Los Buguis - Joe Iljimae - E-Book

Los Buguis E-Book

Joe Iljimae

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Beschreibung

Unos muchachos buscan venganza, juegan a la guerra, crían perros de pelea y, en medio de este entorno hostil, exploran una ambigua sexualidad. Ñaña será el escenario que cobijará a estos seres llenos de rabia y que solo pueden expresarse mediante la violencia. Justamente esta será la clave para entender un libro plagado de escenas feroces y que incomoda al lector por la cruda descripción del más cruel de los mundos: el de los niños que van convirtiéndose en adolescentes. Escrito con un lenguaje sutil y trepidante, Los Buguis retrata con solvencia la furia de una sociedad marginalizada. Dos cosas podrían resumir a Joe Iljimae (Lima, 1991): la literatura y los deportes extremos. La imbricación de ambos universos nace durante su adolescencia, cuando practicaba skateboarding y leía en sus descansos a Reynoso y a Petrus Borel. Periodista accidental y gestor de contenidos web. No puede dormir en los aviones. Estudió en un colegio adventista, situación que lo obligó a forjar una mirada indisciplinaría y disidente frente al mundo. Contaminado por las series de televisión, los juegos de video y la ciencia ficción, descubrió que no existen paraísos perdidos. De alguna manera se las arregla para seguir viendo los X-Games y para pasear en motocicleta por las periferias. Su epitafio dirá: "voy y vuelvo".

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Seitenzahl: 147

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Dos cosas podrían resumir a Joe Iljimae (Lima, 1991): la literatura y los deportes extremos. La imbricación de ambos universos nace durante su adolescencia, cuando practicaba skateboarding y leía en sus descansos a Reynoso y a Petrus Borel. Periodista accidental y gestor de contenidos web. No puede dormir en los aviones. Estudió en un colegio adventista, situación que lo obligó a forjar una mirada indisciplinaría y disidente frente al mundo. Contaminado por las series de televisión, los juegos de video y la ciencia ficción, descubrió que no existen paraísos perdidos. De alguna manera se las arregla para seguir viendo los X-Games y para pasear en motocicleta por las periferias. Su epitafio dirá: «voy y vuelvo».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los Buguis

Primera edición electrónica: octubre de 2020

 

© Joel Antonio Maldonado Pizarro

© Paracaídas Soluciones Editoriales S.A.C., 2020

para su sello Narrar

APV. Las Margaritas Mz. C, Lt. 17,

San Martín de Porres, Lima

http://paracaidas-se.com/

[email protected]

 

Composición: Juan Pablo Mejía

Arte de portada: Augusto Carrasco

Retrato del autor: Diana Gonzales Obando

 

ISBN ePub: 978-612-48358-1-0

 

Se prohibe la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio sin el correspondiente permiso por escrito de la editorial.

 

Producido en Perú

 

 

 

 

 

La primera pasión de los adolescentes no es amor

del uno por el otro, sino de odio contra todo.

 

Las tribulaciones del estudiante Törless, Robert Musil

 

 

 

 

Para Elías y los otros buguis

 

Los Buguis

 

 

1

 

—¡Tombos! —gritó Elías.

Entonces salimos huyendo, rabiosos, por el resonar de la sirena. La gresca reventó y los muchachos se esfumaron por las hileras de los viejos vagones atracados. Elías se quedó resistiendo como un furibundo perro de pelea hasta que él también tuvo que echarse a correr delante de los patrulleros.

—¡A El Puquio! ¡A El Puquio! —ordenó.

Traspasamos el riel del tren a toda velocidad y saltamos las cabezas filudas de las piedras, esquivando los oxidados tendales de las verjas. Aún seguíamos en la Estación Central de Ñaña y pensamos en llegar al río, a la parte más impenetrable de El Puquio para despistar a los perseguidores. La pandilla de San Pancho había desaparecido por la entrada de La Era, al otro lado del repecho. Minutos antes habíamos estado enfrascados en una pelea por el dominio de la zona. Elías y Miguel batuteaban el guerreo, mientras que nosotros los cubríamos. Ellos eran los más fuertes y bravos de Los Buguis, con quienes siempre rebatíamos a pedradas a los pandilleros de San Pancho, nuestros eternos enemigos.

