Los Apóstoles - Ernest Renan - E-Book

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Ernest Renan

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Beschreibung

Los Apóstoles, obra de Ernest Renan, es un exhaustivo estudio histórico y religioso que narra la vida y la labor de los discípulos de Jesús. Publicada en 1866, la obra se inscribe en el contexto del siglo XIX, donde se producía una intensa reflexión crítica sobre la religión y la historia. Renan utiliza un estilo literario que combina la narración histórica con un análisis filosófico, presentando a los apóstoles no como figuras sacras inalcanzables, sino como hombres comunes profundamente influenciados por su tiempo y contexto social. La prosa es fluida, impregnada de un tono casi novelado, lo que facilita al lector entender tanto la dimensión humana como la espiritual de estos personajes históricos. Ernest Renan, filósofo y escritor francés nacido en 1823, tuvo una vida marcada por la exploración del cristianismo desde una perspectiva secular. Su formación como semitista y su interés en la crítica textual de la Biblia le otorgaron las herramientas necesarias para abordar la figura de Jesús y sus seguidores con una mirada renovadora. Renan, que vivió en un periodo de fuerte volcán social y religioso, intentó reconciliar el racionalismo moderno con su herencia católica, motivación presente en esta obra. Recomiendo encarecidamente Los Apóstoles a aquellos interesados en la intersección de la historia, la religión y la literatura. La obra despliega un rico análisis de los primeros seguidores de Jesús, en un marco que invita a la reflexión crítica sobre la religión misma. Renan se distancia de la doctrina de fe tradicional, ofreciendo una perspectiva humanista que invita al lector a reconsiderar la figura y el legado de los apóstoles. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria. - Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Ernest Renan

Los Apóstoles

Edición enriquecida. Revelando la verdad sobre los seguidores de Jesús en el siglo XIX
Introducción, estudios y comentarios de Gaspar Arias
Editado y publicado por Good Press, 2023
EAN 08596547825098

Índice

Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Los Apóstoles
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas

Introducción

Índice

Entre el fervor de la fe naciente y el rigor de la historia crítica se abre el espacio intelectual de Los Apóstoles. Obra de Ernest Renan, se presenta como el segundo volumen de su Historia de los orígenes del cristianismo y apareció en la década de 1860. Su género es el ensayo histórico, apoyado en la crítica de fuentes y en la comparación filológica, con una mirada secular propia de la erudición europea del siglo XIX. El libro explora la fase inmediatamente posterior a la muerte de Jesús y describe cómo un núcleo de discípulos transforma una convicción local en una corriente capaz de atravesar fronteras culturales y lingüísticas.

Situada en la Palestina y el Mediterráneo oriental del siglo I, la obra reconstruye paisajes, ciudades y redes de intercambio que sirven de marco a la circulación de ideas religiosas. Renan escribe desde el ámbito del estudio histórico, no como teólogo confesional, y busca separar las capas de tradición de los hechos plausibles según los métodos de su tiempo. Publicada tras el impacto de su Vida de Jesús, la entrega sobre los apóstoles amplía el arco narrativo de la serie y desplaza el foco hacia la organización, los itinerarios y las estrategias de difusión que convierten un mensaje carismático en una realidad social.

El planteamiento inicial es nítido: comprender cómo la pequeña comunidad de discípulos se convirtió en un movimiento reconocible en distintas ciudades. A partir de ese punto, el libro propone una lectura que alterna explicación histórica y escenas evocadas con cautela, siempre subordinadas a la evaluación crítica de testimonios. La voz de Renan es ensayística y didáctica, con una prosa sobria que evita el dogmatismo y privilegia la claridad argumental. El ritmo es sereno, más analítico que dramático, y acompaña al lector por capas de evidencia, comparaciones y contextos, de modo que la intriga no depende de episodios, sino de la elucidación gradual de procesos.

Entre los temas que vertebran la obra destacan la tensión entre carisma e institución, el tránsito de la memoria viva al documento y el delicado pasaje de una fe local hacia una vocación universal. Renan examina cómo se negocian autoridad y consenso, cómo se estabilizan prácticas y relatos, y cómo la diversidad cultural impulsa y a la vez desafía la cohesión. También le interesa el papel de la lengua, la traducción y la geografía en la circulación de ideas. Estos ejes no quedan como abstracciones: se integran en una reflexión sobre la construcción de comunidad y sobre los costos de toda organización emergente.

En el plano metodológico, Los Apóstoles ilustra el historicismo decimonónico en su vertiente más filológica: confronta testimonios, examina cronologías y pondera probabilidades antes de aventurar hipótesis. Renan distingue entre lo que se puede afirmar, lo que se puede suponer con cautela y lo que conviene dejar abierto, marcando un horizonte de honestidad intelectual que guía la lectura. Aunque su perspectiva es laica, no caricaturiza la experiencia religiosa; intenta comprenderla en sus condiciones históricas. De ahí que la obra combine rigor y legibilidad, ofreciendo al lector no solo respuestas tentativas, sino también un método para pensar críticamente tradiciones y relatos fundacionales.

