la famosa expresión que componían los Kristof ante un reto, la misma que su abuelo había empleado para hacer frente al enemigo en la segunda guerra mundial o, al menos, eso decía la leyenda familiar.

–Porque tienes dinero a raudales y un estilo de vida que la mayoría de la gente envidia y que nunca logrará alcanzar, y porque actualmente eres el soltero de oro del estado de Virginia y, probablemente, de toda la costa este de los Estados Unidos. Jamás podrías convertirte en una persona normal.

–¿Qué te apuestas?

–Lo que tú quieras.

–Te apuesto mi coche nuevo a que soy capaz de vivir como una persona normal durante un mes.

–¿Tu coche nuevo? –inquirió Nick boquiabierto–. Amas ese trozo de metal como no has amado a mujer alguna jamás.

–Eso es porque me proporciona más diversión y menos preocupaciones. Pero no estoy preocupado. Voy a ganar la apuesta.

–Ya veremos. Así que pretendes salir de aquí y convertirte en un hombre normal. ¿Y… se puede saber cómo va a conseguir el rey de las revistas del corazón ese milagro?

–Busquemos un mapa –dijo Darcy, dispuesto a poner su idea en práctica inmediatamente.

–¿Un mapa?

–Necesito irme a alguna parte, donde nadie me conozca –se acercó a una de las estanterías en las que el club archivaba bibliografía sobre viajes para uso de los socios–. Aquí está, un mapa de los Estados Unidos –Darcy lo desplegó encima de la mesa. Se tapó los ojos con una mano y con la otra puso al azar un dedo sobre él, calculando que no estuviera demasiado lejos de Virginia–. Ya está –dijo echando un vistazo–: Cecil, Kentucky, un sitio tan bueno como cualquier otro.

–¿Cecil? Parece un lugar remoto y desconectado de la civilización.

–No, mira. Está en medio de una gran zona de pastos, al sudoeste de Lexington.

–Lexington es la capital de las carreras de caballos, Darcy. ¿Cómo puedes pensar que nadie va a reconocerte allí? Por Dios, tu familia posee un importante rancho de caballos en WindRaven.

–Ya, pero yo no frecuento el rancho, como bien sabes. Apenas se me conoce de vista en algunos círculos ecuestres de Virginia. Además, nadie podrá conectarme con Darcy Kristof del rancho WindRaven, porque nadie espera encontrarse conmigo. Simplemente, verán a un hombre normal y corriente. Eso es todo.

–Barrunto un auténtico desastre –le advirtió Nicholas con el ceño fruncido.

–Te preocupas demasiado.

–Me pagas para que lo haga.

–Bien. Este es el trato: yo me escapo para tener una aventura durante un mes, y nadie, aparte de ti, debe saber dónde estoy –resumió con la mirada absorta en lontananza y satisfecho de sí mismo por primera vez en mucho tiempo. Quizá esa fuera la forma adecuada de alterar su vida para poder conocerse realmente a sí mismo, no al estereotipo con el que convivía desde hacía años.

–Es la estupidez más grande que he oído en mucho tiempo. Si realmente quieres ponerte a prueba, ¿por qué no asumes la dirección de alguno de los negocios de tu familia?

–Eso supondría dejar en la calle a mucha gente que actualmente trabaja para mí. Además, no me sacaría de mi entorno social, que es lo que realmente necesito para reflexionar.

–Darcy –suspiró Nicholas–. Ya es hora de que tomes las riendas de tu propia vida.

–Eso es lo que pretendo hacer, Nick. Prométeme que no le vas a confesar a nadie mi plan. Ni siquiera a mis padres.

–No me lo van a preguntar, están en Europa en la villa de tu tío.

–Correcto. Y se supone que yo tengo que reunirme con ellos la semana próxima.

–Sí. Para el cumpleaños de la tía Rosalind.

–Tendrás que inventarte algo para cubrir mi ausencia, Nick. Venga, tómatelo con deportividad, se trata de una apuesta. O vivo un mes como una persona normal o te entrego la llaves de mi Jaguar. Y si gano yo, me dejas que use tu nuevo y lujoso barco durante los próximos seis meses.

–De acuerdo. Es una apuesta –accedió Nicholas, estrechando la mano de Darcy–. Lo vas a hacer de todas maneras… –añadió sirviendo otras dos bebidas que apuraron de inmediato para sellar el pacto–. Pero, ¿a qué demonios piensas dedicarte en Cecil, Kentucky?

