Los Astoria - Dago Chaín - E-Book

Los Astoria E-Book

Dago Chaín

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Beschreibung

En el siglo XLV, León Astoria está por ser coronado Emperador del Imperio Apostólico del Sol y los Virreinatos de la Vía Láctea; para ello fue dotado de verdaderos poderes mágicos provenientes del Creador y tendrá del lado a una renovada Iglesia Católica para su encomienda. La tarea no será fácil, después de superar la prematura muerte de sus padres y tener que tratar como mano derecha con el misterioso mejor amigo de su padre William de Serbin, quien podría ser un traidor, León tendrá que enfrentar importantes retos políticos como la apertura de su Galaxia a nuevos mundos y religiones y poner a raya a traficantes de nuevas drogas pero sobre todo tendrá que confrontar su Ego y poner en regla los sentimientos que tiene por su amigo Enrique y por la intrigante Maryann Cienfuegos. El propio sentido de haber sido elegido para algo lo pierde todo cuando la duda acecha. ¿Y si de verdad estoy hecho para esto? Descubre el verdadero sentido del ¿Por qué? de la vida junto a este flamante personaje.

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Seitenzahl: 428

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Dago Chaín

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Imagen de portada:

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1181-385-3

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

PREFACIO

Manuscrito del emperador Alejandro Astoria I

Tengo una sensación de sentimientos encontrados. La emoción y el peso fuerte de la responsabilidad crecen dentro de mí, este es mi primer escrito después de haber sido nombrado emperador de la Confederación Galáctica del Imperio Apostólico del Sol y los Virreinatos de la Vía Láctea.

Soy el hombre con más poder terrenal que cualquier otro, mi autoridad solo es comparable a la de Su Santidad el querido papa Pío LXX. Cualquier persona en el futuro que lea esto, estará en mi posición ya que solo quien ocupe mi cargo tendrá acceso a este archivo secreto.

Lo primero que debes saber, querido sucesor, es que la humanidad ha ido demasiado lejos, tanto para bien como para mal. Ahora el planeta Tierra está bajo un solo mando, y no solo este, sino que hemos conquistado la mayor parte de la Galaxia. Pero precisamente por ello, por la codicia y ambición tan grande del hombre, fue que la humanidad tuvo que escarmentar con nuestra venida, los nuevos profetas. Sin duda nuestra tarea es impedir que las enseñanzas del Señor Jesucristo se pierdan, para ello, fuimos dotados con

increíbles talentos capaces de controlar los elementos y las energías. Como ahora se nos llama, somos los humanos apostólicos, apenas existimos unos pocos.

Ha sido difícil tomar el control y mantener la paz con las distintas razas de los planetas recién descubiertos, pero por medio de una evangelización correcta y sutil a sus antiguas creencias lo hemos logrado en gran parte. En el pasado se dudaba sobre la existencia de vida fuera de la Tierra. La hay, pero el pueblo consentido del creador somos la raza humana, la cual curiosamente no solo ha existido en nuestro planeta si no, en distintos sistemas dentro de la Galaxia.

La llegada de los primeros humanos apostólicos se liga a finales del pontificado del Santo Juan Pablo II, curiosamente coincide aproximadamente con los primeros archivos de audio y video confiables que tenemos.

No daré más vueltas, ya que en unos minutos me espera una reunión con Su Santidad y luego será mi toma de posesión en el Senado de la Confederación. Por eso debo sintetizar más adecuadamente el contenido de este legado que irá pasando de generación en generación.

El mandato divino fue claro cuando el arcángel Gabriel vino a anunciar a Roma que yo y mis descendientes, los Astoria, seríamos la autoridad terrenal encargada de la evangelización Universal, siempre teniendo en cuenta a Su Santidad el papa, quien sigue siendo la máxima autoridad espiritual dentro de la creación.

En el mandato que recibí del Altísimo, se me encomendó mantener la paz y la estabilidad de su pueblo evangelizado, hasta que llegase el apocalipsis y la salvación fuese eterna para más almas. Todo ser vivo es creación de Dios y su intención es tener su gloria asegurada.

Hemos tenido que luchar contra algunas voces que reclaman que el modo de gobierno de la Confederación Imperial debería ser democrático y no una monarquía. Pero… ¿Cómo poner de acuerdo a los habitantes de setenta y cuatro planetas que conforman la Unión? Además fue descrito por el arcángel que Su Santidad, el papa de Roma y nosotros, los nuevos emperadores, fuésemos quienes dirigiésemos las fuerzas celestiales para combatir las fuerzas de Lucifer que ahora se han exiliado fuera de esta Tierra, pero que sin duda, querrá recuperar.

Lo más esencial de esta carta es describir lo siguiente: Cristo llegará para juzgar algún día a toda la creación y tenemos que hacer de la humanidad y el Universo enteros más fuertes en sus máximas debilidades, las cuales, supongo, tendremos que ir descubriendo.

¡Gloria a Dios en las Alturas!

Ciudad Santa de Roma a los 17 días del mes de abril del año 4007.

Capítulo 1 El último heredero

Cerré el cuaderno de piel del Archivo Secreto de los Astoria. Ahora que estaba en edad, con veintiún años y lo había recibido pronto llegaría el momento, justo en tres semanas, tomaría el cargo que legítimamente me correspondía después del asesinato de mis padres, los anteriores emperadores. En ese entonces yo solamente tenía unos cuantos meses de haber nacido y si no morí en el atentado fue un milagro de Dios, o bueno, al menos era lo que me decían.

—Feliz cumpleaños León —me dijo Su Santidad—. Por la expresión que veo en tus ojos sé que ya has leído la primera carta de Alejandro Astoria.

Miré al anciano de pelo blanco y arrugas surcadas que tenía frente a mí. Era el papa Anastasio VII, jerarca de la Iglesia Universal, pero para mí era como un padre.

Él me había defendido. Cuando mis padres murieron muchos quisieron poner fin al Régimen Imperial. Sobre todo porque yo tardaría algunos años en poder tomar decisiones referentes al gobierno de la Galaxia. Pero Su Santidad había abogado por mí diciendo que era mi derecho legítimo y que era parte del anuncio divino que había traído el arcángel Gabriel a mi antepasado Alejandro Astoria, alrededor de cuatrocientos años atrás. Desde entonces William de Serbin, mano derecha de mi padre, es quien se ha hecho cargo de la regencia del Imperio. Sin embargo en tres semanas, yo seré el emperador de la Confederación. Este día siete de julio del año 4407 es el día en que cumplo mi mayoría de edad, en tanto, ya estoy en tiempo para gobernar. Esa misma mañana Su Santidad me había entregado el primero de los cuadernos de las memorias de mis antepasados.

—Creo que Alejandro Astoria se sintió igual que yo ahora mismo cuando escribió esto —le dije al papa esbozando una tenue sonrisa—. La diferencia es que nadie decía que él sería el último de los Astoria.

