Vida de Jesús - Ernest Renan - E-Book

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Ernest Renan

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Beschreibung

"Vida de Jesús" de Ernest Renan es una obra seminal que combina investigación histórica y reflexión filosófica, publicada en 1863. A través de un análisis crítico de los evangelios y las fuentes históricas, Renan presenta una biografía de Jesucristo que busca despojar a la figura del mito religioso para poner de relieve su humanidad. El estilo literario es accesible y poético, con un tono reflexivo que invita al lector a cuestionar y explorar los fundamentos de la fe cristiana en un contexto de creciente pensamiento secular y racionalista del siglo XIX. La obra se enmarca en la ola de pensamiento liberal que desafiaba las interpretaciones tradicionales de la religión, ofreciendo una visión de Jesús como un maestro moral y un hombre excepcional en su época. Ernest Renan, un filósofo e historiador francés, fue un prominente pensador de su tiempo, conocido por su enfoque crítico y literario en el estudio de la religión y la historia. Su formación en seminarios y su eventual ruptura con la fe católica le proporcionaron una perspectiva única que le permitió escribir "Vida de Jesús" como un intento de reconciliar la fe y la razón. Renan busca comprender la figura de Jesús anclada en su contexto histórico, haciendo un llamado a los lectores a contemplar no solo la divinidad de Cristo, sino también su impacto humano. Recomiendo fervientemente "Vida de Jesús" a cualquier lector que busque adentrarse en una reflexión profunda sobre la figura de Jesús y su relevancia en el mundo contemporáneo. La obra no solo brinda una interpretación influenciada por el pensamiento moderno, sino que también invita a una conversación crítica sobre la historia y la espiritualidad, facilitando un entendimiento más matizado de los aspectos que han configurado la humanidad a lo largo de los siglos. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria. - Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Ernest Renan

Vida de Jesús

Edición enriquecida. Explorando el legado de Jesús desde una perspectiva histórica y cultural
Introducción, estudios y comentarios de Gaspar Arias
Editado y publicado por Good Press, 2023
EAN 08596547828440

Índice

Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Vida de Jesús
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas

Introducción

Índice

Entre la fe que sacraliza y la historia que interroga, Vida de Jesús de Ernest Renan despliega la tensión fecunda de una biografía que busca comprender a un personaje central del cristianismo como figura humana situada en su tiempo, con herramientas críticas que no niegan la grandeza de su legado pero exigen examinar sus condiciones históricas, culturales y lingüísticas, el tejido social de Galilea y Judea en el siglo I, las expectativas mesiánicas y políticas del entorno, y el modo en que una vida predicada y vivida pudo convertirse en el impulso fundacional de una tradición perdurable.

Publicada en 1863, en el marco intelectual europeo del siglo XIX, la obra pertenece al género del ensayo histórico-biográfico y se apoya en el método crítico de las humanidades para estudiar fuentes antiguas. Renan, filólogo y pensador francés, propone una aproximación a Jesús que se desarrolla en la ambientación de la Palestina del primer siglo bajo dominación romana, con especial atención a la vida rural de Galilea y a las tensiones religiosas de la época. Vida de Jesús forma parte de un proyecto más amplio del autor sobre los orígenes del cristianismo, y consolidó su fama a la vez que suscitó un intenso debate público.

Sin revelar más que su planteamiento, el libro traza un retrato histórico de Jesús a partir de los evangelios y de comparaciones críticas con otras fuentes, evaluando tradiciones, contextos geográficos y matices lingüísticos. La voz de Renan combina erudición filológica con una prosa narrativa que busca claridad, ritmo y cercanía, alternando exposición analítica con escenas reconstruidas de manera verosímil. El tono es reflexivo y, a la vez, arriesgado para su tiempo, pues privilegia la explicación histórica frente a la devoción. La experiencia de lectura es la de un ensayo que guía, sugiere y argumenta, invitando a pensar sin imponer credos ni descalificaciones.

Entre los temas que vertebran la obra destacan la humanización de lo sagrado, el papel del carisma en la formación de comunidades, la relación entre moral, profecía y política, y la construcción de memorias colectivas. Renan examina con cuidado el problema de los relatos de milagros y su función simbólica, así como la tensión entre expectativas mesiánicas y experiencia cotidiana. El libro explora cómo el paisaje, la lengua y las prácticas sociales moldean una predicación concreta, y cómo esa predicación adquiere alcance universal. Más que demoler creencias, busca distinguir capas históricas y literarias, y comprender un surgimiento religioso sin reduccionismos simplistas.

A su aparición, la obra generó una repercusión notable por su audacia metodológica y su tono accesible, atrayendo a lectores más allá del ámbito académico y suscitando objeciones de sectores eclesiásticos y de intelectuales de diversa orientación. La discusión que provocó se inscribe en un cambio de época, cuando la crítica histórica de los textos religiosos ganaba visibilidad en Europa. Vida de Jesús ocupó un lugar central en esa conversación, no por propagar escándalo gratuito, sino por articular preguntas claras sobre fuentes, cronologías y verosimilitudes. Su recepción, amplia y controvertida, consolidó el tema de Jesús histórico como asunto cultural de primera magnitud.

Para lectores contemporáneos, el libro mantiene vigencia al mostrar cómo se investiga un acontecimiento fundacional sin renunciar ni a la empatía ni a la evidencia. La tensión entre creencia personal y crítica pública, la relación entre historia y identidad, y el papel de los relatos en la vida social siguen siendo cuestiones centrales. Renan ofrece un modelo de lectura que, con sus límites, invita a contrastar fuentes y a matizar afirmaciones, algo valioso en debates actuales sobre religión, cultura y espacio público. Su propuesta de comprender antes que condenar, y de distinguir niveles de discurso, conserva fuerza heurística.

Quien se acerque hoy a Vida de Jesús encontrará una obra exigente y legible, atenta al detalle y al conjunto, que se sostiene en un empeño filológico y en una imaginación histórica controlada. Varias de sus hipótesis han sido discutidas o corregidas por la investigación posterior, pero el gesto intelectual que las anima — el de someter los relatos a examen y reconstruir contextos— sigue inspirando. Como introducción a la crítica histórica del cristianismo, ofrece un itinerario claro y ordenado; como pieza literaria, propone una voz serena que interpela. En ambos planos, su lectura continúa abriendo preguntas pertinentes.

Sinopsis

Índice

Publicada en 1863 como primer volumen de la Historia de los orígenes del cristianismo, Vida de Jesús de Ernest Renan propone una biografía del Jesús histórico apoyada en crítica filológica, comparación de fuentes y observación del paisaje palestino. Filólogo y orientalista, Renan busca separar el núcleo histórico de los evangelios de los estratos doctrinales posteriores, sosteniendo un método que privilegia lo verosímil sobre lo milagroso. El libro anuncia su propósito con claridad: reconstruir, hasta donde permiten los testimonios, la figura de un predicador galileo en su entorno social y religioso, sin dirimir cuestiones dogmáticas ni polemizar con la fe.

