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Claudia vuelve del trabajo al anochecer. Su anodina vida en el Madrid de la postguerra transcurre sin sobresaltos, creyendo que las películas que contempla en el Imperial serán la única forma de evadirse de un ambiente plagado de carencias y penalidades. Pero no imagina que todo va a cambiar drásticamente al hallar a un joven herido junto a la puerta de su domicilio, solicitando ayuda. A partir de ese momento, su vida se convierte en un tobogán de sensaciones que la empujarán por paisajes hasta ahora nunca imaginados. Y es consciente de que la muerte empieza a respirar junto a ella.
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Seitenzahl: 361
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© César J. Ontalvilla
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1068-745-5
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
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A Laredo, esta bendita tierra de mis padres,
refugio que fue de mi niñez
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Se asoma con desgana al pequeño mirador de la casa, que le muestra el riscal nevado de una sierra casi infinita en esa tarde desapacible y fría. A su espalda, puede escuchar lejano el insistente rumor del mar, como letanía inacabable, adormeciendo la angustia que aún siente, hasta conseguir a duras penas desvanecerla. En la zozobra que parece embargarla, observa la inminencia de un invierno que se ha hecho patente en los plátanos de la calle, ya desnudos, con sus ramas descarnadas que apuntan a un cielo plomizo en donde, de vez en cuando, le parece atisbar pequeños resplandores, como heraldos de una tormenta próxima a desatarse.
Ase con fuerza la taza de caldo caliente y cierra los ojos. Nota un escalofrío trepándole por la médula hasta el nacimiento de la nuca y regresa al interior. Claudia, allí, en la soledad del dormitorio, se siente segura. Ha hecho de él una especie de refugio en el que administra su recurrente melancolía con la indolencia típica de aquellos que ya no esperan nada de la vida ni buscan algo con que alterar el monótono transcurso de los días.
A sus treinta y dos años, cree estar de vuelta de todo. Ya no recuerda el origen de su última sonrisa, descubriendo que, sintiéndose espectadora de su propia existencia, se halla así en un estado mucho más cómodo que a verse manejando las riendas de una vida que ya no le obedece. En muchas ocasiones, se había repetido que la ausencia de pecado no garantizaba la inocencia y recordó haberse asomado con reiteración a un mundo en el que la pestilencia del mal y la virtud impostada discurrían por caminos paralelos. Huyó de ellos, de aquel Madrid de posguerra que marcaba a la gente con los símbolos de hambre y odio, igual que un traje opresivo que agobia por cada una de sus costuras.
Ahora, lejos de aquel desvarío, parece sentirse más relajada, más cerca de lograr una paz ansiada por haberla considerado tantas veces inalcanzable. Alejada de todo y de todos, luchará por construir un futuro desprovisto de pasado.
Suspira profundamente y regresa al sillón situado en el rincón umbroso de la habitación. Con la luz apagada, claro. Es el lugar en el que suele devanar todos los sucesos que han ido sucediendo durante los últimos años de manera vertiginosa, haciendo de sus días un carrusel de sensaciones extrañas, temores infranqueables y donde ha tejido la urdimbre de lo que deberían ser tiempos venideros.
Pero Claudia no hace mucho que aprendió a dejar de ser ingenua. Sabe que lleva tras de sí algunas cuentas pendientes y que, tarde o temprano, el cobrador llamará a su puerta poniéndole una factura de difícil asunción frente a sus ojos. A pesar de todo, prefiere no pensar en ello, sino en otros días de luz que alumbren tanta oscuridad. Será como descorrer unas cortinas tupidas, llenándose de sol. Y lo aprovechará hasta que un día alguien le diga que ha llegado el momento de afrontar su némesis.
Se muerde los labios, haciéndolos casi sangrar, y advierte un ligero temblor en los dedos de sus manos. Pensó que, huyendo de un ayer que estuvo a punto de devorarla, el olvido se haría carne en el alma para poder enfrentarse a un futuro en el que todo estaría por desvelar. Caras nuevas, nuevos retos y aspiraciones nuevas. Lo había visto montones de veces en las películas que pasaban en el Imperial, del que era asidua. Allí, sumida en las sombras de la platea, se dejaba llevar por una oleada de emociones, difícilmente visibles en la realidad de la calle. Sus heroínas tiraban de resolución en la desdicha y se sobreponían siempre a los reveses, acompañándolos por la banda sonora de pianos y violines que preñaban el lance de dulzura. ¡Cuántas veces salió del cine levitando por las aceras, de regreso a casa!
Entonces, reía para sus adentros, diciéndose que aquello no era real, que sus admirados personajes asumían situaciones complejas con insólita naturalidad, sin sentir una incertidumbre que a ella la hubiese colocado al borde del paroxismo.
Fueron tiempos inocuos, días que se adornaban con la encarnadura de la trivialidad.
Ahora, sin embargo, no había música ni heroínas, ni tan siquiera una pequeña ilusión en la que hacerse fuerte. Tan solo ella rumiando su inseguridad y sus miedos o administrando un vacío imposible de cegar. Con frecuencia, la compañía de su vieja Tokarev, siempre al alcance, parecía infundirle algún ánimo para gestionar aquellos momentos depresivos en los que solía caer con periódica asiduidad. Entonces, se incorporaba e iba a su encuentro. Bajo la almohada, como custodio de sus sueños, el arma parecía aportarle las migajas de serenidad que echaba en falta el resto del día.
Todo había empezado tres años antes, una noche cualquiera al volver del trabajo en unos grandes almacenes. El invierno dibuja calles vacías y la rispidez del aire la empuja a transitar con desgana un Madrid aterido y hosco. Escucha conversaciones apagadas, el molesto ruido de los coches a gasógeno y los campanazos frenéticos del tranvía, anunciando su presencia a los escasos transeúntes que cruzan a grandes saltos las amplias avenidas. A veces, a través de las puertas entreabiertas de los bares escapa un sordo rumor de risotadas que invita a entrar para mezclarse con la gente y disfrutar de aquella alegría casi prohibida.
