Los años robados - Gema Baqué - E-Book

Los años robados E-Book

Gema Baqué

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Beschreibung

Mikel regresa a Éibar por una oportunidad laboral que le ofrece el ascenso a Primera del equipo de fútbol local, pero su verdadera motivación es descubrir la causa de la desaparición de su padre cuando él era apenas un adolescente. La investigación que emprende junto a su tía Carmen conecta Éibar, Estella, Pamplona, Deba, San Sebastián y Madrid, y le conduce hasta una incómoda verdad que afectará profundamente a los miembros de su familia. La búsqueda familiar se equilibra con Éibar como coprotagonista. El equipo de fútbol, el pueblo y su ambiente sirven como contrapunto cotidiano a los dilemas morales que deben afrontar los personajes, y se acompasan con su estado emocional.

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Seitenzahl: 412

Veröffentlichungsjahr: 2024

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LOS AÑOS ROBADOS

La edición de este libro ha recibido una ayuda del Departamento de Cultura y Política Lingüística del Gobierno Vasco.

1ª edición: mayo de 2024

© 2024, Gema Baqué

© De la presente edición: ALBERDANIA, 2024

Istillaga, 2, bajo, - 20304 Irun

Tel.: +34 943 63 28 14

[email protected]

www.alberdania.net

Portada: composición a partir de una fotografía de mikkelwilliam (iStock).

Impreso en Ulzama (Uharte, Navarra)

ISBN: 978-84-9868-870-2

Depósito legal: D-99-2024

LOS AÑOS ROBADOS

GEMA BAQUÉ

ALBERDANIA

novela

A mis padres.

A mis abuelos Elena y Ángel,

y en especial, a mi tía Tere.

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I

EVA MARÍA GONZÁLEZ MAULEÓN

Temporada 1946-1947

Noviembre no era un mes para andar ligero de ropa por Tierra Estella, pero aquella tarde se presentó inusualmente cálida. Una explosión de colores vibrantes, ocres, rojos y anaranjados, mezclados con todas las tonalidades de verde, descendían desde la sierra de Urbasa hacia el sur para dar paso a los tonos amarillentos de la ribera. Aunque el ambiente bochornoso invitaba a la indolencia y a la pereza de las tardes de verano, Eva no tenía tiempo que perder. La niña salió de casa de forma apresurada y cogió su desgastado abrigo, más por instinto que por necesidad. Tras pasar dos horas buscando ayuda, se conformó con el tarro de aceite que le dio la partera de la calle San Veremundo, y regresó con paso acelerado, cuesta arriba, por San Andrés. A mitad de camino, el aire viró a norte. En ese momento agradeció la protección del abrigo, se abrochó los botones y apretó el tarro de aceite contra el pecho.

La atmósfera había cambiado muy rápido. La calle ya no tenía los colores suaves que la acompañaron al inicio de su periplo. La luz cálida de media tarde se había vuelto oscura, cubriéndolo todo de un manto gris, y el viento, cada vez más frío, hacía presagiar una colosal tormenta que había de inundar Estella. Eva caminaba mirando al suelo cuando vio la primera gota, un gran círculo oscuro con una salpicadura en forma de corona. Era tan grande y solitaria que instintivamente miró hacia los balcones, por si algún vecino se había descuidado con el riego. No había nadie. Solo pudo observar unos nubarrones densos e inestables que atravesaban Estella a un ritmo vertiginoso. Antes de la siguiente gota distinguió el primer rayo que anunciaba el chaparrón. Un olor metálico impregnó el ambiente y la pequeña sintió la ansiedad crecer en su interior, como una corriente eléctrica que la recorría desde los dedos de los pies hasta la cabeza. Empezó a llover con una cadencia cada vez mayor. Se apresuró, pero no era fácil correr con peso. Protegida por los aleros de las casas del casco antiguo, tan pegadas entre sí que los vecinos casi podían tocarse, llegó a la plaza de los Fueros. El enorme claro se abría como un patio de luces en plena ciudad y albergaba la iglesia de San Juan Bautista, una pieza de ajedrez gigante, que la contempló impasible. Bajo el amparo de los arcos, pasó veloz por un extremo de la plaza, aceleró la marcha cerca de la puerta lateral del templo y siguió corriendo sin parar hasta el callizo de las Platerías. Alcanzó la estrecha callejuela en el momento en el que un relámpago estallaba encima del casco antiguo. Todos los que todavía quedaban a la intemperie empezaron a correr.

El piso en el que vivía con su madre estaba en el centro de una amalgama de calles estrechas con casas de poca altura, mucha historia y poso medieval. Subió las escaleras del oscuro portal de dos en dos, como había aprendido a hacer aquel año, y llegó jadeando al rellano del último piso. Su madre se encontraba tumbada en el camastro gris, con la piel cada vez más apagada. La tenue luz que trataba de abrirse camino en la habitación impregnaba la estancia de dramáticos claroscuros y resaltaba la blancura de su rostro. Eva trató de calmarse. Afuera, la tormenta se había desatado por completo. Ríos de lluvia bajaban hasta las alcantarillas, que los engullían insaciables, cada vez más rápido, formando un vórtice imparable y frenético. La niña sintió vértigo. Llevaba semanas cuidando de su madre sin resultados; de hecho, cada día que pasaba se encontraba peor, hasta el punto de que había empezado a pensar que la culpa era suya por no saber atenderla. Debía de estar haciendo algo realmente mal. Se agachó y le pasó la mano por la frente con dulzura. Estaba ardiendo.

—Mamá, te he traído un frasco de aceite de oliva.

Antonia, que tenía la boca seca y entreabierta, la miró con una expresión vacía, como si pudiera ver, más allá de los muros del edificio, el agua rabiosa que inundaba las calles.

—Me ha dicho la partera que esto te ayudará.

—Pero si no he dado a luz, mi niña. ¿Qué sabrá la partera? —dijo volviendo en sí—. ¿No has encontrado al médico?

—Sí, pero me ha dicho que no podía venir, que la partera me daría algo para ayudarte a reponer fuerzas.

