Los hijos de Ararat - Marc Morte - E-Book

Los hijos de Ararat E-Book

Marc Morte

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Beschreibung

Kevin Longman, un joven escritor norteamericano interesado en escribir un libro sobre el genocidio del pueblo armenio llevado a cabo por el Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial, conoce casualmente a la Señora Argopian, una de las pocas supervivientes que se atreve a hablar de su traumático pasado.
A través de las palabras de la anciana Argopian, Kevin revive la vida de una niña y su familia en un pequeño pueblo del interior de Anatolia hasta que la barbarie se abate sobre ellos. En este descenso al infierno, Araxie se enfrentará a la vida en toda su crudeza y perderá su inocencia para siempre, pero también conocerá personas y lugares que le demostrarán que incluso en el peor de los desiertos se puede sobrevivir. Después de años enterrados, los fantasmas del pasado aparecerán de nuevo ante la señora Argopian, reviviendo aquellos trágicos momentos a través del libro sobre su vida. Pero Kevin también será capaz de regalarle algo que ella jamás pudo imaginar. Marc Morte, ha logrado con esta novela uno de los documentos más sobrecogedores y emocionantes, contribuyendo también a rescatar del olvido el genocidio que arrasó a más de un millón de armenios y que la sociedad actual, hipócritamente, aún pretende ignorar.

EL AUTOR:

Marc Morte, fotógrafo y escritor, nació en Barcelona en 1977 y es licenciado en Administraci6n y Dirección de Empresas. De inquieto espíritu aventurero, ha realizado innumerables viajes por Europa, Oriente Medio, Asia Central y China, y actualmente vive en Estambul. Publica con regularidad reportajes tanto de viajes como sociales en todo tipo de revistas y periódicos españoles.

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Veröffentlichungsjahr: 2014

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PRIMERA PARTE

La señora Argopian

NUEVA YORK 1996.

El cielo encapotado y unas primeras ráfagas de viento anunciaban la próxima llegada del otoño. Las mujeres habían empezado a desenterrar sus abrigos y los niños paseaban sonrientes con sus tabardos recién estrenados. Le gustaba el otoño. Desde pequeña nada más iniciarse el verano esperaba ansiosa la caída de las primeras hojas; los bosques que rodeaban al pueblo se incendiaban con fogosos rojos y suaves azafranados, despidiendo al cálido verano. Las aves sobrevolaban silenciosamente las montañas agrestes, flotando en el cielo, en busca de un lugar en el que guarecerse ante la inminente llegada de los rigores invernales…

¡Quedaba tan lejos todo aquello! Los tristes edificios que la rodeaban se mantenían inmunes al paso de las estaciones. Sus paredes grisáceas y ennegrecidas por la polución permanecían inertes como inmortales gigantes de piedra. Todas aquellas antiguas imágenes eran sólo leves pinceladas impresionistas, sin forma definida, ajadas por el paso del tiempo. No había vuelto a ver su pueblo, ni los bosques, ni las silenciosas aves desde… hacía tantos años que podría haberse tratado de otra vida. Un mero sueño.

Apretó el paso. No quería que la tormenta que se avecinaba la atrapara. Ansiaba llegar a su hogar, sentarse junto a la chimenea y abrir el libro que llevaba envuelto bajo el brazo. Supuso que la gente debía mirar extrañada a aquella anciana que, con una sonrisa en los labios, parecía huir de algún invisible ladrón, casi corriendo, sobrevolando las calles de aquella mastodóntica ciudad… ¡si tuviera las ágiles piernas de su juventud!

Las primeras gotas empezaron a deslizarse por el cielo. Miró el libro como si se tratara de un recién nacido, y lo escondió bajo el descolorido chaquetón. No quería que se mojara. No importaba si ella quedaba empapada, en lo único que podía pensar en aquellos momentos era en aquel amasijo de papel.

Cuando pisó el portal respiró aliviada. El libro estaba aún en perfectas condiciones. Las tiendas cerraban ya y la oscuridad de la noche apresaba a las plomizas nubes, fundiéndose en un único y amenazador cielo. Vio a su vecino que bajaba preparando el paraguas e instintivamente apretó el libro bajo el brazo. ¿Acaso creía que se lo iba a robar? El señor O’Callaghan la miró extrañado:

—Buenas noches Sra. Argopian, ¿sucede algo?

—No, no… Hace frío ahí fuera –respondió nerviosa.

—Sí, el verano ha llegado a su fin, pero toda estación tiene su encanto. Aquí no, claro. Hablo de mi lejana Irlanda.

Siempre que se le presentaba la ocasión el señor O’Callaghan aprovechaba para recordar con orgullo su tierra natal. Era un exiliado en tierra extraña, pero a diferencia de ella se permitía recordar felizmente su pasado. Ella había preferido olvidarlo.

—Bueno, vaya con cuidado –dijo la Sra. Argopian intentado desembarazarse de él.

—Sí, no se preocupe. He quedado con mis hijos. Me han invitado a cenar a uno de esos restaurantes modernos que no alimentan para nada.

