Los espías no hablan - Carlos Holemans - E-Book

Los espías no hablan E-Book

Carlos Holemans

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Beschreibung

Karel Holemans guardó secretos toda su vida, incluso a su familia. En esta biografía, su hijo desvela la fascinante historia de su padre: agente secreto, espía doble, pintor y héroe de los templarios. Karel Holemans fue un pintor flamenco que soñaba con la independencia de Flandes. Espió en España durante la Guerra Civil, en el lado republicano. En la invasión nazi de Bélgica trabajó como espía doble. O tal vez triple. Fue agente de la inteligencia alemana, estuvo casado con una agente de la Resistencia y, en secreto, era Caballero Comendador de los templarios. Se enroló en los servicios secretos alemanes para poder sacar de Bélgica los archivos históricos de la orden del Temple y evitar que cayeran en manos de la Gestapo. Llevó los archivos a Portugal y con ello salvó las vidas de 238 templarios belgas y franceses. Como pintor conoció el éxito y la pobreza, y sus obras cuelgan hoy en varios museos europeos, entre ellos, el Reina Sofía de Madrid. Fue condenado a muerte en Bélgica y se exilió en España, donde pasó el resto de su vida. Se casó con la pubilla de una rica familia de cavistas de Sant Sadurní d'Anoia. Su suegra nunca aprobó la boda y le persiguió con una falsa acusación de bigamia que casi le cuesta la extradición y la vida. En 1974, estuvo presente como traductor en la ejecución de Heinz Chez en Tarragona, condenado por Franco a morir por garrote vil el mismo día y a la misma hora que Puig Antich en Barcelona. Su hijo Carlos ha dedicado más de diez años a desenterrar y recomponer lo que nunca contó.

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Seitenzahl: 527

Veröffentlichungsjahr: 2023

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LOS ESPÍAS NO HABLAN

 

 

 

© del texto: Carlos Holemans, 2023

© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.

Primera edición: julio de 2023

ISBN: 978-84-19558-22-0

Diseño de colección: Enric Jardí

Diseño de cubierta: Anna Juvé

Maquetación: Àngel Daniel

Producción del ePub: booqlab

Este libro está hecho con papel proveniente de Suecia, el país con la legislación más avanzada del mundo en materia de gestión forestal. Es un papel con certificación ecológica, rastreable, de pasta mecánica y con un gramaje de 60 g/m². Si te interesa la ecología, visita arpaeditores.com/pages/sostenibilidad para saber más.

Arpa

Manila, 65

08034 Barcelona

arpaeditores.com

Reservados todos los derechos.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

ÍNDICE

1. Blanco de plomo

2. Azul de Prusia

3. Verde inglés

4. Amarillo diente de león

5. Violeta morado

6. Gris de campaña

7. Blanco de España

8. Pardo terroso

9. Amarillo Judas

10. Azul ultramar

11. Amarillo azufre

12. Ocre albero

13. Verde indio

14. Oro oscuro

15. Gris wolframio

16. Verde aguamarina

17. Rojo carmín

18. Rosa palo

19. Plata

20. Amarillo miel

21. Rojo sangre

22. Negro hueso

AGRADECIMIENTOS

NOTAS

A Albert Pepermans, mi primo, amigo, suegro y abuelo de mi hijo. Gracias a él, y a su esposa Maria Jespers, el frágil cordón umbilical que me unía a Bélgica nunca se rompió.

A ambos, in memoriam, eterna gratitud por ayudarmea descubrir lo que los espías no hablan.

Bruscamente la tarde se ha aclaradoPorque ya cae la lluvia minuciosa.Cae o cayó. La lluvia es una cosaQue sin duda sucede en el pasado.

Quien la oye caer ha recobradoEl tiempo en que la suerte venturosaLe reveló una flor llamada rosaY el curioso color del colorado.

Esta lluvia que ciega los cristalesAlegrará en perdidos arrabalesLas negras uvas de una parra en cierto

Patio que ya no existe. La mojadaTarde me trae la voz, la voz deseada,De mi padre que vuelve y que no ha muerto.

JORGE LUIS BORGES

1

BLANCO DE PLOMO

Era de madrugada. Hacia las dos o las tres. La luz se encendió de pronto y mi madre entró en la habitación con la brusquedad con que llegan las malas noticias.

Mi hermano Xavi y yo nos incorporamos. Dormíamos en camas contiguas. Sin embargo, mi madre eligió sentarse en la mía, lo que llamó mi atención.

Me puso en la muñeca el reloj de cadena metálica de mi padre y dijo las cuatro palabras:

—Vuestro padre ha muerto.

Miré el reloj. No recuerdo qué hora marcaba. Era el que mi padre llevaba puesto unas horas antes, en la cama del hospital, cuando fui a darle las buenas noches. De hecho, era su único reloj.

—Vestíos, viene para acá.

Traían a mi padre a casa. Mi madre fue encendiendo las luces y se encaminó a la habitación de matrimonio. Desplegó una sábana grande sobre la cama y sacó un manojo de imperdibles de la lata de los botones.

Lo que iba a ocurrir era del todo irregular. Sin embargo, en la España de finales de los setenta podía hacerse si uno sabía cómo. Mi madre era comadrona y lo sabía. El médico que atendió a mi padre hasta el final iba a firmar un parte en el que certificaba que había sido trasladado in articulo mortis del hospital a su domicilio para morir en casa.

Sonó el timbre del portero automático.

—Ya están aquí.

Mi madre abrió la puerta del piso y salió al descansillo a esperar mientras el ascensor subía hasta el octavo piso.

Yo no sabía qué pensar. Quizás era mi padre quien subía, inesperadamente curado y sonriente, e iba a darme un beso y un abrazo.

—Hola, manneken. ¿Vamos a pasear por la Rambla?

Las puertas del ascensor se abrieron y quien apareció fue un celador enorme, vestido con un uniforme hospitalario de color verde.

—Está abajo. ¿Tienen una silla?

Mi madre entró en una habitación que apenas usábamos. Allí se guardaban el caballete, las pinturas, los pinceles y la paleta de mi padre. Yo no guardaba ningún recuerdo de él usándolos; aun así, esos objetos me confirmaban que mi padre era, o había sido, artista.

Mi madre sacó una silla de enea, como las de los tablaos flamencos, una de las cuatro que había alrededor de una mesa camilla, y se la entregó al celador.

Bajamos todos en el ascensor. La silla vacía en el centro. Mi hermano, mi madre, el celador y yo, de pie en sus cuatro puntos cardinales.

Las puertas del ascensor se abrieron. El zaguán estaba desierto. Al fondo, la puerta que daba a la calle. Más allá, el frío de una noche de octubre y una ambulancia mal aparcada.

A la derecha, en una camilla y bajo los buzones, los pies de mi padre sobresalían de la sábana blanca que cubría su cuerpo.

El celador descubrió el cuerpo de un tirón, como un mago. Pero el truco falló. Mi padre no salió volando. Mi padre estaba muerto. La cabeza ladeada, la boca entreabierta, su barba de pintor flamenco doblada y deshilachada.

Lo tomó en brazos para sentarle en la silla y el cuerpo flaco de Karel Holemans, como un quijote caído, parecía no pesar. Sus piernas se balanceaban en el aire sin músculos que las sujetaran.

Vestía el mismo pijama de la noche anterior, cuando me agarró de la mano sin dejarme ir durante un instante muy largo. Un pijama de rayas, como una víctima más de aquella guerra mundial que le torció la vida.

El celador lo cogió por los sobacos para acomodarle en la silla. La cabeza de mi padre cayó sobre su pecho hundido. Su barbita de pintor flamenco se aplastó y se abrió como un pincel muy usado.

Agarró el asiento de la silla por detrás y la levantó para meterla en el ascensor, del que yo no había salido. La operación completa duró apenas unos segundos.

