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En la costa belga, entre edificios a medio construir y solares abandonados, un joven regresa a su ciudad natal, donde se cita con el hombre que fue su primer amor y con el que descubrió el sexo. En la intensidad del reencuentro, reaparecen los amargos recuerdos de la infancia y la adolescencia, las dudas, las inseguridades y, sobre todo, las huellas —todavía presentes— de la violencia ejercida por una madre que acaba de fallecer. De contenido semiautobiográfico y prosa certera, Los bordes es la sobrecogedora primera novela del escritor Angelo Tijssens, autor junto al cineasta Lukas Dhont del guion de Close, película ganadora del Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes en 2022 y candidata al Óscar. Con un universo literario próximo a los de Ocean Vuong y Douglas Stuart, Tijssens nos muestra a un niño marcado por el miedo, a un adolescente que descubre sus impulsos y a un adulto que ya no se atreve a pedir amor.
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Seitenzahl: 99
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Angelo Tijssens
Traducción de Maria Rosich
Editorial Dos Bigotes
Primera edición: noviembre de 2023
Segunda edición: enero de 2024
Original title: DE RANDEN by Angelo Tijssens
© 2022 Borgerhoff & Lamberigts
Por mediación de Marianne Schönbach Literary Agency B.V, Amsterdam y Ute Körner Literary Agent, Barcelona
© de la traducción: Maria Rosich Andreu 2023
© de esta edición: Editorial Dos Bigotes, S.L.
Publicado por Editorial Dos Bigotes, S.L.
www.dosbigotes.es
ISBN: 978-84-127657-1-7
Depósito legal: M-31500-2023
Impreso por Estugraf
www.estugraf.com
Diseño de colección: Raúl Lázaro
www.escueladecebras.com
Este libro fue publicado con el apoyo de Flanders Literature (flandersliterature.be).
La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ACE Traductores.
Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.
El papel utilizado para la impresión de Los bordes es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.
Impreso en España — Printed in Spain
Para Twinkles.
«Oh, no no no, it was too cold always(Still the dead one lay moaning)I was much too far out all my lifeAnd not waving but drowning».
Stevie Smith, Not Waving but Drowning
«It’s the disease of the age,It’s the disease that we crave».
Placebo, Protect Me From What I Want
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Agradecimientos
Notas el sabor a sangre y hueles el estuco mojado. Antes, hoy mismo, con un cubo medio lleno de agua tibia y una esponja vieja, has empapado los bordes del papel pintado, porque así es más fácil despegarlo de la pared con una espátula, teniendo cuidado de no arrancar trocitos de yeso sin querer. Olerás muchas veces más el estuco mojado cuyo sabor notarás en el fondo de la lengua. Vas a cambiar de casa al menos nueve veces más. Perderás todo lo que ahora posees. Todo lo que parece valioso, desaparecerá. Hay cosas que perderás de vista poco a poco; otras, las empeñarás a propósito para comprar comida o cigarrillos; otras, las quemarás, las regalarás, las dejarás atrás. Quieres gritar, pero no puedes porque una mano te oprime la garganta. La misma mano te empuja la cabeza contra la pared. Caen losetas de plástico negro, las viñetas más nocturnas de un cómic que se desmorona ante tus ojos. Ves los recuadros más oscuros, restos de pegamento en el reverso, restos de pegamento en la pared (y el tiempo que se había escurrido lentamente entre ellos, humedad y restos de jabón). En algún momento de prosperidad, a los anteriores habitantes de la casa, una pareja mayor que nunca tuvo hijos, les pareció buena idea quitar las baldosas anticuadas del baño y optar por el material del futuro: el plástico. Luego lo cubrirían con un papel pintado azul claro que tú, décadas más tarde, acabas de arrancar de la pared. Te corre sangre por el labio y la barbilla, y a ella, entre los dedos. Oyes el eco de su voz en el espacio en que las losetas se caen. No tienes nada, no llevas nada puesto y no eres nada. No para de repetírtelo, en voz bien alta: no eres nada. El baño resuena, y ahora también chapotea agua que se vierte por encima del borde de la bañera. No sabes qué has hecho mal, pero ya no importa. Le rodeas la muñeca con las manos, apretando tanto como puedes, pero parece que eso estreche el amarre alrededor de tu cuello. Cada vez oyes menos, pero ves que abre y cierra la boca. Sientes el olor a cigarrillos, y también el sabor cuando te escupe en la cara, aflojando un poco la presión, de modo que inhalas con fuerza justo antes de darte en la nuca con el borde de la bañera. Intentas con todas tus fuerzas no llorar cuando tu madre sale enfurecida por la puerta, cruza tu habitación, baja las escaleras, sale de casa, se mete en el coche, se aleja hacia la carretera, hasta que se hace el silencio. Hasta que empiezas a sollozar, jadeando, con la garganta llena de estuco, las losetas traidoras flotando en el agua, que ya se ha enfriado, conchas vacías en agua estancada. Haces un cuenco con las manos y te lavas la cara. Con un dedo, te palpas el labio, el interior del labio. Confirmas que no estás sangrando, de modo que lloras aún más fuerte. Calientas sopa sin encender la luz. Te duele la laringe al tragar, pero comes sin hacer ruido; nunca se sabe. Te tumbas, la Bella y la Bestia bailan por tus sábanas, pero tú finges que duermes y esperas que todo acabe pronto.
En esta época del año, los días se acortan y los estorninos se reúnen en los árboles que van quedando pelados y en los cables que cosen las torres de alta tensión como una cremallera gigante a través del paisaje. El viento sopla tierra hacia el mar y arena hacia los pólderes, por los lindes de los campos corren faisanes, hay erizos atropellados en el camino.
