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Isabel nunca dejó de buscar a Julieta, su mejor amiga desaparecida en 1997. Sus recuerdos están fragmentados, el pasado se niega a descansar. Su única aliada es su tía, una detective criminalista atormentada por otras cicatrices. Juntas, se embarcarán en una búsqueda que las llevará mucho más lejos de lo que jamás imaginaron: el misterio del inexorable paso del tiempo. En el centro de todo está la familia McAllen, una oscura dinastía que trasciende generaciones. Desde los salones de una mansión en los años cincuenta, hasta los horrores de un campo de concentración en la Segunda Guerra Mundial. Una novela cargada de enigmas y sacrificios. Un emocionante viaje a la complejidad de nuestros sentimientos. El tiempo no es solo un recurso. También es un enemigo.
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Seitenzahl: 1024
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© Los ascendentes del tiempo
Sello: Soyuz
Primera edición digital: Marzo 2025
© Constanza Tourblanche
Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada: Camilo Palma
Corrección de textos: Gabriela Balbontin
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
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© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6386-95-7
ISBN digital: 978-956-6420-34-7
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Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
“Quién con monstruos lucha, cuide de no
convertirse a su vez en monstruo.”
—Friedrich Nietzsche
El humo de su tabaco voló enredado junto con la neblina costera de aquella mañana fría de invierno. El sutil bailoteo de los árboles generaba una brisa gélida que le tenía entumidas las manos y le hacía chocar los dientes cada vez que relajaba la mandíbula. El mar sonaba a pocos metros de su posición, ahí, en aquel parque donde todo había empezado y terminado un par de años antes.
«Mas, en lugar de ella, sentí el contacto de una mano helada. Me poseyó un intenso terror y quise retirar el brazo, pero la mano me aferraba mientras una voz insistía:
¡Déjame entrar…!»
—Déjame entrar… —murmuró Isabel, que leía Cumbres Borrascosas de Emily Brontë.
Una hormiga le subió por el dorso del brazo. El cosquilleo de sus pequeñas patas llamó su atención y miró la hora en el reloj de su muñeca. Apagó el cigarro sobre la roca y se levantó. Tenía una cita pendiente y no la podía postergar de nuevo, menos en un día como ese.
Se sacudió la ropa y guardó el libro en su mochila para emprender rumbo desde el parque hasta el centro de Zapallar.
Isabel ya tenía veintiún años, y no tenía idea en qué momento el tiempo había pasado tan rápido. Cada vez que se veía al espejo le respondía una imagen que sentía que no le pertenecía. Su melena corta y su flequillo mal cortado ya no existía. Ahora en cambio un largo cabello voluminoso y oscuro le rebotaba en los hombros cada vez que caminaba. Varias personas le habían dicho que se veía mejor con el pelo largo; quizás era cierto, quizás no. Sabía que una parte de ella la había dejado atrás junto con su cabello, como si algo en ella se hubiera muerto hace, exactamente, dos años.
El cielo estaba cubierto por un manto grueso de nubes blancas. No parecía que fuera a llover. La última lluvia no la había agarrado muy bien, y no por haberse encontrado a sí misma sin paraguas en medio de la calle, sino por la sensación que eso le produjo.
Julieta.
Cada 14 de julio desde 1997 habían sido extraños. Isabel no sabía qué hacer sin ella y, a pesar de que lo intentaba, era difícil. Julieta era su mejor amiga, su hermana, su familia.
Julieta llenaba todos los vacíos y, después de su ausencia, tenía miedo de no poder volver a confiar en nadie más. A veces prefería que Julieta de verdad hubiera muerto. Ir a ver su lápida, dejarle una cajetilla de cigarros y sentarse toda la tarde al borde de la tumba y conversar con ella. Eso le habría hecho mucho mejor que la incertidumbre de no saber si estaba viva, muerta o si existía realmente.
Isabel estaba casi segura de que Julieta seguía viva, pero a veces sentía que divagaba en el delirio. Si Julieta estaba viva, ¿dónde estaba? ¿Cómo? ¿Por qué? Si estaba viva, eso significaba que podía viajar en el tiempo, y si podía hacerlo ¿por qué no era Julieta la que la buscaba a ella?
Con las manos en los bolsillos para capear el frío, caminó por las calles solitarias del pueblo. Eugenia la estaría esperando en el centro para llevarla a su terapeuta, allá en Viña Del Mar.
Trastorno Obsesivo Compulsivo y Trastorno de Ansiedad Generalizada, esos eran sus actuales diagnósticos. La verdad era que se le hacía imposible relacionar alguna de sus dos excentricidades con la ausencia de Julieta. Los supuestos síntomas que su terapeuta había utilizado para darle sus diagnósticos eran los mismos que había sentido siempre.
La habían derivado por un supuesto estrés post-traumático.
El reloj marcaba las 9:23 de la mañana cuando llegó a las afueras del lugar acordado con su tía. Eugenia solía llegar a la hora justa, así que solo le quedó esperar. Se sentó en la berma y sacó Cumbres Borrascosas de la mochila para seguir leyendo. Su terapeuta le había dicho que leer podía mejorar su concentración y reducir la ansiedad, y si bien podía ser cierto, Isabel ya no estaba segura de que estar leyendo esa clase de libro le estuviera ayudando, pero era un libro que le había recomendado Eugenia porque había sido su favorito en su juventud.
El silencio de la calle fue tranquilizador por un momento. Algunos autos pasaban por las calles aledañas, otros cuantos por la avenida principal. En cada ruido de motor, Isabel levantaba la cabeza esperando que fuera Eugenia, pero no era, y muy para su sorpresa, tampoco era la conductora del automóvil que se estacionó justo frente a ella. El vehículo quedó en neutro, y la ventanilla se bajó lentamente.
—Hola, chica —dijo Cristián Bustamante, Inspector de la Segunda Comisaría de la Brigada de Investigaciones de Zapallar.
Isabel resopló, rodó los ojos y cerró el libro entre sus manos.
—¿Y la Eugenia?
—Me pidió que te viniera a buscar.
Isabel dudó mucho de aquella afirmación.
—Mentiroso.
El detective curvó las cejas y se encogió de hombros.
—En realidad es porque quiero pedirte que…
—No voy a convencer a la Eugenia de que vuelva contigo —interrumpió Isabel.
El silencio se hizo tenso. Cristián pasó su mano por sus cabellos dorados entre canosos que reflejaban sus 49 años de vida, y sus ojos celestes se vieron cristalizados por medio segundo, como si quisiera ponerse a llorar.
—Yo la amo —susurró él.
—¿Y qué quieres que haga yo?
Cristián no le caía mal, pero lo encontraba patético. Era buen hombre, atractivo, profesional y detallista. Eugenia y él se habían conocido durante el segundo semestre de 1998 luego de que a Cristián le otorgaran un caso de microtráfico en el litoral central. Y por cosas del destino, Eugenia era de las encargadas del área de crímenes y tráfico de drogas.
Eugenia se había convertido en detective criminalista forense para la Gendarmería de Investigaciones de Chile en 1997. Durante todo el lío de saltos temporales, y después de que los militares chilenos le dieran las descargas eléctricas necesarias para hacerla viajar en el tiempo, Eugenia había estado en la Francia de mediados de 1910 hasta principios de 1930. Había llegado al país europeo en el año 1914, con veintidós años, a una ciudad del sur del país llamada Toulouse, donde mendigó por varios meses antes de ejercer como costurera hasta llegar a ser policía. Luego, en 1920 y con 28 años, se mudó a Montpellier. En 1925 y con apenas 33 años, trasladó su hogar a Lyon. Cuando cumplió los 36 durante el verano de 1928, se movió a París, donde vivió hasta 1933 antes de volver a 1997, al tiempo que le correspondía con sus 42 años respectivos para esa cronología.