–No te preocupes, Nick. Eres mi abogado, no mi madre. No te compliques, convéncete de que lo voy a pasar estupendamente –dijo Darcy a modo de despedida, abandonando la cómoda butaca y dirigiéndose hacia la puerta.

–Qué tranquilo me dejas –contestó Nicholas con una mirada sardónica–. De todas maneras, llámame si me necesitas.

–Nos vemos dentro de un mes –prometió su primo, saliendo de la sala para abandonar el club.

Una vez tomada la decisión, Darcy decidió no perder el tiempo con los preparativos. El lunes al amanecer, echó una raída bolsa de viaje casi vacía en el asiento de la vieja y destartalada camioneta que había tomado prestada de uno de sus mozos de cuadra y se puso en camino, con un sentimiento de libertad poco usual. Evitó las autopistas y condujo por carreteras de tercer orden hasta que entró en Kentucky, cruzando las suaves colinas de los Apalaches.

 

 

Silver Braybourne tiró levemente de las riendas mientras el caballo trotaba en círculo.

–Vamos, cálmate –le dijo con suavidad.

Lucky Hand no era un caballo joven e inexperto, pero aún no había desarrollado todo su potencial. Sin embargo, Silver estaba convencida de que ese animal tenía la fuerza y el espíritu necesarios para ganar una carrera. Justo lo que necesitaba el rancho Braybourne para salir del bache económico que arrastraba desde hacía un par de años. Lucky Hand había llegado a sus manos de forma poco convencional, ya que su padre lo había ganado inesperadamente, jugando al póquer con un desconocido, y eso le restaba valor como semental, puesto que se desconocía su pedigrí. No obstante, ella sabía que, con un entrenamiento adecuado, ese caballo negro podría sacarles de apuros. Llevaba dos meses trabajando con él y aún quedaban seis semanas para la Copa Rosemont. Se secó el sudor de la frente con la manga de su camiseta de algodón. Hacía demasiado calor en Kentucky para ser el mes de junio y todos los ganaderos de los alrededores rezaban para que lloviera antes de que se perdieran los pastos. Desmontó y llevó a Lucky Hand hacia los establos. Allí encontró a Tater, el mozo de cuadra que había contratado su abuelo y que todavía estaba con ellos en el rancho. El anciano tenía una expresión preocupada.

–¿Pasa algo, Tater? –preguntó Silver.

–Nada, los pagos de los jornaleros van a volver a retrasarse.

–Todo eso cambiará en cuanto yo me haga cargo del rancho y tengamos un poco de suerte. Confío totalmente en Lucky Hand, aunque desde el accidente de papá…

–Se repondrá, solo se ha roto un brazo y se ha magullado una pierna. Pero no creo que quiera cederte el mando del rancho, muchacha, se supone que debes asistir a las fiestas del vecindario y a las reuniones sociales para encontrar un marido adecuado.

–No me interesan los maridos, me interesa este caballo y me interesa el futuro del rancho. He aprendido a sonreír, a hablar y a vestirme para seducir a un hombre al viejo estilo sureño, pero prefiero limpiar los establos.

–Silver… –dijo Tater soltando una carcajada–. El hombre que apueste por ti va a tener que hacer gala de una gran fortaleza de carácter.

–¿Has intentado alguna vez ponerte unos zapatos de tacón alto? –bromeó ella inspeccionando los deshilachados vaqueros y las viejas botas de montar de ambos–. Se te duermen los dedos de los pies al instante.

–Pero estás muy guapa cuando te vistes como una señorita.

–Afortunadamente, lo hago muy pocas veces… Ah, por cierto –dijo consultando su reloj de pulsera y asombrándose de cómo se había pasado el tiempo–, mamá y yo tenemos que asistir esta tarde a un té de beneficencia, se me había olvidado. Me marcho, Tater, aún tengo que vestirme y maquillarme un poco –dijo acariciando el hocico de Lucky Hand–. ¿Podrías cepillarlo y darlo de comer?

–Claro, vete a enfundarte en tu mejor traje y pásalo bien.

 

 

Darcy paró un momento en el arcén justo delante del letrero de Cecil. En ese momento empezaba la verdadera aventura. Estaba a punto de cumplir veintinueve años y podía disfrutar de todos los lujos materiales, pero necesitaba algo más: encontrarse a sí mismo, alimentar su espíritu. El calor de la tarde caía a plomo en Kentucky y Darcy suspiró por una bebida bien fría y una buena ducha. Era hora de ponerse en marcha de nuevo, así que regresó al interior de la camioneta, la puso en marcha y se dirigió al centro de Cecil. Era una bella ciudad, llena de antiguas casas recién restauradas y de jardines bien cuidados, la calle principal estaba flanqueada de olmos centenarios. Necesitaba encontrar un lugar donde pudiera ofrecer sus servicios como jornalero y pensó en los almacenes de forraje. Encontró uno al otro lado de la ciudad, en las afueras. El edificio principal tenía un gran porche delantero, a la sombra del cual se encontraban dos ancianos jugando al ajedrez. Detuvo la camioneta delante de ellos y se desperezó, consciente de las miradas curiosas que le dedicaron ambos. Era un forastero.