Y es la verdad, yo soy el último de los Astoria hasta el momento, al menos hasta que engendre un hijo, y eso por el momento no está en mis planes.

—León Astoria, Dios tiene una misión preparada para ti, eso siempre lo he sabido —me dijo, aunque más fue para sí mismo—. No sabemos qué vaya a pasar después pero lo que si sé es que hoy tú eres el príncipe de la Galaxia y en unas semanas serás el emperador, lo único que puedo hacer es rezar por ti y confiar… confiar porque creo que estás preparado.

Sonreí a Su Santidad.

—Espero estarlo —dije nervioso, aunque con una sonrisa

Solo sé que las ansias me comen.

—Quizá esos sean dos de tus problemas: las ansias y la impaciencia —me dijo él también sonriendo, como un padre a su hijo pequeño—. Pero por el momento disfruta de tu cumpleaños que grandes responsabilidades están por venir.

El anciano se levantó de la superficie de mi cama y dedicándome otra sonrisa, salió de mi habitación.

Me quedé solo en mis aposentos contemplándolos. El mármol blanco predominaba en todas las paredes, decorado en tono azul rey con rojo. Era mi último cumpleaños en el Palacio Apostólico y Su Santidad dejaría de ser mi tutor para irme a mi propio Palacio Imperial de Balahuk, en la ciudad de Madrid.

Estaba emocionado y quería compartir mi sentimiento con los míos. Mis eternos amigos Enrique, Román, Mía y mi drofer, una especie de león alado traído de Venus llamado Rajha. En definitiva ellos, junto con Su Santidad y mi maestro el doctor Chelsea (algunos más que irán conociendo) eran las personas más importantes en mi vida.

Emocionado me vi al espejo y un chico sonriente me devolvió la mirada. Contemplé mis ojos verdosos y mis cejas tupidas como las de mi madre, y mis labios rojos carnosos con mentón cuadrado heredados de mi padre. El color blanco de la piel y el pelo cenizo era una herencia de los dos.

Me puse una vestimenta más formal con rapidez y salí lo más aprisa que pude hacia el vestíbulo del Palacio Apostólico.

Llegué a los pocos minutos, con los labios un poco cansados de tanto sonreírle a las personas que me iban felicitando durante mi transcurso, cuando llegué a la puerta principal encontré a quienes buscaba.

—¡Feliz cumpleaños Leonaso! —me saludó Enrique con una fuerte palmada en la espalda, era su costumbre darte esta con tanta fuerza que te dejaba un poco de dolor, pero no había de que quejarse, yo hacía lo mismo.

—Has dejado de ser un cachorro para convertirte en un gran cazador —me dijo Román también abrazándome.

—Muchas felicidades, amigo —me dijo Mía besándome en la mejilla.

Les sonreí abiertamente agradeciéndoles sus felicitaciones, mientras veía cómo uno de los empleados del Vaticano se nos acercaba.

—Alteza, le recuerdo que solo tiene media hora antes del encuentro público que le ha sido programada con motivo del cumplimiento de su mayoría de edad.

— Gracias —me limité a decirle con una sonrisa.

La verdad era que quería aprovechar el poco tiempo que tendría para festejar mi cumpleaños realmente, lo demás serían cosas propias del protocolo que si bien no me disgustaba, tampoco era en lo que podía emplear mejor mi tiempo.

—¡Vamos a la cueva! —dije con tono apurador una vez el empleado estuvo lo bastante lejos para no escucharnos nada.

La cueva era un refugio que Su Santidad me había obsequiado para estar un rato lejos de cualquier perturbación política. Él decía que todas las personas necesitábamos nuestro propio espacio, pero no sé si bien o mal hecho, siempre hice del conocimiento de mis amigos dónde estaba aquella cueva, la verdad es que en ellos tres confiaría mi vida.

—¡No te dará tiempo, León! —espetó Mía en un susurro—. Recuerda que ya no eres un chiquillo, pronto tomarás tu responsabilidad como emperador…

Sus palabras hicieron a mi mente salir del lugar. Era verdad, mi cumpleaños había sido tan perfecto hasta que recordé que esto no solo se trataba de asumir un cargo, sino una verdadera responsabilidad para toda la vida y que lo cambiaría todo. Siempre lo había sabido y estaba decidido, pero era una costumbre mía a veces dejar lo incómodo para después. Mi mente entró en pánico al pensar en la primera decisión importante que fuera a tomar, de algún modo quería que fuera ya y de otro modo quería que aún siguiera siendo aquel chiquillo, bueno y pillo.

—… y la relevancia de los actos que desde hoy en las vidas de millones van a tener —terminó Mía con sus palabras sacándome de mi ensimismamiento.

—¡Miren quién está en televisión! —se apresuró a decir Enrique.

Volteé a la pantalla gigante que colgaba del vestíbulo y vi al aún regente del Imperio en sus pixeles. William de Serbin la antigua mano derecha de mi padre que a mí me generaba tantas dudas.

—No me queda más que congratular al príncipe a nombre propio al igual que el de toda la Confederación por la mayoría de edad que hoy cumple y estaré orgulloso de entregarle el mando de la Galaxia el próximo día veintiocho de julio —decía William a la prensa.

Levanté una ceja y miré a la pantalla con incredulidad.

—¿Qué tanto estará dispuesto a dejar el poder ese cabrón? —comentó Román exhalando aire en señal de incredulidad.

Mis amigos no eran muy afines a William ya que él se había opuesto continuamente a que ellos siguieran llevándose conmigo debido a que no pertenecían a una clase demasiado privilegiada, más bien, los hermanos Román y Mía, ambos blancos, de pelo castaño, de estatura media y ojos expresivos, habían sido hijos de simples empleados del Palacio Apostólico a los que yo había escogido desde pequeño como mis amigos y a quienes quería como hermanos. Enrique, por su lado era de las colonias fuereñas, hijo del virrey de Júpiter, uno de los territorios en los que el sistema de evangelización de William no era muy bien aceptado.

Enrique era apiñonado, alto, de ojos castaños y profundos con pelo largo, ondulado y negro y le conocía yo desde los diecisiete años cuando llegó a Roma para recibir preparación también por parte de Su Santidad.

—No lo sé —dije pensativamente. —Ya saben que no tengo una postura aún muy bien definida acerca de William.

—¡Es un imbécil! —se apresuró a añadir Enrique, siempre que encontraba oportunidad para atacar a William lo hacía—. No sé por qué el Senado lo mantiene en el puesto, a mi parecer ni a Su Santidad le cae bien, es un poco agresivo y antiecológico, además de ser un bastardo que se cree dueño del Universo con su soberbia y prepotencia.