Recordó haber llegado a casa aterida. Tras rebuscar en el bolso las llaves del portal, empujó la pesada puerta de hierro forjado. La mortecina luz que iluminaba la escalera le mostró unas gotitas oscuras, de aspecto viscoso, que iban subiendo hacia los pisos superiores. Procurando no pisarlas, fue ascendiendo, aferrándose a la balaustrada. Creyó tratarse del descuido de algún vecino, al derramar el contenido de un recipiente desfondado.
Pero estaba equivocada. Junto a la puerta de su domicilio, el cuerpo de un hombre joven yacía apoyando la espalda contra la pared, mientras sujetaba su costado con la mano ensangrentada.
No olvida haber proferido un grito y retroceder aterrorizada.
—Por favor, ayúdeme —le suplicó el desconocido en un susurro apenas audible.
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Claudia está paralizada por el espanto. A duras penas domina el primer impulso que la induce a escapar de allí, cuando experimenta una flaccidez en las piernas que amenaza con derribarla. Es incapaz de pensar, de concretar una situación que aporte conclusiones medianamente razonables. Mira hacia las escaleras por donde acaba de subir para comprobar que no hay nadie más entre el extraño y su horror. Está muda. Únicamente acierta a mover la boca, sin llegar a producir un solo sonido.
Parece un hombre joven, algo mayor que ella, y el rictus de su rostro evidencia un sufrimiento considerable. Lleva una gabardina gris, americana de tonos claros y pantalón oscuro, negro o azul marino. Tiene el sombrero junto a sus pies, vuelto hacia el techo. La herida ha debido dejar de sangrar, pues la mancha del suelo parece haberse coagulado, pero jadea con dificultad, guardando silencio, por lo que da la impresión de economizar las palabras a causa del dolor.
Vuelve a mirarla y le tiende su mano, implorante.
—No tenga miedo, señora. No voy a hacerle ningún daño. Créame.
Ahora, Claudia, esforzándose por recuperar unas partículas de aplomo, se arrodilla junto a él y le mira a los ojos. Sí, es joven, le calcula apenas un par de años o tres más que ella y posee un rostro agradable que la induce a confiar en su mensaje.
—Está usted malherido. ¿Qué le ocurrió? —acierta a preguntar con un hilo de voz, mientras mantiene la mirada en la hipnótica mancha del suelo.
—Es muy largo de contar y aquí no estamos seguros.
—¿Estamos? ¿Qué quiere decir? —reacciona alarmada.
-Le daré las explicaciones que necesite, pero ahora, por favor, sáqueme de aquí.
Claudia no sabe reaccionar. Se ve sobrepasada por el desconcierto. Ignora el alcance de su herida, pero parece grave a juzgar por su inmovilidad y los frecuentes gestos de padecimiento. Es un desconocido y desea sacudirse la perspectiva de meterlo en casa. Hacerlo implica una responsabilidad que no está dispuesta a asumir, pero, por otro lado, no puede, no quiere caer en la inconsecuencia, dejándolo tirado ante su puerta. Es la vida de un ser humano la que está en peligro y cree que la solicitud de ayuda basada en su formación cristiana impide tal comportamiento. Aun así, busca con desesperación otras alternativas que descarguen su conciencia, sin tener que asumir un compromiso que parece ineludible.
—Por favor… —insiste el herido, consciente de sus dudas.
Finalmente, se incorpora y mete la llave en la cerradura. Entreabre la puerta, encendiendo la luz del pasillo.
—¿Puede levantarse?
—Necesitaré su ayuda —balbucea con dificultad.
Claudia vuelve a arrodillarse junto a él y le obliga a pasar el brazo por su cuello. Ambos luchan por incorporarse, pero el joven pesa demasiado para sus fuerzas. Aunque hace un gesto de desaliento lo intenta, no obstante, de nuevo. Forcejean con denuedo y él se apoya en la pared para no caer. Por fin, consigue ponerse en pie y, con paso titubeante, penetran en la casa. Transitan por el largo corredor, observando con preocupación que la desgarradura vierte otra vez. Él trata de taponarla con la mano, en tanto que por sus dedos gotea la sangre, formando un minúsculo reguerillo oscuro tras ellos.
—Lo siento —se excusa él. No quiero causarle molestias, señora, pero no sabe cuánto le agradezco su ayuda.
—Señora, cuando me case —protesta con indulgencia.
Se siente estúpida por lo que acaba de decir y él ensaya una sonrisa laxa, como disculpando el apunte. Luego, lo conduce hasta una habitación situada en el extremo del piso. Es pequeña, aseada y acogedora. Una camita, con cabecero de madera, le ofrece la comodidad que ansía y se deja caer sobre ella como si tal acto supusiera un lenitivo al dolor que le atenaza.
-—No se mueva. Vuelvo ahora mismo —le dice cuando se da la vuelta para salir de la estancia.
Claudia no piensa en sí misma, sino en la maldita casualidad de que ese individuo haya ido a refugiarse junto a su puerta. Reniega de su mala suerte, consciente de que, a veces, uno es receptor, contra su voluntad, de la cruz de la moneda. Está cansada tras un largo día de trabajo y necesita meterse entre sábanas con urgencia. Sin embargo, es consciente de que la noche va a prolongarse varias horas más hasta poder hacerlo. Dominando su miedo, siente una curiosidad perturbadora. El desconocido parece educado, incluso muestra una actitud deferente hacia ella, pero no olvida la frase «… aquí no estamos seguros». ¿Qué quiso decir? ¿Acaso iba a verse implicada en una situación a la que es ajena? ¿Quién le ha herido y por qué?