—Claro, claro. Salúdelos de mi parte.

—Lo haré sin falta. Hasta luego Sra. Argopian.

Lo vio desaparecer bajo la lluvia. Envidiaba secretamente aquellas visitas de sus hijos o las invitaciones a cenar con sus familias. Ella estaba sola. Desde que su marido muriera, diez años atrás, no le quedaba nadie en este mundo. No tenía el apoyo y el calor de unos hijos que no había podido concebir. Cuánto hubiera deseado encontrarse en el lugar del Sr. O’Callaghan; nadie la llamaría aquella noche, ni al día siguiente, ni al otro… Cuando muriera, ¿quién acudiría a su entierro? No importaba. Aquella noche iba a ser especial. Se reuniría tras muchos años con todos a quienes había amado. Ya se ocuparía alguien de dar descanso a sus despojos.

Una agradable sensación de bienestar la recibió al abrir la puerta; había dejado encendida la calefacción para que cuando llegara la casa estuviera caldeada. Cerró la puerta y se apoyó de espaldas en ella acunando el libro en su pecho. Sus páginas serían aquella noche su lecho, su compañía. Encendería la chimenea que tantos años llevaba sin funcionar y se acomodaría en el sillón. Probablemente oiría llegar al Sr. O’Callaghan, refunfuñado como siempre por la comida del restaurante al que le habían llevado.

Depositó el libro cuidadosamente en la mesita que había al lado del sillón y fue a buscar unos leños que aún debía tener en el trastero. Estaba ilusionada y atemorizada. Temía que aquel libro reabriera viejas heridas que tanto habían tardado en cicatrizar. Apiló la madera en la chimenea y se sentó en la silla junto a la ventana para recuperar el aliento. La noche había cubierto Nueva York. La lluvia seguía cayendo sin descanso, entumeciendo el ánimo de los que volvían del trabajo o de hacer las últimas compras.

Parecía todo tan irreal.

Su mente ya no estaba en aquella ciudad, había vuelto al pasado y vagaba a merced de los recuerdos, a aquellos años cariñosamente guardados en la memoria que habían sido cercenados repentinamente.

Se cubrió la cara con sus manos y lloró.

¿Cómo podía olvidar aquellos infaustos años que marcaron su vida? Separada para siempre de su familia, su casa, su pueblo, sus amigos, su inocencia había sido despedazada. ¿Por qué había tenido que romperse todo en mil pedazos tan pronto?

Se secó las lágrimas enfadada consigo misma por aquella demostración innecesaria de sentimentalismo. Ni siquiera en el entierro de su marido se había permitido llorar. Su alma estaba demasiado vacía, sumida en las tinieblas del pasado, como para conmoverse a aquellas alturas por su desgracia. No era entereza lo que había demostrado, simplemente la imposibilidad de sentir dolor. Quizá por eso se avergonzaba de aquel líquido extraño que seguía mojando sus ojos.

Encendió el fuego con ternura, como si se tratara de un sagrado ritual. La madera crepitó perezosamente. Fue a la cocina a preparar un té y a comer algo. No acostumbraba a cenar pero aquella noche sabía que necesitaría tener algo en el estómago para resistir los envites de la memoria. Comió de pie. Un poco de fruta y algo de arroz sobrante del día anterior. Con cuidado de no quemarse llevó la tetera y una taza al salón y se sentó en el mullido sillón. Miró el libro. Tenía miedo de cogerlo, de tocarlo, de leer aquellas letras que despertarían recuerdos olvidados.

Cuando el Sr. Longman llamó por teléfono por primera vez y le propuso tomar un café no esperaba que todo aquello acabaría en un libro. Kevin Longman había conseguido su número de teléfono en la Asociación Armenia a la que había acudido para recoger datos sobre el Genocidio Armenio. Tras empaparse en la biblioteca del centro decidió que necesitaba hablar con algunos supervivientes para contrastar todo cuanto había leído. Llamó a varias personas pero la respuesta siempre fue la misma: “Lo siento pero prefiero no hablar de aquello. Sería demasiado doloroso”. Cuando Longman llamó, ya desanimado y esperando una nueva negativa, y le comentó que estaba preparando un libro para el que necesitaba información que no podría encontrar en los libros, la Sra. Argopian aceptó, feliz de poder salir de su reclusión.

El primer encuentro se produjo en la sede de la Asociación. El Sr. Longman, era un hombre de apariencia joven, de unos cuarenta años, que se había empezado a interesar por la historia de los armenios durante la Primera Guerra Mundial algunos años atrás, cuando había leído una minúscula reseña en un periódico local sobre un anciano armenio que acababa de fallecer. A ella le pareció un hombre agradable que estaba más interesado en escucharla que en tomar notas y contrastar sus informaciones. En un principio el Sr. Longman había pensado en escribir un libro sobre los recuerdos de los supervivientes del genocidio, pero tras varias conversaciones con la anciana mujer decidió que la historia de la Sra. Argopian merecía ser tratada individualmente, como un ejemplo representativo de lo que le sucedió a su pueblo.