Abrió el bote de cristal, cogió una cucharilla y la llenó del oro líquido, tan difícil de conseguir en aquellos días de frío y racionamiento. Su madre no había comido nada desde hacía días, decía que no tenía hambre y Eva a duras penas conseguía darle algo de agua o de caldo. El aceite la ayudaría. Al tragar, los labios de la mujer se contrajeron en un gesto de asco y movió las manos en señal de rechazo. Después volvió a recostarse y a cerrar los ojos. La niña se acomodó en el único asiento que tenían, una silla de madera con la pintura desconchada que usaban por turnos y que servía para todo en aquella casa: de asiento, escalera..., incluso de colgador de ropa. Se agarró el pelo de las sienes y tiró de él con tanta fuerza que acabó arrancándose algunos mechones. Sus lágrimas cayeron silenciosas. No quería que su madre supiera que lloraba. En algún lugar de su infantil cabecita sabía que no había nadie más que pudiera cuidarla; la responsabilidad de atenderla le correspondía solo a ella. Sintió frío y se quitó la ropa mojada, que colocó bien extendida en la mesa de la cocina. Miró a su madre y se preguntó cómo conseguirían pasar el invierno. Había pensado en buscar un trabajo, pero tenía solo diez años y su madre le advirtió de que nadie la admitiría de aprendiz, no hasta que tuviera al menos doce o trece.

Pronto anochecería. Los pocos enseres de aquella humilde cocina se oscurecían a medida que moría el día. La lluvia arreciaba con intensidad y de vez en cuando un rayo iluminaba el espacio sombrío en el que la niña pretendía ser fuerte. Eva se puso una vieja bata y se tumbó junto a su madre, a la que rodeó con toda la extensión que le permitía su pequeño brazo. Echó una manta sobre ambas.

Dos horas después se despertó, helada. Se incorporó. Su madre tenía los ojos cerrados, pero su boca seguía abierta y, pese a la falta de luz, se la veía todavía más pálida que antes.

—Mamá... —susurró—. Vamos, tienes que tomar otra cucharada de aceite para entrar en calor. —Movió su cuerpo suavemente.

Entonces los vio. Decenas de piojos de todos los tamaños aparecieron en la frente de Antonia. Algunos bajaron hacia las cuencas de sus ojos y luego hacia la nariz y la boca. Otros salieron por detrás de las orejas y descendieron por su mentón hacia el cuello para perderse en el camisón, o bajo los pliegues de la manta y de la almohada en la que reposaba. Eva dio un salto hacia atrás y dejó de tocarla. La observó desde un lado de la cama. La luz sepulcral de las farolas entraba por la ventana, clareando tímidamente la estancia. Sintió un escalofrío y se agarró los codos, petrificada. ¿Cómo pasaría ahora ella sola el invierno?

A la mañana siguiente, la tía Merche limpiaba el cuerpo de la difunta ante la atenta mirada de don Eladio, el cura párroco amigo de la familia. Eva los observaba desde la cocina, sentada en la silla, con el corazón agarrotado. Tras horas de lluvia sin descanso, el cielo había escampado y su madre parecía haber recuperado el color de una manera extraña; la palidez del día anterior había desaparecido de su cara, sin embargo, era evidente que ya no estaba allí. La rigidez de su cuerpo y la inquietante expresión vacía de su rostro constataban la ausencia de vida y provocaban en la pequeña un miedo seco, frío, solitario.

Había pasado toda la noche con el cadáver. Antonia murió estando ya muy oscuro, y ella no tuvo el valor de ir hasta la casa de la tía Merche, que vivía en una población situada en las afueras de Estella, a casi tres kilómetros del callizo de las Platerías. Desde el suelo donde había velado el cuerpo de su madre, en mitad de aquella noche tempestuosa, la distancia se le antojaba descomunal. Demasiado lejos. Demasiada lluvia. Demasiado frío. Demasiado miedo. Eva se había acurrucado en el suelo junto a su madre, dándole vueltas a lo que pasaría con su vida a partir de ese momento. No quería vivir con la tía Merche, aquella señora gorda y gritona que parecía ver todos sus defectos y a la que siempre había llamado así, aunque en realidad era la tía de su padre. Pero, dadas las circunstancias, concluyó que no tendría muchas más opciones. Había tardado en caer dormida y lo había hecho a trompicones. Su último sueño, intranquilo y lleno de extraños personajes, la había sumergido en un incómodo duermevela hasta las nueve de la mañana.

Merche bajó los brazos de Antonia y los colocó cruzados encima de su pecho.

—¿Hay algún otro familiar cerca? —preguntó el párroco.

—No. —Merche miró de reojo a Eva—. Tuvo también un niño, pero murió al año de nacer, el pobre. Menos mal, porque siempre fue muy delicadillo él: nació mongólico y con problemas de corazón. El padre los abandonó poco después.

—¿Sabemos dónde está el padre?

—Murió.

Merche le explicó la situación familiar. Juan, su sobrino y el padre de la pequeña, siempre había sido un impresentable, un vago que hacía lo justo antes de tomarse sus vinos diarios. A nadie le sorprendió que dejara a Antonia al primer contratiempo, cuando tuvo que enfrentarse a una situación que le sobrepasaba.

—Un zángano. Siempre lo pensé. Pero al menos tuvo la decencia de dejar a su mujer a cargo de una sola niña y no de una prole —zanjó con frialdad.

—Así que la cría no tiene más familia cercana. —dijo el cura sosteniéndole la mirada.

—Creo que tiene una tía en Eibar, hermana de la madre. Se marchó allí hace unos años a trabajar en una empresa de armas, pero no tengo forma de contactar con ella.

—¿Se hará cargo usted de la niña entonces?

Merche se revolvió, incómoda. No tenía ninguna intención de cuidar de aquella mocosa sosa y silenciosa que parecía estar siempre perdida en su propio mundo. Tenía sesenta años, demasiados para ocuparse de los hijos de nadie, y además tampoco había tenido una relación tan estrecha con su sobrino.

—Mire, don Eladio, aunque yo quisiera, y le aseguro que me encantaría cuidar de ella, no tengo medios suficientes. Ya sabe que estoy de alquiler y me da justo para comer. ¿Cómo voy a atender a una niña? No sabría qué hacer. ¡Si ni siquiera he tenido hijos propios! —Hizo una pequeña pausa—. Si la iglesia me pudiese ayudar...