Eugenia había estado en el epicentro de la Primera Guerra Mundial en Francia, aprendiendo francés a la fuerza y siendo una de las que mantenía el orden cuando el caos quería reinar. Ahora que estaba viviendo en la época acorde a su edad y línea temporal, se había inscrito para ser parte de ese escuadrón de investigaciones y aprovechar los conocimientos aprendidos durante todos sus años como policía en el país europeo. Un trabajo que le gustaba mucho y donde ella nunca pensó que iba a encontrar el amor.
O un intento de amor, al menos.
Isabel la conocía y, a pesar de que Eugenia se lo guardaba todo y no hablaba nada con nadie, sabía que parte de las razones por las que había tenido una relación con Cristián era para convencerse de que podía ser feliz con otra persona. Convencerse de que podía volver a amar a alguien más.
Pero no.
Y hubo un punto en el que Eugenia no se pudo mentir más y, hace ya dos meses y después de una relación de casi un año, terminó con Cristián, mientras Isabel se tenía que aguantar los llantos de él y su insistencia en que hablara con su tía para hacerla entrar en razón.
—Es que la Eugenia es muy fría y a mí no me escucha —continuó Cristián, apagando el motor del vehículo—. Pero si tú hablas con ella y…
Isabel cerró los ojos y suspiró.
—Eres muy penoso —sinceró—. La Eugenia ya fue… no va a volver contigo.
—¿Y por qué no?
Isabel tenía la respuesta, pero no era algo que él quisiera escuchar o que Eugenia quisiera que le dijera.
—Porque está preocupada de otras cosas.
A las 9:30 en punto, el automóvil de Eugenia apareció por la longitud de la calle y se estacionó detrás de Cristián.
—¡Cristián, te pido por favor que termines los informes que te pedí y dejes de perder el tiempo! —vociferó Eugenia desde la ventanilla de su vehículo.
Isabel miró desde la berma. Hubo un silencio, y Cristián hizo lo que mejor pudo hacer para conservar un poco de amor propio: prendió el motor del vehículo y se retiró. Eugenia suspiró profundo, se aferró más al volante, y le hizo un gesto con la cabeza a Isabel para que se subiera al vehículo.
—¿Tú le pediste que me viniera a buscar o se ofreció solo? —preguntó la joven, acomodándose en el asiento del copiloto.
La detective chasqueó la lengua.
—Jamás le pediría algo que no tuviera que ver con el trabajo.
Una vez resguardadas dentro del vehículo, el silencio incómodo se hizo presente. Desde la radio sonaba “Just My Imagination” de The Cranberries y Eugenia le subió un poco más el volumen, emprendiendo rumbo a Viña del Mar para llevar a Isabel a su terapia de rutina.
Isabel esperaba llegar a ser físicamente como Eugenia a esa edad. Su trabajo la obligaba a conservarse en buen estado físico, y a pesar de que ya superaba los cuarenta años, aún tenía la energía de una quinceañera y el físico de alguien de treinta. Era de asumir que la vejez no se apreciaba mucho dentro de la familia Lisperguer. Sin embargo, Eugenia era la que más podía presumir aquella privilegiada genética.
—Tu pololo es muy penoso —dijo Isabel, en el intento de quebrar el hielo.
—No es mi pololo —cortó Eugenia.
Isabel intentó encontrar algún otro tema de conversación con ella, pero no lo logró. Eugenia no era muy simpática, pero durante las últimas semanas había estado en exceso desagradable. Llevaba meses durmiendo mal y durante los últimos días apenas podía cerrar los ojos. Todas las noches las pasaba en completa soledad, bebiéndose todo el café y dedicándose a trabajar. Eugenia era una mujer que necesitaba mucha ayuda, pero que se negaba a conversar.
—¿Te has tomado las pastillas? —preguntó Eugenia después de una larga pausa.
Isabel sintió un regaño de parte de ella.
—Se me acabaron hace como un mes.
Esa respuesta pareció no gustarle mucho a la detective, y a pesar de que no lo hizo notar con palabras, sí lo hizo con una acelerada del vehículo.
—Te he dicho miles de veces que me avises cuando se te acaben las pastillas —demandó Eugenia, intentando no enojarse más de la cuenta—. No soy adivina para saber cuándo se te acaban y…
—Pero no quiero tomar más pastillas —interrumpió Isabel.
La detective apretó la mandíbula y quiso dejar la conversación ahí. Isabel no tenía culpa de sus problemas en el trabajo y en su vida personal, así que no valía la pena desquitarse con ella. Desde la Brigada de Investigaciones le tenían encargado un montón de casos por culpa de la inoperancia de sus otros colegas.
Eugenia tenía razones de sobra para sentirse estresada y frustrada. Por lo mismo, lo último que haría Isabel sería juzgar las ganas que tenía de mandarlos a todos a la mierda. De hecho, era un milagro que aún no la hubiera mandado a la mierda a ella… aún. Pero darse cuenta de eso era la prueba fidedigna de que Eugenia sí se preocupaba por ella como quizás nadie nunca lo había hecho. Desde el primer minuto había adquirido una responsabilidad con Isabel que ni su madre Raquel se había atrevido a hacer jamás. Eugenia no solo se había comprometido a llevarla a cada una de sus terapias con su respectiva psicóloga y psiquiatra, sino que también había adquirido el compromiso de costearlas.
—Y... ¿estás bien? —preguntó Eugenia pocos minutos después.
—No me quejo —contestó la joven.
La mujer guardó silencio por un momento, pensando bien qué decir.
—En realidad te preguntaba porque hoy día se cumplen dos años de la muert...
—No está muerta, Eugenia —interrumpió en seco.
La detective volvió a suspirar, como si eso fuera lo único que la ayudara a no perder la compostura y mantenerse al margen.
—Isabel, yo creo que ya es suficiente con el tema de qu...
—¿Suficiente de qué? La Julieta no está muerta, y tú también lo sabes.
—Es que sí lo sé, y está muerta.
—No, no lo sabes —continuó la joven—. Y me da lo mismo que no me apoyes en esto, pero yo la voy a encontrar. Cualquier día voy y me meto a la tina con una tostadora, porque no me voy a quedar tranquila sabiendo que mi amiga está en alguna parte —finalizó, y deseaba que ese fuera el punto final de esa discusión.
Isabel, hace no mucho, ya había intentado recopilar información para poder llegar a Julieta y averiguar si la familia McAllen seguía existiendo. Sin embargo, todo su intento terminó siendo inútil. Eugenia la atrapó antes de que pudiera encontrar la información necesaria, y luego de eso Isabel sentía que Eugenia estaba decepcionada de ella. Pero las ganas que tenía de encontrar respuestas eran más grandes. Y a pesar del compañerismo y lealtad que había forjado con Eugenia desde antes, le dolia que ella no quisiera ayudarla a llegar a una respuesta para, al menos, dejarla tranquila.
—Bueno, espero que algún día te conformes con saber que la Julieta está muerta y que ya no existe, ni ella, ni nadie de esa famil…
—Que tú te conformes con eso no significa que yo tenga que hacerlo también —la interrumpió Isabel.
Eugenia aceleró un poco más el vehículo por la carretera.
—¡Pero ya es suficiente, mujer, por Dios!
—¿¡Y por qué tiene que ser suficiente!?
Eugenia aferró más sus manos al volante.
—¡Porque has estado dos años en psiquiatra, en psicólogo y no has mejorado en absolutamente nada! —exclamó la detective, perdiendo la paciencia por completo—. Yo me comprometí en acompañarte y pagarte todas las terapias. Pido permiso en el trabajo, tengo mil cosas que hacer, ¿y qué hacestú? ¡Planear cómo electrocutarte para buscar a una persona que nunca existió!
Isabel abrió la boca mientras un espectáculo de arrugas le invadía el entrecejo.