—Calma… —incitó Román—. Ya pronto León tomará cartas en el asunto. ¿No es así, León?

Mis amigos me miraban urgidos y yo me limité a mantener mi seriedad.

—Por el momento lo necesito, en lo que aprendo a administrar todo —les dije.

—Sabemos que eso es cierto a medias —opinó Enrique—.

A ciencia cierta nunca sabrás si te esta dando autonomía o solo sigue enriqueciendo sus intereses.

Lancé una mirada apremiante a Enrique, que pese a aceptar y querer mucho a Román y a Mía, a veces reflejaba en él lo que tanto criticaba.

—No es momento de que León piense en ese tipo de cosas —se apresuró a añadir Mía para romper el silencio incómodo que se había producido—. Es consciente de todo esto, simplemente quiere tener un poco de paz por hoy, al menos hoy que es su cumpleaños.

—A eso quería llegar —le dije a mi amiga dirigiéndole una sonrisa.

Todo estaba listo para el encuentro con el Pueblo. Incluso yo lo estaba, me gustaba aparecer en cámaras y ser carismático con los medios. Eso sí, sin olvidar todo lo que yo representaba.

Poco antes de salir ante los medios me encontré a solas con el doctor Chelsea en la parte trasera del balcón principal del Palacio Imperial de Balahuk, donde sería mi fiesta de cumpleaños y según la ley debería mudarme esa misma noche para iniciar el proceso de veintiún días para la coronación de un nuevo emperador. Después de veinte años la Galaxia tendría un emperador.

El doctor Chelsea era un experto en las tecnologías humanas y en los dones divinos de la magia celestial concedida por Dios. Él, junto con Su Santidad, me había enseñado todo cuanto sé. El viejo pontífice tenía arduas tareas para su edad, como dirigir a toda la Curia de la Galaxia y aprobar junto con el Colegio Cardenalicio las normas morales que todo hijo de Dios estaba obligado a cumplir.

—Doctor Chelsea, me gustaría cantar a la prensa —le dije en tono de broma, aunque siempre había tenido un cantante dentro de mi interior y a mi juicio y al de mis amigos no lo hacía del todo mal.

El viejo doctor Chelsea me miró con cariño a la vez de que su mirada me apremiaba.

—Hagamos un trato, León comenzó el doctor Chelsea—. Tú cumple bien con la conferencia de prensa, muéstrate como el futuro gobernante de la Galaxia y en la fiesta de esta noche yo me encargaré de que puedas cantar sin que nadie sospeche que fue iniciativa tuya.

Acepté con una sonrisa su trato al momento de que las trompetas comenzaron a sonar anunciado mi pronta salida. Sentí una gran emoción al oír las ovaciones de la gente, por fin me verían hecho un hombre con todas las facultades para el puesto político más importante de la Galaxia.

—Su Alteza Imperial, León Alejandro de Astoria y Teruel, príncipe de la Confederación Galáctica del Imperio del Sol y los Virreinatos de la Vía Láctea —anunció una voz desde fuera.

Salí al balcón y la luz me deslumbró. Con una mano invoqué la magia celestial e hice que una nube individual me cubriera de los destellos de luz.

El clamor se alzaba, la gente me quería, quería que yo fuese su emperador. Alcé las manos saludando a la multitud.

William de Serbin estaba a mi lado y me tendió un brazo para abrazarme y luego alzarme la mano.

—Señoras y señores, humanos, fuereños y todos los presentes —comenzó el Regente Imperial—. Ante ustedes tienen al futuro emperador de la Galaxia, hoy en su cumpleaños en el que por fin cumple la mayoría de edad y a unas pocas semanas de ser coronado por Su Santidad. Oigamos algunas palabras de lo que nos tiene que decir.

Busqué entre la multitud y pude ver a mis amigos entre las primeras filas. Al otro lado, desde el balcón de honores del Palacio de Balahuk, podía ver a Su Santidad sonriente.

Me adelanté hacia los micrófonos y vi por fin con detalles lo que tenía enfrente de mí. Miles de seres de todas las razas, humanos y fuereños me veían con impaciencia, en la gran Plaza del Palacio Imperial, cuya fachada era una mezcla de mármoles negros y blancos.

Me puse algo nervioso y después tomé aire y con total soltura comencé a hablar, recordando todas las enseñanzas antes aprendidas.

—Mi Querido pueblo del Imperio Galáctico del Sol, es para mí un honor estar aquí frente a ustedes y agradezco a Dios Altísimo la oportunidad de poder servir a este Imperio, pero sobre todo a su causa evangelizadora y alejar las fuerzas de Lucifer fuera de los territorios de nuestra Unión, así como seguir evangelizando cada vez a más pueblos de este nuestro Universo, para lograr que el amor y la misericordia de Dios Jesucristo llegue a la mayor cantidad de almas posibles. —Hice un pequeño silencio—. Primero que nada quiero reconocer la labor de Su Excelencia el Regente Imperial William de Serbin por el trabajo transcurrido durante estos veinte años. Hoy en mi cumpleaños número veintiuno les quiero agradecer a todos por su cariño y apoyo e invitarlos a seguir por sus pantallas la próxima ceremonia de coronación, desde hoy prometo y me encomiendo a este mi Imperio y a la causa de Dios. No puedo irme sin antes agradecer la bella y sobre todo cariñosa educación que recibí del papa Anastasio VII y mi maestro el doctor Eric Chelsea a quien considero como un padre. Gracias a todos.

La multitud estalló en aplausos y yo sonreí saludando con la mano, encantado con todas esas caras fascinadas por verme, tenía que admitirlo, mi ego era un poco grande, pero en esencia soy una buena persona, ustedes lo irán descubriendo.

Cuando subí al auto supersónico que nos llevaría de vuelta a Roma tuve la oportunidad de estar solo en mi cabina privada y ahí fue en donde caí nuevamente en cuenta. Era mi cumpleaños y mi última noche como hombre libre, quería distraerme un rato y siempre había querido ir a una discoteca muy famosa en Ibiza de nombre Ku. Llamaría a mis amigos y les diría que esa sería una noche de fuga.

Moví los dedos en activación de mi pulsera celular para acceder al torrente de hologramas que componían el menú de mi teléfono. Tecleé en el aire sobre las formas de luz que comprendían las claves para llamar a Román. Sería cuestión de unos cinco minutos más para estar en Roma de nuevo.

—¿Qué pasó, bro? —oí la voz de mi amigo a través del nano audífono que estaba instalado en mi oído.

—Creo que esta noche el príncipe no estará la noche completa en su fiesta de cumpleaños —le dije en tono sarcástico.

—¿Qué quieres decir? —me preguntó con el mismo tono que yo le hablaba, parecía que mi amigo Román y yo estábamos en el mismo canal.

Miré la hora en la pantalla de hologramas.

