Los brincus y la ciudad de Lyrac - Adriana Capdevila - E-Book

Los brincus y la ciudad de Lyrac E-Book

Adriana Capdevila

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Beschreibung

Si llegaste hasta aqui es porque tu curiosidad pudo mas… ¿Sabías que en el año 1665 Robert Hooke, físico inglés, descubrió la existencia de un elemento vivo de menor tamaño (la célula) gracias a un primitivo microscopio fruto de su invención y del que hasta ese momento se ignoraba su existencia pues solo se conocían dos reinos visibles al ojo humano? Así se demostró que había otros reinos en la naturaleza. ¿Y si te dijese que, después de leer este libro, podrás descubrir otros reinos que tus ojos físicos no ven pero que sí existen? ¿Te animas a entrar sin miedo a nada al maravilloso mundo de los brincus? ¿Serías capaz de abrir los ojos de tu corazón, dejar de lado tu raciocinio y compartir esta hermosa e inquietante aventura? Te propongo algo: que conozcas a varios de los personajes tan intrigantes y fascinantes como los druidas, además Rufo y Ventus; ellos te llevarán de la mano para recorrer los misteriosos caminos del conocimiento oculto y ancestral de la madre naturaleza…

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Seitenzahl: 128

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Capdevila, Adriana Cristina

Los brincus y la ciudad de Lyrac / Adriana Cristina Capdevila. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

116 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-204-0

1. Literatura Infantil y Juvenil Argentina. 2. Literatura Fantástica Infantil. 3. Narrativa Fantástica. I. Título.

CDD A863.9283

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Capdevila, Adriana Cristina

© 2023. Tinta Libre Ediciones

Prólogo

Si este libro ya está entre tus manos y comenzaste a leerlo, piensa bien… pues, después de haber entrado en este mundo mágico, ya no serás el mismo…

Considerarás que existen más cosas, que tus sentidos no ven ni perciben.

Cada párrafo te llevará a que utilices tu imaginación como nunca antes lo habías hecho y a que te introduzcas en un mundo fantástico, y a la vez real, del que te preguntarás: “¿Será cierto?”. Y te responderé que sí.

Comencé a escribir este libro para que sepas que hay cosas que existen en la naturaleza. Los verdaderos autores son los que fueron protagonistas de estas historias.

Los personajes y la ambientación están creados para que utilices tus cinco sentidos: únicamente así podrás deleitarte. Imagínate estar con ellos, vivir con ellos, ser parte de ellos. Solo así entrarás en su mundo…

Bienvenido, mi querido lector, a la ciudad de Lyrac…

Índice

Prólogo Pág. 7

Era una noche de tantas Pág. 13

Rufo y su más preciado secreto Pág. 19

El mundo mágico de Rufo Pág. 23

La curiosidad pudo más… Pág. 31

La magia continúa Pág. 37

Conociendo el Adventum de los Magos Sabios Pág. 47

Enfrentando a los sirons Pág. 55

El Gran Juego del Téctum Pág. 65

Viaje hacia las tierras del norte Pág. 81

La iniciación Pág. 99

Peligro en la ciudad de Lyrac Pág. 105

Los brincus y la ciudad de Lyrac

Adriana Capdevila

Era una noche de tantas

Era una noche de tantas… iluminada por una hermosa luna llena. Sebastián, un niño de once años, de cabellos ondulados, con un pequeño jopo que le caía en la frente y unas pecas que avivaban su rostro, salió al patio de su casa al escuchar tanto alboroto. Vio a Ciro, su perro, que, aunque eran las once de la noche, continuaba jugueteando con vaya a saber qué cosa. Esto llamó su atención; él era más bien tranquilo y en ese momento corría y saltaba por todos lados. Como esto lo inquietó, caminó muy despacio hacia él, quien ya se había echado, cansado de tanto jugar. En ese momento, Sebastián tropezó con algo y cayó de bruces al suelo. El tiempo se detuvo en ese instante; mientras su perro lo miraba de reojo, una voz muy bajita, casi imperceptible, llegaba a sus oídos:

—Hola, ¿Sebastián?