Hoy, día de mi cincuenta y cuatro cumpleaños, treinta y siete años y cuarenta y nueve días después de esa escena, sigo siendo capaz de descomponerla fotograma por fotograma.

Las puertas se cerraron y comenzamos a subir, situados en las mismas posiciones que en la bajada. En el centro, sentado en la silla, estaba ahora mi padre muerto. La cabeza, al levantarlo el celador, se le había inclinado hacia atrás y caía ahora sobre su hombro huesudo. La boca estaba entreabierta y tras sus labios gruesos podía ver sus dientes, ennegrecidos por el tabaco asesino.

Mi madre le sujetó amorosamente la barbilla con una mano, por debajo de la barba cana y despeluzada, y con la otra le sostuvo la nuca.

El suave balanceo del ascensor, sobrecargado con cinco cuerpos y una silla, duró mucho, tanto que ha llegado hasta hoy. La cabeza vencida de mi padre, las facciones caídas, la boca y los ojos —sí, los ojos también— entrecerrados, sellaban todos sus secretos para siempre.

Secretos que yo intuía y secretos de verdad, aquellos cuya existencia ni siquiera podía imaginar.

Hasta aquí la cámara lenta. A partir de ese momento, los planos se sucedieron en un picado abrumador.

El cuerpo depositado en la cama de matrimonio. El celador que se despide. Una propina furtiva, un billete de quinientas pesetas que se desliza en su mano. Mi madre amortajando a su marido con la sábana grande y el puñado de imperdibles. Los dedos cerrándole los ojos. Una venda alrededor de la cabeza y por debajo de la barbilla para que la mandíbula se cierre antes del rigor mortis. La cara de mi padre, del color de la cera. Mi hermano y yo callados, mirándonos con sonrisas heladas, bromeando nerviosos, empequeñecidos ante la gran verdad que se manifestaba ante nosotros.

—Volved a la cama y dormid un poco.

Creo que sí dormí algo. Al clarear, mi hermano —en realidad, mi hermanastro, pues no era hijo de Karel, aunque yo eso aún no lo sabía— me dijo:

—Se ha pasado la noche abrazada a él. Llorando.

Así se fue mi padre. Así me dejó. Fue la madrugada del 16 de octubre de 1979. Yo tenía dieciséis años y lo único que sabía de él a ciencia cierta era que me quería «más que a nada de mi vida», como me escribió, con su español indómito, en mi libro de autógrafos.

Aún no sabía que los espías no hablan, y que, aunque quieran olvidar, no olvidan. Creo que es por eso que no hablan; hacerlo les llevaría a recordar más de lo que se puede soportar.

Tuve que tener un hijo para saber que, solo a un niño, un padre le cuenta los pasajes más veraces de su vida.

Los recuerdos de su infancia, de aquel lugar remoto e idealizado llamado Bélgica, sus aventuras de juventud, los ideales nacionalistas, la pintura, las exposiciones, los premios, los espías, la guerra, Hitler, el hotel Palace de Madrid, el lujo, los viajes, la huida, la persecución, la condena a muerte, el exilio, la pobreza, los amigos extranjeros al volante de espléndidos deportivos, las conversaciones que mantenían en los seis idiomas que dominaba: Karel Holemans era un fascinante e intrincado misterio.

Decía que le gustaba resolver los jeroglíficos de La Vanguardia porque: «Durante la guerra, yo descifraba jeroglíficos».

Cuando paseábamos por la Rambla de Tarragona, el sol mediterráneo hería nuestros ojos claros: nuestros ojos flamencos, decía, que estaban hechos para el gris y el azul de los paisajes belgas que pintaba.

Karel no tenía un trabajo normal. Se diría que no tenía trabajo, lo que añadía un misterio más a mi curiosidad por comprender su mundo. Karel me llevaba a todas partes, pero no porque no tuviera un trabajo definible, sino porque me quería a su lado.

Solía acompañarle en sus charlas en los bares y escuchaba y observaba, a su lado y en silencio. A veces, —cuando había— me invitaba a un refresco en una terraza. Con toda la frecuencia que podía, me daba cinco pesetas —cuando había— para que me entretuviera con un libro, que era como yo llamaba a los tebeos para convencerle de que me los comprara.

Asistí así a un mundo adulto que no era como el de los otros adultos. Estaba lleno de gente llegada de países lejanos que hablaba lenguas extrañas, aunque yo podía sentir, sin levantar la vista de mi Din Dan, que no querían que nadie entendiera las palabras que pronunciaban.

Vlaamsch Nationaal Verbond, Abwehr, Deutschland, Wehrmacht, Gestapo, dollars, marks, francs, exil, frontière, prison, tirer, mort.

Al volver a casa, muchas veces ya de noche, mi mano entraba en el bolsillo de su abrigo, a la altura de mi cara, y encontraba su mano, grandota, calentita y confortable.

Esa mano envolvía la mía y ya no había nada más que pedirle a la vida. Sentía sus uñas largas, las mismas que me iban a sujetar para no dejarme ir la última noche que le vi con vida. Unas uñas amarillas de nicotina venenosa.

Karel me habló siempre en español. Nunca quiso enseñarme flamenco, la lengua en la que pensaba y en la que refunfuñaba en voz baja. El idioma de sus pensamientos quiso quedárselo para él, como si enseñármelo pudiera contaminarme de amargos recuerdos y conducirme a hechos trágicos.

Mantenerme al margen de lo flamenco era su forma de protegerme. Le daba la seguridad de que yo no seguiría sus pasos.

Ni que decir tiene que esa decisión tuvo el efecto contrario.

Karel, sit tibi terra levis, y su memoria (o mejor, su desmemoria) me empujarían sin remedio desde la Tarraco imperial hacia la ignota Galia Bélgica.

Karel murió dejándome una herencia de valor incalculable: un reloj barato, que le sobrevivió solo unos meses, y una historia insondable, formada por todas las preguntas que nunca pude hacer, por todos los silencios que guardaban sus ojos azules y húmedos, por los nudos en la garganta que apagaban sus palabras cuando se refería a su pasado.

A los dieciséis años yo aún no sabía ni cómo ni cuándo, pero ya había decidido que un día trataría de llenar el vacío gigantesco, el negro abisal en el que su ausencia me dejó.

He masticado esa idea durante décadas. Me puse manos a la obra hace varios años. He necesitado madurez y algo de dinero para emprender a ciegas una investigación completamente amateur que no sabía muy bien dónde me llevaría.

He investigado en archivos de varios países, me he entrevistado con vivos que quieren saber y con moribundos que no quieren recordar. Me he familiarizado con un país en el que nunca viví y con un tiempo habitado solo por muertos.

He averiguado mucho. He entendido las respuestas a preguntas que ni siquiera sabía que existían. He reconstruido amores, vocaciones, fes, amistades y traiciones de hace casi un siglo. He pisado sobre las huellas de los pasos de Karel en varios países. He escuchado el eco de su voz en su caligrafía diminuta.

Y, sin embargo, he fracasado. Nunca conseguí alcanzar lo que verdaderamente deseaba: reencontrarme con él, abrazarle de nuevo y sentir sus labios gruesos y su rostro sin afeitar en mis mejillas de niño.

No me fue dado crecer junto a mi padre. Nunca pude preguntarle qué ocurrió, cómo habíamos llegado a Tarragona y qué hacíamos allí, varados a orillas del Mediterráneo, tan lejos de Flandes. Por qué no teníamos familia y por qué tan pocos amigos.

Los enigmas de Karel Holemans fueron siempre mi equipaje, allá adonde la vida me llevara.

Necesitaba entender las razones, revelar los secretos, iluminar las sombras, romper los lacres, gritar los motivos, desmantelar las calumnias, señalar a los traidores y, quizás algún día, restaurar su nombre.