La vigencia de este libro se advierte en su capacidad para iluminar cuestiones persistentes: cómo se legitiman las creencias en el espacio público, cómo se organizan movimientos que parten de una experiencia carismática y cómo se negocia la autoridad en comunidades diversas. Al sostener un diálogo entre fe y razón, la obra invita a leer críticamente sin desprecio, y a valorar el poder social de los relatos sin confundirlo con credulidad. En un tiempo que discute identidades, tradiciones y cambios acelerados, Los Apóstoles ofrece un marco para comprender la difusión de ideas y la institucionalización de convicciones compartidas.

Quien se acerque hoy a Los Apóstoles encontrará una investigación histórica que, sin renunciar a la imaginación controlada, busca siempre anclar sus sugerencias en la verosimilitud de las fuentes. Es un libro nacido de su tiempo, con supuestos propios del siglo XIX, pero todavía fértil para pensar el vínculo entre creencia, memoria y organización social. Su propuesta no exige adhesiones previas: propone preguntas, criterios y contextos que enriquecen cualquier lectura, sea creyente o no. Como umbral al estudio del cristianismo primitivo, ofrece una entrada rigurosa y accesible a un capítulo decisivo de la historia religiosa y cultural del Mediterráneo.

Sinopsis

Índice

Los Apóstoles (1866) de Ernest Renan es el segundo volumen de su Histoire des origines du christianisme, proyecto dedicado a reconstruir críticamente los comienzos del cristianismo. Renan combina filología, crítica de fuentes y conocimientos históricos para elaborar un relato plausible del primer cristianismo tras la muerte de Jesús. Sus principales referencias son los Hechos de los Apóstoles, las cartas paulinas consideradas auténticas, testimonios judíos como Flavio Josefo y datos de geografía y sociología del Oriente romano. Con ese aparato, distingue entre tradición devocional y núcleo histórico, buscando explicar cómo un grupo minoritario judío articuló liderazgo, creencias y prácticas que facilitaron su expansión.

El libro se abre sobre la pequeña comunidad de Jerusalén, cuyo eje son el recuerdo y la enseñanza de Jesús. Renan describe una vida colectiva marcada por la oración, la mesa en común y un fuerte sentido escatológico, sin omitir la inserción del grupo en el marco del Templo y las sinagogas. Examina la emergencia de autoridades carismáticas y colegiadas, con figuras como Pedro y Santiago que encarnan formas de conducción espiritual y disciplinaria. A partir de los textos, el autor perfila cómo se consolidan normas, hábitos y una red de solidaridad capaz de atraer adherentes y sostener la cohesión interna en un entorno inestable.

Uno de los temas centrales es la interpretación de relatos de prodigios y fenómenos extáticos. Renan los enfrenta con un método histórico, atendiendo al lenguaje simbólico y a la psicología colectiva sin reducirlos a mera invención ni aceptarlos sin examen. La tradición de experiencias intensas de grupo aparece como motor de convicción y de identidad para los discípulos. El autor diferencia capas textuales, evalúa concordancias y tensiones entre fuentes, y muestra cómo la narración de señales y curaciones cumple funciones de legitimación y de memoria compartida en la naciente comunidad, más allá de su literalidad.

La confrontación con el ambiente religioso y político de Judea ocupa un lugar clave. Renan lee los Hechos para delinear episodios de fricción con autoridades locales y los efectos de esa presión en la dinámica interna del grupo. Presta atención a la diversidad lingüística y cultural entre hebreos y helenistas, y a la respuesta organizativa que cristaliza en la elección de siete responsables para el servicio comunitario. Su análisis vincula conflictos, movilidad de predicadores y circulación de ideas, mostrando cómo persecuciones y controversias, lejos de paralizar, empujan a una reconfiguración del movimiento y a nuevas zonas de influencia.

La expansión fuera de Jerusalén, especialmente hacia Samaria y Antioquía, es otro eje argumental. Renan examina la convergencia entre agentes itinerantes, sinagogas de la diáspora y redes urbanas del Oriente romano. La fundación de la comunidad de Antioquía adquiere relevancia como espacio cosmopolita en el que el mensaje adquiere perfiles más universales; allí, según los Hechos, los discípulos reciben por primera vez el nombre de “cristianos”. El autor destaca cómo prácticas alimentarias, circuncisión y ritmos litúrgicos se convierten en cuestiones de frontera, anticipando desacuerdos que marcarán la relación entre herencia judía e incorporación de no judíos.

Renan traza retratos sobrios de liderazgos apostólicos, en especial el papel adaptable de Pedro y la influencia disciplinar de Santiago en Jerusalén. Señala la creatividad institucional de las comunidades y la circulación de noticias, cartas y mensajeros que sostienen la unidad a distancia. Aunque la figura de Pablo gana relieve en el horizonte, el volumen se concentra en el período previo a su protagonismo pleno, preparando el terreno para debates que se desarrollarán más adelante. La tensión entre carisma y organización, tradición y apertura, aparece como el motor que ordena la narración y la interpretación de los hechos.

