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Los Bean viven enfrente, al otro lado del paso a nivel. Los ves a diario desde el amplio ventanal del salón. Son horteras y chabacanos, tienen pinta de cromañones y nunca van a la iglesia. Son ciento y la madre. Se reproducen como moscas. Huelen fuerte. Su jardín está sembrado de zarzas, neumáticos, radiadores, correas de ventilador, bidones, gallinas, perros y críos grandes y chepudos como osos que juegan a hacer agujeros en la tierra. Lo que ocurre dentro de esa casa prefabricada es un misterio. En verano ondean sus cortinas de plástico y, de vez en cuando, se escuchan gruñidos sobre el chisporroteo de una televisión mal sintonizada. «Lo que esos Bean son capaces de hacerle a una niña tan pequeña como tú haría llorar a un hombre hecho y derecho», dice tu padre. Tu padre te lo ha repetido una y mil veces: «Son predadores. Si corre, un Bean le pegará un tiro. Si cae, un Bean se lo comerá». Pero tú no puedes evitar husmear, sueñas con ser abatida y devorada por uno de ellos.
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Seitenzahl: 349
Veröffentlichungsjahr: 2022
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CAROLYN CHUTE (1947) vive apartada en algún lugar de los bosques de Maine, en las estribaciones de las Montañas Blancas, cerca de la frontera con New Hampshire, en una cabaña sin teléfono, ni fax, ni agua corriente. En su porche hay diez mecedoras enfrentadas. Si le preguntas por qué, te dirá que cuando no tienes televisión no te queda otra que mirar a la gente a los ojos. El hogar no es un número de la calle. Para ella, hogar es otra manera de decir comunidad, tribu: caras, manos, voces, murmullos y trabajo compartido. En más de una ocasión se ha declarado abiertamente redneck, una chica palurda de setenta y cinco kilos (no tan pequeña) que dejó los estudios a los dieciséis años. Odia al establishment y detesta el gran anuncio rosa de la élite capitalista, esa misma élite que engañó a los indios newichewannock y compró la enorme extensión de tierra donde vivían (y donde vive ahora ella) por el precio irrisorio de dos mantas, dos galones de ron, dos libras de pólvora, unas cuantas balas de mosquete y veinte ristras de abalorios. Ha fregado suelos de hospitales y ha trabajado en una granja de pollos, una fábrica de zapatos y una explotación agrícola de patatas. También ha ejercido de camarera, encuestadora, profesora, asistente social y conductora de autobuses escolares. Pertenece a la clase trabajadora (o clase tribal, como ella prefiere llamarla). Gente devaluada y reciclada que vive inmersa en un estado de esclavitud retorcida, terratenientes de pantanos y lodazales, inquilinos de remolques, casas en ruinas y prisiones. Cuando acabó el manuscrito de Los Bean de Egypt, Maine, tuvo que pedir dinero prestado para pagar el envío a un editor de Nueva York. La obra fue aclamada como algo casi primigenio, «la voz descarnada de la clase baja rural estadounidense». Está casada con Michael Chute, un manitas local que nunca aprendió a leer. Tiene una hija de un matrimonio anterior, tres nietos y tres perros (uno de ellos ladra cada vez que oye el nombre «Reagan»). Es ministra de la 2a Milicia de Maine y de la Milicia de la Montaña Fronteriza. Su arma preferida es la carabina semiautomática SKS, «un animalito potente pero amigable en tu hombro». Afirma que la democracia es como un Cadillac: no va a ninguna parte si no te pones al volante. Si un día andas por Parsonsfield y te da por visitarla, avisa antes.
Carolyn Chute
Traducción Javier Lucini
Título original:
The Beans of Egypt, Maine
New York: Grove Press, 1995
Primera edición Dirty Works: Mayo 2022
© Carolyn Chute, 1985, 1995
© 2022 de la traducción: Javier Lucini
© 2022 de la presentación: Bonnie Jo Campbell
© de esta edición: Dirty Works S.L.
Asturias, 33 - 08012 Barcelona
www.dirtyworkseditorial.com
Traducción: Javier Lucini
(gracias Tom, gracias Fernando, «it’s been one hell of a ride»)
Diseño de cubierta: Nacho Reig
Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento»
Maquetación: Marga Suárez
Correcciones: Fernando Peña Merino
ISBN: 978-84-19288-28-8
eISBN: 978-84-19288-29-5
Depósito legal: B 9605-2022
Impreso en España:
Imprenta Kadmos. P.I. El Tormes.
Río Ubierna, 12 – 37003 Salamanca
NOTA DE LA AUTORA
Este ejemplar de Los Bean de Egypt, Maine está acabado.Es la primera versión acabada del libro.Las ediciones anteriores no lo están.Lo explicaré en un epílogo.
En memoria del verdadero Reuben.
¿Quién lo libró en esta ocasión?
¿Quién lo libró de la rabia?
