Los cuentos de Vladmir - Juan Pablo Grant - E-Book

Los cuentos de Vladmir E-Book

Juan Pablo Grant

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Beschreibung

"A medianoche, bajo unas autopistas a medio construir, un mendigo relataría historias de terror y de suspenso. La ocasión, que se repetía cada luna llena, era muy especial para toda esa pobre gente que jamás tenía acceso a otro tipo de entretenimiento y, tradicionalmente, se juntaba en las distintas plazas de la ciudad a charlar y cantar antes de dirigirse en peregrinación a escuchar al narrador. Con la intención de distraerse, Mario decidió formar parte de la procesión de mendigos e ir a escuchar historias bajo la luz de la luna".

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Seitenzahl: 162

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Juan Pablo Grant

Los cuentos de Vladmir

ISBN: 978-84-685-1779-7

Contenido

Los riesgos del observador

La plaza del manicomio

El taxista

SMB

El cofre

La dirección del tiempo

El poema y la roca

El abuelo de la bicicleta

Los cuentos de Vladmir

Para mi familia y amigos, que se tomaron el tiempo de leer estos cuentos; y especialmente a mi esposa Coni.

Los riesgos del observador

Esa mañana comenzó como cualquier otra. Sin despertar a su mujer, Claudio se levantó, desayunó y salió de su casa de prisa rumbo a la parada del colectivo. Desde pequeño había desarrollado una increíble capacidad para observar detalles que al resto de las personas se les pasaban por alto. Cuando era un muchacho, se deleitaba asombrando a sus amigos al cerrar los ojos y describir minuciosamente los objetos que había a su alrededor. Pero, con el correr de los años, su interés por llamar la atención fue menguando y utilizaba sus dones para predecir fenómenos cotidianos, su actividad favorita. Trabajaba en el centro de la ciudad y su tarea consistía en organizar grandes cantidades de documentación burocrática. Para él era la ocupación perfecta, puesto que su cuerpo se encargaba del asunto mientras que su mente estaba libre y podía analizar sus observaciones. Particularmente, gustaba de buscar y de predecir patrones sutiles y escondidos en las conductas de las personas. El trayecto matutino hasta su trabajo era para él muy atractivo, ya que viajaba siempre con las mismas personas y tenía la oportunidad de examinarlas regularmente. Cualquier detalle podía interesarle: desde cómo variaba la forma de caminar de la gente mientras iba transcurriendo la semana, hasta cuántas veces pestañeaban las mujeres cuando el colectivo se detenía frente a los semáforos.

Esa mañana Claudio recién se percató de que había acontecido algo distinto cuando ya llevaba varias horas trabajando. Al principio fue un pensamiento difuso que no le impedía realizar sus tareas. Pero en cuanto este llegó al plano de su conciencia, se quedó estático y no pudo continuar. “Demasiado verde”, pensó. “Demasiadas personas vestidas con pantalones verdes viajaron conmigo”.

Durante el viaje de regreso, comenzó a tomar nota sobre los colores de los pantalones. Le entusiasmaba el hecho de encontrarse con nuevo material para sus pronósticos. Naturalmente, la tarea no le fue nada fácil; el viajar parado en colectivos llenos, observando a los pasajeros de la cintura para abajo mientras anotaba algo misterioso en una libreta, le mereció a Claudio varios insultos. Pero él era persistente y no permitiría que sus planes se echaran a perder con tanta facilidad.

Al día siguiente, Claudio se levantó muy ansioso por continuar con su investigación. Durante el viaje, con la libreta y el lápiz en la mano, apuntaba todo lo que le parecía significativo sobre las personas portadoras de pantalones coloridos: sexo, edad, aspecto, altura, dónde subían o dónde bajaban... Durante esa mañana, mientras trabajaba, comenzó a comparar los apuntes del día anterior con los nuevos; la primera conclusión a la que llegó fue que la cantidad de pantalones verdes, por alguna razón, había subido notoriamente. De hecho, casi no había visto a nadie que vistiera otro color de la cintura hacia abajo. ¿Acaso existía algún patrón oculto? ¿La gente se vestía de acuerdo con los días de la semana? Para poder hacer predicciones con cierta certeza, tenía que juntar muchísimos datos más. Varias semanas de trabajo. Llegó incluso a pensar en llevar una cámara de fotos escondida en los bolsillos de la campera para poder tener un archivo fotográfico que ilustrara la estadística.

