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A principios del siglo XVII, aunque casi no se notaba, ya las cosas comenzaban a no marchar tan bien en el Imperio. Liderado aún por una casa de Habsburgo, cuyos últimos reyes caducos, cobardes, cornudos y siempre faltos de carácter competían en corrupción y amoralidad con una corte y un Consejo del Reino decadentes y miopes, y con unos validos todopoderosos pero rapaces que se apoyaban a su vez en una iglesia retrógrada y siniestra, sus confines y sus fronteras exteriores, al final, y aprovechando la distancia con la metrópoli, solo se mantenían en pie por la voluntad combativa, el orgullo y la mano firme de hombres como el virrey de Nápoles, don Pedro Téllez-Girón, como don Pedro de Toledo, gobernador de Milán, o don Alonso de la Cueva, marqués de Bedmar y embajador de España en Venecia. Estos, a su vez, mantenían bajo su mando y a su disposición al mejor ejército del mundo: los tercios, donde convivían todas las clases sociales y todas las nacionalidades que eran parte de aquel Imperio donde aún no se ponía el sol; desarrapados muchas de las veces, y con las pagas atrasadas las más, pero todos observando a trancas y barrancas, como una religión, las más estrictas normas de honor y valentía y mirando siempre por sobre el hombro con desprecio y altivez al enemigo. Varios de estos soldados, poetas de vocación y muchos de ellos de no corta inspiración, escribieron a punta de espada y estruendo de mosquete, unos con más fortuna que otros, sobre la aventura alucinante de sus vidas en un mundo que en ese momento se les presentaba ancho, muy ancho, pero para nada ajeno. Uno de estos fue don Ruy Díaz Íñiguez de Mendoza, un hidalgo segundón quien, ya anciano, le dedica unas memorias al conde duque de Olivares, el poderoso valido de Felipe IV, en el ánimo y con el ruego de que le sea restituida fama y honra a su admirado don Pedro Téllez-Girón, el famoso duque de Osuna, bajo cuyas banderas sirvió y se hizo hombre, y a quien tan mal le había pagado la corona. De esa vana pretensión y también de la pugna por el dominio de las rutas comerciales de Oriente entre España, el Imperio otomano y la Serenísima República de Venecia trata La conjura, la primera parte de la trilogía Los dueños del mundo.
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Seitenzahl: 277
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Rafael Pérez
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1181-885-8
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«Faltar pudo su patria al grande Osuna
pero no a su defensa sus hazañas;
diéronle muerte y cárcel las Españas,
de quien él hizo esclava la Fortuna».
Francisco Gómez de Quevedo Villegas
«Para aquellos que son guerreros, cuando se enfrentan en combate, el aniquilamiento del enemigo debe ser la única preocupación. Suprimir toda emoción y compasión humana. Matar a quien quiera que se ponga en el camino, aún si es el mismo Dios, o Buda. Esta verdad está en el corazón del arte de combatir».
Hattori Hanzo (Clan Tokugawa. Bushido 1542-1596)
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Dedicatoria
Al excelentísimo don Gaspar de Guzmán y Pimentel Ribera y Velasco de Tovar, conocido como el conde-duque de Olivares, tercer conde de Olivares, primer duque de Sanlúcar la Mayor, primer marqués de Eliche, primer conde de Arzarcóllar, primer príncipe de Aracena y valido del rey Felipe IV de España.
Tomados ya los votos y por fin descansando del ajetreo de la vida mundana en el silencio, el recogimiento y la paz de este monasterio benedictino de San Benito del Real en Valladolid, me apresuro a solicitaros humilde y encarecidamente vuestro perdón y vuestra comprensión por mi atrevimiento. Confiado en vuestro ya proverbial y ampliamente conocido y celebrado sentido de la justicia y del honor, y en recuerdo de las andanzas compartidas en Salamanca, me permito dedicaros y haceros llegar esta pobre pero verídica crónica que, aunque torpe, me he empeñado en escribir en el ánimo de que se haga justicia a la memoria de mi gran amigo y benefactor, don Pedro Téllez-Girón y Velazco, el famosísimo duque de Osuna, paladín este y defensor de la fe cristiana como no conocieron otro igual los siglos, que toda su vida la dedicó a luchar sin pausa por la mayor gloria de España y que, como muchos otros de nuestros valientes y esforzados soldados, que nos han hecho dueños del mundo, como destino y premio final solo han recibido abandono, injusticia y desprecios, y en el caso muy particular de don Pedro, además, una mísera muerte en una celda de la prisión de Barajas, sin derecho a juicio, y reo de las más mezquinas y cobardes maquinaciones que imaginarse puedan, y que siempre fiel a sí mismo expiró diciéndole a su confesor: «Si cual serví a mi rey sirviera a Dios, fuera buen cristiano».