Presentación, Bonnie Jo Campbell
EARLENE
Lizzie, Annie y Rosie me rescatan con tarta azul
LOS BEAN
Merry Merry
EARLENE
Hijos de Dios
LOS BEAN
El beso con plato de papel de Buzzy Atkinson
Amor de mujer alta
Luna sobre Cole Deveau
El pelo amarillo de Earlene
La tumba
EARLENE
La mirada de amor de Warren Olsen
Carne
Fuego hogareño
Epílogo de la versión acabada (1995)
Cuando leí por primera vez Los Bean de Egypt, Maine, de Carolyn Chute, en 1985, me voló la cabeza. ¡Qué voz! ¡Qué lugar! ¿Puede una ficción ser tan cruda, tan auténtica como esa niña de pie en el camino de acceso de su casa gritando al vecino: «¡NO SE PUEDE DAR LA VUELTA EN EL CAMINO DE PAPÁ!»? ¿Puede alguien escribir que esa niña se mete en un agujero del suelo para ser transformada por el efecto mágico de un trozo de tarta azul de la marca Betty Crocker? ¿Y puede luego esa niña tener sexo con un monstruo sin que el tejido del universo literario se desgarre?
Pues bien, Chute lo desgarra, lo mastica y lo escupe. Desde la primera página, creó dos voces brillantes de las que hoy todavía soy incapaz de desembarazarme. Hasta el aspecto visual de su historia resulta divertido, con todas esas mayúsculas y esas cursivas de las que se sirve para gritar, para sorprender, para enfatizar o, simplemente, para desafiar los límites del lenguaje en cada página.
«Papá dice que los Bean son animales incivilizados. PREDADORES, los llama. “¡Si corre, un Bean le pegará un tiro! Si cae, un Bean se lo comerá”, dice papá, y frunce los labios. Un millón de veces papá dice: “Earlene, ni se te ocurra cruzar el paso a nivel al lado de los Bean. ¡Jamás!”.»
Con pocas palabras, Chute traza una dinámica estremecedoramente clara, en la que la niña tendrá que escoger entre su diminuto y asustado padre o los inmensos BEAN. Sabemos perfectamente hacia dónde va a dirigirse Earlene: al otro lado de la carretera, de cabeza a los brazos de los problemas. «Lo que esos Bean son capaces de hacerle a una niña tan pequeña como tú haría llorar a un hombre hecho y derecho», le dice su padre, y nosotros también tememos por esa niñita virginal, pero nos morimos de ganas de conocer a los peligrosos Bean: esos hombres terribles y violentos, esas madres silenciosas y amenazantes, esos bebés enormes, ese aluvión de niños bulliciosos que juegan sin reglas y que nunca merodean solos.
Cuando conocemos a Reuben Bean, no nos sentimos defraudados: borracho perdido, apuñalado y sangrando, arrojado de un coche al borde de la carretera. Yo, por mi parte, estoy enamorada de Reuben Bean. Aterrada, sí, pero locamente enamorada. Como lectora y escritora, me maravilla que no haya un solo personaje en todo el libro que no sea fascinante: cada uno está creado de un modo singular y lleno de vida. Crecí a miles de kilómetros de Maine, en los bosques de Michigan, pero puedo verme a mí misma formando parte de la vida de esa gente tan extraordinaria. Conozco su crudeza y su ansia de vivir. Nunca me he topado con nadie como ellos, pero son mi gente.
Hay algo de Flannery O’Connor en estas historias, pero la narración de Chute es más natural, más inocente, más juguetona, más sexual, y no hay detrás un Dios recto y brutal, condenando y salvando a sus elegidos. Los personajes de Chute irrumpen en cada escena rebosantes de miedos y deseos. Estos vigorosos personajes aman peligrosa y desesperadamente, follan y rezan a Dios de manera escandalosa. Cuando sufren, gimen como animales. Aquellos que, como la abuela de Earlene, se pasean entre los cuerpos y tratan de comportarse con propiedad y decoro, se revelan igualmente extravagantes.
En Egypt, Maine, hay demasiado invierno gélido, demasiado alcohol, demasiado tabaco y nunca suficiente dinero, ni comida sana, ni combustible. La vida de la gente se vive como un río que fluye desde su fuente: ¡intenta impedir que fluya al revés! Los personajes de Chute no pueden dejar de ser ellos mismos, aunque eso los conduzca a la cárcel o incluso a la muerte. Y a los que pretendan juzgar a la gente de Egypt, Maine, bueno, ¡al diablo con ellos!
Yo tengo la suerte de conocer a la autora, Carolyn Chute, un alma campestre de buen corazón que cuida concienzudamente de su familia y de sus perros. Dice que no sabe por qué a la gente le gusta tanto este, su primer libro. Ella misma considera que es un taburete de tres patas en comparación con sus novelas posteriores, más complejas y ornamentadas, con un trabajo de ebanistería más refinado, con todas las juntas y los cierres bien montados y pulidos. Todas sus novelas brillan por su honestidad y su gran corazón, pero yo siempre he sido fanática de esta novelita tan tosca, porque es sólida y estable, y nos proporciona una excelente visión de su mundo.
La primera vez que visité a Carolyn Chute y a su marido (y a sus tres terriers escoceses) en los bosques de Maine, me dio de comer pastel de alce y me contó una historia acerca de la criatura que nos estábamos comiendo. Ella había salido de viaje para asistir a una marcha de protesta junto con los miembros de la 2a Milicia de Maine, de la que Carolyn es cabecilla, y chocaron con un alce en la carretera. Como iban de camino a la protesta, no llevaban sus armas, así que tuvieron que llamar a la policía para que acabaran con la pobre criatura. Carolyn es un personaje magnífico e inolvidable, y en esta novela ha creado unos personajes no menos magníficos e inolvidables. Con este libro cambió el mundo.
Así que ve ahora mismo a por tu propio taburete de tres patas y disponte a disfrutar de esta vívida y sorprendente historia salida de los oscuros bosques de Maine, EE. UU.