Cuando llegamos al río, nos camuflamos entre los bejucos y jaulones de metal. El sol bombeaba con furia sobre nuestras cabezas. Caía como un gigantesco manto de fuego encima de toda la llanura. Era verano y el calor lo aplastaba todo. Observamos a unos gallinazos que danzaban en círculo alrededor de una carroña. Elías, furioso, les lanzó un ladrillo.

—¡Maricas! —gritó, mientras las aves huían despavoridas.

Aún seguía excitado por el influjo del guerreo. Casi habíamos ganado la bronca de hace un rato, casi habíamos aplastado a la cuadrilla de San Pancho. Elías estaba enojado y tenía una sombra de frustración en la mirada. Me acerqué y le puse una mano en el hombro para tranquilizarlo.

—Ya fue —dije.

Al punto, los otros muchachos nos rodearon. Parecían haber salido de un foso o de algún cuarto de tortura. Pude ver cómo el odio brillaba en el fondo de sus ojos. Querían seguir peleando por su barrio, querían reventar a los gorilas de San Pancho.

—Ya los teníamos jodidos —exclamó Miguel—. Si no hubiera sido por los tombos, los habríamos partido.

—Sí —remató Jesús—. Esos cagones tienen suerte.

Un gallinazo alzó vuelo y trepó con pereza por el aire. Era el único pajarraco que planeaba encima de nosotros. Al verlo a contraluz, parecía un lunar oscilante en el rostro del cielo.

—Eran más que nosotros —dijo Elías y recogió una piedra de tamaño regular—. Como diez.

—¡Más! —señaló Roberto—. Veinte o treinta.

—No exageres —dije—. No eran más de diez.

Elías arrojó la piedra al río. La luz del sol le bañaba el rostro dejando ver las perforaciones del acné en su piel.

—Ya tendrán su merecido —dijo.

—Sí —apoyó Miguel.

Una arañita había escalado hasta la punta de una roca. Nos miraba al mismo tiempo que movía sus filudas patas. Después de un rato, tras prender un cigarrillo, la quemé con el rescoldo.

—Vamos a El Puquio —dije.

—Vamos —contestó Elías.

El Puquio estaba a unos doscientos metros del río, cerca al corral de toros más grande de la zona. Era una suerte de estanque rodeado de arbustos y piedras que sobresalían como cráneos. En su interior nadaban bagres y renacuajos. Algunas ratas anidaban también en sus proximidades y, cuando las molestábamos, saltaban desesperadas hacia el agua. Nos gustaba aquel punto porque era un sitio alejado de los grandes y porque tenía la fauna más repelente del lugar.

—¡Una carrera! —grité.

Salimos disparados hasta llegar al margen del lago. Una vez allí, nos pusimos a fintear y a empujarnos unos contra otros y luego, cuando el calor se elevó al máximo, nos desnudamos. Roberto y Miguel exhibieron unas marcas violáceas que teñían parte de sus cuerpos: eran moretones producto de la bronca. Parecían pequeños círculos de sangre, bolitas cárdenas que sobresalían como orugas aplastadas. Yo me lancé a las aguas de El Puquio pensando en lo limpio que había quedado mi cuerpo después de la pelea. Nadé hasta chocar contra una roca y después me sumergí como una rata. Al salir a flote, vi a todos chapoteando en el agua.

—¿Dónde está Jon? —pregunté.

—Acá no está —dijo Miguel buscando entre las cabezas que sobresalían del estanque.

—¡Puta madre! —exclamó Elías. Su fibroso cuerpo emergió fulgurante en la orilla. El acné también había empezado a comerse parte de su espalda.

—Ojalá no lo hayan chapado los tombos —dijo Roberto a la vez que se ponía un polo.

—No digas huevadas...

Nos vestimos y salimos en busca de Jon. A esa hora el sol escupía fuego sobre Ñaña. Sofocados, desandamos todo el camino de El Puquio y llegamos otra vez a la ribera del río. Los gallinazos seguían devorando su carroña, pero no había ningún rastro de nuestro amigo.

—¿Y si se quitó a su casa? —preguntó Miguel.

En aquel momento, un avión pasó por encima de nuestras cabezas. Su convexo buche traspasó las nubes imitando el recorrido de un descomunal aguijón. Todos lo observamos.

—No creo —dijo Roberto al cabo de un segundo—. Debe haberse metido en los vagones.

—Vamos a buscarlo —exigí.