Capítulo 1 SALAMANCA
Pues bien, señoría, toda buena historia para serlo debe tener un principio y un final a modo, y esta que hoy comienzo a contaros, lo hace a lomos del puente romano que atraviesa el Tormes y deja a los viajeros justo enfrente de la Puerta del Rio, por donde primero se entra a la ciudad de Salamanca, como quien viene del sur.
Mi señor padre, don Baltasar Díaz del Moral, licenciado, natural de Medina del Campo y con plaza en Valladolid como alcalde de hijosdalgos, y yo, Ruy Díaz Íñiguez de Mendoza, su díscolo hijo mayor, sin apenas mirarnos, él muy en su papel de severo preceptor y yo hosco y cariacontecido, íbamos cruzando el dicho puente a lomos de mula un lunes de pascua del año 1616, cuando algo que sucedía abajo en el río, en medio de la corriente y en ambas riberas, llamó nuestra atención. Aquello parecía ser una fiesta en toda regla, observé interesado y sorprendido. Una multitud de barcas, todas engalanadas con flores y banderines, transportaban personas a la margen derecha por la que se accedía a la ciudad y se regresaban a buscar más al otro lado del manso caudal del Tormes. Entrecerré los ojos y traté de ver y entender con claridad lo que sucedía. Una multitud colorida formada por grupos abigarrados de hombres y mujeres parecían estarlo pasando muy bien revolcándose, si me dije incrédulo y divertido por primera vez en el viaje, bailando y revolcándose casi al borde del agua. Afiné el oído y recuerdo que pude escuchar con claridad la música que llegaba atenuada hasta nosotros. Carcajadas y bullicio, alegría en todas sus tonalidades, y muchas, muchas melenas azafranadas.
—Putas Ruy.
Se dirigió a mí con una mueca de desdén y un tono francamente despreciativo mi señor padre, escupió con asco y luego continuó ya en su acostumbrado estilo doctoral
—Trata de evitarlas como a la peste, hijo mío, y trata de hacerlo por tres razones, primero porque el fornicio cuando no se da en el matrimonio y con fines de procreación es pecado mortal, segundo porque las bubas y pústulas producto de la enfermedad venérea, a más de dolorosas y vergonzantes, pueden acabar con tu salud e incluso con tu vida, y tercero, debes medir muy bien y atar muy corto tus gastos, pues la hacienda que te dejó tu pobre madre, que en paz descanse, apenas llegará para pagarte tus estudios y tu estadía, y como ya te he dicho, yo no estoy dispuesto ni puedo a ir más allá, pues como sabes tengo nueva mujer que alimentar y otros hijos a lo que criar y de los cuales ocuparme.
Mientras el envarado don Baltasar hablaba, ¡qué gran recibimiento me estaba dando Salamanca!, y yo que venía tan triste, tan molesto y a regañadientes por aquello de tener que estudiar, pues no parecía empezar mal del todo aquella aventura. Como que lucía con futuro, y un futuro glorioso. Y con el mayor disimulo, mientras internamente me felicitaba de mi buena estrella, asentí muy serio a las sesudas palabras de mi progenitor.
—Y decidme algo, padre mío, ¿qué hace tanta puta junta en el rio y que fiesta celebra toda esa gente?
Mientras las bestias con su paso cansino casi nos habían llevado al otro lado del puente, don Ramón me respondió sin demasiado entusiasmo
—Es la fiesta de Pasar las Aguas Ruy, verás, durante Semana Santa las prostitutas deben por ley abandonar la ciudad y son trasladadas al otro lado del Tormes, y solo se les permite regresar el lunes de pascua. Hoy es ese lunes, el primer lunes después de la cuaresma, así que los estudiantes en masa corren a buscarlas y a cruzarlas de nuevo ayudándolas a entrar en la ciudad. Toda una fiesta. Todos fornicadores. Todos en grave pecado mortal y el diablo campando por sus fueros entre todos ellos, mal rayo los parta.
Y se santiguó con gran recogimiento al terminar su explicación
—¿Y por qué no cruzan por el puente? ¿No sería más fácil?
—Si mal no recuerdo, en mi época había una tradición que le prohibía pasar el puente a cualquiera que no se hubiera confesado y comulgado, y me imagino que la tradición sigue
—¡Ah! Pero nosotros tampoco hemos pasado por el confesionario, padre.