Cuando Kevin le propuso escribir una novela sobre su vida se mostró reticente. “¿A quién le va a interesar mi vida?”, le preguntó en varias ocasiones. A Longman no le costó demasiado convencerla, aduciendo que aquello podía ser un reconocimiento del sufrimiento y las penurias que tuvo que sufrir una nación entera. Las diversas entrevistas que mantuvieron hicieron que se estableciera un vínculo entre los dos. Longman había ido a su casa en varias ocasiones y ella había conocido a la familia del periodista. Pero a pesar de haber abierto el corazón no fue capaz de sentir. Explicaba su vida como si se tratara de una historia ajena. Su corazón había quedado huérfano de sentimientos debido al terrorífico dolor que había llegado a sufrir durante su infancia. Cuando había visto a Longman con los ojos vidriosos, empañados por las lágrimas por todo lo que ella le explicaba no entendió el porqué de aquellos aspavientos. Para ella era un cuento, un cuento del que no formaba parte.

Longman se tomó aquel libro como algo personal. Quería mostrar al mundo el horror que el ser humano es capaz de infligir, pero también su voluntad de vida, su insuperable instinto de supervivencia. Incluso le pidió en ciertos pasajes poder tomarse la libertad de sumergirse en la personalidad de otros familiares y dar vida a recuerdos en los que no había estado presente pero que le habían explicado. Aunque en un principio se mostró recelosa por el uso fantasioso que pudiera hacer Kevin de su propia vida acabó aceptando.

Miró el libro con miedo; miedo a leer su propia historia. Iba a ser espectadora de su vida, sin la barrera que había supuesto su propia voz. Estaba agradecida a Kevin, no por haber escrito un libro sobre ella, sino porque la había tratado como a una más de su familia, y no como una naranja a la que exprimir. Había sido ella la que le había prohibido a Kevin que le enviase los primeros esbozos y el manuscrito final. Quería decidir el momento adecuado para enfrentarse a sus fantasmas. Aquella mañana, al despertarse, había llamado a Kevin, anunciándole que estaba preparada. El periodista se había mostrado exultante y nervioso a la vez, temeroso de someterse al examen de la persona a quien más respetaba. Habían quedado que al día siguiente iría a comer a su casa para comentar sus impresiones.

Las manos le temblaban. Cogió el libro. Lo único que se oía era el repiqueteo de la lluvia en la ventana y el apagado rumor de la madera quemándose lentamente. El miedo la atenazaba. Tras largos años de ausencia iba a ver de nuevo a su familia, sus amigos, su pueblo… sus verdugos.

Abrió finalmente el libro. Las hojas susurraron unas inaudibles palabras; los espectros sobrevolaron la habitación, esparciéndose por la estancia, escondiéndose en las tinieblas, en todos los rincones, agazapados, preparados para salir cuando se les reclamara. Y leyó. “Todos dormían aún….”

Vida en el pueblo

INTERIOR DE ANATOLIA. FEBRERO DE 1915.

Todos dormían aún. Se vistió lentamente, procurando hacer el menor ruido posible, y bajó las escaleras que conducían al exterior. El sol se desperezaba, asomando tras las colinas que rodeaban el pueblo, iluminando con sus reflejos dorados la nieve que vestía el pequeño y recóndito valle.

Temblaba de frío. Le gustaba aquel silencio, el orgullo de ser la primera en ver el nuevo día. Ni siquiera los animales se le habían adelantado; en aquella época los pájaros habían emigrado y las ardillas y otros pequeños roedores permanecían dormidos en sus madrigueras resguardándose del crudo invierno.

Empezó a caminar para entrar en calor. A pesar de que aquella mañana el cielo estaba despejado y el viento no soplaba, el invierno, incluso en los días más soleados, era rudo en las montañas. La nieve helada crujía bajo sus pies. Era el único sonido que resonaba en todo el valle. Se sentía importante. Ella, la pequeña Araxie Argopian, de sólo ocho años, era la reina del pueblo, la guardiana de las calles, la princesa de la nieve.

Le gustaba ser la primera en pisar el inmaculado y esponjoso manto. No todas las mañanas conseguía levantarse tan temprano; muchas veces se quedaba adormilada en la cálida habitación, bajo las pesadas mantas, esperando oler el aroma embriagador del pan recién hecho para levantarse. Entonces su madre se acercaba, le susurraba al oído que el almuerzo ya estaba a punto, y le daba un cariñoso beso en la frente.

Supuso que el Padre Harutiun ya estaría en pie y se dirigió a la pequeña iglesia del pueblo. Tenía una gran amistad con el anciano párroco; le hablaba como a una persona mayor y le explicaba bellas historias sobre santos y antiguos mártires armenios.

La puerta de madera que daba paso al interior de la capilla ya estaba abierta. Pudo ver al Padre Harutiun atareado, limpiando con esmero el bello crucifijo que presidía la iglesia. Se acercó sigilosamente. Quería darle una sorpresa. Apenas hubo dado unos pasos sobre las frías losas la voz de cura resonó en las desnudas paredes:

—Buenos días pequeña Araxie. ¿No pensabas saludarme?