Tenemos una casa rancho. La construyó papá. Papá dice que se le llama RANCHO porque es como las casas del Oeste donde duermen los vaqueros. En todas las casas rancho hay un ventanal y en las casas rancho del Oeste puedes asomarte y ver al ganado comiendo hierba en las llanuras y a los vaqueros cabalgando de un lado a otro con lazos y sombreros de copa alta. Pero nosotros no tenemos nada de eso en Egypt, Maine. Lo único que papá y yo vemos al asomarnos son los Bean. Papá dice que los Bean son animales incivilizados. PREDADORES, los llama.
«¡Si corre, un Bean le pegará un tiro! Si cae, un Bean se lo comerá», dice papá, y frunce los labios. Un millón de veces papá dice: «Earlene, ni se te ocurra cruzar el paso a nivel al lado de los Bean. ¡Jamás!».
El dormitorio de papá está recubierto de paneles de pino… de los de verdad. Papá lo hizo todo. Rellenó los huecos de los clavos con MADERA MILAGROSA. Un fin de semana después de haberlos instalado, papá se sube a una silla y abre una lata de MADERA MILAGROSA. La aplica con una espátula en los huecos de los clavos. Necesita la silla porque puede que sea el hombre más bajito de Egypt, Maine.
A papá le duele la espalda después de almorzar, así que nos echamos una siesta. Nos metemos bajo las sábanas y le rasco la espalda. Papá dice que me quite los zapatos, los calcetines y el peto para no llenar la cama de tierra.
Cuando me duermo, la cama se pone a temblar. Me agarro al borde y miro a mi alrededor. Entonces me doy cuenta de que no es más que Rubie Bean, que acaba de llegar en su camión maderero para zamparse su almuerzo con los otros Bean. La espalda desnuda de papá es color caqui, igualito que sus camisas de carpintero. Le doy otro par de rascadas en los omóplatos, luego me escurro y me vuelvo a dormir.
La abu abre de golpe la puerta del dormitorio. «¿Qué está pasando aquí?» Su voz es un bramido, grave como la de un hombre.
Papá se incorpora al momento. Se frota la cara y la nuca. Junto a la cama hay una silla que hizo papá. Es de pino. Muy bonita. Y encima de la silla está su ropa de carpintero color caqui, la camisa y los pantalones, como recién planchados. Los ojos de la abu se dirigen a los pantalones.
La abu toca el órgano en la iglesia. Con los dedos revuelve el interior de su bolso en varias direcciones al mismo tiempo, palpan las gafas de leer, toquetean el peine, aprietan el monedero y el gorro de plástico para la lluvia, como si de todos esos objetos fuesen a surgir los acordes del «WE ABIDE», uno de mis himnos favoritos. Un dedo se topa con el pañuelo violeta. Entonces saca el pañuelo y se cubre la nariz.
Yo olisqueo la habitación. A mí no me huele a nada.
Hace calor. Pero la abu siempre lleva su jersey. Nunca se le ven los brazos. «¡Lee!» La abu resuella a través del pañuelo. Lee es el nombre de papá.
El abu aparece en la puerta del dormitorio y sostiene una cerilla sobre su pipa. Siempre que el abu sale se pone una camisa blanca. También su sombrero de gala. Incluso en la iglesia. Nunca se lo quita delante de la gente…, porque debajo es CALVOROTA. Papá dice que se la vio hace años…, la cabeza. Dice que tiene pecas.
La abu mete el pañuelo en el bolso, endereza la postura.
A papá le han aparecido unos puntitos color ladrillo en las mejillas y se mira de reojo en el espejo del tocador.
«¡LEE! ¡Te estoy hablando!» El vozarrón de la abu se impone.
Papá dice: «Lo siento, mamá».
La abu resopla y se retuerce las manos.
Yo digo: «¡Hola abu!».
Me ignora.
«¡¡¡HOLA ABU!!!» Lo digo más fuerte.
A través de la ventana abierta oigo que se abre la puerta de la casa prefabricada de los Bean como si fuese una lata de atún. Veo salir a una MUJER BEAN GRANDE que deja en el suelo a un BEBÉ BEAN GRANDE para que juegue entre un montón de cajas de piezas de recambio para camiones y una rueda de tractor. La mujer Bean lleva pantalones elásticos color negro y una larga blusa blanca sin mangas. Va con los brazos al aire. El bebé Bean se quita una bota de goma.
Algo más llama mi atención. El sol sobre el guardabarros del pequeño coche marrón de papá. En el maletero hay algunas herramientas de carpintero de papá y algunas de las casitas para pájaros y paneras de estilo colonial que hizo para la feria de la iglesia. En el parachoques está la pegatina de papá. Dice ACEPTA A JESÚS Y ACCEDE A LA VIDA ETERNA. El sol se desplaza por el guardabarros, casi me ciega, como si fuese Dios diciendo, a su enigmática manera, que aprueba el bonito coche de papá.
Pero aquí en el dormitorio de papá es distinto. La luz se ve extraña, sesgada a través del humo del abu. La abu se ha cubierto ahora la cara con las manos, así que lo único que veo es su pelo humeante. Entre los dedos dice con su vozarrón: «Earlene, no duermes aquí por la noche, ¿verdad?».
Yo digo: «Sí».
Los puntitos de las mejillas de papá se hacen más grandes. El abu desvía la mirada por el pasillo hacia el termostato de la caldera de gasoil que tienen todas las casas rancho.