Don Baltasar bajó la voz hasta que esta fue apenas un susurro.
—Eso lo sabemos tú y yo, Ruy, no te preocupes, si te pregunta algún fraile de los que se suelen apostar al final del puente, diles que tomaste la comunión esta mañana temprano al pasar por Santa Águeda y pídeles su bendición.
Pero, a decir verdad, no encontramos frailes por ninguna parte. No dude su merced que, conociendo como se las gasta esa gentuza, pudieran estar mezclados y entretenidos también ellos en la fiesta de la ribera. Tampoco me importaba mucho. Os aseguro señoría que, ante tal recibimiento, que yo consideraba como el mejor de los augurios, el alma me había vuelto al cuerpo, y allá iba yo, más alegre que unas pascuas, y valga aquí la redundancia, por la puerta que atravesaba la muralla en dirección al hostal que conocía, de los tiempos de su estancia de estudiante, mi señor padre, y del que se expresaba con entusiasmo. Bueno y barato, buena cama y buena comida, Ruy, y muy cerca de la facultad de Leyes de la Universidad. Lo que no me dijo en aquel momento mi padre es que Salamanca en aquellos años, por la cantidad de estudiantes y de dinero circulante que había era conocida como el mayor burdel de Europa. Lo supe más tarde por Máximo Spitelli, que se me convirtió en una especie de mentor en la ciudad y en la Universidad, pero eso os lo contaré cuando lleguemos ahí.
—En fin, hijo mío, que no, no lo hay más cómodo ni más económico en toda Salamanca, y mira, hemos llegado, y fíjate, aún está como lo dejé.
Se trataba del Mesón del Estudio, un lugar que tenía vista sobre la puerta del Alcázar y el recodo más amplio del río. Por doquier maderas viejas y carcomidas, encalado descascarillado, techos sospechosos de albergar goteras, toda una facha, pensé en ese momento. A tal mesón tal precio. Había que conformarse y con la ayuda de don Baltasar acomodé mis escasas pertenencias como mejor pude en una habitación del segundo piso, lóbrega y oscura, con un armario, una cama con jergón de estopa, un aguamanil y una bacinilla por todo mobiliario. No es que yo viniera de vivir en un palacio, pero me deprimí un tanto pues no eran precisamente lujos, ni presentes ni futuros, los que prometía tal escenario, así que acompañado de don Baltasar, que me daba golpecitos en la espalda como para animarme, bajamos de nuevo al primer piso y, cansados y molidos como estábamos, pedimos algo de comer.
Apenas había comenzado a atardecer por lo que, en el comedor, neblinoso por el humo de los fogones producto de una chimenea vieja y defectuosa, se sentaban ya varios jóvenes bulliciosos que supuse estudiantes, tanto por la edad como por el uniforme, una especie de sotana negra y un bonete del mismo color, aunque también varios de ellos lucían las mismas vestiduras, pero de color pardo oscuro. Parecían cuervos, y vaya si graznaban como cuervos los condenados. Mientras dábamos buena cuenta de la cena que no fue más que un arroz a la Zamorana recalentado y un pedazo duro de bollo maimón, mi progenitor observando mi interés en el resto de los comensales fue dándome algunas explicaciones, como para irme ubicando en aquel mundo nuevo para mí en el que mañana me dejaría solo por primera vez en mi vida.
—Estos que ves son estudiantes, acostumbran a cenar temprano para aprovechar la noche, unos, los menos, para estudiar, otros, los más, para comenzar la farra y no soltarla hasta la madrugada
—¿Y ese uniforme tan tétrico? ¿Tendré que comprarme uno así?
—Esa especie de sotana hasta los pies que llevan se llama loba talar y esa banda que les atraviesa el pecho y les cae por la espalda se llama beca y suele ser del mismo color que la loba, y si, tendrás que comprarte esos vestidos pues es ley en esta universidad, y creo que, en todos los colegios mayores del reino, el usar uniforme.
—Pues eso y un cuaderno para apuntar mis gastos serán lo primero que compre mañana por la mañana, después tendré que acudir a la facultad, matricularme y ver lo libros que también he de comprar
—Muy sabio de tu parte, hijo mío. Te irá bien aquí si sigues pensando y actuando de esa manera y guardas la debida disciplina moral que debe guardar un cristiano viejo. ¿Ves esos que ya parecen haber terminado de yantar? Pues ahora subirán a sus habitaciones, cambiarán su uniforme por ropas más coloridas y se irán de farra a los burdeles y a los garitos que en esta ciudad es lo que sobra —se encogió de hombros— es la costumbre, aunque se trate de una muy mala costumbre.