Desconcertado, miró hacia todos lados y no vio a nadie, se levantó de golpe y siguió buscando con la vista para ver de dónde provenía esa voz; fue entonces que, al mirar hacia abajo, sorprendido vio a un pequeño hombrecito con un bastón en su mano derecha, muy altivo, de cabellos blancos que le caían a los costados del rostro de ojos grandes y azules, bien arrugadito, que lo saludaba y le decía nuevamente:

—Hola, ¿Sebastián? Aquí estoy, ¿no me ves? —y tocándolo con su bastón en la pierna le indicaba donde estaba—. ¿No me escuchas?

—¡Sí!, te escucho, pero no sé quién eres —respondió asombrado por lo que veía y continúo—. ¿Quién eres? —Sin poder reaccionar, sus ojos se agrandaban cada vez más, tratando de explicarse de dónde había aparecido este hombrecito que lo saludaba tan cortésmente con su nombre. Para Sebastián, todo era tan extraño…

—Soy Rufo —contestó—. ¿Cómo estás, amiguito?

Era una personita muy pequeña que casi no podía divisar por las sombras que proyectaba el árbol. A Sebastián, sin entender absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo, le costaba hilvanar una oración concreta y más una frase, apenas pudo decir:

—Bien, bien.

Y habiéndose quedado absorto, continúo mirándolo, sin saber qué decir; pasaban por su mente un sinfín de preguntas que no podía vocalizar. Por fin tomó coraje, lo miró fijamente y comenzó a preguntar. Fueron tantas las preguntas y tan rápidas que ni las podía pronunciar completas. En ese momento intervino Rufo:

—Tranquilo, niño, no te haré daño, puedes preguntar lo que desees, pero hazlo despacio, pues no puedo comprenderte y, si no te comprendo, no podré comunicarme contigo.

—¿Quién eres? —Sebastián volvió a repetir la pregunta.

—Como te dije, me llamo Rufo y soy un elemental de la tierra.

—¿Y qué es eso?

—Trataré de explicártelo —y comenzó así a contarle quién era y de dónde venía—. Para que puedas comprenderme, te explicaré que los elementos de la naturaleza son fundamentales en el espacio-tiempo en el que suceden las cosas, por lo cual no se puede prescindir de ellos: el agua, el aire, la tierra y el fuego. Nosotros, los elementales de la tierra, somos los encargados de cuidar todo lo que está en ella, de pintar las hojas de los árboles en cada cambio de estación y de hacer muchas cosas más. Respetamos a la madre naturaleza, cuidando del reino vegetal y de otros reinos que nos necesitan en algunas ocasiones. En otro momento, te contaré algo más de nosotros, nuestra tarea es ardua, es decir, nos encanta hacerla, ¡pero es muchísima!

Mientras tanto, Ciro estaba muy tranquilo, con su hocico para arriba y miraba las estrellas. Este hombrecito parecía salido de un libro de cuentos y vestido de una forma nunca antes vista, llevaba un atuendo cuyas prendas estaban superpuestas unas sobre otras. Su rostro reflejaba una ternura infinita y su timbre de voz, tan suave que emanaba tanta paz; parecía muy viejecito por sus arruguitas. A pesar de su tamaño (apenas unos 30 a 40 cm) podía comunicarse con facilidad y darse cuenta de que debería explicarle a Sebastián más de lo necesario; así continuó hablándole:

—En realidad, hay muchos como yo y estamos para cuidar cada cosa del planeta en que tú vives. No nos dejamos ver a simple vista, aunque sí pueden ver los efectos de nuestras acciones; solo en casos muy especiales y por alguna razón en particular, tratamos de comunicarnos con alguien y les contamos algunos de nuestros secretos, para que a su vez puedan difundir el mensaje.

—¿Tú me contarás esos secretos? —reparó Sebastián—. ¿Y si no me creen?

—Alguien te creerá…

—Cuéntame, entonces.

El pequeño hombrecito lo invitó a sentarse junto a él y así comenzó a contarle sobre su mundo maravilloso.

—Escucha, Sebastián, la mayoría de las personas que saben que la magia existe no niegan nuestra existencia y nos denominan gnomos o duendes, aunque, en realidad, nos llamamos brincus. Te lo contaré en otro encuentro, en el que verás muchas cosas maravillosas, para ti, inimaginables, para que las puedas contar. Y así siguió hablando mientras las horas pasaban…

En ese momento las luces del alba se percibían suavemente, el tiempo pasaba muy rápido para Sebastián; a Rufo en cambio todo le era totalmente distinto a lo nuestro. La noche levantaba su velo y todo comenzaba a distinguirse claramente.

