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Monteverde es un pueblo que es todos los pueblos, que puede emplazarse en cualquier pedacito de Antioquia, porque es un tejido de recuerdos colectivos, creador de un universo en el que duendes, leyendas, y espantos conviven con los vivos, entre calles, montes y cañadas, y de eso, seguramente, todos lo han oído y lo habrán vivido también. Daniel encontró la semilla de este pueblo imaginario en las historias que su abuelo materno le contaba. La necesidad de mantener viva la fuerza de esas palabras se tradujo en las primeras líneas, la calle fundacional, de lo que ahora es Monteverde, y que ha ido creciendo gracias a recuerdos propios y ajenos. Allí, bajo ese cielo literario colmado de nubes de letras, llueve a cántaros la memoria de nuestro pueblo.
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Seitenzahl: 102
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Los cuentos de Enaro
Los cuentos de Enaro
Daniel Botero García
Botero García, Daniel
Los cuentos de Enaro / Daniel Botero García – Envigado: Institución Universitaria de Envigado, 2022.
142 páginas – Colección Literaria
ISBN impreso: 978-628-7601-08-6
ISBN pdf: 978-628-7601-10-9
ISBN epub: 978-628-7601-09-3
Cuentos colombianos – 2. Literatura colombiana – 3. Cuentos antioqueños
C863.44 (SCDD ed.22)
Colección Literaria
Los cuentos de Enaro
© Daniel Botero García
© Institución Universitaria de Envigado, (IUE)
Edición: octubre 2022
Publicación electrónica: diciembre 2022
Publicación impresa: diciembre 2022
Rectora
Blanca Libia Echeverri Londoño
Director de Publicaciones
Jorge Hernando Restrepo Quirós
Coordinadora de Publicaciones
Lina Marcela Patiño Olarte
Asistente editorial
Nube Úsuga Cifuentes
Corrección de texto
Gustavo Otalvaro
Fotografía autor
Daniel Botero García
Diseño y diagramación
Leonardo Sánchez Perea
Impresión y terminado
Divegráficas S.A.S.
Edición
Sello Editorial Institución Universitaria de Envigado
Fondo Editorial IUE
Institución Universitaria de Envigado
Carrera 27 B # 39 A Sur 57 - Envigado Colombia
www.iue.edu.co
Tel: (57) 604 339 1010 ext. 1524
Los autores son moral y legalmente responsables de la información expresada en este libro, así como del respeto a los derechos de autor. Por lo tanto, no comprometen en ningún sentido a la Institución Universitaria de Envigado.
Prohibida la reproducción total o parcial del libro, en cualquier medio o para cualquier propósito, sin la autorización escrita del autor(es) o del Fondo Editorial IUE..
A mamita Matilde y a papito Jorge
Prólogo
¿Quieres que te confiese algo?
Cuando empecé a leer este libro, sentí una profunda emoción y recordé cuando Ana, mi abuela antioqueña, me contaba sus relatos de brujas, duendes, mohanes, casas abandonadas y montañas embrujadas. Y cuando empieces a recorrer estas páginas, sobre todo si tienes familia en Antioquia o en el eje cafetero, sentirás esa misma emoción de conectarte de nuevo con las más profundas raíces de ese campesinado al que todos pertenecemos.
Cuando escuchamos esas historias de antaño, sentimos que algo crece en nuestro corazón, como si nosotros también los hubiéramos vivido desde siempre, ¿verdad? Porque la magia de un cuento folclórico es despertar algo dormido que estaba en ti.
Pues bien, esa experiencia de déjà vu produce una de las sensaciones más intensas, porque nos estamos conectando a ese tejido de la memoria que se remonta a nuestros más lejanos antepasados. ¿Por qué sentimos esa emoción? La respuesta es muy simple: somos seres hechos de palabras. Más allá de la carne, el nervio y los huesos, a nosotros nos sostienen las palabras, no solo las que decimos, sino también las que callamos. Nuestra civilización entera es la más compleja construcción verbal y toda ella tiene como base al relato oral.
Desde los días de las cavernas hasta la colonización paisa, seguimos atentos a la luz de la hoguera escuchando al palabrero, al brujo, al chamán y al contador de historias. Nos identificamos con esas grandes narraciones, nos tocan esas palabras porque, en cierta forma, le dan soporte y sentido a nuestra existencia.