No me lo parecía a mí, pero Dios me libre de hacer semejante comentario. Eructé sonoramente, aquella comida recalentada de no se sabe cuántos días me daba gases, y asentí muy serio. Lo principal ahora era lograr que don Baltasar se regresara a nuestra casa en Valladolid, tranquilo y confiado, que ya me encargaría yo de descubrir todo lo que había que descubrir en aquellos entornos estudiantiles. Así que subimos con prisa los viejos escalones que crujían adoloridos bajo nuestro peso y nos fuimos a dormir.
Tuve la impresión de que la noche pasó muy rápido. En la mañana me levanté de la estrecha cama adolorido, algo que achaqué al paso irregular de la mula en el camino el día anterior, y a mi falta de costumbre en ir de monta en semejante animal. Mi padre y yo desayunamos unas gachas frías y asomándonos a la puerta pudimos contemplar una riada de uniformes y bonetes negros que se desparramaba con prisa por la calle rumbo a la universidad. Don Baltasar, mientras enjaezaban las mulas, continuó con sus consejos hasta que al fin, ya todo listo, y tras abrazarme ceremonioso, enfiló, con una última amonestación, puente romano adelante, desandando el camino que habíamos hecho al llegar.
Me le quedé mirando bajo el tibio sol de la mañana salmantina hasta que se perdió al otro lado de la corcova del puente, entonces aspiré y solté el aire con una especie de satisfacción excitada. Por fin solo. Tenía suficientes ducados en la bolsa, ciento treinta para ser exactos, como para pasar doce meses sin pedirle ni uno a don Baltasar, y era total y absolutamente libre. Libre de hacer lo que realmente me viniera en gana. Esa era una sensación nueva, algo que no había experimentado nunca antes. En ese momento me sentía otro, más ligero, más audaz, más osado, más arriesgado. Y de esta manera, con decisión, eché a andar calle adelante rumbo a Serrano, donde según mi progenitor se podía comprar de todo.
La calle Serrano, aunque no era la única donde se apostaban los ropavejeros, si era la más famosa. Ya me lo había explicado con antelación mi buen padre. Se podía encontrar lo que hiciera falta y a muy buenos precios. Desde cuadernos usados a medio llenar a libros de segunda mano, pasando por todo el recado y aditamentos para el estudio, desde papel, plumas, tinta y tinteros, hasta cuchillos y tijeras de escribanía. Puras gangas. Era bueno saberlo. Estaba concentrado en revisar con curiosidad ese tipo de cosas en un puesto regentado por un individuo gordo con más trazas de bandolero que de mercader, cuando me di de manos a boca con alguien que también parecía interesado en algunos de aquellos adminículos.
—Scusa mío amico, non ti he visto!
El individuo era bajo y entrado en carnes. Con una barbita muy recortada y una gran sonrisa de oreja a oreja, que por cierto las tenía muy separadas y de tamaño más que regular. Era obvio que no se trataba de un adonis, pero se le veía simpático y me miraba con curiosidad evidente
—No os preocupéis, no ha sido nada.
—Sois nuevo in la citta. Vero?
Me había dado cuenta de que el individuo era claramente extranjero, uno de los tantos que acudían de todas partes de Europa a graduarse en la mejor universidad del mundo. También me había aleccionado al respecto don Baltasar, y también debía de cuidarme de ellos, pues muchos, sobre todo los que venían del norte, los flamencos y los valones, profesaban el luteranismo y estaban siempre prestos a ganar almas para su causa.
—Sí lo soy, y ¿cómo lo sabéis vos?
Se encogió de hombros y me dedicó una risita conejil que me lució sardónica, luego con un elegante movimiento de su mano derecha me señaló recorriéndome de la cabeza a los pies, y para mi sorpresa dijo
—Un paleto del paese púo dirlo a leguas.
Y se rio de nuevo, esta vez de forma estentórea, mientras yo no sabía si acompañarlo en la risa o asestarle un par de mamporros en el hocico y una buena patada en las nalgas.
—Ah! Pero no os ofendais, mío amico, siamo arrivati todos qui mas o menos como tú.
—¿Y vos quién sois que os atrevéis a opinar de esa forma tan despreocupada y ofensiva del primero que pasa por la calle?
