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Los cuartos y pasillos de una pensión de Barcelona en los años cincuenta son los protagonistas de esta novela calificada por muchos como una de las más importantes de la literatura española del pasado siglo. En ese espacio, a veces claustrofóbico y otras mundano, coinciden huéspedes que muestran la diversidad de la España de la posguerra y las miserias y luchas de los que fueron olvidados por el bando de los vencedores. Entre todas las voces presentes en ese crisol, sobresale la de una joven, María, quien narra a través de su diario una realidad alternativa que la aleja de la colmena asfixiante en la que conviven solidaridad y envidias. Los enanos, obra cumbre en la narrativa de Concha Alós, por la que le fue concedido el Premio Planeta en 1962, al que hubo de renunciar por haber firmado previamente con Plaza & Janés, es el espejo en el que todavía puede reflejarse la sociedad de hoy en día y que demuestra la maestría narrativa de esta autora que vivió con absoluta libertad tanto su vida como su literatura.
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Seitenzahl: 318
Veröffentlichungsjahr: 2024
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LOS ENANOS
Primera edición: octubre, 2021
© de la presente edición: Editorial Humbert Humbert, S.L., 2021La editorial ha tratado de ponerse en contacto conlos tenedores de los derechos de la obra, sin éxito.
Ilustración de cubierta: Patricia Cruz Parrilla (LaPatry Cruz)Agradecemos la revisión adicional del texto a Cristina Pineda Huertas
Publicado por La Navaja Suiza Editores
Editorial Humbert Humbert, S.L.
Camino viejo del cura 144, 1.º B, 28055 – MADRID
http://www.lanavajasuizaeditores.com
ISBN: 978-84-127650-4-5
Producción del ePub: booqlab
Thema: FBA
Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org)
si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de la obra.
A Baltasar
Somos enanos rodeados de enanosy los gigantes se esconden para reírse.
Desde la pequeña galería, asomada al sucio patio de luces, se veían las ratas. Eran grandes, oscuras, de largo rabo. A veces se peleaban y daban gritos agudos. Catalina las miraba durante horas y, después, se crispaba, ponía las manos ganchudas y a cuatro patas perseguía a los otros niños. El que más se asustaba era David, cebado, blanco. Huía, tambaleándose, echado hacia delante, y al final iba a parar al suelo. Su madre, la señora Cleo, acudía corriendo, lo levantaba al aire y con el borde de la falda le limpiaba la cara y los muslos llenos de arrugas de grasa. Catalina seguía chillando y persiguiendo a los demás. Los huéspedes se tropezaban con ella al ir a la cocina o a la ducha y murmuraban protestas o tacos. Catalina era una pequeña rata verde.
A menudo las ratas se convertían en espectáculo. La criada del tercero les echaba un mendrugo de pan y con los codos en la ventana las vigilaba tragando saliva. Si salían más, se excitaba:
–¡Señorita, mire cuántas! ¡Mire cuántas, señorita!
La gente del cuarto piso, familias con derecho a cocina y huéspedes a toda pensión, se asomaba por grupos a la pequeña galería. Había un rato de unión y buena armonía entre ellas, que hacían comentarios, y, a veces, si había pelea, apostaban por alguna de ellas, hasta que la dueña, la señora Eloísa, aparecía con un cubo lleno de agua y lo echaba sobre las ratas y el pan. El estallido del agua las hacía huir y la señora Eloísa reía, abriendo toda su boca y enseñando los dientes puntiagudos y negros.
La criada del tercero y su señora se retiraban a su limpia cocina embaldosada de blanco. Pronto se oía la voz monótona de la chica cantando:
Si la vida del casadofuera como el primer díasi la vida del casado,yo también me casaría…
Los huéspedes desplegaban hacia dentro, y en la pensión todo volvía a ser igual: continuaban los gritos de los niños, los lloros, las riñas de los mayores y un chocar de sartenes y platos en la cocina.
La señora Eloísa, después de dejar el cubo, volvía a sentarse en la galería, frente al váter, soñadoramente quieta.
La galería estaba frente al comedor. Era el orgullo de la señora Eloísa. Había sido construida con dinero de su bolsillo con objeto de dar una nueva entrada al váter y más ventilación a la casa.
–Es que era un asco –explicaba–. Entraba la gente en el váter y se dejaba abierto. A nadie le gusta estar comiendo y ver un váter, y no había más remedio; todos lo tenían que ver porque la puerta daba enfrente mismo de la mesa… Cuando tuve a los tranviarios a toda pensión, fue cuando me decidí. Me ponían nerviosa. Además, escupían en el suelo. Es lo que más asco me da, que escupan…
El piso era grande como un mastodonte huesudo, lleno de pasillos y habitaciones oscuras. La inquilina anterior era una vieja avarienta que alquilaba los cuartos por diez pesetas. La gente dormía amontonada sobre colchones de paja y se hacía la comida en infiernillos de alcohol. Cuando murió la vieja no hubo ni un realquilado que no se hiciera ilusiones de conseguir el piso. Tuvo que intervenir la policía, y el dueño metió allí a la señora Eloísa, a la que, según malas lenguas, debía viejos e inconfesables favores.