—No podemos regresar —me contradijo Miguel—. Los tombos deben estar cerca... Además, todo es la culpa del enano.

—Tiene razón —opinó Jesús—. Mejor vamos a su casa.

—¿Y si no está? —pregunté.

—Lo esperamos —sentenció Elías.

La respuesta no me gustó del todo. Jon era el más pequeño de la banda; el más tranquilo también. Nunca había ganado una sola pelea y sus piernas eran demasiado cortas para correr a nuestro ritmo. Le gustaba vagar con nosotros y sacar a pasear a su enorme perro Draco. Se había unido a Los Buguis porque no tenía otro camino. ¿Qué opción podía tener un niño cuando el barrio entero era de un equipo de fútbol diferente? ¿Qué podía hacer cuando sus amigos iban contentos a reventarse en las grescas callejeras? Un imán colectivo había empujado a Jon a ser uno de Los Buguis. Y no se quejaba. Era feliz empozado en su condición de aprendiz, de cachorro. Estaba siempre en los ensayos de guerreo, en las excursiones a El Puquio, en las reuniones de cuadrilla, en las pequeñas transacciones de pitillos.

—No podemos esperar —dije exaltado—. Lo pueden chapar los tombos o los cagones. Tenemos que ir a buscarlo.

—No —volvió a repetir Miguel—. Es su culpa. Tiene que aprender a ser un bugui. Toda la vida la misma huevada. Si no sabe cuidarse solo, peor para él. ¿Acaso eres su viejo?, ¿o fácil eres su mamita?

—¡Hijo de puta! —vociferé y me lancé sobre él, enfurecido por tomar la desaparición de Jon como la de un simple perro. Estuve a punto de cogerlo por el cuello y estrangularlo, pero un brazo me detuvo y me tiró al suelo como un pedazo de basura.

—No, Fernando —dijo Elías con calma—. No.

Me levanté de un salto.

—¡Pendejo! —le grité—. ¿Tú también te cagas en los patas?

—No —contestó—. Yo me encargo de cuidarlos a todos.

—¡Mentira!

Un puñete se estrelló contra mi cara y me dejó en shock. Vacilé por dos segundos y caí nuevamente al suelo. Elías me miraba impasible, como si nunca hubiera soltado el golpe, como si nunca se hubiera movido de su sitio.

—¡Por qué! —grité— ¡Por qué!

—Cálmate —dijo.

El murmullo del río comenzó a crecer después de aquel golpe. Nos quedamos sumidos en un silencio hosco, triste. Era la primera vez que Elías me golpeaba. Siempre habíamos sido buenos amigos, grandes camaradas de guerra. Me puse de pie cogiéndome el rostro. Estaba adormecido y caliente. Me sentía confundido y todo se deslizaba a gran velocidad por mi cabeza.

—Tú y yo iremos a la Estación —me dijo—. Los otros irán a buscarlo a su casa.

El río avanzaba furioso por encima de las piedras. Era como si se burlara de nosotros con una sostenida carcajada. Arriba, en el cielo, un grupo de gallinazos se mecía en el aire en busca de una presa. Tenían traza de adolescentes desamparados. Se parecen a nosotros, pensé con desánimo.

—Pero es peligroso —objetó Miguel.

—Los tombos deben seguir dando vueltas —dijo Roberto.

—Y los de San Pancho pueden estar cerca —agregó Jesús.

Elías observaba en silencio la invicta carrera del agua. De pronto, enojado, gritó fuera de sí:

—¡Somos Los Buguis, carajo! ¡Los Buguis!

Una vez más nos quedamos mudos.

—Vayan a su casa —ordenó—, y si no lo encuentran, búsquenlo en el barrio.

—¿Y ustedes? —preguntó Roberto.

—Nosotros iremos a los vagones —dije con un fugaz viso de orgullo.

—Cuidado con los tombos —balbuceo Jesús—. También con los cagones. Ya saben, es su barrio.

—No pasa nada —dijo Elías.

Ambos partimos con dirección a la Estación Central de Ñaña. Los otros treparon el repecho de polvo y piedra rumbo al barrio. Jon, hijo de puta, ¿dónde te habías metido? ¿Por qué demonios no corriste con nosotros? ¿Por qué siempre te gustaba meterte en problemas? ¿Tenías que formar parte de Los Buguis? ¿Alguna vez fuiste un verdadero bugui?

