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En Los españoles en Chile Francisco González de Bustos relata la conquista de Chile por don Diego de Almagro y sus tropas. Diego de Almagro (1479-1538), tardó seis meses en preparar su expedición y reunir los inversores que aportasen el capital necesario. Los hombres, unos 500 españoles, 100 esclavos negros y 10.000 indígenas, fueron reclutados en El Cuzco y en Lima. Se compraron armas, herramientas, herraduras, pólvora, y otros utensilios necesarios. Y se calcula que el proyecto costó un millón y medio de pesos castellanos. Almagro tomó posesión de Chile en nombre de Carlos V pero tuvo retirarse hacia Perú. Los incidentes de esa primera incursión española en Chile sirven de trasfondo a Los españoles en Chile, pieza teatral con una trama llena de peripecias y enredos, en la que presenciamos escenas hilarantes y aparece un don Juan que resulta ser una mujer soldado que ha cambiado su identidad.
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Seitenzahl: 94
Veröffentlichungsjahr: 2010
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Francisco González de Bustos
Los españoles en Chile
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Título original: Los españoles en Chile.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN rústica: 978-84-96428-92-8.
ISBN ebook: 978-84-9897-786-8.
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Créditos 4
Brevísima presentación 7
Personajes 8
Jornada primera 9
Jornada segunda 57
Jornada tercera 101
Libros a la carta 153
Esta obra relata la conquista de Chile por don Diego de Almagro y sus tropas. Almagro (1479-1538), tardó seis meses en preparar su expedición y reunir los inversores que aportasen el capital necesario. Los hombres, unos 500 españoles, 100 esclavos negros y 10.000 indígenas, fueron reclutados en El Cuzco y en Lima. Se compraron armas, herramientas, herraduras, pólvora, y otros utensilios necesarios. Y se calcula que el proyecto costó un millón y medio de pesos castellanos.
Almagro tomó posesión de Chile en nombre de Carlos V pero tuvo que retirarse hacia Perú. Los incidentes de esa primera incursión española en Chile sirven de trasfondo a una trama llena de peripecias y enredos, en la que presenciamos escenas hilarantes y aparece un don Juan que resulta ser una mujer soldado que ha cambiado su identidad.
Acompañamiento
Caupolicán, indio, galán
Colocolo, indio, barba
Don Diego de Almagro, galán
Don Pedro de Rojas, galán
Doña Juana de Bustos, dama
El marqués de Cañete, barba
Fresia, india, dama
Gualeva, india, dama
Mosquete, gracioso
Rengo, indio, capitán
Soldados españoles
Soldados indios
Tucapel, indio, capitán
Un sargento
(Dicen dentro en distintas partes.)
Unos ¡Viva Fresia siempre altiva!
Otros ¡Viva nuestro capitán!
Otros ¡Viva el gran Caupolicán!
Otros ¡Viva Chile!
Otros ¡Arauco, viva!
(Salen por una parte Caupolicán, vestido de indio, con arco y flecha al hombro, con bastón de general, y acompañamiento de indios; y por otra Fresia, vestida de india.)
Caupolicán Chilenos valerosos,
vuestros aplausos siempre generosos.
Fresia Valientes araucanos,
vuestros aplausos siempre soberanos.
Caupolicán A Fresia por deidad que luz reparte.
Fresia Al gran Caupolicán por vuestro Marte
se deben, se han de dar a él solamente,
por general de Arauco el mas valiente.
Caupolicán A Fresia, pues me ciega su luz pura,
por reina universal de la hermosura,
decid, para lisonja de los vientos.
Fresia Repitan en su gloria los acentos:
viva Caupolicán.
(Encuéntranse.)
Caupolicán Fresia querida,
si a dar a este horizonte nueva vida
tu soberana luz ha madrugado.
Fresia Si a verte de laureles coronado
la aclamación te llama.
Caupolicán Si por Deidad la adoración te aclama,
segura está de Arauco en ti la gloria.
Fresia En ti asegura Chile su victoria.
Caupolicán Prodigio valeroso,
en quien se unió lo fiero con lo hermoso,
pues para asombro bélico de España,
armada aurora luces la campaña:
tú sola has de vivir; mintió el acento.
que pobló con mi nombre el vago viento,
cuando mi aplauso arguyo,
de que me aclame el orbe esclavo tuyo,
pues claro se apercibe
vivir Caupolicán, si Fresia vive.
Deja, pues, dueño mío,
cuando a tus pies se postra mi albedrío,
el arco soberano,
que ocioso pende de tu blanca mano:
depón a aqueste indicio tus enojos,
pues hieren más las flechas de tus ojos.
Fresia A tu noble fineza agradecida
estoy, Caupolicán: tuya es mi vida,
cuando a quien menos que tu aliento fuera,
mi altiva presunción no se rindiera.
(Miento mil veces, que mi afecto estraño,
con Don Diego, es verdad, con este engaño
firme mi fe le entrego.)