De pronto Sebastián se levantó sobresaltado de donde estaba sentado escuchando a Rufo, y un sonido de trompetas llegó de repente a sus oídos; un sueño muy profundo lo invadió y sintió como sus párpados se cerraban suavemente. Algo mágico sucedió y sin darse cuenta se encontraba acostado en su cama, con el asombro de no saber dónde estaba. Luego su mamá entró al cuarto y sorprendida preguntó:

—¿Pasa algo, hijo? Te noto extraño. ¿Estás bien?

—¡Sí, mamá! Estoy bien despierto —respondió Sebastián.

Acto seguido saltó de la cama, se vistió y se sintió con tanta energía como nunca le había ocurrido, pudo realizar muchas cosas a la vez; sin embargo, no había dormido en toda la noche escuchando lo que ese pequeño ser le contaba. Aun así, continúo con su tarea diaria, tomó el desayuno y salió caminando hacia su escuela.

Esa mañana no era una de tantas, el sol hacía que los arbustos proyectaran su sombra; Sebastián caminaba pensativo tratando de rememorar lo ocurrido y de algo estaba seguro: lo que había vivido era real. Había pasado toda una noche en el patio de su casa debajo del frondoso árbol de roble y nadie lo había notado. «¿Qué sucedió?», pensó. Aunque le contara a su mamá, jamás le creería. Después de lo vivido, tenía muchas cosas para pensar, pero ya tendría tiempo de organizar sus pensamientos. Se sentía como parte de todo lo que le rodeaba; en el fondo de su corazón estaba muy contento de haber compartido esos momentos tan increíbles. Al salir de la escuela, lo compartiría con sus amigos…

Esa noche no sería una de tantas; habría muchas más… Seguramente, en los próximos encuentros con Rufo hablarían sobre su comarca.

Rufo y su más preciado secreto

Se juntó con sus amigos en una plaza y sin más les comenzó a contar parte de lo que había vivido. Sebastián se esmeraba para tratar de explicar quién era este pequeño del cual no le creían lo suficiente, aun así, lo escuchaban atentos mientras que con lujo de detalles rememoraba cómo había sido el momento. Pero muchas cosas quedaron guardadas en su corazón, simplemente les explicó cómo había salido de improviso en la noche. Más adelante les contaría algo más, creyó que era suficiente lo relatado.

Habían pasado unos días y, a pesar de que salía todas las noches, nunca volvió a encontrarse con Rufo. Sin embargo, una siesta, cuando estaba sentado bajo el árbol estudiando para un examen, sintió una sensación extraña como la noche en que alguien pronunció su nombre. Dejó a un costado el libro y prestó más atención, y entre las hojas caídas venía caminando muy despacio Rufo; él era quien lo llamaba, saludándolo:

—Hola, ¿cómo estás?

—Muy bien —respondió—. He esperado por ti varios días, salía por las noches para encontrarte, pero no te vi.

—No siempre podrás encontrarme, sino solo cuando sea el momento preciso. Ahora que te veo interesado en saber, estás preparado para escuchar… Caminaremos juntos hacia aquel árbol. —Y hacia allá fueron. Al estar frente al árbol, Rufo pronunció una palabra; el tronco muy suavemente comenzó a abrirse y a partir de ese momento su vida cambió, puesto que ese fue el mejor regalo, su más preciado secreto.

Sebastián comenzó a contar la experiencia vivida a sus amigos y dijo:

—La recordaré por siempre, pero jamás la repetiría sin su permiso; fue un instante mágico. Todo resplandeció, una luz salió desde adentro y me encegueció, pero fue solo un instante, al pasar los segundos comencé a verlo todo más nítido. Entramos, mis ojos eran pocos para poder captar todo al mismo tiempo, tanta belleza; una pequeña ciudad, algo que nunca hubiese imaginado. Me es difícil poner en palabras lo que vi, había casitas que estaban construidas como en círculos, sus techos eran de variados colores y con forma de cono, también eran circulares; las paredes eran de otro color y desde arriba de ellas caían flores en ramilletes hasta el suelo, como si fuesen cascadas. Estas eran diferentes, nunca las había visto, las calles no eran de tierra, eran de un material de color verde azulado. Y al caminar te sentías como si pisaras en algodones, lo que hacía muy suave el andar. Si tengo que compararlo con algo de lo que conocemos, podría describirlo como ese musgo verdecito parecido al que vemos en algunos troncos de los árboles cuando hay humedad.

