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"No fue precisamente Bernardette", "Los días de Carlitos" y "El hijo de mi padre", son tres "relatos" deliciosos, ágiles, conmovedores y con una buena carga de humor negro. El último es de una crueldad brutal y, por otro lado, el que nombra al libro es falsamente naíf, pero ambos cuentan historias infantiles. Estas obras originalmente no fueron escritas, sino que se desarrollaron directamente en escena, pero independientemente de su éxito teatral son tres relatos deliciosos. Libros Malaletra presenta una edición prácticamente sin marcas teatrales para facilitar la lectura y concentrar la atención en el relato y acercar a lectores no habituales de teatro.
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Veröffentlichungsjahr: 2016
Diseño de portada: Álvaro Jasso
Primera edición, abril 2014
©Adrián Vázquez
© Publicaciones Malaletra Internacional
http://libros.malaletra.com
Este libro se realizó con apoyo del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes a través del Programa Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales 2013.
La adquisición de esta obra no incluye los derechos para llevarla a escena. Para adquirir los derechos escribir a [email protected].
Ignacio Mariscal 148-3 Col. Tabacalera, México, DF.
Hecho en México
Egresado de la Licenciatura en Teatro por la Universidad Veracruzana (UV). Inició su carrera en 1993 en Tijuana como actor. Ha trabajado con directores como Daniel Serrano, Abraham Oceransky, Martín Zapata, Carlos Converso, Alejandro Ricaño, Cal McCrystal, Boris Schoemman, Hugo Arrevillaga y Alberto Lomnitz. En 2005 estrenó su ópera prima como director al adaptar la obra Una foto…? de Eduardo Rovner. La cual recibió en el XIII Festival de Teatro Universitario de la UNAM los reconocimientos a Mejor actuación masculina y Mejor dirección escénica. Además los unipersonales de su autoría No fue precisamente Bernardette (2005) y Los días de Carlitos (2005), han circulado por todo el país en diversos festivales.
Teatro de un solo hombre y un solo teatro sobre el hombre. Adrián Vázquez es lo que antes llamaban hombre orquesta, ahora cumple el sentido más cabal del término de creador de unipersonales escénicos: él sólo escribe, él solito dirige, él solito actúa y él solito se queda con la taquilla. Si pudiera manejar las luces sin estorbar el progreso de la escena, lo haría.
Conocí a Adrián Vázquez hace unos siete años, cuando él presentaba No fue precisamente Bernardette. Sin ser uno de esos montajes que calificamos como “limpios”, Bernardette era y sigue siendo un espectáculo efectivo, divertido y hasta conmovedor. Adaptación, copipaste y licuado feroz de textos del entrañable Chinansky, de cualquier modo ya mostraba una poética personal precisa y contundente. Una poética contundente, que no una ética ni por mucho estimable. Me explico: para programar Bernardette en el teatro La Caja tuve que prestarle a Adrián doscientos pesos para que fuera a comprar una copia del registro videográfico de su obra —requisito indispensable para valorar su inclusión en nuestra cartelera—. Él tenía dos horas para ir a comprar el video y entregarlo en el teatro. Sobra decir que nunca volvió con el video, nunca me pagó las doscientas lucas y de todos modos terminamos programándolo. Se me había pasado decirlo: Adrián Vázquez, además de ser un perfecto animal escénico, es un bribón. Siempre he tenido debilidad por los bribones. Ni modo, así es.
En Los Días de Carlitos avanza en su apropiación del espectáculo. Es una obra infantil. Le decimos infantil, o para jóvenes públicos, como prefieren ahora, porque suponemos que a los niños les gusta o les parece atractiva. A fin de cuentas, trata de una manera nada chabacana el tema del acoso violento infantil. Suponemos que a los niños les gusta, pero a los adultos nos encanta. A diferencia de Bernardette, Carlitos no recurre a literaturas de referencia, es un texto original en cuanto a sus fuentes y original en toda su factura. Como siempre, sigue siendo un unipersonal total. Si después de retozar viendo Bernardette podías decir: claro, siempre es efectivo Chinansky, en Carlitos no queda más que enmendar: claro, siempre es efectivo Adrián Vázquez.
