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«Los esposos» es una novela histórica de Lola Larrosa de Ansaldo. Liceta y Henry Silver acaban de casarse, justo después de que Liceta haya perdido a su madre. Los esposos se aman y viven felices en una casita que les ha cedido Manuel Nélter, dueño del molino donde trabaja Henry. Sin embargo, la felicidad no dura mucho; la belleza de la joven ha despertado la pasión en Manuel y este es incapaz de detener su obsesión por ella.
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Seitenzahl: 196
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Lola Larrosa de Ansaldo
(NOVELA HISTÓRICA)
Saga
Los esposos
Copyright © 1893, 2022 SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788726681154
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
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This work is republished as a historical document. It contains contemporary use of language.
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A la respetada señora
Manuela Sosa de Tarragona
Al pensar en la elección de madrina para mi nuevo hijo literario, me he fijado en la distinguida persona de V. Porque siendo modelo de virtudes, ninguna más digna para honrar con su nombre, las humildes páginas de mi libro, consagradas á tributar ferviente culto á las bellezas morales de la mujer.
Perdóneme si ofendo su modestia.
Pero, al rendir homenage á sus relevantes prendas, interpreto fielmente, no solo el juicio de la alta sociedad á que V. pertenece y que con orgullo la cuenta en su seno, si que también el sentimiento de todos, que ven en V. la personificación de los grandes méritos, que dignifican y elevan á la mujer.
Mirando, pues, con ojos cariñosos mi pobre ofrenda, habrá V. correspondido á la admiración y simpatía que le profesa
La autora.
Quiero en estas líneas espresar mi más ardiente reconocimiento á vosotros, lectores, mis amigos cariñosos, los que, con mano generosa y frase alentadora, habeisme prestado vuestro valioso concurso, no desoyendo mis ruegos, desde que la suerte airada quiso entristecer el cielo de mi hogar.
Como mujer, mi pecho os ha consagrado un culto.
Como novelista . . . . quiera el cielo que algún da sepa yo corresponder á los beneficios de que os soy deudora!
LOLA LARROSA DE ANSALDO.
Buenos Aires, 1893.
__________
Lola Larrosa de Ansaldo desciende en línea recta del campeón ilustre de la independencia, general D. Julián Laguna. Hija de padres cultísimos, tuvo la fortuna de que sus progenitores estimularan su vocación decidida y entusiasta por el cultivo de las bellas letras, y á la temprana edad de dieciocho años comenzó á revelar su claro talento en diversos ensayos felices.
Creemos que los más salientes rasgos biográficos de la señora Larrosa de Ansaldo serán la transcripción de algunos juicios que sus libros han sugerido á la culta prensa, que es el tribunal que sabe juzgar al verdadero talento.
Dice La Prensa de 1878:—Ecos del corazón. — Hemos leído con gusto los diferentes artículos que la señorita Lola Larrosa ha reunido en esa ob ita.
Todos ellos revisten un carácter especial de ternura y tienen un sello de marcado talento; los pensamientos más bellos se desarrollan en una fraseología elegante y correcta, sirviendo de tema tópicos de sana moral, que nutren la inteligencia de la juventud, inculcando en estas los sentimientos y las ideas más puras.
La señorita de Larrosa ha hecho bien en dedicar á las jóvenes sus primeras elucubraciones literarias. El tema diverso que en ellos estudia magistralmente, ha llenado el objeto que se proponía en la dedicatoria de «Ecos del Corazón».