Sin cerrar con revelaciones dramáticas, Los Apóstoles afirma su importancia por la forma en que integra crítica textual, historia social y sensibilidad literaria para explicar el tránsito de una secta judía a un movimiento de alcance imperial. Su vigencia reside en las preguntas que plantea sobre autoridad, memoria y difusión de creencias en contextos plurales. El volumen dialoga con los demás de la serie, sin agotar los problemas, y ofrece un marco para comprender el surgimiento de formas comunitarias y doctrinales que perduran. Como ensayo histórico, sigue siendo referencia en el estudio moderno de los orígenes cristianos.

Contexto Histórico

Índice

Los Apóstoles (Les Apôtres, 1866) es el segundo volumen de la Histoire des origines du christianisme de Ernest Renan (1823–1892), filólogo e historiador de las religiones. Se publica bajo el Segundo Imperio francés de Napoleón III, poco después del gran impacto y controversia de La Vida de Jesús (1863). En ese clima, Renan propone una historia crítica de los orígenes cristianos apoyada en lenguas, fuentes antiguas y observación de los lugares. La obra sitúa el surgimiento del movimiento apostólico en la Palestina y el Mediterráneo oriental del siglo I, y ofrece una lectura histórica que evita apelaciones sobrenaturales, atendiendo a contextos sociales, políticos y culturales.

Renan escribe en diálogo con la crítica bíblica alemana —Strauss, la Escuela de Tubinga— y con el positivismo metodológico del siglo XIX. Su formación en filología semítica y griega lo lleva a privilegiar análisis lingüísticos, comparación de manuscritos y datación de textos. Adopta la historia como disciplina explicativa, influida por el auge universitario y las ciencias históricas en Europa. La obra se nutre de ese ambiente: distingue capas redaccionales, sopesa verosimilitudes y correlaciona relatos con condiciones sociales documentadas. Así, Los Apóstoles participa en la transición de la exégesis devocional a una historiografía crítica, sin por ello reducir los fenómenos religiosos a mera fábula.

En la Francia del Segundo Imperio, la Iglesia católica recupera influencia pública, alentada por el ultramontanismo de Pío IX. El Syllabus errorum (1864) condena el racionalismo y la crítica a la autoridad eclesial, en un momento de debates sobre libertad de investigación. Renan había sido suspendido de su cátedra del Collège de France en 1862 tras una lección inaugural polémica; perdió el cargo en 1864 y solo lo recuperó en 1870. Sus estudios sobre los orígenes cristianos fueron duramente atacados por la prensa católica y por autoridades eclesiásticas, mientras sectores liberales los defendían como ejercicio legítimo de erudición moderna.

La escena histórica que el libro examina es el judaísmo del Segundo Templo bajo dominación romana. Jerusalén concentra autoridad cultual mediante el Templo y el Sanedrín, mientras corrientes como fariseos, saduceos y grupos ascéticos disputan interpretaciones de la Ley. La administración imperial organiza provincias, percibe tributos y mantiene el orden con guarniciones. La Pax Romana, las calzadas y el griego koiné facilitan movilidad y comunicación por el Mediterráneo oriental. Comunidades judías de la diáspora, desde Damasco y Antioquía hasta Asia Menor, crean redes sinagogales donde nuevas predicaciones pueden arraigar. Ese entramado institucional y cultural constituye el marco de los primeros apóstoles.

Renan sitúa la expansión inicial del movimiento en un período de fervor escatológico, tensiones sociales y expectativas mesiánicas dentro del judaísmo. Las autoridades religiosas de Jerusalén vigilan las innovaciones doctrinales, y los prefectos y reyes cliente velan por la estabilidad imperial. Las ciudades helenísticas, con sus sinagogas y asociaciones, ofrecen espacios de debate y conversión de gentiles temerosos de Dios. La proximidad de conflictos que desembocarán en la guerra judeorromana (66–73) confiere urgencia a los relatos y decisiones de las primeras comunidades. Este telón de fondo histórico enmarca viajes, predicaciones y disputas doctrinales que Renan reconstruye a partir de testimonios antiguos.

Para su reconstrucción, Renan se apoya principalmente en los Hechos de los Apóstoles, en cartas paulinas consideradas auténticas por la crítica, y en fuentes judías y grecorromanas como Josefo, Filón y autores latinos. Contrasta estos textos con datos lingüísticos y con su experiencia de viaje por Siria y Fenicia (1860–1861), misión epigráfica que aportó información geográfica y arqueológica. Practica una lectura comparada que pondera interpolaciones, cronologías y sesgos comunitarios, y que atiende a instituciones como sinagogas, collegia y administración provincial. El resultado busca situar prácticas y creencias en realidades verificables, más que en tradiciones teológicas no corroboradas.

Aunque menos explosivo que La Vida de Jesús, Los Apóstoles circuló ampliamente y consolidó a Renan como figura central de la historia religiosa en lengua francesa. Su publicación se inscribe en una fase de liberalización relativa del régimen, con mayor tolerancia hacia la prensa a mediados de los años sesenta. Hubo respuestas críticas de apologetas católicos y réplicas de eruditos laicos; el debate ocupó periódicos, revistas y conferencias. Renan no recuperó su cátedra hasta 1870, tras la caída del Imperio, lo que subraya las fricciones entre investigación histórica y autoridad doctrinal en la Europa de confesiones enfrentadas.

