Los compradores de ojos - Carlos Allendes - E-Book

Los compradores de ojos E-Book

Carlos Allendes

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Beschreibung

Los compradores de ojos y otros relatos es la primera colección de una serie que quiere llevarte a pensar en otras realidades. El cuento elLA está inspirado en viajes entre Malmö y Köpenhamn. El misterio de Torrlösa está basado en parte en sucesos reales. Los compradores de ojos está inspirado en sucesos verdaderos en Sudamérica. Los otros relatos son inspirados en la vida y recuerdos de la infancia.

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Seitenzahl: 194

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Índice

Señales

Kim

El lápiz de grafito

El libro

elLA

Los Compradores de Ojos

Las piedras mágicas

El Misterio en Torrlösa

Sobre el Misterio en Torrlösa

En el principio creó Dios los cielos y la #erra

Dedicatoria

A Verónica que quizá esperaba que fuese realidad y no otro de los sueños de este relatador de cuentos y que nunca llegaron a publicarse.

A mis hijos y nietos.

A mis hermanas, primas y primos. A quienes fueron mis vecinos. A mis padres ya fallecidos, a los abuelos ya fallecidos.

A las monjas en el año preescolar, a las damas inglesas de la escuela en los primeros grados, thanks.

A los excelentes maestros del Liceo y los profesores en las Universidades que me acogieron.

A las personas que he conocido durante los viajes y que amablemente prestaron oídos a mis sueños y a mis ocurrencias.

A las generaciones futuras que leerán estos relatos sin entender parte de ellos por causa de las diferencias que el tiempo genera.

A los viejos de esas generaciones que verán cumplirse algunas de la afirmaciones que estos relatos tienen.

SEÑALES

Después de varias semanas con un rito - se encuentra en internet por si te interesa - un rito que cambiaría mi vida, de ser aburrida y vacía como cesante a una vida triunfante, me decidí por abandonar el rito. Porque mi vida seguía tan aburrida como antes del ritual. Me decidí a terminar una mañana, cuando desperté al oír música.

Estaba en la parte final de un sueño. Un sueño que por una vez era erótico, muy agradable, para decirlo de una manera correcta.

Estaba a punto de besar a la mujer. Uno de esos besos que solamente ocurren en las películas. Milésimas de segundos antes de despertar, o quizás fue mientras despertaba, se escucharon unos tonos simpáticos. Esas notas me hicieron perder el hilo del sueño.

No me importó que perdiera el final. La sensación era fantástica. La alegría era enorme, había pasado mucho tiempo desde el último sueño así. Tan pronto como yo inicié la sesión en la realidad me di cuenta. ¿De qué? De lo estúpido que era el caminar casi a tropezones en la casa, con las zapatillas de levantarse intercambiadas en los pies antes de irse al trabajo - ese era el ritual - esperando que esa conducta obligara al cerebro a pensar diferente. Ello haría cambiar mi vida. Porque de esa manera se conectan de nuevo algunos circuitos en el cerebro.

¡Por favor! ¿Por qué creí yo eso? ¿Reconectar el cerebro? Me decidí a terminar con el rito porque era ridículo. La mujer y la música me hicieron ver que la vida es más que el éxito y el dinero.

¿La música entonces?

Eran castañas. Castañas que al caer sobre el techo del garaje lograron hacer una melodía.

Después del desayuno - finalmente un desayuno con la zapatilla de levantarse correcta en cada pié - me quedé pensando en las castañas. Encendí la radio, por si la música aparecía. Una idea tonta. Por la mañana es más hablado el repertorio. Seguí pensando. ¡De repente caí en la cuenta!

¡Las castañas eran una señal! Una señal que yo hubiese pasado por alto. A no ser por la alegría que la música me había dado. ¿Cuántas veces había yo perdido señales en mi vida? Difícil de saberlo. Un poco irritante. Preocupante. Angustiante.

¡Obvio que yo había perdido muchas señales! ¿Todos pierden el tren alguna vez, no? Mi vida no solamente era aburrida, yo mismo me había transformado, de ser una persona normal a ser un ente gris, un ser antisocial. Debido seguramente a que yo no había sabido leer las señales. O debido a otra causa.