Don Eladio habló suavemente, utilizando el tono dulzón y melódico que usan los curas y que Merche pensó que deben de enseñar en los seminarios.

—¿Y este piso? ¿De quién es?

Merche bajó la voz al contarle todo lo que sabía sobre el piso. Había sido de su hermano, el abuelo de Eva, pero al morir se lo había dejado a su único hijo, su sobrino Juan, así que entendía que la heredera ahora era la niña. Merche echó un rápido vistazo alrededor. Los papeles debían estar en alguna parte. Sin embargo, el cura no les dio demasiada importancia y, pensando siempre en el bien de aquella criatura, enseguida trazó un plan por el que Merche vería compensada su piedad. Se acercó a la niña y le contó que no tenía nada que temer, que su madre estaba ya en el cielo y que, en breve, su tía Merche se iría a vivir con ella para cuidarla.

Eva parecía haber recibido toda la palidez que su madre había abandonado en las últimas horas. Bajó los ojos y se miró las manos cruzadas sobre el regazo. Apretó sus pulgares uno contra el otro. Trataba de contener las lágrimas, pero dos gotas se escaparon sobre la cima de sus dedos y resbalaron lentamente por las laderas del improvisado Montejurra que acababa de formar con ellos.

Las siguientes semanas transcurrieron envueltas en una angustiosa neblina, blanca y tupida, que emborronó los recuerdos de Eva. La tía Merche apenas le hablaba, tan solo le gritaba de vez en cuando para echarle en cara que ella tampoco abriera la boca o para afearle los modales en la mesa. Al día siguiente de morir su madre, llegó con algunas bolsas y, en poco tiempo, lo limpió todo y cambió de sitio los escasos enseres de la casa. Se trajo una segunda silla, más elegante y cómoda, y dejó la de madera descascarillada para la niña. Ocupó la cama que antes compartía con su madre y a Eva le trajo un pequeño catre que tenía en su piso de alquiler, que colocó en una esquina del salón, haciendo las veces de diván durante el día. Don Eladio las visitaba de vez en cuando, les llevaba comida y un sobre cerrado que entregaba a su tía, y así, entre la lluvia, el viento, el frío, los largos silencios, los gritos ocasionales y la comida caliente, pasó parte del invierno, hasta que su tía le anunció por sorpresa que había localizado a la hermana de su madre y que estaba deseando que fuera a vivir con ella.

Una semana después, Eva finalmente partió hacia Eibar en La Estellesa. Fueron días difíciles, en los que la tía Merche se cebó con ella, recordándole a cada instante lo inútil que era. «Cuando llegues a Eibar tendrás que trabajar, si no la tía Felisa no podrá mantenerte», le soltaba a la menor oportunidad.

* * *

Eva María González Mauleón llegó a Eibar el 3 de febrero de 1947. Aquel viaje sí que lo recordaría bien, porque tuvo que poner todos sus sentidos en guardia para recorrer sola un largo trayecto que duró horas. Primero, de Estella a San Sebastián en autobús y, posteriormente, de San Sebastián a Eibar en tren, llevando consigo tan solo un ligero macuto con sus escasas posesiones y una carta redactada por don Eladio con instrucciones de viaje, que la niña mostraba a los empleados de La Estellesa y de RENFE para que la ayudaran. Cuando el tren paró al fin en Eibar, su tía Felisa la estaba esperando en la estación. La recibió nerviosa, con los ojos brillantes y un regocijo contenido, pero evidente. Enseguida la llevó de la mano a una vivienda de la calle Grabadores, a la que llegaron en apenas un minuto. El edificio era más elegante de lo que Eva esperaba; la fachada estaba en sombra, pero tenía unos preciosos miradores de madera que le daban un aspecto señorial. Entraron por un portal angosto, del que se desprendía un delicioso olor anisado que recorría toda la escalera, hasta que, en el tercer piso, accedieron a una vivienda de techos altos que les dio la bienvenida con un gran recibidor. Su tía la condujo hasta la cocina, junto al salón, al otro extremo de la casa. En aquella vivienda antigua, las ventanas orientadas al sur eran un privilegio reservado para las zonas comunes y el sol de la tarde iluminó la cara de la niña. Junto al hogar de leña, se encontraba cocinando una señora, menuda y rechoncha, con el pelo ondulado matizado de grises, y una cara redonda que armonizaba con las curvas del resto de su cuerpo. La tía Felisa se quitó el abrigo y descubrió un delantal con manchas blancas sobre su ropa. Parecían de harina.

—¿Tienes hambre, mi niña? No me preguntes cómo, pero hemos conseguido algunos huevos para hacerte un San Blas de bienvenida, ¿verdad, Águeda?

La señora de contornos suaves asintió y se abalanzó sobre ella para darle un gran abrazo y besuquearle la cara, mientras decía algo totalmente incomprensible. Al acabar, le ofreció un trozo minúsculo de una torta cubierta de glaseado blanco que Eva saboreó lentamente. El aroma del San Blas, hecho de harina, huevos, azúcar, manteca y anís, le traería a la memoria, de por vida, el sabor a los nuevos comienzos.

CAPÍTULO II

MIKEL GOÑI URDANETA

Temporada 2014-2015

—Mikel Goñi —afirmó el entrevistador mirando el currículum—. Como el pelotari.

—Eso es.

—Supongo que estarás harto de que te lo digan.

Mikel sonrió. En realidad, la confusión solo se daba en el País Vasco. En Madrid, donde vivía, nadie conocía al pelotari. Pensó que quizás tendría que acostumbrarse al chiste fácil. Aún quedaba un último candidato por entrevistar, pero el proceso de selección había ido tan bien que confiaba en sus opciones. Era la última ronda de entrevistas y, al igual que las dos anteriores, se había desarrollado de forma fluida, como si el perfil que buscaban encajara a la perfección con su carácter, formación y experiencia previa. Mikel optaba al cargo de director de estrategia digital de la Sociedad Deportiva Eibar, un puesto de nueva creación, como todos los que necesitaban cubrir antes del comienzo de la temporada, tras el ascenso a Primera División.