Araxie hizo una mueca de frustración. Había fallado. El preste dejó su tarea y le sonrió, indicando con un gesto que se acercara. Era un hombre anciano que aún conservaba una gran corpulencia. Su larga barba blanca le daba un aspecto venerable y sus ojos, sinceros y aterciopelados, incitaban a la confesión. A pesar de su cargo como representante de la iglesia armenia en el pueblo, era un hombre afable al que le gustaba conversar con sus feligreses y tratar con niños.

—Te has levantado temprano esta mañana –dijo tendiéndole la mano–. Ven, hace frío ahí fuera. Estás helada. Te daré un té bien caliente para que entres en calor.

Conocía bien la pequeña habitación, era una estancia vacía con un ruinoso colchón en una esquina y el tonir en el centro, que el Padre Harutiun utilizaba para calentar el té, preparar las frugales comidas, y caldear un poco la habitación. La tetera ya humeaba cuando entraron, junto a dos tazas esperando ser llenadas con la reconfortante infusión.

—¿Cómo sabía que vendría? –preguntó Araxie al ver las dos tazas.

—En un día tan precioso sabía que no podrías evitar levantarle y apoderarte de los primeros rayos de sol –dijo riendo mientras vertía el té.

—Sí –respondió risueña Araxie–, me encanta el invierno… y el otoño, y la primavera, y el verano. Cada estación tiene algo que me atrae. El invierno me gusta por la pureza de la nieve al amanecer, parece tan delicada; nadie la ha pisado aún, ni se ha ensuciado, ¡está todo tan blanco!

Mientras la niña sorbía el té el Padre Harutiun quedó embelesado con sus movimientos y la energía que desprendían sus grandes ojos; tenía la mirada más intensa que hubiera visto en su larga vida, dos grandes iris del color de la miel que brillaban con un hipnótico fulgor. Era imposible no quedar hechizado por aquella mirada tan ingenua como avispada. La nariz era algo pequeña y chata, salpicada por algunas pecas que parecían jugar y moverse incesantemente como traviesas pulgas. A pesar de no ser una niña de una belleza deslumbrante, su cara redonda, su pelo lacio y cobrizo y su pequeño cuerpo no podían sino despertar una inexplicable debilidad en quien la conocía.

—¿Has estado alguna vez en el Ararat? –preguntó el anciano, recobrándose de su ensimismamiento– Claro que no… eres demasiado pequeña para haber emprendido tan largo viaje. Pero supongo que habrás oído hablar de él.

—Por supuesto –dijo Araxie herida en su orgullo por la duda del cura–, usted me ha hablado en alguna ocasión, y en la escuela nos han explicado que allí embarrancó el Arca de Noé cuando las aguas del Diluvio descendieron.

—Perdona, no me acordaba que estaba hablando con una persona mayor. Te explicaré una historia muy antigua para que me perdones.

Este comentario alegró de nuevo a Araxie que recuperó su habitual sonrisa; se acomodó en uno de los cojines que rodeaban el tonir y se dispuso a escuchar. La sonrisa de Araxie contagió de dicha el corazón del Padre Harutiun. Tenía una sonrisa sólo comparable con sus ojos, con dos pequeños hoyuelos remarcándola y acentuando su aire picaruelo.

—Pues bien –empezó con voz grave el párroco–, hace muchos años, tantos que yo aún no había nacido, un monje de Erzurum decidió subir al Monte Ararat para ver el Arca. Emprendió su camino con un burro como único compañero, alojándose en los monasterios que encontraba o en las casas de aquellos que le acogían. Tras muchos días de viaje llego a Dvin, la ciudad que fundó Noé a los pies del Ararat. Cuando llegó se informó de la mejor manera de llegar al lugar donde reposaba el Arca desde hacía miles de años. Los habitantes del pueblo lo miraban extrañados, preguntándose quién era aquel extranjero que se creía capaz de desafiar al Señor y subir al Ararat, algunos incluso se burlaban de él y le increpaban por tan tamaña inconsciencia. Uno de los más viejos del lugar se apiadó de él y le explicó que desde los tiempos de Noé nadie había alcanzado la cumbre. Las nieves eternas que cubrían la montaña hacían difícil, por no decir imposible, la ascensión. Además estaba protegido por la mano divina: cuando los viajeros dormían para descansar y prepararse para la siguiente etapa, despertaban de nuevo a los pies de la montaña. Eran los mismos ángeles que la protegían y no permitían que nadie llegara a su cima.

>> Pero el monje estaba decidido a ver el Arca. Desde su infancia había soñado en aquel momento e hizo caso omiso a las recomendaciones de los habitantes de Dvin y a las palabras del anciano. Abandonó el pueblo convencido de que el Señor sería benevolente con él y le permitiría ver el Arca. El precario sendero que se encaramaba al Ararat era peligroso, con nieves que no desaparecían jamás, vientos gélidos que podían derribar a un hombre, y derrumbamientos que habían sepultado a muchos viajeros. Después de varias horas de camino, tras evitar toda clase de peligros, se sintió débil y decidió descansar en una pequeña cavidad que le protegería de las inclemencias. Mientras dormía tuvo un sueño en el que creyó que volaba por los cielos, transportado por los ángeles. Cuando despertó se encontró de nuevo a los pies del Ararat, allá donde iniciaba el camino que llevaba a la cima.