La señora Eloísa quemó los colchones en el terrado, pintó las habitaciones e hizo venir a la Desinfección. Después, colgó en la puerta un tablero verde y torcido que decía «Pensión Eloísa». Al poco tiempo pudo comprarse un anillo.
–Lo mejor es comprar joyas. Pase lo que pase, mande quien mande, siempre es dinero.
–Eso es verdad, ¿ve? Si yo no hubiera tenido mi collar de brillantes, mis pulseras y mi reloj, ¿cómo les hubiera dado de comer a mis hijos estos meses?
La señora Eloísa ponía su cara de envidia y frotaba la gran piedra roja del anillo en el pringoso delantal.
La señora Cleo, inmutable, seguía rezando la gran letanía de sus pasadas glorias a la señora Lola, que solo hacía dos días que vivía en la pensión:
–Voy a enseñarle la papeleta del «Monte».
Y se metía en su cuarto, agachándose para no tropezar con el dintel de la puerta. Detrás, David y Susana, sus hijos, y la señora Lola.
–En Tánger yo siempre llevaba mis anillos y, cuando salía, me adornaba con los pendientes, las pulseras y el collar… Siete mil pesetas me dieron en el «Monte». Ahora le enseñaré la papeleta.
–Los pobres, na, na, na…
Al entrar, desde la calle, el comedor es negro y no se ve nada. Poco a poco se distingue el hule rojo y pelado, la mesa, las sillas, la vieja nevera y una lámpara barroca que aprisiona una bombilla sucia.
–Palacios me dijo: «Tú te vienes y yo te contrato. Y te prometo que nada te va a faltar».
–Sí, todos prometen, pero a la hora de la verdad… Mira, yo…
–Los pobres, na, na, na…
–Como un perro. Ni me habían hecho seguro. No me he enterado hasta que me he partido el brazo.
Mohatá tiene la nariz hundida y la piel color ceniza. Los domingos por la mañana, como no tiene entreno, se levanta tarde. Se le ve salir hacia el lavabo con un batín rojo que tiene unas letras blancas en la espalda que dicen: Mohatá. Por debajo del batín asoman las peludas y delgadas piernas que acaban en los zapatos de charol.
–A mí una vez en una pelea me rompieron una costilla. Antes de curarme me llevan a un sitio lleno de ventanillas para preguntarme que cómo se llamaba mi padre, que en qué año nací…
La señora Eloísa entra y sale de la cocina seguida del pequeño Francisco, que chilla algo que no se entiende. Francisco se expresa a gritos. Pero, en realidad, no necesita para nada hablar. Si lo abandonaran en un desierto o en una gran ciudad sabría encontrar su camino.
–Ya ves, yo. Me contratan de albañil y ni siquiera me aseguran. Igual podría haberme reventado cayéndome del andamio…
–Que cómo se llamaba mi padre, que cómo se llamaba mi madre, que a qué hora me pegaron… ¡Yo qué sé!
Mohatá tiene un pequeño pantalón de crepsatén azul celeste para boxear. La señora Eloísa se lo lava las vísperas de pelea y lo cuelga en la barra de la cocina económica para que se seque antes. Las mujeres realquiladas a veces derraman la grasa de sus guisos sobre él, y la señora Eloísa tiene que lavárselo de nuevo.
–Que si tuve no sé qué: una enfermedad, creo… Se piensan que uno es un diablo para saber tanto.
La señora Cleo llega de la calle con un gran bolso de hule lleno; en el otro brazo lleva la mole de su hijo y en la espalda la silla de David plegada.
–¿Qué le ha pasado, Tomás?
Los vestidos de la señora Cleo siempre cuelgan de forma pintoresca desde los hombros. Son unos vestidos largos, a rayas, con el dobladillo desigual y descosido.
–Ya ve. Me di contra una viga y me desgarré un brazo. –Y cuenta el accidente con crudeza, con pausa–. La carne se hiere, se abre, sangra… Uno sufre, se muerde los labios, aguanta el dolor… Hasta que llegan los médicos con sus tijeras y sus batas blancas.
La señora Cleo escucha sin pestañear. Cuando fija la mirada mucho rato en un punto, como ahora, sus ojos bizquean un poco.
La señora Eloísa sale de la cocina oliendo a vino. Dice despreocupada, alegremente:
–¿No sabe, señora Cleo? Tomás no estaba asegurado, pero en cuanto lo vieron herido ya se dieron prisa en asegurarlo, ya. –Se relame los labios y añade–: De zorros está el mundo lleno.
Tomás se pasa la mano despaciosamente por el brazo herido y vendado, haciendo un gesto de dolor.
–Hijos de mala madre es lo que son.
Mohatá, hundida la cabeza en el pecho, reflexiona. Su mente sigue un monólogo largo, sin principio ni fin.
–A los ricos les partía yo la cabeza en cuatro pedazos.
El pequeño Francisco sigue chillando, cada vez más furioso. El pantalón mojado le llega casi a los tobillos. Huele a orines y a basura podrida.
La señora Cleo ha dejado el bolso en el suelo.