—Nos vemos en la cueva una hora después de que finalice la comida que dará Su Santidad en mi honor —le dije con voz rotunda y vacilante también.

Román exhaló largo y profundo.

—¿No pudiste esperar a la comida para decirnos?

—No quiero correr riesgos de imprudencia innecesaria, Su Santidad es capaz de leerme el rostro.

—De acuerdo, pero espera a que mi hermana se entere de esto —dijo soltando una carcajada.

—Dile a tu hermana que la quiero —dije riéndome yo también mientras escuchaba la voz de Mía insistiendo en saber qué pasaba y con un movimiento de dedos le puse fin a la llamada.

La comida en Palacio Apostólico era una de las pocas cosas que me resultaban importantes en lo referente a mis festejos de cumpleaños según el protocolo.

Sería mi despedida de aquel lugar como uno de sus residentes, donde me había criado prácticamente toda mi vida y la otra cosa buena sería que no tendría que aguantar tensiones con los miembros del Gobierno Imperial de la Confederación. Únicamente estaría la gente con la que me había criado aquellos años, la gente que se encargaba del día a día en el Palacio Apostólico.

Una vez me encontré solo de nuevo en mi habitación para descansar y hacer un nuevo cambio de ropa para la próxima comida hubo un sentimiento de nostalgia que invadió mi ser.

Realmente era cuestión de horas para que esa dejara de ser mi habitación, ahora serían los aposentos personales de Enrique, quien seguiría su preparación en las habilidades de los humanos apostólicos por Su Santidad y el doctor Chelsea.

Miré detalle a detalle la habitación. En el techo estaba una hermosa pintura de la gloria de los justos que alcanzarían la salvación eterna el día del Juicio Final. Al centro se encontraba Cristo ladeado a la derecha por la Virgen María y a la izquierda por San Pedro. Alrededor de ellos había una gran multitud celebrando la segunda venida del Verbo Encarnado subiendo al paraíso prometido para las almas de corazón dispuesto.

Al centro estaba una mesa baja de oro blanco con vestiduras rojas con anchas rayas azul rey. La cama sobresalía de una plataforma de mármol blanco sobre la que descansaba el colchón con ropaje similar al de los sillones. El dosel era muy parecido y arriba de él colgaba desde la pared un elegante crucifijo de caoba.

La amplia pantalla de televisión tridimensional resaltaba en el cuarto, y al otro lado lo último en reproductores de música. Las ventanas tenían pechos de paloma de mármol rosa y persianas de lino blanco.

Mientras vivía mi ensimismamiento de nostalgia alguien tocó a mi puerta y me sacó de aquel ensueño de recuerdos que eran mucho más que un simple oropel.

—Adelante me apresuré a gritar poniéndome en postura.

La puerta se abrió con vacilación.

—Príncipe, la señora Beatriz desea hablar con usted —me dijo el guardia suizo que estaba a cargo de la vigilancia de mi habitación—. Yo le dije que usted deseaba estar un rato a solas pero ella insistió.

—Déjala pasar —ordené apresurado en tanto el hombre se retiraba asintiendo con una reverencia.

Beatriz era la madre de Román y Mía y era lo más cercano a una madre que yo tenía. Ella, junto con su esposo Julio eran los jefes de todos los miembros del servicio laico dentro del Palacio Apostólico.

La puerta se abrió para dar paso a una mujer sonriente, con gran parecido a sus hijos, que me sostuvo en un largo y pronunciado abrazo.

—Feliz cumpleaños, León —me susurró al oído besándome la mejilla.

—Gracias —le dije devolviéndole el susurro.

Se hizo para atrás para verme desde un ángulo más amplio.

—Estás hecho todo un hombre, corazón, Sus Majestades Imperiales Javier y Diana María estarían muy orgullosos de ti —dijo ella con una sonrisa aún más amplia refiriéndose a mis difuntos padres. Ella había estado al servicio de mi madre durante su preparación con Su Santidad, al igual que su esposo Julio, al de mi padre.

Dediqué una tenue sonrisa.

—No puedo ni recordarlos —le dije con algo de tristeza pero después sonreí—. Gracias Beatriz por todos estos años, de verdad me siento muy agradecido contigo.

—No agradezcas, corazón —me dijo ella un tanto apenada—. No hemos hecho nada a comparación de lo que tu has hecho por mi marido y yo y claro está por mis hijos. Te queremos y sabes que no podría ser diferente nuestro sentimiento hacia ti.

Me ruboricé un poco para después tenderle un fuerte abrazo y un beso en la mejilla a mi tan querida Beatriz.

—Nana, debo confesar que me siento muy raro, estoy feliz pero algo dentro de mí no puede evitar sentir algo de tristeza —dije en tono franco—. Solo espero que Dios me dé la capacidad de estar a la altura de las circunstancias.

—Lo estás, ten por seguro que lo estás —me dijo ella casi en un grito—. Todos nosotros confiamos en ti, Su Santidad lo hace y el doctor Chelsea y mucha, mucha gente más.

Me sentí un poco más tranquilo y dibujé una sonrisa, a lo que ella correspondió inmediatamente.

La comida por mi cumpleaños no se dejó esperar, al poco tiempo de la visita de Beatriz a mis aposentos ya me encontraba en medio de la comida sentado entre Su Santidad y la cardenal Adriana Zcaprio. En el año 2512 en el Cuarto Concilio Vaticano se había aprobado el sacerdocio de las mujeres y había cambiado a ser opcional el celibato en la generalidad del clero.

La cardenal era sin duda la mujer más importante en toda la galaxia, era una de las siete únicas mujeres dentro del Colegio Cardenalicio y era la secretaria de Estado del Vaticano. Una mujer muy buena pero también de muy fuerte carácter. Ella era además extraordinariamente guapa.

Enrique se encontraba sentado a dos lugares de mí a la derecha, que estaba junto a Román y Mía, a los que le seguían los padres de ellos, Beatriz y Julio.

—Quiero proponer un brindis —se levantó diciendo Enrique—. Por mi amigo el príncipe León y porque todo lo que haga a partir de hoy salga bien y como Dios manda.

Para mi sorpresa el primero en seguirle a ponerse de pie fue Su Santidad.

—Y me uno a tu brindis, Enrique —dijo el papa—. Hoy es el día en que León demostrará que ya está listo para su cargo con todo lo que ello implica, estando consciente del alcance de sus actos. Él sabe que aquí todos lo queremos mucho y siempre contará con nosotros para hacer de esta Galaxia un verdadero reino de Dios. Recemos porque el creador lo guíe y lo mantenga con esa nobleza de alma que tanto lo caracteriza y lo ayude a ser un poco menos impulsivo.

Estas últimas palabras las dijo con un deje de comicidad que muy bien conocía en Su Santidad, cuando me miró a los ojos supe que él ya tenía idea de lo que estábamos ingeniando para la noche, pero Su Santidad lo dejaría a mi decisión y yo, yo quería disfrutar de una noche de libertad.