Adrián Vázquez, en Carlitos, afinó su poética y se colocó en un mercado. Bien pudo quedarse vendiendo funciones de Carlitos por todo el país, y haciendo otras obras para niños. A donde ha ido con esta obra ha tenido una respuesta del público fuera de lo común, porque en nuestro teatro, y más en el de jóvenes públicos, lo común es cierta apatía o condescendencia del espectador. Aquí estamos hablando de un Adrián que solito llena un teatro de más de quinientos espectadores y se los echa a la bolsa como si fuera martes. Eso es fuera de lo común. Bien pudo quedarse nutriendo este mercado, siempre deseoso de buenos productos, pero se fue más adelante y una noche le mezcló anfetaminas y esteroides en su chocomil a Carlitos. A la mañana siguiente Carlitos ya era El hijo de mi padre, la obra que cierra este volumen. Originalmente la bautizó con un desafortunado nombre de alacranes y retortijones. Para ser para jóvenes públicos El hijo… es violenta y obscena, sigue estando en ese lugar de la calidad en el que encuentra lo mismo al gran público que a las minorías ilustradas que normalmente asisten al teatro, y lo mismo a jóvenes que adultos y a menopáusicas. En El hijo de mi padre, Adrián asoma la cabeza y hasta se atreve a salirse de esos endebles refugios provisionales que siempre nos ofrece la dramaturgia para muy jóvenes públicos, deja sus refugios y cierra un extraño círculo en el que su siguiente obra, digo, si tuviera una cuarta obra este volumen, sería un nuevo No fue precisamente Bernardette.
No sé por qué Adrián Vázquez me pide que le prologue libros o devele placas. Cada que me lo pide no me aguanto las ganitas de hablar mal de él. Sólo por aligerar la carga, quiero decir que su manera de totalizar la escena y totalizarse en ella, no es algo meramente exterior. Hay una poética clara en ellos, una manera de mirar al público al nivel de los ojos que no tienen otras formas de teatralidad. Esa cosa que siempre buscamos de un “humano hablando con otros” sin establecer jerarquías. Esa cosa que siempre buscamos pero que casi nunca se logra. Y sólo para relatar lo evidente, tengo que decir que Adrián Vázquez es, hoy por hoy, el dramaturgo mexicano que más influencia tiene en lo que escribo. Es, pues, un placer, prologar este libro que por primera vez reúne la dramaturgia más importante de este Steven Berkoff de por acá.
Luis Enrique Gutiérrez O.M.
Dicen que soy cruel, a mi edad es difícil. Recuerdo a Bernardette gritando, cuando vivíamos juntos, gritando:
—Eres tan culeramente negativo, tan jodidamente pesimista. La vida también puede ser bella, cabrón —supongo que sí, sobre todo con menos gritos.
Yo soy escritor, pero desde el día del accidente no logro bajar nada a la máquina, por eso lo hablo. Alguna vez escuché a un pendejo decir que, si la inspiración existía, lo cogiera mientras estuviera trabajando. Por mí que se lo coja, que le den duro hasta reventarle el culo. A mí, si la inspiración me quiere llegar, que me toque, cuando quiera, pero sólo…
Lo primero que hice al regresar del hospital fue sacarme pantalón, camisa, calcetines, todo, porque, con la tremenda erección que tenía y con las heridas, cualquier roce de tela me molestaba demasiado. Lo segundo fue ir al refrigerador y destapar una cerveza. Y lo tercero fue pararme frente a mi máquina de escribir a esperar. Esperar a que la inspiración…
Ahí estuve un buen rato, como dos horas, y nada, no se me ocurría nada. Pero la erección ahí seguía, enorme, cabezona, púrpura, majestuosa, digo, no es por dárselas a desear pero así la tengo. Así que después de dos horas de espera fui por otra cerveza.
En ese momento sucedió.
Doce monos que no pueden coger, se persiguen, se corretean entre las ramas, en los arbustos, se buscan en la selva. Ellos lo intentan, lo intentan, pero nunca se alcanzan…
No, no cabrón, habla de ti, algo más personal.