El que yo había perdido señales se debía simplemente a que nadie me había enseñado. Lo que no aprendiste como niño… es imposible saber como adulto. Nadie en la familia había siquiera cuchicheado en mis oídos sobre las señales.

Ni siquiera mi abuela me había hablado sobre ello. Y eso que mi abuela era muy sabia. Posiblemente una buena lectora de señales.

Que la escuela debió haberme enseñado… Olvídate. Yo fui a una escuela privada. Donde solamente recibíamos conocimiento. Todo lo demás se suponía que lo recibías en casa. Y en mi caso tenía yo unos agujeros enormes desde casa. Carencias emocionales. Nada de raro que yo había perdido entre otras cosas las señales. A veces lo tenía yo muy difícil a la hora de leer a las personas. No obstante podía leer muy bien a los animales.

¡Entonces! Nada de quebrarse la cabeza pensando en las señales perdidas. Señales que yo seguramente no habría sabido interpretar. ¿Existen realmente señales para nosotros en la vida? Si esa señales existen ¿de dónde provienen? ¿De fuera de nosotros? ¿Del cielo? ¿De Dios? ¿De nuestra mente?

¿No es así que cada uno forma su propio Destino? Mmmmm… ¿Existe el Destino? Por cierto ¿qué es el destino realmente? Si no una cadena de sucesos que pueden conducirte a algo bueno, algo más o menos o algo malo?

De todas maneras: si nuestras vidas son predestinadas, entonces no existen señales ¿verdad? ¿O no? Podemos elegir como queremos, el resultado en cambio no lo podemos cambiar. Pero… ¿no había oído yo a veces historias de personas que habían recibido señales?

Si. ¿Sobre personas que habían ignorado las señales con consecuencias catastróficas? Naturalmente que si. Y varias veces.

Entonces era verdad. Las señales existen, han existido y existirán. Reflexioné sobre la lista de los castigos que le caen al que no toma en cuenta las señales - por ejemplo las cartas cadena - y esa lista es tan larga como todas las bendiciones que se pueden recibir. Incomprensiblemente podía yo, que no era creyente, recibir tanto bendiciones como castigos de parte de Dios y los ángeles o de parte de la fuerza castigadora. El peor de los castigos era, aparte de los más recurrentes como la pobreza o siete años de mala suerte y otras calamidades, el peor era la muerte.

No la muerte propia, tu mueres solamente una vez. Y una vez muerto ya no te golpean las olas de la vida. El castigo tiene que hacerte sufrir y mejor aún si ello ocurre durante un largo tiempo. Nada sabemos de lo que sucede con nosotros después de que el cuerpo deja de funcionar, después del colapso como se dice en los círculos educados.

El castigo era lo que le podía suceder a otros. Si yo no seguía esos rituales. Yo sería el responsable de la muerte de los otros.

La muerte de la esposa.

La muerte de la hija.

La muerte del hijo.

Una especie de visión bíblico-paranoica de la realidad.

Sin embargo yo tenía suerte. No tenía esposa. Ni compañera. Tampoco tenía hijos - eso es lo que sé - y además no tengo ningún pariente vivo. Completamente solo en el mundo. ¡Ja ja ja! Muerte… tú no puedes quitarme a nadie de mi vida. Solitario soy, solitario abandonaré esta vida. Y a pesar de ser libre había caído yo en la estupidez del ritual. Hasta que la música había revelado la verdad.

La música. La música se había pegado en la cabeza - de esa manera en que la música acostumbra a pegarse a la consciencia por las mañanas - y no había logrado zafarme de ella. La alegría se redobló repentinamente. Es el efecto secundario de esos momentos en que te das cuenta de algo, así de repente. La comprensión repentina acostumbra a dar alegría. El doble de alegría. El cuerpo se llena de euforia. El alma se ilumina.

¡Libre! Nada de reverencias a la izquierda y a la derecha para rendirle honores a supuestas entidades celestiales que nos cuidan incansablemente de día y de noche.

Libre del ritual cuyo objeto era protegerme mientras yo lo practicara. El antiguo lema romano ”Te doy para que me des” era indudablemente ley dentro del universo del New Age. ¡Ahora yo era libre! ¡Gracias a la música!

Sentado frente a un computador en la Oficina de Empleos, si, existía una organización estatal con ese nombre por aquellos años, me cruzó la mente un pensamiento:

¡Las castañas no eran una señal!