Para no ser yo, nunca más, el hijo de un fugitivo, de un criminal condenado a muerte.

Ibiza, 4 de diciembre de 2016.

2

AZUL DE PRUSIA

Aún tardaría muchos años en pisar la Bélgica real. Sin embargo, a través de los recuerdos de mi padre viví mi infancia en una Bélgica idealizada. Para los exiliados —yo no sabía aún qué era un exiliado—, el tiempo vivido se convierte en un fósil congelado en el permafrost de la memoria.

Mi padre viajaba por la vida con una maleta imaginaria llena de sueños pospuestos, que olían a niñez, a familia, a amigos perdidos, a vida truncada. Karel Holemans no podía resistir la tentación de abrir esa maleta, un día sí y otro también, para volver a respirar el aroma del hogar. Un exiliado nunca se va del todo. Vive siempre en la provisionalidad, en la fantasía de que la vida que vive, tan lejos de casa, es solo temporal.

En alemán existe una palabra para denominar esa extraña sensación de añorar un lugar donde no has estado nunca: Fernhwe. Gracias a mi padre, toda mi infancia fue Fernhwe. El hijo de un exiliado nace exiliado. Yo había nacido en Tarragona y, aunque allí crecía como cualquier otro niño, me acompañó siempre la idea de que había algo anómalo en nosotros, que estábamos como de paso, que vivíamos en una ciudad y un país que nos habían prestado y que un día deberíamos devolver.

No es que solo lo pensara, sino que deseaba con todas mis fuerzas que un día, no sabía cómo, fuéramos como los demás: gente con familia, con país, con raíz, sin secretos, sin palabras prohibidas. Hoy me doy cuenta de que he pasado mi vida tratando de desexiliarme, de desarticular el Fernhwe y curar la malformación histórica con la que nací.

El 3 de julio de 1910 el cometa Halley volaba tan cerca de la Tierra que se anunció el fin del mundo. Dispuesto a contradecirle, ese día Karel Holemans nació en el hotel de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, que regentaba la familia Holemans Schodts, en Zichem, un pueblito del Brabante flamenco cercano a la fronteriza provincia de Limburgo.

La familia Holemans, mi familia, procede de un paisaje llamado De Kempen, que cubre el noreste de Flandes y el sur de Holanda. El Kempenland es una extensa llanura de suelo de arena, sobre la que crecen pinos albares de tronco despejado y copas altísimas, como dedos siniestros que se levantan de tumbas ancestrales. Así fue como mi padre los vio y así es como los pintó en sus primeros cuadros.

En el Kempen, aunque está muy lejos del mar, la arena forma dunas y el agua del subsuelo brota para formar lagunas que aparecen y desaparecen según la estación del año. Estas marismas fantasmales, escondidas en la bruma del bosque de mis antepasados, representan el secreto de lo que nadie me contó, lo que quedó oculto y que me costó años desvelar. Pero por más huesos que haya desenterrado de la turba, por mucho que haya patrullado la oscuridad, apenas he vislumbrado la superficie de esas lagunas silenciosas. Tienen una profundidad que jamás lograré sondar.

Y lo que me convierte en huérfano sin remedio son las lagunas que ya nadie recuerda, las que permanecerán ignoradas para siempre, sin testigos, en un olvidado rincón del bosque que ni los azores conocen.

Karel fue el sexto de nueve hermanos, de los que solo siete llegaron a la adolescencia. Todos nacieron en el hotel de mis abuelos, Clement Holemans y Thérèse Schodts.

Clement había nacido en 1876 en Diest, una pequeña ciudad a pocos kilómetros de Zichem, donde acabarían instalándose. Thérèse, a quien todos llamaban Trees Klemaa1, era dos años mayor que él y había nacido en Kaggevinne2, una pedanía a media hora andando desde el centro de Diest.

Por falta de testigos vivos, no es posible conocer detalles del noviazgo de Clement y Thérèse. Probablemente sus miradas se cruzaron por primera vez en alguna fiesta religiosa de las muchas que en esta devota región de Flandes se ofrecían a Nuestra Señora del Sagrado Corazón, venerada en la cercana abadía de Averbode.

Conociendo Bélgica como hoy la conozco es fácil conjeturar que su compromiso debió formalizarse en un almuerzo entre ambas familias. Habría parlamentos, comida en abundancia, cerveza en más abundancia todavía, y una sobremesa que se alargaría hasta la cena.

Al tiempo que Clement y Thérèse hacían planes para la boda, la abadía de Averbode se convertía en el mayor santuario de peregrinación católica de Bélgica. La hermandad de Nuestra Señora del Sagrado Corazón se fundó en la abadía en 1877 y, para cuando mis abuelos se comprometieron en 1894, ya había alcanzado la asombrosa cifra de cuatrocientos mil miembros. Casi uno de cada cinco belgas era miembro de la hermandad.

La abadía fue también una bendición económica. A su alrededor se construyeron viviendas sociales, una escuela, una biblioteca pública y un teatro para funciones religiosas. La prosperidad que la abadía trajo a esta remota región de Flandes fue fundamental para la joven pareja. Sin embargo, una amenaza se interponía entre ellos y sus sueños: el servicio militar.

En 1896, Clement acababa de cumplir veinte años. No se temía una guerra con Alemania y el servicio militar obligatorio no se había impuesto aún (no lo haría hasta 1909). Así pues, los soldados que el ejército precisaba se elegían por sorteo cada año entre los jóvenes que cumplían la veintena.

Los hijos de familias ricas podían librarse pagando una sustanciosa suma. Eso nos da un indicio claro de que los Holemans eran una familia pequeñoburguesa sin sobrados recursos. De haber podido permitírselo, no habrían expuesto al joven Clement al riesgo del sorteo.

Unos pocos días después de su vigésimo cumpleaños, en una fría mañana de enero de 1896, Clement Holemans salió de la casa de sus padres para ascender hasta la ciudadela militar que corona el pueblo y conocer su destino; o más bien, el destino que el ejército le reservaba.

Clement cruzó el Grote Markt, dejó a su espalda el edificio del ayuntamiento y la iglesia de San Sulpicio, donde más pronto de lo que pensaba se casaría con Trees, y tomó la pendiente del Allerheiligenberg.

Más de un siglo después, también una mañana de enero, anduve sobre los pasos de mi abuelo y subí a la ciudadela de Diest. Los adoquines estaban cubiertos de hojas de haya caídas, humedecidas por la escarcha. Para no resbalar, pisaba donde las piedras se veían despejadas y brillantes. Antes de acometer la pendiente final, la más empinada de la cuesta, me detuve.

Imaginé a Clement Holemans frente a la vieja capilla medieval de Todos los Santos, a la izquierda de la cuesta. Docenas de velitas brillaban en la penumbra. Quizás el piadoso Clement entró, rezó una oración en silencio y ofreció una vela a San Jorge, patrón de los arqueros, para rogarle que las aviesas flechas del sorteo le esquivaran.

Desde lo alto del último repecho adoquinado se domina la ciudad y buena parte de la comarca. Mi abuelo debió contemplar la vista con el temor de hacerlo por última vez como ciudadano libre. En algún momento se dio la vuelta y ya no miró atrás. Tras la última cuesta, se abría frente a él el gran portón de la imponente ciudadela de Diest.3

Con el corazón en un puño, Clement penetró en el interior del pentágono amurallado junto con muchos otros mozos. Cientos de familias de la región de Brabante rezaban en sus casas por el destino de sus vástagos. En ese momento de la historia, lo que esos jóvenes arriesgaban en el sorteo no era morir en combate, sino perder toda su juventud: hasta trece años de servicio militar estaban en juego.