Basa su relato sobre todo en los evangelios sinópticos, que coteja entre sí y con datos de geografía, lingüística y costumbres judías del siglo I. La Galilea rural, con sus aldeas, rutas y lagos, ocupa un lugar central: allí Renan sitúa la infancia y el aprendizaje de Jesús, subrayando el peso de la tradición bíblica, el pietismo popular y las expectativas mesiánicas difusas. La cercanía de ciudades helenísticas y la dominación romana ofrecen un trasfondo mixto, donde conviven prácticas tradicionales y novedades culturales. Desde ese marco, el autor evalúa qué escenas y dichos resultan históricamente plausibles y cuáles responden a elaboración comunitaria.

El núcleo narrativo sigue el inicio del ministerio en Galilea: la predicación itinerante, la formación de un círculo de discípulos y la fuerza pedagógica de las parábolas. Renan describe un anuncio del “Reino” entendido sobre todo en términos éticos y espirituales, con énfasis en la misericordia, la pureza de intención y la inversión de jerarquías morales. Sin negar la singularidad del personaje, lo presenta en diálogo con corrientes proféticas y sapienciales de su tiempo. La tensión central del libro aparece allí: cómo conciliar la imagen de un maestro carismático con la teología que, más tarde, lo proclamará con atributos trascendentes.

Los relatos de curaciones y prodigios son examinados con lupa crítica. Renan no los reproduce como hechos sobrenaturales verificables: los interpreta como recuerdos ampliados por la memoria colectiva, metáforas de fe o efectos de la sugestión y la esperanza en contextos de sufrimiento. Esa lectura, a la vez escéptica y comprensiva, le permite destacar la poderosa personalidad de Jesús, su autoridad moral y su capacidad de despertar confianza. El autor pondera el papel de la retórica, los gestos simbólicos y el clima escatológico de la época, evitando explicaciones mecánicas y privilegiando la coherencia psicológica del conjunto narrativo.

A medida que crece la notoriedad, Renan traza el aumento de fricciones con autoridades religiosas y custodios del Templo, tensiones avivadas por la vigilancia romana y la sensibilidad de las multitudes. El paso de la periferia galilea a Jerusalén intensifica el conflicto de interpretaciones sobre la Ley y el culto. La obra observa la cohesión interna del grupo discípular, incluido el apoyo de mujeres que sostienen la misión, y examina dilemas estratégicos: discreción o gesto público, prudencia o confrontación simbólica. En ese cruce de opciones, el autor sitúa decisiones que orientan el desenlace sin detenerse en pormenores ni dramatizaciones innecesarias.

En los capítulos finales, Renan aborda los episodios de arresto y muerte con sobriedad documental, atendiendo a procedimientos judiciales de la época, verosimilitudes políticas y la heterogeneidad de las versiones evangélicas. Redobla, además, la evaluación crítica de testimonios relativos a experiencias pascuales, concentrándose en la dinámica de un grupo que reinterpreta la pérdida y consolida convicciones. La transición de maestro itinerante a referencia fundacional se explica por acumulación de memoria, rito y organización. El énfasis recae menos en la cronología exacta que en la evolución de una conciencia colectiva, cuidando de no disolver la singularidad histórica del protagonista.

La obra desató controversia inmediata en su contexto, especialmente en ambientes confesionales, y abrió debates duraderos sobre el alcance de la historia frente a la fe. Su combinación de filología, geografía sagrada y psicología social influyó en estudios bíblicos posteriores y en la búsqueda del “Jesús histórico”. Más allá de acuerdos o discrepancias, Vida de Jesús mantiene vigencia como ejercicio de crítica ilustrada: propone preguntas sobre cómo leemos fuentes antiguas, qué consideramos evidencia suficiente y de qué modo la memoria convierte hechos en sentido. Su trascendencia reside en esa invitación a pensar, sin pretender clausurar asuntos que exceden la historiografía.

Contexto Histórico

Índice

Vida de Jesús se publicó en 1863, durante el Segundo Imperio francés de Napoleón III (1852–1870). Europa vivía una aceleración industrial y un mercado editorial en expansión, con alfabetización creciente. Avanzaban las ciencias naturales y sociales, influidas por el positivismo de Comte y, desde 1859, por la obra de Darwin. Las revoluciones de 1848 habían dejado una estela de reformas y polarización ideológica. En ese ambiente, muchos intelectuales reexaminaron las tradiciones religiosas con herramientas históricas. Francia experimentaba tensiones entre un resurgir católico y el liberalismo laico, mientras el Estado regulaba el culto mediante el Concordato de 1801, aún vigente.

El catolicismo tenía un peso institucional notable en Francia y en Europa. El pontificado de Pío IX (desde 1846) marcó un giro ultramontano, con el dogma de la Inmaculada Concepción (1854) y, en 1864, el Syllabus Errorum, que condenó el racionalismo y el relativismo. En Francia, la Ley Falloux de 1850 reforzó la presencia eclesiástica en la enseñanza. Napoleón III osciló entre el apoyo a los católicos y concesiones liberales, incluida cierta apertura de prensa tras 1860. Así, las disputas teológicas pasaron al espacio público, enfrentando defensores de la autoridad doctrinal con quienes propugnaban la investigación histórica de los textos sagrados.

La exégesis bíblica vivía una transformación impulsada por la erudición alemana. En 1835, David Friedrich Strauss publicó Das Leben Jesu, que interpretó los relatos milagrosos en clave mítica y desató polémicas. Ferdinand Christian Baur y la Escuela de Tubinga subrayaron el desarrollo histórico y las tensiones internas del cristianismo primitivo. La filología, la crítica textual y la lingüística comparada, con nuevas ediciones del Nuevo Testamento griego, ofrecieron instrumentos rigurosos. Los debates circularon en Francia mediante traducciones, viajes y redes académicas. El Collège de France y la Académie des Inscriptions et Belles-Lettres acogieron orientalistas y filólogos que aplicaron métodos comparables.

Ernest Renan, nacido en 1823 en Tréguier, se formó en seminarios, entre ellos Saint-Sulpice, pero abandonó la carrera eclesiástica antes de ordenarse. Se orientó a la filología semítica y a la historia de las religiones, y en 1855 publicó Histoire générale et système comparé des langues sémitiques, que consolidó su reputación. En 1862 obtuvo la cátedra de hebreo, caldeo y siríaco en el Collège de France. Su lección inaugural, en la que afirmó el carácter humano excepcional de Jesús, provocó protestas y la suspensión gubernamental de su curso. La controversia anticipó el impacto público de su obra sobre los orígenes cristianos.