¡Las castañas era un símbolo!

No pude, ni siquiera si de verdad lo hubiese querido, seguir buscando trabajo. Imprimí unos anuncios de empleos, para tranquilizar mi conciencia y aparentar que había hallado algunos empleos interesantes. El cerebro mientras tanto estaba a punto de descarrilar - como muchas veces. Pensamientos que iban y venían. Siempre lo mismo… El carrusel estaba ya funcionando. Como la música. Desde tiempo atrás había empeorado la cosa. Cualquiera nimiedad podía poner en acción al carrusel. Carrusel, rueda de Paris. Arriba y abajo. Vuelta, vuelta y vuelta. Horas y horas.

¿Dónde? ¿Dónde había yo leído sobre señales? ¿Fue en ese libro de bolsillo? Quizá. ¿Dónde está ese libro ahora?

Busqué con la mirada un funcionario de la Oficina de Empleos. Alguien que pudiese hablar conmigo. Habían cerca de 10 en la Oficina. Uno de ellos se dirigía hacia mi con una leve sonrisa. Comunicación telepática. Ya había registrado mi presencia en el sistema. Amablemente me recordó que debía buscar trabajo de forma activa y registrar mi actividad. Yo asentí y simulé una especie de problemas con el estómago.

La Oficina de Empleos no desea personas con problemas de estómago en sus locales. Yo exageré aún más.

El funcionario me recomendó que me fuese a casa. Sin dilación alguna cumplí con su recomendación.

Una vez en casa comprendí que con toda seguridad ninguna persona normal habría creído mi vergonzosa actuación. La vergüenza era enorme. Tan grande que me dio un ataque de risa. Uno de esos con letras mayúsculas. Con una J grande. ¡JA JA JA JA JA! Todos fingían creer. Todos en la ciudad. Posiblemente en todo el país. Los funcionarios. Los amigos. Yo mismo.

Me quedé dormido en el sofá. Estaba leyendo ”El diccionario filosófico” del Swami Shri-sri Guptanjalis comprado en la India. Un libro que presumiblemente solo existe en la India. Nada de número ISBN. Tapa blanda.

Impreso como los libros en el 1800. La letras un poco gruesas. Letras gastadas. El papel grisáceo complementa. Ese papel que es una mezcla de papeles, cartones y trozos de tela. Comencé a recordar el viaje a la India. Desde el primer momento. Y caí dormido.

Desperté sediento. Una idea apareció de inmediato borrando lo que estaba soñando. Sinónimos. Sinónimos. Sinónimos. Sin fiebre se puede pensar mejor. ¿No es verdad? Busqué información al respecto con la tableta:

Una señal es como tú también lo sabes un objeto físico con información en forma de texto o un símbolo y puede estar provista de sonido o luz.

Una señal es un acto, un movimiento. Ejecutado por alguien o por ti mismo y que da una instrucción.

¡Ya! La música no había sido una señal. Un símbolo está en un lugar. Hasta que se cae o alguien lo destroza. He visto muchos símbolos. Y además, como lo dice mi diccionario; lo que nos es una señal es un símbolo. Bueno quizá yo he confundido las definiciones.

Salí a caminar por la tarde. Enojado por haber dormido casi todo el día. Estudié con atención todas las señales. Buscando algún símbolo.

Revisé los correos electrónicos en las diferentes cuentas que tengo. ¿Qué? ¿Cómo? ¡Estaba llamado a una entrevista de trabajo! La Oficina de Empleo había organizado ese encuentro. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Una señal? ¿Un símbolo? La entrevista era al día siguiente.

Muy extraño todo - porque a decir verdad yo había hecho todo lo posible para no ser elegido para nada.

Fui contratado directamente y además debía comenzar el día después. En la primer pausa. Después de que me presentaron ante todos no pude contenerme. Deseaba hacer una impresión que fuese inolvidable.

”¡He recibido una señal!” Dije con toda la fuerza que pude. ”Eso ha hecho que termine con los rituales en mi vida.”

Una colega me clavó sus ojos sorprendida. Los colegas se miraron entre ellos. Uno tosió. Otro le pegó un codazo a otro. Otro aclaró su garganta. En ese momento olvidé sus nombres. Para siempre.