–El que tiene no se acuerda del que no tiene. Una vez, en Tánger, un empresario…
Un mundo de perfumes caros, de risas a flor de piel y aperitivos con alcohol de colores se interpone, un momento, entre ella y los otros. La señora Cleo se da cuenta de ello. Se para, sin acabar. Enrojece, recoge su cesto y declara que se le hace tarde para preparar la comida. La señora Eloísa también se va hacia la cocina.
Tomás y Mohatá siguen con su cantinela eterna, cada vez más lánguida: los ricos, los pobres… Si yo fuera rico. Una vez, un rico…
Francisco ya no grita. En una de sus idas y venidas su madre ha dejado la despensa abierta. Francisco se ha subido en un pequeño taburete que circula por allí y ha podido empinarse el porrón del vino. Ahora se tambalea y ríe echándose contra las paredes como un grotesco muñeco en equilibrio inestable, como un tentetieso.
Esos pasos, lentos y pesados, que se acercan al comedor son de Sabina.
Una bengala roja –la bengala de los trasnochadores– parecía, un momento antes, subir solitariamente escaleras arriba. La señora Carmeta, la alegre vieja que limpia cada día las escaleras y que va diciendo por ahí que se quiere casar, se asusta con estas bengalas y dice que el vigilante no debería darlas, que el que no esté a las diez en la casa que no entre, que las bengalas parecen cosa del demonio, ánimas que suben poco a poco: «Ya estoy en el primer escalón, ya estoy en el segundo…».
Esos pasos lentos y pesados son de Sabina, se dice la señorita María que, en el comedor, bajo la luz pobre de la bombilla, escribe algo en un cuaderno de tapas de cartón. Sabina entra y un perfume denso y floral llena las sillas sucias, el espejo del aparador y los estantes oxidados de la inútil nevera, por cuya puerta, entornada, asoma la cabeza desmelenada de una muñeca y un calcetín viejo de Mohatá.
–¡Ah! ¿Está usted levantada? ¡Qué raro! ¿No? Usted siempre se va a la cama temprano.
–Me acosté y no podía dormir. Me vine a escribir. En la habitación tengo tan mala luz…
–Como en todas las habitaciones. Con tan poca luz parece que te mueres.
–Aquí no hay mucha, tampoco. Pero al menos…
Sabina hace un gesto con la cabeza como si se echara una gran melena hacia atrás:
–Pues yo fui al cine. También se ha de distraer una, ¿no?
–Debe de ser cansado eso de planchar todo el día.
–Sí. Pero todo lo que no sea vivir de renta es pesado. Si has de ganarte la vida, ya se sabe.
–Sí. Es verdad.
Sabina bosteza, canturriando. Da un rodeo con los ojos al comedor y tres golpes con un tacón en el suelo:
–Voy a comer un bocadillo ¡Tengo un hambre…!
La habitación de Sabina es una de las que dan al comedor. Al abrir la puerta se ve una cama pequeña con la colcha color azafrán. Debajo de la cama, en una maleta cerrada con llave, guarda Sabina su ropa, el pan y la fruta que compra por ahí.
–A mí tampoco me gusta la soledad.
La señorita María tiene una sonrisa triste y lejana.
–Yo me compro por ahí un poco de pan, leche condensada y algunas cosas. Porque si empiezas a ir de fondas enseguida te quedas a la luna de Valencia.
–Me lo comeré aquí con usted. No me gusta comer sola. A veces, cuando como sola pienso en cosas que no me gustan. Pienso que llegaré a vieja y daré asco. Pienso que un día me moriré…
–Sí, yo también lo hago.
–¿Se ha fijado usted en esos mosquitos negros? En cuanto empiezas un tomate o sacas un poco de pan, acometen como cuervos.
–Sí. Parecen hambrientos. Mire cómo le pican al jilguero. ¡Mire! Tiene tres en el pico. ¡Pobre jilguero! El otro día le abrí la jaula y ya no sabe volar.
–Todo son bichos y porquería. Si entráramos ahora en la cocina vería usted cómo está de cucarachas. Y si te asomas al patio de abajo, las ratas. ¿Se ha fijado en las ratas…? Algunas tienen el rabo pelado de viejas que son.
–A veces el ruido de las ratas no me deja dormir.
–Y dicen que traen enfermedades.
–Sí, la peste. Y en Nápoles se comían a los muertos.
–¡Qué asco! ¡Mira que comer muertos!
Sabina vuelve la cara hacia la galería con una especie de temor supersticioso. Se repone y añade:
–Y se pelean, se muerden, se matan… Yo, la verdad, no me voy de esta casa no sé por qué. En el fondo creo que me da pereza andar cargada con bultos y maletas de un sitio para otro. Pero, bien lo sabe Dios, no es que esté a gusto aquí.
Sabina hinca los dientes en el pan y deja una huella redonda y regular. Come pan y mortadela. Tiene una nariz larga y fina que se mueve al mismo compás que las mandíbulas.