Aquí el italiano, pues era evidente que era italiano, se quitó el bonete y haciendo una graciosa genuflexión se presentó muy formal, aunque con un cierto sarcasmo implícito en el tono y en el gesto, o eso me pareció a mí entonces, ya en guardia y escarmentado por sus salidas anteriores
—Mi presento. Sono Máximo Spitelli, fiorentino nativo, estudioso de Leyes y de Cánones y ordenado de menores, al vostro comando.
—¿Sois medio cura entonces?
—Podría decirse. Discutibilmente!
Conversando con animación, y ante la mirada desolada del vendedor, abandonamos el puesto sin comprar nada. Me interesaba aquel individuo, estaba claro que era un veterano y que se movía en la ciudad y en la Universidad como pez en el agua, seguro me podía ser de gran ayuda sobre todo en las primeras de cambio, y a la vez debo reconocer que además me divertía y me asombraba su desparpajo y su poca vergüenza. El por su parte, orgulloso, parecía encantado de poder introducir a un recién llegado en los usos y costumbres de la citta. Es curioso, pero, ahora que lo pienso, nunca logré que Máximo dijera «ciudad» correctamente.
Mientras nos deteníamos aquí y allá, en un puesto ahora y en una tienda de muebles después, sin dejar de hablar, nos íbamos poniendo al tanto de nuestras respectivas condiciones y, después de dejar atrás una cacharrería llena de objetos inverosímiles y un mercadillo donde se vendían Lobas, bonetes y Becas usados y de todo tipo y condición, pero todos de muy buen ver, le contaba yo del interés que tenía mi padre de que estudiara Leyes y siguiera la tradición familiar y de cómo había puesto parte de la dote de mi difunta madre a mi disposición para tal fin, de cómo apenas habíamos llegado ayer al final de la tarde y de cómo precisamente estaba buscando comprar un cuaderno y unos útiles de escribir pues debía anotar al detalle todos los gastos para, de esta manera, tener un justificante al momento de solicitarle más cuartos, que de otra forma iba a ser muy difícil que viniendo al caso me los soltara.
Spitelli, por su parte, me manifestó muy orondo, mientras compraba un colchón, una mesa y un par de sillas en muy buen estado, que no era su caso, que con la mesada que recibía cada cierto tiempo de su familia en Florencia, gracias a dios poseedores de una saludable fortuna y gran influencia en la corte de los Medici, y del pago al que tenía derecho y recibía puntual de la iglesia por profesar una de las órdenes menores en su función de acólito, el dinero no era un problema, y que acababa de alquilar una casa, amplia y soleada por los rumbos de la Plaza de San Martín, cerca del mercado, y que se había tropezado conmigo mientras estaba precisamente de compras tratando de amueblarla. Por cierto y para que me hiciera una idea de lo mucho que a él y a su familia les encantaba España, su tío abuelo Paolo Giucciardini había sido embajador de la serenísima en la corte de Fernando el católico y sin ir más lejos uno de sus tíos maternos ostentaba actualmente la misma representación en la de Felipe III
Confieso que me había impresionado y deslumbrado, Vive Dios, qué diferencia la nuestra. Caminando juntos. Yo un pobre hijodalgo y él un cortesano que se codeaba con políticos y diplomáticos en la corte de los Médicis y con familiares en la villa y corte de Madrid. A no ser que todo fuera un cuento o una broma más del petizo, algo que más adelante pude comprobar que no era el caso, pues Máximo en realidad a la postre resultó ser quien decía ser. Nunca había conocido a un personaje como él antes.
—Creo che sia hecho tarde, e ora di mangiare ¿Cosa ne pensi se te invito a pranzare para festejar lárrivo in cittá dellónorevole don Rui Díaz Íñiguez de Mendoza?
En verdad que signore Spitelli había resultado ser un tipo alegre, sin complejos y con una visión muy optimista y positiva de la vida. Hombre, me dije pecando de mezquino por un momento, con tíos embajadores, familiares en la corte más fastuosa de Italia y estipendios como los suyos, cualquiera dormiría todas las noches más alegre que unas castañuelas. Le agradecí su gentileza y su invitación y lo seguí a una fonda que no estaba muy alejada del mercado. Nos sentamos y pedimos vino. No solo me convenía su amistad por ser un veterano que conocía al dedillo la ciudad, ahora también resultaba ser uno de esos estudiantes ricos que abundaban en la urbe y que sin duda me podría introducir en los círculos de más influencia de la misma, pues es bien sabido que Dios los cría y el Diablo los ajunta, como decía el refrán.
—Sai como usarla?
Y me señalaba con la barbilla la espada ropera que yo ceñía al cinto y que había colocado a mi lado para poder sentarme con comodidad
—Pues alguna maña me doy, sí.