Se dirige a la cocina y empieza a revolver cajones. Luego, pasa por el aseo y toma unas cuantas toallas pequeñas, vendas, esparadrapo y un bote de agua oxigenada. No tiene ningún tipo de antiséptico, pero ha oído decir que la miel ejerce esa función, además de poseer un alto valor cicatrizante. No obstante, antes debe lavar la herida y asegurarse de no albergar ningún objeto anómalo en su interior. No tiene ni la más remota idea de cómo actuar en estos trances, pero lo ha visto tantas veces en el cine, que no alberga duda alguna sobre cómo debe comportarse.
Cuando regresa, ve al desconocido profundamente dormido. Está en decúbito supino y su respiración es acompasada y serena. Claudia está contrariada por ello. Tiene muchas preguntas que satisfacer, pero cree que es mejor poder aplicarle la cura sin tener que esquivar sus miradas. Así puede estudiarle a sus anchas y explayarse en su curiosidad. Se ratifica en la primera impresión que obtuvo: no debe andar más allá de los treinta y cinco años y es atractivo. Se había fijado en sus ojos claros y tiene manos delicadas, pero fuertes. Lleva barba de no haberse afeitado en un par de días e irradia energía por cada uno de sus poros.
Ahora dirige su mirada a la zona empapada de sangre. Parece coagulada porque ha dejado de chorrear sobre la sábana. En su delirio, murmura unas palabras ininteligibles y, aunque se agita por unos momentos, vuelve a aquietarse casi de inmediato.
Rasga la camisa, dejando la herida al descubierto. Tras haberla limpiado con suavidad, revisa con detenimiento su aspecto. Ha debido ser producto de un navajazo porque la herida es ancha y limpia. Dominando el temblor de sus manos, ensancha los labios de la misma para examinar su interior, ayudada por la luz trémula de un fósforo. Está segura de no haber sido afectado ningún órgano interno y decide aplicar una lámina de miel para poder adherirle un apósito con el que evitar que sangre de nuevo.
—¿Por qué estoy haciendo esto? ¿Quién es este tipo y en qué berenjenal me estoy metiendo? —se pregunta inquieta.
Tiene demasiados interrogantes y desea que despierte para buscar aclaraciones a su situación, pero se muere de sueño. Se siente exhausta tras el carrusel de sensaciones vividas y se dejar caer, desmadejada, en la butaca del salón. No sabe qué hora es, ni le importa. Se descalza. Solo desea cerrar los párpados durante un buen rato y olvidarse de todo, como si hubiera sido un mal sueño.
La luz de las farolas confiere una claridad fantasmagórica a la habitación y el rumor asordado de la calle sube confuso hasta ella. Torpemente, saca del bolso una cajetilla de tabaco y enciende un cigarrillo. Fuma con parsimonia, mirando el humo que asciende con lentitud hacia el techo. Piensa que debe dejarlo, que le hace daño, pero en los momentos de ansiedad, lo contempla como un compañero comprensivo y cercano.
Da un par de caladas profundas y aplasta con enfado la colilla en el cenicero. Presiente haber traspasado los límites de una rutina que le hacía sentirse cómoda y se niega a especular con las derivaciones que puedan surgir de esto. Nota pesados los párpados y le escuecen los ojos como si llevara mucho tiempo sin dormir. Luego, oye las campanadas del reloj de la iglesia de San Miguel, obligándose a cerrarlos. A escasos metros de distancia, le parece escuchar, como un compás repetido, los suaves ronquidos del extraño.
Poco a poco empiezan a desvanecerse los contornos y la percepción de las cosas se tornan confusas, imprecisas. Lo último que ve son las gotas de lluvia deslizándose con lentitud en el cristal de la ventana.
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Se despertó sobresaltada, cuando la lánguida luz del amanecer empezó a marcar los contornos a los muebles de la habitación. Miró a su alrededor desorientada y se puso en pie de un brinco. No estaba segura de si lo vivido la noche anterior era producto de una pesadilla o realmente se había visto sumergida en todo aquel torbellino de sensaciones incontrolables: el desconocido, la herida, la sangre en el pasillo…
Se dio cuenta de que aún estaba vestida, cuando un estremecimiento incómodo la sacudió. Sentía laxitud en todos sus miembros y contuvo unas arcadas que le llegaron de improviso. Había sido una noche de puro sobresalto, en la cual fueron sucediéndose desconcertantes imágenes de parajes ignorados con otras donde la oscuridad albergaba feroces rostros de desconocidos que jugaban a perseguirla, sin llegar nunca a darle alcance. Tiene la garganta seca, rasposa. Es una sensación desagradable que le dificulta respirar.
De pronto, echa a correr hacia el dormitorio y empuja la puerta, procurando hacer el menor ruido posible. El extraño sigue durmiendo, a pesar de no haber echado las persianas. Parece tranquilo y a Claudia todo le suena a irreal, como si estuviese viendo, desde su butaca, una sesión de cine barato. Un guion infame donde ella forma parte del elenco.
No sabe si se engaña, pero cree haberle visto parpadear. Entonces, su mano se crispa con fuerza en el picaporte. Expectante, contiene la respiración hasta convencerse de que efectivamente ha despertado. Escucha un leve quejido y él gira la cabeza hasta cruzar su mirada con la de ella. Ambos la sostienen breves instantes, sin atreverse a romper un silencio que les paraliza. En ese momento, él sonríe y musita unas palabras que no logra entender.
Claudia se apresura a acercarse a su vera, guardando una prudente distancia. Se observan y esperan un gesto, un leve movimiento que incite al diálogo.
—¿Quién es usted? —dice, por fin, el herido.
Se queda atónita. Endurece el gesto y gesticula poseída por la confusión.