La Libertad de 1882:—Las Obras de Misericordia. Con este título acaba de publicar la señorita Lola Larrosa una obra muy extensa y encantadora, que tendrá de seguro numerosos lectores. Los principios cristianos le sirven de fundamento. En todo ella se respira el ambiente perfumado de las grandes aspiraciones que levantan el corazón del género humano. Lleva de prólogo una carta de Carlos Guido y Spano, que es una obro maestra de merecida galantería. Hay en «Las Obras de Misericordia» páginas delicadísimas, acontecimientos simpáticos, desarrollados con galana pluma, hechos al manejo de nuestro idioma y de nuestras costumbres. Redimir al esclavo por ejemplo, nos ha conmovido profundamente: ¡Cuánta sencillez, cuánta delicadeza! Esas páginas solo puede escribirlas una mujer. La pluma describe y el corazón habla, lo cual hace de esa y de las demás producciones, cuadros que forman un todo armonioso, una obra á la cual es imposible negar paternidad. Sólo una mujer puede haberlas escrito. Sólo la naturaleza ha reservado para el sentimiento y la inteligencia femenina ese don de presentar aunados los rayos de oro y los reflejos de luna. Nuestras orillas encantadas y las celestiales que baña el río Uruguay—cuna de la señorita de Larrosa—son el teatro de las conmovedoras escenas.
Una mujer que escribe, siempre goza de nuestras simpatías. Hay por lo menos allí el coraje suficiente para afrontar las creencias de una sociedad que piensa que sólo la aguja debe ser el objetivo de la mujer. Cuando esa mujer que escribe es casi una niña y entra con pié firme y con obra de tanto aliento en el inmenso campo de la novela, se hace acreedora á las simpatías del público y al aplauso espontáneo de los inteligentes.
La Nación de 1888: ¡Hija mía! Tal es el título de la última novelo que acaba de producir la distinguida escritora señora Lola Larrosa de Ansaldo y que se encuentra ya en venta en todas las librerías.
¡Hija mía! es una narración dramática, llena de pasages tiernos, conmovedores, escrita en sencillo y elegante estilo
Su éxito ha de ser grande, pues su lectura no sólo es interesante por lo fino del análisis de los caracteres, sinó que además es una de esas pocas novelas que pueden y deben verse en manos de una niña, por lo honesto y elevado de los sentimientos que en ella campean.
El Globo de 1889: El Lujo como novela de costumbres, debida á la pluma de la distinguida literata señora. Larrosa de Ansaldo, destaca en la interpretación notable que su autora hace de esa pasión que corroe la sociedad, arruinando muchas veces á las mayores fortunas, perdiendo hasta el hogar, ese sagrado santuario de la familia, que debiera ser siempre respetado.
El estudio hecho por la señora de Ansaldo, con pluma fácil, elegantísima, y elevación y belleza de sentimientos, merece ser leído con avidez por los que aman el desenvolvimiento de la literatura nacional.
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Nos hemos limitado á la trascripción de un solo suelto, referente á cada obra, porque sería prolijo hacer figurar aquí todos los juicios, tantos nacionales como extranjeros, consagrados á los citados libros.
Pero, nos parece de justicia trascribir, de La Revista Nacional, algunos fragmentos del juicio que «¡Hija mía!» mereció al erudito y brillante crítico D. Federico Tobal.
Dice así: «La joven escritora, que inicia con brillo y con ciencia el magisterio y el apostolado de la educación y enseñanza, ha seguido con fidelidad esta honrosa y sabia tradición americana, y su libro no rozará en lo más minimo el candor virginal de la pudorosa doncella que llore sobre sus páginas atrayentes. El argumento que ha ideado y escojido salta en su sencillez por su verdad, y por tal causa se hace interesante; pues lo natural y evidente se impone á nuestras almas con su fuerza y propia autoridad, así como nos disgusta y aparta de sí, por su exageración y violencia, todo lo que no refleja, reproduce, ni retrata, lo cierto y positivo.
«Reproducir los dramas de la vida en sus variados aspectos y accidentes, puede ser y lo es, una fuente de moralización y enseñanza; puede ser una tribuna de propaganda, una cátedra de doctrina y hasta un medio poderoso de servir con altura al destino social de pueblos jóvenes, de fomentar y empujar su progreso. Pero, reproducirlos, fantaseando á capricho, forzando el criterio, creando situaciones sin tipo real, y forzando individualidades, solo existentes en el cerebro exaltado del pintor, y, por lo repugnantes y monstruosas, nacidas en una vision de tenebrosa perversión, es contribuir doctamente á oscurecer las almas, á embriagarlas en el delirio, causando la desmoralización en el hogar y la anarquía en la sociedad é hiriendo de muerte á todo pueblo así nutrido.