—¡Yo no te pedí que hicierasesto por mí! —se defendió ella—. Así que no me vengasa sacar en cara las cosas, porque no te debo nada más que un gracias.
El ambiente ya se había tensado demasiado como para que Eugenia pudiera seguir conduciendo con prudencia. Por eso, se estacionó a un lado de la carretera antes de continuar.
—¿Y tú de verdad crees que el tema únicamente te afecta a ti? —preguntó la mujer, girándose sobre su asiento para verla mejor—. El mundo no gira en torno a ti y no todo se trata de la Julieta. ¿¡Puedes entender eso!? ¿¡TE ENTRA EN LA CABEZA!?
—No me grites, Eugenia —sentenció Isabel.
—¡Entonces hazme caso y déjate de hablar huevás!
Pero vaya que Isabel era terca con ese tema.
—Pero a ti qué te importa lo qu…
—Respóndeme esta pregunta —interrumpió Eugenia—: ¿Tú de verdad crees que el tema únicamente te afecta a ti?
Isabel miró a través de los ojos negros de su tía. Sabía con toda la claridad del mundo que ese tema no le afectaba solo a ella. A Eugenia quizás le afectaba el triple. Por eso Isabel quería que lo dijera. Que Eugenia hablara de una vez por todas del tema y se sacara aquella angustia desde dentro.
—¿Y a quién más le afectaría? —preguntó Isabel, pendenciera—. La Julieta era mi amiga, no tuya. ¿Por qué te importaría a ti?
Y esa pregunta la hizo apropósito. La hizo para tocar en el nervio clave de Eugenia. La detective soltó una risa mordaz y se agarró la frente.
—¿Y no te has puesto a pensar en lo difícil que se me ha hecho a mí aceptar que esa pendeja de mierda nunca existió y que, por lo tanto, la…?
Pero se detuvo. No podía decirlo.
—¿La quién? —exigió Isabel.
Eugenia suspiró, se enderezó en el asiento y fijó la mirada frente a ella.
—Eugenia, dilo. Si no lo dices tú, lo digo yo.
—Ni se te ocurra —amenazó con la voz quebrada.
Isabel tragó saliva, y a pesar de que la amenaza de su tía parecía tétrica, también creyó que era la única oportunidad que tenía de hablar de ella.
—Lorraine —manifestó Isabel.
Y luego de la declaración de aquel nombre, hasta las aves que volaban a ras de suelo allá en la lejanía se detuvieron.
Lorraine.
El silencio se prolongó denso y catastrófico. Eugenia no se inmutó ni un centímetro, pero por dentro parecía estar muriendo.
Lorraine.
Eugenia, en dos años, no había hablado de ella.
La identidad de Lorraine había pasado desapercibida durante esos dos años. Su nombre ni siquiera había sido susurrado. Sus cabellos anaranjados apenas acariciaban los dulces recuerdos de un amor. Su memoria era eclipsada por la frustración de su inexistencia, y sus ojos celestes escasamente eran reflejados en ese cielo despejado que las miraba.
Su identidad había sucumbido para todos. Sin embargo, aún vivía.
Aún vivía en la memoria de la mujer que algún día tanto la amó.
Isabel atribuía las manías extrañas de Eugenia en sus deseos de intentar vivir sin ella. Eugenia parecía, más bien, estar sobreviviendo. Cuántas veces la había encontrado llorando sin razones coherentes. Cuántas veces la había visto dejar una vela encendida enterrada en su patio, como si quisiera recordarla de esa forma o guiarla en su camino hasta ella. Esas eran las razones por las que también siempre dejaba un espacio vacío en su cama, o por las que jugaba con aquella pulsera en su muñeca cada vez que estaba triste.
Era Lorraine.
Todos sus comportamientos absurdos para muchos, siempre se resumían en Lorraine.
Durante dos años Eugenia se había esforzado para que todos —incluyéndose— pudieran olvidar a Lorraine. Pero no había día en que Isabel no pensara en ella. Lorraine había sido su amiga y su compañera. Y parte de las razones por las que Eugenia había boicoteado la búsqueda de los McAllen era por el miedo de encontrar a Lorraine con vida.
—¿Tú crees que ha sido fácil vivir sabiendo que el amor de mi vida no existe? —murmuró Eugenia luego de una larga pausa, con la voz quebrada y débil—. No es fácil vivir sabiendo que cada recuerdo que tengo con ella es solamente eso: recuerdos que se van esfumando de a poco, como si hubieran sido sueños.
—Eugenia... —murmuró Isabel.
—La última vez que la vi yo tenía casi tu edad —continuó la detective—. Ahora tengo 44 años y no ha habido día en el que no piense en ella… y ha dolido. Ha dolido mucho, pero lo intento superar porque hay una vida que continúa y no puedo quedarme viviendo en un recuerdo. Y tú tienes que entender eso, por favor.
Y a pesar de que Eugenia se seguía viendo reacia al asunto, Isabel creía que ya había traspasado el primer paso y el más difícil de todos: que pudiera por fin hablar de Lorraine. El resto era intentar convencerla para buscarla.
—¿Tienes suficiente bencina en el auto? —preguntó Isabel, sin mucho contexto.
Eugenia suspiró y disimuló las lágrimas.
—Sí, ¿por qué?
—Vámonos a Santiago ahora —sentenció Isabel.
Eugenia estrió el entrecejo y la miró atónita.
—No, tienes que ir a terapia.
—Filo la terapia, Eugenia —replicó Isabel—. Vamos a la cárcel donde estuve con la Lorraine. Si su nombre no figura dentro de una de las reclusas y nos dicen que nunca ha habido una Lorraine McAllen ahí, es porque la Julieta de verdad se murió ese día y todo el círculo de los McAllen se terminó, y te lo juro por la misma Julieta que no vuelvo a tocar el tema ni a nombrarla en lo que me queda de vida.
Eugenia enarcó una ceja y la miró incrédula.
—Ya, ¿y?
—Pero si el nombre de la Lorraine figura dentro de una de las prisioneras, significa que todavía existe, que la Julieta nunca se murió, y que entonces... —hizo una pausa y sonrió— mi teoría sería cierta.
Eugenia había suspirado casi cuatro veces en un lapso de un minuto. Casi siempre hacía eso para mantener la calma, pero al final le resultaba contraproducente, porque la respiración se le aceleraba y terminaba más nerviosa.
—Encuentro insólito que me hayasconvencido de hacer esto —dijo la mujer.
Isabel soltó una risa mordaz.
—Yo no te convencí de nada —replicó—. Y encuentro más insólito que intentes hacer que te da lo mismo, cuando te mueres de ganas por saber cómo está.
Eugenia agarró sus manos más al volante y resopló.
—Escúchame una cosa —demandó—. No vamos a Santiago por la Lorraine, vamos a Santiago para que te des cuenta de que no existe, de que la Julieta se murió, y para que dejesde molestarcon el tema de una vez por todas.
Eugenia era una pésima mentirosa, pero aun sabiendo su falsa negativa, Isabel se sentía nerviosa igual. ¿Qué iba a pasar cuando encontraran a Lorraine?Porque Isabel tenía la rotunda certeza de que la encontrarían. Dentro de su cabeza no existía otra posibilidad, pero ¿qué iba a pensar Lorraine? Ver otra vez a su novia a quien creía muerta hace veinte años y ver a Isabel a quien, sorpresivamente, recordaba igual de joven. Habría que explicarle un montón de cosas.