>> El monje, entristecido por aquel injusto castigo, se arrodilló y rogó a Dios que le permitiera alcanzar su meta. Cuando ya empezaba a creer que sus plegarias no serían escuchadas se le apareció un ángel que le dijo que viendo su inquebrantable fe y su bondad, el Señor le permitiría alcanzar el Arca. El monje emprendió de nuevo el camino a la cima acompañado por su fiel montura. Cuando tras varios días apareció de nuevo en el pueblo de Dvin, los habitantes vieron con sorpresa como el monje volvía con varias planchas de madera envueltas en un halo divino que sin duda pertenecían al Arca. En aquel lugar se fundó una iglesia donde fueron guardados estos restos que aún se conservan hoy, gracias al devoto monje que desoyendo las palabras de sus compatriotas confió en la compasión del Señor. Desde ese día nadie más ha conseguido ascender el Monte Ararat y ver de nuevo el Arca.

Araxie estaba boquiabierta. Se imaginó a un monje anciano, parecido al Padre Harutiun, escalando aquella misteriosa montaña. Le había encantado la historia y sintió unas ganas irrefrenables de ver el Ararat y tratar de subirlo, segura de que el Señor le permitiría ver el Arca y dentro de muchos años sería recordada en las historias y los cuentos.

—¿Y usted ha intentado escalarlo alguna vez? –preguntó Araxie intrigada.

—No, mi pequeña Araxie. Cuando era joven tuve la fortuna de contemplarlo, pero no necesito ver el Arca para saber que permanece allí, para recordar a los seres humanos la omnipotencia de nuestro Señor.

—¿Y yo podré ver algún día el Monte Ararat?

—Claro, eres joven y tienes muchos años por delante; seguro que tarde o temprano emprenderás el viaje y quedarás extasiada ante la visión de la montaña sagrada.

—¿Y…

—No, ahora no Araxie –le interrumpió el Padre Harutiun con gesto severo–. Es hora de volver a tu casa. Tu familia se habrá levantado y se preguntarán con preocupación dónde estás.

Araxie vio por el pequeño ventanuco que el sol ya había salido de su escondite tras las montañas. Dejó la taza, le dio un beso en la frente al párroco y salió corriendo de la iglesia.

El pueblo ya había despertado: los primeros carros cargados con vituallas se movían fatigosamente por las calles, arrastrados por jadeantes mulas y borricos de triste mirada. El olor a comida recién hecha salía de las casas e inundaba las calles con un delicioso aroma. Algunos ancianos turcos se dirigían con paso cansino hacia la mezquita charlando con sus amigos de toda la vida. La vida se desperezaba lentamente como lo había hecho durante siglos en aquellas tierras tan lejanas al centro del Imperio Otomano.

Cuando llegó a su hogar todos estaban levantados. Los colchones que utilizaban para dormir habían sido recogidos y guardados en la habitación de su hermana Aghavni. Su madre la miró con enojo:

—¿Dónde estabas?

—Me he levantado pronto y he salido a pasear. He ido a ver al Padre Harutiun y me ha explicado una historia muy antigua sobre el Monte Ararat. ¿Iremos algún día a ver el Ararat, madre? –preguntó ilusionada.

—Sí, ya iremos, pero sabes que no me gusta que desaparezcas sin decir nada. Además, llegarás tarde a la escuela.

Todos estaban sentados alrededor del tonir, el fuego era el centro de la casa donde se preparaba la comida y a la vez servía para mantener caliente la estancia que servía también de dormitorio comunitario durante los fríos inviernos de Anatolia. Su hermana Aghavni, su marido Simón, y sus dos hijos, Dikran y Nartouhie, se trasladaban a la pequeña habitación contigua cuando pasaba el rigor del invierno.

—Padre, padre. Madre ha dicho que iremos a ver el Monte Ararat –anunció Araxie con entusiasmo.

—Claro, hija, claro que iremos –respondió su padre sonriendo.

—¿Tú has estado allí?

—Yo no, pero tus abuelos sí.

Araxie se sentó junto a su abuela Rebecca, sorprendida ante tan inesperada noticia.

—Abuela, ¿tú has ido al Ararat?, ¿viste el Arca?, ¿Estuviste en Dvin?

—Sí Araxie, yo y tu abuelo estuvimos allí hace muchos años. Pero ahora toma tu almuerzo. Algún día te lo explicaré todo –respondió su abuela con una leve sonrisa.