”Oye… ¿crees en señales? ¿No es mejor tomar desiciones propias?” me preguntó el jefe del equipo mientras fruncía el ceño.

”Las señales o son evidentes o aparecen en nuestra consciencia según las podamos interpretar.” Contesté yo rápidamente.

Sentí más miradas extrañas sobre mi.

”Pero… ¡Escucha lo que dices! Que rara se vuelve la gente sin trabajo…” comentó otra de las colegas.

Sentí vergüenza.

”¿Porqué no mejor al cara y sello con una moneda y actuar después?” Preguntó otro. ”Sería perfecto. ¿O no?” Ese colega buscó la aprobación de los demás y continuó: ”Una combinación entre control y señales. Control porque tú lanzas la moneda y señal por el resultado. Y actúas de acuerdo al resultado.” Sonrió complacido.

Con esa sonrisa que el ”sabelotodo” acostumbra a tener. Esa sonrisa que irrita a todos los demás. Yo había pensado en casa las respuestas que daría a cada argumento que pudiese presentarse en mi contra. De hecho había pasado una noche entera escribiendo preguntas y las respuestas que daría a cada una.

”Una moneda responde si o no a una pregunta. Una señal sería el encontrar una moneda después de haberse preguntado algo.” contesté yo. La conversación se ahogó y murió.

”Ya. Hora de trabajar. Bienvenido Kalle1 y es de esperar que tú encuentres pronto lo que buscas en la vida” dijo el jefe del equipo. Aparte de esos rápidos intercambio de palabras, nadie más comentó mis palabras. Pensé que la mayoría de mis colegas eran de ese tipo de personas que solamente hablan de sus propias enfermedades o las enfermedades ajenas. De los arreglos en la casa. O de las ampliaciones de la casa. De la renovación de la cocina. Del asfaltado de la entrada de los coches. De todo lo que aumenta el valor de la propiedad. En esos lugares de trabajo no existe casi nadie que reconozca una creencia religiosa o una posición política. Todo lo que se habla es respecto a materias que no revelan nada y que no comprometen de manera alguna.

En defensa de esas personas, puedo agregar que yo mismo me había convertido en… en una de esas personas. Sopesando cuidadosamente mis palabras sobre política o religión.

Camino a casa. Desvío a causa de un accidente de tráfico. Un policía señalaba el desvío. Apenas alcancé a darle una mirada al suceso ¡dos coches de la misma marca e igual color! Colisión frontal. ¿Dos coches del mismo color y marca? ¿O había mirado mal?

¿Señal? ¿Símbolo? ¡SI! Mi coche es de la misma marca y ¡el mismo color! Conduje con cuidado, nervioso miraba buscando un coche de la misma marca y color. Una tontería. La posibilidad de ello era cercana a cero.

Tarde por la tarde - paseando el perro, segundos antes de tomar mi calle. Algo se sintió extraño. Una luz fuerte en el cielo. Inquietante. No era la luz de un aerolito, porque esos son pequeños, como todos sabemos. Tampoco era un meteorito, cosa que yo desee. Con suerte se estrella el meteorito cerca y algún resto puede hallarse. Pero no. Era una bola roja que parecía quemarse. Pero no podía quemarse porque el color del ”fuego” era violeta. Y el color violeta es de gases que se consumen. Todos los que han utilizado cocinas a gas lo saben.

El mismo color que ese día, ese. Yo estaba soldando un trozo de metal debajo del coche. De pronto la llama se fue adentro. No quedaba mucho gas por suerte. Sujeté la manguera con el soplete. La botella de gas salió volando, dado tumbos. Totalmente paralizado pude ver como salía una llama. Violeta. Casi el mismo color de la bola de fuego en el aire.

Me apuré en volver a la casa. Encendí la radio y la tele.

Nada. Nada sobre la bola color rojo y violeta. Nada sobre ello. No alcancé a desanimarme. ¡Comprendí que era una señal! Estaba en movimiento. ¿No?

¡Una señal!

En alguna parte de la memoria recordé que este fenómeno ha sido avistado en otros países a través de la historia de la humanidad. En la mayoría de los casos se interpretó como el anuncio de una catástrofe.

¿Cuántas personas habían observado el fenómeno? Con toda seguridad alguna pareja de jóvenes al atardecer caminando y soñando en un futuro juntos. Y naturalmente aprovecharon de desear algo.