Hasta ese punto Isabel esperaba que el amor entre ambas mujeres siguiera tan vivo como lo recordaba. Ya no quería ver a Eugenia triste, ni enojada, ni frustrada. Quería que Lorraine volviera a formar parte de su vida, pero ¿qué tanto se conservaba de las jóvenes anárquicas de finales de los años setenta? Eugenia había madurado mucho. La vida la había golpeado fuerte y apenas quedaban vestigios de esa veinteañera tímida con intentos de rebeldía. Ahora era una detective criminalista forense, hermosa a los ojos de cualquiera, pero escrupulosa. Eugenia ahora era una mujer cruda, insensible, metódica y profesional. ¿Qué iba a pensar Lorraine?¿Qué iba a pensar al ver que esa muchacha dulce y tímida que amó tanto en su juventud ahora era una terca, amargada y narcisista?
—¿Sabes al menos dónde queda la cárcel? Hay más de cincuenta en todo Santiago —exigió Eugenia.
—Eh... no —sinceró la joven—. Pero me acuerdo que cuando la Lafel me fue a buscar había un negocio grande por ahí cerca, como una ferretería.
—Eso fue en 1978 —aclaró la detective—. Ahora es 1999 y lo más probable es que esa ferretería ni siquiera exista.
Isabel cerró los ojos porque odiaba su voz autoritaria y déspota.
—¿Podríai empezar aser un poco más optimista? Quizás sigue ahí, no sabemos.
—Puedo ser más optimista si al menos te acuerdas cómo llegar a esa ferretería —remató la mujer.
—¿Y si preguntamos? —propuso la joven después de unos minutos—. Demás que alguien conoce alguna cárcel que haya estado activa en los años setenta.
Eugenia enarcó una ceja sin despegar la vista de enfrente.
—¿Y si mejor nos vamos a Viña y vas a tu terapia? —preguntó, condescendiente.
—¡Ay,Eugenia! ¡Qué pesada! Ya estamos acá, al menos que valga la pena habernos mandado tremendo viaje.
La detective pasó un cambio del vehículo y apretó las manos al volante.
—Bueno, pero si nos demoramos mucho, nos vamos a la casa y fin de la búsqueda, ¿escuchaste? —dictaminó.
Y esta vez, esa sería la palabra final.
***
El reloj marcaba casi las dos de la tarde y ya habían perdido más de una hora y media buscando la cárcel en la que Isabel había estado junto con Lorraine. Lo único que Isabel recordaba era la fachada, y ese piso pegajoso con olor a humedad que sentía tan vivo como si aún estuviera allí.
Habían pasado a comprar unos sándwiches a un local de comida rápida del camino, y ninguna de las personas a quienes les habían preguntado acerca de la cárcel le había dado una respuesta concisa o que sirviera de algo.
—Doblando esta cuadra se supone que hay otra cárcel que está activa hace un montón de años —dijo Eugenia volviendo a tomar el mando—. Así que te tengo dos opciones.
Isabel tuvo miedo.
—¿Qué?
—Que si es la cárcel, bien —explicó—. Pero si no es… nos devolvemos a la casa, porque no pienso estar buscando eternamente.
La joven abrió los ojos y quiso llorar.
—Pero Eugenia…
—Eugenia nada —interrumpió la mujer—. Tengo mucho trabajo como para andar perdiendo el tiempo en ideas ridículas que se te ocurren.
Isabel resopló y apoyó la cabeza en la ventana del vehículo. Esa era la única oportunidad que iba a tener en mucho tiempo de encontrar a Lorraine y verificar la existencia de los McAllen y, por ende, la de Julieta. Si no encontraban la cárcel en ese minuto, estaba perdida. Al menos perdida en lo que significaba la ayuda de Eugenia. El automóvil dobló en una de las esquinas de esas calles serpenteantes y extrañas. Caminos que en su momento habían sido terrosos, y que ahora eran cubiertos de pavimento.
De pronto, un pequeño interfaz de recuerdos golpeó a Isabel dentro de la cabeza. Algo de la ambientación, o quizás de las pocas referencias que aún se conservaban desde 1978, le trajeron memorias de una vida que aún le costaba asumir que había vivido. Y así, desde la cuadra siguiente, se asomó temible aquella misma prisión que la albergó por poco más de tres meses.
Parecía que no la habían remodelado desde entonces. Se veía tan roñosa como la recordaba. Incluso desde dentro del vehículo pudo oler la humedad del piso.
—Es esa —murmuró Isabel.
Eugenia fue bajando la velocidad del vehículo paulatinamente.
—Mentirosa —se burló la mujer.
—¡De verdad!
La detective estacionó el vehículo en la cuadra de al frente y detuvo el motor.
—Lo estás diciendo solo para que no nos vayamos a Zapallar…
—¡Te juro que esa es! —insistió Isabel—. Bajémonos, preguntemos por la Lorraine, y si no existe, de verdad que no vuelvo a molestar con el tema.
Eugenia la miró un rato con los ojos entrecerrados. Se guardó la placa al interior del blazer y volvió a poner la pistola dentro del cinturón.
Dentro de la prisión estaba todo tan viejo que a Isabel no le habría impresionado en absoluto la idea de que continuaran con el mismo personal de seguridad y azulejos. Detrás del mesón había un joven bien peinado con su uniforme impecable y cara de letargo contagioso.
—Buenas tardes. Eugenia Lisperguer, Gendarmería de Investigaciones —dijo la mujer, mostrando la placa como si fuera ya una extensión más de su cuerpo—. Necesito información de una de sus reclusas.
El funcionario la miró con los ojos bien abiertos, hasta que tragó saliva.
—No le puedo dar información privada de ninguna reclusa —tartamudeó.
Isabel, desesperada por sí sola, apoyó los brazos al borde del mesón.
—Queríamos saber de Lorraine McAllen —dictaminó—. Es una mujer de unos cuarenta y tantos años. Flaca, colorina, ojos celestes, pecosa, y...
Se detuvo cuando vio al joven negar con la cabeza.
—Aquí no hay ninguna Lorraine McAllen, ni colorinas —respondió a la ligera, sin preocuparse en otorgarle un poco más de ayuda.
De pronto, Isabel sintió que la temperatura bajaba en el lugar mientras un vacío raro le crecía monstruoso hasta en el alma. El tiempo pareció dilatarse, e Isabel se negaba a girarse a ver Eugenia porque la culpa la carcomió por dentro.
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí? —insistió la joven.
—Isabel, vámonos —susurró Eugenia, la tomó del brazo y la arrastró con ella fuera del lugar. Pero antes de que eso pasara, el joven respondió.
—Cinco meses.
Ese detalle retomó la esperanza en Isabel.
—¿Puedo hablar con alguien que lleve años trabajando aquí?
Eugenia la soltó del brazo y caminó hasta las sillas en la sala de espera, dejando caer su cuerpo en uno de los asientos. Isabel la miró de reojo y no pudo saber si se veía desesperanzada, triste o preocupada.
—Rodríguez, ¿puedes venir a la sala principal, por favor? —dijo el joven, hablándole al radio que tenía apegada a su hombro.
—Voy —se escuchó de inmediato desde el aparato.
Con el alma colgándole de un hilo, Isabel se dirigió hasta Eugenia para acompañarla mientras llegaba alguien en su ayuda.
—No vale la pena que hagamos esto —susurró la mujer, de piernas cruzadas intentando recuperar la fuerza.
Eugenia nunca se daba la oportunidad de llorar en público. Siempre lo hacía a escondidas, tragándose las lágrimas y obligándose a sí misma a dejar de hacerlo.
—Eugenia, escúchame —demandó Isabel—. Si yo supiera que es imposible que la Julieta y la Lorraine estén vivas, no te habría dicho que viniéramos para acá. Ese compadre lleva cinco meses trabajando aquí. Yo creo que ni siquiera sabe dónde queda el baño.
La detective apretó la mandíbula y elevó el mentón con la mirada perdida. El brillo de sus ojos la delataba.
—Señorita —dijo el joven guardia detrás del mesón.
La preocupación de Isabel cambió en una fracción de segundo. Una guardia mucho mayor que el joven tras el mesón esperó a Isabel en medio del lugar.
