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Veintiún cuentos como veintiún soles nublados. Ágiles, desinhibidos, simpáticos y ocurrentes, no rehúyen —quizás incluso la buscan— la pátina áspera o rugosa, cuando no directamente fúnebre o trágica. Cuentos para morir de risa, aunque tal vez no tanto, o, tal vez mejor, para sonreír de muerte. Cuentos sobre los finales —del amor, de la amistad, del deseo…— y sobre la puesta en escena de los dramas cotidianos y los desastres inevitables. Con gracia y salero. Historias de fracasos, yayos bajo tierra, moscas, pectorales griegos, dedos que roban dátiles, pelucas y pintalabios, gusanos y botellas… y un verbo desacomplejado y rumbero que le han valido a la autora el Premio Documenta y su primera publicación. La desvergüenza —pero qué poca vergüenza— que Irene Pujadas despliega en cada página de Los desperfectos se advierte pronto como brillante desparpajo y personalísima imaginación. Incomodidad y excentricidad a manos llenas, una mirada retorcida y peculiar. Un volumen de cuentos irreverentes, extravagantes, originales, casi imperfectos. H&O Editorial se complace en invitarles a este banquete de desperfectos. Del primer aperitivo al postre, no se atraganten, pero, por si acaso, reciban ya el más afectuoso abrazo de Heimlich. «El cuento en catalán, con clásicos indiscutibles como Calders o Trabal, tiene una riquísima tradición. Y a ella debe añadirse desde ahora la labor de Irene Pujadas, al menos a tenor de la opinión del jurado de los premios Ciutat de Barcelona, que así lo ha explicitado al concederle la distinción en el ámbito de la literatura en catalán por los relatos que conforman Los desperfectos.» Carles Geli, El País «Un libro de cuentos contundentes que parecen escritos con párrafos abreviados. Por ejemplo La malnacida, que habla de un año en el pueblo, con los cálculos sobre quién se va a morir y quién no, que tiene una intensidad eléctrica. O Los hombrecillos verdes sobre los golpes de fortuna que unen o separan a las personas, que Pujadas atribuye a unos operarios del más allá. Una buena sorpresa…» Julià Guillamón, La Vanguardia «Los desperfectos persigue personajes desvalidos en un mundo desencajado donde los engranajes se encallan y los resortes vitales son inciertos.» El Periódico
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Seitenzahl: 150
Veröffentlichungsjahr: 2025
Título original: Els desperfectes
Primera edición: abril de 2021
© De los textos: Irene Pujadas, 2021
© De la traducción: Inga Pellisa, 2021
© De esta edición:
H&O Editorial
Imagen de la faja: Gina Harster
Diseño de colección: Silvio García Aguirre
Corrección: Marc García García
isbn: 978-84-129956-5-7
Todos los derechos reservados. Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, y el alquiler o préstamo público sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, salvo las excepciones previstas por la ley.
Si tus globos oculares se mueven, significa que estás pensando o a punto de empezar a pensar. Si en este preciso momento no quieres pensar, procura mantener inmóviles los globos oculares.
«Aprendiendo a conocer tu cuerpo»
Lydia Davis
(Traducción de Justo Navarro)
Y me encontré a mí mismo caminando por una senda en lo alto de una montaña, precedido por dos hombres que entendí que habían fallecido unos segundos antes que yo. Uno llevaba un traje funerario muy barato y no paraba de mirar a un lado y al otro, como si fuera un turista, y lo raro del caso era que iba tarareando de una forma que transmitía una impresión de felicidad vacua y de ignorancia deliberada. Aunque estaba muerto, su actitud parecía ser: ja, ja, ¿de qué va todo esto?