Como obra, Los Apóstoles refleja la confianza decimonónica en la ciencia histórica para esclarecer los orígenes religiosos y, al mismo tiempo, critica implícitamente los monopolios dogmáticos sobre el pasado. Su énfasis en condiciones sociales, liderazgo carismático y organización comunitaria anticipa enfoques sociológicos posteriores. Sin embargo, también reproduce rasgos de su época, como presupuestos orientalistas y tipologías raciales hoy superadas, habituales en la filología del XIX. Al reconstruir la expansión del primer cristianismo dentro de marcos políticos e institucionales verificables, Renan interviene en debates contemporáneos sobre libertad de investigación, secularización del saber y la relación entre fe, historia y Estado.

Los Apóstoles

Tabla de Contenidos Principal
Introducción
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX

Introducción

Índice

Crítica de los documentos originales.

El primer libro de nuestra Historia de los orígenes del cristianismo, refiere los acontecimientos hasta la muerte y enterramiento de Jesús, y es preciso ahora reanudar el hilo de la narracion desde el punto en que la dejamos, es decir, desde el sábado 4 de Abril del año 33, lo cual será continuar en parte la vida de Jesús. Pasados los meses de alegre embriaguez durante los cuales asentó el gran fundador las bases de un nuevo órden de cosas para la humanidad, fueron los años siguientes los más decisivos en la historia del mundo; y de nuevo encontramos á Jesús, quien por el fuego sagrado, cuya chispa depositó en el corazon de algunos amigos, crea instituciones de la más elevada originalidad, y conmueve y transforma las almas, imprimiendo en todas las cosas un sello divino. Ahora nos toca demostrar como bajo aquella influencia siempre creciente y victoriosa de la muerte, se propagó por la resurreccion, la fé, la influencia del Espíritu Santo, el don de las lenguas y el poder de la Iglesia; daremos á conocer la organizacion de la Iglesia de Jerusalem, sus primeras pruebas, sus primeras conquistas, las más antiguas misiones que salieron de su seno, y seguiremos en fin al cristianismo en su rápido progreso desde Siria hasta Antioquía, donde se forma una segunda capital, más importante en cierto modo que Jerusalem, á la cual debia reemplazar más tarde. En aquel nuevo centro donde los paganos convertidos forman la mayoría, veremos al cristianismo separarse definitivamente del judaismo y recibir un nombre; veremos nacer la idea de las grandes misiones lejanas, cuyo objeto era dar á conocer el nombre de Jesús en el mundo de los gentiles; nos detendremos en el momento solemne en que Pablo, Bernabé y Juan Márcos parten para llevar á cabo su elevado designio, é interrumpiendo entonces nuestra narracion á fin de echar una ojeada sobre el mundo que tratan de conquistar los atrevidos misioneros, trataremos de darnos cuenta del estado intelectual, político, moral, religioso y social del imperio romano, hácia el año 45, fecha probable de la partida de San Pablo[1] á su primera mision.

Tal es el objeto de este segundo libro, que titularemos Los Apóstoles[1q], porque expone el período de la accion comun durante el cual la pequeña familia creada por Jesús marcha de concierto y se agrupa moralmente al rededor de un punto único, de Jerusalem. En nuestro próximo libro, que será el tercero, saldremos de este cenáculo para ver presentarse casi solo en escena al hombre que representa mejor que otro ninguno al cristianismo conquistador y viajero, es decir á San Pablo.

Aun cuando éste se haya dado desde cierta época el título de Apóstol, no lo era con el mismo título que los Doce, y solo debe considerarse como un obrero de segundo órden, y hasta puede decirse como un intruso.

Segun se desprende de los documentos históricos que han llegado hasta nosotros, y como sabemos muchas más cosas de San Pablo que de los Doce, y tenemos sus escritos auténticos, y memorias originales de notable precision sobre algunas épocas de su vida, se ha incurrido en el error de darle una importancia de primer órden, casi superior á la de Jesús. Pablo es ciertamente un gran hombre y desempeñó en la fundacion del cristianismo un papel de los más importantes, pero no se le debe comparar ni á Jesús ni aun á los discípulos de éste. Pablo no vió á Jesús ni probó la ambrosía de la predicacion de Galilea, y siendo así, el hombre más insignificante que tuvo su parte en el maná celestial, era por esto mismo superior al que apenas lo habia probado. Nada más falso que la opinion que está en boga en nuestros dias, segun la que se supone que Pablo fué el primer fundador del cristianismo. Esto no es exacto: el verdadero fundador del cristianismo es Jesús, y despues de éste deben figurar en primer término sus fieles y apasionados amigos, esos grandes hombres que fueron los oscuros compañeros de Jesús y que creyeron en él aun despues de su muerte. En el primer siglo pudo considerarse á Pablo como una especie de fenómeno aislado, pues en vez de una escuela organizada, solo dejó ardientes adversarios que despues de su muerte quisieron desterrarle en cierto modo de la Iglesia, comparándoles con Simon el Mágico. Se le negó que hubiese llevado á cabo la conversion de los gentiles, que es lo que consideramos como su propia obra; la Iglesia de Corinto, que él solo habia fundado, dijo que debia tambien su orígen á San Pedro; en el siglo II, Papias y San Justino no pronuncian su nombre, y solo más tarde, cuando la tradicion oral ya no fué nada y tuvo que ceder su puesto á la Escritura, llegó Pablo á ocupar un lugar preferente en la teología cristiana. Pablo en efecto fué teólogo, lo cual no puede decirse de Pedro y María de Magdala; Pablo ha dejado obras considerables, y los escritos de los demás Apóstoles no pueden competir con los suyos ni en importancia ni en autenticidad.