Papá saca las piernas de entre las sábanas, se descuelga en calzoncillos por el borde de la cama alta, los pies no le llegan al suelo. Dice: «Mamá… Lo siento. Ni lo pensé».
La abu refunfuña.
Papá ha dicho un millón de veces que esta casa es la repanocha… excelente lecho de drenaje…, pozo artesiano…, sótano seco…, paredes de hormigón vertido…, armarios con espacio de sobra. Se guio por planos. Dice que no todos los carpinteros saben leer planos.
«¡Alabado sea el Señor!», exclama la abu. Se lleva las manos al corazón, una media sonrisa, una mirada de amor. «¡Alabado sea Dios!» El bolso le cuelga del codo. Sus brazos se elevan y ella los menea y los dedos se ponen en marcha removiendo el humo extraño por encima de su cabeza. Más que decir, grazna: «¡Nada le gusta más al Diablo que las situaciones en las que asoma la tentación! ¡Quiere que le des pábulo, Lee! ¡Él odia a Jesús! Y se están peleando por ti. ¡El Diablo, Lee! ¡¡El Diablo va a entrar!! ¡Alabado sea Dios! ¡Alabado sea Jesús!».
Los ojos de papá enloquecen. «¡Pero mamá! Si no pasa nada. ¡Es solo una cría!»
«¡No soy una CRÍA!», grito. Me dejo caer al suelo desde esta cama tan alta que hizo papá, la hizo con su torno, talló a mano bellotas en los postes, las tiñó de color caqui como todo lo demás. Yo no lo recuerdo fabricando la cama. Papá dice que la hizo antes de que mi madre se fuera al hospital a vivir. Dice que él y mi madre solían dormir en ella y que ella ocupaba el lado que ocupa él ahora.
A mí me gusta más mi lado de la cama. Sin levantar la cabeza de la almohada, puedo observar a los Bean si me apetece. Al observar ahora, veo una camioneta que retrocede hacia el establo de los Bean. Un BEAN GRANDE se baja de la cabina y levanta una lona manchada. Hay dos osos muertos. Vuelvo a mirar a la abu.
Tiro de la manga de la abu. «Oye, abu… ¿Qué pasa?»
«¡¿Dónde están tus vaqueros!?», dice ella. «¿¡Y tus vaqueros!?»
«Debajo de la cama», digo yo.
«Bueno, pues ve ahora mismo a por ellos», dice ella.
Recojo un calcetín.
Los dedos fríos y huesudos de la abu se cierran alrededor de mi muñeca. Me pone en pie de un tirón.
Papá se levanta en calzoncillos y cruza los brazos sobre el pecho como si tuviera frío. Pero no hace nada de frío. Nunca me había parecido tan chiquitito. La abu se abre paso por delante del abu y me lleva en volandas a mi cuarto. Mi cama está cubierta de cajas de cartón y de perchas. Ella me dice con firmeza: «¡Ya estás recogiendo todo esto!».
Yo digo: «Pero abu. Ya hemos dormido la siesta. Es hora de levantarse. ¡Pregúntaselo a papá!».
«¡No pienso preguntarle nada a ese memo!» Arroja contra la pared una pila de vestidos que se me han quedado pequeños. Veo cómo resbalan hasta el suelo. La abu ruge: «Vas a quedarte en esta cama lo que queda del día, lo mismo dos días. ¡Y olvídate de la cena!».
«¡Abu!»
Jadea.
«¡ABU… me entrará HAMBRE!»
«¡No seas respondona!» Achina los ojos. «La buena carne con papas del Señor no es para las niñas mugrientas» Mientras retira las sábanas, gime. Y oigo a papá en el pasillo. Se está poniendo los pantalones ahí fuera…, en el pasillo. El abu sigue ahí parado, con la mirada perdida bajo el ala de su pequeño sombrero marrón.
La abu me agarra de las muñecas y las agita frente a mi cara. Me dice a los ojos: «¡¡Por supuesto que no ha pasado nada!! Faltaría más. ¡No estoy diciendo que haya pasado algo! ¡Pero estáis dando pábulo al Diablo, Earlene! ¡Pábulo al Diablo!».
Papá está en la cocina muyyyy callado. Seguro que sentado a la mesa como hace cada vez que la abu lo regaña. Él solito hizo todas las sillas de la mesa. Con su torno en el sótano.
La abu me mete en la cama, luego me besa en la mejilla. Huele a goma. A goma cuando hace calor. Veo los leones y los tigres de mi colcha reflejados en sus ojos. Me dice: «¿Quién es el duendecillo rubio de la abu?».
Yo digo: «Yo».
Cierra la puerta al salir.
Papá se queda en la cocina un rato…, un buen rato después de que los abus se hayan ido. El grifo de la cocina. Seguro que papá ha rescatado su copa de postre favorita de entre los platos sucios y la está enjuagando. Nuestro pozo, según papá, nunca se secará. «Es artesiano», dice siempre. Esos son los pozos buenos. Acto seguido a papá le gusta añadir que a los Bean les tocó el peor lado del paso a nivel para el agua y que su pozo es de los malos. Un agujero hecho con palas y deja de contar. «¡Todo vetas de roca y arcilla!» En verano los ves acercar uno de esos viejos camiones gruñones hasta la puerta y luego un venga a entrar y salir con tropecientas lecheras de plástico.