Pero no bien hubo almorzado, la terrorífica verdad volvió a azotar su mente: “Demasiado rojo... Demasiadas personas con zapatos rojos”. Si vestir pantalones verdes era ridículo, ponerse zapatos rojos era el colmo del mal gusto. ¿Quién usa zapatos de semejante color? Aunque le parecía casi imposible que tanta gente se hubiera puesto de acuerdo, comenzaba a pensar que alguien se estaba burlando de él.

En el viaje de vuelta, continuó con sus anotaciones y no le quedó más remedio que incluir una nueva y roja variable que complicaría todos sus planes. Esta vez, a la hora de la cena, le contó a su mujer la pesadilla colorida que estaba viviendo. Ella no pudo más que reírse, pedir perdón y reírse otra vez, mientras Claudio hablaba sin siquiera una sombra de sonrisa en su boca. Ella enmudeció al instante cuando se vio involucrada en el plan de su marido: tendría que madrugar y colaborar con la investigación. Luego de unos minutos de negociaciones, llegaron a un acuerdo: ella haría ese trabajo durante una semana; él, a cambio, cortaría el pasto del jardín lo que restaba del año.

A la mañana siguiente, después de desayunar juntos, Claudio le dio a su mujer todas las instrucciones para que su misión tuviera éxito. Ella debía sentarse en el banco de una plaza cercana muy transitada y anotar cómo vestían los transeúntes. Se despidieron en la puerta de la casa y cada uno partió rumbo a su destino.

No había transcurrido mucho tiempo desde que el atento Claudio subió al primer colectivo, cuando escuchó unas palabras dentro de su cabeza que fueron como un puñetazo: “Demasiado violeta, demasiadas personas con galeras y camisas violetas”.

Una vez en el trabajo, sus compañeros no tardaron en notar que Claudio se estaba comportando de una forma más extraña de lo habitual; luego de deliberar un rato, se animaron y le preguntaron qué le ocurría. Sospechaban una pelea doméstica o algo parecido, pero cuando escucharon el peculiar relato, comenzaron a temer por su salud mental. Algunos, más por piedad que por verdadera curiosidad, se mostraron un poco más interesados e intentaron recordar qué colores vestían sus propios acompañantes de viaje, pero no pudieron aportar nada significativo. Pasado un buen rato de charla, Claudio volvió a quedarse solo. Aunque ese día su cuerpo se puso en funcionamiento y logró terminar con sus tareas minutos antes de retirarse, su mente permaneció estática, aun mientras regresaba a su casa acompañado por todos esos viajeros extravagantes.

Durante la cena, su mujer le presentó el informe de su trabajo en la plaza: no había visto a casi nadie con pantalones verdes ni con zapatos rojos. A esta altura de los acontecimientos, a Claudio ese resultado no lo sorprendía tanto como lo angustiaba.

―Evidentemente, solo yo puedo verlos. Lo más probable es que esté volviéndome loco —le dijo a su mujer.

Cuando ella escuchó el relato acerca de las galeras y las camisas violetas, tuvo que esforzarse mucho para contener la risa. Ensayó algunas explicaciones convincentes que tranquilizaran a su marido, pero no insistió demasiado; ella también estaba empezando a preocuparse. Acordaron que si aquellas visiones persistían varios días más, visitarían a un médico.

A la mañana siguiente, su mujer ofreció acompañarlo durante el viaje, pero él prefería afrontar el problema solo, al menos por el momento; temía que si comenzaba a ver personas vestidas con colores ridículos y ella no, se confirmaría la teoría de que estaba chiflado. Y no tenía la más mínima intención de oír a un médico tratando de contener la risa, tal como lo hacían su mujer y sus compañeros de trabajo.