—Fernando —dijo Elías y me tomó del brazo. Estábamos muy cerca a los vagones del tren, a unos cien pasos del establo Las Cadenas—. Eres un buen amigo, un gran muchacho...

—Soy un bugui —le contesté feliz.

 

2

 

No le crean al idiota de Fernando. La verdadera historia ocurrió dos días después de la bronca con los cagones de San Pancho. Elías y Fernando fueron a buscar a Jon por las filas de los trenes, pero no lo encontraron. Nosotros tampoco pudimos encontrarlo y eso fue peor.

Ese día, Elías salió de la casa de Jon con los ojos repletos de rabia. Su piel amarillenta, casi enfermiza, parecía la de un viejo. Caminaba como un zombi y había algo horrible en su mirada. ¿Quién podía adivinar lo que sucedía en su interior? Era el jefe y nosotros lo respetábamos por eso. Bueno, no todos. Pero sí la gran mayoría. Si él quería estar lleno de furia, pues era su problema. De esa forma llegó hasta nosotros y, tras cimbrearse por algunos segundos, cayó de rodillas en la tierra.

—¡Hijos de puta! —gritó—. ¡Conchesusmares!

Todo el barrio quedó conmovido por la familia de Jon y por Jon mismo. Nos sabíamos culpables, cogidos por las garras de un oscuro crimen. Pobre Jon, me dije entonces, no debió alejarse de nosotros, no debió dejar de correr a nuestro lado. Pero esas pequeñas piernas, esos pies planos, esa terrible mala suerte, lo fregaron como siempre.

—Hay que vengarse —exclamó Fernando, apretando los puños.

Nunca me había gustado Fernando, siempre andaba con sus aires de sabiondo y genial. No sé por qué rayos paraba con nosotros. Siempre había dicho que prefería más los libros que las broncas, el frío que el calor, el porno que el fútbol. ¿Quién chucha se creía ese huevón?

—Sí —grité mirándolo—. Hay que cagarlos.

Lo dije pero no sabía cómo lo haríamos. Supongo que no podía quedarme callado después de haber escuchado al baboso de Fernando.

—Roberto —llamó Miguel, llevándome a un costado—: no están todos Los Buguis... Tráelos.

Me di la vuelta y salí en busca de los otros buguis. Un pequeño grupo de muchachos se había reunido alrededor de Elías formando un desordenado disco humano. Tenían los rostros contraídos y los puños apretados. Cada movimiento de su cuerpo tenía algo de salvaje, de animal. Si algún adulto se hubiera atrevido a reprenderlos en aquel momento, lo hubieran hecho polvo en el acto. Los más grandes fumaban y los pequeños se empujaban entre ellos. Algo tenían en sus ojos que me parecieron pozos llenos de terror. Los dejé allí y avancé hasta la primera casa.

Una vez frente al portón, empecé a lanzar fuertes silbidos desde el poste.

Nuestra banda, como casi todas las pandillas, tenía una singular manera de silbar que la diferenciaba de las otras. El sonido era la copia del runrún que hacen esos cuetecillos que salen disparados hacia el cielo. Un largo chiflido que termina en una mediana y rápida explosión.

Los silbidos, como los choques de puños o los gestos con las manos, son los viejos códigos que posee cada barrio, son las pequeñas contraseñas que propulsan los engranajes de la cuadra, las señas de reconocimiento entre camaradas. A veces, cuando uno crece o rompe con todo su pasado, lo único que queda es la resonancia del silbido. De este modo, se llega a convertir en la cicatriz de lo que fuera el viejo barrio.

Tras silbar por unos segundos, salió mi amigo Diego.

—Hay reunión —dije.

—¿Reunión?

—Sí, por lo de Jon... Vamos a cagarlos.

—¡Chucha!

—Anda donde Elías —dije—. Allá se están reuniendo. Voy a llamar a los demás.

Mientras caminaba a la siguiente casa, saqué de mi morral una pequeña lata de aerosol. Lo sacudí en el aire y escribí «Los Buguis» sobre un muro recién pintado. «Los Buguis». Repetí la operación en dos o tres muros más. En el último bloque escribí: «a mi amigo Jon, el mejor bugui». No estuve seguro de tal afirmación, pero me hizo sentir bien.