Á primera vista, los documentos referentes al período que comprende este volúmen, son escasos y de todo punto insuficientes, pues los testimonios directos se reducen á los primeros capítulos de las Actas de los Apóstoles[3], capítulos cuyo valor histórico da lugar á graves objeciones. Pero la luz que proyectan en este oscuro intervalo los capítulos de los Evangelios, y sobre todo las epístolas de San Pablo, disipan en cierto modo las tinieblas. Un escrito antiguo, no solo sirve para dar á conocer la época en que se redactó sino tambien la anterior, y sugiere seguramente inducciones retrospectivas acerca de la sociedad que lo produjo. Las epístolas de San Pablo compuestas en el período comprendido desde el año 53 al 62, poco más ó menos, contienen infinitos datos sobre los primeros años del cristianismo y como se trata aquí principalmente de las grandes fundaciones sin fechas precisas, lo esencial es demostrar en qué condiciones se formaron aquellas. Debo pues advertir una vez para siempre que la fecha corriente inscrita al principio de cada página solo es aproximada, pues en la cronología de los primeros años no se cuenta sino un escaso número de datos fijos. Sin embargo, gracias al cuidado que ha tenido el autor de las Actas de no alterar la série de los hechos; gracias á la epístola de los Galatas[6], donde se encuentran algunas indicaciones numéricas de inestimable precio, y merced en fin á Josefo que nos da la fecha de los acontecimientos de la historia profana, enlazados con algunos hechos referentes á los Apóstoles, se llega á crear para la historia de estos últimos un conjunto muy verosímil donde las probabilidades del error flotan entre los límites de la exactitud.

Repetiré nuevamente al empezar este libro lo que ya he dicho al principio de mi Vida de Jesús: en historias como esta, donde solo el conjunto es cierto, y donde los detalles se prestan más ó menos á la duda, á causa del carácter legendario de los documentos, la hipótesis es indispensable. Tratándose de épocas de que no sabemos nada, no hay hipótesis posible. Intentar reproducir tal ó cual grupo de la escultura antigua, que ha existido ciertamente pero del cual no se conserva resto alguno, ni la menor noticia escrita, es ciertamente hacer una obra arbitraria; pero ¿no será acaso legítimo é indispensable tratar de reedificar los frontis del Parthenon con los restos que se encuentren, consultando además los textos antiguos, los dibujos hechos en el siglo XVII, todos los datos en fin con que pueda uno inspirarse en el estilo de aquellas inimitables obras, tratando de reproducir su alma y su vida? No diremos por esto que se ha encontrado la obra del escultor antiguo, pero se ha hecho lo posible por imitarla; y á fé que este procedimiento es tanto más legítimo en la historia, cuanto que el lenguaje permite las formas dubitativas, que no admite el mármol. Nada impide además al lector elegir entre diversas suposiciones. La conciencia del escritor, debe quedar tranquila desde el momento en que ha presentado como cierto lo que es cierto, como probable lo que es probable, como posible lo que es posible, y en los puntos en que el pensamiento se desliza entre la historia y la leyenda, lo que debe buscarse es el efecto general. Nuestro tercer libro, para la confeccion del cual contamos con documentos absolutamente históricos, y en el que debemos describir los caractéres con precision, refiriendo los hechos con claridad, ofrecerá una narracion más exacta, aun cuando se vea que la historia de aquel período no se conoce más á fondo. Los hechos consumados hablan más alto que todos los detalles biográficos: sabemos muy poco de los artistas inimitables que crearon las obras maestras del arte griego, pero esas obras nos dicen más acerca de sus autores y del público que las apreció, que lo que pudieran decirnos las narraciones más circunstanciadas, los textos más auténticos.