Todos se pusieron de pie y alzaron sus copas en mi honor. Después de que la cardenal Zcaprio me dirigiera una cortés sonrisa me apresuré a encontrar la mirada de mis amigos quienes parecían haberse dado cuenta de la indirecta de Su Santidad.

—¡Sabes que en el fondo Su Santidad espera que no hagas nada! —espetó Mía una vez nos encontramos los cuatro en la cueva.

Apenas nos habíamos reunido ella había empezado a dar excusas para no cambiar el plan y pasarnos la noche en la fiesta que me organizaba el propio Gobierno Imperial.

—Eso es cuestionable —se apresuró a decir Enrique—. Su Santidad también entiende que León necesita un poco de diversión. Pero lo que no entiendo es cómo le haremos para entrar a Ku con el mismísimo príncipe imperial sin llamar la atención.

Esa era la parte del plan que no les había explicado, pero yo ya estaba decidido, por eso mismo ya tenía una solución para aquel problema.

—Átomos de cambio —dije con una sonrisa.

Los átomos de cambio los utilizaba el Gobierno Imperial para poder transformar temporalmente la forma y aspecto de cualquier objeto físico, incluida la cara de un humano.

El propio Enrique me miró con ojos desorbitados.

—¿De dónde vas a sacarlos? —me preguntó un poco alterado—. Son muy difíciles de conseguir y creo que aunque seas el príncipe de la Galaxia te pedirán una explicación cuando los solicites.

Miré a mis amigos con una expresión de falsa resignación hasta convertirla en una sonrisa de triunfo.

—Hace algunos meses tomé una dosis del laboratorio del doctor Chelsea —dije con orgullo.

—Pero miren a este… —dijo Román en casi un aullido victorioso.

Enrique me tomó con una mano fuerte del hombro, y solo me apretó este en señal de complicidad. Le regresé el gesto.

—De acuerdo —comenzó Mía—. Vamos a suponer que les haré caso en contra de mi propio instinto y le entraré a su plan de fuga juvenil, pero ¿cómo lo piensan hacer? ¿Cómo nos moveremos desde el Palacio Imperial hasta Ibiza?

—Usaremos a Rajha —dije como quien saca un as bajo la manga—. Mi drofer no es distinguido como un medio de transporte por los radares, lo confundirán con otro animal enseguida. He dado órdenes en Palacio Apostólico para que ustedes dos trasladen mis cosas privadas a mis nuevos aposentos en el Palacio Imperial. El capataz les entregará a Rajha y ustedes se vendrán volando en él…

Los hermanos me miraron asustados.

—Ya Román sabe cómo se hace…

—¿Cabremos los cuatro en el drofer? —preguntó Román nervioso.

—Solamente necesitará a dos —expliqué—. Ustedes lo traerán a Madrid mientras nosotros estamos aburriéndonos en la fiesta, luego ustedes se irán a Ibiza en el auto de Enrique, no les debe de tomar más que siete minutos en trayecto supersónico. Luego Enrique y yo los alcanzaremos a lomo de Rajha, aparte de ser un medio seguro de transporte es una cabeza más a favor de nuestra causa.

—¿Y estando allá quiénes seremos? —preguntó Enrique—. No a cualquiera lo dejan entrar a esa discoteca y si vamos como incógnitos ten por seguro que no nos dejarán dentro.

—Ser príncipe de las colonias de Júpiter no está mal —le dije con una sonrisa, pero esta vez no la devolvió.

—¡Ah no! —se apresuró a decir—. Si tú vas encubierto yo también quiero estarlo, conozco tu forma de ser y casi creo que tú preferirías que nos descubrieran, si tú vas encubierto yo también. Además toda la Galaxia sabe que soy de tus mejores amigos.

Por un momento me quedé analizando las palabras de mi amigo, pero decidí que mejor dejaría el enfrentar la realidad para después, ahora lo que importaba era el plan.

—De acuerdo, pero solo tengo una dosis de átomos de cambio —dije con aspereza.

—No importa, el aplicador nos lo hará a los dos, simplemente los efectos serán menores —dijo Enrique—. Dámelos para ir preparando el diseño en el previsualizador del aplicador.

Mía exhaló largo y profundo.

—Creo que no es necesario ser alguien en específico, creo que sus ropas más casuales son mejores que las de la mayoría de los humanos en la Galaxia. Simplemente vayamos bien vestidos y podríamos decir que son hijos de alguno de los jeques de los territorios árabes, ellos son quienes más podrían tener un drofer.

—Estoy de acuerdo con mi hermana —se apresuró a añadir Román

—Pues ya está hecho.

Mis últimos minutos como residente de mi habitación me resultaron complejos. Una parte de mí se quedaba ahí, la historia de veinte años que había albergado ese lugar como mi espacio, el lugar en el que yo me sentía más seguro.

—Hasta pronto —dije en un susurro y salí de los que hasta ese momento habían sido mis aposentos con una lágrima resbalándome por la mejilla.

Recorrí el pasillo por el que se encontraban los aposentos apostólicos, poco más adelante encontré una figura que yo conocía muy bien, detrás de él dos personas más dirigían bodegas móviles como quien llevase un carrito de supermercado.

—Íbamos a hacer la mudanza —me dijo Enrique en tono neutro—. ¿Estás bien?

Me quedé en mis pensamientos durante algunos segundos.

—Si —respondí con rotundidad—. Me alegra que seas tú quien ahora ocupe esa recamara —le dije esbozando una sonrisa y dándole un abrazo.

Enrique, como siempre, hizo lo posible para salir de toda situación que involucrara sentimientos.

—Alteza necesitamos saber qué es lo que quiere usted que se lleve al Palacio de Balahuk en este dispositivo y qué cosas llevará su gente personalmente.

Vacilé durante un momento.

—Descuiden lo haré yo —informé a los dos empleados de Palacio Apostólico—. En cuanto todo esté listo se lo haré saber.

Los empleados me miraron nerviosos.

—Príncipe le recordamos que en veinte minutos saldrá el vehículo que lo transportará hasta el Palacio de Balahuk. Su Santidad se encontrará en su espera en quince minutos —dijo uno de ellos.

La verdad era que estaba en una situación mucho más profunda de lo que había imaginado, la que estaba atrás ya no era mi habitación. Ahora era la de Enrique y sentía que una parte de mis intimidades pasaban a ser parte de él.

—Acompáñame —le dije a Enrique e hice gestos a los empleados para que prosiguieran—. Metan todo, ya tengo separadas mis pertenencias personales. Denle al príncipe de Júpiter el trato que se merece —terminé con una sonrisa.