Por eso, Los cuentos de Enaro constituye, en esencia, una hoguera alrededor de la cual se cruzan muchos relatos antioqueños de la tradición oral, felizmente recuperados por Daniel Botero García. Aquí, el profesor Botero supo mantener la estructura de la oralidad junto una digna curaduría de los vocablos de antaño, el balance de la espontaneidad poética de la trova y la copla, junto con el profundo misterio que encierran. Se siente ese respeto y amor por la tradición y, en ese sentido, me recuerda un libro muy querido, El testamento del paisa, del gran Agustín Jaramillo Londoño.
¿Te confieso otra cosa?
Pienso que, a medida que uno se hace viejo, empieza a extrañar con más intensidad la infancia y convierte la adultez en una constante búsqueda de esos momentos que nos colmaron de felicidad en el pasado. Un juguete, una calcomanía, una canción, una fotografía, todas son pequeñas huellas de lo que hemos sido. Por eso, estoy absolutamente convencido de que este sincero libro es la mejor llave para regresar a ese pasado feliz, donde la vida era más simple y serena que hoy. Aquí están nuestros ríos, nuestras montañas, nuestros cafetales y también nuestra alegría de campesinos.
¿Qué más puedo decir, sino confirmar la verdad de las palabras del más bello bambuco?
«Antioquia, del jardín de Colombia, eres la más bonita».
Luis A. Suescún
Relatos de Monteverde
¡Ya sacó guitarra!
Oído pueblo maicero,
qui acá nadie tiene pierde,
vamos a cachar contando
relatos de Monteverde.
Juntesen señora, niño,
también niña, y caballero,
llegó Enaro, qu’es palabra
e narrador y montañero1.
Enaro acaba de almorzar. Está sentado afuera de su casa, en su silla mecedora, viendo pasar el pueblo mientras el sol hace su periplo final del día para descansar en los montes del frente, allá por donde la gente subía a buscar las guacas del padre Tulio hace muchos años. A sus 80 y muchos nunca se casó. Vive con una hermana que es menor que él, se llama Salve. Ella tampoco se casó nunca y viven en la casa que antes fuera de sus padres, a dos cuadras de la plaza de mercado de Monteverde. En palabras de Enaro, ellos fueron de los primeros que nacieron en ese pueblo y asegura que su papá ayudó a cargar tierra para hacer las montañas verdes que dan nombre al pequeño terruño.
Todos los días, luego del almuerzo, se sienta en el mismo lugar y allí espera la llegada de la noche. Se acompaña de un pequeño radio que vive mal sintonizado, y que de vez en cuando deja entender las notas de alguna canción de Margarita Cueto o de Ortiz Tirado; allí, sentado, hace animalitos de papel o tallados en madera que luego regala a los niños, lee alguno de los envejecidos libros que atesora en su biblioteca personal, o saca su guitarra y entona viejas canciones que hacen las delicias de los habitantes del poblado montañero. El corredor de la casa está generosamente decorado con materas, unas de piso, de las que brota begonias, petunias, salvias, tangos, y otras colgantes que albergan frondosos cuernos. Enaro hace parte de la decoración. Él vendría siendo, en el contexto floral del quicio de su casa, un añoso ramillete de recuerdos. En algún momento de la tarde, Salve suele llevarle un entremés para pasar el rato: un chocolate parviao, una totuma de mazamorra pilada o una copa de ponche (pero copa grande). Ocasionalmente recibe la visita de algún amigo, de los pocos que aún viven. Se sientan y hablan, recuerdan, reviven y se despiden con la certeza de que, a sus años, esa pudo haber sido su última ocasión juntos. Enaro es muy consciente de que sus amaneceres en este mundo han sido muchos, que ya serán pocos y, aunque no teme a la muerte, siente cierto temor frente a la idea de ser olvidado
Cuando no está inmerso en su fauna de papel y madera, en las amarillas páginas de su lectura apasionada, o cantando con su compañera encordada, Enaro está recordando y siente una necesidad imperante de contar lo que recuerda. Suele pasar que, luego de comerse su mazamorra con blanquiao a la hora del algo, sale a sentarse en la mecedora, llevando consigo su carriel de piel de nutria, un doce bolsillos que tiene desde hace mucho tiempo, y que lo ha acompañado en todas sus andanzas y aventuras desde que se pudo poner pantalón cortico. Lo pone sobre su regazo, lo contempla con su paciente mirada, a la vez que con sus manos lo acaricia, como saludándolo. Hurga en sus bolsillos, en sus secretas, y cada que encuentra algo deja escapar sonrisas cómplices que dan cuenta de un gran ejercicio de memoria y nostalgia entre estos dos amigos.