Para el conocimiento de los hechos decisivos que pasaron en los primeros dias despues de la muerte de Jesús, los documentos son los últimos capítulos de los Evangelios, que dan cuenta de las apariciones de Cristo resucitado; y no es necesario repetir aquí lo que he dicho en la introduccion de mi Vida de Jesús acerca del valor de tales documentos. Para este libro tenemos felizmente un comprobante de que careciamos en nuestra primera obra, y al decir esto, me refiero á un pasaje capital de San Pablo (I Cor., XV, 5-8), que establece: 1.º la realidad de las apariciones; 2.º la larga duracion de estas, contrariamente á lo que refieren los evangelios sinópticos, y 3.º la variedad de los lugares, donde tuvieron lugar aquellas, en contraposicion á lo que dicen Márcos y Lucas[2]. El estudio de este texto fundamental, y otras muchas razones, nos confirman en las opiniones que habiamos anunciado acerca de la relacion recíproca de los sinópticos y del 4.º Evangelio, y en lo que se refiere á la resurreccion y á las apariciones, es notoria la superioridad del último, por lo que hace á la vida de Jesús. Si se quiere encontrar una narracion seguida, lógica, que permita conjeturar con verosimilitud lo que se ocultó tras las ilusiones, allí es donde es preciso buscarlo, y aquí vengo á tocar la más difícil de las cuestiones que se refieren á los orígenes del cristianismo: ¿Cuál es el valor histórico del cuarto Evangelio? El uso que de este he hecho en mi Vida de Jesús, es precisamente lo que ha dado lugar á que me dirijan más objeciones los críticos ilustrados, pues todos los sabios que aplican á la historia de la teología el método racional, rechazan el cuarto Evangelio como apócrifo en todos conceptos. He reflexionado mucho nuevamente en este problema, y apenas he podido modificar mi primera opinion, mas como en este punto no soy del parecer de la generalidad, creo un deber mio exponer en detalle los motivos de mi persistencia, y lo haré en un Apéndice que aparecerá al fin de una edicion revisada y corregida de la Vida de Jesús, que ha de ver la luz pública próximamente.

Las Actas de los Apóstoles, constituyen el documento más importante para la historia que vamos á referir, y por lo tanto debo dar algunas explicaciones acerca del carácter de esa obra y de su valor histórico, así como tambien del uso que de ella hice.

No cabe la menor duda que el autor de las Actas es el mismo que el del tercer Evangelio[4], y que aquellos son la continuacion de este último. Nadie se detendrá á probar esta proposicion, que por lo demás no se ha discutido sériamente pero los prefacios que encabezan ambos escritos, la dedicatoria de uno y otro á Teófilo[5] y la perfecta semejanza del estilo y de las ideas, ofrecen sobre este punto abundantes demostraciones.

Hay una segunda proposicion que aunque no ofrece la misma seguridad, puede considerarse sin embargo como muy probable, y es que el autor de las Actas es un discípulo de Pablo que le acompañó en muchos de sus viajes. Á primera vista, esta proposicion no admite duda. En muchos párrafos á partir del versículo 10 del capítulo XVI, el autor de las Actas, emplea en la narracion el pronombre nosotros, indicando así que por entonces formaba parte de la compañía apostólica que rodeaba á San Pablo. Esto es evidente; y en efecto; solo queda una salida para rebatir tan fuerte argumento, y esta es, suponer que los pasajes donde se halla el pronombre nosotros, han sido copiados por el último redactor de las Actas de un escrito anterior, de memorias originales de un discípulo de Pablo, por ejemplo, de Timoteo, y que el redactor habrá olvidado, por inadvertencia, sustituir al nosotros el nombre del narrador. Esta explicacion, sin embargo, no es muy admisible, pues si bien se comprenderia semejante descuido en una recopilacion vulgar, no así en el tercer Evangelio y en las Actas, que forman una obra muy bien redactada, escrita con reflexion y hasta con arte por una misma mano y segun un plan. Ambos libros reunidos forman un conjunto donde se observa exactamente el mismo estilo, las mismas locuciones favoritas y hasta el mismo modo de citar la Escritura. Una falta tan chocante como la que queriamos suponer seria inexplicable, y por lo tanto todo nos induce poderosamente á creer que uno mismo es el que ha escrito el fin de la obra y el principio, y que el narrador de todo es el que dice nosotros en los pasajes precitados.

Todo esto llama aún más la atencion si se observa en qué circunstancias aparece el narrador en compañía de Pablo: el uso del nosotros comienza en el momento en que este último marcha á Macedonia por la primera vez (XVI, 10) y cesa cuando Pablo sale de Filipos; repitiéndose la frase cuando aquel hace el segundo viaje á los mismos puntos (XX, 5, 6). Desde entonces el narrador no se separa de Pablo hasta el fin, y si se observa además que los capítulos en que el primero acompaña al segundo tienen un carácter particular de precision, no puede ponerse ya en duda que el narrador no fuera un macedonio ó más bien un filipense que sale al encuentro de Pablo en Troas, durante la segunda mision; que permanece en Filipos despues de la partida del Apóstol, y que al pasar éste por última vez por dicha ciudad (tercera mision), se une á él para no abandonarle nunca. ¿Cómo se explica que un hombre que escribió sobre una época lejana se dejase dominar de tal modo por los recuerdos de otra? Estos recuerdos perjudicarian al conjunto: el narrador que dice nosotros tendria su estilo, sus frases especiales y seria más Pauliniano que el redactor principal, y esto no es así, puesto que en la obra hay una perfecta homogeneidad.