Enrique y yo caminábamos solos a través de los pasillos del Palacio Apostólico, el silencio era incómodo, no sabía por qué, pero lo era. Por fin Enrique lo rompió.

—¿Y cómo será todo ahora que seas emperador? —preguntó irónicamente justo cuando pasábamos frente a frescos de bellos ángeles—. ¿Nos seguirás hablando igual?

—¡Claro que sí! —respondí como si fuera algo completamente obvio—. Además algún día tú también serás virrey de las Colonias de Júpiter.

—Supongo —dijo medio sonriendo—. Eso me hace estar un poco más a tu rango.

—Jamás he visto rangos entre tú y yo —le dije en tono casi indignado, esto estaba dejando de ser un juego.

—No lo haces a conciencia —dijo Enrique—. Pero lo haces de todas formas.

—¿A qué te refieres? —pregunté con tonto casi molesto.

Enrique gesticuló pero no salió palabra de su boca, por lo que seguimos andando hasta el último pasillo que daba al vestíbulo.

—Además de que sientes que el mundo gira a tu alrededor hay cosas que cambiarán —dijo por fin—. Tendrás que mantener las estrategias de evangelización, seguridad, política exterior con otras galaxias, economía… en fin, muchas cosas a las que les tendrás que hacer frente. Eso sin contar que ahora debes encontrar una esposa y tener un hijo para así mantener con vida al linaje de los Astoria.

Todo lo que decía Enrique era verdad, pero quizá la suya no era la única óptica en el asunto, yo no cambiaría a mis amigos ni el trato que tenía con ellos. Una vez llegamos al vestíbulo pudimos unirnos a Su Santidad, el doctor Chelsea y la Cardenal Zcaprio.

—Luce usted formidable, príncipe León —me dijo la cardenal sonriendo con su boca pintada de rojo—. En verdad le deseo la mejor de sus noches y que vengan muchísimos años de prosperidad.

—Muchísimas gracias, Su Eminencia —le agradecí cortésmente—. Necesitaré de usted y su sabiduría para enfrentar los porvenires.

—Y las tendrá, Su Alteza, las tendrá.

La cardenal a mi descripción era como la Afrodita de los antiguos griegos. De un blanco radiante, ojos profundos, oscuros y delineados, pelo castaño ondulante, nariz perfecta y labios sutiles y rojos como la sangre. Yo le tenía mucho respeto, pero sabía la clase de chistes que se contaban sobre ella en las fiestas y dichos populares. Ninguno de ellos ciertos en lo más mínimo. La cardenal a mi ver era la mujer más digna de llevar los hábitos que ostentaba.

—¿Enrique cómo llegarás tú a la fiesta, no irás con tu padre? —preguntó el doctor Chelsea.

Y era verdad, Enrique no tenía que estar ahí. Él no era parte del Séquito de Honor que me entregaría en Palacio Imperial. Solo iba como un invitado más al nivel de ser el hijo de un virrey.

Enrique titubeó, creo que en ese mismo momento fue cuando se dio cuenta de su situación.

—Quiero que venga conmigo —dije sin pensar—. Como mi secretario de confianza.

No pude percibir con exactitud las reacciones ante lo que acababa de decir pero sí supe que era algo relevante. El secretario de confianza era una investidura muy importante. Todo mundo pensaba que ese puesto sería para William de Serbin pero no, sería para Enrique y lo había decidido en tan solo cuestión de segundos. Únicamente para no sentirme solo en mi primer acto oficial con el que comenzaban los veintiún días de coronación de un nuevo emperador y claro está, para tenerlo cerca y disponible a la hora de actuar.

—Es tu decisión como príncipe y se te respetará —dijo Su Santidad, para luego añadir interrogante mente—. Muchos pensaban que hoy nombrarías al Regente Imperial para ese cargo.

Miré nervioso a Su Santidad y al doctor Chelsea, preferí evitar la visión con la cardenal, tenía que sacarme eso de adentro.

—No conozco muy bien a William de Serbin, pese a todo lo que me puedan decir bueno o malo, no sé si tengo la confianza para hacerlo mi persona de confianza —dije con rotundidad.

Su Santidad me sonrió.

—Bueno eso es algo que tendrás que anunciarle a la Galaxia tú mismo esta noche —dijo en tono neutro—. Supongo que Dios está poniendo en tu cabeza algo nuevo de su voluntad y si es así, me congratulo de que lo entiendas tan rápido.

El automóvil supersónico que nos trasladaría hasta la entrada principal del Palacio de Balahuk apareció enseguida. Una larga limusina blanca con dos banderas en sus faros, la del Vaticano y otra Imperial.

Dentro de la limusina lo único que pude percibir de Su Santidad, la cardenal y el doctor Chelsea era la combinación de nerviosismo de reacción con el sentimiento por el triunfo que yo sabía suponía no darle el puesto de secretario de confianza a Serbin. Enrique por su lado, solamente me miraba con sorpresa y algo de aturdimiento, le sonreí a lo que él correspondió de igual manera tornándose un poco rojo.

La primera visión que tuve del Palacio de Balahuk para esa ocasión fue algo impresionante. Absolutamente todo el mármol blanco y negro que comprendía el palacio iba serpenteando en luces, poniendo el número veintiuno en todos sus flancos junto con el Escudo Imperial de los Astoria. Grandes cantidades de personas se habían acercado para ser testigos de mi llegada. En el lugar había de todo: suvenires, fotos, biografías, libros acerca de mí. Fijándome más a detalle en la congregación que se hacía a las afueras del recinto, pude ver una que otra pancarta con textos tales como: «SERBIN FUERA; SU MAJESTAD REGRESA». Era claro que el pueblo de la Galaxia, en menor o mayor medida, también tenía dudas acerca de la forma de conducirse del regente.

—Creo que algunos se tomarán a bien que Serbin no sea proclamado como tu secretario de confianza —añadió con curiosidad la cardenal—. Veremos qué tan a la altura está este chico —terminó dirigiéndole una media sonrisa a Enrique.

—Espero estarlo, Su Eminencia —contestó Enrique—. Solo que me ha tomado demasiado por sorpresa, León… digo el príncipe no me había comentado nada.

El me miró y yo traté de disimular que no entendía la pregunta de por qué mi actuar tan apresuradamente. Su Santidad habló para sacarme del aprieto.

—A veces Dios se manifiesta de formas muy curiosas, y quizá es momento de un cambio en la Galaxia.

—Santidad —balbuceé—. No quiero sonar irrespetuoso pero ¿por qué el Vaticano últimamente toma cada vez menos parte en las decisiones que realiza el gobierno Imperial?

—Bueno, eso me preocuparía si tú no estuvieses por entrar para remediar las cosas —me dijo sonriente.

—¿De verdad creen que yo…?