—Creo que las preguntas me toca hacerlas a mí, caballero —apunta Claudia, que aguarda expectante algunas aclaraciones. No sé cómo diablos llegó hasta mi puerta, no sé cómo se llama ni por qué me pidió ayuda. Veo que no tiene apariencia de ser un vulgar delincuente, pero, sea lo que sea, a mí déjeme al margen, porque yo soy una persona honrada y no quisiera verme involucrada…
El desconocido levanta una mano intentando cortar el torrente de reproches que empieza a proferir. Parece divertido cuando ve el gesto descompuesto de ella e intenta contemporizar con un tono de voz suave y amigable.
—¿Qué hora es?
—Muy temprano. Aún no ha amanecido —responde un tanto aturdida.
—Bien. En primer lugar, quiero decirle que jamás podré agradecerle con palabras sus desvelos conmigo. Luego, debo presentarle mis respetos. Mi nombre es Víctor, Víctor Ávalos, y no soy ni un delincuente ni un facineroso. Simplemente, un exfuncionario con mala suerte.
Hace un alto para ver el efecto que le han producido sus palabras, pero descubre con desánimo que no ha conseguido que se desvanezca su mohín enfurruñado.
—No me diga —responde irónicamente Claudia—. Ahora va a resultar que anda suelto por ahí un loco que se lía a navajazos con exfuncionarios, dejándolos en la puerta de mi casa. Vamos, dígame algo que suene más convincente.
La carcajada de Víctor se interrumpe por una mueca de dolor. Apoya su mano sobre el vendaje y se dispone a empezar de nuevo.
—Verá, señorita…
—Claudia. Ese es mi nombre.
—Verá, Claudia, me resulta difícil explicarle mi situación. Es preferible, y bueno para usted, que sepa lo menos posible respecto a mí. Primero, porque para usted, carece de valor alguno. Y segundo, porque esa información puede acarrearle serios problemas. Hay gente muy mala, de esa con pistolas grandes, que desea mi muerte y, si la involucro a usted, ambos habremos hecho un mal negocio. No crea que me estoy poniendo dramático de forma gratuita. Esta herida demuestra que lo que estoy diciéndole es verdad.
—Espere —le interrumpe Claudia—. ¿Por qué eligió venir a morirse en la puerta de mi casa y no en otra cualquiera? ¿Acaso cree que ya no estoy suficientemente implicada impidiendo que se desangrara como un perro ahí fuera?
—Ninguno de los dos tuvimos elección. Fue usted, como pudo ser otro cualquiera. Intentaron despacharme en la calle y su portal fue mi refugio. Estaba abierto y me arrastré hasta aquí. No se trataba de elegir.
—Está bien, pero dígame por qué. No se mata a nadie porque sí y, como creo haber entendido, fueron a por usted.
Víctor asiente en silencio, dejando que transcurran unos segundos. Busca en el techo las palabras que va a utilizar y, tras una pequeña vacilación, decide no andarse con rodeos, no esconderle nada. Se lo debe.
—¿Me permite tutearla? Se hace más fácil el diálogo.
—Claro, adelante.
—De acuerdo. Voy a ser lo más sincero que pueda. Ahora, escucha sin interrumpirme. Hace unos años, poco antes de que estallase la guerra, entré al servicio de la República. Tras unos comienzos en los que desempeñé cometidos variados, fui destinado al Departamento de Interior, donde empezaron a asignarme discretas labores propagandísticas y de apoyo a la gestión gubernamental. No vayas a creer que ostenté cargos importantes o con relevancia alguna, porque no fue así. Por aquel entonces, ya había frecuentes agitaciones en las calles, promovidas por derechas e izquierdas; ya sabes, monárquicos y revolucionarios, marxistas, anarcosindicalistas, fascistas incipientes y demás ralea. En ellas, con frecuencia salían a relucir todo tipo de armas y la violencia era moneda de cambio entre gentes sencillas y analfabetas, convenientemente manipuladas. Era habitual que, tras la algarada, unos cuantos heridos, e incluso cadáveres, quedasen sobre los adoquines de la calle. Mi labor consistía en fijarme en los cabecillas de segunda o tercera fila, que eran los que realmente movían los hilos de la insurgencia. Desde el anonimato es más fácil manejar los peones sin alcanzar protagonismos indeseados. En ese tiempo, yo tomaba notas y afiliaciones, procurando memorizar a grandes rasgos los discursos vertidos en las proclamas que realizaban los líderes en plazas de toros, teatros e instituciones.
Víctor nota reseca la garganta y carraspea. Luego, pide un vaso de agua que Claudia le trae con presteza. Tras apurarlo de un trago, continúa con su relato.
—Yo era consciente de las consecuencias de este oficio. No se puede pasar desapercibido eternamente. Mi cara empezaba a ser conocida en ámbitos sediciosos y, poco después, me sentí señalado. Y no digo esto porque imaginara que alguno de aquellos individuos albergase una curiosidad inocente acerca de mi presencia en los mítines. No. Me estoy refiriendo a los pasquines que recibí en mi domicilio con claras advertencias de muerte. Eran inequívocas. Digo esto, porque mi nombre figuraba en el centro de una diana.
»A raíz de ahí —continúa empecé a tomar medidas de protección y a investigar de dónde provenían tales amenazas. Tras haber establecido contacto con algunos conocidos que militaban en bandos distintos de aquel estremecedor panorama, tuve claro que estas provenían del sector fascista y, más concretamente, de Falange Española. En este partido, los elementos que lo componen son incontrolables y peligrosos.
—Eso no es verdad —lo interrumpe Claudia.
—¿Ah, no? ¿Conoces su organigrama, sus métodos de actuación, su expeditivo concepto de lo que es patriotismo? Desde antes de su fundación como partido, estuvieron en contra del orden institucional de la República y, en estos momentos, que están instalados en el poder, campan a sus anchas impartiendo su particular idea de justicia y revanchismo. En mi caso particular, cuando descubrí el intento de secuestro de don Manuel Azaña por parte de los militares y demás elementos de la ultraderecha, la presión de sentirme perseguido y amenazado no ha tenido fin. Y no olvido que yo estoy en su lista de tareas pendientes. Por eso estoy convencido de que mi vida tiene fecha de caducidad.