Ella lo despidió con un beso acompañado de frases consoladoras y él partió rumbo a su tragedia. En cuanto subió al colectivo, observó con suma atención los colores de sus acompañantes: en efecto, los pantalones verdes, los zapatos rojos y las galeras y camisas violetas estaban allí, tal como esperaba; no parecía haber ningún color nuevo. No podía ser. Cuando descubrió que entre los pantalones verdes y los zapatos rojos se asomaban medias coloridas, no pudo contener una carcajada que provocó el asombro y el silencio de todos los pasajeros. Pero lo que le causaba tanta gracia era que en una pierna las personas llevaban una media a rayas, mientras que en la otra, una a cuadritos.

Claudio creía haber comprendido lo que estaba sucediendo: alguna entidad estaba tratando de divertirlo a costa de vestir ridículamente a todo el mundo. ¿Cómo no se iba a reír después de lo que había visto? No era creyente, aunque lo ocurrido durante los últimos días le estaba generando dudas al respecto. Se decía que Dios actuaba de maneras misteriosas, pero si lo que estaba intentando hacer era demostrarle su existencia, podría haber buscado alguna manera un poco menos ridícula. Al menos para que, en caso de hacerse creyente, lo hiciera con cierto respeto hacia la divinidad. Sin embargo, existían otras tres posibilidades: que la gente se hubiera puesto de acuerdo para jugarle una gran broma, que fuera todo obra de la casualidad o, la peor de todas, que estuviera mal de la cabeza.

Ya era hora de tomar las riendas del asunto. Al subir a uno de los colectivos en el viaje de regreso, reunió coraje y preguntó en voz alta:

―¿Son todos ustedes conscientes de los colores de la ropa que llevan puesta?

Silencio. Volvió a preguntar lo mismo alzando aun más la voz. Otra vez silencio. La gente de esa ciudad, acostumbrada a ignorar a los constantes y persistentes vendedores ambulantes, no le prestó atención; supusieron que estaba realizando el preámbulo para vender alguna prenda. Lo que no había visto Claudio era que, detrás de él, había subido un vendedor ambulante genuino. Al no reconocerlo como a uno de sus colegas, el hombre lo insultó y lo arrojó fuera del colectivo poco menos que a las patadas.

Al llegar a su casa, le comentó a su mujer la novedad del día y ambos se rieron mucho imaginándose a millones de personas inconscientes de estar siendo vestidas como payasos por alguna divinidad, con el único objeto de volver creyente a Claudio. Pero la risa no podía esconder la preocupación que sentían. Antes de acostarse, la pareja estuvo de acuerdo en pedir la opinión de un médico lo antes posible.

Claudio pensaba que sería capaz de predecir la nueva ridiculez con la que se encontraría a la mañana siguiente. “¿Bigotes rosas? ¿Hombres con bombachas y mujeres con calzoncillos?”, imaginaba camino a la parada del colectivo. Pero para ese día la realidad le había reservado una sorpresa especial.

Una vez en viaje, observó con sumo cuidado a sus acompañantes: pantalones verdes, zapatos rojos, galera y camisa violeta, y las medias a rayas y a cuadritos. Algo decepcionado, se distrajo con el paisaje por unos instantes, pero un pensamiento terrorífico destruyó para siempre su relación con la existencia y con las demás personas: “¿Dónde están las caras? ¿Dónde están los ojos, las narices y las bocas?”. Solo se veían contornos; como si alguien le hubiera borrado a cada uno del rostro lo que lo distingue de los demás. Claudio sintió miedo.

También en el trabajo todos habían perdido los rasgos y estaban vestidos con los colores ridículos que solo él veía. Cuando escuchó dialogar a las personas de su alrededor, descubrió que no podía distinguir una voz de otra, pues todas sonaban metálicas y huecas. Ese día en la oficina fue un infierno para Claudio. Varias veces tuvo que intercambiar algunas palabras con esos seres sin rostro e indistinguibles... ¿Carlos? ¿Laura? Nunca supo con quién hablaba.

Durante el regreso Claudio intentaba no observar más a la gente, ignorarla; tal vez ese fuera el remedio. Pero no lo logró, pues una nueva imagen de la realidad se esmeraba en llamarle la atención: por momentos, las personas se fusionaban entre ellas por medio de las prendas o de los contornos del rostro. Un pantalón verde podía albergar dentro a varios seres que luego se separaban; dentro de una galera podía haber varias cabezas; un zapato rojo llevaba varios pies; en una camisa cabían cuatro o cinco cuerpos. Ningún elemento pertenecía a nadie. Claudio cerró los ojos otra vez y logró que el deseo de llegar a su hogar fuera el único pensamiento en su cabeza.