Llamé, por fin, a los muchachos que faltaban y luego fui en dirección a la casa de Elías.

Lo primero que escuché al llegar fue el torrente de mierda que salía de la boca de Fernando. Pobre Jon, me dije entonces, si escuchara a este cobarde cancelaría de golpe la reunión.

«Así que por más miedoso que haya sido Jon, era parte de Los Buguis, parte de nosotros, parte de la furia que ahora tenemos guardada en el corazón. ¡No podemos quedarnos con los brazos cruzados! ¡No! ¡No!», finalizó y mostró su puño a la pandilla.

Pobre imbécil. Algo había en él que lo hacía demasiado pretencioso, demasiado fantasioso en cada cosa que decía.

—¿Qué le pasa a ese huevón? —preguntó Jesús—. Parece un tarado.

—No —opiné con sorna—, parece un ángel.

De pronto, Elías se puso de pie. Lo vi tambaleante, pero con firmeza en la mirada.

—¡Vamos a cagar a esos gorilas! —exclamó

Levanté la mano.

—¿Cómo vamos a vengarnos?

—Vamos a entrar a su barrio —contestó—. Vamos a entrar a su barrio de mierda y reventar al primero que cojamos.

—Pero ellos no tuvieron la culpa —dijo Jesús.

—¡Y tú qué sabes! —le contestó Elías.

—¿Y si fueron los tombos? —observó Diego.

—Los tombos no hacen esas cosas —dijo Miguel—. No sean cojudos.

—Puta madre —dijo Fernando mirándome—. Ustedes se olvidan de Jon... ¿les gustaría estar en su pellejo y ver que sus amigos, sus patas, no hacen nada por vengarlo?

¡Conchesumare! ¿Quién se creía ese imbécil?

—Pero entrar a San Pancho está jodido —dijo Jesús.

—Y además —agregué—, ya deben sospechar de nosotros.

—¡A mí no me importa! —exclamó Elías—. A mí no me importan esos cagones.

—A mí tampoco —dijo Fernando al punto que apoyaba a Elías.

—¿Y piensas batutear la entrada, Fernando? —pregunté socarronamente—. ¿Piensas ser el primero en entrar?

—Sí, supongo que sí —contestó—. ¿Por qué?

—Porque no tienes los huevos suficientes —dije.

—¿Tú qué sabes?

—¿Lo harías por Jon? —pregunté.

—No estamos discutiendo eso —dijo atravesándome con la mirada. Sabía que no era tan machito como para ponerse en primera fila contra la lluvia de piedras y fierros que nos lanzaría el enemigo. Solo Elías o Miguel podían esquivar, atacar y alentar al mismo tiempo. Fernando era demasiado lento para estar en las peleas. Volví a retarlo.

—Vamos, Fernandito —dije—. Si entras de punta, yo te sigo. ¿O tienes miedo? ¡Vamos! ¿No me digas que se te arruga el culo?

—¡Hijo de puta! —bramó y se tiró encima de mí. Me tumbó y empezó a soltarme buenos puñetes, férreos directos. Luego, cogió una piedra y estuvo a punto de estrellarla en mi cara. Miguel lo detuvo a tiempo.

—¡Qué mierda hacen! —dijo, y nos separó de golpe. Los otros chicos habían hecho un pequeño círculo a nuestro alrededor.

—¡Este idiota me está provocando! —gritó Fernando, señalándome. Yo seguía en el suelo, lleno de sangre. No sé cómo me di cuenta de que me faltaban dos dientes. Mi cabeza había empezado a girar como una violenta perinola.

—¡Ya basta! —exclamó Elías rojo de ira—. ¡Déjense de huevadas! Acá los enemigos son los cagones, los ca-go-nes... ¿entienden? Tenemos que hacerles pagar por lo de Jon... Si quieren desquitarse o mecharse, háganlo con ellos... No quiero ver más de estas cagadas.

El silencio se volvió espeso.

—Vamos a entrar a San Pancho mañana por la tarde —continuó—. Nos reuniremos en El Puquio a las doce, luego avanzaremos hacia los vagones. Ya saben, sin arrugar... Al primer cagón que chapemos, lo reventamos. No quiero que entremos por las huevas. Por eso, solo iremos siete, solo siete, ¿me oyen? Miguel y yo en la punta y el resto como siempre, cubriendo...