La buena noticia y la mala eran la misma. Estaba todo por hacer. El club pasaba de tener un empleado a tiempo completo en Segunda a alrededor de veinte, en Primera. Una plantilla minúscula en comparación con otros clubes, pero que, para el Eibar, suponía un crecimiento impensable poco antes. No le daba miedo comenzar desde cero, era algo que le había tocado hacer en varias empresas, y tenía a su favor un carácter metódico, ordenado y minucioso, que le ayudaba a sacar adelante los proyectos que le apasionaban. Mikel se tomaba el trabajo, y la vida, muy en serio. Luchaba, a veces sin medida, para que ambos rozasen la perfección, y el esfuerzo ingente no le intimidaba. Tenía un buen empleo en Madrid, y muchos en su lugar no se hubiesen movido de la silla, pero aquella oportunidad le motivaba lo suficiente como para dejar atrás la seguridad de la capital.

Tras una hora de conversación se despidieron de él con amabilidad, le estrecharon la mano calurosamente y extendieron recuerdos a la familia, en especial a Germán. Le arroparon hasta la puerta de las oficinas y Mikel salió al mundo confiado y nervioso. Aceptar aquel puesto suponía mucho más que un cambio laboral, significaba un cambio de vida y, sobre todo, una vuelta a un pasado en el que llevaba mucho tiempo sin escarbar. El sol le cegó la vista al atravesar los muros de Ipurua. Casi había olvidado que, más allá de la oscuridad de la sala de juntas, le esperaba un radiante día de finales de julio. Eibar. Verano. Viernes. Al bajar las escaleras que bordeaban el exterior de la cocina-comedor del Eibar, conocida como el txoko, se sacudió la penumbra de aquel lugar y respiró el aire, todavía fresco, de la mañana. El cielo se mostraba de un azul intenso, sin una sola nube. Algo raro en el norte, incluso en verano. Se respiraba vida de barrio, mujeres que tendían la ropa, olor a carne frita y potajes que salían de las casas; una extraña mezcla de jubilados y gente joven en los bares cercanos al estadio. Había tanta luz que le costaba casar las sensaciones de aquella mañana con las memorias del pueblo en el que vivió hasta los trece años.

Continuó bajando hacia Unzaga, donde había quedado con su tía Carmen. Todo estaba muy cambiado. Aunque el campo de fútbol seguía prácticamente igual, la carretera de Elgueta y el barrio de San Cristóbal tenían un aspecto más limpio de lo que recordaba. En su memoria Eibar siempre había sido gris. Según descendía, le vinieron imágenes en blanco y negro, oscuras, desaturadas. Retratos puntuales de personas y lugares dispersos en el tiempo. Resonancias de un pasado desdibujado que llevaba muchos años intentando olvidar. La lluvia constante, las fábricas monocromáticas de Txonta y Matxaria, el pueblo cubierto por la niebla visto desde la ikastola Iturburu donde estudió, y de manera muy viva, recordaba a sus amigos el día que se marchó. Vestidos con abrigos ajustados y pantalones de pata ancha. Mirándole en silencio en la parada de Unzaga.

En cuanto se apeó del autobús de la ikastola y vio allí a su tía Carmen, supo que algo iba mal. La marquesina estaba a dos minutos de su casa y, desde que comenzara a ir a clase en primero de EGB, nadie había ido a esperarlo. Mikel se asustó, no hacía falta explicarle que la presencia de su tía tenía que ver con la desaparición de su padre, cuatro días antes. Aquel recuerdo del 3 de noviembre de 1995, con su tía vestida de azul oscuro, había permanecido oculto en lo más profundo de su mente durante años, pero desde su regreso a Eibar no dejaba de atormentarlo. Su tía llevaba unas grandes gafas de sol de pasta, pese al penetrante xirimiri que lo nublaba todo. No hubo explicaciones, ni despedidas. Cuando le dijo que debía acompañarla a San Sebastián, se giró para decir adiós a sus amigos y estos le miraron con caras pasmadas, sin comprender qué ocurría. A la mayoría no los había vuelto a ver.

Sin embargo, ese día de julio de 2014 descubrió un pueblo alegre, descarado, que exhibía sus banderas azulgranas en balcones y ventanas, gritando al mundo su orgullo de estar en Primera División. El sol veraniego invitaba a celebrar el momento en alguna terraza de la calle Dos de Mayo, a la que las nuevas generaciones llamaban ahora Toribio Etxeberria. Descendió pensativo por las escaleras que atajaban la curva de la carretera de Elgueta. A la vuelta de la esquina, el cielo y el pueblo se abrieron ante él y se encontró a bocajarro con una vista del centro. Al fondo, el espeso verdor de los montes contrastaba con un cielo azul mediterráneo, de esos que solo pueden observarse en el norte durante algunos afortunados días de julio y agosto. A la derecha, el nuevo juzgado ocupaba el lugar donde siempre había estado el Banco de Pruebas de armas; más abajo, el ayuntamiento; y justo detrás, la casa familiar. Mikel respiró hondo. Hacía años que no la veía desde ese ángulo. En las contadas ocasiones en las que había regresado al pueblo no había podido observarla, porque la casa se elevaba sobre el apeadero del tren, invisible desde pie de calle. Normalmente evitaba buscarla con la mirada, como si así pudiera tapar sus recuerdos, sin embargo, esta vez se topó con ella de frente. Brillaba al sol. Tercer piso. Persianas bajadas. Hacía años que nadie vivía allí, nunca se revendió, ni se había alquilado. Sus abuelos eran aún los dueños y su madre, antigua moradora, permanecía ausente y desinteresada. De pronto sintió la curiosidad de volver a pisar el suelo de madera y se preguntó si seguiría crujiendo en los mismos recovecos. Sus recuerdos de la casa, tan marcados y vivos, quizás no se corresponderían con la dosis de realidad que imponen los años. Uno siempre ve las cosas de forma diferente con el paso del tiempo.