Entre 1860 y 1861, Renan dirigió una misión arqueológica y epigráfica a Fenicia bajo el patrocinio de la Académie des Inscriptions et Belles-Lettres. Recorrió el actual Líbano y regiones de Siria, y viajó por zonas de Palestina. Recogió inscripciones, estudió yacimientos y redactó notas sobre paisajes asociados a los relatos evangélicos. Su hermana Henriette, que lo acompañaba, falleció en Biblos en 1861. Los resultados se publicaron luego en Mission de Phénicie. Aquellas experiencias le proporcionaron impresiones empíricas y datos histórico-geográficos para situar a Jesús en su medio, al tiempo que mantenía un enfoque crítico fundamentado en fuentes y filología.

Vie de Jésus apareció en 1863 con Michel Lévy frères y se convirtió pronto en un fenómeno editorial, con numerosas ediciones en pocas semanas. Presentaba a Jesús como personaje histórico del siglo I en Palestina, mediante métodos filológicos e históricos más que teológicos. Las autoridades católicas condenaron la obra y fue incluida en el Index Librorum Prohibitorum. La polémica ocupó la prensa y generó réplicas de teólogos y apologistas. Bajo el Segundo Imperio, la suspensión de Renan en el Collège de France se mantuvo, pese a su amplia difusión. Recuperó la cátedra tras 1870, bajo la más liberal Tercera República.

Vida de Jesús inauguró la serie Histoire des origines du christianisme, que Renan publicó entre 1863 y 1883. El proyecto aspiraba a reconstruir el surgimiento de la Iglesia mediante historia crítica, manejo de fuentes, estudio de lenguas y comparación con culturas del Próximo Oriente. Se inscribía en la “ciencia de las religiones” decimonónica, que trataba las creencias como fenómenos históricos. La obra se relacionó con la primera “búsqueda del Jesús histórico”, pero se apartó del tono escolástico alemán al adoptar una prosa accesible. Su método privilegiaba el contexto, las fuentes y la geografía sin invocar explicaciones sobrenaturales como causas históricas.

La obra refleja la confianza decimonónica en la crítica histórica y cuestiona pretensiones de autoridad doctrinal. Apareció en vísperas del Syllabus de 1864 y antes del Concilio Vaticano I (1869–1870), que definió la infalibilidad pontificia, expresión de una respuesta defensiva ante la modernidad. En Francia, el debate anticipó políticas laicizadoras de la Tercera República, con reformas educativas en la década de 1880. Vida de Jesús, así, testimonia un momento en que los métodos históricos ingresaron a la cultura pública, pusieron a prueba los límites entre fe y erudición, y ofrecieron un retrato que atrajo y perturbó a lectores contemporáneos.

Vida de Jesús

Tabla de Contenidos Principal
Introducción
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Capítulo XVII
Capítulo XVIII
Capítulo XIX
Capítulo XX
Capítulo XXI
Capítulo XXII
Capítulo XXIII
Capítulo XXIV
Capítulo XXV
Capítulo XXVI
Capítulo XXVII
Capítulo XXVIII

Introducción

Índice

En donde principalmente se trata de las fuentes de esta historia

Una historia de los «Orígenes del cristianismo» deberá abarcar todo el período oscuro, subterráneo, si se me permite la frase, que se extiende desde los primeros pasos de esta religion hasta el momento en que su existencia vino á ser un hecho público, notorio, evidente á los ojos de todo el mundo. Esta historia se compondrá de cuatro libros:—el primero, que hoy ofrezco al público, trata del hecho mismo que sirvió al nuevo culto de punto de partida, y le llena completamente la persona sublime de su fundador. El segundo tratará de los apóstoles y de sus discípulos inmediatos; mejor dicho, de las revoluciones que sufrió el pensamiento religioso en las dos primeras generaciones cristianas. Le cerraré hácia el año 100, época en que habian ya muerto los últimos amigos de Jesús y en que se habian fijado todos los libros del Nuevo Testamento en la forma que tienen hoy dia. En el tercer volúmen expondré el estado del cristianismo bajo los Antoninos[1]: verásele en él desarrollarse lentamente y sostener una guerra casi constante contra el imperio, el cual, habiendo llegado entónces al apogeo de la perfeccion administrativa, y hallándose dirigido por filósofos, combate en la secta naciente una sociedad secreta y teocrática que le niega con obstinacion y le mina sin cesar. Este libro contendrá todo el siglo segundo. En el tomo cuarto demostraré, por último, los progresos decisivos que hace el cristianismo á partir de los emperadores sirios. En él se verá el hundimiento de la sábia construccion de los Antoninos, la decadencia de la civilizacion antigua hacerse irrevocable, el cristianismo aprovechándose de su ruina, la Siria conquistando todo el Occidente, y á Jesús, en compañía de los dioses y de los sabios divinizados del Asia, tomar posesion de una sociedad á la cual no bastaba ya la filosofía del Estado puramente civil. Entónces es cuando las ideas religiosas de las razas agrupadas al rededor del Mediterráneo se modifican profundamente; cuando los cultos orientales extienden por todas partes su dominio; cuando el cristianismo, olvidando por completo sus ensueños miliarios, rompe los últimos lazos que le ligaban al judaismo y pasa entero al mundo greco-latino. Las luchas y el trabajo literario del siglo tercero, que ya se presentan sin rebozo, no se expondrán sino á rasgos generales. Más sumariamente referiré aún las persecuciones del principio del siglo cuarto, último esfuerzo del imperio por reivindicar sus antiguos principios, aquellos que no concedian ningun puesto en el Estado á la sociedad religiosa. Por último, me limitaré á presentir el cambio de política que invirtió los papeles bajo el cetro de Constantino é hizo del más libre y espontáneo movimiento religioso un culto oficial sujeto al Estado y perseguidor á su vez.

Ignoro si tendré vida y fuerzas suficientes para llenar un plan tan vasto. Me daria por satisfecho si, despues de haber escrito la vida de Jesús, pudiese referir, segun yo la comprendo, la historia de los apóstoles, el estado de la conciencia cristiana durante las semanas que siguieron á la muerte de Jesús, la formacion del ciclo legendario de la resurreccion, los primeros actos de la iglesia de Jerusalen, la vida de San Pablo, la crísis del tiempo de Neron, la aparicion del Apocalípsis, la ruina de Jerusalen, la fundacion de las cristiandades hebráicas de la Batanea[2], la redaccion de los evangelios y el orígen de las grandes escuelas del Asia Menor derivadas de Juan. Todo palidece junto á ese maravilloso primer siglo. Y por una singularidad rara en la historia, vemos mucho más claramente lo que pasó en el mundo cristiano desde el año 50 al 75 que desde el 100 al 150.

El plan que he adoptado en esta historia me ha impedido introducir en el texto largas disertaciones críticas sobre los puntos controvertidos. Un sistema contínuo de notas permite al lector comprobar por sí mismo en las fuentes que se citan, las proposiciones de la obra. En esas notas me he limitado estrictamente á las citas de primera mano, esto es, á la indicacion de los pasajes originales, sobre los cuales se apoya cada aserto ó cada conjetura. Comprendo que para las personas poco iniciadas en esta clase de estudios, serían indispensables explicaciones mucho más extensas. Pero no tengo costumbre de retocar lo que está hecho y bien hecho. Para no citar sino libros escritos en frances, aquellos que deseen profundizar la materia pueden proporcionarse las obras siguientes:

Études critiques sur l’évangile de saint Matthieu, par M. Albert Réville, pasteur de l’Église wallonne de Rotterdam.