Quienes esa mañana sacaran los números correctos podrían abandonar el fortín, volver a los brazos de sus madres y de sus novias, y ser libres para iniciar su vida adulta. Los que sacaran los números incorrectos formarían filas de inmediato en la explanada de la ciudadela. Sus ilusiones quedarían secuestradas entre los muros del cuartel durante ocho estériles años de milicia, a los que habría que añadir otros cinco años en la reserva.

Había algo que producía un terror ovejuno a Clement y a sus compañeros: ser destinados al Congo. El beneficio del caucho se había disparado al 700%, y el rey Leopoldo II, que tenía de facto la propiedad de la colonia, se había propuesto exprimir el fruto de su colosal finca privada, ochenta veces mayor que Bélgica.

Leopoldo había encargado a su ministro de Defensa reforzar la Force Publique, un siniestro cuerpo policial encargado de que aquellos negros salvajes no escaparan a su patriótico deber: trabajar esclavizados en el sangrado del caucho. Para asegurarse de que no desertaran, sus familias, niños incluidos, eran encarceladas. Se decía que los reclutas no iban al Congo, que eran solo los oficiales, que en África los soldados de tropa eran esclavos negros liberados a cambio de vestir el uniforme. Pero con los militares quién iba a saber; hoy decían tal y mañana cual.

Aquellos jóvenes, que no habían viajado nunca más allá de Lovaina, sentían esa mañana una bola de angustia en sus estómagos. Formaron una hilera frente a una mesa sobre la que se exhibía un extraño objeto. Era una especie de cilindro hexagonal, un barrilete de madera bien barnizada, con una puertecilla lateral en una de sus seis caras.

Con el entusiasmo de una babosa, un soldado volteaba el bien engrasado barrilete, lo detenía con la mano abierta y abría el pequeño portillo ante el candidato a recluta. El tembloroso muchacho tenía que alargar la mano y coger un tubito de madera. Dentro del tubo estaba enrollado un sello dentado con un número impreso. En una pizarra, custodiada por el sargento que dirigía el sorteo, se relacionaban números del 1 al 300. Eran los destinos de los trescientos reclutas que el ejército reclamaba ese año: guarniciones en ciudades principales o destacamentos perdidos en cualquier rincón de Bélgica.

Clement estaba tenso como la piel del tambor de la fanfarria de Sint Jansvrienden. El soldado volteó el barrilete con gesto indiferente y abrió la compuerta. Clement metió la mano y los tubitos, poco más gruesos que una paja de trigo, se le escurrían entre los dedos. Pellizcó uno al azar, lo sacó y lo encerró en el puño. Con un miedo que nunca había sentido antes, separó sus dos mitades y desenrolló el papelito: 333. Excedente de cupo.

Thérèse guardó siempre aquel número mágico, una verdadera carta de libertad que de un golpe licenció a ambos del servicio militar. Aún hoy, su nieto Jef, mi primo hermano, custodia este valioso tesoro familiar, origen simbólico de nuestra familia.

Aquel cabalístico 333 permitió a Clement entrar a trabajar, ese mismo año de 1896, como aprendiz de linotipista en la imprenta de Joseph Nys, en Bruselas, donde además de libros y láminas artísticas, se publicaba el popular diario católico Het Vlaamsche Volk.

Clement se había formado como tipógrafo durante su educación secundaria en Diest y tras dos años de trabajo aplicado consiguió convertirse en un impresor experto y en un redactor prometedor. En enero de 1898, pocos días después cumplir veintidós años, Clement comunicó al periódico su renuncia y solicitó un certificado de trabajo y de buena conducta. Mijnheer4 Karel Vantomme, uno de los directores, con gran pesar escribió:

Estamos muy satisfechos con Clement Holemans, no solo con su trabajo, sino también con su comportamiento. Por la presente, reconocemos sin rodeos que lamentamos que deje nuestro lugar de trabajo.

Gracias a la experiencia adquirida en Bruselas, Clement había conseguido un empleo en el taller de tipografía de la editorial de la abadía, en Averbode. Así podría ver a Trees a diario y ganaría en felicidad, en ingresos y en respeto.

La editorial de la abadía sacaba a la calle la colosal cifra de cien mil ejemplares mensuales de De Bode, la revista que devoraban los cofrades de la Hermandad de Nuestra Señora. Su director, el hermano Marius Lefèvre, vio enseguida que se podía confiar en el joven Holemans y a los dos años le nombró jefe del taller de tipografía.

Allí, en el centro del taller, entre resmas de papel, rodeado de cajas clasificadoras de tipos móviles y de un grupo de cajistas, posó Clement en la fotografía más antigua que se conserva de él, una postal de 1900.

Clement —ahora ya Mijnheer Holemans— vestía traje y corbata y se cubría con su guardapolvo de meestergast5. Lucía un digno y comedido bigote que, a medida que fuera ascendiendo en la escalera social, prosperaría con él, devendría mostacho y sus puntas se rizarían hasta alcanzar proporciones de káiser.

El sábado 8 octubre de 1898, mis abuelos Clement y Thérèse se casaron en la hermosa iglesia gótica de San Sulpicio en Diest, y a finales de ese año abrieron en Averbode el negocio familiar que les acompañaría hasta el final de sus días: el hotel de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, cuya imagen en una hornacina coronaba la fachada.

Hotel de la familia Holemans en Averbode.

Era una casa exenta de ladrillo visto, con dos plantas, buhardilla y tejado a dos aguas. Sobre la entrada, en mayúsculas, un rótulo ponía nombre al hotel y a la familia: CL HOLEMANS SCHODTS.6 Justo frente al edificio se encontraba la parada del tranvía que unía la abadía con la estación de Zichem. Los peregrinos, que se apeaban cansados del viaje y cargados de bultos, eran recibidos con una cerveza helada, una comida caliente y una cama seca. No hacían falta más pruebas de que era la divina gracia de Nuestra Señora la que había puesto a los Holemans en aquel lugar.

Clement consiguió que la cervecera Van Tilt, propietaria del edificio, le firmara un ventajoso contrato de alquiler indefinido, que mantuvo toda su vida. Con ese contrato en el bolsillo, se dispuso a hacer crecer sus dos grandes empresas: el hotel y una familia numerosa.

Con puntualidad de campanario, Clement y Thérèse trajeron al mundo a un hijo cada dos años. Maria en 1900. Madeleine en 1902. Josef en 1904. Martha en 1906. Henrica en 1908. Karel en 1910. Amanda en 1912. Omer en 1914. Y Albert… en 1917.

El nacimiento de Albert desajustó la cadencia prusiana de la gestación familiar. Aunque esta pequeña informalidad podía disculparse por los sinsabores que trajo la primera invasión alemana. De los nueve hijos de Clement y Thérèse, solo siete sobrevivieron a las enfermedades infantiles o a los partos difíciles. Henrica y Amanda murieron tempranamente.

Hacia 1905, tras unos años de buen desempeño como jefe del taller de tipografía, promocionaron a Clement a redactor de la joya editorial de la abadía: la revista De Bode. Este ascenso le supuso dejar atrás el frío del taller, el estrépito de la maquinaria, la tinta y la grasa de la prensa. Colgó el guardapolvo azul, se vistió con chaqueta, chaleco y corbata y fue a sentarse a la mesa de redacción, en la misma casa del abad.

Allí, Clement coincidió con otro joven redactor nacido en Zichem: Ernest Claes, quien llegaría a ser uno de los grandes autores de las letras flamencas.7 Años más tarde, Ernest Claes escribiría en su autobiografía:

En la redacción, una habitación del piso alto del monasterio que Dios sabe para qué habría servido, se sentaba frente a mí, cara a cara, Clement Holemans.