—Qué conmovedor suena eso —apostilla en tono burlón.
—Es más serio de lo que tú piensas.
—Pero yo conozco a algunos que no actúan de ese modo. Son buena gente —protesta ella sin énfasis.
-—No todos son como los que te estoy describiendo, Claudia, pero la excepción confirma la norma. Vivimos una época en la que toca pagar por lo que has dicho o pensado, aunque no hayas ido más allá de la teoría. Los perdedores, o sea, nosotros, siempre somos culpables. Cuando la locura se hizo patente, los perdedores no dudaron en poner de relieve su cobardía huyendo, exiliándose o simplemente desapareciendo, sin pensar en los que les servimos con lealtad. Tras esto, se puso en marcha un ajuste de cuentas imposible de eludir. Es la hora del resarcimiento y sé que, tarde o temprano, sufriremos.
—Mira, Víctor, yo no entiendo nada de eso. Solo soy una chica normal que va y viene de su trabajo y aspira a llevar una vida tranquila, sin ningún tipo de sobresalto. Todo esto que me cuentas me viene demasiado grande.
—Pues lamento habértela complicado y quiero que sepas que, por mucho que sea el tiempo transcurrido, siempre estaré en deuda contigo. En cuanto pueda valerme por mí mismo, desapareceré para no enredarte más en este asunto. No desearía verte en problemas por mi culpa.
—Yo no he hecho nada. Simplemente te he atendido.
—No. Has hecho mucho más que eso. Me has protegido entre estas paredes, evitando así que pudieran rematarme.
—Creo que exageras.
—Ojalá fuera así.
—Por cierto, ¿cómo te encuentras hoy?
—Si no hago movimientos bruscos, no siento dolor. Creo que hoy mismo podré regresar a mi vida.
—En mi opinión, deberías quedarte un par de días o tres acostado, hasta ver cómo cicatriza la herida. Después, haz lo que consideres oportuno.
—Gracias, pero no va a ser necesario. Tengo pendientes asuntos importantes que no admiten demora. Esperaré a la noche. Moverme en la sombra suele ser beneficioso para mi salud.
Claudia escenifica su desacuerdo haciendo un gesto displicente. Su determinación no le parece lo más aconsejable, pero no pondrá objeciones. En cierto modo, ha visto alterada su rutina y eso no termina de digerirlo. Acostumbrada a cerrar la puerta de casa y olvidarse de ella durante el resto del día, esto supone ahora un motivo de preocupación y ve con buenos ojos su regreso a la normalidad. Sin embargo, Víctor le parece un buen tipo que pasa por un momento crítico y no desea parecer inmune a su desgracia. Además, el relato que acaba de hacerle ha supuesto un ápice de interés en su adormilada curiosidad.
—Tengo la sospecha de que lo haces por no molestarme más. Debo aclararte que voy a seguir haciendo mi vida estés tú o no estés; por lo tanto, no precipites tu marcha poniéndote en riesgo.
Víctor esboza una amplia sonrisa de agradecimiento, mirándola directamente a sus ojos grises. Por primera vez, la contempla con atención y tiene el presentimiento de que no será la última. Es bonita, ni alta ni baja, su cabello castaño le cae sobre los hombros en media melena y tiene unos labios carnosos, bien delineados. Mueve con frecuencia unas manos hermosas, delicadas, de largos dedos, aunque tal vez lo que más le gusta de ella, es que sabe escuchar. No obstante, reconoce que, cada minuto de más que permanezca en esa casa, Claudia asumirá de forma inconsciente un mayor grado de compromiso que él no desea en modo alguno, sin que ella parezca comprender lo que eso supone.
—No te preocupes por mí, ya has hecho bastante, pero debo pedirte un favor más. De forma discreta, asómate a la ventana y dime qué ves. Quiero decir si ves a algún desconocido merodeando por los alrededores.
Claudia permanece en suspenso unos instantes, llena de perplejidad. Luego, llega hasta la ventana y observa el exterior. Niega con la cabeza repetidamente. Es muy temprano y hay escaso movimiento en la calle. Se escucha el petardeo de un coche que cruza veloz frente a ella y algún ciudadano que camina con prisa hacia su destino. Todo parece tranquilo. Nada que llame su atención.
—¿No ves a nadie parado, mirando en esta dirección? —insiste Víctor.
—No —afirma rotundamente.
—Bien. Que no estén ahora no significa que no vuelvan. Deben acabar su trabajo.
Claudia se gira para encararse con él. Empieza a creer que todo esto la supera, que está viviendo una situación delirante donde se siente ajena. Tan solo ha sido una noche, pero tiene la impresión de llevar soportando esta locura demasiado tiempo para su capacidad de aguante. Tiene que regresar a lo cotidiano, a su trabajo en los almacenes de ropa, a sus horas de descanso, sus charlas con las amigas y su monotonía. Este estado de cosas se le antoja malsano y desea abandonarlo cuanto antes.
—Debo irme a trabajar. Se me está haciendo tarde, así que, si tienes que marcharte y puedes valerte por ti mismo, te deseo lo mejor. Pero te aconsejo que vayas al médico a que te revisen la herida y la cautericen. No sería extraño que estuviese infectada.
—Lo haré. Y gracias de nuevo. No olvidaré las atenciones que has tenido conmigo. Ten cuidado.
—Ya basta, Víctor. Cuando salgas, asegúrate de que la puerta queda bien cerrada.