–¿Dónde puedo conseguir una bebida fría? –preguntó.

–Hay una máquina de refrescos dentro, señor…, en el vestíbulo –contestó uno de los hombres con el cabello cano.

–Gracias –dijo Darcy con una ligera inclinación de cabeza. Entró, seleccionó una bebida y dio un gran trago antes de regresar al porche. «Si tengo suerte, estos dos ancianos me proporcionarán la información que necesito», pensó.

–Está solo de paso, ¿no? –se interesó Tater.

–No, señor. Busco trabajo por aquí para una temporada. Tengo más experiencia con los caballos que con los pastos –aclaró. Aunque hacía mucho tiempo que había perdido el contacto con los negocios ecuestres de la familia, Darcy dio gracias al cielo de que su abuelo lo hubiera obligado a trabajar todos los veranos en el rancho WindRaven hasta que cumplió los trece años–. ¿Saben de algún rancho de cría y entrenamiento de caballos que necesite el trabajo de un hombre?

–Es posible, es posible… –contestó Tater entornado los ojos. Darcy lo miró con su mejor sonrisa, esperando que el anciano se decidiera mientras él se felicitaba por su buena suerte–. Quizá podríamos intentarlo en mi rancho –dijo al fin–. Harden Braybourne, el dueño, ha tenido un accidente y tenemos demasiado trabajo, pero el salario no será generoso –advirtió–. Eso sí, podrá disponer de comida y alojamiento.

–¿Harden necesita contratar a un hombre? No me habías dicho nada –intervino el otro anciano–. A Silver no le va a gustar la idea.

–A veces hablas demasiado, Lawrence –lo amonestó Tater, antes de dirigirse de nuevo a Darcy–. Mi nombre es Travis O’Neill, pero todo el mundo me llama Tater –se presentó.

–Rick Darcy –contestó él estrechándole la mano–. Pero llámeme Darcy, eso es lo que hacen todos.

–De acuerdo, Darcy, sígueme hasta el rancho Braybourne y allí concretaremos los detalles con Harden.

Cruzaron un paisaje de suaves colinas, un impresionante cañón de piedra caliza con un río azul al fondo y un gran bosque, antes de llegar al abierto panorama de pastos, típico de la región. Tater tomó un camino a la derecha y se dirigió hacia una casa blanca rodeada de establos, todos ellos decorados con molduras de madera pintadas de verde oscuro. A Darcy le alivió comprobar que no era un rancho lujoso como los que ya conocía. Eso le permitiría convertirse en una persona normal con mayor facilidad. Saltó de la camioneta y siguió a Tater hasta el interior de los establos, donde el ambiente era fresco y oscuro, y olía a heno y a caballos. Aunque todo estaba limpio y ordenado, había pocos animales. Darcy dirigió una muda pregunta a Tater, con una ceja enarcada.

–Hemos pasado varios años malos y hemos tenido que vender parte de la cuadra. Una pena –comentó Tater resignado.

–Tater, ¿has visto a…? –resonó de pronto la potente voz de Harden Braybourne mientras se acercaba a ellos. Era un hombre alto, fuerte y canoso, con un brazo en cabestrillo y un bastón en la otra mano. Cuando se percató de la presencia de Darcy enmudeció al instante y lo observó con detenimiento.

–Harden, te presento a Rick Darcy –dijo rápidamente Tater–. Acaba de llegar a la ciudad, sabe de caballos y necesita un trabajo temporal. Lo he traído para que podamos hablar de su experiencia laboral.

–Hum, sí –asintió Harden–. Cuéntame.

–He vivido siempre rodeado de caballos –contestó Darcy con nerviosismo: era su primera entrevista de trabajo y nunca antes se había visto obligado a adornar la verdad en su propio beneficio–. Mi abuelo fue en sus tiempos uno de los mejores criadores de caballos de carreras del país.

–Bien, eso servirá, por el momento. Necesitamos urgentemente la ayuda de un hombre para que me sustituya mientras me recupero. Te contrataremos en calidad de capataz para que supervises las actividades del rancho y podrás disponer de la ayuda de Ed y Billy.