Histoire de la théologie chrétienne au siècle apostolique, par M. Reuss, professeur à la Faculté de théologie et au séminaire protestant de Strasbourg.

Des doctrines religieuses des Juifs pendant les deux siècles antérieurs à l’ère chrétienne, par M. Michel Nicolas, professeur à la Faculté de théologie protestante de Montauban.

Vie de Jésus, par le Dr. Strauss, traduite par M. Littré, membre de l’Institut.

Revue de théologie et de philosophie chrétienne, publiée sous la direction de M. Colani, de 1850 à 1857.—Nouvelle Revue de théologie, faisant suite à la précedente, depuis 1858.

Les Évangiles, par M. Gustave d’Eichthal. Première partie: Examen critique et comparatif des trois premiers évangiles.

Los que quieran tomarse el trabajo de consultar estos excelentes escritos, encontrarán en ellos la explicacion de multitud de puntos sobre los cuales he tenido que ser muy conciso. En lo que particularmente se refiere á los textos evangélicos, su crítica detallada ha sido hecha por Strauss de un modo que deja muy poco que desear. Y aunque Strauss se haya engañado en su teoría sobre la redaccion de los evangelios, y aunque su libro tenga, en mi opinion, el defecto de afirmarse en gran manera sobre el terreno teológico y muy poco sobre el de la historia, preciso es, para apreciar los motivos que me han guiado en una infinidad de detalles, seguir la discusion, siempre juiciosa, aunque algo sutil en ocasiones, de la obra que tan bien ha traducido mi sabio cofrade M. Littré.

En materia de testimonios antiguos creo no haber descuidado ninguna fuente de informaciones. Sin contar un sinnúmero de datos esparcidos acá y allá, cinco grandes colecciones de escritos nos quedan respecto á Jesús y al tiempo en que vivió:—1.ª los evangelios y en general los escritos del Nuevo Testamento; 2.ª las composiciones llamadas apócrifas del «Antiguo Testamento»; 3.ª las obras de Filon[3]; 4.ª las de Josefo[4]; 5.ª el Talmud. Los escritos de Filon tienen la inapreciable ventaja de mostrarnos las ideas que, en tiempo de Jesús, fermentaban en las almas ocupadas en las grandes cuestiones religiosas. Verdad es que Filon vivia en otra provincia del judaismo, diferente de la en que habitaba Jesús; pero tambien lo es que su carácter, como el del fundador del cristianismo, estaba muy por encima de las pequeñeces que reinaban en Jerusalen:—Filon es en este concepto el hermano mayor de Jesús[1q]. Sesenta y dos años tenía cuando el profeta de Nazareth se hallaba en el apogeo de su actividad, y le sobrevivió diez años, por lo ménos. ¡Lástima es que los azares de la vida no le llevasen á Galilea! ¡Cuánto no nos habria enseñado!

El estilo de Josefo, que particularmente escribia para los paganos, no tiene la misma sinceridad. Sus escasas noticias sobre Jesús, Juan Bautista y Júdas el Gaulonita, son áridas y sin color. Se conoce á primera vista que trata de presentar aquellos movimientos, cuyo carácter era tan profundamente judáico, bajo una forma inteligible para los griegos y romanos. Sin embargo, tengo por auténtico el pasaje que se refiere á Jesús, porque se halla en perfecta armonía con la índole de Josefo; al mencionar este historiador á Jesús no debió hacerlo de otro modo. No obstante, se conoce que una mano cristiana ha retocado el pasaje añadiéndole algunas palabras, sin las cuales habria sido casi blasfematorio, y suprimiéndole ó modificándole algunas expresiones. Preciso es tener presente que Josefo debe su fama literaria á los cristianos, quienes adoptaron sus escritos como documentos esenciales á su historia sagrada. Probablemente se hizo de ellos en el siglo segundo una edicion corregida segun las ideas cristianas. De todos modos, lo que constituye el inmenso interes de Josefo con relacion á nuestro asunto, es la viva luz que arroja sobre los personajes de aquel tiempo. Gracias á él, Heródes, Herodías, Antipas, Felipe, Anás, Caifás y Pilátos, son figuras históricas que aparecen de relieve á nuestra vista con maravillosa exactitud.

Los apócrifos del Antiguo Testamento, y en particular la parte judía de los versos sibilinos y el Libro de Henoch, tienen, unidos al Libro de Daniel, que tambien es un verdadero apócrifo, inmensa y capital importancia para la historia del desarrollo de las teorías mesiánicas y para la inteligencia de las concepciones de Jesús sobre el reino de Dios. El Libro de Henoch, muy conocido de las personas que rodeaban á Jesús, nos da, sobre todo, la clave de la expresion de «Hijo del Hombre» y de las ideas que á ella se refieren. Gracias á los trabajos de MM. Alexandre, Ewald, Dillmann y Reuss, la edad de estos diferentes libros está ya fuera de duda. Todo el mundo conviene en que la redaccion del más importante de entre ellos data de los siglos segundo y primero ántes de Jesucristo. La fecha del Libro de Daniel es más incierta. El carácter de las lenguas en que está escrito, el uso de palabras griegas, el anuncio claro, determinado, preciso de los acontecimientos que alcanzan hasta la época de Antíoco Epifáneo, las falsas imágenes que en él se trazan de la antigua Babilonia, el colorido general del libro, que en nada se parece á los escritos del cautiverio, y que, al contrario, se armoniza por una infinidad de analogías con las creencias, las costumbres y los giros de imaginacion de la época de los Seléucidas, el sabor apocalíptico de las visiones, el sitio del libro en el cánon hebreo fuera de la serie de los profetas, la omision de Daniel en los panegíricos del capítulo XLIX del Eclesiástico, donde se hallaba su rango como indicado, multitud de otras pruebas que han sido cien veces deducidas, todo, en fin, induce á creer que el Libro de Daniel fué producto de la grande exaltacion que la persecucion de Antíoco ocasionó entre los judíos. Así, pues, no debe clasificarse este libro entre la antigua literatura profética, sino más bien al frente de la literatura apocalíptica, como primer modelo de un género de composiciones entre las cuales debian figurar despues de él los diversos poemas sibilinos, el Libro de Henoch, el Apocalípsis de Juan, la Ascension de Isaías y el cuarto libro de Esdras.