Dormí mal. No soñé nada. El reloj despertador marcaba los segundos en silencio. Lo silencié antes de que comenzara a repicar. Llamé por teléfono al trabajo más tarde y relaté una historia que me dio vergüenza. La secretaria solamente murmulló algo como una mezcla de si con aha.

El perro. El periódico. Primera plana. El total de muertos en el conflicto actual en alguna parte de la ex Unión Soviética.

Me quedé sin respiración. ¡La bandera de ese país!

Con cuatro cruces de hierro alemanas en color rojo. ¿Qué? ¿El ejército alemán? ¿Alemanes? No. Son cuatro cruces. Una cruz que ya existía 300 años antes de la era cristiana.

Busqué en internet. Objetos militares de colección. Miles y miles. Un anuncio con balas de cañón suecas de los años 1700.

Balas de cañón… Bola de fuego. ¡Eso era! ¡Eso era lo que la señal me había mostrado! Sentí ganas de llorar. Finalmente lo había conseguido. Había conseguido no perder una señal. ¿Pero cuál era la relación de esas balas de cañón conmigo? Tras darle vuelta pensé que todo se aclararía tan pronto tomara contacto con el vendedor. Preparé un buen desayuno - con más pan y margarina que de costumbrecepillé mis dientes el doble de tiempo e hice más gorgoritos antes de salir. Tenía que causar una buena impresión. Llamé por teléfono. Muchas señales más de lo que yo creí. Naturalmente que una viuda2 vieja no corre para contestar el teléfono. Pensé yo. Una voz femenina suave y agradable contestó.

”Aquí Marianne.”

”Buenos días. Me llamo Kalle y llamo por esas balas de cañón de los 1700 que usted vende.”

”Yo tengo tres. Iguales y no las vendo de a una. Tú las compras todas o ninguna. ¿Estás interesado?”

”¡Si estoy interesado!”

La mujer me indicó la dirección - en el casco antiguo de la ciudad. Yo había adivinado bien. No podía ser de otra manera. Me puse a fantasear que ella era la viuda de un militar del siglo anterior. Que ella viste ropas con volanger y tiene fotografías en blanco y negro, amarillentas ya. Su marido en uniforme y sable en diferentes poses. Ideas completamente estúpidas pero adecuadas.

Había planificado una visita a la biblioteca central, debido a que yo había decidido ya renunciar al trabajo y quería comenzar una nueva vida. La anciana viuda vivía a tiro de piedra de la biblioteca. Absolutamente perfecto. Busqué libros antiguos sobre las guerras en el país. Necesitaba acopiar información sobre balas de cañón antiguas. Hallé varios libros. Era demasiada información. Tomé fotos con el teléfono.

Noooo… Un colega del trabajo estaba también en la biblioteca. Me escondí, no sé porque lo hice. Yo tenía derecho a visitar la biblioteca como enfermo ¿no?

Resultó que él preguntaba por libros con fotos de mujeres desnudas - que él definía como Estudios de desnudos. La bibliotecaria detrás del mostrador estaba hirviendo de ira.

Ella en mi opinión, habría quedado perfecta dentro de una secta ultraconservadora en USA. Nunca la he visto maquillada. El rostro inexpresivo era siempre igual. Las gafas escondían una cejas salvajes.

Mi colega terminó llevándose tres libros, entre ellos uno con ”Todas las fotografías de Marilyn desnuda que existen” lo cual él comentó casi gritando y pletórico de alegría. Quizá para molestar a la bibliotecaria. Ella no hizo comentario alguno.

Camino hacia el casco viejo de la ciudad vi dos urracas que perseguían a un gato. El gato se desplazaba entre pasos y saltos y se detenía. Las urracas pasaban a vuelo rasante sobre el gato. El gato seguía a saltos y pasos. En realidad se veía bastante agradable. Como un juego. Las urracas son carnívoras. He visto a esos hermosos pájaros tener un festín con un puercoespín atropellado.

Me llené de alegría. ¡Como mis prejuicios bien habían calculado! La dirección me llevó a un pasaje dentro del sector más antiguo del casco viejo. Una subida con adoquines. Ese olor de humedad mezclada con los olores de la vida moderna.