Caupolicán Con eso queda mi amor, Fresia, mas ciego.
Confirme, pues, su dicha en tiernos lazos.
Éstos mis brazos son.
Fresia Y éstos mis brazos.
(Abrázanse. Sale Colocolo, mago, vestido de pieles, con barba cana.)
Colocolo (Aparte) (¿Caupolicán a Fresia está rendido,
poniendo sus hazañas en olvido?
Aplicar el remedio importa solo.)
Oye, Caupolicán.
Caupolicán Gran Colocolo,
cuya ciencia en el mundo
de la magia te ha hecho sin segundo,
¿qué me quieres?
Colocolo (Aparte) Escucha:
(Mi libertad con su respecto lucha;
mas la patria es primero,
su obligación aconsejarle quiero.)
Valiente Caupolicán,
noble araucana guerrero,
cuyas hazañas en bronce
esculpe el buril del tiempo,
ya sabes que con mi ciencia
conozco, alcanzo y penetro
los futuros contingentes,
siendo en la magia el primero
que a ese globo de zafir,
que está tachonado a trechos
de estrellas, y en once hojas
es volumen de sí mismo,
si no le apuro, le mido
las líneas y paralelos.
Ya sabes, Caupolicán,
que los indianos imperios
de México y del Perú,
a un Carlos están sujetos,
monarca español, tan grande,
que, siendo de un mundo dueño,
no cupo en él, y su orgullo
imaginándose estrecho,
para dilatarse más
conquistó otro mundo nuevo.
Bien a costa de la sangre
nuestra, araucanos, lo vemos;
pues sus fuertes españoles
no de estas glorias contentos,
basta en Arauco invencible
sus estandartes pusieron;
que no se libra remoto
de su magnánimo aliento
ni el africano tostado,
ni el fiero adusto Chileno.
Desde entonces, araucanos,
a su coyunda sujetos
hemos vivido, hasta tanto
que vosotros, conociendo
la violencia, sacudisteis
el yugo que os impusieron:
y con ánimo atrevido,
ya en la guerra mas expertos,
blandiendo la dura lanza,
y empuñando el corvo acero,
oposición tan altiva
a sus armas habéis hecho,
que sublimando el valor
aun más allá del esfuerzo,
sois émulos de sus glorias;
pues hoy os temen sangrientos
los que de vuestro valor
ayer hicieron desprecio.
Dígalo el fuerte Valdivia
su capitán, a quien muerto
lloran, que de vuestras manos
fue despojo y escarmiento,
de cuyo casco ha labrado
copa vuestro enojo fiero
en que bebe la venganza
iras de mayor recreo.
Díganlo tantas victorias,
que en repetidos encuentros
habéis ganado, triunfando
de los que dioses un tiempo
tuvieron entre vosotros
inmortales privilegios.
Desde Tucapel, al valle
de Lincoya, vuestro aliento
ha penetrado, ganando
muchos españoles pueblos,
hasta cercar en la fuerza
de Santa Fe con denuedo
los mejores capitanes,
que empuñan español fresno;
y vuestra gloria mayor
es haber cercado dentro
al gran marqués de Cañete
su general, cuyos hechos
han ocupado a la fama
el más generoso vuelo,
de quien os promete glorias
la envidia que lo está viendo.
Si esto es así, ¡oh capitán!,
y que está durando el cerco,
donde al cuidado el peligro
está llamando despierto,
¿cómo durmiendo en oprobios,
al laurel tan poco atento,
truecas las iras de Marte
a las delicias de Venus?
Cuando el bastón a tu mano
Arauco fía, ¿te vemos,
en vez de sangrientas lides,
entregado a los requiebros?
¿Cómo vencerá soldado
quien vive de amores tierno?
No está en emprender la hazaña
la gloria del vencimiento,
sino en saber conseguir
la victoria; y esta es cierto,
que la da el valor obrando,
no divertido el esfuerzo.
Vuelve en ti, Caupolicán,
arda en más nobles incendios
que en los del amor tu orgullo;
inflama en Marte tu pecho;
forje rayos la venganza,
y tu invencible ardimiento,
a pesar del amor sea
triaca de su veneno,
que yo, que el sacro volumen
de aquesos záfiros leo,
la victoria te aseguro;
porque los dioses supremos
están y de nuestra parte.
Niéguese al amor el feudo.
Vibre tu brazo invencible
aquese rayo sangriento,
que Júpiter en tu mano
para terrores ha puesto.
Gima el parche, tiemble el orbe,
y a voces el metal hueco,
publicando sañas, rompa
la vaga región del viento.
Muera solo del amago,
herido con el estruendo,
el español, y en cenizas
caigan sus muros al suelo.
Ea, valiente capitán,
la libertad aclamemos,
que vida sin ella es muerte;
porque el castellano fiero
conozca, penetre, alcance
de tu valor y tu aliento,
que sabes vencer pasiones,
y sabes domar imperios.