—Qui é prohibido agli studenti portare arma, non dimenticare.
—Es bueno saberlo, pero por fortuna yo aún no soy un estudiante, así que no os preocupéis.
Mientras probaba el vino que nos escanció con gestos bruscos una posadera gordita y malencarada, reparé en que no había calculado entre mis gastos los de un profesor de esgrima. El caso era que debía practicar con cierta frecuencia si no quería perder la habilidad que había construido desde que era muy niño en casa de mi padre, y sí, no os extrañéis, yo pertenecía a una familia que tradicionalmente, desde mis tatarabuelos, no por ser gente de letras les hacían ascos a las armas.
—¿Conocéis algún maestro de esgrima, Máximo?
—Sono gente di pace, Ruy, no se niente de armi. Ah! Questo vino non é male, é ottimo!
Se había echado hacia atrás en el respaldo de la silla y se relamía los labios con fruición después de haberse dado un largo trago.
—Stasera os presentaré a un gruppo di amici spagnoli che posso parlarvi di un maestro de esgrima. Loro sono nobile como te, e saben molto de eso.
Acababa de llegar la comida y por Dios que olía y se veía tan apetitosa como bueno estaba el vino que nos habían servido primero. Mientras dábamos cuenta de la sopa castellana y del chuletón de Ávila, Máximo me explicó en su medio español medio italiano, que esa noche sus amigos se reunían en la casa de Tablaje de Cristóbal Ceballos a jugar su ya tradicional partida de cartas y que sería un muy buen momento para presentármelos y porque no, arriesgar algún envite también. Que no me preocupara que ni se ganaba ni se perdía mucho, que se jugaba legal, con apuestas que no pasaban de los dos reales como estipulaba la ley. Me sonreí para mis adentros recordando la comparación de Máximo, si estos gariteros eran tan nobles como yo, estábamos aviados. Y por más que me lo jurara, estaba seguro de que, además de los dos reales, hasta apostaban la vida a punta de juegos de estocada. Pero todo se verá. No adelantemos vísperas. Que interesarme claro que me interesaba.
Nos comimos de postre una buena ración de Sacatrapos de Cuaresma que tampoco estaban malos, y nos despedimos no sin antes acordar vernos para el juego de esa noche en casa de Pedro Ceballos.
—Ah! Ruy, ricorda che le armi tampoco non sono permitidas in casa de don Cristobal!
Y diciendo esto, se alejó silbando despreocupado, calle abajo y sin mirar atrás.
Por lo visto fuimos los últimos en llegar. Como me había advertido Máximo tuve que dejar mi daga en la puerta. Fue el día que nos conocimos señoría. Estoy seguro de que no lo recordáis pues cuando entramos Máximo y yo, apenas nos dirigisteis una mirada de soslayo tan concentrado estabais en el juego. Mas tarde, cuando terminada aquella partida, que por cierto recuerdo que perdisteis, y me presentó Máximo, apenas reparasteis en mí. La noche fue larga. Noté que no se servía bebida. También recuerdo que el mazo de naipes se cambió tres veces por uno siempre nuevo. Por lo visto esa era la misión principal de don Cristóbal, el mandrachero de esa casa, un exsoldado, con pinta de indiano, canoso, quemado por el sol y lleno de cicatrices. El resto del tiempo, el individuo se mantenía sentado al fondo de la sala en el más completo silencio. Había tres mesas donde se jugaba. En la vuestra estaban también esa noche, y eso no lo olvido, porque más adelante nos convertiríamos en inseparables hasta mi posterior huida, vos, don Gaspar, Rodrigo Navarro Argoitia, Lorenzo Ramírez de Prado y Luis de León Escudero-Herrera.
Terminada la partida que estaba en curso cuando entramos, y hechas por Spitelli las debidas presentaciones, el grupo, más por educación que por interés, nos invitó a incorporarnos al juego. Máximo aceptó de inmediato y yo, por la más elemental de las precauciones, sin conocer el juego ni a los jugadores y menos aún las reglas de la casa, preferí abstenerme. Ya habría tiempo más delante de desplumar debidamente a aquellos tahúres. Por ahora pies de plomo, me dije, que los cuartos no sobran y no estaba el horno para bollos. Máximo me indicó que si no iba a jugar me sentara al fondo, lejos de la mesa, pues también estaba prohibido el mirar por encima del hombro de los jugadores. Mas tarde me explicaría que había apuntadores, que, de acuerdo con el fullero de turno, se ponían al lado del contrario y haciéndose pasar por amigo, le avisaba de su juego con señas muy puntuales que hacía con dedos, boca, ojos y cejas. Que no fueran a pensar que yo era uno de esos, rediez, y que se armara la de san Quintín.