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Como cada noche, Claudia, al acabar la jornada, salió del trabajo como si fuera una liberación. Eran demasiadas horas permaneciendo de pie frente a una puerta por la que, sin ser excesivos, los clientes solían entrar a fisgonear, tocar el género, comprobar su calidad y hacer todo tipo de preguntas sobre este o aquel producto que se exponía en escaparates y estanterías. Sabía que los tiempos actuales no daban tan siquiera para modestos dispendios, pero la mezcla de curiosidad e ilusión parecía alimentar el inagotable magín de la gente joven, especialmente de mujeres.
No había sido un día del que hubiera que guardar especial memoria, pero a lo largo de él, se había sentido inquieta y un tanto irritable. Intentaba poner orden en su cabeza una y otra vez, arrinconar la sucesión de aprensiones que la acosaban y pasar página cuanto antes. Como producto de su atribulación, había tenido un par de encontronazos con algunos clientes, lo que motivó la reconvención de su jefe, que la llamó a capítulo con la intención de hacerle recuperar su habitual conducta dialogante y afable.
Regresó a casa con parsimonia, disfrutando de un largo paseo, de aquella luna redonda, opalescente, y soñando con relajarse mientras escuchaba la rudimentaria radio de galena que un amigo mañoso le había construido. Tenía la seguridad de que Víctor ya no estaría y todo habría vuelto a su ser, a sentirse ajena a aquella angustia en la que se vio envuelta. Necesitaba su rutina, su aburrimiento habitual pero reconfortante, y sonrió al creer que ya pensaba igual que un viejo. Divertida, le vino a la memoria su malhumorado abuelo descompuesto cuando cualquier nimiedad conturbaba su anodina existencia. Entonces, todo eran gruñidos y sarcásticos comentarios.
Ya cerca del portal, tuvo un presentimiento alarmante. Un individuo ciclópeo, de aspecto patibulario, la miró con fijeza. Situado a apenas una decena de metros del umbral de casa, parecía permanecer de guardia a la espera de algún acontecimiento que justificara su presencia allí. Inmóvil y con las manos en los bolsillos de la gabardina, escrutaba con atención cualquier rostro que cruzase frente a él.
Intimidada, Claudia aceleró el paso y buscó las llaves. Se sentía observada con descaro, notando la opresión de su mirada en la nuca. Tras varios intentos infructuosos, consiguió abrir la puerta, asegurándose luego de haberla cerrado de forma conveniente.
Subió las escaleras con celeridad. Ya no quedaba rastro alguno de la sangre vertida por el herido la noche anterior y accedió a su casa con la sensación de llegar a un refugio reconfortante y acogedor.
A continuación, dirigió sus pasos a la alcoba donde descansaba Víctor y golpeó discretamente la puerta con los nudillos. Al no recibir respuesta, entornó la hoja. Solo quedaba una cama revuelta y vacía, con una nota sobre la mesilla de noche.
Gracias por tu generosidad y tus cuidados. No tengo derecho a comprometerte más, pero si algún día necesitas algo de mí, no dudes en hacérmelo saber. Da mi nombre en la Pensión La Extremeña y ellos sabrán qué hacer. Está en la calle del Calvario. Y, por favor, en estos primeros tiempos, sé desconfiada. Te ruego destruyas esta nota.
Víctor Ávalos
Claudia releyó varias veces el billete sin entender por qué la alertaba de aquel modo. Ella era una muchacha normal, de los miles de jóvenes de su edad que carecían de curiosidad política o de cualquier tipo de aspiración a complicarse la vida con otra suerte de cuestiones. Aquello había sido fortuito; su ocasional ejercicio de samaritana bien sabía el cielo que fue contra su voluntad y no entendía el empeño en hacerla corresponsable de su desgracia.
Soltó un bufido y abandonó la nota de nuevo sobre la mesilla de noche. Luego, se dirigió al dormitorio y se desvistió con parsimonia. Despojarse de aquella suerte de uniforme que usaba en el trabajo le producía una sensación de libertad plena. Tras ponerse cómoda, estuvo cacharreando por la cocina para una cena frugal. Como era habitual, carecía de apetito a esas horas, pero meterse entre sábanas en ayunas la obligaría a levantarse a medianoche a ingerir algún alimento que aliviase el molesto vacío de su estómago. Entonces, recordó al individuo que había visto en la calle. Corrió hasta el comedor y miró a través de la ventana. Durante unos segundos, estuvo oteando las aceras hasta convencerse de que el sujeto en cuestión había desparecido. Tan solo algunos transeúntes yendo o viniendo, sin detenerse.
Bajó la persiana y regresó a la cocina. Rumió para sus adentros la absurda idea que Víctor había metido en su cabeza. ¿Ayudar a un perseguido? ¿«Protegerlo», como él lo denominó? Solo se había comportado como lo hubiese hecho cualquier persona normal en su lugar. Sacudió la cabeza intentando apartar esa reflexión y, cuando disponía los cubiertos sobre la mesa, unos golpes en la puerta la sobresaltaron.
Guardó un tenso silencio durante algunos segundos, hasta que los golpes volvieron a repetirse. Ahora, un temblor de piernas la acometió con ímpetu y el pánico súbito que sintió le hizo derribar la silla al incorporarse.
En un gesto absurdo, apagó las luces y se acercó al pasillo. Desde allí contempló la puerta como un muro infranqueable entre ella y el terror, una sacudida que no había sentido jamás y que, tras la irrupción de Víctor en su vida, era consciente de que algo había cambiado para mal.
—¿Quién es? —murmuró con un hilo de voz.
—Abra —pudo escuchar en tono conminativo.
—No…, no son horas. Ya es muy tarde. ¿Qué quiere?
—Quiero hacerle un par de preguntas. Sólo eso.
—Pregunte lo que desee y váyase, porque no voy a abrir.
—Vamos, señora… No pretenderá que alarmemos a todo el vecindario, ¿verdad?
—Dígame qué quiere.
Tras unos segundos que para ella fueron eternos, el individuo golpeó la puerta enfurecido en señal de frustración.