Por supuesto que mis prejuicios eran correctos en el siguiente momento. Escalas. Nada de ascensor. Y naturalmente vivía ella en el sexto piso. Así viven esas personas que nunca cambian de domicilio. ¿Quizá porque cuesta mucho dinero el mudarse?

A la hora señalada más o menos pulsé el timbre de la vendedora. Un perro pequeño - así lo interpreté yoladraba ansioso detrás de la puerta. Una voz femenina ronca le gritó algo al perro. El perro dejó de ladrar. La mujer se acercó a la puerta, con esos pasos arrastrados. El perro hizo un gruñido. Los pies siguieron arrastrándose.

El perro comenzó a ladrar nuevamente.

Con más intensidad. Furiosamente.

La mujer gritó más fuerte. De esa reconocible manera de los fumadores roncos. El perro dio un lastimoso ladrido y quedó en silencio.

La puerta se abrió. Una nube invisible de aire caliente encerrado, mezclado con perfume barato antecedió a la aparición. Una mujer en camisón de dormir, modelo he tenido mis mejores días. Una sonrisa vieja, arrugada, con dientes amarillentos me dio la bienvenida. El cabello descolorido. Falta de tintura.

”¡Entra! ¡Antes de que el perro se arranque!” Me lo dijo en tono de comando. El perro no se veía en ninguna parte. Gruñía escondido en algún lugar. La dama murmulló algo sobre zapatos. Yo lo interpreté como que debía sacármelos. Así lo hice mientras ella comenzó a desplazarse al interior del departamento. De pronto se detuvo. Giró y murmulló con enojo: ”Ponte los zapatos.”

Ella continuó con sus gastadas zapatillas de tela. Completamente despreocupada sobre su apariencia. El pasillo estaba casi a oscuras. Una de las paredes estaba literalmente tapizada con sartenes de cobre. En todos los tamaños y formas. Yo la seguía. Entramos a la sala de estar. Mejor dicho a lo que alguna vez fuese la sala de estar. Yo quería salir de allí. El perro gruñía en algún lugar.

Me arrepentí de haber visitado a la dama. Sentí miedo.

Fotografías viejas. Personas en blanco y negro con la mirada clavada en la cámara. Ningún militar. Fotos de gente que vivía bien, a juzgar por sus ropas y sonrisas.

Los niños antiguos silenciosos y serios. Ojos inexpresivos.

Seguimos avanzando lentamente en los pasajes entre muebles y bolsas plásticas llenas de revistas, periódicos, ropas viejas y Dios sabe que. Llegamos a una especie de plaza en el centro de la habitación. El aire ahí era caliente, grueso y repugnante. Tuve que luchar en contra del vómito que amenazaba salir. Un dedo amarillento y tembloroso dotado de un monstruoso anillo me apuntó y luego apuntó a un paquete en el piso.

”Ahí están las balas. Tres y yo quiero trescientas coronas por cada una. Tal como dije.”

”Lo siento. No puedo pagarte novecientas coronas. Además tú no dijiste nada del precio cuando yo llamé.”

”¿Cuánto puedes pagar entonces? ” masculló ella enojada.

El perro gruñó desde su escondite. Los gruñidos aumentaron de volumen y el perro apareció. Comenzó a oler mis zapatos.

”Ojalá no tenga ganas de mear.” Pensé yo. ”¿Quieres las balas si o no?” gritó la mujer.

”Quinientas coronas por las tres he pensado. ¿Está bien?”

Estiré mis manos hacia el paquete.

La mujer gruñó algo. Pateó unas bolsas que estorbaban en mi camino.

”¡Toma las balas entonces!” Gritó irritada.

El perro confundió naturalmente la situación y gruñó en mi dirección. Yo no le presté atención y di un paso hacia las balas. El perro tenía su propia versión de la realidad y me mordió arteramente desde atrás. Grité. La mujer gritó algo que ya he censurado en la memoria. Ella pateó al perro, así se vio. Pero… ¡El perro voló por el aire antes de que la patada le alcanzara! Aproveché de levantar el paquete con las balas.

”Deberías hacerme una rebaja por esto. Las balas están oxidadas. Una casi casi no tiene forma ya.”

”El perro las meaba a veces. Dame trescientas coronas y ándate.”