Lincoln en el bardo
George Saunders
(Traducción de Javier Calvo)
Los desperfectos
Me contaron, para ayudarme, dos historias de bebés que habían terminado como pasados por la picadora. La primera comenzaba en la puerta de un piso. Dentro del perímetro de la casa, una mujer; fuera del perímetro de la casa, un hombre. Él quería llevarse a la criatura. La quiero y punto, gritaba. Es medio mía. Esto me lo contó un vecino suyo; los estaba espiando por la mirilla y el muy cobarde no hizo nada. Me la he ganado, decía el hombre, todas las noches me levanto a dormirla, o todas las mañanas me levanto a darle un biberón, o todas las tardes la entretengo un rato. ¿Se puede saber qué has hecho tú?, preguntaba el hombre. Y ella respondía: Manda narices, a mí me dejó el coño hecho un Cristo, a mí me alteró todo el cuerpo, etcétera. Y la conversación sobre los agravios causados por la criatura proseguía sin tener en cuenta la integridad física de la criatura, un trozo de carne rosada y tierna, toda ella suave y lozana, que se balanceaba de un lado a otro del límite perimetral del piso, ahora dentro, ahora fuera, hasta que al final se rompió y la mujer y el hombre dijeron a la vez: mira lo que has hecho; cosa que demostraba que, al menos, algo tenían en común.
La segunda historia iba de una fiesta, un sitio colmado de intelectuales con opiniones extravagantes. Una de las mujeres, Marie (me dijeron que se llamaba Marie), no había cogido nunca a un bebé en brazos. La existencia de una forma de vida tan preciada y tan vulnerable la desasosegaba. Le venían pensamientos perturbadores. Cualquier criatura se podía atragantar con una oliva, se le podía deformar la cabeza, podía darse un golpecito y quedar tetrapléjica de por vida. Un descuido y a la caja. Todo esto me lo contó un amigo que estaba en la fiesta y que lo presenció todo. Para Marie, el abanico de desgracias posibles era tan extremo que las alegrías que pudiera darte a duras penas compensaban: básicamente, ver florecer una vida, acariciarle las lorzas, enseñarle palabras, ver cómo descubría los olores o se sumergía en el agua por primera vez. A Marie se le habían caído cosas, hasta ese día: se le había caído un jarrón japonés, regalo de una madre muerta (no la suya); se le habían caído o había tirado siete copas; se le había caído un rectángulo de vidrio balcón abajo, y por poco no decapita al hombre que venía a colocar la ventana. La madre del bebé de aquella noche llevaba la raya al medio: la melena le caía, disciplinada, junto a las mejillas. La madre del bebé era aprensiva, pero demasiado diplomática como para no hacer la ofrenda de rigor: ¿lo quieres coger? El bebé se escabulló de las manos de Marie. Era como un bloque de mantequilla risueño y regordete, como una ensaimada. Se estrelló contra el suelo y se partió en mil pedazos, y del susto, de la necesidad de levantar los brazos y abrir las manos y pegar un grito, el vino de dos de los comensales terminó también en el suelo. Así que es de justicia decir que, aquella noche, a Marie no sólo se le cayó el primer bebé, sino también la octava copa y la novena, que no es poco.
Esas historias me las contaron un par de meses después de que a mí también se me cayese un bebé, con el consiguiente desparrame de brazos, orejitas y piernas. Y las que te podría contar, me dijeron. Todos sabemos del poder curativo de una buena historia de fracasos. A fin de cuentas, no era la primera vez que pasaba, y le volvería a pasar a alguien. Yo no había querido nunca hijos precisamente por eso. Sabía que les hacías un abollón en la cabeza y se les quedaba abollada para siempre. Tenían trece años y aún lo veías: hace doce años te hice un abollón aquí y se te ha quedado la marca. Tirabas demasiado de un piececito y te quedabas con el piececito en la mano, y la criatura dale con la llantina. Maia me dijo: serán sólo diez minutos. Yo le dije que en diez minutos podía ocurrir cualquier desgracia. Ella me dijo: haz el favor de madurar. En aquella época yo había adquirido ya un conocimiento profundo de mí misma, pero no quería decepcionar a mi amiga. Ese fue mi error: no querer decepcionar a mi amiga. La próxima vez ya lo enmendaré, pero entretanto nos tenemos que comer los desperfectos.