En Unzaga, la gente se agolpaba en las terrazas de los bares y en los arcos de los edificios que bordean las dos plazas. Muchos tomaban un vino con un aperitivo, y la mayoría de las conversaciones giraban en torno al fútbol, el único tema que existía en Eibar esos días. Se acababa de publicar el calendario liguero y el pueblo estaba alborotado, como si de repente hubiera tomado conciencia de que, efectivamente, su equipo había subido a Primera. La Liga empezaba fuerte, con un derbi contra la Real Sociedad y una visita a Madrid para medirse contra el Atlético. Luego el Depor, el Elche..., el Real Madrid en la jornada doce, el Barcelona en la veintisiete y, en medio, un montón de equipos que sonaban a telediario, Carrusel Deportivo o El Larguero, y situaban al Eibar en el centro de un universo fantástico al que, hasta entonces, no pertenecía. Los eibarreses llenaban las terrazas haciendo sus cábalas. Todos hablaban de lo mismo, desde los más entendidos hasta los que nunca se habían interesado por el fútbol. Algunos, dispuestos a disfrutar al máximo de un premio nunca soñado, convencidos de que la aventura de su equipo en Primera no duraría más de una temporada; otros, los menos, sumaban al disfrute la esperanza de aguantar allí más tiempo. Estaban también los críticos, escépticos ante una situación que no terminaban de asimilar, y a la que tampoco veían grandes ventajas. Mikel escuchó las conversaciones de fondo, que hablaban de viajar a tal o cual ciudad para seguir al equipo, mezcladas con risas, tráfico y olor a rabas. Cruzó la calle y siguió por la plaza donde hubo un kiosco de música muchos años antes. Montones de niños vestidos con camisetas del Eibar jugaban al fútbol frente a la entrada del hogar del jubilado y el cartel de prohibido jugar al fútbol, pero ese mes de julio ni siquiera los jubilados parecían molestos ante la avalancha de niños y balones.

Su tía le esperaba a la altura del Guridi, resguardada del sol bajo los arcos, con unas elegantes gafas de pasta, grandes y oscuras, que le trajeron recuerdos del pasado. Una blusa clara, una falda ligera y vaporosa, un vermut en la mano y el bolso en la otra. Cruzó la calle Calbetón y se la encontró de perfil, mirando hacia la plaza del ayuntamiento. No se había percatado de su llegada, así que se acercó por detrás y le tocó suavemente la cintura. Carmen se giró y le abrazó sonriente. Mikel se preguntó cómo era posible que aquella mujer, tan distinta a su madre, nunca perdiera el buen humor.

—¿Qué te apetece? —preguntó Carmen.

—No sé... ¿Un café?

—Es tarde para un café, mejor un marianito, ¿no crees?

Aquella bebida le provocó un pinchazo de nostalgia de domingos de misa y encuentros con amigos de sus padres, bitter cinzanos, algún vino, marianitos, croquetas y mosto para los niños.

—¡Qué guapo te veo! —Carmen levantó la mirada y abrió los brazos para agarrarle de los hombros y observarle bien. Le clavó los ojos—. ¿Te van a coger?

Mikel se mostró cauto.

—Todavía no es seguro, tía, habrá que esperar.

Carmen le frotó cariñosamente los brazos y se ofreció a sacarle la bebida. Desapareció dentro del bar, emocionada por ver de nuevo al sobrino que había estado distanciado tantos años. De toda la familia, ella era la única que le había animado a presentarse a aquel puesto; de hecho, fue ella quien le envió un pantallazo del anuncio de empleo por WhatsApp. «Esto es para ti», le dijo. La primera reacción de Mikel fue contener la risa. No se le había pasado por la cabeza volver a Eibar, y menos aún para trabajar, pero las oportunidades laborales a veces aparecen donde menos se esperan. Al principio no le hizo caso, pero ella insistió y plantó una semilla minúscula que creció en su interior en pocas semanas, dándole pequeñas punzadas en el vientre. Mikel llevaba años en una multinacional, en un cargo de responsabilidad que dominaba a la perfección y que se le estaba quedando pequeño. Tenía treinta y dos años, hacía cuatro meses que había roto con su novia y empezaba a aburrirse de vivir en una ciudad como Madrid, donde ya lo había hecho y visto casi todo. No quería jubilarse en la misma empresa. Necesitaba un cambio, pero no tenía ni idea de qué hacer con su vida. La semilla de Carmen se hizo fuerte muy rápido. Crecía en tierra abonada para mudanzas y nuevas aventuras, y ella se encargó de regarla frecuentemente enviándole enlaces a noticias sobre el Eibar, fotos de su pueblo y deseos de vivir cerca de él. La oferta de empleo encajaba con su formación y trayectoria profesional de una manera tan clara y abrumadora que, al fin, se animó a enviar el currículum y entró en el proceso de selección in extremis, precipitando el giro de acontecimientos.

Durante las primeras entrevistas se repetía a sí mismo que le vendría bien cambiar de aires y disfrutar del ascenso del Eibar desde dentro, en un arrebato de oportunismo poco frecuente en él. Trabajar durante un tiempo en un equipo de fútbol daría una nueva dimensión a su currículum y le permitiría conocer a mucha gente. O eso pensó. Sin embargo, había algo más, algo que no había confesado a su tía, ni a nadie, pero que era clave para comprender su predisposición para regresar a su pueblo natal. Hacía años que daba vueltas a los acontecimientos silenciados de su infancia. Creía que la desaparición de su padre era un asunto superado, pero al cumplir los treinta algo se removió en su interior. Necesitaba descubrir por qué su padre los había abandonado, conocer la verdad y entender, al fin, lo ocurrido en su familia. Nadie había sabido explicárselo de manera convincente. Su terapeuta le animó a investigar, pero las preguntas que lanzó a su madre se encontraron con un muro de silencio por respuesta, seguido de algunos reproches por desenterrar un pasado ya olvidado. Las incógnitas seguían sin resolverse.

Su tía llegó con un marianito y se sentaron en la terraza. Mikel la observó. Apenas cincuenta metros detrás, se encontraba la parada de autobús en la que apareció por sorpresa aquel noviembre de 1995 para llevárselo a San Sebastián. Más tarde se trasladaría a Madrid y no volvería a Eibar más que en fechas señaladas y celebraciones puntuales.

—Tía —pausó un poco para captar su atención—, no sé si lo aceptaré. Por un lado, me apetece muchísimo, pero, por otro, no lo veo claro.

Carmen lo miró asombrada. El proceso de selección estaba a punto de concluir y hasta entonces no había oído dudar a su sobrino ni una sola vez, aunque lo cierto era que ella fue la primera sorprendida cuando se decidió a enviar el currículum.