Al punto me retiré como me había indicado intuyendo ya cual podía ser la razón del pedido. Durante las próximas tres semanas tuve la oportunidad de aprender mucho sobre aquella «Casa de Conversación», como eufemísticamente les gustaba llamar a mis compañeros aquel garito y principalmente sobre el juego, los fulleros, las trampas y los tahúres que lo frecuentaban, y en especial aquella terminología como «naipes hechos», «el humillo», «la verruguilla», «los colmillos» o «el raspadillo». Todo esto lo fui incorporando con rapidez a mi acervo cultural sin entrever ni por asomo lo provechoso que me iba a resultar en el futuro, en los cuarteles del Tercio en Nápoles y a bordo de la flota. En fin, que al momento de abandonar la Universidad y salir de Salamanca, y hecho balance, no solo había ganado mucho en experiencia y conocimientos, sino que, a no ser por la suma que tuve que apoquinar para escapar, me hubiera llevado en la bolsa unos cuantos escudos más de los que había traído, así que en términos generales no puedo decir que me fuera mal el negocio.
La Casa de Conversación de don Cristóbal se encontraba en la llamada Puerta del Sol, cerca de la iglesia de San Pelayo. Concluida la última mano y comenzada ya la levantada de naipes, puesto que por ley también había hora de cierre en las tablajerías, nos encaminamos todos charlando animadamente hacia la plaza del Azogue Viejo donde teníamos toda la intención de despedir la noche al calor de unos buenos vasos de vino en la taberna del Perro Cojo. Esta, aunque medio ilegal, funcionaba también como mancebía, y por la calidad de su vino y la donosura y el garbo de sus mujeres, era famosa en toda la ciudad. La tal Perro Cojo era regentada con mano de hierro por una gran amiga de Máximo, Violante Pérez la Serrana, y todos se rieron y le palmearon la espalda al italiano mientras que Rodrigo Navarro nos lo aseguraba muy serio, solemne y en voz baja, como en secreto.
Por el camino también me enteré de que el mejor maestro de esgrima de la ciudad se llamaba don Bernardo de Robles, un espadachín algo anciano, pero aún de brazo firme y reflejos de halcón, que cobraba once reales castellanos al mes por una hora de práctica a la semana pero que estaba demasiado solicitado por la gran cantidad de estudiantes nobles que atendía por aquel tiempo.
—Si sois amigo mío, os aseguro que el maestro Bernardo os encontrará acomodo Ruy —afirmó el poeta Lorenzo Ramírez pasándome con familiaridad un brazo por los hombros, no os preocupéis que ya mañana resolveremos el tema, que esta noche es noche de vino, culos y tetas, como manda la Santa Madre Iglesia. Reímos la ocurrencia y, a la vez, hice el cálculo.
Más o menos un ducado por mes y entonces me quedaban nueve según el presupuesto que teóricamente me había asignado como guía de supervivencia. Estaba claro que debía hacer algún sacrificio si quería llegarle al precio a don Bernardo. Y de esta manera, entre bromas y veras, riendo mucho y alborotando más, entramos por fin al Perro Cojo.
El local estaba lleno, y a pesar de que era amplio y espacioso no cabía un alfiler. Alguien tocaba la guitarra y unas voces destempladas lo acompañaban. Coplas de burdel, de las de despecho, de las lloronas. Borrachos emocionados y a punto de rasgarse la camisa. Zapateados broncos sobre las mesas. Batir rítmico de palmas y remolinos de faldas. Aquello era un batiburrillo de locos. Doña Violante, consciente de la importancia de los parroquianos que acababan de llegar y a los que conocía bien, vino enseguida a nuestro encuentro. Abundosa por todos lados, de moño alto, pechugona y pintarrajeada, nos preparó rápido una mesa y seis sillas apartando, sin muchas contemplaciones, a unos cuantos estudiantes con pinta de pobres que se apoyaban en una, junto a la ventana, durmiendo la mona.
—¡Vino para todos, doña Violante! Que morimos de sed y mándenos su merced compañía, que la noche es joven y nosotros también, jóvenes y ardientes.