Bajó del colectivo corriendo y atropellando al resto de los pasajeros. Recibió quejas e insultos emitidos por esas horrorosas voces metálicas y huecas, iguales a las que había oído en el trabajo. Solo deseaba llegar y abrazar a su mujer, único consuelo en la pesadilla. Caminó rápido tratando de no llamar la atención. Estaba rodeado por los mismos seres del colectivo, que mostraban el mismo patrón de fusiones y separaciones. Entre la confusión que veía y el miedo que sentía, distinguió el canto de los pájaros y algunos ladridos. Se tranquilizó por unos instantes; por lo menos, no todos los seres del planeta habían entrado en esa danza absurda y terrorífica. Al llegar a su casa y llamar a la puerta casi desesperado, escuchó una voz metálica y hueca:

―¡Esperá un momento, Claudio! ¿Por qué tanto apuro?

Antes de que la puerta se abriera, Claudio comprendió que había perdido también a su mujer. Rápidamente, tomó la determinación de no decirle lo que estaba pasando. No bien vio a esa entidad que, sin rostro y vestida absurdamente, había usurpado la figura de su esposa, dijo:

―Vamos ya mismo al médico.

Durante el camino a la clínica, Claudio iba agarrado de la mano de lo que había sido su mujer (aún tenía la esperanza de recuperarla). Pero en la sala de espera, la mano se soltó y le perdió el rastro. Lo que volvió junto a él podría haber sido ella, o no. De todas formas, ya no importaba... Todos los seres del lugar estaban danzando al compás de las fusiones y separaciones que habían empezado en el colectivo. Fue llevado hasta un consultorio y una criatura (o varias), que seguramente era el médico, escuchó a la otra criatura (o varias) que lo había llevado hasta allí. Claudio era incapaz de decir palabra alguna, pero escuchó que se hablaba de medicación, de estrés y de vacaciones forzadas.

En la sala de entrada de la clínica, había un espejo que llegaba hasta el piso y ocupaba casi toda una pared. Anteriormente no lo había notado, pero ahora que volvía a pasar por allí, le prestó atención. Ante su vista, el gran espejo reflejaba una sala llena de seres y colores que se juntaban y se separaban. “Pesadilla por dos...”, logró pensar. Pero había una singularidad: en la imagen del espejo no había un solo ser humano que pudiera ser diferenciado del resto. Entonces comprendió. Bajó la vista para mirar su propia ropa: pantalones verdes, zapatos rojos... Volvió a mirar el espejo y a sí mismo varias veces hasta que, entre fusiones y separaciones, su conciencia y su figura se mezclaron con la del resto de los seres.

Claudio permaneció en su casa durante los siguientes veinte días. De vez en cuando, manifestaba tener hambre o sueño, pero la mayor parte del tiempo se mantenía en absoluto silencio. Los médicos, que venían a observarlo regularmente, habían diagnosticado un caso de estrés muy grave, con visiones y pérdida de la consciencia. Afortunadamente, comenzó a reconocer a todos en unas pocas semanas. Su mujer y algunos amigos lo llevaron de vacaciones por unos días, siguiendo el consejo del primer doctor que lo había atendido. Logró retomar su trabajo y sus compañeros, contentos de verlo otra vez por allí, lo recibieron con una gran fiesta.

Al cabo de un tiempo, parecía totalmente curado. Sin embargo, todos sabían que era una persona distinta de la que habían conocido. Cuando le preguntaban cómo se sentía y si continuaban las visiones extrañas, él respondía con evasivas o cambiaba de tema y aseguraba que se sentía bien. Hablaba muy poco y gustaba de pasear por las afueras de la ciudad, donde buscaba la soledad de los bosques. Allí, solo existían el canto de los pájaros, la brisa en el rostro y el agua de los arroyos. Cuando estaba acompañado, su mente y su cuerpo se fusionaban y se separaban una y otra vez con los del resto de las personas que lo rodeaban, tal como había ocurrido en la clínica y en el colectivo. Pero él no mentía: se sentía maravillosamente bien.