—H-hola —tartamudeó Isabel, acercándose a ella—. Ando buscando a una reclusa que está aquí desde 1978. ¿Me podría ayudar?
—Trabajo aquí desde el 86 —contestó la mujer.
Isabel sonrió dejando expuesta su intranquilidad. El corazón le palpitó con fuerza en el pecho, porque no estaba segura de querer aceptar un no por respuesta. La idea no radicaba solo en la inexistencia de Lorraine, sino también en que la muerte de Julieta había sido inevitable.
—Su nombre es Lorraine McAllen —dijo—. Debe tener unos cuarenta y tanto. Habla inglés, es flaca, colorina, tiene unos ojos celestes muy lind…
—¿Lorraine? —preguntó la guardia, antes de dejarla terminar.
Isabel sintió que se le iba a salir el corazón por la boca.
—Sí, Lorraine.
La guardia sonrió, y asintió con la cabeza.
—Ay, esa Lorraine —susurró la mujer, como si guardara una especie de cariño por ella.
Y habiendo estado atenta a cada una de las palabras, Eugenia se levantó de donde estaba sentada y caminó hasta ellas. Isabel alcanzó a escuchar desde afuera como le latía el corazón.
La Lorraine existe... entonces, la Julieta no está muerta.
Y a pesar de que ya lo tenía asumido, le emocionaba saber que sus suposiciones habían sido verdaderas.
—Y... ¿po-podemos verla? —tartamudeó Isabel, una vez más.
La guardia las miró con cara de duda.
—Es que Lorraine ya salió —aclaró.
—¿Hace cuánto tiempo? —persistió la joven.
La funcionaria no respondió de inmediato. Primero se desplazó detrás del mesón y ocupó el puesto del joven para buscar su nombre en la base de datos.
—Salió el 24 de febrero del 98. Hace más de un año que no está aquí.
—¿Y no sabe dónde puede estar ahora? —continuó Isabel.
—Es que no puedo revelarle mucha información porque...
—¡Soy Gendarmería de Investigaciones y me vas a decir todo lo que sepas de Lorraine McAllen! ¡Ahora! —demandó Eugenia, tirando la placa en el mesón.
La guardia de seguridad dio un paso hacia atrás y tensó el cuello.
—Disculpe, inspectora, pero, aunque quisiera darle la información que pide, no sabemos nada del paradero de Lorraine —se defendió ella—. Se fue hace más de un año. Podría estar en cualquier lado.
Eugenia ya estaba tan enervada y ajena al contexto que Isabel agradeció que hubiera guardado silencio. Efectivamente, era imposible saber la ubicación de Lorraine. Lo era también, y más todavía, saber la ubicación de Julieta.
—Muchas gracias por su tiempo —dijo Isabel, antes de salir corriendo tras esa Eugenia que ya había abandonado del lugar.
Si bien la actitud de su tía no tenía nada que envidiarle a la de una déspota abusiva de su poder, Isabel en ese momento no pudo hacer nada más que sentir compasión por ella.
—Eugenia —dijo Isabel para llamar su atención.
Se acomodó en el asiento del copiloto y miró a su tía. Ella no respondió. Tenía sus ojos negros pegados al volante. Silenciosa e impredecible.
—Por favor,di algo —suplicó Isabel.
Eugenia levantó la mirada, aún sin emoción, e introdujo las llaves en el vehículo para hacerlo andar.
—Nos vamos —contestó la detective.
Sus palabras resultaron presagio del motor que ya arrancaba a toda potencia.
—¿A dónde?
—A Zapallar. Nos vamos a la casa.
Isabel dejó ver su malestar en un concierto de arrugas en su ceño.
—¿Me estás hueveando?
—¿Y qué quieres? —exigió Eugenia, ya con un malestar evidente—. ¡Dime qué mierda quieres! ¿¡Buscar a la Lorraine y que la encontremos muerta!?
Y a pesar de que todo su comportamiento parecía manifestar pura ira, en realidad estaba triste. Era una mezcla de tristeza, miedo y mucha rabia.
—Eugenia, te juro que estoy a dos segundos de agarrarte a combos —admitió Isabel—. ¿Por qué cresta la Lorraine tendría que estar muerta?
—¡Porque es la Lorraine! —replicó Eugenia, con la voz más elevada que antes—. Por eso va a estar muerta. Ya me la imagino saliendo de aquí y metiéndose toda la droga que haya encontrado, porque así era ella, y siempre va a ser así —continuó, pero ahora su voz quebrada la delató—. Y yo ya no tengo la energía que tenía a los veintidós, y esto no es un cuentito de hadas donde la vamos a encontrar y vamos a ser felices para siempre. Esto es la vida real y es una puta mierda. Ni tú ni yo podemos hacer algo al respecto.
Y finalizando aquellas palabras, una lágrima fría fue a dar desde su ojo hasta debajo de la mandíbula. Isabel no la había visto llorar hace mucho tiempo.
—Eugenia...
—Cállate —interrumpió la detective—. No vamos a buscar a nadie. Si la Lorraine está viva, ojalá esté feliz. Tampoco quiero encontrarla muerta… ya he visto demasiados muertos.
Sin embargo, Isabel era obstinada con el tema.
—Es que escúchame primero —insistió, y lo iba a seguir haciendo hasta que Eugenia saliera de ese trance. Si su decisión era no buscarla, al menos que lo decidiera con la mente en frío, y no así de alterada como lo estaba ahora—. Creo que estás siendo un poco paranoica. La Lorraine cumplió su condena y no tiene por qué estar drogándose o siendo una delincuente.
—¿Sabes las probabilidades de que haya retomado las drogas en la cárcel?
—No, y me da lo mismo —persistió la joven—. Yo siento que está viva, sobria y feliz. Y la voy a buscar y a la Julieta también. Tú decides si acompañarme o no, pero quiero que sepas que contigo va a ser mucho más fácil y rápido.
Eugenia volvió a suspirar como por vez mil en todo el día y se llevó las manos hasta la cabeza. Ella verdaderamente quería pensar en lo que sería una buena decisión, pero ¿había una buena decisión? Era una noticia por lo menos reveladora y controversial saber que Lorraine existía. Ahora tenía la certeza de que Julieta no había muerto. Los demás McAllen aún existían. Los demás viajeros en el tiempo, aparentemente, todavía corrían peligro, incluyéndola a ella y a toda su familia. Todos vivían sintiéndose libres como si la línea McAllen hubiera desaparecido. ¿Dónde estaban todos los demás McAllen entonces? ¿Dónde estaba David? ¿Nicholas? ¿Agnes? Ay, Agnes,pensó Isabel, y un extraño escalofrío le recorrió el cuerpo cuando recordó su existencia. ¿Dónde estaban? ¿Dónde estaban esos precursores de lo que había sido el exterminio y la tortura de viajeros en el tiempo?
El vehículo se paseó por las calles capitalinas. A Isabel le habría encantado saber qué estaba pensando Eugenia, pero no se atrevía ni siquiera a preguntarle si estaba bien o no. De pronto, aparcó el vehículo en una berma. Isabel no sabía dónde estaban, pero Eugenia parecía muy segura de sus acciones.
—¿Dónde estamos? —preguntó Isabel, mirando por la ventana.
Desde su lado en el copiloto, vio la infraestructura a la que Eugenia quería ir.
O F I C I N A R E G I S T R O C I V I L E I D E N T I F I C A C I Ó N
Eugenia se quitó el cinturón de seguridad y se aseguró de revisar la placa dentro de su chaqueta.
—¿Por qué estamos en el Registro Civil? —insistió la joven.
La detective suspiró, como si quisiera quitarse el peso de encima.
—Vamos a ver si la Lorraine sigue viva.