«Y esa madurez de juicio y esa bondad de espíritu y probidad de pensamiento, que ha sugerido y dado á la autora la materia de la trama de su narración dramática, la acompañan en el desarrollo, ejecución y desenlace de su plan, coronado por el éxito triunfante de su heroina alzada, desde el martirio generoso, al cielo de paz y de ventura, reservado á las virtudes hero cas. Y si la moral i ada tiene que reprocharle; si el puro sentimiento religioso y la idea de lo divino no han sido oscurecidas, bastardeando el ideal que ensendran, si el buen sentido no ha sido herido con creacio es fuera de la posibilidad concreta, porque no entran en la atmósfera y en los horizontes reales ó ideales, del concepto humano; también ni el arte, ni la estética, tienen nada que reprocharle; porque, quizá más por instinto delicado que por ciencia, ha seguido fiel y escrupulosamente los preceptos y las leyes de la composición literaria y artística. El precepto capital de la unidad ha sido guardado con una religiosidad tal, que no podría suprimirse una escena, sin quebrantarlo. Los cuadros sucesivos del drama han sido colocados con el arte y la gradación de la perspectiva pictórica, y el espí itu sin esfuerzo se posesiona del conjunto y los detalles de la tragedia doméstica, que por su viveza, proporción y elocuencia, reclamaría para su éxito lucido la viva y palpitante representación del teatro.
Puede estar segura la joven escritora Lola Larrosa de Ansaldo, no sólo que se ha sugetado á la sabia reglamentacion de los maestros, sinó que, lo que no es común, ha guardado aquella sobriedad encantadora que el genio heleno guardaba y religiosamente observaba, como dogmática inspiración de la belleza y del arte.»
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Sería imperdonable que en estos lijeros apuntes olvidásemos decir que en 1880, la señora de Ansaldo fundó La Alborada Literaria del Plata, en donde colaboraron plumas de reconocida reputación literaria.
Este semanario obtuvo merecidos elogios. «El Siglo», uno de los más importantes diarios de aquel entonces, consagróle estas líneas:
«Las tendencias elevadas del espíritu merecen estimularse con el apoyo leal de la justicia.
«La Alborada Literaria del Plata» es un tributo al tesoro común de las letras argentinas, y que á despecho de la triste situación porque atraviesa el país, va abriéndose camino por un sendero de flores.
«La señorita de Larrosa, dominando con aliento y gracia las dificultades de su valiente empresa, se nos presenta al frente de ese periódico, con una modestia encantadora, proporcionándonos el placer de sus narraciones, en donde, como dijo de ella un hombre de gran talento «juguetean chispazos de una imaginación galana, á que no faltan las gracias tropicales, que son como luz etérea de nuestras inteligencias americanas».
Terminaremos diciendo que la aparición de este libro ha de encontrar ciertamente acogida halagüeña y cariñosa, tanto más cuanto que la celebrada autora la ha escrito bajo la presión de dolorosos sufrimientos morales, y que hoy, más que nunca, ha menester de la generosa protección de todos, porque pesa sobre ella terrible desgracia.
El cielo no puede por menos que premiar á la mujer, que ante todo es mujer.
Lola Larrosa de Ansaldo, alejada del bullicio del mundo, por la natural timidez de su carácter, vive refugiada en su hogar, luchando heróicamente con la suerte adversa, repartiendo su vida entre la labor diaria y el cuidado de su hijito único y de su esposo enfermo . . . .
Las rosas blancas, símbolo de la virtud, que hoy adornan su frente entretejidas con el laurel inmarcesible, que premia al talento, coronarán un día no lejano á la escritora y á la esposa ejemplar.
El editor
Buenos Aires, 1893.
LOS ESPOSOS
PRESAGIOS DE UN DRAMA
—¡Bendito sea el cielo, que nos envía su luz á todos, pobres y ricos, llenándonos el alma de alegrías primaverales! — exclamó Liceta, extasiando sus ojos sobre el májico panorama que se extendía á su vista.