Cierta vez, durante una reunión con unos cuantos amigos, Claudio se sentó en un sillón, algo alejado del barullo general. Su mujer, al verlo solo, se acercó y se acomodó junto a él. Tomada de la mano de su marido, algo distraída y con la mente calma, comenzó a observar al resto de las personas. La sangre se le congeló cuando se escuchó preguntándole a su compañero:

―¿Por qué todos llevan puestos pantalones verdes?

La plaza del manicomio

Entre la muchedumbre enloquecida, Paola logró finalmente encontrar en la plaza a su mejor amigo, Claudio, que se encontraba sentado en un banco y se cubría los ojos con las manos. Al sentir que unos pasos se acercaban, él abrió los dedos para poder observar. Reconoció a su amiga y volvió a cerrar las manos y a esconderse en la oscuridad.

―¿Por qué te tapás así los ojos? ―preguntó Paola algo sorprendida.

Claudio no respondió. Su amiga suspiró, se relajó y se sentó junto a él. Al recobrar el aliento, pudo observar con más detenimiento lo que ocurría en la plaza: una multitud se movía sin rumbo de aquí para allá; se chocaban entre ellos, se insultaban y seguían caminando ligero; un grupo salía de la plaza, mientras que otro nuevo llegaba frenético como hormigas ante un terrón de azúcar. Algunos parecían estar vestidos como para una fiesta, y otros llevaban pijamas; en un rincón de la plaza, un grupo abrigado como para una mañana invernal se escurría entre enamorados que, cubiertos solo por un minúsculo traje de baño, tomaban sol echados en el pasto.

―Debo reconocer que tenías razón. Desde ayer estoy observando gente que hace cosas extrañas, pero recién salgo de mi casa y me encuentro con esto... ―admitió Paola después de unos instantes.

―¿Teníamos que llegar a semejante situación para que empieces a creerme? ―La voz de Claudio sonaba entrecortada; era evidente que había estado llorando.

―¡Bueno, che! No era algo fácil de creer... De todas maneras, ¿no se suponía que “tu secreto” funcionaba solo en la escuela y en tu casa?

―Eso mismo creía yo hasta que salí de la escuela. ―Claudio mostró los ojos colorados de tanto llorar. Su amiga rápidamente se le acercó y lo abrazó―. Y lo peor de todo es que no sé cómo solucionarlo.

El muchacho no pudo contenerse y volvió a llorar. Paola lo apretó aún más contra su cuerpo y volvió a mirar el panorama. La plaza parecía un manicomio. Se le ocurrió un argumento para tranquilizar un poco a su amigo:

―No es tan grave por ahora... la gente no parece ser consciente de las locuras que está haciendo. Eso te da una ventaja: si lográs que todo vuelva a la normalidad, nadie va a sospechar que fuiste vos el responsable de semejante locura.

Al escuchar esas palabras, el muchacho levantó la vista. Paola tenía razón, pero la solución del problema no era tan fácil. Sin vergüenza por el llanto, la miró a los ojos. Eran amigos desde hacía varios años y ella se había convertido en su confidente (era, de hecho, la única persona que conocía su secreto). Ambos compartían los mismos gustos e intereses, pero Paola tenía casi siempre una visión u opinión distinta que, según Claudio, era el complemento necesario para sus propias ideas. Además, tenía unos ojos maravillosos.

―Cierto. Pero no sé cómo hacer para que todo vuelva atrás.

―Salgamos de este loquero y vayamos a mi casa; necesitamos tranquilidad para poder pensar.

Se levantó arrastrando a su amigo de la mano y se dirigieron a su hogar. Ella tenía quince años y él era dos años menor; pero, a pesar de esa diferencia, Claudio era un amigo fascinante comparado con el resto de los varones de su edad. Era sumamente tímido con todos, menos con ella. Tenía conductas extrañas que nadie entendía y, por consiguiente, estaba muy solo. Pero Paola sabía que esos comportamientos obedecían a un propósito que él consideraba indispensable para el correcto funcionamiento de su familia y de su escuela. Para ella, su amigo era simplemente supersticioso; muchas veces, esforzándose en mostrarse respetuosa, se lo había comentado, pero él insistía en que cualquier error que cometiese podría terminar en un desastre para todos los demás.