Un gran tipo y una buena persona, este Clement. Había aprendido el oficio de tipógrafo en Diest, su ciudad natal. Era además hotelero en Averbode y director de la fanfarria de Sint Jansvrienden. Tenía una bonita voz de barítono que le gustaba exhibir de vez en cuando, y ahora encima se había convertido en redactor.

El trabajo de Clement consistía en traducir artículos del alemán y en corregir las pruebas de imprenta de los folletines que publicaba la revista. También se esforzaba en escribir pequeñas historias y poesías, con la ilusión de verlas impresas. Sin embargo, el padre Blomm, director y redactor jefe, nunca las encontraba suficientemente edificantes y las descartaba una y otra vez.

El trabajo en la editorial no estaba pagado espléndidamente, pero el hotel funcionaba a pleno rendimiento. Clement sintió que tanto su economía como su posición en la sociedad de Zichem se asentaban en suelo firme y se dispuso a dar un gran paso.

En 1910, encargó los planos para la ampliación del hotel al arquitecto Alphonse Dergelin, de Diest.8 La demanda de habitaciones era cada vez mayor y con demasiada frecuencia se quedaban sin poder atenderla. Además, el edificio apenas podía ya contener a una familia con cuatro hijos y otro en camino.

La reforma respetó la fachada principal y derribó la fachada trasera, retranqueándola casi quince metros. El hotel pudo triplicar así su superficie, y las habitaciones aumentaron de cuatro a trece. El nuevo comedor tenía once metros de profundidad y podía sentar a sesenta comensales en días de banquete. Sus cinco ventanales capturaban toda la luz de Frankenstraat y era tan amplio que empequeñecía la enorme araña de cristal que lo sobrevolaba.

Embarazada de Karel, Trees Klemaa sobrellevó con resignación evangélica el polvo y el ruido de los trabajos de ampliación. El 3 de junio de ese año 1910, con la casa aún empantanada, Trees dio a luz, en una habitación del piso superior, a Karel, un niño regordete que cincuenta y dos años después se convertiría en mi padre.

Karel salió por primera vez a la calle en brazos de su madre para ser presentado a los vecinos. Sus ojos aún no sabían enfocar, así que no pudo ver el extenso arenal que tenía frente a él y al que llamaban Het Strand (la playa). En los raros días de cielo azul, los vecinos desplegaban allí tumbonas de tijera para tomar el sol y los niños jugaban sin camiseta a rastrillar y llenar de arena sus cubitos, como si las olas de un mar imaginario rompieran junto a ellos.

Al día siguiente de nacer, el pequeño Karel fue bautizado en la capilla de la abadía con el nombre de Johannes Carolus. Los padrinos fueron su tía materna Josephina Schodts y el amigo de la familia Gaspar Bas. Los testigos, toda su familia, sus vecinos y dos leones esculpidos en madera que rematan la sillería del coro. Cada vez que visitaba esa capilla solía sostener su feroz mirada de roble y les ofrecía mi alma a cambio de que me contaran todo lo que habían visto. No tuve ningún éxito, por lo que conservo mi alma.

Durante años escuché decir que mi abuelo tuvo intereses en el negocio del carbón. Nadie supo decirme si poseía sacos, almacenes o minas enteras. Magnificar la vida de los antepasados es siempre una tentación fácil y reconfortante. Sin embargo, tras mucho husmear en la historia de Averbode, la verdad ha resultado mucho más modesta: los Holemans, al igual que los demás hoteleros, vendían carbón al detalle para alimentar las estufas y las cocinas de sus vecinos.

La ampliación del hotel había convertido a Clement Holemans en un hombre próspero. Con alojamiento para treinta huéspedes, el negocio marchaba viento en popa. La abadía y los bellos paisajes del Kempen hacían de Averbode un destino muy popular no solo en Bélgica, sino también entre turistas franceses e incluso ingleses.

Además de mantener su trabajo de redactor en la abadía, Clement marcaba también el ritmo de la fanfarria local tocando el bombardón. De ahí a dirigir el compás de las vidas de sus vecinos solo había un paso. Era un buen católico, un patriota flamenco, un padre de familia y un empresario respetado. Lo tenía todo para lanzar su carrera política.

En abril de 1914, se celebró un acto político en Averbode para reclamar que la universidad de Gante impartiera sus clases en flamenco, y no solo en francés. Los conferenciantes fueron Clement Holemans y Edmond van Dieren, quien veinte años después sería el portavoz del partido nacionalista flamenco VNV en el senado belga.

En la cercana Deurne, un mitin análogo fue encabezado por el doctor August Borms, un icono del independentismo flamenco. Borms fue condenado a muerte dos veces por colaborar con los invasores alemanes, en ambas guerras mundiales. Su ardiente fervor católico y su buena relación con la iglesia le libraron del paredón la primera vez, aunque no la segunda.

Estos eran los aires que corrían cuando Clement Holemans debutó en la arena política. Mi abuelo era un flamencófilo confeso, aunque el independentismo aún no se había radicalizado como lo haría más tarde, en los años treinta. Antes de la Gran Guerra, la única independencia con la que soñaba Clement Holemans era la de su adorado Averbode.

La floreciente pedanía crecía a ojos vistas, mientras que el viejo municipio de Zichem se estancaba como un pueblo de granjeros. Con la construcción del tranvía y de los hoteles, el turismo se había desbordado y la población se triplicó, alcanzando los 1.800 habitantes. La nueva burguesía, nacida al calor de la abadía, se sintió lo bastante fuerte como para unirse y reivindicar la segregación de Averbode.

En 1913, mi abuelo Clement se puso al frente del movimiento de independencia. Las primeras reuniones de aquellos burgueses levantiscos se celebraron bajo la araña de cristal del gran comedor de los Holemans. Karel tenía solo tres años y no guardó recuerdo alguno de las conjuras que habitaron el salón de su casa. Aunque aprender a caminar entre conspiraciones debió plantar en él la semilla de la ambición política.

En Averbode, pocos dudaban de la inmediata segregación de aquel concejo enriquecido y satisfecho de sí mismo. Desafortunadamente, les aguardaba un obstáculo formidable. En agosto de 1914, el káiser Guillermo II declaró la guerra a Francia, ignoró por completo la neutralidad belga, lanzó un ultimátum al rey Alberto I, cruzó la frontera e invadió Bélgica.

Su propósito era atravesar en un santiamén ese país diminuto y neutral en su camino hacia Francia, no esperaba contratiempos. Pero el orgulloso ejército belga, encastillado en las fortificaciones de Lieja y Namur, presentó una defensa que retrasó a las tropas del káiser, dio tiempo a los franceses para que escaparan del cerco planeado por los alemanes y, en última instancia, evitó la caída de París.

Esta súbita resistencia encolerizó a los generales alemanes y dio alas a una represión salvaje, conocida en los libros de historia como la Violación de Bélgica. Hubo asesinatos, saqueos, incendios de casas y edificios, violaciones masivas, fusilamientos de civiles y todo el catálogo de maldades que un ejército desbocado es capaz de ejercer sobre un puñado de paisanos orgullosos e insurrectos.

Esta agresión provocó la entrada del Reino Unido en la guerra9, lo que exacerbó aún más la furia alemana. Por culpa de aquellos catetos liliputienses, París no había caído y, encima, el Imperio Británico tomaba cartas en el asunto.

A las puertas de Averbode, en la pequeña localidad de Aarschot, una horda germana violó a las mujeres del pueblo y asesinó a 156 vecinos. La violación cultural se perpetró un poco más al oeste: la riquísima biblioteca de la universidad de Lovaina, con trescientos mil libros y manuscritos medievales, fue incendiada, la ciudad arrasada y sus habitantes deportados. Pronto se supo que en Schaffen, muy cerca de Diest, los alemanes habían masacrado a sus habitantes y ya avanzaban hacia Zichem.