Aquí tumbada aún puedo oler el tabaco de pipa del abu. Es de la variedad más dulce. Donde viven los abus en el pueblo, el abu ya no fuma en casa. Se mete en su coche con la manta a cuadros y fuma en el patio. O arrastra los pies hasta el bazar de los Bean y se sienta con sus amigos junto al radiador. El abu tiene un trillón de amigos…, incluso algún Bean. Cuando se deja caer por la tienda, va siempre con su sombrerito marrón, así que por allí tampoco le ha visto nadie la calva pecosa. La abu ya ha renunciado a regañar al abu por no quitarse el sombrero dentro de los sitios…, porque es como si existiera un poder supremo que impide que se le desprenda de la cabeza.
En mitad de la noche papá entra por fin en mi cuarto. Es difícil dormir sin él, así que siento un alivio inmenso. Pero me preocupa mogollón el asunto ese del Diablo que mencionó la abu. Si al Diablo le diera ahora por salir de la pared, papá se pondría a gritar y echaría a correr, porque es de los que se asustan con nada. Cuando enciende la luz del pasillo, mi corazón palpita contra la sábana. Está en la puerta con la luz del pasillo a la espalda, las manos en los bolsillos de sus pantalones caqui, tiene la cara gris y por un momento pienso que es otra persona. Se tiende sobre mis pies. Es tan pequeño que no pesa mucho más que uno de los edredones de algodón de la abu.
Dormimos.
Es sábado por la mañana. Todo nubes. Un frío que pela.
Cuando papá está atareado en el sótano con su torno, me acerco hasta el final de nuestro césped para echar un vistazo a los Bean. La casa prefabricada de los Bean es de las antiguas, parece un submarino azul turquesa. Las zarzas cubren las ventanas.
Grito: «¡HOLA BEANS!».
Cuatro cabezas enormes salen del agujero. Es un agujero en el que los niños Bean y los bebés Bean llevan trabajando cerca de un año. Todos los días bajan al agujero y lo agrandan con latas de café y una pala. Los bebés usan cucharas. Al lado del agujero hay un montón de tierra color pan de jengibre tan alto como una casa.
Yo digo: «¿¡¡Necesitáis ayuda con el agujero!!?».
No responden. Uno se limpia la nariz con la manga. Los ojos color zorro de todos ellos parpadean.
Yo murmuro: «El agujero MÁS ESTÚPIDO del mundo».
Las cabezas vuelven a hundirse en el agujero.
Un coche blanco con un guardabarros color Bondo1 se desvía de la carretera asfaltada hacia el paso a nivel. Debe haber perdido el silenciador. Avanza retumbando y los gases de escape que emanan de todo el vehículo se vuelven pastosos y exagerados a causa del frío.
Las zarzas tiemblan, raspan las paredes de hojalata de la casa prefabricada como garras.
El coche blanco retrocede despacito por el camino de acceso de roca triturada de papá y un señor de pelo amarillo con un cigarrillo corto me mira y me guiña un ojo. Lleva la ventanilla bajada y el brazo colgando por fuera en el aire frío.
Yo grito: «¡NO SE PUEDE DAR LA VUELTA EN EL CAMINO DE PAPÁ!».
Hay otro señor con él. Lleva una sudadera con una capucha puntiaguda, así que solo se ven sus enormes mejillas rosas y una sonrisa. El coche avanza hacia el paso a nivel y los dos señores salen.
Yo grito: «¡Papá dice que está PROHIBIDA LA ENTRADA! ¡No tienen PERMISO!».
Los hombres se miran y se ríen. El del pelo amarillo sigue dando caladas a su pitillo aunque ya no es más que un muñoncillo.
Los ojos me lloran de frío. El pelo se me mete en la boca.
El de la sudadera abre la puerta trasera y veo unos pies en el asiento de atrás. El de la sudadera tira de ellos.
El otro le ayuda. Los dos tironean de los pies.
Sacan a un Bean grande, flojo, flojísimo, como un gato muerto. Los brazos y las piernas se desperdigan por el suelo. Su sombrero verde de fieltro hace plof en la tierra. Unas cinco botellas de cerveza caen tras él, ruedan por el suelo y tintinean al chocar entre sí. El del pelo amarillo agarra una botella de whisky del asiento y se la pone al Bean en la mano, le curva los dedos alrededor. Los dos se ríen. «¡Aquí os dejamos al niño!», dice uno de ellos.
Se suben al coche y se largan.
Tengo el corazón como unas zapatillas de correr. Miro a mi alrededor. No sale ningún Bean de la casa prefabricada. No sale ningún Bean del agujero.
Doy un paso. Tengo la inmensa suerte de que papá esté en el sótano con su torno. Me lo imagino ahí bajo la luz azulada, con su ropa tamaño niño, eligiendo una de sus grandes herramientas con su mano tamaño niño.
Doy otro paso.
Ahora estoy justo al lado del Bean. Me parece que es probablemente el Bean más grande de todos, como el Hércules que sostiene el mundo. Tiene un ojo a la funerala, púrpura brillante…, un bigote grande como una gallina negra. Me tapo la nariz. Creo que se lo ha hecho encima. Su camisa verde de trabajo tiene puntadas amarillas en un bolsillo. Leo en alto: «R-E-U-B-E-N». Entrecierro los ojos para pronunciar las letras.
La botella de whisky rueda de su mano.
Yo digo: «¡Despierte, señor Bean!».
Entonces asoman unas cabezas del agujero.
Un ruido surge del Bean grande tirado en el suelo: ¡GLURB! Y yo digo: «¡Uau!». Es sangre expandiéndose hasta alcanzar el tamaño de una mano sobre la tierra.