Araxie se sentó junto a su hermano Megerdich, orgullosa de tener unos abuelos que habían visto el Ararat. Todos comían afanosamente, charlando pausadamente sobre las tareas del día. El pan recién hecho esparcía su reconfortante aroma por toda la casa. Araxie sintió como su barriga ronroneaba, y se lanzó sobre la pequeña mesa situada sobre el tonir donde estaban pulcramente expuestos aquellos sabrosos alimentos: el té, el pan, el madzoon, un yogur que preparaban su madre y sus hermanas Marie y Siroun, y el gustoso queso que hacía su padre con la leche que le daban las cabras. A pesar de sus irrefrenables ganas por sentirse útil, a ella aún no le permitían cocinar; se sentaba junto a su madre y sus hermanas y observaba atentamente la preparación de los distintos platos, grabando en su memoria todo el proceso para poder sorprenderlas con sus habilidades culinarias cuando se lo permitieran.

Hagop, su hermano mayor, y Simón fueron los primeros en salir. Trabajaban en la herrería donde antes había trabajado su padre, y mucho tiempo atrás su abuelo Albert. Cuando podía se pasaba por la forja para ver como Hagop y Simón golpeaban el hierro candente, moldeándolo a placer, y creando todo tipo de utensilios que después serían utilizados en los campos. Se sentaba frente a la puerta y escuchaba con deleite el repiqueteo de los martillos en su lucha por dominar el metal. Rodeados por las llamas, con sus músculos mojados por el sudor, creía estar frente a aguerridos guerreros, como aquellos de los que hablaba su abuelo en sus historias.

Araxie comía con lentitud, untando el pan con el madzoon y saboreándolo como si fuera un manjar digno de un Sultán. Su fantasiosa mente vagaba por tierras lejanas; no podía apartar sus pensamientos de la mítica figura del Monte Ararat donde, según había oído infinidad de veces, el sol dormía cada noche. Algún día ella también lo vería.

—¡Araxie, es hora de irte! –gritó su madre despertándola de su ensimismamiento.

Su hermano Megerdich, dos años mayor que ella, la esperaba ya en la puerta con gesto de fastidio. Araxie se despidió y salió corriendo tras los pasos de Megerdich que se alejaba con las manos en los bolsillos y la cabeza hundida en las solapas de su chaqueta. Era un chico huraño y reservado, con unos enigmáticos ojos del mismo color que los de Araxie y un cuerpo delgado y fibroso. Su pelo era tan negro como el plumaje de los cuervos y le caía sobre la frente descuidadamente.

El cielo conservaba su deslumbrante azul. Ninguna nube estorbaba los tenues rayos que se desparramaban por el valle mitigando la sensación de frío. La escuela armenia estaba en las afueras del pueblo. Allí, niños y niñas de diferentes edades eran instruidos en historia, religión y lengua armenia, además de aprender algunas nociones de turco. La mayoría de los niños y gente joven hablaban turco; habían tenido la posibilidad de asistir a la escuela y allí lo habían aprendido, pero los más mayores, como sus abuelos, sólo hablaban armenio, lo que les impedía entablar cualquier tipo de conversación con sus vecinos turcos.

La escuela era una pequeña casucha construida gracias a los fondos aportados por las familias más adineradas y el Patriarcado de Sis. Las clases las impartía un joven párroco venido de Erzurum, el Padre Khorem. Era un hombre que debía rozar la treintena de escuálida figura y lacio pelo azabache. Su nariz ganchuda y sus finos labios le daban un aspecto de ave rapaz desvalida. A Araxie no le gustaba mucho, era demasiado serio y algo hosco a pesar de que ponía toda su buena voluntad. A diferencia de Megerdich, quien hubiera preferido trabajar en la herrería, a Araxie le gustaba asistir a las clases y aprender las viejas historias de santos, mártires y vírgenes. Cuando llegaba a casa explicaba a sus padres todo lo que había aprendido, orgullosa de sus conocimientos. Envidiaba a su hermano Sarkis que había podido ir a estudiar a Erzurum; aquella ciudad tan lejana que imaginaba cubierta de palacios, gentes amables, y descomunales iglesias. No sabía muy bien qué había ido a estudiar, pero no era aquello lo importante, ella también hubiera deseado ir.

Se sentó en su pupitre, junto a su amiga Esther y dirigió una mirada al otro lado del pasillo, donde estaba sentado Vahan; le había conocido a través de Megerdich y, a pesar de ser cuatro años mayor que ella, hablaba con él en muchas ocasiones y ya le consideraba su amigo. En cuanto los alumnos estuvieron sentados y en silencio el Padre Khorem empezó a hablar:

—Hoy empezaremos con un poco de ortografía…

Aquella mañana la escuela le resultó profundamente aburrida. Paseando con Sarah y Esther, mientras bromeaban sobre el Padre Khorem, se le ocurrió una idea:

—¿Por qué no vamos a la escuela turca?

—Yo no puedo, tengo que ir pronto a casa –respondió temerosa Sarah.

—A mí sí me gustaría. Mis vecinas son turcas y somos muy amigas –dijo Esther secundando la idea de Araxie.