Cuando los invasores llegaron al pueblo, este estaba desierto. La familia Holemans, como los demás vecinos, había huido para ocultarse en los pantanos. Karel, que tenía solo cuatro años recién cumplidos, debió entender que aquello no era otro picnic en el bosque. La angustia y la zozobra de los padres es el primer miedo que un hijo siente.

La imagen del pequeño Karel, asustado, corriendo agarrado de la mano de sus hermanas y refugiándose en el bosque, era un presagio de la vida que le esperaba. Correr, huir del miedo, con la guerra en los talones. Fue la primera vez, pero no sería la última.

Pese al pánico inicial, el pueblo no fue arrasado. En un inesperado golpe de suerte, los alemanes habían elegido Zichem para establecer sus cuarteles de retaguardia. El ejército alemán maniobró hacia el norte para ocupar el estratégico puerto de Amberes y dejó la región de Averbode aislada del resto de Bélgica y bajo control alemán hasta el fin de la guerra. Gracias ello, el pequeño rincón de Flandes donde vivían los Holemans se salvó.

Las primeras batallas de la Gran Guerra tuvieron lugar al sur, en Valonia, y el frente flamenco se estabilizó a poniente, cerca del canal de la Mancha. La ciudad de Ypres fue una de las grandes víctimas de la guerra de trincheras. Quedó laminada por los bombardeos y dio nombre a la infame iperita o gas mostaza, pues allí fue donde se empleó por primera vez.

Por suerte para los Holemans, Averbode quedaba lejos de aquel infierno de barro, hielo, ratas y alambradas que durante cuatro años provocó una de las mayores matanzas de la historia.

Sus vecinos fueron saliendo poco a poco del bosque y regresaron a sus casas para servir a los ocupantes alemanes. Las atrocidades cometidas en los pueblos vecinos, que tanto temían, no llegaron a consumarse. Allí, lejos del frente y a menos de cien kilómetros de Aquisgrán, los soldados del káiser descansaban de los combates, curaban a sus heridos y, los de más edad, esperaban a licenciarse sin meterse en problemas.

Algunos incluso se trajeron a Zichem a sus familias alemanas, y los más católicos asistían a las ceremonias religiosas de la abadía. La vida se vivía con una extraña normalidad, pese al desdén que los alemanes mostraban por los pueblerinos ignorantes, que hablaban una especie de alemán degenerado y les servían con desgana.

El hotel Holemans fue reconvertido en hospital de campaña. En el salón se instalaron docenas de literas para los heridos y sus habitaciones más cómodas fueron ocupadas por oficiales alemanes. A la familia se le permitió amontonarse en una pequeña ala de la casa a cambio de que Trees cocinara y de que sus hijas Maria y Madaleine, de 14 y 12 años, ayudaran a cuidar a los heridos.

Al empezar la invasión, Trees tenía a otros tres pequeños que cuidar, Josef, Martha y Karel, de 10, 8 y 4 años, y estaba embarazada por octava vez. Su angustia por la familia y el miedo que tenía a los alemanes precipitaron el parto del que fue su sexto hijo vivo: Omer Holemans.

Este tío mío fue un hombre de inteligencia justa y ambiciones sencillas. Dicen que era servicial, cariñoso y sensible, y que disfrutaba como nadie con la banda de música y las fiestas parroquiales. Su nacimiento prematuro le hizo de constitución frágil y naturaleza enfermiza, y se mantuvo soltero y pegado a las faldas de la familia hasta que murió a los 34 años. De todos los parientes que no conocí, Omer es el que más ternura me despierta. Su cara alargada, el cabello repeinado y la figura taciturna, siempre de traje oscuro, sugieren que este sosias de Stan Laurel tuvo un espíritu rico en simplicidad, curiosidad y bondad.

Omer Holemans.

Omer solía participar en la fanfarria cargando a su espalda el pesado bombo mayor. El tamborero caminaba tras él, aporreándolo con su maza al ritmo grave de la procesión. Me conmueve la imagen esforzada de este hombre apacible, con su frágil esqueleto baqueteado y casi desarmado en cada percusión. Omer quizás intuyó que su paso por el mundo iba a ser breve y nunca perdió tiempo en conocer la soberbia. Lamento mucho no haberle conocido.

Mi tía Madeleine se había convertido durante la guerra en una jovencita bella y bravía. Un día, mientras atendía en el hotel a los heridos, un soldado alemán se dirigió a ella de modo soez y cuartelero. Madeleine respondió a la procacidad escupiéndole su desprecio con unas palabras en flamenco cuyo sentido el alemán, pese a no entenderlas, comprendió perfectamente.

Thérèse corrió a proteger a su hija del bárbaro que ya levantaba su fusil. El soldado descargó la pesada culata en la espalda de mi abuela. El golpe le causó una fuerte contusión en el omoplato y, tal vez, una fisura. Cuando Trees envejeció, un dolor con cada cambio de tiempo le recordaba la crueldad de aquellos a quienes toda la familia se había visto obligada a servir.

Cuarenta años después de la guerra, Trees, ya muy anciana y con demencia, aún temía el regreso de los alemanes y alertaba a sus hijos del peligro. Aquellos miedos de color mostaza la acompañaron hasta su muerte en 1956.

La Gran Guerra consiguió algo que ochenta y cuatro años de historia común no habían logrado alumbrar: un sentimiento patriótico belga. Nada como una agresión y un enemigo exterior para amalgamar a la población en torno al mástil de una bandera. Y aunque muchos belgas entonaron la Brabançonne y se emocionaban al paso de la bandera tricolor, no todos se unieron al coro.

Los nacionalistas flamencos más irreductibles imaginaban su país de modo bien diferente. La propia existencia de un estado belga era para ellos un ultraje a Flandes. Con la Gran Guerra, los flamenquistas10, siempre recelosos del gobierno de Bruselas por su menosprecio hacia la lengua flamenca, sintieron que la ocupación alemana abría inesperados atajos hacia la independencia.11

Los alemanes lograron acentuar la fisura entre los belgas practicando una insidiosa Flamenpolitik: concedieron preferencia sin disimulo a los flamencos sobre los valones. Los separaron del resto, les dieron mejor trato y, los más radicalizados, fueron invitados a colaborar como informadores.

Desde el frente llegaban también rumores: supuestamente, los reclutas flamencos eran comandados en las trincheras por oficiales valones, que les gritaban en francés órdenes que no comprendían y que les conducían a la muerte como lapins.12

La familia Holemans, así como la mayoría de sus vecinos de Averbode, eran nacionalistas de corazón, pero a diferencia de los flamenquistas, no podían ver a los alemanes como aliados. Los Holemans tenían su propia casa ocupada y las peores salvajadas de los alemanes habían ocurrido demasiado cerca.

Solo deseaban que la guerra terminara y que su educada clientela de Bruselas, Valonia y Francia volviera a llenar el hotel. Este práctico espíritu burgués y su pacífico catolicismo de provincias les situó, al menos durante esta guerra, muy lejos de la colaboración con los alemanes.

Cuando Alemania cayó derrotada en 1918, Karel tenía poco más de ocho años. Unos meses después, vio con admiración cómo su padre, Clement Holemans, recibía del rey Alberto I la Gran Cruz Civil de segunda clase en recompensa por los «excepcionales actos de valor, sacrificio y humanitarios» que había prestado al país entre 1914 y 1918.

La ocupación de la casa familiar, la paralización del negocio, el sufrimiento personal y el perjuicio económico no fueron los únicos méritos que se tuvieron en cuenta para concederle la Gran Cruz. Clement había sido también un colaborador activo del Comité Nacional de Ayuda y Alimentos y había hecho mucho por aliviar la paupérrima situación de sus vecinos.