Los niños Bean vienen lo más rápido que pueden. Traen la pala y las cucharas, las latas y un cubo.
Miro la cara del Bean adulto. Digo: «¡OIGA! ¡Eh, oiga! ¡Despierte!». Me agacho y le inspecciono los poros de la piel. La boca abierta de par en par. Narizota Bean. Se me dispara la mano…, toca su nariz. Digo: «Deje de sangrar, señor Bean».
Su ojo bueno se abre.
Me aparto de un brinco.
Ojo color zorro.
De la boca abierta surge un siseo. El pecho se le hincha. Algo horrible se escurre por la comisura de la boca, se le queda atrapado en los pelos del bigotazo.
Los niños Bean permanecen inmóviles mirando la camisa verde de trabajo con la sangre que le brota alrededor de los zapatos.
Yo digo: «Lo han traído unos hombres». Señalo el camino. Busco en sus rostros señales de pánico. Digo: «R-E-U-B-E-N. ¿Cómo se pronuncia eso?».
Me miran, respirando por la boca. Uno de ellos se ríe y suelta: «Eso se pronuncia “chiflado”».
Otro empuja el hombro del Bean grande con su bota de goma verde. El Bean grande dice «¡AAAARRRRR!». Y retrae los labios sobre los apretados dientes amarillentos.
El niño Bean de la pala le dice al niño Bean del cubo: «Ve y saca a madre del sofá. Han vuelto a apuñalar a Rubie».
«Ve a decírselo tú», dice el niño Bean del cubo.
«¡No…, tú!», dice el de la pala.
«Ni lo sueñes. No pienso perderme cómo se muere Rubie.»
Miro al Bean grande y su mano se arrastra lentamente por la tierra hacia la tela desgarrada del costado, un hueco negro en el cuerpo, como una boca abierta. Y la sangre le rebosa entre los dedos.
Papá abre la puerta de casa y grita: «¡EARLENE!».
El ojo del Bean grande me está mirando fijamente.
Yo le digo al ojo: «En el cielo tienen calles de oro».
Papá vuelve a gritar mi nombre.
El enorme ojo color zorro se cierra.
Yo digo: «¡Oh, no! ¡Se ha muerto!».
El niño de la pala dice: «¡No! Aún respira».
Papá baja el escalón. «¡Earlene! ¡Largo de ahí! ¡¡AHORA MISMO!!»
Yo digo: «¡Despierte, señor Bean! ¡No se muera!».
Rubie Bean no se mueve. Tiene la boca abierta de par en par, como si se hubiera muerto en mitad de una carcajada. Veo que la sangre ha cercado mi zapatilla izquierda, ha salpicado mi calcetín blanco. Oigo a los niños Bean moverse con sus botas de goma.
Me pongo a cuatro patas y pego la oreja al bolsillo de la camisa donde pone R-E-U-B-E-N.
«¡Que te alejes de ahí!» Papá casi gimotea. Viene deprisa por el césped.
El corazón. Un potente ¡BOOM-BANG! casi me golpea la sien a través de la camisa del Bean grande.
«¿Oyes algo?», pregunta el Bean de la lata de café.
El ojo color zorro del Bean grande se abre, junta los dientes y suelta un gruñido rudo y rasposo. Dice: «¡¡Niños, putos mamones hijos de mil furcias, alejaos!!».
En ese momento las zarpas tamaño niño de papá caen sobre mí.
1Masilla reparadora para automóviles. (N. del T.)
Me pongo junto a la estufa y papá saca una pastilla nueva de jabón LAVA, la desenvuelve. Yo digo: «¡Papá! No he dicho ninguna palabrota».
Él agarra una silla de la mesa de la cocina y la pone de cara al rincón donde deja las botas. «Muy bien, Earlene», dice. «Todo listo.»
Yo digo: «¡Pero, papá, el jabón es para las palabrotas!». Toqueteo nerviosamente el dobladillo de mi jersey.
Tiene la cara blanca de pavor. Palmotea la silla. Me siento en la silla que mira al rincón. Abro la boca. Me incrusta el jabón…, duro, arenoso. Casi no me entra en la boca.
Él dice a mi espalda: «¿Cuántas veces te he dicho que no te salgas de tu lado del paso a nivel?».
Me saco el jabón. «¡Papá! ¡Estaba justo en la mitad!» Me seco la boca con la manga. Espurreo.
«Lo que esos Bean son capaces de hacerle a una niña tan pequeña como tú haría llorar a un hombre hecho y derecho», dice.
Espurreo un poco más.
Papá dice: «Earlene, vuelve a meterte el jabón».
«¡Pero papá!»
«Cuando yo hacía algo que la abuela me había dicho que no hiciera, me ganaba la correa», dice papá.
Achino los ojos. Digo: «Pero eran otros tiempos, papá».
«Al niño y al mulo, correazo en el culo», dice papá.
Oímos la sirena. Empiezo a bajarme de la silla. Papá me pone la mano en el hombro. «Earlene, hablo en serio. Hazme caso.»
Esos socorristas están liando una buena ahí fuera, con sus radios y todo el jaleo, se lo están pasando pipa levantando a Rubie Bean del suelo. Pero papá no parece darse cuenta. Acerca su cara a la mía. «Como vuelva a verte alguna vez…», dice muy despacio, «otra vez…, una sola vez… cerca de esos Bean, te vas a ganar la paliza más horrible que haya presenciado el Señor desde que el mundo es mundo».