–Además, la señora Eloísa no tiene palabra ni formalidad ni vergüenza. Solo le interesa sacar dinero sea como sea…
Mira a la señorita María como vacilando antes de seguir hablando. Por fin añade con naturalidad:
–A mí la habitación me la alquiló uno que venía conmigo. Un empleado de la audiencia, todo un señor. Le dijo a ella que le daría cinco duros más a la semana para poder entrar en mi habitación alguna vez. Ahora él ya no viene. Hace tiempo que no viene. Ni él ni ninguno. Pues no ha habido forma de que rebaje los cinco duros.
En el cuaderno abierto, una letra descendente y negra parece acaparar toda la luz. María pone lo escrito boca abajo.
Las tapas del cuaderno se quedan cobijando lo escrito, como unas alas de cartón.
Sabina la mira de pronto un poco alarmada:
–Supongo que usted no se espanta de estas cosas. Una mujer sola, planchando, puede hacer pocos milagros.
María le sonríe tranquilizadora:
–No, no me espanto. Ya sé.
Sabina sigue comiendo. María pone y quita el capuchón a la pluma. Se queda ensimismada. Después dice, desanimadamente, como si pensara en voz alta:
–El estar así es duro. La ciudad es como aquellos dragones que leíamos en los cuentos. Un monstruo de muchas cabezas, con muchos dientes. El otro día estuve obsesionada con una imagen: por la mañana, al ir al trabajo, en la estación del metro, junto a las escaleras automáticas, había un hombre joven, acurrucado, durmiendo…
–Alguno que se pasó la noche al raso y se metió por la mañana allí para quitarse el frío. Hasta que se diera cuenta un guardia.
–Es triste no tener casa. Yo añoro todo lo que la casa significa: una ventana, una cama y, dentro, el pan, la fruta, los hijos…
Sabina deja de masticar, sorprendida. Pero hay algo en la noche que autoriza todos los lirismos y todas las confidencias.
–Yo, si me decido, para septiembre puede que tenga mi casa. Esto no lo diga. No quisiera que nadie lo supiera.
–¿Sí? ¿Tendrá casa?
–Hay uno que quiere casarse conmigo. Yo…, la verdad, voy con muchos. La vida manda. Y la vida es también un vestido, un cigarrillo… Ahora, este parece que va en serio. Es viudo. Es viejo. Se quiere casar.
Sabina, que fuma, levanta la cabeza, dobla el cuello hacia atrás, dejando que la cara mire al techo, hacia las tulipas barrocas de la lámpara. Sigue hablando:
–Tiene una casa regia. Su mujer hace poco tiempo que murió. Tiene dos hijos, casados ya.
Sabina chupa golosamente. Luego se busca en los labios, con la lengua, una brizna de tabaco. Cuando la encuentra, la escupe. Ahora su voz se apaga, languidece:
–Una se cansa de rodar de un lado para otro. Llega un momento en que solo deseas estar recogida entre cuatro paredes y ser la dueña de tu casa.
A María las palabras de Sabina le han traído, no sabe por qué, el recuerdo de un viejo cementerio que nunca vio, pero que soñó algunas veces: ella estaba también recogida entre cuatro paredes en un nicho. Su carne, al descomponerse, se convertía en un líquido meloso. Una moscarda, una sola moscarda verde, estaba encerrada con ella entre los cuatro muros. Ha de alejar el sueño. Desmayadamente, dice:
–Bueno. Si la repugnancia no es muy grande y no está enamorada de otro.
–¿Enamorada? ¡No me haga usted reír! Eso está bien para el cine y para las novelas.
María sonríe un poco divertida:
–¡Mujer!
Sabina le habla con voz áspera:
–¡Cómo se ve que no conoce usted a los hombres como yo! ¡Todos son iguales! ¡Unos brutos, unos egoístas!
–No todos…
Sabina no escucha:
–Te dicen: «Hay que vivir». «Hay que divertirse». «Vida no hay más que una». «Hay que pasarlo bien». Y enseguida te proponen que te vayas a la cama con ellos. Todos buscan lo mismo.
–No todos, mujer –repite María.
–Usted qué sabe. Rodando se aprende mucho, señorita María. Pero que haga el primo la que quiera. Yo, no. El tío que quiera algo que lo pague.
Sabina suspira. Se arregla el escote e hincha el pecho gallardamente:
–Yo vine a Barcelona para servir y entré en casa de una que hacía de la vida. Era de esas caras. Tenía un querido que le pagaba todos los caprichos y que no vivía más que para ella. Quisiera que la hubiera visto: era fea como un demonio. Pero había que verla cuando se arreglaba. Tenía una gracia para pintarse y para componerse…
Sabina hace un gesto ponderativo con la mano. La señorita María escucha, acariciando con una mano la tapa del cuaderno.
–Esta mujer, cuando se levantaba, lo primero que hacía era tenderse desnuda, como cuando nació, en una galería que teníamos en la casa. Al sol. Una hora. Luego venía la masajista y dale que te da. Después se bañaba, se perfumaba, y a la calle. Compras, peluquería, modista. Así todos los días. Al querido le ponía cada cuerno que metía miedo. Ese fue el primer espejo en que me miré cuando llegué aquí. Venía de mi pueblo, donde la miseria se nos comía. Mi madre, a los cuarenta años, no tenía ni un diente y era una vieja. Mis hermanas casadas ni se lavaban ni se peinaban. Tenían el vientre gordo y los pechos como colgajos. En aquel pueblo la juventud empieza a los quince años, y a los veinte una mujer puede dar asco. Hay que aguantar a un hombre que te maltrata y que los domingos, cuando llega borracho, te tumba en cualquier parte y te llena de hijos, de trabajo y de hambre.