Esta condecoración y sus honores implícitos le serían muy necesarios a Clement cuando llegara la Segunda Guerra Mundial, que aún nadie podía presagiar. Porque en esta segunda ocupación, la colaboración de Clement con los alemanes sería bastante más entusiasta y le obligaría a dar muchas más explicaciones.

3

VERDE INGLÉS

La derrota alemana se vivió en Bélgica como la victoria de la Europa latina sobre las hordas de Germania, que una vez más habían llegado del Este para caer sobre el mundo civilizado. Los flamenquistas, que en gran número habían tomado partido por los bárbaros, fueron perseguidos y castigados. Los valones clamaban por un afrancesamiento del país que asegurara la unión y la pervivencia de Bélgica.

Sin embargo, el Flandes posterior a la Gran Guerra ya no era aquella región hambrienta y depauperada de finales del siglo XIX. Durante los años veinte, el puerto de Amberes no dejó de recibir a comerciantes que, como modernos marcopolos, arribaban cargados con exuberantes riquezas del Congo: ébano, marfil, caucho, cobalto para endurecer el acero, oro y diamantes, diamantes y más diamantes.

Los empresarios belgas se sintieron atraídos por los bajos salarios y por el orden que, cual pax romana, la iglesia católica mantenía en Flandes. Allí trasladaron fábricas y sucursales y, por primera vez, inversores flamencos como Gevaert se convirtieron en magnates. Estaba naciendo una moderna burguesía flamenca, orgullosa de su lengua y dispuesta a llevar la prosperidad a todos los rincones de Flandes. Uno de esos rincones era el Kempenland, la tierra natal de los Holemans.

Los peregrinos regresaron a Averbode. Volvían para postrarse ante Nuestra Señora y dar gracias por la paz y la salud que al fin disfrutaban. Atrás quedaban las calamidades de la Gran Guerra y la pandemia de gripe española. Las peregrinaciones volvían a ser unas verdaderas vacaciones en los bosques que rodeaban la abadía de Averbode.

El hotel de los Holemans se llenó de burgueses francófonos de Bruselas y Valonia.13 También llegaban británicos que habían conocido los campos de Flandes cubiertos por amapolas de sangre y que regresaban a una Bélgica que volvía a sonreír.

Conducían los últimos modelos de automóvil y los estacionaban frente a los hoteles, sobre la arena del Strand. Karel, ya con diez años, correteaba con los niños del pueblo jugando a reconocer las marcas de los coches. Los lujosos Citroën A, el Peugeot Quadrilett descapotable, recién presentado en la feria de Bruselas, los míticos Ford T y los más corrientes Austin Seven, con sus incómodos volantes a la derecha.

De vez en cuando atronaba la calle un elegante deportivo italiano, el Alfa Romeo RL, con sus tres mil centímetros cúbicos, que entusiasmaba a los niños e hipnotizaba a los mayores. De los tranvías que llegaban de la estación bajaban también peregrinos sin motorizar, que aportaban un bullicio menos elegante, aunque igualmente bienvenido.

Si la felicidad es la ausencia de sobresaltos y la previsibilidad de lo cotidiano, para los Holemans, los alegres años veinte debieron ser alegres de verdad. Hay muy pocos documentos escritos de esos años y solo algunas historias banales han pervivido en la memoria oral de la familia. La vida que pasa liviana mancha mucho menos papel que las tragedias.

En uno de mis primeros viajes a Averbode conocí a un joven muy amable y culto llamado Glenn Geraerts, que aspiraba por entonces a vestir el hábito de monje en la abadía. Glenn era un periodista apasionado por la historia, que de inmediato hizo suya mi avidez por encontrar rastros de mi familia. En una de mis visitas, en las que trocábamos cerveza flamenca por vino español, me regaló un precioso libro que contenía fotografías de Averbode tomadas durante el siglo XX. Según me dijo, en él aparecían unos cuantos de mis parientes.

Escudriñé el libro con mirada de entomólogo y allí aparecieron imágenes de mi abuelo Clement y de su mostacho, progresando ambos según pasaba la vida; también de mis tíos Jozef y Albert, posando con instrumentos musicales en la fanfarria local. Tardé bastantes semanas en reparar en una foto que de antemano no parecía tener nada que decirme, pero que escondía un detalle clave.

Era una imagen del aula de la escuela, presidida por un crucifijo y por retratos de Nuestra Señora, del abad de Averbode y otras santidades. En la pizarra alguien había escrito con pulcra caligrafía la fecha de aquel día: 11 de mayo de 1919. Unos veinte niños, todos varones, se apretujaban en los pupitres, mirando fijamente al fotógrafo. El maestro Theofile Sieben había ordenado a los niños por alturas: los más altos sentados atrás, los más pequeños delante. Bendita sensatez, la del señor Sieben.

El primer niño sentado a la derecha, el menor de todos, era Karel, con nueve años recién cumplidos. Ese niño llevaba cien años sentado en ese pupitre, esperando el día que nuestras miradas se cruzaran. Sentí el vértigo de viajar en el tiempo. Cuando yo tenía esa misma edad sentía paz mirando el azul tranquilo de los ojos de mi padre, de cincuenta años largos. Hoy, con ese libro abierto en mis manos, era yo el cincuentón estupefacto que establecía contacto con la mirada de un niño pequeño que, gracias al hoyuelo en la barbilla y a sus ojos grandotes, reconocí como mi padre.

Le miraba a los ojos mucho antes de que yo hubiera nacido. Sostenía la mirada de un niño de hacía cien años que un día, en una apasionada noche de primavera de otro tiempo y otro lugar, me engendraría a mí. La máquina del tiempo existe: es una foto vieja.

En 1920 se celebraron los Juegos Olímpicos de Amberes, concedidos a Bélgica por los sufrimientos padecidos durante la guerra. El pequeño Karel, con diez años recién cumplidos aquel verano, siguió a través de la radio las proezas de los ciclistas belgas. La medalla de oro que Henry George ganó en los cincuenta kilómetros de ciclismo en ruta fue jaleada por los vecinos y clientes que rodeaban el aparato de radio del comedor de los Holemans, magnetizados por el paroxismo del locutor.

Allí nació una afición que Karel practicaría toda su vida: no precisamente pedalear en bicicleta, sino seguir las hazañas de una nación de ciclistas, primero en la radio y, años más tarde, en la televisión. Viví con él muchas tardes de Tour y de Vuelta, cuando la serpiente multicolor, la canción del verano, el calor y la siesta se fundían en uno.

Una de las evidencias de la acomodada posición de los Holemans en la sociedad de Averbode era su gusto por hacerse retratar. En 1921, cuando Karel tenía once años, los hermanos Holemans se reunieron para una curiosa fotografía de grupo, un déjeuner sur l’herbe muy del gusto de la época y cuidadosamente estudiado.

En una loma arbolada, con la arena cubierta de pinaza, un fotógrafo profesional compuso a los hermanos como en un cuadro clásico. A la izquierda, obligaron al inquieto Omer a apoyar su espalda en el tronco de un pino para evitar que saliera movido, como solía ocurrirle. Burlón y sin ocultar lo mucho que le divertía la situación, simulaba mordisquear una manzana.

En el suelo, sentadas sobre una manta, mis tías Martha, Madeleine y Maria, de 15, 19 y 21 años, fingían servir el té a sus hermanos, en una escena de feminidad hacendosa. Ocupa el centro una mujer que no era familia directa y que, según dicen, se llamaba Ivonne van Brussel. Que ocupara el lugar central de la imagen me hace pensar que podía ser la novia mi tío Jozef, primogénito y mano derecha del patriarca, Clement Holemans.

Déjeuner sur l’herbe de los hermanos Holemans.