—¿Crees que no es bueno para tu carrera?

—No es eso. —Mikel sufría al pensar su respuesta—. Me preocupan más las implicaciones personales: dejar atrás mi entorno, mis amigos... Me da miedo venir aquí y encerrarme demasiado en mí mismo, pasar el día trabajando y no relacionarme con nadie. Hace casi veinte años que no vivo en Eibar y ya no tengo contacto con la gente que conocía. En realidad, solo os tengo a ti, al tío Peio, a Iosu y a los aitxitxas.

El carácter reservado de Mikel era proverbial. Era cariñoso con las personas más cercanas, pero no se abría fácilmente a los desconocidos. Su aura proyectaba un muro de protección, difícil de atravesar.

—No pensaba contártelo todavía, pero te puedo buscar hasta novia, si quieres.

—No lo dirás en serio...

Bromeaba, claro, aunque había hablado con conocidos para que Mikel saliera con gente de su edad.

—Tía, por favor, que no tengo diez años.

Rieron. Carmen apoyó la mano en su brazo y apretó suavemente.

—Nos tienes a nosotros —le dijo—, lo demás ya vendrá.

Mikel no parecía muy convencido. La relación con sus abuelos se había enfriado mucho en los últimos años y le incomodaba imaginar que coincidiría con ellos a menudo. Viviendo en Eibar no había manera de evitarles. No se lo dijo a su tía, pero ese contacto le producía cierta amargura, aunque no sabía explicar por qué. Su tío Peio era un perfecto desconocido para él y su primo Iosu tenía apenas dieciséis años. En realidad, solo la tenía a ella.

Acababa de salir de la entrevista final y sabía que casi no le quedaba tiempo para cambiar de opinión. Todavía no le habían dicho que el puesto era suyo, pero no hacía falta, se notaba en sus caras, en su forma de dirigirse a él y de darle recuerdos para la familia. Estaba a punto de aceptar el trabajo y su cuerpo se rebeló, tensándose lenta e inexorablemente.

—¿Qué es lo que te hace dudar?

Mikel hizo una pausa.

—Me apetece volver a mis raíces. Esta es una oportunidad única y no me la quiero perder, pero... —Paró un momento y miró a su copa—. No lo sé, tía.

Pensó en las barreras que iba a tener que atravesar para llegar al núcleo de los enigmas enterrados de su familia. La idea de bucear en los misterios de su árbol genealógico le produjo sensación de ahogo. No sabía si estaba preparado. No sabía si realmente quería cruzar ciertas fronteras y dar voz a los fantasmas que aguardaban tras el silencio.

Carmen sintió cómo los planes que había trazado con cuidado para su sobrino estaban a punto de despeñarse por una fisura abierta en la tierra, imperceptible hasta ese momento, pero real. Reaccionó rápido y sacó unas llaves del bolso.

—¿Sabes de dónde son?

—¿De Mekola?

—Sí. —Su tía sonrió—. Creo que deberías pasarte por tu casa y meditar un poco antes de tomar una decisión. Es un paso muy importante, y tienes que estar seguro.

Mikel cogió las llaves y le dio las gracias.

—¿Quieres que te acompañe?

—Gracias, tía, pero no será necesario.

En la familia había un acuerdo tácito para que, en caso de regresar, Mikel viviera en el piso donde pasó su infancia. Contaban con más viviendas vacías en Eibar, pero nadie dudaba de que volvería allí. Ni siquiera él. Avanzó hacia el ascensor a pie de calle que subía hasta el portal de Mekola. Inquieto por pisar el suelo de madera que aún crujía en su memoria, subió lo más rápido que pudo y entró en el distribuidor a tientas. La luz estaba cortada. Se dirigió a las ventanas de la habitación donde antes se encontraba el piano, abrió las persianas y dejó que la luz del verano invadiera el espacio. Como un poseso, fue levantando el resto de las persianas de la casa sin parar, hasta que acabó con las del salón y se quedó de pie, junto a la ventana. Le llamó la atención un marco dorado con un retrato de su madre de joven que presidía el anticuado mueble librería donde también estaba la tele. Se sentó en un viejo orejero tapado por una sábana y comprobó que, en realidad, la imagen de Amaia Urdaneta estaba presente en multitud de marcos repartidos por toda la estancia. Las fotos mostraban a una mujer joven, muy atractiva, con una amplia sonrisa omnipresente, sola o rodeada de familia y amigos. Cuando era niño su madre solía sonreír así. Su expresión no cambió hasta el exilio en el piso de sus abuelos en Donostia. Recordó los angustiosos meses en la casa de San Sebastián, la lluvia incesante de aquel invierno, el curso perdido, tanto para él como para su hermana. Ane Goñi Urdaneta tenía seis años cuando les dejó su padre y vivió aquella experiencia mimetizándose con Amaia. Se identificó con su madre de tal modo que el cordón umbilical entre ellas parecía seguir intacto. Madre e hija se sumieron en una profunda depresión; claro que Mikel no sabía que esa era la palabra que definía su estado, porque ningún médico llegó a diagnosticarlas. Para él, su madre y su hermana estaban muy tristes. Igual que él. Solo que, para su todavía incipiente léxico, simplemente estaban «mucho más tristes». Las recordaba metidas en la misma cama, dormidas durante casi todo el día. En el caso de su madre, por una apatía incontenible que la incapacitaba para levantarse, amplificada por las pastillas que tomaba para paliar el dolor, sin éxito. En el caso de Ane, por pura imitación. La niña, aún inconsciente de la trascendencia de la desaparición del padre, absorbió el inmenso dolor de la madre por contacto íntimo. Mikel se dedicaba a llevarles agua, mimarlas y preguntarles qué tal estaban, a lo que ellas siempre respondían con un monosilábico: «Bien». Aprendió a hacer tortillas francesas y se convirtió en un auténtico virtuoso dándoles forma y volteándolas con el tenedor. Las sartenes acabaron destrozadas, pero las tortillas le salían perfectas, mullidas y jugosas por dentro. Cuando se acordaba de aquellos meses no podía creer que hubieran sobrevivido a base de leche, Cola Cao y huevos, pero lo cierto es que no recordaba haber comido mucho más, salvo en las ocasiones en las que su amama o su tía les llevaban túperes de comida deliciosa, que su madre y su hermana apenas probaban.