Araxie y Esther salieron corriendo dejando a Sarah observando con tristeza cómo se perdían en la lejanía. La escuela turca era un edificio de piedra más grande y sólido que su colegio. Estaba junto a la mezquita del pueblo, y los turcos la llamaban medresa. A Araxie le gustaban las formas redondeadas de la mezquita, pero sobre todo le encantaba escuchar la voz del muecín llamando a la oración a los musulmanes. Era una voz delicada y melancólica, que emergía de las profundidades del alma y se extendía por todo el valle. A pesar de que sus padres desaprobaban sus excursiones a la mezquita, ella no prestaba atención a sus regañinas y seguía acudiendo. Un día se había quedado plantada frente a la mezquita escuchando la evocadora voz del anciano que encaramado al minarete entonaba el cántico con una fuerza inusual en un hombre de su edad. El anciano muecín, reparó desde su privilegiada atalaya en aquella niña de grandes ojos que le miraba embelesada y escuchaba con deleite la llamada a la oración. Cuando descendió, se acercó a ella y le preguntó si le gustaba su voz. Araxie afirmó, aún extasiada, y le pidió que la enseñara a cantar. Desde entonces cuando Araxie tenía un rato libre acudía a la mezquita para ver a su amigo, que con denodado esfuerzo trataba de adiestrar su tierna voz.

Cuando los alumnos salieron de la mezquita Esther saludó a sus vecinos. Araxie la miró con envidia; ella no tenía ningún amigo turco. Sus padres, aunque eran amigos de su vecino Osmán, trataban de apartarla de los turcos sin querer darle ninguna razón.

Araxie se separó de Esther y se dirigió hacia la mezquita confiando en encontrar al muecín. Rodeó la planta del edificio para buscar la puerta que daba acceso a las dependencias privadas de la mezquita cuando oyó una voz quebradiza pronunciar su nombre. El anciano muecín se acercaba lentamente apoyándose en su nudoso bastón. Era un hombre enclenque que parecía poder derrumbarse al primer soplo de viento. Su delgada cara, enmarcada por una venerable barba tan blanca como la nieve, tenía un apacible aire de santidad. Sus acuosos ojos, ya amarillentos en ambos extremos, exhalaban una infinita bondad.

—Buenos días señor Samir –saludó educadamente Araxie.

—Buenos días mi pequeña Araxie ¿Has venido a que te dé clases de canto?

—No, hoy he venido con una amiga. Además, tengo que volver pronto a casa o mi madre se enfadará.

—Así me gusta, que seas responsable. ¿Cómo va la escuela?

—Bien, pero hoy ha sido muy aburrido. Hemos dado clases de lengua y a mí no me gusta demasiado.

—Pero es importante que aprendas a hablar bien tu idioma.

—¿Los niños turcos también aprenden armenio en la medresa?

El muecín esbozó una amarga sonrisa negando tristemente con la cabeza:

—No mi pequeña Araxie. A ellos se les enseña El Corán y deben aprender árabe para poder leerlo en la lengua original del Profeta. Sería interesante para toda la comunidad enseñarles algo sobre nuestros vecinos armenios, pero el Imán no está de acuerdo. Quizá si nos esforzáramos en entendernos mejor no habría tantos problemas… –dijo el muecín apagando las últimas palabras.

—¿Qué problemas? –preguntó Araxie abriendo mucho los ojos.

El muecín pareció momentáneamente desconcertado. Aquella última frase había emergido de su mente sin que pudiera detenerla.

—Ninguno, ninguno,… Pequeños problemas de personas mayores.

Araxie no le dio más importancia, perdiendo el interés al oír los pasos de alguien que se acercaba rápidamente. Era un hombre de gran estatura, seco y con una barba hirsuta del color del carbón. Vestía una larga túnica y llevaba en la coronilla un pequeño birrete como el del anciano muecín. No le gustó aquel hombre. Cuando llegó junto a ellos se detuvo con una oscura sombra de irritación en su cara y los brazos en jarras mirando a Samir con exasperación:

—¿Qué haces aquí Samir? –preguntó con aspereza.

—Hablando con esta simpática chiquilla –respondió el anciano muecín acariciando la cabeza de Araxie con una sonrisa beatífica en el rostro.

—Sabes que no me gusta –dijo con rudeza.

—¿Puedo saber el porqué? –preguntó Samir enarcando las cejas.

—Por… por… ¿qué pensarán nuestros compatriotas si te ven? ¿No entiendes que los… los… –con un gesto de enojo desistió y se encaminó de nuevo hacia la mezquita murmurando por lo bajo.

—Tengo que irme Araxie –dijo Samir recuperando su amabilidad.

—No me gusta ese hombre –dijo Araxie con el ceño fruncido.

—No le hagas caso. Es un cascarrabias –dijo haciendo un gesto burlón–Vuelve pronto.

—Lo haré señor Samir.

Cuando llegó a casa le extrañó oír los inquietos relinchos de un caballo. Su padre no tenía ninguno, sólo algunas cabras, ovejas y un par de mulas viejas. Supuso que sería algún visitante que venía de lejos, pues pocos en el pueblo se podían permitir el lujo de tener un caballo tan bien plantado. Subió las escaleras, tratando de imaginar quién podría ser. Cuando oyó la voz que descendía por las escaleras el corazón le dio un vuelco.