Un hombre solo, deambula por su departamento, no tiene inspiración, intenta escribir algo, nada, rompe la hoja, se masturba un poco, regresa a la hoja, se vuelve a masturbar, nada. Poco a poco se va deteriorando, ahora es sólo una piltrafa, ahora es sólo pito, se arrastra por la habitación y con esos huevecillos intenta escribir algo.
No, qué es eso de sólo pito. No. Volvamos con los monos.
Doce monos… voladores que no pueden coger, aletean, se elevan. Algunos se dejan caer como kamikazes sobre las monas, no lo logran, el pito se les quiebra en el intento.
No, cabrón, que cojan.
Doce monos voladores que no pueden coger, seis monos y seis… seis. Doce monos voladores que no pueden cogerse a sí mismos, lo intentan, algunos logran hacer el candado, pero se quedan…
No, es una historia de putos.
Doce monos voladores que no pueden coger porque no encuentran una… una… una… del otro género, entre ellos se hacen caricias.
Nada… Así estuve el resto de la tarde. Eso sí, si me levantaba a cagar, si iba a mear, si me asomaba por la ventana o si contestaba el teléfono, ahí aparecía una historia perfecta, bien delineada, con personajes bien construidos y una tensión dramática progresiva. Pero a la hora de estar aquí, frente a frente, la máquina y el hombre, simplemente no ocurría, no sucedía, no… Así que tomé una resolución. Decidí volcar el cuarto alrededor mío, así, en el momento en que la inspiración llegara ahí iba a estar yo, listo. Todo era cuestión de tener paciencia y esperar.
Así pasaron doce días, doce largos días y nada, no se me ocurría nada. Pero la erección ahí seguía, enorme, a reventar, cabezuda como puño de ganzo, bueno, no es por dárselas a desear, bueno qué le hago. Increíble. Nunca la había tenido así, de verdad nunca. Bueno, claro, sí la había tenido así, pero nunca por tanto tiempo, la había tenido lo normal, lo que dura una relación sexual que son qué, ¿seis, siete horas? Perdón, es lo que yo duro. Pero ¿doce días?, pensé que se me iba a gangrenar.
Increíble cómo funciona el cuerpo humano. Después de dos semanas sin haber ingerido alimento, por alguna extraña razón el ojo del culo te pide cagar y tú sabes que no tienes nada que cagar cuando te la has llevado a cerveza y whisky, pero el ojo del culo es necio y no entiende razones. Aunque intentes entablar un diálogo con él, llegar a un acuerdo, no, el ojo del culo no desiste:
—Quiero cagar, quiero cagar, por dios, por piedad, llévame al baño, quiero cagar.
—Que no cabrón, resiste. Lo que tú tienes es una mierdacerveza, ya se te va a pasar. Resiste, cabrón, resiste.
—Por favor, llévame al baño, no soporto, llévame.
—No, no, no. La mierdacerveza es la sensación de querer cagar provocada por la cerveza pero no vas a cagar nada porque no hay nada qué cagar. Tranquilo se te pasará.
—Quiero cagar y voy a cagar, voy a cagar, voy a cagar.
Y el ojo del culo comienza a abrirse y a abrirse y a abrirse y tú sientes como si un negro enorme llamado Walter te estuviera cogiendo desde adentro. Yo no conozco a ningún Walter, fue un decir.
Así que hice una tregua, desistí por un instante de la máquina y el hombre, y fui a cagar.
Big Bart era el cuatrero más temible del Viejo oeste, su trabajo consistía en llevar caravanas sanas y salvas del Este al Oeste. En el camino, Big Bart se cogía a unas cuantas mujeres, mataba a unos cuantos indios y regresaba por otra caravana. Ese era el deber de Big Bart.
Big Bart era un tipo corpulento, de un metro noventa y ocho de estatura, con dos orificios completamente ennegrecidos por nariz, unos radiantes dientes amarillos. Big Bart tenía el record de más mujeres cogidas, de más indios muertos, del escupitajo más lejano y la meada más duradera. Ese era Big Bart.