Reímos a coro vuestra salida, y yo, mirando a mi alrededor, pude darme cuenta entonces de que era cierto lo que me había contado mi padre. La concurrencia aquí y a aquella ahora era heterogénea y colorida, sin lobas cortas ni largas y menos becas y birretes. Que interesante anoté, debía hacerme lo antes posible de un buen guardarropa si quería guardar las apariencias y además porque se notaba a la legua que había competencia en cuanto a la moda y la calidad de la vestimenta de los estudiantes en sus correrías nocturnas.
Después de la primera ronda y comenzada ya la segunda, los cuatro supuestos estudiantes pobres que hasta nuestra llegada habían estado dormitando de bruces sobre la mesa que ahora nosotros ocupábamos, aunque no del todo, habían acabado por despertarse. Algo confundidos primero, y bastante enojados y encorajinados después, asumieron que éramos los autores de la agresión de la que se sentían víctimas por ser nosotros los ocupantes de la que consideraban su mesa. Así que sin previo aviso se nos fueron encima gruñendo insultos y obscenidades y lanzando empujones y puñetazos a diestra y siniestra. La pelea se generalizó con rapidez. Máximo sin entender muy bien lo que estaba ocurriendo se fue de espaldas al suelo con silla y todo, y yo, protegiéndome como podía de las trompadas que me arreaba sin mucho tino uno de los borrachos, terminé entre los pies del grupo tratando inútilmente de quitármelo de encima.
No recuerdo exactamente en que lance andaba su señoría en esos momentos, pues yo seguía sin ver mucho desde el suelo en donde había terminado enzarzado en una lucha a brazo partido con mi borracho de turno que no cejaba en su empeño de romperme las narices.
A la pelotera que se desarrollaba en nuestra mesa pronto se unieron más y más parroquianos y en un santiamén la gresca fue general. Porrazos y mamporros volaban por aquí y por allá junto con bancos, sillas, jarras y vasos. La guitarra había callado y ahora solo se escuchaban golpes, maldiciones, gritos, imprecaciones, botellas que se rompían y chillidos femeninos. Las velas y los candiles más cercanos se apagaron y quedamos en una especie de oscuridad a medias donde, a decir verdad, no distinguíamos amigos de enemigos. Con alivio sentí como alguien tomaba de los cabellos al empecinado de mi beodo particular, me lo quitaba de encima y lo sacaba a rastras de debajo de la mesa. Cuando por fin pude incorporarme del todo me di cuenta de que había sido el joven Baltazar Navarro, quien ahora, ante la indefensión del estudiante ebrio, lo pateaba sin piedad.
Resoplando aún por el esfuerzo, miré a mi alrededor y entreví en la semioscuridad la figura de Máximo que se había incorporado y que, arrimado de espaldas a la pared, asistía con los ojos muy abiertos, y con no poco asombro, a lo que estaba sucediendo a su alrededor, sin tratar ni por asomo de participar.
Esquivé como pude a otro de los beodos empeñado también en hacerme morder el polvo, pero no pude evitar que de refilón me tomara del cuello con unos dedos que parecían de hierro, me arrastrara de nuevo al suelo y comenzara a asfixiarme sin atender a razones. Entre los vapores del vino consumido y la alarmante falta de oxígeno comencé a ver todo rojo y nublado. No podía respirar, creí que había llegado mi hora y que moriría en la flor de la edad, y fue entonces, boqueando y medio inconsciente, que, sin medir el alcance de mis actos, en un reflejo de simple desesperación, saqué mi puñal y de un golpe seco se lo clavé en el pecho. El individuo quedó, con los ojos muy abiertos por la sorpresa de una muerte inesperada, tendido bajo la mesa y yo, sentado en el piso, a su lado, confundido y aspirando con desespero en busca de aire, sin estar totalmente consciente aún de lo que había hecho, trataba, más muerto que vivo, y a gatas, de salir de debajo de la mesa y recuperarme.
Resollando aún penosamente, me levanté y me acerqué a Máximo que continuaba paralizado y pegado a la pared, y juntos, esquivando alguna que otra silla y todo tipo de proyectiles que aún volaban en las tinieblas, nos deslizamos fuera del figón. De esta manera, bastante golpeados, pero casi totalmente sobrios, pues ni el vino habíamos tenido oportunidad de probar en la cantidad suficiente para emborracharnos, nos adentramos en la noche, cada vez más lejos de la batalla que seguía su curso en el Perro Cojo.
Fue entonces cuando caí en la cuenta por primera vez en que, en la confusión de la trifulca y la huida, había dejado el puñal bajo la mesa, en el pecho del borracho, pero no me atreví a regresar a buscarlo, a lo hecho pecho, nunca mejor empleada la frase, me dije.