“Las personitas era como si no me percibieran, cada una estaba en lo suyo. Solo algunos niños corrían y reían. Las flores y plantas colgaban desde lo alto, sin que nada las sostuvieran. En ese momento una armonía se adueñó de todo mi cuerpo y una música muy suave llegó a mis oídos, era tan tenue que apenas podía sentirla. Un aroma sumamente exquisito inundaba el lugar, pero no me animé a preguntar de dónde provenía y supuse que podría ser de las esencias de aquellas flores. Seguimos caminando y nos sentamos en una enorme roca muy cómoda, tal cual un sillón, de un color muy raro; nunca había visto ese color, fue muy extraño para mí, eran muchos colores en uno solo, y fue allí cuando comenzó a relatarme otra historia que se las contaré en otro momento…

Sus amigos al escuchar esto quedaron perplejos, pero estaban seguros de que Sebastián volvería para seguir contándoles y, de no ser así, habrían escuchado algo increíble, que jamás olvidarían…

El mundo mágico de Rufo

Como siempre, Rufo aparecía de improviso, jamás se sabía cuándo sería el día o la hora, pero de algo estaba seguro: que lo volvería a encontrar y siempre debajo del árbol.

Pasaron varios días y no volvió a saber de Rufo, había perdido el entusiasmo; no obstante, estaba feliz de haber conocido en ese breve tiempo la ciudad mágica con tanta belleza, sus ojos quedaron más que impresionados y satisfecho estaba su corazón.

Un día, cuando el sol estaba en el cenit y su mamá entraba después de haber recogido unos tomates de su pequeña huerta, tuvo una sensación, como si alguien lo estuviese mirando, se quedó afuera, caminó hacia el tronco del roble y, al detenerse, miró hacia todos lados sin divisar a nadie. Decidió quedarse allí y, segundos más tarde, el tronco se abrió y salió caminando Rufo bien erguido, con su pequeño bastón en la mano. Le hizo señas con este para que fuese hacia donde él estaba. Al entrar, el tronco se cerró, y se quedó así dentro de la ciudad. Caminó hasta llegar a Rufo, quien le indicó que siguiera caminando un poco más, hasta una casita con jardín; a su alrededor estaban las flores infaltables que emanaban su perfume, y piedras de colores en el suelo que indicaban el camino para entrar.

La pequeña puerta de madera lustrosa se abrió y con su bastón le indicó que pasara. Cuando lo hizo, quedó asombrado al ver que de las paredes emanaba una luz muy tenue que iluminaba el lugar; una pequeña mesita con sillones mullidos a su alrededor adornaba el recinto y lo que nunca faltaba eran las flores. En su interior cada cosa estaba en su lugar, como si todo hubiese sido pensado para que se vea y se sienta en armonía plena. Al sentarse, se sintió invadido por una paz absoluta y así con esa calma comenzó a escuchar a Rufo:

—Sebastián, te voy a contar quiénes somos. No sabemos en realidad cuándo comenzó todo, pero, mucho tiempo atrás, nosotros no vivíamos escondidos como ahora, es decir, podíamos comunicarnos con todos los seres vivos de este planeta y con los humanos también. No se sabe bien ni cuándo ni por qué los humanos dejaron de vernos y entraron en un sueño muy profundo…

—Pero si estamos todos despiertos —interrumpió desconcertado al escuchar esas palabras—. Solo nos dormimos cuando tenemos sueño. ¿Por qué me dices eso?

—No es fácil de explicar —continuó Rufo—, pero te haré unas preguntas y seguro que al respondértelas en tu interior sabrás a lo que me refiero. ¿Por qué cortan los árboles? ¿Por qué hay niños y grandes que matan a los animales sin que estos les hagan daño?, o bien, ¿los encierran? ¿Por qué ensucian los ríos donde ustedes se bañan? ¿y los mares? Los animales que viven allí mueren de a miles, pues las aguas están contaminadas y ¿quiénes las ensucian? El aire que respiras no es totalmente puro, ¿lo sabías?

—No, no lo sabía, yo lo siento muy bien.