Era muy de mañana aùn, apenas comenzaba el sol á dorar las elevadas copas de los árboles.
La casita de Liceta, como alondra dormida en la espesura del monte, estaba silenciosa y su aspecto exterior, limpio y lleno de frescura, con sus enredaderas entrelazadas á los hierros de las dos únicas ventanas, con su parra cuajada de maduros racimos, que proyectaba bienhechora sombra sobre la puerta rústica de entrada.
La casita era humilde. Componíase tan solo de dos habitaciones y una cocinita, de cuya chimenea veíase salir el humo del hogar en donde preparábase el desayuno. El paraje era delicioso; distaba seis millas de Brisamar, un pueblo pintorezco que se nos antoja situarlo en la República Oriental del Uruguay, muy distante de la capital, y rodeado de campos fertilísimos en donde el fruto y la flor parecen frutos de bendición; tales son su lozanía, su bondad y su hermosura.
Como á quinientos pasos de la casita que más arriba hemos mencionado, existe un molino harinero, guardado, á poco trecho, por una propiedad de una arquitectura sencilla y elegante, residencia del dueño del molino, don Manuel Nélter, personage que muy en breve presentaremos á nuestros lectores.
Liceta, huérfana de padres, vivía en compañía de su esposo, Henry Silver, que trabajaba en el citado molino.
Contaba la joven veintiseis años álo sumo, y hacía tan solo seis meses que había contraído matrimonio.
La tristeza que sombreaba su rostro—pues aún lloraba la reciente pérdida de su madre — hacía resaltar más y más su hermosura plácida y atrayente. Tenía impreso en su frente el sello de los espíritus buenos y bien templados, y, si bello era su semblante, no era menos hermosa su alma, de principios austeros, de sencillez encantadora y de inmaculada virtud, imperecedera herencia de los autores de sus días.
Su esposo, español, natural de Madrid, contaba treinta y ocho años, y era el tipo del hombre fuerte y tierno á la vez. Consagrado á las bellezas del hogar y á los dulces deberes del matrimonio, que dan la paz de la conciencia y la alegría del alma; felices deslizábanse los días, entre su trabajo honrado y el amor de su Liceta.
Henry era alto, de musculatura fuerte como el acero, y de tez lijeramente tostada por el sol. Su cabello, no abundoso, era castaño oscuro, ya salpicado de prematuras canas; la frente ancha, despejada, y la nariz recta; sus ojos pardos de mirada inteligente, en donde reflejábase la ternura de su alma buena, de igual modo que la entereza de su corazón varonil. Al lado de Liceta ofrecía el contraste del árbol robusto y vigoroso junto á la flexible y delgada enredadera.
Henry y Liceta se amaban íntimamente. Si él vivía solo para su mujercita, ella vivía para mirarse en los enamorados ojos de su esposo, y velar por los quehaceres y dulzuras de su hogar, humilde, limpio, y resplandeciente de poesía y de luz.
Don Manuel habíales cedido aquel rinconcito, escondido entre limoneros, duraznales y sauces, y el matrimonio feliz vivía agradecido á su benefactor.
Nada más bello, ni más puro, que el interior de aquella morada en donde reflejábase por doquier el alma angelical de su dueña. En el centro de la primera habitación, muy reducida, vaíase una mesa de guindo, sobre la cual lucía un ramo sus frescas flores, que saturaban el ambiente. Más allá, algunas sillas bien ordenadas; en un ángulo de la pieza un armario, á través de cuyos cristales brillaba la limpieza de la loza y modesta vajilla; en otro extremo había otra mesa, pero pequeña, en la que veíanse bonitas chucherías de adorno. La alcoba ostentaba un lecho blanquísimo, desde la colcha hasta las cortinas; y en las fundas de las almohadas, guarnecidas con encajes, hechos primorosamente por Liceta, adivinábase la mano de la mujer prolija y hacendosa, verdadera hada del hogar, bajo cuya influencia benéfica este adquiere tono, animacion y vida.