La cantidad de recuerdos que remueve en su carriel hace que Enaro se llene de palabras que comienza a dejar salir una vez agarra su guitarra. Y ya estando tan bien acompañado, busca la manera de sacar un verso que dará origen a lo que contará a continuación, y ya descubrió que sus historias son la mejor contra para enfrentar su temor ante el olvido. Y recuerda… ¡recuerda mucho!
Buenas tardes amiguitos,
permítamen los saludo,
y les cuento unas historias
qu’el otro día no se pudo.
Siéntesen por ahí juiciosos,
mientras que yo acá me cuadro,
¡y cuidaítom’interrumpen,
porque yo muerdo y no ladro!
La invitación está abierta para quienes están leyendo estas líneas, bien puedan y se sientan, como acaba de versar don Enaro, dejen que sus niños, exteriores e interiores, le hagan corrillo al viejo, porque acá va a comenzar el ritual de la palabra.
1 Estas narraciones tienen gran cantidad de vocablos propios del habla popular de la región antioqueña que, en su gran mayoría, son poco conocidos, ya que han entrado en desuso con el tiempo. El autor intenta traerlos de vuelta para que el lector los conozca. Por ello, esta terminología aparecerá en letra cursiva a lo largo del texto y su significado podrá consultarse en el glosario al final de este libro.
El duende de El Barrizal
Estaba yo muy niñito,
se los cuento sin premura,
cuando por allá en el monte
me tocó probar finura.
Tuve que trepar bastante
por entre árboles y matas,
¡pa’encontrar a mi hermanita
me tocó frentiar al patas!
Vivíamos arriba en El Barrizal. Papá tenía unos animales y yo le ayudaba con eso. Todos los días, tipo tres y media o cuatro de la mañana, me levantaba a ordeñar a Celina, la vaca de la casa. Volvía yo con un valdecito de leche fresca. Papá se tomaba los tragos como a las 5 y nos íbamos a alimentar a los marranos y las gallinas. Luego volvíamos a la casa a desayunar. Mi mamá cocinaba muy bueno, ¡avemaría!, arepas como las que ella nos hacía no se vuelven a ver. La comida era bastantica porque papá era de buen comer y así salimos todos.
¿Nosotros?, nosotros fuimos seis, cinco varones y una mujer, mi hermana Salve. Yo soy el niño de la casa y hasta que tuve 10 años fui el menor. Nació aquella y me envejecieron a la brava. La mayor era Áureo, luego siguió José y de ahí Fermín. Nací yo y después nació otro niño, que se llamó Eufrasio. Ese se murió el día del bautizo. Mamá siempre dijo que no aguantó la bendición, que lo bautizaron de mala gana y mi papá desde ese día no quiso volver a la iglesia. Decía que allá le habían matado un hijo. Por eso yo quedé siendo el menor.
Me acuerdo de que Áureo vivía desesperado buscando guacas. Tenía yo 5 años cuando él, que tenía como 20, decidió que se iba a recorrer, a buscar fortuna en otro lado. Eso debió ser muy duro para mamá, y hasta para papá, porque ese berriondo resultó convenciendo a José y a Fermín, y ese par de atembaos se fueron detrás d’él. Mis viejos se quedaron sin hijos y de buenas a primeras yo, que era el menor, también resulté siendo el del medio y el mayor. De ellos no se supo mucho más después de eso. Mi papá los sacó rapidito del llavero, les echó tierra y siguió la vida; mi mamá sí sufrió hasta el último de sus días porque no supo qué fin tuvieron sus tres retoños.
A los 5 años de habesen perdido esos 3 montiaos, mis papás tuvieron a la niña. Yo ya tenía 10 años cuando eso. Mi mamá insistía pa bautizala pero mi papá decía que no, que él a la iglesia no volvía a llevar hijos ni nada. Seguía ofendido por lo de Eufrasio. A mi papá la gente de la vereda le insistía que bautizara a la niña, porque sin el sacramento, facilito le pasaba algún mal.
Mi papá no creía en nada de esas cosas, ni en las buenas ni en las malas, entonces no hizo caso. La niña estaba que cumplía 5 años y la cosa se empezó a poner rara. Una noche nos levantó llorando. Ella dormía conmigo al lado y casi me mata del susto, porque ella era dando qué berridos tan horribles. Papá llegó con machete en mano pa