—Zorra, sé quién eres y dónde vives. No creas que voy a dejar que te vayas de rositas. Ahora me largo, pero volveré para darte lo que mereces. Solo eres una putita que se encama con rojos de mierda. Por eso, cuando salgas a la calle, mira a tus espaldas, porque yo estaré cerca.
Después, oyó pasos apresurados bajando la escalera.
Permaneció durante algunos minutos sujetándose al marco del comedor para no caer. El estado de nerviosismo en el que se hallaba le impedía pensar con claridad, poder digerir aquella mezcla de pánico y perturbación en la que se había zambullido. Notó el pulso peligrosamente acelerado, creyendo que, en la siguiente bocanada, el aire ya no sería suficiente para superar la asfixia. Se dejó resbalar hasta sentarse en el suelo. Luego, le vinieron pequeñas convulsiones y comenzó a sollozar.
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En el transcurso de los siguientes días, Claudia procuró cambiar sus hábitos. Cada mañana, hacía cola en la parada del tranvía para desplazarse al trabajo o frecuentaba, en sus escasas salidas, solo aquellos lugares que estuviesen concurridos. Evitaba en la medida de lo posible los parajes solitarios o los que, de forma parcial o total, aparecían cercados por las sombras. Sin embargo, no conseguía sentirse segura a pesar de las precauciones adoptadas. Continuamente examinaba de reojo los alrededores o volvía la cabeza para constatar que nadie hacía de ella objeto de una atención excesiva.
Alguna vez había creído distinguir entre la gente rostros conocidos, para convencerse después de que aquella excitación fugaz solo era producto de su obsesión. También intentó reducir la ansiedad persuadiéndose de que el incidente sufrido esa noche fue producto de un enajenado con deseos de protagonismo o de alguien que quiso amedrentarla, sin otra intencionalidad. Estas y otras reflexiones de parecido fuste solía hacerse con frecuencia, aunque, irritada, acababa recordando con claridad la intimidación proferida, en la que no cabían interpretaciones. Tenía miedo y maldijo el momento en que su camino se cruzó con el de Víctor.
Hoy era domingo y, aunque eran las primeras horas de la mañana, el sol ya calentaba agradablemente. Llegaron a su ventana los tentadores efluvios de churros friéndose en el establecimiento de abajo y notó alborotársele los jugos gástricos. Se echó una ojeada apresurada en el espejo del vestíbulo y bajó presurosa las escaleras hasta el portal. Antes de salir, miró con precaución a ambos lados de la calle y corrió hasta el local, que distaba a solo unos metros.
—Buenos días, Ángel —saludó al llegar.
—Buenos días, guapa. ¿Qué te preparo? —preguntó el artesano con amplia sonrisa.
—Había pensado en unos churros calientes. No sé, ponme media docena. Me los iré comiendo a lo largo de la mañana.
—¿Y no quieres unas cuantas porritas? Hoy me han salido de pecao.
Claudia se echó a reír con todas sus ganas. Se imaginó con sus manos llenas de grasa recalentada y engullendo los fritos a dos carrillos.
—¿Quieres que me ponga gorda como una vaca?
—En ese cuerpo que tienes cabe lo que quieras —le respondió el churrero con malicia.
—Ya, bueno, dame lo que te he pedido —concluyó la muchacha con la sonrisa congelada.
Al regresar a casa, se vio obligada a ceder el paso a un desconocido que salía del portal. Se trataba de un tipo bajito, con bigotillo perfectamente recortado y aspecto atildado. El sombrero, calado hasta los ojos, le impidió ver la expresión de su rostro, aunque ambos se dirigieron una mirada inexpresiva, mientras se cruzan en dirección contraria.
Cuando Claudia llegó a la puerta de su piso, se quedó paralizada al contemplar una cuartilla doblada, sujeta a la madera con una chincheta. Procuró mantener la calma, controlando el temblor de sus manos. Abrió y dejó la bolsa de los churros sobre la mesa del comedor. Luego, regresó hasta el vestíbulo y arrancó la nota. Sin haber empezado a leerla, ya intuía el contenido del mensaje. Era escueta y en mayúsculas:
ZORRA, ESTÁS MUERTA
Se quedó pensativa. Extrañamente, en esta ocasión no se sintió paralizada, sino que arrojó la misiva al suelo y permaneció de pie, ausente, con la mirada puesta en los edificios que se levantaban al otro lado de la ventana. Se preguntó por la duración del acoso al que se estaba viendo sometida y si todo quedaría en amenazas vacías o si, por el contrario, determinaban pasar a la acción y cumplir con la predicción del aviso.
Vio con claridad que su vida ya no sería la misma, que el destino estaba enredándola en un juego del que desconocía las reglas y que, en apenas unos días, todo había quedado patas arriba, como si una tempestad se hubiera desatado en torno a ella.
Entonces, de súbito, pensó en apretar el botón que cambia el estado de las cosas. Debía plantar cara a lo desconocido, mostrar esa faceta ignorada en la cual su resolución caminaba pareja a la temeridad y afrontar con todo el atrevimiento del que fuese capaz una situación que apostaba por devorarla.
Alguien le dijo una vez que cuando nada tienes, sobra tiempo para odiar tu vida. Y eso era exactamente lo que ella tenía: nada. Un trabajo anodino, carencia de horizontes sobre los que construir un futuro más lisonjero, escasas amistades gestadas en la simpleza y una existencia corta, pero vacía. Creyó que eso era la vida; una sucesión de días que transcurren sin preguntas ni fines concretos. Ahora, sin embargo, se sentía férreamente sujeta por unas manos que la zarandeaban por los hombros, obligándola a despertarse.
Recordó la recomendación de Víctor y se dirigió al dormitorio. Volvió a releer con lentitud aquellas palabras, escritas con cuidada caligrafía, y decidió ponerse en marcha.