Pero antes de que pudiera terminar la frase una avalancha de paparazis y personas curiosas se atiborraban al frente de la limusina que ya iba en una marcha muy lenta, iluminada por la luz del faro más alto del Palacio de Balahuk. Me sentí muy emocionado y lo único que pude hacer fue limitarme a saludar, mientras la gente de seguridad trataba de abrirle camino a nuestro vehículo entre la congregación multitudinaria. En poco tiempo estuvimos estacionándonos enfrente de una alfombra roja que cruzaba a lo largo un buen trecho del patio de entrada del recinto imperial. La limusina se detuvo y un hombre corpulento vestido de negro se acercó al chofer que nos conducía.

—Mis señores el dispositivo de seguridad está listo para el arribo de Su Santidad y Su Alteza Imperial —nos dijo el hombre de negro—. Esperamos la orden para iniciar según el protocolo.

Su Santidad me miró.

—Cuando tú nos digas, León.

—Capitán, dé la orden para iniciar el protocolo dije dirigiéndome al encargado.

—Enseguida, Alteza —me contestó él—. Su Excelencia el regente William de Serbin estará a su encuentro en dos minutos.

El capitán encargado de recibirnos dio algunas instrucciones a subordinados que se encontraban cerca.

Me tomé un momento para mirar el magnífico escenario que tenía enfrente. El magnífico Palacio Imperial, construido en las ruinas de lo que en la antigüedad había sido el Palacio Real de Madrid lucía más radiante que nunca para aquella noche. Banderas Imperiales se encontraban colgando de los diversos vitrales y ventanas que se dejaban ver en la construcción de mármol blanco con contornos negros.

De un momento a otro, ambas puertas del vehículo se abrieron para darnos paso. A la primera persona que pude reconocer fue a William.

—Alteza, sea usted bienvenido a la fiesta de cumpleaños que la Confederación Imperial ha organizado para usted —me dijo en tono protocolario.

Luego besó el anillo del papa y con una reverencia nos invitó a pasar, aunque dio la impresión de que intentaba evadir el saludo con Enrique, en sí, todo lo que tenía que ver con Enrique no le gustaba.

—Su Alteza Imperial tiene algo que decirle, señor regente —se apresuró a apuntar la cardenal Zcaprio con el tono de una conversación intrascendente y relajada.

El regente exhaló largo y profundo, aunque con una voz que simulaba demasiada tranquilidad me preguntó.

—Alteza, lo que tenga que decirme dígamelo cuanto antes —me pidió William

Tomé aire, tomando el control de mí mismo, comencé a dar una explicación tan lógica como tan improvisada en aquel momento.

—He decidido que mi secretario de confianza sea el príncipe de las Colonias de Júpiter, mi amigo y compañero Enrique D’Fenrir y en tanto quiero que tome su lugar junto a mí en el protocolo.

La expresión de William me sorprendió, ya que no era la que yo esperaba, sus ojos reflejaron un destello de victoria.

—Por supuesto, Alteza —respondió él sonriente y se acomodó en su lugar de la caravana.

Enrique me miró con una cara con la que comprendí que él no entendía nada. Me limité a posicionarlo a mi derecha.

En la ausencia de cónyuge o de la madre del emperador, era el secretario de confianza, o más bien con su título oficial, confidente imperial, quien acompañaba al emperador en sus eventos oficiales.

Así pues, tomamos nuestra posición en la caravana. Yo iba en el centro de la primera fila, flanqueado a la derecha por Su Santidad y a la izquierda por William. Detrás de mí a la derecha estaba Enrique, junto a la cardenal Zcaprio y el doctor Chelsea. Una vez fuimos liberados del aislante molecular y quedamos de nuevo a la vista de toda la muchedumbre no quedó otra cosa más que sonreír y caminar como en un gran desfile.

Miles de caras humanas y de fuereños con ojos viscosos, unos más guapos otros más feos. Pero todos me gritaban en señal de aliento hacia el camino que debía recorrer en mi gran responsabilidad como el emperador de la Galaxia. Me llamó la atención una curiosa chica que gritaba mi nombre diciendo «te amo» y la verdad es que ella, no tenía un mal aspecto. A decir verdad se veía demasiado bien. Le dediqué una sonrisa pero ella no estuvo muy segura de que el gesto fuese para ella, así que me ignoró con estupefacción y yo seguí mi paso.

El trayecto desde la alfombra roja hasta la entrada principal del Palacio no era corta, por lo que tuve que detenerme a hacer gestos de cortesía en repetidas ocasiones. Casi llegando al vestíbulo me animé a mirar a Enrique, quien estaba encantado lanzándole besos a unas hermosas chicas rubias venusinas. Al parecer ya estaba entrado en su papel.

Cuando llegamos a la entrada principal del Palacio y la música de moda sonaba a todos sus decibeles fuimos recibidos por el mercuriano presidente del Senado de la Confederación, Chavar Ordange. Los de su raza eran muy parecidos a los humanos terrícolas exceptuando un poco el tono azulado de su piel y la mayoría de ellos, tenían ojos color naranja.

—Mi más sincera enhorabuena, Alteza —dijo el senador.

—Le agradezco su atención —le dije con voz firme y cortés con un pequeño ápice de autoridad—. Creo que ya ha oído hablar de mi recién nombrado confidente imperial, el príncipe del Virreinato de las Colonias de Júpiter, Enrique D’Fenrir.

A diferencia de la reacción cómoda y segura de William, el senador Ordange se sorprendió tanto que abrió sus ojos naranjas como grandes platos y soltó un bufido, pero no fue capaz de tomar alguna otra acción.

Subí por los escalones que llevaban al vestíbulo, donde quedé estupefacto al ver el glamur que se vivía ahí dentro. Políticos, figuras del cine y la música de toda la Galaxia vestidos con sus mejores vestimentas para celebrar el cumplimiento de mi mayoría de edad. Los sirvientes, en su mayoría colonos de los recién conquistados territorios en las fronteras de la Vía Láctea. Sus caras eran una mezcla de humanos con anfibios y reptiles.

Cuando mi llegada se hizo más que visible, gran parte de personas corría a estrechar mi mano, no estaba mal por un rato, pero la verdad es que yo ya quería más acción y ver cómo se tomaría la Galaxia mi decisión improvisada de nombrar a Enrique como mi confidente imperial. O al menos creía que ya lo era, pese a que no me había dado una respuesta y tampoco podía forzarlo, a él no le esperaría una mala vida como virrey de Júpiter y además tenía un hermano dos años menor quien podría hacerse cargo del virreinato, pero de cualquier forma era mi deber como amigo preguntárselo formalmente.

—¡Príncipe León! —escuché entre los murmullos y la energía de la gente.

Era la actriz y cantante Triana Pirau, la ídolo juvenil del momento y una persona demasiado intensa para mí. Volteé a saludarla con la mayor cortesía que pude no sin antes notar una mirada de molestia de Enrique a unos pasos de mí.