Jozef se encuentra boca abajo, acodado en la arena, y sostiene una manzana con las dos manos, como un Adán caído en la tentación de reinar en el paraíso. Con diecisiete años representa la continuidad de la familia y viste en consonancia: chaqueta, cuello duro y corbata. Aparece peinado con raya al medio y con un flequillo coqueto. Muestra confianza en sí mismo y ofrece a la cámara su agradable rostro germánico, en un favorecedor ángulo de tres cuartos. Sea como fuere, si él era Adán, Ivonne no se convirtió en su Eva, pues Jozef no se casó con ella, de la que nunca más se supo.

A la derecha de la composición aparece Karel, de rodillas sobre la arena y simulando beber de su taza vacía. Viste un guardapolvo abotonado hasta el cuello y lleva polainas. Su gorra de franela descansa boca arriba en el suelo y esa nariz de pico de ave no es la suya: es la mía. Cuánto aguarrás, cuanto óleo, cuánto perfume de mujer, cuanto humo habrá aspirado esa nariz, mi nariz, antes de que él me la regalara.

Por último, un niño de cuatro años con pantalones cortos, tumbado en el suelo con las piernas separadas y con un mordisco detenido en un bocadillo, esperando a poder zamparse su merienda, ya bastante babeada. Es Albert, el más joven de los hermanos, nacido a finales de la Gran Guerra, cuando los alemanes aún se paseaban por Averbode con la guerrera desabrochada.

La foto establece claramente la posición de Karel en la tribu familiar. Por encima, las tres hermanas mayores, un bloque de sororidad protectora; por debajo, sus dos hermanos menores, sus escuderos Omer y Albert. En este clan de los hermanos segundones, Karel era el niño mimado, el genio, el artista, el diferente: el centro de un pequeño universo delicado, infantil y femenino.

En la cúspide familiar, merced a una ley natural que nadie cuestionaba, se encontraba Jozef, el hermano mayor, llamado a suceder un día al patriarca Clement y a dirigir el pequeño reino de los Holemans. Y sobrevolándolo todo, la reina de la dinastía, la madre, Thérèse, pues no era casualidad que su apellido, Schodts, estuviera también pintado en la fachada del hotel.

Pese a la sólida columna vertebral que formaban las mujeres Holemans, la familia estaba lejos de ser un matriarcado. Ni Maria, ni Madeleine ni Martha cursaron estudios secundarios. En el Flandes de principios del siglo XX, incluso en las familias acomodadas, las mujeres dejaban la escuela al terminar la primaria para ayudar en la casa.

Las tres hermanas pasaron directamente del pupitre al trabajo en el hotel. No siguieron con la secundaria, pero su hambre de cultura y la melomanía familiar las llevó a estudiar solfeo, canto y piano con las Hermanas de Averbode. La disciplina de las monjas era tan rígida que Madeleine, en una carta, se disculpaba por su torpe caligrafía, pues tenía las manos agarrotadas de tanto practicar escalas en el frío comedor del hotel.

Mis tías cantaban y tocaban el piano a cuatro manos para la familia y para los clientes del hotel. Estos acababan la jornada con una copa de genever Bols y un buen cigarro, amansados por el repertorio de las jóvenes Holemans. Sus piezas mejor ensayadas eran los Dieciséis valses de Brahms y la Marcha Radetzki de Strauss.

La voz de barítono de Clement Holemans se sumaba a veces para cantar canciones populares flamencas, francesas y alemanas, con las que arrullaban a los clientes antes de que subieran a sus habitaciones. Solía cerrar el recital la hermosa canción alemana Die Uhr, que marcaba la hora de irse a dormir.

A diferencia de las hijas, los varones Holemans sí cursaron estudios de secundaria. En septiembre de 1922, Karel inició su primer curso de Humaniora14 en la escuela Sint-Jan Berchmanscollege de Diest, como antaño había hecho su padre.

Mi visita a ese instituto, situado en Peterstraat 14, una calle empedrada de Diest, tuvo lugar en un día lluvioso y gris, muy propicio a la melancolía y al Fernhwe. Pude imaginar a mi padre, yendo y viniendo en su bicicleta de Averbode a Diest, con lluvia o nieve. Esos seis kilómetros de bosques y claros inundados, que yo recorría despacio con la calefacción de mi coche al máximo, debieron ser bastante más duros para él en los inviernos flamencos.

Karel estudió seis años de humanidades, arte y lenguas. Sus cuadernos de calificaciones incluían latín, griego, flamenco y francés, además de matemáticas, geografía, historia, biología y química; también inglés y alemán. Resulta asombroso que los niños de una escuela pública de una apartada villa flamenca estudiaran seis idiomas en los años veinte.

Se entiende así el extraordinario poliglotismo de los flamencos, nacidos en una lengua intrincada que combina dieciséis vocales y veintiséis consonantes, con declinaciones, caprichosas excepciones y una endiablada capacidad para crear palabras encadenando docenas de sílabas. Que los niños flamencos estudien lenguas distintas a ese impenetrable código es, más que una buena idea, una necesidad imperativa para poder sobrevivir en el mundo.

Cuánto lamento que mi padre decidiera no enseñarme su lengua madre. Qué lejos me quedé de todos sus secretos. Qué difícil me lo puso.

Mientras Karel pedaleaba cada día a sus clases en el instituto, el proceso de independencia de Averbode, arrumbado durante la guerra, había renacido y seguía su curso con sigilo. Clement se había comprometido en cuerpo y alma a sacar adelante la empresa y se sentía más fuerte que nunca para lidiar con la burocracia belga, escrupulosa y enmarañada como pocas. Y es que Clement contaba ahora con un poderoso aliado: la jerarquía de la abadía, es decir, el apoyo de la iglesia, lo que no era trivial en un país tan católico.

A los ojos adolescentes de Karel, lo que se gestaba en su casa era la fundación de un nuevo país, cuyo instigador y primer regente sería su padre. Nadie en la corte de burgueses que se estaba constituyendo discutiría su papel de príncipe, de miembro nato de la nueva dinastía. La fantasía juvenil de Karel no podía mantenerse serena cuando el salón de su casa era el centro de una conjura, por legítima y legal que fuera.

La conciencia de no ser como los demás jóvenes arraigó en Karel no solo por la política. Hacia los trece o catorce años despertó en él la pasión por la pintura. Ni su padre ni su hermano mayor sintieron recelo alguno hacia esta afición. Que el mayor de los hermanos pequeños se entretuviera manchando telas les pareció algo inofensivo, incluso de buen tono en una familia burguesa como la suya.

Las hermanas cantaban, Clement era barítono y Jef tocaba la trompeta; así que bien podía Karel pintar al óleo. Además, los temas que Karel eligió pintar eran bodegones y paisajes del Kempen. Un patriótico trasunto de los maestros flamencos que fueron admirados en todas las cortes europeas. No había, pues, nada que temer de aquel nuevo pasatiempo.

Hasta que ocurrió lo del cerdo.

Una tarde cualquiera, Karel se dirigió hacia el patio trasero del hotel llevando consigo su caja de pinturas y una idea. Allí campaban las gallinas ponedoras de los huevos del desayuno, y vivía también un lechón, ya crecido, que engordaba con beatitud, ajeno a su aciago destino. Pincelada a pincelada, con la misma unción que un día dedicaría a sus paisajes, Karel aplicó toda su pintura verde a cada pliegue de la piel del cerdo, hasta convertirlo en un dragón furioso.

Al menos eso fue lo que debieron pensar los clientes del hotel, que cenaban tranquilos cuando Karel soltó en el comedor al pobre gorrino, verde de las orejas a las pezuñas. Los chillidos de los comensales, aún más sonoros que los del puerco, no fueron nada comparados con los juramentos de mi abuela. Quizá Karel tomó aquellas voces como expresiones de entusiasmo por su happening artístico. Solo es seguro que desapareció antes de conocer la respuesta.