Isabel se quedó esperando en el vehículo un par de minutos que se le hicieron eternos. Le robó un cigarrillo a su tía y lo fumó con la cabeza por la ventana porque, a pesar de que Eugenia se había convertido en una fumadora constante en el último tiempo, irónicamente odiaba el olor a cigarro en la ropa, en un vehículo o en donde fuera. Tal vez por el recuerdo constante de Lorraine que le traía el olor a cigarrillo.
Luego de veinte minutos que para Isabel fueron como dos horas, Eugenia salió desde los interiores del Registro Civil con un papel en la mano, cruzó la calle trotando antes de mirar a ambos lados, y se resguardó dentro del vehículo.
El silencio fue angustiante durante esa pausa dilatada. Se escuchó a Eugenia tragar saliva, y cómo apretaba el papel en su mano.
—¿Qué pasó? —murmuró Isabel.
Eugenia suspiró, y sin decir ninguna palabra, cerró los ojos y le pasó el papel a la joven.
CERTIFICADO DE DEFUNCIÓN
Circunscripción: Santiago
Nro. Inscripción: 802
Registro: Año: 1998
Nombre inscrito: Eloise Lorraine McAllen Astaburuaga
R.U.N: 7. 483 .993 - 2
Fecha de nacimiento: 3 Diciembre 1954
Sexo: Femenino
Fecha defunción: 8 Octubre 1998 a las 21:14 horas.
Lugar de defunción: Santiago
Lorraine estaba muerta.
Isabel creía estar familiarizada con esa clase de angustia. Sin embargo, estaba lejos de acostumbrarse. Era la misma sensación que había tenido aquella vez cuando, aparentemente, Eugenia había estado muerta. Ese nudo en la boca del estómago que le viajaba hasta el pecho y se le apretujaba allí. Tenía impotencia. Le había prometido a Lorraine ir a verla a la cárcel, pero fue poco valiente y no pudo cumplirlo. Quería llorar, no solo por lo que le significaba su muerte, sino por esa eventual traición hacia una de las mejores amigas que había tenido.
Isabel dejó lentamente el certificado de defunción sobre sus piernas hasta girar la cabeza hacia Eugenia.
La detective estaba ahí, sentada en silencio, en ese estado de calma que vaticinaba cual ojo de tormenta, mirando por la ventana del vehículo.
—Eugenia... —manifestó la joven—. De verdad lo siento mucho.
La detective suspiró y se tragó las lágrimas mientras una sonrisa compasiva se manifestaba suave en la palidez de su rostro.
—No te preocupes —aclaró ella—. Siempre hubo una parte de mí que se intentó convencer de que estaba muerta, y saber que de verdad lo está es extraño, pero…
Y no pudo terminar la frase. La voz se le cortó y se aclaró la garganta.
—Igual fui yo la que te hizo pasar por todo esto —insistió Isabel.
—Al menos ahora sé que está muerta —continuó Eugenia, como si de pronto hubiera salido de nuevo aquella esencia dulce que guardaba dentro—. Pero sí me siento culpable de no buscarla antes, cuando estaba viva.
Isabel se rascó la cabeza y dobló el certificado de Lorraine en dos partes.
—¿Por qué crees que no te haya buscado ella a ti?
Eugenia soltó una suave risita.
—Soy detenida desaparecida para ella —declaró—. Lo último que supo la Lorraine de mí fue que los milicos me habían matado en dictadura. —La voz se le apagó cuando los recuerdos de su detención la invadieron—. Si el cielo existe, me daría mucha lástima saber que me está buscando, porque no me va a encontrar.
La parte espiritual de la muerte de Lorraine conmovió el triple a Isabel.
—Yo creo que ya te debe haber visto viva desde allá arriba —agregó Isabel—. O desde allá abajo, no sé. La Lorraine de seguro preferiría irse al infierno.
Su tono sarcástico le sacó una carcajada a la detective. Volvió a encender el motor.
El resto del trayecto fue casi en completo silencio. Isabel se consideraba a sí misma una buena habladora, pero ahora no quería decir palabra alguna.
Santiago, al igual que todas las metrópolis del mundo, era llamativamente más concurrida durante una tarde de viernes. Sin embargo, cuando Isabel vio a personas con ramos de flores en las calles aledañas, se puso en estado de alerta.
Eugenia bajó un poco más la velocidad, y dobló para poder entrar a un estacionamiento enrejado no apto para cualquier vehículo.
—¿Dónde estamos? —preguntó Isabel.
—Vamos a ver si la Lorraine está aquí —respondió Eugenia, mientras las rejas del Cementerio General de Santiago le daban permiso a su automóvil para entrar.
Isabel sintió que se le formaba un nudo en la garganta, y sonrió para intentar desvanecer aquel gesto. Eugenia se encaminó y le compró un par de rosas teñidas en celeste, como del color de aquel par de ojos que alguna vez tanto amó.
Un hombre calvo detrás de un mesón les dio la bienvenida al cementerio.
—Hola, buenas tardes —dijo Eugenia—. Queríamos saber si Lorraine McAllen está sepultada en este cementerio.
La necrópolis, a sus interiores, podría haber sido fácilmente una ciudad aparte en cuanto a tamaño. Era, además de coloso, el lugar perfecto para perderse entre tumba y tumba intentando buscar a quien querías ver. La mitad de la población santiaguina pasaba su eternidad durmiendo allí. Las probabilidades de que Lorraine también estuviera eran altas, sino se iría con flores y todo de vuelta a Zapallar y las dejaría en su patio.
El hombre se arregló los anteojos al tabique y suspiró.
—¿Son familia? —preguntó él, con voz gastada—. Nadie nunca la ha venido a ver.
—¿Perdón? —preguntó Eugenia de vuelta.
—A Lorraine —insistió el anciano—. Nadie la ha venido a ver desde que está aquí.
Eugenia parpadeó rápido y compartió una mirada con Isabel.
—¿Entonces Lorraine está aquí?
El funcionario resopló, ya cabreado, y rodeó con su paso cojo el mesón para guiarles el paso a ambas.
—Le estoy diciendo que nadie la ha venido a ver pue —reclamó él.
Eugenia volvió a compartir una mirada con su sobrina hasta seguir sus pasos.
El silencio fue un tanto incómodo mientras caminaban junto a él por las calles amplias de aquel camposanto.
—¿De verdad nadie la ha venido a ver? —preguntó Eugenia.
—No mucho —contestó el hombre—. Han venido cuatro personas en total en lo que lleva aquí: su novia, y uno de sus hermanos para corroborar de que verdad estuviera muerta.
Parte de aquella nueva información alertó a la detective mientras sentía como era golpeada con una patada en la boca del estómago.
—¿Su novia? —demandó.
—¿Y cuáles son las otras dos personas? —preguntó Isabel, sin querer dar cabida a un aparente ataque de celos de parte de su tía.
—Ustedes dos —contestó el hombre a esa última pregunta.
A pesar de haber intentado desviar el tema, Eugenia era testaruda.
—¿Qué novia? —y esta vez, lo exigió.
El hombre, de baja estatura, miró a Eugenia hacia arriba y suspiró.
—Una tal Lorena, creo que así se llamaba —le contestó—. Era su pareja, vino el día del funeral, ella sola. Nunca más volvió.
Isabel pudo escuchar a Eugenia respirar más fuerte a su lado.
—¿Y cómo era ella?
—¿En qué sentido? —preguntó el anciano.
—¿Dónde la conoció? ¿Cómo? ¿Cuándo?
Isabel le pegó un codazo en las costillas para callarla. No era el momento ni el espacio para esas preguntas.
—No tengo idea, señorita —contestó el funcionario—. Solo supe que es Ingeniera Civil y que tiene una empresa de bienes raíces, me lo dijo cuando vino a hacer los trámites. Macaya es su apellido.