Uno de los árboles no sobrevivió a una tormenta y yace caído en el campo. Se ven las raíces, como una copia de la copa; hiedra alrededor de la corteza, como si la tierra quisiera devorarlo de un bocado.
En el centro de jardinería que hay un poco más adelante, el invernadero está a oscuras y también cubierto de hiedra; hace años que los cristales rotos dejan entrar la humedad y el frío y el calor, dando rienda suelta a las malas hierbas, sus trazos como braille contra las ventanas.
Acaba de oscurecer cuando paso con una bicicleta prestada por la carretera, el viento en contra. Ya se ha acabado el momento en que los pájaros cantan, justo antes de que el sol se ponga del todo. Los animales temen que la luz no vuelva nunca, y ahuyentan ese miedo con ruido, hablando, charlando sin parar entre ellos y los unos a los otros. Ahora están en algún lugar de las copas medio desnudas de los árboles, en silencio, al abrigo del viento. Se respira lluvia en el aire. Los pájaros lo saben.
Donde antes estaba el taller mecánico, ahora hay un parque infantil cubierto. La fachada del edificio blanco está pintada de un color tierra indeterminado. El supermercado está cerrado. En el aparcamiento, una bolsa de patatas fritas vacía baila al viento. La tienda de electrodomésticos está cerrada. El bufet libre donde hacían aquellas costillitas, también. Hace tiempo, ya, por lo que parece: las plantas del interior de las ventanas están secas; las ventanas, sucias. SE TRASPASA, pone. Entre la mesa y el cristal de la ventana hay restos de moscas de al menos cuatro estaciones. Íbamos de vez en cuando, a hartarnos a comer. Tablas de madera relucientes de grasa, olor a carne asada y carbón, patatas con piel envueltas de una en una en papel de aluminio manchado de ceniza, cubos de acero inoxidable en los que desaparecían las costillas roídas, bandejas llenas de restos animales. Debo de llevar diez años sin ir. Un cartel desconchado con forma de cerdito sonriente informa de que la sugerencia de la casa (sangría) cuesta solo cuatro euros.
Me pregunto si no voy a sudar demasiado, con este chubasquero, en esta bici, pedaleando contra el viento de este modo. Hay charcos que reflejan la luz de las farolas, algún coche de vez en cuando que me recuerda que este no es lugar para ciclistas. A la luz de los faros se ve la llovizna; nada más. Me pregunto qué voy a decir. Me pregunto qué dirá y cómo irá la cosa, qué aspecto tendrá, a qué olerá. Me pregunto si falta mucho; en mi recuerdo no estaba tan lejos, y ya llevo al menos media hora avanzando a duras penas contra el viento. Quizá es por eso, por el viento. No es culpa mía, yo hago lo que puedo para avanzar, no quedarme quieto, pedalear pedalear pedalear, sudando como un cerdo.
Reconozco el cruce; la carretera que va al pueblo de al lado, donde el carnicero hacía las mejores salchichas y cada tres meses se organizaban donaciones de sangre en el polideportivo. Colocaban camas de campaña entre las líneas de colores vivos del suelo azul, bajo las canastas de baloncesto. Aprendí que si estiras el brazo se ven mejor las venas, que algunas personas se desmayan cuando ven sangre (yo no) y que los homosexuales no pueden donar porque existe la posibilidad de que tengan una enfermedad y otras personas que no son homosexuales también se mueran. Al lado del polideportivo había una panadería.
Pasado el cruce, pasada la última hilera de sauces desmochados, la carretera se ensancha, lo suficiente para que un autocar lleno de niños pueda dar la vuelta. Giro. Me detengo.
Le envío un mensaje para decirle que he llegado y le espero en la puerta, que está cerrada con un candado pesado. Sujeto la bicicleta prestada. Un perro ladra. No veo nada. La luz naranja de la carretera no llega hasta aquí, hasta esta verja tras la cual empieza un camino sombrío, un gran agujero negro, listo para engullirme. Se me empañan los cristales de las gafas, me cuelgan gotas de las pestañas, de la nariz. Siento el sabor del ozono, los pinos. Me pregunto qué va a decir. Has llegado, dice, y entonces le veo, una sombra que hace tintinear un manojo de llaves. Veo sus dedos elegantes en el candado. Lleva un chubasquero que parece demasiado grande, como un fantasma de color verde musgo. El perro salta hacia él con entusiasmo mientras abre la puerta. Tranquilo, le dice, tranquilo, y yo repito sus palabras en mi cabeza. He llegado, digo en voz alta, y la puerta se abre con un chirrido. No le veo la cara, pero espero que esté sonriendo, así que yo también sonrío. Por un momento me veo allí plantado, con mi sonrisa boba y el pelo mojado. Sostengo el manillar con los dedos fríos. Él cierra la verja detrás de mí mientras el perro olisquea la bici, las bolsas, mis piernas, mis manos. Ven, le dice al perro, y yo asiento y le sigo hacia la oscuridad, esquivando los charcos, y él repite: has llegado. Sí, digo. No ha sido fácil. Con este viento, dice. Sí, digo yo, con este viento, y me callo que una hora antes, recién duchado y afeitado, había pensado que no iba a ir. Que no sería capaz.
Caminamos, ligeramente cuesta abajo, a través de la oscuridad. Ten cuidado, dice, y yo pienso: sí, suerte que me avisas. Piso un charco y me empapo, ahora del todo. Mi abuelo decía a menudo que la lluvia no traspasaba la piel. Me lo repito para mis adentros ahora que la capucha del chubasquero me cubre totalmente la cabeza, como si creara un vacío, como un fino celofán sobre una pechuga de pollo cruda. Pienso: no hay nada tan triste como un chubasquero calado por dentro. (Bueno: también una cuna vacía, una concha rota, un guante mojado en el alféizar de una ventana).