Sabina aplasta ahora la colilla contra la piel de naranja, parabólica y graciosa, brillante y viva, que chirría un poco.
–Yo le digo la verdad: si me caso, será para estar en mi casa y ser una señora. Para no trabajar. Estoy cansada.
Hay un silencio. Se oye un reloj que da tres campanadas. El jilguero se rasca el pico contra los barrotes de la jaula. Sabina parte la piel de naranja a pequeños trozos. La piel, al partirse, pulveriza el aire y lo llena de un perfume limpio y fresco. De las habitaciones vienen ronquidos. De pronto, en una de ellas se oyen voces broncas como de pelea: «¡A ti te cogeré y te acordarás de mí!». Se oye claramente. Pero los gritos se vuelven enseguida confusos. Como si la lengua que los emitiera se trabara, se volviera gruesa como la de un borracho, o la de uno que habla en sueños.
María, la señorita que cuida niños, está un poco asustada:
–¿Qué pasa? ¿Con quién se pelea? ¿No está solo?
–Debe de estar borracho o debe soñar… Ya lo ve, un viejo carcamal que por no mantener a una mujer se ve así: solo, sin que ni los perros lo quieran.
–¿Y esos gritos? ¿No será que le ha dado un ataque? ¿No sería mejor que le preguntáramos si necesita algo?
–Por mí que se muera. Lo único que le pasa es que bebe más de lo que puede aguantar.
–Pues si parece un señor tan pulcro, tan serio…
–¡Pulcro! Se emborracha cada día. ¿No ha visto su habitación?
–No.
–Pues tiene el armario de luna cerrado con llave. Dentro está lleno de botellas y copas. Toda clase de bebidas y toda clase de copas. Yo lo vi un día en que él no estaba, y la señora Eloísa, que tiene la llave, me lo enseñó. En un alambre, de pared a pared, tiene la ropa, y en un rincón, un lavabo, una escoba y un hornillo de petróleo. Se asea él mismo la ropa y la habitación y quisiera que viera qué orden y qué limpieza… Mejor que una mujer.
–¡Pobre señor Peña!
–¡Pobre, pobre! ¡Menuda vida se da! Un día, a mí quería pellizcarme por la escalera… Y dicen que tiene una querida de dieciocho años.
–¡Qué cosas!
Los ronquidos, el gotear de un grifo en la cocina, una moto y un silbido en la calle menean un ritmo en el silencio.
–Debe de ser muy tarde, ¿no?
–Las tres y cuarto tengo yo.
–Es hora de dormir.
–Sí, es verdad.
Cuando María se aleja hacia el otro extremo de la casa, Sabina apaga la luz. El jilguero ahueca las plumas y mete la cabeza debajo del ala. Se hace un silencio. Luego se oye llorar a un niño. Al momento el señor Peña, pequeño, giboso, como un escarabajo, sale sigilosamente para echar en el váter un cubo de agua sucia. Cuando lo ha echado, vuelve a su cuarto haciendo pequeñas y torcidas carrerillas. Se mete en su habitación y se encierra con llave. Se oye otra vez el llanto del niño y una voz de hombre que dice que lo va a estrellar. Al poco la señora Cleo, con un camisón blanco y una gabardina pequeña sobre los hombros, atraviesa el comedor, hacia la cocina. Se oye un grito. El jilguero hace vibrar los hierros de la jaula con el pico. La señora Cleo vuelve a su habitación, lleva los ojos encogidos de sueño y el pelo revuelto. Todo se queda a oscuras. Hay un silencio grande, muy grande. Después de un tiempo empieza a asomar el día por la pequeña galería.
Hoy, por primera vez después de meses, una cosa, un objeto, ha tenido para mí magia, me ha atraído; un cuaderno. Ha sido un simple cuaderno con las tapas de cartón decoradas como aquellos camiones de cuando la guerra: a pinceladas verdes, castaño y amarillas. «Decoración de camuflaje», que decían mis hermanas. También los soldados que iban al frente montados en camiones llevaban los cascos así…
El cuaderno, que es este en el cual escribo, me ha llamado la atención desde un escaparate de una calle concurrida y he entrado a comprarlo.
Por la noche, después de todo el día de trabajo, suelo caer, como una piedra, en mi cama, sin sensibilidad, con un cosquilleo de fatiga en mis músculos, en mis ojos… Hacía meses que no podía leer ni escribir, que no podía concentrarme, que las cosas que me rodeaban existían sin yo verlas. Esta noche, cuando caminaba, entre la gente, hacia mi cuarto, hacia el lecho donde tenderme y descansar, como una mula que ha andado todo el día contra su voluntad…, venía, por primera vez, repito, con una pequeña ilusión, pensando en el cuaderno envuelto en un papel de seda fino y blanco. Y, ahora, escribo en él.
Yo sé lo que esto puede significar: que algo me dé placer: escribir. Otra vez.