Eugenia remplazó su respirar rápido por un suspiro. Isabel pudo ver desde afuera su decepción, ira y melancolía acumulada.
—¿Y cómo es físicamente? ¿Se parece a mí? —insistió Eugenia, confirmando su ridícula comparación.
—Eugenia, por favor, basta —susurró Isabel.
—Bueno, a lo mejor en el pelo un poco, pero ella lo tiene más pajoso —respondió el hombre, mirando a Eugenia tras sus anteojos—. La verdad es que ese día andaba con unos anteojos de sol bien grandes y una bufanda. No le pude ver bien la cara tampoco.
—¿Pero usted diría que es más fea o más linda que yo?
—Eugenia, ya córtala —dijo Isabel terminante.
Hubo unos cuantos segundos de silencio que resultaron incómodos para todos. Sin embargo, el hombre salvó la situación cuando detuvo su paso al frente de una tumba pequeña y mal cuidada.
Lorraine, hasta ese punto, ya era casi puro hueso.
El hombre dio un paso al costado antes de retirarse y poder dejarlas solas. En su ausencia, Isabel sintió que todo el peso le caía en los hombros. Antes de verlo con sus propios ojos, parte de su cabeza creía que era mentira. Había una parte de ella que aún creía que podía estar viva, pero no.
Sus ojos eran ahora testigos de que sí estaba muerta.
Eugenia hizo todos los intentos por no llorar, pero fue inútil. Isabel ni siquiera la quiso mirar para no sentirse más culpable de lo que ya se sentía.
La tumba se veía algo descuidada. Había algunas flores marchitas y otras más frescas, y el pasto se apoderaba de algunas partes de la lápida.
—Hola, mi amor —susurró Eugenia, muy quebrada, pero sonriente.
Con los ojos llenos de lágrimas, se sentó al borde de la tumba, deslizando su mano sobre esa lápida de mármol con su nombre tallado ahí.
—Estoy segura que ahora tienes que estar diciendo: bloodyhell Eugenia, you’realive! —continuó la detective—. Y sí, estoy viva viva, y no tienes idea de lo mucho que estoy deseando que tú también lo estés.
Dejó las flores apoyadas en la lápida mientras Isabel se sentaba a su lado.
—Pucha, Eugenia, de verdad sorry…
Eugenia tomó un suspiro profundo, sacudió el cabello en el aire y levantó el mentón para recuperar la compostura.
—No es tu culpa —dijo una vez que pudo ganarles a las lágrimas—. Estuve mucho tiempo obsesionada con saber qué era de ella, pero me daba miedo buscarla. Encontrarla con pareja nueva y que ella sí me hubiera olvidado, pero yo no a ella.
—¿Tú crees que ella te haya olvidado?
—No sé, en veinte años pueden pasar muchas cosas —contestó—. Ya lo dijo el viejo: se enamoró de una empresaria. Así que imagínate si la hubiera buscado antes, cuando aún estaba viva, la habría encontrado con ella. Y si estuvo con ella debe ser porque ya me olvidó. Veinte años es más que suficiente para olvidar un amorío juvenil, ¿no te parece?
Isabel asintió, aunque no convencida.
—¿Fueron esos veinte años suficientes para ti?
Eugenia giró la cabeza hasta su sobrina.
—No.
—Entonces a lo mejor tampoco lo fueron para ella.
—Pero está muerta —sentenció Eugenia—. Y ahora ya no puedo hacer nada más que conformarme con esa información para vivir tranquila.
Y esas palabras le habían llegado a Isabel más de lo que ella hubiera querido o imaginado. Justamente, no sabía qué era peor para ella ahora en su situación: no saber si Julieta estaba viva en algún lugar, o imaginarla muerta en algún año hipotético a causa de razones varias y desconocidas.
Estuvieron un rato en silencio, contemplando la tranquilidad de la necrópolis, sintiendo en parte que Lorraine estaba ahí con ellas también, en energía y alma. Eugenia acarició un par de veces la lápida, hasta que una risa ligera salió de sus labios.
—¿De qué te ríes? —preguntó Isabel.
La detective volvió a elevar la mirada.
—No sé, que igual me puse un poco celosa —dijo, aún risueña.
Isabel chasqueó la lengua y la empujó suavemente con el hombro.
—Tú también pololeaste, así que no seas patuda.
—Sí, pero siempre la amé a ella.
—Y quizás ella igual a ti.
Eugenia se encogió de hombros, sin estar segura de eso.
—Es gracioso que, después de tantos años, nunca la pude olvidar —declaró—. Más gracioso es haberme enamorado de la persona que casi me mata.
Isabel asintió con la cabeza.
—Cuando te disparó, ¿o no?
La detective volvió a girar rápidamente la cabeza hasta ella.
—¿Cómo sabes eso?
La historia de cómo Eugenia y Lorraine se habían conocido la sabían solo un par de personas, contadas con los dedos de las manos.
—La Lorraine me contó cuando estuvimos en la cárcel.
Eugenia sintió esas palabras como un pincelazo de su juventud, hasta que desligó los ojos de su sobrina para volverlos a impregnar en la lápida.
—Sí, así nos conocimos —admitió luego—. Las únicas que saben la historia real es la Ingrid, ella, y yo... bueno, y tú —sonrió—. Nunca le contamos a nadie porque yo no quería que la vieran como la drogadicta que me disparó, aunque lo fue. Pero —suspiró—. Fue una estupidez, en realidad.
—¿Por qué una estupidez? —preguntó Isabel.
—No sé, haberme enamorado de ella —respondió—. Pero siempre fue tan linda conmigo, que fue imposible. Al otro día me fue a buscar al colegio, me invitó una bebida, y de ahí en adelante todo lo que hizo lo encontraba adorable e irresistible. Por dos semanas intentó cuidarme excesivamente como si quisiera remediar lo que había hecho. Se ponía nerviosa, se le olvidaba hablar español, y se reía cuando se daba cuenta de lo ridícula que estaba siendo. Se le arrugaba la nariz y se ponía roja de la vergüenza —explicó, y mientras lo hacía, sus ojos negros brillaron en el recuerdo—. Lo que ella no sabía, y en realidad nunca supo, es que a mí me ponía más nerviosa que se riera. El sonido de su risa siempre me dio cosquillas en la guata y me nacía desde la cicatriz que me dejó la bala, y que hasta el día de hoy sigo teniendo.
Y finalizó porque sintió que estaba a punto de ponerse a llorar de nuevo.
Isabel le dio su tiempo para que pudiera procesar ese mar de recuerdos que la invadían de la forma más dolorosa posible.
—¿Me acompañarías a un lugar? —preguntó Eugenia finalizado ese silencio.
—Donde quieras —contestó Isabel.
La mujer le sonrió y la invitó a ponerse de pie junto a ella. Como Eugenia tenía una memoria visual excelente, recordó el camino de vuelta hasta la salida. Le hicieron un gesto de despedida y agradecimiento al hombre que las había guiado en un inicio, pero antes de que pudieran alejarse lo suficiente, él las detuvo.
—Señorita, espere —insistió él—. ¿Usted es detective?
Eugenia enarcó una ceja y lo miró extrañada detrás del mesón.
—Sí, ¿por qué?
El anciano asintió, luego sonrió y negó con la cabeza.
—No, no nada, no se preocupe —finalizó—. Era una tonter…
—Dígame —insistió Eugenia, acercándose al mesón.
La idea de sentir que el hombre parecía estar ocultando algo la puso nerviosa.
—No la quiero hacer perder su tiempo —indicó el funcionario.
—¿Tiene que ver con Lorraine?
Él asintió.
—Es que ella trabajó aquí en el cementerio un par de meses.
Eugenia dejó ver su desconcierto en su expresión. Se giró para ver a Isabel parada en la entrada, y compartir miradas con ella.
—¿Y qué pasa con eso? —insistió la detective.