La última cena
Cuando llega el último son diez y el moribundo: el padre, dos nietos, los hijos, el hermano, dos primos, la mujer y un amigo, el único que a estas alturas todavía se tenía por tal. Estrechan manos, palmean cogotes y espaldas y van desplegando sillas alrededor del cuasimuerto, que yace en mitad del corro. Han trasladado el plegatín al comedor. La luz azulada se filtra por las ventanas toscas de la casa y baña a la familia en una cualidad acuosa, divina. Entre el cuerpo del moribundo y el resto de cuerpos, taburetes con el festín: dátiles con queso, dados de calabaza, boquerones al ajillo, una jarra de vino, muslos de faisán con uvas, coca de anchoas y tazones de caldo, para acompañar el velorio.
Mientras el muerto se muere definitivamente, se va creando la atmósfera. Anda que no hacía que no nos veíamos. Hay dedos que roban dátiles, hay ojos curiosos y cejas levantadas, hay bromas fuera de lugar, el ambiente se caldea: las rebecas y los abrigos descansan sobre los respaldos y se destapan clavículas, codos y hombros.
—Mateu era un charlatán —se arranca uno de los primos—. Abril de 1978, le digo: he hablado con una chica, se llama Maria Gavà, me podría gustar. Me dijo que él lo sabía todo de Maria Gavà y, en resumen: que era una fresca. ¿Lo era? ¡Qué va! Ni la conocía. Era un charlatán. Tenía una cosa rancia por dentro. Nunca hablé con Maria Gavà y nunca se lo perdoné.
—Marcià, qué nimiedad —responde la hija del moribundo. Pero Marcià ha cargado media vida con esa nimiedad, como una piedrecita en el zapato.
—Vayamos por orden, si os parece —pide el hijo—. Empieza tú misma y si queréis vamos siguiendo hacia la derecha.
Los presentes asienten, mangas arremangadas, cuerpos relajados. Algunas manos van al tronco o a los muslos del moribundo, o le acarician las mejillas. Otras manos van a la comida. Otras manos van a las rodillas, o a los lados de los ojos o, entrelazadas, a las costillas. Hablan del moribundo sin tener en cuenta que, lo que se dice muerto, no está, y que igual los oye pero no puede replicar. Que calle y escuche, por una vez, dice Marcià. Hay quórum: el moribundo opinaba hasta del color del agua.
—Pues la semana pasada me lo encontré rezando —cuenta la hija, los labios dorados de aceite—. Y le digo: papa, pero ¿qué haces? Estaba de rodillas debajo de la ventana. Se levantó de golpe y me dijo que no sabía si lijar el travesaño. Y una mierda.
—¿Rezando, Mateu? Bah —sentencia el amigo, y escupe un hilillo de calabaza.
—Para lo que le ha servido, al cabrón. —El primo se ríe. Tiene los mofletes rojos y suda, del vino y del bochorno—. Yo era lo único que tenía que decir. Que se vaya en paz. Adiós. —Y le da una palmada en el pie al moribundo, le agarra el dedo gordo y se lo menea.
—Me toca —dice el padre del moribundo, alza una copa de vino tinto y se incorpora—. Todos los años, en junio: quedábamos a las seis en punto, mañana entera de caminata y comida de fonda, siempre lo mismo: costillas de cordero, patatas asadas, yogur natural, carajillo y caliqueño. —El padre se acaba la copa de un trago—. Todos los años, sin falta. Igual era un poco pánfilo, Mateu, pero ahí no falló nunca.