El dolor de aquellos días se escondió luego en lo más profundo de la psique de sus protagonistas. Su madre mejoró al año siguiente, cuando se fueron a vivir a Madrid y comenzó a visitar a un terapeuta de la capital, lejos de miradas extrañas, sin que ninguna persona de su entorno eibarrés llegara a descubrir que necesitaba ayuda psicológica.

Con el tiempo, tuvo otras relaciones. Comenzaron tras montar una galería de arte, un par de años después de su llegada a la capital. Durante la presentación de la exposición de un joven pintor andaluz, Mikel escuchó a dos empleadas de la galería cuchichear. «Es demasiado joven para ella», dijeron. Y cuando se dieron cuenta de que el crío estaba tan cerca que podría oírlas, se alejaron con disimulo para evitar que siguiera la conversación. Él sabía que había habido más de un pintor, sin embargo, su madre fue siempre muy discreta y no llegó a presentar a sus hijos a ninguno de sus novios. O quizás nunca llegaron a esa categoría.

Ane renació al iniciar el curso en un nuevo colegio madrileño. Cuando la vida la sacó de la cama, cueva y guarida de sus monstruos, y la puso en pie de camino a clase a diario. Se fue recuperando más o menos al mismo ritmo que mejoraba su madre, de la mano de Tere, la niñera que apareció en sus vidas al llegar a Madrid. Despacio, pero con paso firme.

Se acordó de sí mismo. Tras la desaparición de su padre, se convirtió en el inesperado pilar que mantuvo a la familia a flote durante unos meses en San Sebastián. Al llegar a Madrid, cuando su madre y su hermana empezaron a revivir, tardó en encontrar su sitio. Se acostumbró muy poco a poco a Tere, a no ver apenas a su madre, a ser el único hombre de la casa, a estudiar en otro idioma y a los nuevos amigos. Al igual que ellas, salió adelante, pero conservó para siempre la tendencia a aislarse y el gusto por la soledad, la impronta seria, contemplativa, tirando a melancólica, y la consciencia clara de que el dolor no desaparecería de sus vidas, por mucho que se fueran a vivir a Madrid, o al fin del mundo. El dolor seguiría con ellos, a veces visible, a veces agazapado entre las sombras, escondido en el asiento trasero del vehículo que tomaron para huir del desaliento. Cuando entró en la casa de Mekola, ese mismo dolor volvió con fuerzas renovadas, y Mikel tuvo claro que debía encontrar a su padre para averiguar qué pasó realmente. Por qué les dejó. Por qué se fue sin decir nada. Necesitaba descubrirlo para someter el dolor. Durante muchos años había rechazado la idea de reencontrarse con él, por desprecio, por odio incluso. Pero lo cierto era que nunca llegó a creerse las diferentes versiones que escuchó de niño sobre las razones de su huida. Las más crueles decían que era gay y había huido con un hombre, o que había robado en la empresa familiar para escaparse con una mujer más joven que Amaia. Hubo también otros rumores, más o menos rocambolescos, pero a Mikel no le convencieron. Había algo que se le escapaba, y al entrar en el piso de Mekola y ver la imagen radiante de su madre multiplicada, sonriéndole desde el pasado, se dio cuenta de que, en realidad, hacía ya mucho tiempo que había tomado la decisión de aceptar el trabajo.

CAPÍTULO III

GERMÁN URDANETA BANDAORMAECHEA

TEMPORADA 2014-2015

Mikel recorría las estancias del piso familiar y, cada pocos pasos, la madera del suelo crujía con un lastimoso llanto que empezaba a sacarle de quicio. Estaba deshaciendo la tercera maleta y tenía serios problemas para guardar la cantidad ingente de ropa, zapatos, libros y trastos que se había traído de Madrid. Buscaba un lugar para el equipo de submarinismo. No podía guardarlo en su habitación, donde a duras penas había conseguido hacer hueco para la ropa de diario. Abrió el armario del pasillo, pero se lo encontró repleto de sábanas blancas con un fuerte olor a alcanfor. Lo cerró rápidamente y avanzó por el largo corredor con el chaleco de buceo, el regulador, las aletas y las gafas. Resopló exasperado, ¿quién le habría mandado traerse el equipo de bucear? Bien pensado, estaba mejor en Eibar que en Madrid, al menos bastante más cerca del mar. Continuó hasta el fondo y entró en el despacho. Se detuvo un momento. Una gran librería de caoba hecha a medida cubría tres de sus paredes, creando una sensación claustrofóbica, con baldas abarrotadas de libros, papeles, carpetas, adornos de cristal y fotos familiares.

Se dio la vuelta y cerró la puerta.

Volvió por el pasillo y entró en el cuarto de su hermana. Era una habitación infantil y, para su sorpresa, tenía los cajones y armarios llenos de prendas de bebé, a pesar de que Ane tuviera ya seis años cuando se marcharon. Harto de cargar con peso por toda la casa, arrojó el equipo de submarinismo encima de la cama. Se sentó al lado y respiró hondo. Estaba sudando.

La vivienda se encontraba casi igual que cuando se marcharon diecinueve años atrás. Como si un escape nuclear les hubiera obligado a abandonar su hogar de manera precipitada, sin tiempo para recoger sus cosas y dejarlo todo ordenado antes de salir. Sin embargo, había sábanas tapando los sofás del salón. Era curioso. Alguien se había preocupado de eso, pero no de vaciar los armarios, que en su mayoría conservaban los mismos cachivaches que cuando se fueron. Había periódicos y revistas de 1995, algunas prendas que dejaron atrás por motivos que él desconocía, mantas, sábanas, álbumes de fotos, libros, adornos... Hasta la cocina guardaba los enseres de la época. Su madre no había querido volver a Eibar. Cuando lo hacían, por Navidad o algún cumpleaños, se quedaban en casa de los aitxitxas y enseguida les apremiaba para regresar a Madrid. A Mikel le asombraba cómo habían dejado la casa, pero, sobre todo, que siguiera así. Le extrañaba que sus abuelos descuidaran aquella propiedad tan bien situada, que seguía siendo el mismo piso amplio y luminoso de siempre, pero desprendía un tufillo trasnochado, como de otra época. La madera estaba presente no solo en los suelos, también a modo de boiserie, e incluso en el techo del comedor. Las paredes se habían pintado de amarillo huevo, la decoración sobrecargada resultaba asfixiante y el interior de los muebles estaba a rebosar.