Mucho se ha descuidado hasta hoy el Talmud al tratarse de la historia de los orígenes del cristianismo. Pero yo creo, con M. Geiger, que la verdadera nocion de las circunstancias en que se produjo su fundador, debe buscarse en esta rara compilacion, tan abundante de preciosas noticias, que se mezclan y confunden con la más trivial escolástica. Habiendo seguido la teología cristiana y la judáica dos caminos paralelos en el fondo, no puede comprenderse bien la historia de la una sin la de la otra. Por otra parte, innumerables detalles materiales de los evangelios tienen su comentario en el Talmud. Ya las compilaciones latinas de Lightfoot, de Schœttgen, de Buxtorf y de Otho contenian á este respecto multitud de noticias. Por mi parte, me he impuesto el deber de comprobar en el original cuantas citas he admitido, sin exceptuar una sola. Y la colaboracion que en esta parte de mi trabajo debo á M. Neubauer, sabio israelita muy versado en la literatura talmúdica, me ha permitido ir más léjos y aclarar las partes más delicadas de mi asunto con algunas nuevas comparaciones. Extendiéndose la redaccion del Talmud desde el año 200 hasta el 500, próximamente, la distincion de las épocas es aquí muy importante. Nosotros las hemos examinado con todo el discernimiento que permite el estado actual de esta clase de estudios. Entre algunas personas acostumbradas á no conceder valor á un documento sino por la época misma en que fué escrito, excitarán acaso algunos temores tan recientes fechas. Pero semejantes escrúpulos estarian aquí fuera de lugar. La enseñanza de los judíos desde la época asmonea hasta el siglo segundo fué oral principalmente, y no debe juzgarse de aquella especie de estado intelectual por las costumbres de un tiempo en que tanto se escribe. Los Vedas y las antiguas poesías árabes se conservaron en la memoria del pueblo durante siglos, y sin embargo, esas composiciones presentan una forma decisiva y muy delicada. Por el contrario, la forma no tiene en el Talmud ningun valor. Añadamos que ántes de la Mischna[6] de Júdas el Santo, que hizo olvidar todas las otras, hubo ensayos de redaccion cuyos principios se remontan acaso mucho más allá de lo que comunmente se supone. El estilo del Talmud es el de los resúmenes compilativos: probablemente los redactores no hicieron sino clasificar, bajo ciertos títulos, el enorme fárrago de escrituras que por espacio de muchas generaciones se habian acumulado en las diferentes escuelas.

Réstanos hablar de los documentos que, presentándose como biografías del fundador del cristianismo, deben ocupar naturalmente el primer rango en una vida de Jesús. Un tratado completo sobre la redaccion de los evangelios tendria que formar una obra aparte. Merced á los hermosos trabajos de que ha sido objeto esta cuestion desde hace treinta años, el problema que otras veces parecia inabordable, ha llegado á una solucion que, si bien deja todavía paso á muchas incertidumbres, satisface al ménos plenamente las necesidades de la historia. Siendo la composicion de los evangelios uno de los hechos más importantes para el porvenir del cristianismo, de cuantos en la postrera mitad del primer siglo ocurrieron, ocasion tendrémos de volver á examinarla en nuestro segundo libro. Aquí no tratarémos esta especie sino bajo el punto de vista indispensable á la solidez de nuestro relato. Sólo buscarémos, dejando aparte cuanto pertenece al cuadro de los tiempos apostólicos, la medida en que deben emplearse los datos que los evangelios nos ofrecen en una historia trazada con arreglo á principios racionales.

Que los evangelios son en parte legendarios, es cosa evidente, puesto que en ellos abundan los milagros y lo sobrenatural; pero hay leyenda y leyenda. Nadie pone en duda, por ejemplo, los rasgos principales de la vida de Francisco de Asís, sin embargo de hallarse en ella lo sobrenatural muy frecuentemente. Por el contrario, ninguno da crédito á la «Vida de Apolonio de Tiana.» ¿Por qué?—Porque fué escrita mucho tiempo despues del héroe, y bajo las condiciones de pura novela. ¿En qué época, por qué manos y en qué circunstancias fueron escritos los evangelios? Hé aquí la cuestion capital de que depende el juicio que de su autenticidad debemos formarnos.

Sabido es que cada uno de los cuatro evangelios lleva al frente el nombre de un personaje conocido, bien en la historia apostólica, bien en la misma historia evangélica. Pero esos cuatro personajes no se nos han presentado rigurosamente como sus autores. Segun la más antigua opinion, las fórmulas «segun Matheo», «segun Márcos», «segun Lúcas», «segun Juan», no implican que estos relatos fuesen escritos de extremo á extremo por Juan, Lúcas, Márcos y Matheo; esas fórmulas significan únicamente que se apoyan en las tradiciones que provienen de cada uno de aquellos apóstoles y que se escudan con su autoridad. Si esos títulos son exactos, claro es que los evangelios, sin que dejen de ser legendarios en parte, tienen sumo valor, puesto que nos llevan al medio siglo que siguió á la muerte de Jesús, y en dos de ellos, hasta á los testigos oculares de sus acciones.

Por lo que á Lúcas respecta, la duda no es posible. El evangelio de Lúcas es una composicion regular, fundada en documentos anteriores; es la obra de un hombre que elige, entresaca y combina. Indudablemente el autor de este evangelio es el mismo que el de los «Hechos de los Apóstoles», el cual fué un compañero de San Pablo, título que conviene perfectamente á Lúcas. Sé que á este razonamiento puede oponerse más de una objecion, pero al ménos una cosa está fuera de duda, y es, que el autor del tercer evangelio y de los «Hechos» fué un hombre de la segunda generacion apostólica, y esto basta á mi objeto. Por otra parte, la fecha de este evangelio puede determinarse con mucha precision por medio de consideraciones sacadas del libro mismo. El capítulo XXI de Lúcas, inseparable del resto de la obra, se escribió, á no dudarlo, despues del sitio de Jerusalen, pero poco despues. Aquí nos hallamos, pues, en un terreno sólido, porque se trata de una obra escrita de un extremo á otro por la misma mano y en la cual resalta la más perfecta unidad.