Yo digo, sonriendo: «Papá…, sabes muy bien que tú jamás harías eso».
Cruza los brazos a la altura del pecho. «Pues lo hará tu abuela.»
Es el día de Acción de Gracias y ayudo a la abu a emparejar los platos. Todos los días de Acción de Gracias la misma historia. Tía Paula viene con sus hijos y tío Loren viene por su cuenta en su camión de cerdos. Se ve nieve entre los troncos de los árboles que suben por la montaña y el aire gris se resquebraja con el estruendo de las armas de fuego.
Yo digo: «Abu, ¿le dabas a papá con una correa?».
Los afilados deditos de la abu se mueven sobre las patatas, palpa en busca de partes estropeadas. Dice: «Al niño y al mulo, correazo en el culo. ¡Alabado sea Dios!».
Loren no deja de entrar y salir a que le dé el aire en los escalones de atrás.
La abu dice: «El muy idiota se abriga demasiado. Lleva puestas lo menos diez camisas, ¿te lo puedes creer?».
Me asomo al cristal de la cocina. Llueve sobre tío Loren. Le cuelgan los brazos a lo largo de las piernas. Fuma con caladas largas y lentas.
Tarareo una de las canciones que la abu toca en el órgano de la iglesia. Tío Loren no va a la iglesia. La abu dice que tío Loren no ha aceptado a Jesucristo como su Salvador. Tío Loren vive solo. Nunca vamos a visitarlo. Hemos visto la fachada de su casa como un millón de veces. Cuando pasamos por allí en coche solo tiene encendida la luz de la cocina. Papá dice que Loren duerme en la cocina. Papá dice que el caserón de Loren es frío como un establo. Tío Loren vuelve a entrar y viene al salón, donde estamos Jerry, Dennis y yo jugando a los Piojos,2 un juego que la abu tiene para los niños. Tío Loren se sienta en el diván con estampado de flores de la abu y me mira a los ojos.
La abu grita desde la cocina: «¡Loren…, ni se te ocurra apoyar la cabeza en ese pañito de encaje!».
Tío Loren lleva un mono a rayas. Cuando lo miro a los ojos, me da un escalofrío, y eso me gusta. Será que me gustan las cosas que dan miedo.
La abu se asoma a la puerta del salón y dice que tía Paula hizo ese pañito del diván y que los aceites de la cabeza de Loren van a acabar dejándolo negro…, a la larga. Tía Paula no dice nada al respecto porque es una persona muy reservada, pero su expresión habla por sí sola.
Tío Loren las ignora a ambas. Prefiere mirarme a mí. «Earlene», dice, «¿sabías que en mi casa tengo fantasmas?».
La abu dice: «Solo intenta asustarte, Earlene. Ni caso».
Se le ve grandón, sólido y contundente sentado ahí en el diván…, pero en realidad es tan bajito como papá. Dice: «Los fantasmas se pasan todo el rato alborotándome la casa. A mí no me hacen nada…, pero a ver quién pega ojo cuando se ponen a rodar de un lado a otro todas esas enormes calabazas Hubbard y a romper cristales. Se meten conmigo en la cama y se ponen a corretear bajo las sábanas».
Los ojos de la abu se ensanchan cuando dice la palabra «sábanas». Sábanas, camas, siestas…, me da que todo eso tiene que ver con el Diablo.
Jerry y Dennis miran a tío Loren con la boca abierta.
La abu resopla. «Solo dice esas cosas para que nadie lo visite y descubra la miseria en la que vive. Detesta que la gente lo visite. La gente, los buenos cristianos, le disgustan. No reconoce a Cristo como su Salvador.»
Entonces él fija sus ojos pálidos, profundos y aterradores en mí.
2Juego de mesa infantil en el que se proclama ganador el primero en construir un objeto tridimensional parecido a un bicho, el susodicho «piojo», con una serie de piezas de plástico. Fue creado por William Schaper en 1948 y vendió millones durante años. En 2003 se incluyó en la «Lista de los Juguetes del Siglo» de la Asociación de la Industria del Juguete. (N. del T.)
Después de cenar, salgo a los escalones de atrás donde está sentado tío Loren y lo veo prender un fósforo en la hebilla de su mono de trabajo. Es casi de noche, pero siguen oyéndose disparos en la montaña.
Tío Loren no dice nada, se limita a achinar los ojos cuando el humo sube por su cara.
Retuerzo un mechón de mi pelo blanco y me lo pongo en la comisura de los labios.
Loren mueve las botas sobre el escalón.
«¿Cómo están los cerdos?», pregunto.
«Bien», dice.
Él fuma.
Yo me retuerzo el pelo.
«Tío Loren», digo, casi en un susurro. «¿Alguna vez has oído esta palabra…, “putosmamoneshijosdemilfiurzas”?»
Tío Loren se ríe, lanza la colilla haciendo que gire bajo la lluvia. Sisea en la hierba. «¿Por qué no vas y se lo preguntas a una de las de ahí dentro?», dice señalando la casa con el pulgar.
Recorro con el dedo índice uno de mis zapatos de vestir. Achino los ojos.
Tío Loren fija sus aterradores ojos pálidos en mí. Y me estremezco.
Al otro lado del paso a nivel está la perra negra de los Bean junto a una alfombra vieja, mirándome. «¡Yuuu-ju!», la llamo haciendo bocina con las manos.
Papá se ha ido a Oxford a trabajar en un banco… Está tardando en llegar a casa. Dicen que las carreteras están resbaladizas.