Necesitaba un descanso. Se había mudado la noche anterior y llevaba todo el día tratando de acomodar sus cosas, castigado por el sol que entraba de lleno por las ventanas abiertas. Se dirigió al salón, destapó los muebles y descubrió un gran tresillo granate que hacía juego con dos orejeros de cuadros y con los largos cortinones de terciopelo que recordaba perfectamente. Los muebles y las telas eran de excelente calidad, como todo lo que compraba su abuela, pero, de pronto, le entraron ganas de ir a IKEA y redecorar el salón. No estaba seguro de poder aguantar mucho tiempo rodeado de colores tan estridentes. Después de un minuto decidió colocar de nuevo las sábanas, se sentó en el tresillo y encendió el enorme televisor de tubo. La pantalla dio un destello de luz y le transportó a otra época durante un instante; pero de repente se apagó sola, y le dejó contrariado. Antes del viaje a IKEA tendría que pasar por alguna tienda de electrodomésticos. Sin tele, ni wifi, no sobreviviría mucho tiempo en aquel decorado de los noventa. Sus intentos de revivirla fueron en vano y decidió que ya tenía suficiente por aquel día. Se preparó para la cena en casa de sus abuelos. Le llevaría días, tal vez semanas, poner un poco de orden y hacer un hueco para sí mismo; pero no había nada que le entretuviera después del trabajo, así que decidió dar prioridad a esa tarea.

La tarde del sábado se replegaba y los eibarreses se preparaban para ver el partido. Los afortunados que contaban con canales de pago podían hacerlo desde sus casas, pero muchos optaron por aprovechar los últimos coletazos del verano para juntarse con los amigos y cenar en la calle, viendo el partido desde algún bar.

Mikel tocó el timbre del portal de Dos de Mayo que tantas veces había visitado de niño. Solía merendar allí los jueves, cuando su madre tenía partida con las amigas y le obligaba a acudir a casa de los aitxitxas después de la ikastola. La amama Loli lo alimentaba bien: pan con chocolate, pan con nocilla, bocadillo de jamón, un plátano o una mandarina y un yogur. Había suficiente cantidad y calidad, y no demasiada conversación. En el ascensor no logró encontrar muchos recuerdos cálidos de aquella casa, pero decidió dar una oportunidad a la velada y, cuando Loli abrió la puerta, le sonrió. Su abuela le dio dos besos.

—Ya teníamos ganas de verte.

Habían regresado ese fin de semana después de pasar el verano en Donostia. Mikel, por su parte, se acababa de incorporar al club tras cerrar varios asuntos pendientes en Madrid que retrasaron su llegada a Eibar y le impidieron estar presente al comienzo de Liga. Era su primer encuentro después de mucho tiempo.

La casa parecía otra. Se notaba el gusto de su abuela y probablemente la ayuda de algún decorador profesional. Los techos seguían siendo tan altos como recordaba, pero ahora el blanco dominaba el recibidor: paredes impolutas, cornisas de estilo parisino y grandes puertas lacadas, visibles desde el recibidor, distribuían la casa. Sobre el suelo de roble había una alfombra persa en cálidos tonos suaves y encima del liviano aparador de mármol, un Tapies. Observó divertido que la casa de sus abuelos parecía un moderno y luminoso piso sacado de una revista de decoración, mientras que la suya parecía la casa de sus abuelos.

—Qué bien huele, amama.

—Gracias. Tenemos chicharro al horno con patatas y ensalada. Cenaremos viendo el partido —le invitó a entrar—. Que conste que es porque se ha empeñado tu abuelo, que si no... Ya sabes que en esta casa no se ve la tele durante las comidas.

Estaba espléndida a sus 78 años, acicalada como si fuera a cenar en un restaurante, con un vestido a media pierna bastante ajustado y zapatos de calle de tacón bajo. La media melena rubia de siempre enmarcaba su mentón, quizás ahora algo más corta. Abrió la puerta doble acristalada que daba acceso al salón. Definitivamente, habían hecho obras. Los cuadros diseminados por toda la estancia dejaban patente que el gusto de su abuela por el arte se había beneficiado de los contactos de Amaia en las principales galerías de Madrid. De niño normalmente no salía de la cocina, que contaba con una pequeña televisión, todo un alarde de poderío en aquellos tiempos, así que el acceso al salón no era imprescindible para un crío de su edad, más aún cuando era una zona casi vetada para los niños. María, la interna que se ocupaba de la casa, le recordaba cada jueves que debía caminar con tiento, descalzo, y que estaba prohibido subir los pies al sofá. Recordaba un salón de muebles oscuros y sobrecargados que apenas pisó durante su infancia. Sin embargo, los muebles antiguos habían sido sustituidos por otros más modernos, elegantes y sobrios. Este nuevo salón estaba vivo. Tenía la calidez de los espacios usados, la luminosidad de antaño, colores claros en muebles y textiles, alguna pieza selecta de los años cincuenta y muchas plantas. Resultaba acogedor, una sensación que no transmitía el anterior. Calculó que ocupaba casi el doble, ya que había absorbido una habitación adyacente. La mesa de comedor ya estaba dispuesta para la cena.

—Vaya, amama, voy a tener que contratarte para que me ayudes a redecorar el piso de Mekola.

—Cuando quieras, maitxia —sonrió, complacida.

Lo condujo hasta un recoveco del salón. Germán estaba sentado en un Eames de cuero negro, con el periódico en la mano y el móvil apoyado en el otomán, y se incorporó despacio al ver a su nieto. Estaba excesivamente abrigado para la época del año, con un pantalón de raya diplomática, jersey de pico, elegante camisa azul y corbata en contraste.

—¿Qué tal estás? —su abuelo le estrechó la mano.

Mikel sintió una presión en la parte superior de su espalda. Un peso le separó los omoplatos. El calor le subió por el cuello hacia las mejillas y se le secó la boca.

—Bien. ¿Y tú?

—Jodido, como puedes ver.