Se extrañará acaso que una tésis en apariencia tan evidente haya encontrado contradictores, pero la crítica de los escritos del Nuevo Testamento, ofrece muchos puntos, que claros en un principio, presentan numerosas dudas al proceder á su exámen. Por lo que hace al estilo, á los pensamientos y á las doctrinas, las Actas, no son lo que podria esperarse de un discípulo de Pablo, ni se parecen en nada á las epístolas de este último, pues no se encuentra ni el menor vestigio de las atrevidas doctrinas que constituyen la originalidad del Apóstol de los gentiles. El carácter de Pablo parece ser el de un protestante brusco y severo; el autor de las Actas se nos presenta como un buen católico, dócil, optimista, que no habla de un sacerdote sin usar el adjetivo santo, ni de un obispo sin llamarle grande, y que se halla dispuesto á aceptar todas las ficciones, antes que reconocer que esos santos sacerdotes y grandes obispos, disputan entre sí, haciéndose á veces la más cruda guerra. Sin dejar de admirar á Pablo, el autor de las Actas evita en lo posible darle el título de Apóstol y quiere que la iniciativa de la conversion de los gentiles sea de Pedro, lo cual podria hacer creer que dicho autor es en suma un discípulo de Pedro más bien que de Pablo. Bien pronto demostraremos que en dos ó tres circunstancias sus principios de conciliacion le han inducido á falsear gravemente la biografía de Pablo, cometiendo inexactitudes y sobre todo omisiones verdaderamente extrañas en un discípulo de este último puesto que no habla de una sola de las epístolas, y reduce de una manera sorprendente relatos de la mayor importancia. Aun en las partes en que debe aparecer como compañero de Pablo, el autor de las Actas, usa un lenguaje muy seco y no da pruebas de hallarse muy bien informado. Por último, la dejadez y vaguedad que se notan en ciertas narraciones, la parte convencional que se descubre, darian que pensar á un escritor que no hubiese tenido relacion alguna directa ó indirecta con los Apóstoles, y que escribiese hácia el año 100 ó 120.

¿Podrán tener estas objecciones alguna importancia? Á mí me parece que no, y persisto en creer que el último redactor de las Actas no es otro sino el discípulo de Pablo que dice nosotros en los últimos capítulos. Por difíciles de resolver que parezcan todas las dudas, debemos suspender nuestro juicio en el caso de no resolverse aquellas ante un argumento tan decisivo como el que resulta de la palabra nosotros; y á esto añadiremos que atribuyendo las Actas á un compañero de Pablo, se explican dos particularidades importantes: por un lado la desproporcion de las partes de la obra, en la que se habla preferentemente de Pablo, y por otro la desproporcion que se nota en la biografía misma de éste, de cuya primera mision se habla muy poco en tanto que de la segunda y tercera, sobre todo en los últimos viajes, se da cuenta con minuciosos detalles. Un hombre completamente extraño á la historia apostólica no habria incurrido en estas faltas, y á no dudarlo estaria mejor concebido el conjunto de su obra. Uno de los caractéres que distingue la historia compuesta con documentos, de la historia original, es precisamente la desproporcion; el historiador de gabinete, toma por cuadro los sucesos mismos, en tanto que el autor de memorias solo se sirve de sus recuerdos ó cuando menos de sus relaciones personales. Un historiador eclesiástico, una especie de Eusebio, escribiendo hácia el año 120, nos hubiera legado un libro distribuido de otro modo á partir del capítulo XIII. La manera extraña con que las Actas salen despues de la órbita donde giraban hasta entonces, no se explica, en mi concepto, sino por la situacion particular del autor y sus relaciones con Pablo. Este resultado se confirmará naturalmente si encontramos entre los colaboradores conocidos del Apóstol el nombre del autor á quien la tradicion atribuye nuestra historia.

Esto es precisamente lo que sucede: los manuscritos y la tradicion nos dan como autor del tercer Evangelio, á un tal Lucanus, ó Lucas, y de lo dicho resulta que si Lucas es verdaderamente el autor del tercer Evangelio, lo es igualmente de las Actas. Ahora bien, el nombre de Lucas aparece precisamente como el de un compañero de Pablo en la epístola de los Colosenses, IV, 14; la de Filemon, 24, y en la segunda de Timoteo, IV, 11. La autenticidad de esta última es muy dudosa, y aunque no lo sea tanto la de las dos últimas, no puede afirmarse, sin embargo, con toda seguridad que sean de San Pablo. De todos modos, los tales escritos son del primer siglo, y esto basta para probar evidentemente que entre los discípulos de Pablo existió un Lucas. El que confeccionó las epístolas de Timoteo, no es en efecto el mismo que compuso las de los Colosenses y Filemon, (suponiendo contrariamente á nuestra opinion que estas sean apócrifas). Admitir que un falsario hubiese atribuido á Pablo un compañero ficticio, seria ya poco verosímil; pero menos lo es aún que falsarios distintos hubieran elegido el mismo nombre. Dos observaciones pueden hacerse que dan á este razonamiento una fuerza particular: la primera es que el nombre de Lucas ó Lucanus es entre los primeros cristianos un nombre raro que no se presta á confusiones anónimas, y es la segunda que el Lucas de las epístolas no adquirió nunca celebridad. Inscribir un nombre célebre al principio de un escrito, como se hizo para la segunda epístola de Pedro, y muy probablemente para las de Pablo, en Tito y Timoteo, no era en nada contrario á las costumbres de la época; pero encabezar un escrito con un nombre falso y oscuro, es una cosa que no se concibe. ¿Seria la intencion del falsario patrocinar el libro con la autoridad de Pablo? Pero si es así ¿por qué no tomaba el nombre mismo de Pablo, ó cuando menos el de Timoteo ó de Tito, discípulos más conocidos del Apóstol de los gentiles? Lucas no ocupaba ningun lugar en la tradicion, en la leyenda, ni en la historia, y los tres pasajes precitados de las epístolas no podian bastar para reconocer en aquel una garantía admitida, pues todas las epístolas á Timoteo se han escrito probablemente despues de las Actas, y las citas de Lucas en las epístolas á los Colosenses y Filemon equivalen á una sola, de tal modo, que estos dos escritos forman un solo cuerpo. Creemos pues que el autor del tercer Evangelio y las Actas, es real y efectivamente Lucas, discípulo de Pablo.