Los evangelios de Matheo y Márcos no tienen, ni con mucho, el mismo sello individual.—Son composiciones impersonales, en las cuales desaparece totalmente el autor. Un nombre propio escrito al frente de este género de obras dice muy poco. Pero si el evangelio de Lúcas se halla fechado, tambien lo están el de Matheo y el de Márcos, puesto que es indudable que el tercer evangelio es posterior á los dos primeros, y que ofrece el carácter de una redaccion mucho más avanzada. Tenemos sobre este punto, á mayor abundamiento, un testimonio capital que data de la primera mitad del siglo segundo, cual es el de Papias[5], obispo de Hierápolis, hombre grave, de tradicion, que empleó toda su vida en recoger con particular esmero cuantas noticias se referian á la persona de Jesús. Papias, despues de haber declarado que en semejantes materias prefiere la tradicion oral á los libros, menciona dos escritos sobre los actos y las palabras de Cristo: 1.º, un escrito de Márcos, intérprete del apóstol Pedro; escrito corto, incompleto, no clasificado por órden cronológico, el cual comprende relatos y discursos (λεχθέντα ἢ πραχθέντα), y fué compuesto en vista de los recuerdos y noticias del apóstol Pedro; 2.º, una compilacion de sentencias (λόγια) escrita por Matheo en lengua hebrea, «y que ha traducido cada uno como ha podido.» Es indudable que estas dos descripciones se armonizan bastante bien con la fisonomía general de los dos libros llamados ahora «Evangelio segun Matheo» y «Evangelio segun Márcos», los cuales se distinguen, uno por sus largos discursos, y otro por sus anécdotas, en particular, por ser mucho más exacto que el primero en relatar los acontecimientos de secundaria importancia, pobre en discursos, breve hasta la aridez y por estar bastante mal pergeñado. Que sean estas dos obras, tales como nosotros las leemos, absolutamente parecidas á las que leia Papias, no es sostenible en buena lógica; primero, porque el escrito de Matheo, segun Papias, se componia tan sólo de discursos en hebreo, de los cuales circulaban traducciones bastante diferentes; y segundo, porque la obra de Márcos y la de Matheo eran, para él, profundamente distintas, no tenian en su redaccion ningun punto de contacto, y á lo que parece, estaban escritas en diferente idioma. Esto supuesto, y ofreciendo el «Evangelio segun Márcos» y el «Evangelio segun Matheo», en el estado actual de sus textos, larguísimos trozos paralelos perfectamente idénticos, preciso es suponer ó que el redactor definitivo del primero tenía el segundo á la vista, ó que el del segundo consultaba el primero, ó que ambos redactores copiaron el mismo prototipo. Lo más verosímil es, que ni respecto á Márcos ni respecto á Matheo, tenemos las redacciones del todo originales, y que nuestros dos primeros evangelios son arreglos, en los cuales se trató de llenar, con un texto, los vacíos del otro. Cada uno quiso, en efecto, poseer un ejemplar completo: aquel que en el suyo no tenía sino discursos, deseó tener relatos, y recíprocamente. Sólo así se explica que el «Evangelio segun Matheo» comprenda casi todas las anécdotas de Márcos, y que el «Evangelio segun Márcos» encierre hoy un sinnúmero de rasgos que emanan de las Logia de Matheo. Además, cada uno bebia abundantemente en el manantial de la tradicion evangélica que continuaba manando en torno suyo. Y tan léjos estuvo aquella tradicion de haber sido agotada por los evangelios, que los «Hechos de los Apóstoles» y los Padres más antiguos citan várias palabras de Jesús que parecen auténticas y que no se hallan en los evangelios que poseemos.

No cumple á nuestro objeto actual el delicado análisis de reconstruir, hasta cierto punto, las Logia originales de Matheo, por una parte, y, por la otra, el relato primitivo tal como salió de la pluma de Márcos. Sin duda las Logia se nos representan como los grandes discursos de Jesús, que llenan una parte considerable del primer evangelio. Y efectivamente, estos discursos forman, cuando se separan del resto, un todo bastante completo. En cuanto á los relatos del primero y del segundo evangelio, parece que tienen una base comun, cuyo texto se halla tan pronto en uno como en otro, y del cual no es el segundo evangelio, tal cual le leemos hoy dia, sino una reproduccion poco modificada. En otros términos, el sistema de la vida de Jesús reposa entre los sinópticos en dos documentos originales: 1.º, los discursos de Jesús, recogidos por el apóstol Matheo; 2.º, la compilacion de anécdotas y de noticias originales que Márcos escribió en vista de los recuerdos de Pedro. Y todavía puede decirse que en los dos evangelios que, no sin razon, llevan el nombre de «Evangelio segun Matheo» y de «Evangelio segun Márcos», tenemos esos documentos mezclados con noticias de otra procedencia.

De todos modos, es indudable que los discursos de Jesús se escribieron en lengua aramea, así como tambien sus acciones notables. Pero aquéllos no fueron los textos definitivos y dogmáticamente fijados. Además de los evangelios que han llegado hasta nosotros, hay multitud de escritos que pretenden representar la tradicion de testigos oculares. Mas se les da poca importancia, y los conservadores, como Papias, prefieren á ellos la tradicion oral. Como quiera que todavía se creia próximo el fin del mundo, eran muy pocos los que se tomaban el trabajo de componer libros para el porvenir, y sólo se trataba de grabar en el corazon la imágen viva del que muy pronto habian de volver á ver en las nubes. De ahí la poca autoridad de que gozaron los textos evangélicos durante ciento cincuenta años. Nadie tenía escrúpulo en adicionarlos, combinarlos diversamente y completar unos con otros. El pobre que no poseia más que un libro, deseaba que contuviese todo cuanto interesaba á su corazon. Prestábanse aquellos libretos, y cada uno trascribia al márgen de su ejemplar las palabras y las parábolas que encontraba en otra parte y que conmovian su ánimo. Así es como la cosa más bella del mundo salió de una elaboracion oscura y completamente popular. Ninguna redaccion tenía valor absoluto. Justino, que recurrió con frecuencia á lo que él llama «Memorias de los apóstoles», tenía á la vista un estado de los documentos evangélicos muy diferente del que nosotros poseemos; de todos modos, no se tomó el trabajo de entresacarlos textualmente. El mismo carácter presentan las citas en los escritos seudo-clementinos, de orígen ebionita. La letra no se tenía en nada, el espíritu lo era todo[2q]. Los textos que llevan el nombre de los apóstoles no tuvieron autoridad decisiva ni fuerza de ley, sino cuando la tradicion se debilitó en la postrera mitad del siglo segundo.

¿Quién no conoce el valor de documentos que así se compusieron de los tiernos recuerdos y de los cándidos relatos de las dos primeras generaciones cristianas; de esos documentos llenos todavía de la fuerte impresion que habia producido su ilustre fundador y que parece haberle sobrevivido largo tiempo? Añadamos que los evangelios en cuestion provienen, á lo que parece, de aquella rama de la familia cristiana que estuvo más en contacto con Jesús. El último trabajo de redaccion, al ménos del texto que lleva el nombre de Matheo, parece haberse hecho en uno de los países situados al nordeste de Palestina, tales como la Gaulonítida, el Hauran ó la Batanea, adonde se refugiaron muchos cristianos en la época de la guerra con Roma, donde en el siglo segundo existian aún parientes de Jesús, y en donde se conservó más tiempo que en ninguna otra parte la primera direccion galilea.