—Que un día no llegó a trabajar, y a los dos días llegó esta mujer extraña diciendo que era la chey1 de la señorita Lorraine, y que estaba muerta —explicó el hombre.
Eugenia, en lo que dura un chasquido de dedos, entró a su faceta de policía.
—¿Hubo algo en el comportamiento de ella que le extrañó?
El anciano asintió repetitivamente.
—Ella era extraña —sentenció—. Además, que la señorita Lorraine estuvo toda la semana anterior antes de su muerte asustada.
—Asustada de qué —exigió Eugenia, e intentó calmarse cuando sintió que el sentimentalismo le ganaba a la profesión.
—No lo tengo claro, pero sí en un momento dijo que la estaban persiguiendo —manifestó—. No sé qué tan en serio estaba hablando, porque luego se puso a reír. Aunque ahora que lo pienso, sí fue muy raro.
Eugenia tragó saliva pesadamente. Sentía el corazón en la garganta.
—¿Y Lorraine le habló de esa tal Lorena alguna vez?
—No, nunca —admitió el hombre—. Ni siquiera sabía que la señorita Lorraine era… ya sabe usted —no quería decirlo explícitamente.
—¿Lesbiana? —preguntó Eugenia.
El hombre asintió avergonzado.
—Sabe que en verdad no me importa eso. Yo tenía un primo que era colipato y todos lo queríamos mucho —admitió el anciano—. Lo que me preocupa es la tal señora Lorena. Desde la muerte de la señorita Lorraine todo ha sido raro, y doy fe, cruz pal cielo, que al menos una semana antes de su muerte estuvo asustada y perseguida.
Isabel se quedó parada en el umbral del camposanto, deseando con todo su corazón que Eugenia pudiera mantener el profesionalismo al menos hasta cuando se subieran al automóvil.
—¿En qué meses trabajó Lorraine aquí? —preguntó Eugenia, finalizando.
—Entre abril y octubre del 98 —contestó él.
La detective asintió amplio, y pensó en qué más decir.
—Voy a abrir una investigación, en caso de tener que declarar, ¿está dispuesto a hacerlo bajo juramento?
—Por supuesto. Aquí queríamos mucho a la señorita Lorraine.
—Le agradezco enormemente su cooperación —concluyó ella.
El hombre le hizo un gesto de despedida y Eugenia se apresuró hasta fuera del lugar, arrastrando a Isabel con ella dentro del vehículo. La joven se resguardó en el asiento del copiloto, en silencio. Eugenia aferró las manos al volante.
Mil cosas le pasaban por la cabeza. Isabel quería ayudarla, pero no sabía cómo.
—¿De verdad vas a abrir una investigación?
Eugenia levantó la cabeza del manubrio, y se acomodó el cinturón de seguridad.
—No, esto es personal —respondió, tajante—. No estamos hablando de una persona cualquiera. Estamos hablando de la Lorraine… de mi Lorraine.
Isabel se puso el cinturón de seguridad, volviendo a optar por el silencio. Imaginarse cómo terminaría todo esto la ponía nerviosa. Si Lorraine había muerto en las manos de alguien, iba a querer hacer justicia por ella, pero la idea de que le pasara algo malo a Eugenia la tenía asustada. No quería que siguiera sufriendo más de lo que la vida en sí misma ya la había hecho sufrir.
1. Querida, amante, conviviente.
Eugenia se veía agotada a esa altura del día. Isabel no entendía cómo la mujer podía vivir eternamente así, bajo ese nivel de estrés.
El cielo se había despejado un poco y tornado de un débil color celeste, como los ojos de Lorraine. Para Isabel fue un poco estúpido pensarlo, pero había una parte de ella que sentía que Lorraine estaba con ellas.
—Pensé que no te gustaba que fumaran adentro de los autos —dijo Isabel cuando vio a Eugenia con un cigarro en los labios.
—Da lo mismo ahora.
Con un olor a tabaco indiscutible dentro del vehículo y con las cuatro ventanas abiertas, ambas recorrieron calles aledañas durante unos minutos.
—¿Adónde vamos ahora? —preguntó la joven cuando la curiosidad le ganó.
—Al Servicio Médico Legal —contestó Eugenia—. Y voy a necesitar tu ayuda.
Isabel dudó en eso último.
—¿Tengo que hablar con gente?
—No —explicó la mujer—. Necesito que busques una guía telefónica y encuentres la empresa de bienes raíces de la tal Lorena Macaya.
Isabel le asintió sin percances. No era algo tan difícil de hacer, y aunque lo fuera, no iba a llevarle la contraria. Mucho menos en una situación como esa.
Poco después de eso, Eugenia aparcó el vehículo frente a la gran infraestructura del Servicio Médico Legal.
—Eugenia Lisperguer, Gendarmería de Investigaciones —se presentó con la joven tras el mesón—. Necesito el acceso a una autopsia, y si no me equivoco, es la doctora Gonzáles la que está a cargo, ¿verdad?
La joven asintió repetitivamente, sin querer preguntarle demás, menos a una detective.
—La llamo enseguida —declaró ella.
—Gracias —contestó la detective—. ¿Y tendrás de casualidad una guía telefónica?
La secretaría revisó entre sus cajones hasta que un conjunto delgado y nuevo cayó del mesón. Eugenia se giró hasta Isabel y se lo entregó.
Con aquello en mano, la pálida joven se fue a sentar a la primera silla más cómoda que encontró con las intenciones de no entorpecer la labor de Eugenia. Pocos minutos después, un doctor la fue a buscar y Eugenia desapareció entre los pasillos.
Isabel apoyó la guía de teléfonos en sus piernas y mientras forzaba la mirada, recorrió cada una de las páginas con una dedicación absoluta y prolija.
Hubo páginas enteras que se saltó solamente para llegar a los apellidos iniciados con la letra M dentro de la Región Metropolitana. Entre los nombres, figuraban tan solo dos Lorena Macaya.
—Disculpa —dijo Isabel en voz alta, estirando el cuello para que la mujer tras el mesón pudiera verla—. ¿Tendrás un papel y un lápiz que me prestes?
En silencio la funcionara dejó lo requerido sobre la mesa, e Isabel se disparó hasta allá. Cuando tuvo los objetos en su poder, volvió a la silla y acomodó otra vez la guía telefónica en sus piernas. En esa misma posición escribió en la hoja los únicos dos números que figuraban pertenecientes a Lorena Macaya.
Tuvo el impulso, además, de querer ver un poco más abajo en el orden alfabético y atreverse a buscar algún apellido que se manifestara entre los demás como McAllen. Pero tuvo dio miedo. Un miedo irracional que no supo dónde nació.
Con una información que ella esperaba fuera relevante, se desplazó por las páginas hasta los contactos empresariales: una tarea que sería mucho más difícil. No tenía el nombre de la empresa, lo único que sabía era de su misión como bienes raíces. ¿Pero cuántas empresas de bienes raíces figuraban en Santiago?
Ahí radicaba el problema, tener que buscar una por una, nombre por nombre, alguna que estuviera a cargo de una tal Lorena Macaya.
Casi ocho minutos más tarde, con la mirada forzada y sintiendo que los ojos ya le bombeaban tras las cuencas, Isabel encontró lo que buscaba.
—Monte Grande Inc. Bienes Raíces, La Dehesa —susurró Isabel, ya agotada hasta ese punto—. Compra, venta y alquiler. Gte. Gral.: Lorena Macaya.
Isabel abrió los ojos, y quiso saltar en su lugar por la emoción de sentirse útil.
Anotó rápidamente el número y el nombre de la empresa. El resto fue solo espera. No creía que se necesitara más información de la que ya tenía, y seguir con esa guía telefónica en la mano iba a dar paso a que sus impulsos de buscar a algún McAllen y llamarlo le ganaran.