–No te olvides de Silver, Harden. Tu hija se toma muy en serio el rancho –intervino Tater.

–Silver se va a casar pronto –replicó él con el ceño fruncido.

–¿En serio? No me ha contado nada.

–Bueno, aún no es definitivo, pero sé con seguridad que John Tom Thomas va a pedírselo. Es guapo, tiene dinero y procede de una buena familia. No creo que Silver pueda rechazarlo.

–Me muero de aburrimiento cada vez que lo veo, papá –terció inesperadamente una joven voz femenina.

Darcy miró con sorpresa hacia el portón de los establos, pero no pudo verla con claridad puesto que estaba a contraluz. Solo pudo apreciar una silueta alta y esbelta con la cabeza rodeada por una espesa melena de color rubio platino. Harden parecía pillado en falta y decidió guardar silencio. La joven se acercó con gran elegancia de movimientos. Parecía una estrella de cine: piernas largas y bien formadas, caderas estrechas, pechos redondos, llenos y prominentes…, todo ello cubierto con un lujoso traje de verano de color naranja. Sin saber por qué, Darcy imaginó que era una mujer fría de cara al exterior, pero llena de pasión por dentro, justo el tipo de mujer que le hacía perder los estribos. Con sorpresa, sintió cómo su cuerpo se estremecía y, al instante siguiente, deseó lamerla de arriba abajo. Aún no había visto su rostro, pero su voz y la elegante silueta de su cuerpo bastaban para indicarle que esa mujer era como un pedazo de hielo a punto de derretirse. Darcy catalogó a Silver entre las mejores jóvenes solteras de clase alta que había conocido hasta entonces, aunque estaba asombrado de encontrarla en ese rancho venido a menos. Apartó la vista con esfuerzo.

–¿Qué tal el té de beneficencia, Silver? ¿Lo habéis pasado bien? –preguntó Harden.

–Hemos tomado bocadillos de pepino y ensalada de frutas. ¿Qué tal suena?

–No había pollo asado en el menú, ¿eh? –comentó Darcy riendo entre dientes, a pesar de no haber sido presentado.

–Ni una sola proteína –aclaró Silver sonriéndole con sorpresa. ¿Quién era ese hombre?–. Pero hicimos entrega de un cheque sustancioso al hospital infantil con los beneficios de la venta del libro de recetas locales escrito por la Asociación de Damas Sureñas –añadió dirigiéndose a su padre. Darcy dedujo que se trataba de una organización respetable con propósitos benéficos. A pesar de la primera impresión que había recibido de ella, cambió de opinión al conocer sus actividades sociales. Sin duda, solo era otra aburrida joven casadera a añadir a la larga lista que ya conocía. No sabía cómo podía haberse estremecido de deseo nada más verla–. Y bien, ¿alguien me va a presentar a nuestro invitado? –preguntó Silver depositando una mirada absolutamente neutral sobre Darcy.

–Es Rick Darcy, nuestro nuevo capataz –anunció Harden estudiando la expresión de Silver, que se quedó estupefacta–. Darcy, te presento a mi única hija, Sylvia…, es decir, Silver… –Harden cambió inmediatamente de tema, consciente del impacto que la noticia había tenido sobre su hija–: Tater, ¿por qué no acompañas a nuestro amigo hasta su alojamiento?

Las miradas de Silver y Darcy confluyeron con la velocidad del rayo, los ojos de ella brillaban incrédulos y, sin mayor ceremonia, se acercó a él y le plantó un dedo acusador sobre el pecho.

–Así que eres el nuevo capataz –le espetó, obviamente contrariada.

–Solo temporalmente, hasta que tu padre mejore –intervino Tater, diplomáticamente.

–Acaban de contratarme hace unos minutos –explicó Darcy con calma.

–Entiendo. ¿Y… has surgido misteriosamente de la nada?

–No –rio él–. He llegado hoy mismo a la ciudad en busca de un trabajo como jornalero.

–¿Un trabajo como jornalero? Te advierto que dirigir un rancho ecuestre como este es algo bastante complicado –advirtió ella, desafiante.

–Silver, por favor, olvida tu mal humor –le pidió su padre con una paciencia que parecía infinita–. Darcy es consciente de lo que significa dirigir un rancho. Si no, no lo hubiéramos contratado. Además, este no es el momento adecuado para discutir ese tema. Vente a casa conmigo y hablaremos tranquilamente –dijo mientras se alejaba apoyándose en el bastón.