Hasta ahora no hemos hablado sino de los tres evangelios llamados sinópticos:—réstanos hablar del cuarto, del que lleva el nombre de Juan. Las dudas son aquí mucho más fundadas, y la cuestion se halla más léjos de resolverse. Papias, que procede de la escuela de Juan, y que si no fué su auditor, como pretende Ireneo, frecuentó mucho á sus discípulos inmediatos, entre otros á Aristion y al que llamaban Presbyteros Joannes; Papias, que compilaba con pasion los relatos orales de aquel Aristion y de Presbyteros Joannes, no dice ni una sola palabra de una «Vida de Jesús» escrita por Juan. Si tal mencion se hubiese encontrado en su obra, la habria, sin duda, notado Eusebio, el cual recoge todo cuanto sirve á formar la historia literaria del siglo apostólico. No son ménos fuertes las dificultades intrínsecas deducidas de la lectura del cuarto evangelio mismo. ¿Cómo se hallan, junto á las noticias que tambien revelan al testigo ocular, esos discursos completamente diferentes de los de Matheo? ¿Cómo existen, junto á un plan de la vida de Jesús, que parece mucho más satisfactorio y completo que el de los sinópticos, esos pasajes singulares en los cuales se nota un interes dogmático, propio del redactor, esas ideas extrañas del todo á Jesús, y á veces esos indicios que nos previenen contra la buena fe del narrador? ¿Cómo, en fin, se ven, junto á las tendencias más puras, más justas, más verdaderamente evangélicas, esas manchas que parecen interpolaciones de un ardiente sectario? ¿Fué Juan, el hijo del Zebedeo, el hermano de Santiago (á quien ni una sola vez se menciona en el cuarto evangelio), el que escribió en griego esas lecciones de metafísica abstracta, de la cual no ofrecen ejemplo ni los sinópticos ni el Talmud? Todo esto es grave, y no seré yo quien se atreva á asegurar que el cuarto evangelio fué escrito completamente por la pluma de un antiguo pescador galileo. En suma, que el cuarto evangelio haya ó no salido hácia fines del primer siglo de la grande escuela del Asia Menor, que se derivaba de Juan; lo que se halla demostrado por testimonios exteriores y por el exámen del documento mismo es, que él nos representa una version de la vida del maestro muy digna de tenerse en cuenta y de ser preferida frecuentemente.

Desde luégo nadie pone en duda que hácia el año 150 existia ya el cuarto evangelio y era atribuido á Juan. Textos formales de San Justino, de Atenágoras, de Taziano, de Teófilo de Antioquía, de Ireneo, señalan este evangelio, mezclado desde entónces á todas las controversias y sirviendo de piedra angular al desarrollo del dogma. Ireneo es hombre grave, Ireneo procedia de la escuela de Juan, y entre él y el apóstol no habia sino Policarpo. No es ménos decisivo el papel que desempeña nuestro evangelio en el gnosticismo, en el sistema de Valentin particularmente, en el montanismo y en la querella de los cuartodecimanos. La escuela de Juan es aquella cuya continuacion durante el siglo segundo se distingue mejor, y esa escuela no puede explicarse á ménos de no colocar el cuarto evangelio en su misma cuna. Añadamos que la primera epístola atribuida á San Juan es, á no dudarlo, del mismo autor que el cuarto evangelio, y que Policarpo, Papias é Ireneo reconocen esa epístola como de Juan.

Pero lo que por su naturaleza causa más impresion es, sobre todo, la lectura de la obra. El autor habla siempre como testigo ocular y se presenta como el apóstol Juan. Si esta obra no es verdaderamente del apóstol, menester es admitir una superchería que el autor se confesaba á sí mismo. Pues bien, aunque las ideas de aquel tiempo en materia de buena fe literaria se diferenciasen mucho de las nuestras, el mundo apostólico no ofrece ningun ejemplo de una falsedad de esa especie, y el autor, no sólo pretende pasar por el apóstol Juan, sino que se ve claramente que escribe en el interes de este apóstol. En cada página traspira la intencion de fortificar su autoridad, de poner de manifiesto que fué el preferido de Jesús, y que en la Cena, en el Calvario, en el sepulcro, en todas las circunstancias solemnes tuvo el primer rango entre los discípulos. Sus relaciones fraternales con Pedro, si bien no exentas de cierta rivalidad, y su ódio contra Júdas, ódio tal vez anterior á la traicion, parecen traslucirse de cuando en cuando. Casi está uno tentado por creer que habiendo Juan, ya anciano, leido los relatos evangélicos que circulaban, y notado en ellos diferentes inexactitudes, se resintió de ver el puesto secundario que se le concedia en la historia del Cristo, y que entónces, con la intencion de manifestar que en muchos casos en que no se habla sino de Pedro, habia figurado con él y ántes que él, empezó á dictar multitud de cosas que sabía mejor que los demás. Esos ligeros sentimientos de celos entre los hijos del Zebedeo y los otros discípulos se habian manifestado ya en vida de Jesús. Al morir su hermano Santiago, Juan quedó como único heredero de los recuerdos íntimos de que estos dos apóstoles eran depositarios, segun la confesion de todos. De ahí su perpétuo y especial cuidado en recordar que él es el último sobreviviente de los testigos oculares, y su placer en referir circunstancias que sólo él podia conocer. De ahí tambien esa infinita minuciosidad de pequeños detalles que parecen como escolios de un anotador: «Eran las seis», «era de noche»; «este hombre se llamaba Malchus»; «habian encendido un brasero porque hacia frio»; «esta túnica no tenía costura.» De ahí, en fin, el desórden de la redaccion, la irregularidad de la marcha, la falta de trabazon en los primeros capítulos; defectos que son otros tantos rasgos inexplicables en la suposicion de que nuestro evangelio no fuese sino una tésis teológica sin valor histórico, pero que, por el contrario, se comprenden perfectamente si, conforme á la tradicion, se toman por los recuerdos del anciano, de prodigiosa frescura algunas veces, otras desfigurados por extrañas alteraciones.

En efecto, en el evangelio de Juan debe hacerse una distincion capital. Este evangelio presenta por un lado una trama de la vida de Jesús que difiere esencialmente de la de los sinópticos. Por otro, pone en boca de Jesús discursos cuyas doctrinas, tono, corte y estilo, no tienen nada de comun con las Logia de los sinópticos. La diferencia es tal, bajo este segundo punto de vista, que no hay término medio y es preciso elegir de una manera absoluta. Si Jesús hablaba como dice Matheo, no pudo hablar como pretende Juan. Ningun crítico ha vacilado ni vacilará entre las dos autoridades. El evangelio de Juan, á mil leguas del tono sencillo, desinteresado, impersonal de los sinópticos, manifiesta sin cesar las preocupaciones del apologista, la segunda intencion del sectario, el propósito de probar una tésis y de convencer á sus contradictores. No fué, por cierto, con tiradas pretenciosas, pesadas, mal escritas con lo que Jesús fundó su obra divina. Aunque Papias no nos dijese que Matheo escribió en su lengua original las sentencias de Jesús, la naturalidad, la inefable verdad, el encanto sin igual de los discursos sinópticos, el corte profundamente hebráico de esos discursos, las analogías que ofrecen con las sentencias de los doctores judíos de la misma época, su perfecta armonía con la naturaleza de Galilea; todos estos caractéres, comparados con la gnósis oscura y con la perfilada metafísica en que abundan los discursos de Juan, hablarian muy alto en favor de esta creencia. No quiere decir esto que en los discursos de Juan no haya admirables destellos y rasgos que verdaderamente emanan de Jesús. Pero el tono místico de esos discursos en nada corresponde al carácter de elocuencia del profeta nazareno, tal como nos la figuramos al leer los sinópticos. Un nuevo espíritu se introduce, ya la gnósis ha principiado, la era galilea del reino de Dios ha concluido, aléjase la esperanza de la próxima venida del Cristo, y se entra ya en las arideces de la metafísica, en las tinieblas del dogma abstracto. El espíritu de Jesús no está ya aquí, y si verdaderamente fué el hijo del Zebedeo el que trazó esas páginas, ¡mucho habia olvidado, al escribirlas, el lago de Genesareth y las deliciosas pláticas que en sus márgenes escuchara!