Un lavatorio, en cuyo espejo quebrábase la luz; un ropero, de anchas puertas; algunas sillas de paja; una cómoda; un costurero; un estante, con algunos libros: y sobre la cama, resaltando en la blancura de la pared, un crucifijo, á cuyo pié enlazábase una palma bendita. Este era todo el mueblaje, embellecido por la luz del sol que penetraba á través de la enredadera, que festoneaba la ventana, á cuyo pié y por la parte de afuera, se extendía una tupida alfombra de margaritas y alelíes. El pavimento de las dos habitaciones era de ladrillo, pero tan encarnados, tan limpios y tan frescos, que contribuían á dar á la vivienda un atractivo tal, que el alma contenta no sabía como expresar su regocijo en medio de la pulcritud, del orden y del buen gusto, que presidía todo el modesto ajuar.
Pero, antes de proseguir, debemos presentar á nuestros lectores don Manuel Nélter, personaje muy importante en el desarrollo de esta verídica historia.
Don Manuel era, como Liceta, natural de la República Oriental del Uruguay, parage donde comienza esta narración. Contaba cuarenta años. Su físico era atrayente. Su estatura regular, ni grueso ni delgado. Su rostro fuertemente simpático, adornábalo una barba corta, sedosa, de hermoso castaño oscuro. Su cabello, abundoso, de igual color, naturalmente ondulado, usábalo peinado hacia atrás, dejando al descubierto su frente elevada. Su nariz era correcta. Sus labios gruesos, y sus ojos, de mirada profunda, revelaban una naturaleza enérgica y apasionada. Vestía con gusto y sencillez, propia de la vida del campo.
¡Lástima grande que los sentimientos de don Manuel no armonizáran con su físico atrayente!
No diremos por esto, que era un mal sugeto, porque hasta entonces no habíase revelado como tal. Ni tampoco le tacharemos de vicioso. Por el contrario, todo el mundo le conocía por hombre honrado, trabajador y generoso, pues más de uno le era deudor de su bienestar.
A la sazón era riquísimo y casi toda su cuantiosa fortuna constituíanla valiosos establecientes rurales, que, bien dirijidos por él mismo, producíanle fabulosos rendimientos. Y esta riqueza debíala á su perseverancia y buena suerte en sus labores, porque sus padres, al morir, legáronle muy poca cosa. Su contracción logró aumentar considerablemente su pequeño capital, y, sobre todo, le colocó en la categoría de persona de arraigo.
Su educación distaba mucho de ser sólida; había sido descuidada por los autores de sus días, y, careciendo de amor al estudio, solo consiguió aprender las cuatro reglas, adornóse luego de un lijero barniz que le prestó el brillo del oropel, y por el cual fué admitido sin réplica en los altos círculos de la sociedad.
El prurito de que adolecía don Manuel era su afición decidida é invencible á cortejar á cuanta mujer hallaba á su paso.
Por mantener incólumes su libertad y su independencia no se había casado, y así podía satisfacer sus excesivos deseos, consagrando su tiempo á la pasión que le dominaba.
Y parecerá extraño que, siendo don Manuel un tipo arrogante por su físico y por su fortuna, se conformara con vivir lejos de los centros sociales que podrían ofrecerle amplio campo á sus hazañas amorosas, y se contentase con vegetar en uno de sus molinos, quizá el menos bueno, si bien la vivienda á él destinada, reuniera todas las comodidades apetecibles de la elegancia y del buen gusto.
Pero es el caso que la presencia encantadora de Liceta en aquellos lugares, y la natural poesía, frescura y belleza del campo, hicieron del molino de Brisamar, uno de los puntos más deliciosos que pudiera forjarse la mente: la arboleda profusa; el terreno fertilísimo, surcado de pequeños arroyos; el aire que se respiraba saturado de aromas, porque, ora se aspiraba la fragancia de la flores silvestres, ora se percibía el perfume de los frutos, calentados por el sol: los duraznos, los higos, los limones y las peras que colgaban de los árboles obligándolos á éstos á inclinar sus ramas al peso de tan sabrosa carga.
Liceta parecía el ángel custodio de aquel paraiso.