—Miren nada más a quién tenemos acá… la chica más sexy de la Galaxia —dije sonriendo y no pude evitar darle un beso en media boca.

A pesar de ser intensa Triana era una de las mujeres más sensuales y hermosas que yo había conocido, pero entre nosotros no había pasado nada más que una aventura.

—¿Nos vemos al terminar la fiesta? —me dijo en un sensual susurro.

—Quizá un rato después —le dije en el mismo tono que ella.

La artista me dirigió una mirada calificadora, para luego sonreír y despedirse fugazmente.

Poco más adelante, casi ya llegando a la habitación privada aledaña donde podríamos hacer los miembros del séquito nuestros últimos menesteres antes de salir al evento propiamente hablando, se me acercó una mujer humana, algo anciana y que yo recordaba de alguna parte.

—Alteza, permítame presentarme —dijo ella—. Soy la senadora Cassandra Barshgloom y estoy aquí para presentarle mis más sinceros respetos y promesa de lealtad de parte del Distrito de la Luna de Mimas en Saturno.

—Muchas gracias senadora —le respondí con una sonrisa sincera tanto de labios como de ojos.

La senadora Barshgloom se acercó a mi oído para susurrar.

—Tiene que estar usted pendiente —me advirtió—. Hay muchos intereses de por medio, Su Santidad actuará junto a usted cuando este en posición del cargo, debemos de parar la barbarie que causan las tropas imperiales en los territorios que nos disponemos a evangelizar.

—¿Por qué me dice usted eso? —le pregunté confundido.

—Porque debe estar preparado.

Mis pensamientos estuvieron un poco fuera de mi mismo, cuando entramos a los aposentos de preparación fui y me senté unos minutos en un pequeño cuarto privado, por lo menos tendría quince minutos de relajación antes de que el evento comenzara propiamente. Oí que alguien tocaba a mi puerta, seguramente era alguien para avisarme que tomáramos posiciones, pero cuando abrí la puerta me encontré con Enrique.

La primera mirada fue un poco tensa entre los dos y tampoco ninguno sonrió.

—Me gustaría saber por qué me has nombrado confidente imperial sin habérmelo preguntado antes —me dijo en tono de un reclamo con vergüenza—. Aparte yo tan solo soy un aprendiz. ¿Qué será del Imperio?

Exhalé un suspiro largo y profundo.

—Confío en ti y desconfío de Serbin —le contesté con rotundidad—. Además de que él de alguna forma verá cómo seguir controlando al Galaxia, no lo vi muy afligido cuando le dije que tú serías el confidente imperial.

Enrique se quedó pensativo unos instantes.

—Entonces en verdad…

—¿Aceptas? —es lo único que pude preguntarle.

—Claro que sí —me respondió con un abrazo y los ojos oscuros y profundos con un poco de lágrimas.

—Bien, confidente imperial, vamos al encuentro de nuestro pueblo.

Una vez fui presentado en el Salón Solemne del Palacio Imperial. Una lluvia de flashes estalló frente a mis ojos al mismo tiempo que el barullo de un montón de aplausos. La visión de la crema y nata de la Galaxia vestidos con la más etiqueta rigurosa. Durante mi camino hasta el presídium donde estaríamos, arropados por los muros de talavera pintados con íconos que describían la historia de la humanidad. Se me acercaron muchos miembros de la Confederación a saludarme entre ellos la gobernadora general de Venus, una mujer seria, de carácter implacable y poco arreglada, siempre había sido criticada por ser tan fachuda cuando era la encargada del gobierno interno del planeta de la belleza por excelencia, su nombre era Bárbara Deep.

El presídium estaba a un lado del área del majestuoso trono, que nadie, ni yo, podía sentarse en él hasta transcurrir la coronación. El estrado se había instalado adelante con forma de media luna, con tres sillas señoriales al mismo nivel, rodeadas por otras más un poco más chicas. La tapicería era roja con acabados negros y dorados. Yo me senté al centro con Su Santidad a mi derecha y el regente a mi izquierda. Después de que se entonaran los himnos del Imperio y del Vaticano el maestro de ceremonias dio por comenzado el evento.

—Su Santidad, el vicario de Cristo, el papa Anastasio VII dará unas palabras en honor a la celebración del cumpleaños número veintiuno del príncipe León Astoria.

Su Santidad se puso en pie con la dificultad propia de una persona de edad avanzada y caminó hacia la tribuna que estaba instalada a poco más de un metro del presídium.

Vi la cara de Su Santidad en una pantalla gigante colocada en uno de los costados del salón, luego me volví para verlo lo más cerca de los ojos que pudiera. Antes de comenzar a hablar Su Santidad se aclaró la garganta.

—Es una bendición de Dios poder estar compartiendo una noche en compañía de todos ustedes, la celebración del hecho tan importante que es que un joven al que se le ha educado toda su vida para ser algo, logre la hazaña anhelada. En la misión de cualquier hijo de Dios está alcanzar sus metas, siempre y cuando estas lo acerquen más al ejemplo de Jesús. Solo me queda el felicitar al príncipe León y decirle que lo quiero y creo en él y que también pienso que más importante aún, Cristo cree en él.

Los invitados, prácticamente todos, comenzaron a aplaudir efusivamente y a gritar «VIVA ANASTASIO VII». Se notaba que Su Santidad era una persona querida.

En seguida Su Santidad tomó su lugar en el presídium, William se puso en pie para dar su discurso de felicitación para mí al tiempo que el maestro de ceremonias anunciaba su inminente participación.

—Su Santidad, Su Alteza Imperial, queridos invitados —comenzó—. Esta vez no me enfocaré en discursos políticos que no vienen al caso con lo que hoy celebramos. Hace veinte años fallecieron mis queridos amigos los emperadores Javier y Diana María. Ambos personas ejemplares, astutas y entregadas a Dios y al Imperio. Hoy, aparte del gran legado que nos han dejado con su paso por el trono de la Galaxia, nos dejan a su hijo para que con él, el sendero de salvación trazado por Cristo y confirmado por el arcángel Gabriel sea logrado. ¡Hoy estamos de fiesta porque el gran León Astoria, tomará posesión de su trono!

Definitivamente sus palabras no me las creía ni borracho, pero en fin, era una persona a la que yo necesitaba y siendo franco conmigo mismo quizá yo lo necesitaba más a él que él a mí.

Cuando William habló a los presentes también fue aplaudido por la mayoría de los asistentes al evento, aunque la verdad era que la efusividad era mucho más tenue que con Su Santidad.

—Y ahora, sin más esperas, escuchemos a Su Alteza Imperial el príncipe León Alejandro de Astoria y Teruel.

Subí al estrado y para mi sorpresa me sentía aún más nervioso que esa mañana cuando tuve el encuentro con el