Hay además una circunstancia que prueba perfectamente que los discursos trasmitidos por el cuarto evangelio no son piezas históricas, sino composiciones destinadas á escudar, con la autoridad de Jesús, ciertas doctrinas á las cuales se hallaba muy apegado el redactor; consiste esa circunstancia en la perfecta armonía de los tales discursos con el estado intelectual del Asia Menor en el momento en que fueron escritos. El Asia Menor era entónces el teatro de un extraño movimiento de filosofía sincrética, y ya existian allí todos los gérmenes del gnosticismo. Juan, parece haber bebido en aquel manantial extranjero. ¿Quién sabe si, despues de la crísis del año 68 (fecha del Apocalípsis) y del 70 (ruina de Jerusalen), habiendo perdido el alma ardiente y móvil del viejo apóstol la esperanza de una próxima aparicion en las nubes del Hijo del hombre, se inclinó hácia las ideas que surgian al rededor suyo, algunas de las cuales se amalgamaban bastante bien con ciertas doctrinas cristianas? Al prestar aquellas ideas á Jesús no hizo sino obedecer á una propension bien natural. Nuestros recuerdos se trasforman como todo lo demás;—el ideal de una persona que hemos conocido, cambia con nosotros. Considerando Juan á Jesús como la encarnacion de la verdad, no podia ménos de atribuirle cuanto él mismo habia llegado á tener por verdadero.

Si hemos de decirlo todo, añadirémos que probablemente Juan tuvo poquísima parte en ese cambio, y que, más bien que por él, se operó en torno suyo. En ocasiones se inclina uno á creer que algunas preciosas notas, procedentes del apóstol, fueron empleadas por sus discípulos en un sentido muy diverso del primitivo espíritu evangélico. Y en efecto, ciertas partes del cuarto evangelio, tales como todo el capítulo XXI, en el cual parece haberse propuesto el autor rendir homenaje al apóstol Pedro, despues de su muerte, y responder á las objeciones que iban á deducirse ó que ya se deducian de la muerte del mismo Juan, fueron añadidas más tarde. En otros varios sitios se distingue la huella de raspaduras y correcciones.

Imposible es, á semejante distancia, encontrar la clave de todos esos problemas singulares, y si nos fuera permitido penetrar los secretos de aquella misteriosa escuela de Éfeso que se complugo en marchar por vias oscuras, muchas sorpresas habriamos de tener á no dudarlo. Pero puede hacerse una experiencia capital, y es la siguiente. Cualquiera persona que se ponga á escribir la vida de Jesús sin teoría determinada sobre el valor de los evangelios, y dejándose guiar únicamente por el sentimiento del asunto, propenderá, en una porcion de casos, á preferir la narracion de Juan á la de los sinópticos. Los últimos meses de la vida de Jesús no se explican sino por Juan, y una infinidad de rasgos de la pasion, ininteligibles en los sinópticos, adquieren verosimilitud y posibilidad en el relato del cuarto evangelio. Por el contrario, desafío á cualquiera á que componga una vida de Jesús que tenga sentido comun, basándola en los discursos que Juan atribuye al maestro. Esa manera de predicar de sí mismo y de evidenciarse incesantemente, esa perpétua argumentacion, esa exornacion sin ninguna sencillez, esos largos razonamientos con motivo de cada milagro, y esos discursos áridos y tortuosos, cuyo tono es tan á menudo falso y desigual, no pueden aceptarse por ningun hombre de mediano gusto y discernimiento, junto á las sentencias deliciosas de los sinópticos. Evidentemente son piezas artificiales que nos representan las predicaciones de Jesús como los diálogos de Platon nos representan las pláticas de Sócrates: son en cierto modo las variaciones de un músico que improvisa por su propia cuenta sobre un tema determinado. El tema podrá no carecer de alguna autenticidad, pero en la ejecucion se desborda el capricho del artista. El proceder facticio, la retórica, el estudio, se distinguen á la legua. Añádase á esto que, en los trozos de que hablamos, no aparece el vocabulario de Jesús. La expresion de «reino de Dios», que tan familiar era al maestro, se encuentra en ellos una vez solamente. En cambio, el estilo de los discursos que el cuarto evangelio atribuye á Jesús, ofrece completa semejanza con el de las epístolas de San Juan; échase de ver que el autor, al escribir los discursos, no seguia el hilo de sus recuerdos, sino el movimiento bastante monótono de sus propias ideas. Desplégase en ellos toda una lengua mística, de la que no tuvieron los sinópticos la menor nocion («mundo», «verdad», «vida», «luz», «tinieblas», etc.). Si Jesús se hubiese expresado en ese estilo, que nada tiene de hebreo, ni de judáico, ni de talmúdico, si así puede decirse, ¿cómo habria guardado tan bien el secreto solo uno de sus oyentes?

La historia literaria ofrece, además, otro ejemplo que tiene grande analogía con el fenómeno histórico que acabamos de exponer y que servirá para explicarle. Sócrates, de igual modo que Jesús, nada escribió; lo que de él conocemos nos lo trasmitieron dos de sus discípulos, Xenofonte y Platon.—El primero se asemeja á los sinópticos por su redaccion limpia, trasparente, impersonal; el segundo recuerda, por su vigorosa individualidad, al autor del cuarto evangelio. ¿Deben seguirse los «Diálogos» de Platon ó las «Pláticas» de Xenofonte, para exponer la enseñanza socrática? La duda no es posible en tal alternativa.—Todo el mundo se atiene á las «Pláticas» y no á los «Diálogos.» Pero, ¿nada nos enseña Platon respecto á Sócrates? Al escribir la biografía de este último, ¿sería juicioso, en buena crítica, desdeñar los «Diálogos»? ¿Quién se atreveria á sostenerlo? Por otra parte, la semejanza no es completa y la diferencia queda en favor del cuarto evangelio, cuyo autor es, en efecto, el mejor biógrafo, de igual modo que Platon, no obstante atribuir á su maestro ficticios discursos, conocia respecto á su vida muchas cosas capitales que Xenofonte ignoraba completamente.