—Verano de 199o —dice la prima del moribundo—. Teníamos que ponernos de acuerdo con lo de la casa de mis padres, a ver cómo la repartíamos. Quería el terreno de los almendros para él, pero sin rascarse el bolsillo. Estas cosas se arreglan con dinero, ¿sí o no? Que luego todo son líos, ¿eh?, en la familia. Me decía que cuidaría él los árboles. ¡Que nos lo pagaría en almendras! Anda, tira —dice riendo la prima, se inclina hacia la mesita y coge tres boquerones con los dedos.
—La muerte habría que abolirla —sentencia uno de los críos, y algunos de los mayores lo miran con sorpresa y dicen: ni hablar.
En el centro del corro, envuelto el cuerpo en una tela de lino blanco, el pecho mustio de Mateu resuella discreto. El costillar sube como un bizcocho al horno, y luego se desinfla. Y entonces las piernas se le ponen tiesas y se le empiezan a sacudir. Los presentes callan y aprovechan el paréntesis para renovar los manjares: el hijo se escapa a la cocina y vuelve con una bandeja de alitas de pollo, cuencos de garbanzos con capipota y platillos de huevos estrellados con foie, y tres Raimats.
—Contigo fue siempre un estirado —le dice la hija al hijo del moribundo—. A veces te adoraba y a veces parecía que no te aguantase. Me acuerdo de muchas cosas. Mayo de 2013: tú habías terminado de remodelar el edificio del consorcio. Te marcaste una filigrana y él no te hizo ni un comentario.
—A lo mejor porque él también era arquitecto y tenía…
—Me acuerdo de otra —sigue la hija—. Verano de 2014: nos encontramos a los Bor…
—Nos encontramos a los Bordeus de vacaciones —continúa el hijo—. Con Mateu tenían bastante amistad, y el Bordeus tenía un despacho, buscaban gente. Y va y le dice que no valgo un duro. ¿Y qué? Tampoco me ha ido tan mal.
—Y el que está muerto es él —dice el primo.
—Todavía no —dice la mujer. El pecho de Mateu resuella con una determinación de hierro. El hijo se quema la lengua con el capipota.
—A veces era un hombre insoportable —reconoce la hija. Asiente todo el mundo menos los críos, que están jugando a construir casas con los palillos de los dátiles.
La mujer ha encendido una luz que resalta el blanco del lienzo del moribundo, y que esparce luces y sombras sobre su cuerpo delgado, que se desgasta, y sobre los pliegues del resto de las telas coloridas, sobre los pollos muertos y la ternera descuartizada. Uno de los chiquillos se ha acercado al abuelo con las manos pringosas y ha dejado un estropicio de aceite por el lienzo, pero ha sido fruto del amor. Nos faltan las flores, piensa la mujer: nos hemos olvidado las flores para cuando el moribundo esté muerto.
—Ojo a esta —dice el amigo—, enero de 1971: la mejor Nochevieja de nuestra historia. Trompas, pedos, borrachos como cubas, subimos al tejado de la Seli y nos ponemos a cantar a grito pelado, igual Raimon, hasta que alguien debió de llamar a los grises y entonces venga corriendo para casa. Allí empezó todo y hasta ahora. Descansa en paz, compañero. —Y le arrea un golpe en el hombro al difunto que por poco lo revive—. Que te den gratis buen alpiste allí donde vayas.
El resto de la familia calla, mira cómo juegan los niños a construir caminitos con los huesos de pollo. La hija pregunta: ¿Hay hambre? Y el primo se escapa a la cocina y vuelve con una bandeja rebosante de langostinos al cava, una olla de mejillones al vapor, cinco cazuelitas de gambas y ostras con cebolla y mostaza. Los comensales se recolocan las servilletas de tela en la falda y se pasan los platos con mucho civismo. Se chupan cabezas, se destripan cuerpos y se arrancan patas con los dedos, que después se relamen.
—Marzo de 2009, va y dice: voy a hacer un arroz para todos. —La mujer muerde un muslo de faisán y lanza una mirada a los demás—. Igual lo tuvo cuarenta minutos hirviendo. No había manera de despegarlo del cucharón. El peor arroz que he comido en la vida.