Doy un paso y estoy en el lado de los Bean. La perra negra me observa, el pelo del lomo se le eriza. Pero no ladra.
Paso por encima de una lata de espinacas llena de agua congelada, una pinza de la ropa, una cesta de Pascua, el volante de un coche.
Del hocico de la perra emana un aliento gélido. Me acerco al agujero rodeado de cucharas y latas de café. La perra arremete. Galopa de lado con patas rígidas de caballito balancín.
Digo: «¡¡Como me muerdas te enteras!!».
Miro hacia la puerta metálica cerrada. Ningún Bean.
Los ojos de la perra son de un blanco azulado resplandeciente. Sacude la lengua azulada. Yo digo: «¡Largo!», y le lanzo una botella de cerveza de una patada.
La perra empuja la botella con el hocico, la recoge con los dientes y la deja caer a mis pies.
«¡Vete! No estoy jugando.» Miro las ventanas de los Bean. Ninguna cara. La perra me olisquea los pies al andar. «Tú, perra Bean fea y mugrienta. ¡Vas a ARDER EN EL INFIERNO!»
Al borde del agujero hay un cucharón ondulado. «Así que este es el agujero», me digo para mis adentros. La perra me ve coger un desplantador. Apunto a la perra con él. «¡ZAS!», grito. «¡MUERTA al instante!» La perra parpadea.
El corredor del agujero se curva. Me deslizo de culo, me ayudo con las piernas, la entrada se reduce hasta no ser más que una vaga y remota nubecilla. Palpo botellas de refrescos por el camino. Un vaso dosificador. De arriba cae una piedra y hace ¡clonc! en mi hombro. Un reguero de tierra desprendida me pone el pelo perdido. Llego a una sala amplia y cálida. En cajas de manzanas hay lo que parece ser ropa de la Barbie y accesorios de la Barbie. Hay una butaca de tamaño normal.
«¡Ostras!», grito. Me siento en la butaca. «Esto es superacogedor.»
Me inclino hacia delante y tanteo las paredes de tierra, el suelo de tierra. Mi mano se cierra alrededor de una Barbie desnuda.
De repente suena un estallido en lo alto.
La tierra cálida se desprende, la siento como cientos de mariposas en la cara.
«Es DIOS», digo en un susurro ahogado. Se me va a salir el corazón por la boca.
Es Rubie Bean. Los neumáticos de su viejo camión maderero sisean sobre el camino de acceso de roca triturada de papá. Se oye el ¡ernk! del cambio de marcha.
«¡Oh oh!», me digo a mí misma. «Estoy atrapada en este agujero. Ahora no puedo subir.»
Una piedra del techo impacta en mis piernas estiradas.
Llegan más Bean. Tres o cuatro coches llenos. La puerta de la casa prefabricada se abre, se cierra, se abre, se cierra. Fuera, en el patio, niños Bean grandes como hombres corretean sobre la corteza terrestre por encima de mi cabeza. ZUMP ZUMP ZUMP ZUMP. Siento en el cuello suaves cachetadas de arena. Suena a que los niños Bean están lanzándole algo a la perra negra para que lo atrape. Suena a trozo de tubo de escape o a saber qué otra chatarra.
Oigo el coche de papá.
Al rato la voz de papá: «¡Earlene! ¡La cena!».
Está muy muy oscuro. Los Bean se han metido en su casa.
La perra está al borde del agujero, olisqueándome.
Pasan horas y horas y horas. Horas de oscuridad total.
Gimo para mis adentros: «Esta vez no me libro de la correa». Giro una y otra vez la Barbie desnuda entre mis dedos nerviosos. Murmuro: «Bueno…, pues no saldré nunca de ESTE AGUJERO y ya está».
Hay luz de nuevo en lo alto. La luz revolotea. Pataleo de botas. Bajan blandiendo una linterna: Annie Bean, Lizzie Bean, Rosie Bean. Me plantan la luz en la cara. «¿Qué haces aquí?», pregunta una de ellas.
«Nada», digo. Me ruge el estómago.
Hacen sonidos húmedos y viscosos al olisquear. Sus bocas abiertas producen eco. Llenan esta cámara de tierra con sus hombros anchos, sus cabezas anchas. La luz brutal filtra la tierra que se derrama del techo.
«¿Estás huyendo de la ley?», pregunta una de ellas.
«¡QUÉ VA!», grito yo. Mi grito hace que se resquebraje más el techo. Creo que me van a entrar arcadas por culpa de la luz que me proyectan en la cara. Por momentos logro distinguir una nariz Bean, un diente afilado. Enseguida se pierde en el resplandor.
«¿Estás huyendo de casa?», pregunta una de ellas.
Enfurezco. «¡No! ¡Ni hablar!»
«Bueno, ¿y cómo es que tu padre está ahí arriba sin parar de llamarte?»
Una de ellas empuja hacia la luz un plato con tarta. Solo se ve la tarta, el plato, la mano. La tarta es azul cielo. «¡Aquí!», dice una voz.
Sus ropas crujen.
«¿Qué es eso?» Arrugo la nariz.
«Nos la íbamos a comer, pero te la puedes quedar. ¿No estás muerta de hambre?»
Miro la tarta, achinando un ojo.
«No me he fugado», digo por lo bajini.
«Seguro que te caíste aquí dentro», dice una.
«¡Que no!», grito yo.
Distingo un ojo color zorro que se clava redondo y feroz en mí.