De nuevo, se contempló ante el espejo. Seguía siendo ella, pero podía atisbar un brillo reciente y desconocido en su mirada; algo distinto que la empujaba a otro comienzo, a otras motivaciones en las que el destino de su vida sería gobernado por ella misma, sin dejarse arrastrar por una omisión que, hasta unos minutos antes, había dominado el devenir de sus días. Ante el curso de los acontecimientos, ¿qué otra cosa podía hacer?
Se sintió reconfortada por esos pensamientos y se juró una fortaleza de ánimo que, sin embargo, aún estaba lejos de abrigar.
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Claudia emergió de la estación del metro en Tirso de Molina completamente despistada. No recordaba con exactitud cuándo fue la última vez que recaló en estas callejuelas y miró con curiosidad la hilera de balcones que se alineaban sobre su cabeza. Una profusión de macetas vacías parecía esperar los claveles y geranios de todas las primaveras para llenar de alegría una calle sin alma. El cielo plomizo no ayudaba a dotar de optimismo su primera impresión y se entretuvo en observar el juego enloquecido de la chavalería que reía con alborozo, sin preocuparse por llevar sus pies semidescalzos, amoratados por el frío, o de sus ropas rotas y cubiertas de remiendos. Se cruzó con algunas viejas, ataviadas de negro, que deambulaban con la mirada perdida. Sabía que debían su apariencia marchita al hambre, al desaliento o al propio desaliño que arrojaron sobre sus cuerpos muchos más años de los que en realidad tenían.
Tras algunas preguntas a los viandantes, consiguió localizar la calle Calvario. Parecía esta una vía sin fin, angosta y larga que se perdía en la distancia más allá de donde podían alcanzar sus ojos. Había decidido aceptar la indicación de acudir al encuentro de Víctor para recabar su ayuda y, de paso, conseguir la resolución de un problema que se estaba tornando insoportable. Las circunstancias en las que se vio envuelta la superaban y, lo que en principio consideró una exageración, actualmente lo percibía como algo que ella sola no podría afrontar. Necesitaba desesperadamente su consejo y su respaldo.
Notó una brisa heladora y se arrebujó en el abrigo lo mejor que pudo. Después, empezó a gotear. La calle se mostraba desierta, en la que se mezclaban los diferentes olores de estufas y chimeneas de carbón con los guisos que se cocinaban muros adentro. Desorientada y sin ánimo de prolongar la búsqueda por demasiado tiempo, vio a un centenar de metros a un individuo, con aspecto de viajante, irrumpir en la calle cargando con una maleta.
Poco más tarde, se hallaba ante el portal en el que se anunciaba la pensión en el entresuelo. Ascendió por los estrechos escalones de madera y empujó la puerta de acceso al establecimiento. Una matrona en plena madurez apareció ante ella y se quedó mirándola como si se tratase de un bicho raro.
—¿Qué deseaba, señorita? —le preguntó con gesto adusto.
—Pregunto por el Sr. Ávalos —respondió con idéntica sequedad.
—¿Y qué se le ofrece?
—Lo que tengo que decirle se lo diré a él personalmente.
La miró de arriba abajo, mostrando una displicencia despectiva que no amilanó a Claudia. Esta soportó el meticuloso examen, aguantándole la mirada sin pestañear.
—Pues no sé si está.
—Si es tan amable, le ruego vaya a comprobarlo.
La hostelera, sin despegar los labios, le señaló una desvencijada silla de anea situada junto a la puerta de entrada. Luego, se perdió por el fondo del pasillo taconeando.
Claudia permaneció de pie estudiando la estancia. Era modesta, con suelo de madera encerada y puertas cerradas de lo que debían ser los alojamientos. Un anciano cruzó ante ella arrastrando una pierna y saludó con agrado. Alguna voz se alzaba, de vez en cuando, preguntando por la hora de la comida, lo que le hizo recordar que no había desayunado esa mañana y empezó a sentir hambre.
Poco después, la hospedera regresó con rostro risueño. Parecía venir a comunicarle una buena noticia.
—Pues no está -exclamó sarcástica.
—Oh, qué contrariedad. ¿Y sabe cuándo va a volver?
—No. Aquí la gente entra y sale y yo no les pregunto, como podrá comprender. Además, el Sr. Ávalos suele ausentarse días enteros.
—Bien. ¿Sería tan amable de decirle que Claudia Arjona ha estado aquí?
—Claro, se lo haré saber en cuanto regrese.
—Gracias.
Profundamente decepcionada, bajó las escaleras y salió al exterior. Ya había empezado a llover y miraba con desánimo el reguerillo de agua que se había formado junto a las aceras. Aceleró el paso y, al final de la calle, pudo vislumbrar una taberna con los cristales de las ventanas velados por el vaho. Empujó la puerta y accedió al interior. Una atmósfera tibia, impregnada de un acre olor a tabaco la envolvió. El rumor de las conversaciones fue apagándose con rapidez y muchos parroquianos se giraron a contemplarla con curiosidad. Consciente de no ser habitual ver a una mujer sola entrar en un tugurio, procuró conducirse con la mayor naturalidad posible. Fuera hacía frío y necesitaba algo caliente que llevar a su estómago.
El tabernero, un tipo gordo y cincuentón, la abordó con rictus divertido en el rostro.
—¿Qué va a tomar, señora?
—Un café con leche caliente.
—No va a ser posible. Achicoria, si no le importa —respondió aquel condescendiente.
—No, no importa.
Se dirigió al puchero que tenía al fuego y removió con energía el contenido. Luego, vertió en un vaso, casi opaco por las ralladuras, un líquido amarillento, añadiéndole leche humeante.
Claudia tomó el recipiente con ambas manos y lo mantuvo asido hasta que notó la quemazón. Empezó a beber con cautela, a pequeños sorbos y, a pesar de que el brebaje le resultó nauseabundo, agradeció el bienestar que el líquido iba devolviendo a su organismo.