Hace tiempo leí en un libro un relato, autobiográfico, de un hombre que había mantenido en el mar, completamente solo, una lucha con tres tiburones. El hombre, a pesar de las graves heridas, pudo sobrevivir. Al final, el autor decía que el ser humano tiene reservas que nadie puede adivinar y resortes misteriosos que le hacen conservar la vida en las mayores pruebas. Basta, añadía, que el hombre quiera vivir para triunfar en la lucha.
Y pensando todo esto algo íntimo tiembla, se horroriza. La vida solo puede ser para mí algo largo, oscuro y despiadado como un túnel sin principio ni fin. Por eso no sé dónde refugiarme cuando siento que la vida quiere apoderarse de mí, endurecerme, hacerme suya…
Yo te lo digo a ti como si me escucharas, como si tuvieras que leer esto, quisiera evitarlo. Prefiero las flores blancas de los cementerios, las flores de los muertos… Prefiero morirme.
¿Recuerdas cuando, anochecido, atravesábamos el camposanto, para escondernos de todas las miradas? Tú querías protegerme con tus ojos, con tu voluntad, contra mi miedo. Después comprendí que los muertos eran nuestros amigos y ya no los temía. Ahora tampoco. Los muertos: flores blancas, tierra blanda y caliente para descansar. Tierra cálida como aquella hundida por mi cuerpo y tu cuerpo…
Creo que ha sido hoy la primera vez, después de aquella fuga absurda, cuando he vuelto a sentir de nuevo la impresión de que la vida me quiere. Ayer me sorprendí en el espejo un gesto duro, inflexible. Una costra sobre los músculos para luchar contra la intemperie y las inclemencias, contra la falta de amor, de ilusión, de esperanza, y no quiero: es más hermosa la tierra removida, el incierto Más Allá, el Dios de mirada indiferente. (¿No comprendes que si la vida logra endurecerme sobreviviré al dolor de tu ausencia?). Aquel gesto que me sorprendí ayer no era mío hace tres meses. Tres meses ya. ¿Recuerdas?
Después de todo un día de lucha, de trabajo, desamor, humillaciones y frío, me recojo en los recuerdos. A veces se me clavan cruelmente y toda la felicidad que hay en ellos es como un agua amarga en mi alma hueca, en mi cuerpo, inútil ya.
Tú, siempre tú. Quisiera recordar cada una de tus palabras, cada mirada tuya, tus pensamientos, todo aquel vivir, tuyo y mío, lleno de sed.
La isla. Los árboles y el mar a lo lejos. Te recuerdo exigente y fiel, abatido o colérico, y, a veces, tu imagen se difumina y se pierde detrás de unas montañas o sobre un montón de piedras absurdas, todas amontonadas.
He perdido. La vida, para mí, ha sido un juego al que se echan las únicas monedas y se pierden. Hoy lo siento, la noche me lo dice y me lo dicen, también, mi cabeza y el golpear de mi sangre caliente. He perdido y no puedo llamarte. Gritaría, hasta enronquecer, tu nombre. Se lo diría a las gentes, al mar, a los árboles… Me quedaría sin voz, sin ojos, sin venas… para llamarte. Y no puedo.
La señora Cleo tiene a su hijo en brazos. Da vueltas con una cuchara de palo al caldo de una cacerola donde nadan rodajas de zanahorias, trozos de cebolla y unas hojas verdes y rizadas que parecen de lechuga. La señora Cleo deja en el suelo a David, que se queda quieto un poco tambaleante, de pie, como un monstruoso muñeco de goma, mientras su madre lo mira con orgullo:
–Ayer se comió, después de la papilla, un plato de boniato frito y dos manzanas.
La señora Lola contempla a la madre y al hijo con una extraña ansiedad en la cara. En vez de espectadora parece, por su voz, por sus ademanes, un actor que espera el momento de su aparición en escena. Sin embargo, su voz es amable, llena de suavidades y de ceceos:
–Así está él de hermoso…
Se agacha para acariciar al niño.
–¿Eh, chiquitín, que estás muy gordo, que estás muy gordo, tú?
El pequeño David ríe con cara de idiota, enseñando dos dientes solitarios en la encía rosada.
La cocina económica está llena de cacerolas y de sartenes. Todas las realquiladas han puesto su comida y se han ido: unas al sol, otras a la calle. La comida hierve haciendo ruidos vivos y apagados, como una locomotora mortecina, demasiado usada para seguir un ritmo. La señora Cleo aparta una olla en la que acaba de subir la leche y pone en su lugar una sartén con aceite.
La señora Lola insinúa tímidamente:
–Si me dejara… Yo solo he de freír estas berenjenas. Es que mi marido…
La señora Lola lleva siempre unos delantales muy almidonados, muy bordados de pájaros y mariposas. Es como si estuviera en un baile y fuera disfrazada de cometa.
La señora Cleo corta rápidamente unas patatas en forma de media luna. Escucha el balbuceo de la señora Lola con aire de quien oye blasfemias y palabrotas.
–Lo siento mucho. Pero creo que mi hijo tiene tanto derecho como su marido, ¿no? Además, mi marido también está al llegar y lleva desde las cinco por esos mundos. Creo que es hora de que coma. ¡A ver!