—Y nos lo tuvimos que acabar —recuerda el padre.
—Una plasta de arroz —dice el hermano.
—Un cocinero horrible.
—Indecente.
Uno de los críos se acerca al moribundo y le examina el pie: es enorme, los dedos astillados y las uñas rotas, como un trozo de parmesano listo para rallar. Toquetea el dedo gordo del pie hasta que la mujer le dice: Para, que le vas a hacer cosquillas. Se monta unas gafas de sol con un par de conchas de mejillón.
—Otra, otra —se anima el amigo—. Enero de 1981: la última farra antes de que nacieses tú. —Señala a la hija—. Salimos de casa a las cinco de la mañana, cogemos el coche, tiramos hacia la costa, dormimos la mona en la playa. Total, que cuando nos levantamos nos encontramos con un pescador que viene de echar la noche y nos ponemos a hablar con él, y ¿qué pasa?: que le caemos en gracia. Nos invita a su casa y nos prepara un suquet de pescado.
—Verano de 2012 —salta la hija—, volvemos de una comida donde la Cinta. Ahí la Cinta ya estaba muy enferma. El papa, callado. Me pregunta: ¿Tú sabes quién es la persona que más quiere en el mundo mi hermana? En la vida te lo dirá: san Francisco de Asís. Menuda tontería, dice el papa, pero yo lo veo que se está aguantando las lágrimas.
—San Francisco de Hachís —salta el amigo, eufórico, los ojos empañados, visiblemente ebrio—. Pero ¿cómo te vuelves con los años? Flojo y prudente.
—Calla, hombre.
—Otoño de 1975 —suelta la mujer, una cabeza de gamba entre los dedos—, estábamos de novios. Salimos del cine y Mateu silencioso, y de pronto suelta: Menos mal que no conociste a Annabella. Lo interrogo durante días y se niega a decir nada más al respecto. ¿Quién cojones es Annabella? Me lo he preguntado siempre.
—¿Annabella? Bah —sentencia el amigo, y rellena su copa.
Se quedan los diez alrededor del moribundo un rato más: ahora hablan, ahora callan. Cuando se vacían los vinos, se abren más, y luego aparecen el vino dulce y las manzanas asadas, trufas de chocolate, una mousse inmensa de piña tibia con canela. El moscatel los transporta a una anécdota penosa de juventud: Mateu, con una servilleta de tela sobre la verga, brincando entre los viñedos de un amigo de la universidad; llega la familia sin avisar y se lo encuentran en pelotas. De ahí a la visita de su hermana a Berlín, el mes que Mateu se fue a trabajar, cuando ella aún vivía: ¡Cinta!, un brindis por la actual Cinta muerta y un brindis por la antigua Cinta viva. Del vino a la visita y a los ataques coléricos hacia el hijo; se abre el debate: si todos creen que tienen razón, ¿quién tiene razón? ¿Quién sabe qué es lo que te conviene? ¿A qué te da derecho la edad?, etcétera. Las trufas se acaban. Las lenguas rebañan los dedos. Mientras someten a escrutinio sus actos e intenciones, sus aciertos y cagadas, el muerto se muere del todo. No saben si ha finado mientras lo adulaban o mientras lo criticaban. Sea como sea: está hecho. Es así como se han despedido del cuerpo vivo de Mateu, y uno por uno saludan al muerto. ¡Un brindis por el Mateu muerto! Se levantan de sus asientos, estrechan manos, palmean hombros, abrazan troncos y amontonan las sobras de comida en una sola bandeja, y luego las reparten para que cada cual se lleve un poco a casa.
Los mercenarios
Me da a mí la impresión —dijo la instructora Joliu mientras apoyaba el culo en la mesa de la sala— de que muy a menudo os han recomendado que miréis hacia dentro