El nombre de Lucas y la profesion de médico que ejercia el llamado discípulo de Pablo, convienen bien con las indicaciones que dan ambos libros sobre su autor. Hemos demostrado en efecto que el autor del tercer Evangelio y de las Actas era probablemente natural de Filipos, colonia romana donde dominaba el latin y además de esto debe notarse que el autor del tercer Evangelio y de las Actas no conoce bien el judaismo ni la historia de Palestina ni sabe tampoco el Hebreo pero está muy al corriente de las ideas del mundo pagano y escribe el griego de una manera bastante correcta. La obra se ha compuesto lejos de la Judea por personas poco entendidas en geografía que no se cuidaban ni de poseer la ciencia rabinica á fondo, ni de los nombres Hebreos; reduciéndose la idea dominante del autor á que si se hubiera permitido al pueblo seguir su inclinacion habria abrazado la fé de Jesús, á lo cual se opuso la aristocracia judía. La palabra Judío se toma siempre en la obra en sentido despreciativo y como sinónimo de enemigo de los cristianos; por el contrario se habla muy favorablemente de los herejes samaritanos.

¿En qué época podrá haberse compuesto aquel escrito notable? Lucas aparece por primera vez en compañía de Pablo cuando éste hizo su primer viaje á Macedonia hácia el año 52. Supongamos que contara entonces veinte y cinco años, y en este caso nada más natural que hubiese vivido hasta el año 100, pero la historia de las Actas no llega más que hasta el año 63 y como quiera que su redaccion es evidentemente posterior á la del tercer Evangelio, y la fecha de la composicion de este se fija de una manera bastante precisa en los años inmediatos que siguieron á la ruina de Jerusalem (año 70), no se puede suponer que se redactaran las Actas antes del 71 ó 72.

Si fuera seguro que esta obra se compuso seguidamente al Evangelio, podriamos detenernos aquí, mas en este punto está permitida la duda: algunos hechos inducen á creer que ha transcurrido un intervalo entre la composicion del tercer Evangelio y la de las Actas, y esto es tanto más verosímil cuanto que se nota entre los últimos capítulos del Evangelio y el primero de las Actas una singular contradiccion. Segun el último capítulo de los Evangelios parece que la ascension tuvo lugar el mismo dia de la resurreccion, y el primer capítulo de las Actas dice que aquella no ocurrió sino al cabo de cuarenta dias. Claro es que esta segunda version nos presenta una forma más avanzada que la leyenda, forma adoptada cuando se vió que era necesario dejar un intervalo para las diversas apariciones, y dar á la vida de Jesús despues de salir de la tumba un cuadro completo y lógico. Podria pues suponerse que al autor no le ocurrió interpretar así las cosas sino en el intervalo que medió entre la redaccion de ambas obras; y de todos modos es muy extraño que aquel se crea obligado á pocas líneas de distancia á desarrollar su primera historia aumentando el número de datos. Si aún tenia entre manos su primer libro ¿por qué no hacia las adiciones, que separadas como aparecen luego, causan tan mal efecto? Esto no es sin embargo una prueba decisiva, y hay una circunstancia grave que induce á creer que Lucas concibió al mismo tiempo el plan y el conjunto. El prefacio que encabeza el Evangelio es el que parece comun á los dos libros. La contradiccion que acabamos de indicar se explica acaso por el poco cuidado que se tuvo de dar una cuenta exacta del empleo del tiempo, y á esto se debe seguramente que todas las relaciones de la vida de Jesús, despues de salir de la tumba, estén en un completo desacuerdo acerca de la duracion de esta vida. Importaba tan poco ser histórico, que el mismo narrador no tenia el menor escrúpulo en proponer sucesivamente dos sistemas inconciliables: las tres relaciones que acerca de la conversion de Pablo se encuentran en las Actas ofrecen tambien pequeñas diferencias que prueban igualmente cuán poco se ocupaba el autor de la exactitud de los detalles.