Caupolicán (Aparte) (Corrido, por Marte estoy
de haberle escuchado, puesto,
que por su ciencia le estimo,
y por su edad le respeto.)
Colocolo, no es prudencia
en los magnánimos pechos,
aunque el defecto conozcan,
decir tal vez el defecto:
que aunque estimo, como es justo
porque has sido mi maestro,
tus consejos, esta vez
son muy libres tus consejos.
¿Quién te ha dicho, Colocolo,
que se olvida mi ardimiento
de mi venganza? ¿No sabes
que a los cristianos soberbios
cercados tengo? ¿No sabes
que mi nombre está temiendo
el mundo, porque en nombrando
a Caupolicán, el cielo
tiembla, la tierra se encoge,
gime el mar, y con respecto
de oír mi nombre se turban
todos los cuatro elementos?
¿No sabes que mis hazañas
y mis gloriosos trofeos,
que el parche publica en voces
y el metal declara en ecos,
vienen de Fresia divina,
a quien amante venero,
a quien rendido idolatro,
teniéndome yo a mi mismo
envidia, ¡viven los dioses!,
de que su favor merezco,
que hasta esa dicha me hace
tener de mi propio celos?
(Aparte) Pues, ¿cómo, (¡de enojo rabio!)
(Aparte) te atreves, loco (¡estoy ciego!)
(Aparte) a disuadirme (¡qué engaño!)
(Aparte) mi amor? (¡de coraje tiemblo!)
¡Viven los dioses...! Mas vete
de mi presencia al momento,
que por sus divinos ojos,
en cuyas luces me quemo,
que si otra vez perseveras
en hablarme más en esto,
yo, sin tener a tus canas
ni a tu enseñanza respeto,
te he de coger en mis brazos
para que mires en ellos
con tu muerte, castigos,
tus locos atrevimientos.
Fresia Yo, por la misma razón,
sin el castigo te dejo,
merecido a tu locura.
Colocolo ¡Ay araucanos! ¡Qué presto
os llegará el desengaño
si no tomáis mis consejos!
Porque mi ciencia...
Caupolicán Es caduca.
(Tocan cajas.) Pero, ¿qué ruidoso estruendo
es éste?
Fresia Por esta parte
viene el valeroso Rengo
marchando hacia aquí.
Gualeva Y por ésta
viene Tucapel, haciendo
alarde de su valor.
Caupolicán ¿Qué será?
Colocolo Desdicha temo.
Gualeva Ellos lo dirán mejor,
pues ya llegan a este puesto.
(Salen por un lado Rengo, de indio, con carcaj, arco y flechas, y soldados que traen prisionero a Mosquete, vendado los ojos; y por el otro Tucapel, de indio, capitán, que trae a doña Juana, prisionera, vestida de soldado.)
Rengo Valiente Caupolicán...
Caupolicán Bizarro y famoso Rengo...
Tucapel General de Arauco insigne...
Caupolicán Tucapel altivo...
Tucapel Hoy llego
a tu presencia.
Rengo A tu vista...
Tucapel Alegre...
Rengo Ufano
Tucapel Contento...
Rengo A ofrecerte...
Tucapel A dedicarte...
Rengo Despojos...
Tucapel Triunfo...
Caupolicán Teneos;
que antes de decirme nada,
conociendo vuestro aliento,
sé que venís vencedores;
y así, vencedores quiero
dar a los dos, con mis brazos,
debido agradecimiento.
(Abrázales.)
Tucapel (Aparte) (¡Ay amor! ¿Cómo a la vista
de Fresia vives?)
Rengo (Aparte) (Deseo,
¿cómo a vista de Gualeva
no te abrasas? Yo estoy ciego.)
Fresia Dueño mío, aunque en los dos,
siendo Tucapel y Rengo,
cierta estaba la victoria,
quisiera oír el suceso.
Gualeva De oírla, prima, me holgara.
Caupolicán Pues si las dos gustáis de ello,
decid entrambos.
Los dos Escucha,
Caupolicán.
Caupolicán Ya os atiendo.
Los dos Salí, señor.
Rengo Tente, aguarda,
que yo he de decir primero.
Tucapel Nadie es primero que yo.
Rengo Eso fuera a no ser Rengo
quien castigue tu osadía.
Tucapel ¿Esto escucho? Vil Chileno,
¿sabes que soy Tucapel?
(Empuñan.)
Caupolicán Delante de mí, ¿qué es esto?
Tucapel En lances del pundonor,
no guardo humanos respetos
a nadie, porque delante
de Marte hiciera lo mesmo.
Muere, infame.
Rengo Muere, aleve.
Caupolicán ¿Hay tan grande atrevimiento?
¿Cómo a vuestro general
le perdéis así el respeto?
Tucapel A Júpiter le negara,
si me ofendiera.
Caupolicán ¡Prendedlos,
matadlos!
(Van los soldados a prender.)
Tucapel ¡Teneos, villanos!
Nadie se mueva del puesto,
conociendo a Tucapel,
si no quiere ser trofeo