La estatura de nuestra protagonista, más alta que baja; la esbeltez de sus correctísimas formas, veladas por un traje blanco y liso; su rostro pálido, iluminado por ojos negros de mirada ingénua; su naríz pequeña y correcta, que envidiaría el sublime sincel de Fidias; su boca, de un corte graciosísimo, siempre movible, en giros suaves, modulando sonrisas, que dejaban lucir blanquísimos y menudos dientes. Tenía la frente espaciosa y sus cabellos castaño claros, con reflejos de oro, se rizaban en menudos bucles sobre sus sienes, formando marcos graciosísimo á aquella cara peregrina.
Toda la persona de Liceta respiraba dulzura tal, era tan modosa, tan delicada, tan llena de naturales gracias, que podía llamársele la flor más bella con que natura había querido engalanar aquellos campos.
Impresionable don Manuel en alto grado, tratándose de encantos femeniles, fácilmente se explica el entusiasmo que despertó en su alma la pristina belleza de Liceta. El entusiasmo transformóse súbitamente en pasión, y por vez primera, quizá, trabaron lucha tenaz en su pecho, el sentimiento del deber y el grito impúdico del deseo.
Y era que don Manuel estimaba lealmente á Henry, y hubiera querido respetar los santos afectos de aquel hogar.
Empero, en el dueño del molino operóse una transformación de la que él mismo se asustó, sin poder lograr vencerla. Él, que nunca había deseado mal á nadie, aún cuando fué causa muchas veces de que más de una infeliz llorara por su culpa; pues arrastrado por su fatal inclinación, iba por esos mundos marchitando ilusiones y labrando la desventura de cuanta mujer oía sus pérfidas palabras.
Sandeau ha dicho: «Obsérvese que los «hombres no reconocen en amor, ni legis- «lación ni moral: aman ó no aman, aquí «está todo. El amor es un terreno libre, «en el que todo es lícito; sucede allí como «en la guerra; se ofende, se hiere, se mata «hasta más no poder: fuera de allí todo se «vuelve cortesía y humanidad, y nadie se «queja más que los heridos; por manera «que un hombre puede conducirse como el «último miserable con la mujer que se lo «ha sacrificado todo, y conservar, sin em- «bargo, todas las prendas eminentes que «constituyen en sociedad lo que se llama «un caballero. Despedazar cobardemente «una vida entera, no es nada, no es más «que una pobre mujer que se ahoga; no «por eso deja de ser buen hijo, buen her- «mano, buen amigo; no por eso deja de «ser bondadoso con sus criados, afectuo- «so con sus perros, cariñoso con sus caba- «llos. La sociedad misma que nunca per- «dona la felicidad que ella no ha sancio- «nado, es en extremo indulgente con esos «amables verdugos que la vengan.»
Oh! moral de nuestros días!
¡Felices tiempos los pasados, en que el hombre á los treinta años se ruborizaba aún ante la ingénua mirada de una mujer!
Indudablemente en el fondo de don Manuel existia el gérmen de un sentimiento torpe, y éste acababa de revelarse en toda su fuerza arrolladorar.
Estimaba á Henry, y sin embargo. sin darse cuenta de ello, quizá, pensaba con fruición profunda en que podía arrebatarle impunemente la dicha que orgulloso aquel disfrutaba.
Hasta entonces había jugado con el corazón de las mujéres; las deseaba sin amarlas, y de ahí su fría indiferencia por cada flor que tronchaba en su tallo.
Contaba cuarenta años, y sus pasiones bullían en su pecho con el fuego de los volcanes.
Hasta entonces no habían penetrado en su alma los destellos del verdadero amor; y éste despertóse al fin, por desgracia vehemente, invencible é inspirado por un ángel, cuyas álas, de inmaculada blancura, proclamaban por doquier su pureza y su castidad.
Henry y Liceta vivían el uno para el otro, y, á medida que el tiempo transcurría, ahondábase más y más el acendrado cariño que los unió. A este sentimiento, asociábase, para hacerlos aún más felices, el de la gratitud que por don Manuel sentían.