La señora Eloísa entra y sale de la cocina con platos. Está sirviendo la comida a los huéspedes, a los cuatro huéspedes que comen y cenan en la pensión. Francisco la sigue, arrastrando un cesto viejo lleno de tapones de cerveza.
La señora Cleo murmura una letanía de razones, de rencores y de derechos a media voz, monótona, monótona:
–A la hora de encender la cocina todo el mundo se hace el tonto…
–Temen ensuciarse las manos…
–Yo también he llevado anillos y he tenido las uñas largas…
–Todo el mundo le tiene asco al carbón…
–Pero después…
–A todas se les hace tarde.
–Las cacerolas de todas tienen derecho a los primeros puestos.
–A los puestos más calientes cerca del fuego…
–Cerca de la llama para que hierva a escape y terminar pronto.
–A mí también me gustaría ser princesa de la China. ¡Caramba!
Sigue con voz más clara y fuerte:
–Creo que pago el carbón como las demás. Doscientas pesetas al mes, ¡que se dice pronto!… Y casi todos los días me tengo que arremangar y encender yo sola la cocina, que todo el mundo se hace el tonto… ¡A ver! Que aquí si no te pones en tu sitio…
La señora Lola escuchaba el discurso con una berenjena en la mano. De pronto se pone muy pálida y se va corriendo al váter para vomitar. Tiene que apartar a Susana y a Catalina, que con unos estropajos en la cabeza juegan a señoras que van de visita. David viene balanceándose desde la cocina con un pimiento en la mano. Se asoma a la galería y lo echa abajo. Su hermana Susana se le acerca cariñosa como una mamá bien humorada, dulce.
–Para las ratitas, ¿eh?, mi vida…
El pimiento ha caído junto a un guante de goma recomido y al lado de un trozo de manguera. Se oye el timbre de la puerta y las dos niñas van a abrir.
Es el marido de la señora Cleo.
–¡Es papá, es papá! –exclama Susana.
El señor Alfredo es judío y chiquitín. El señor Alfredo se dedica a vender saldos por los pueblos: «Señora: observe estas camisetas sin tara. Mire qué colores más sólidos. ¡Las damos, las damos…! A veinte pesetas. Y de regalo un cucharón de plástico».
Cuando el señor Alfredo llega al quinto piso, donde está la pensión, le tiemblan las rodillas y los ojos le hacen unas lucecillas rojas sobre fondo negro. Son cuatro maletas y van repletas de cosas. Un día, al subir, se le reventó una y tuvo que bajar la gente de la pensión a ayudarle a recoger guantes, faldas de tergal, cepillos de dientes. Todos los peldaños estaban sembrados.
La señora Cleo sale al encuentro de su marido. En el suelo del vestíbulo están las cuatro maletas.
–Estoy harta, ¿sabes lo que es estar harta? Pues eso.
–Pero ¿qué te pasa?
–Esto que me pasa por no tener casa. Si tú no fueras un inútil, ya tendría casa y esto no me pasaría.
–Pero Cleo…
–Me tenía que haber roto las piernas antes de casarme contigo.
–Pero…
–Aquí todas se creen que yo soy la criada, que he de encender la cocina todos los días… para que ellas, con las uñas bien limpias, hagan la comida.
–¿Es que…?
–Y, encima, cuando te pones en tu sitio se hacen las víctimas y se van a vomitar. ¡Como si una no hubiera estado nunca embarazada! Yo he tenido dos y nunca he hecho tanta comedia.
El señor Peña viene de la calle. Tiene la cara congestionada, llena de granos. La señora Cleo, que manotea delante de su marido, tropieza con él y casi lo tira. El señor Peña enrojece aún más, corre hacia su habitación y se cierra con llave.
La señora Cleo se retira hacia la cocina. El señor Alfredo la sigue:
–Pero Cleo; pero, Cleo…
La señora Cleo coge a David del suelo y va delante, muy digna con su traje a rayas colgándole de los hombros y cayéndole a lo largo del cuerpo. Es una giganta. La reina de las gigantas.
Sabina sale de su habitación con su pelo color zanahoria todo alborotado:
–¡Señora Eloísa, señora Eloísa! ¿Quién ha abierto mi armario y ha metido cáscaras de cacahuete dentro?
Francisco desfila llorando con el chupete en la boca.
Catalina grita desde la galería:
–¡Una rata! ¡Una rata! ¡Se come el pimiento, se come el pimiento!
Sabina se mete en la cocina buscando a la patrona.
–¿Quién ha comido cacahuetes en mi habitación y ha metido las cáscaras en mi armario?
La voz de la señora Eloísa chirría como un cubo de latón sucio que se arrastrara por el suelo:
–A mí no me vengan a contar nada. Ustedes se apañan. En la habitación no están más que las cuatro. Yo no quiero líos.
–Y tanto. Como que ni siquiera hace las camas. No tenga cuidado que aunque llegue la porquería hasta el techo no es usted capaz de pasar una escoba… Pero para cobrar sí que anda usted lista.
El señor Alfredo pela patatas junto a una pila de platos sucios; tiene un aire ausente, casi soñador:
«La plaza del pueblo era redonda y blanca. A él lo bañaba el sol mientras vendía. A su lado, un hombre manco llevaba globos de todos los colores… Él ha pensado por un momento que el hombre iba a decirle: “¿Quiere usted un globo para su hijo?”. Pero el hombre aquel ni siquiera lo ha mirado…».
La señora Cleo mece a su niño. Sigue murmurando:
–Y una ni siquiera es dueña de hacer la comida cuando quiere… Todo el mundo tiene derecho. Pero a la hora de la verdad…
–Ya se ha ido.
–Todas las tardes se va.
–Y a la misma hora.
–¿Adónde irá?
–Todos los días sale a las cuatro.
–Se deja los platos sin fregar y la cocina hecha un asco, pero siempre hay alguna tonta que se los friega.
–Pues yo no se los tocaría. Cuando volviera, que se arremangara.
La portería es una garita de cristales, con las maderas pintadas de negro, iluminada con luz fluorescente… En invierno, cuando la señora Filomena enciende el brasero, la garita es un horno, una urna de calor amazacotado y espeso. La señora Cleo ha bajado a coser a máquina unos delantales. Suele bajar algunas tardes.
–Hasta las ocho no vuelve.
–Paulita me contó…
–¿Qué?
–Que un día la vio en un taxi con uno.
–¿Usted cree que así como sale, sin lavarse ni peinarse casi, puede ir a encontrarse con un hombre?
–Yo no sé nada. Dicen que ella tenía un novio que era taxista, y que lo dejó para casarse con el señor Joaquín por algo gordo.
–No lo entiendo.
–Sí, que el señor Joaquín estaba de cocinero en el hotel que ella servía y le hizo una tripa. Después nació Catalina.
El piano de la señora del médico se oye acompasado, casi solemne, tocando una polca. La conversación de las dos mujeres se amortigua, se pierde entre los sonidos de las teclas. Por la calle pasan dos camiones que transportan vigas de hierro, unas vigas largas, que se doblan flexiblemente a cada movimiento del camión y producen un ruido ensordecedor de bidón vacío y de fragua de pueblo. Al final de las vigas han atado un trapo rojo.
La señora Filomena mueve rápidamente los dedos haciendo vainica. Se la pagan a peseta el palmo. Una peseta de aquí y otra peseta de allá…
–¡Ah! Está ahí Pepe.
–Sí, llegó ayer.
–¡Qué hermoso está!
Pepe es un muchacho de unos dieciocho años, cubierto por completo de una gordura pálida y fofa. Sonríe estúpidamente, mirando a la señora Cleo y a su madre.
–Sí, se ha puesto muy bien allí.
La señora Filomena mira a su hijo con un cariño húmedo y simple.
–Lo malo, cuando llegó, es que todo le venía estrecho. No se podía meter ningún pantalón de los de antes… Ahora lleva uno de su padre, que en paz descanse.
La señora Filomena baja la cabeza como si acabara de rezar un responso; su hijo, también.
–¿Qué, Pepe? ¿Cómo te fue el sanatorio?
–Bien, muy bien. Comíamos cosas muy buenas… Las monjas me querían mucho…
–El otro día lo miraron por rayos y ya no tiene ninguna mancha en el pulmón. Pero hay que cuidarlo aún. Hay que darle mucho alimento. Estas enfermedades…
El chico se apoya contra la puerta mientras hablan su madre y la señora Cleo. Cambiando el peso de su cuerpo ahora en un pie, luego en otro…
La voz es de niño aplicado, cortés, un poco tonto.
–Yo lo que quiero es ponerme a trabajar pronto.
La cara de la señora Filomena se pone sombría.
–Pero no allí…
–Si me quisieran…
–Aunque te quieran.
La señora Filomena suspira, luego mira con cierta codicia a la señora Cleo.
–El médico ha dicho que puede trabajar en algo descansado. Que esté sentado, que se mueva poco… ¿Usted no conoce a alguien que le diera un empleo?
–Si fuera en Tánger… Allí mi marido sí que conocía gente. En Tánger nosotros conocíamos a todo el mundo. En Tánger…
–Madre, voy a echarme un poco.
La señora Filomena se alarma.
–¿Estás mareado?
–No, pero es que me aburro.
–Descansa, pues, hijo, descansa.
Pepe, pesadamente, ladeándose, entra en la casa. Detrás de la garita, a continuación, hay un pasillo estrecho en el que han puesto una mesa, cuatro sillas, una máquina de coser, dos camas. Hay que ladearse para pasar, y ahora, con Pepe tan gordo…
La señora Cleo lo mira hasta que desaparece en la oscuridad del pasillo.
–A mí me gustaría poder conseguir una portería.
–Es difícil. Tiene que tener usted influencia o pagar un traspaso.
–¿Tienen muchas obligaciones?
–No. Hay que cerrar el portal a las diez. Subir a los pisos las cartas que trae el cartero. También fregar la escalera, pero yo le doy unas pesetas a la señora Carmeta y la friega ella. Yo prefiero ganarlas cosiendo, es más limpio.
–Claro.