—¡Tío Hovsep! ¡Tío Hovsep! –gritó corriendo escaleras arriba.

La familia estaba reunida alrededor del tonir; escuchaban con atención las novedades que traía el tío Hovsep. Cuando su tío la vio se levantó de un salto y con un fuerte abrazo la alzó del suelo haciéndola girar. Araxie reía y chillaba. “¡Mi pequeña Araxie!”, gritaba su tío mientras la volteaba. Dikran se acercó tambaleante, ansiando participar en aquel juego.

Hovsep dejó a ambos sobrinos y se sentó de nuevo resoplando por el esfuerzo. Ya no era tan joven como antaño y una leve barriga empezaba a aparecer sobre los pantalones. La conversación era aburrida y Araxie se fue a jugar con su sobrino al huerto que había en la parte trasera de la casa.

Su padre, después de haber abandonado el trabajo en la herrería, dedicaba gran parte de su tiempo a cuidar del huerto y los pocos animales de que disponían. Para sorpresa de Araxie, una gran bola de nieve chocó contra su hombro. Miró a Dikran que se hacía el despistado sin poder aguantar la risa. Cuando se disponía a devolverle el golpe vio venir a Megerdich, y, sin dudarlo ni un momento, le lanzó la bola de nieve que fue a estamparse en la cara del recién llegado. Iniciaron una guerra de nieve en la que Araxie y Dikran luchaban contra Megerdich, que esquivaba las bolas con pasmosa agilidad. Perdieron la noción del tiempo hasta que oyeron la voz de Siroun llamándolos para comer. Subieron exhaustos. Estaban empapados y enrojecidos por el esfuerzo, pero alegres por aquel buen rato, e incluso Megerdich, que acostumbraba a mostrarse bastante taciturno, esbozaba una débil sonrisa.

La comida era abundante: pilaf, huevos, sopa, aceitunas, e incluso sabrosos pedazos de carne, un manjar que sólo se hacía en ocasiones especiales por su elevado precio. Cuando hubieron acabado, Albert no pudo reprimirse por más tiempo y le dijo a su hijo:

—No tenías que haber venido.

—Lo sé padre.

—Nuestro padre tiene razón –secundó Bedros–, tenías que haberte quedado en Constantinopla. Allí estabas más seguro. Estamos en guerra y los caminos son peligrosos; hay muchos controles y sabes mejor que nosotros que un armenio viajando hacia el este es motivo de sospecha. ¿Cuánto tiempo te quedarás aquí?

—No lo sé, aún no lo he pensado –respondió lacónico.

Hovsep recordó las dificultades y peligros que había tenido que superar desde que partiera de Constantinopla. Era peligroso para un miembro del partido armenio Dashnak dejarse ver en aquellos tiempos inciertos. Recordaba sobre todo un incidente en Kayseri. Le costó hallar un lugar donde dormir sin levantar sospechas. Finalmente encontró una mugrienta posada. Cuando se disponía a dormir llamaron a la puerta. Era el dueño de la posada que lo invitaba a tomar unos vasos de raki. Cuando acudió al salón comprobó con estupor como había tres militares sentados allí. Un sudor frío le recorrió el espinazo, se había metido en la boca del lobo. La conversación transcurrió sin más sobresaltos hasta que uno de los militares le preguntó de dónde venía:

—De Istanbul –respondió.

—Oh, nuestra amada capital, ¿y qué hace allí?

—Soy un modesto comerciante de alfombras. Ahora viajo por el interior para renovar existencias.

—¡Qué envidia! –exclamó otro–. Me gustaría poder rezar algún día en la gran mezquita de Aya Sofya. ¿Ha ido usted a rezar allá?

—S–sí, claro, claro.

—¿Por qué no será usted uno de esos traidores armenios? –preguntó con mirada escrutadora.

Sintió desvanecerse. Lo habían descubierto. El militar estalló en risotadas y cambió su expresión.

—No se preocupe era una broma, yo sé distinguir un turco de un armenio rápidamente. Y le aseguro que usted es la viva imagen de un respetable turco.

Por un momento creyó que todo había acabado. Afortunadamente ahora ya estaba en su hogar, junto a su familia, de nuevo en su tierra. Pero… No, no era una visita de cortesía. Tenía que encontrar el momento de explicar las razones de su llegada. Pero no ahora, quizá al día siguiente.

Paseaba apaciblemente por las calles que había recorrido una y otra vez en su niñez. Estaba todo igual. Nada había cambiado con los años, como si el tiempo se hubiera detenido en el remoto valle. Habían pasado dos días desde su llegada y aún no se había atrevido a explicar el verdadero motivo de su visita. ¿Cómo podía romper aquella apacible existencia? A pesar de haber sido recibido con abundantes muestras de cariño era un extranjero en aquella tierra. Demasiado tiempo alejado, demasiado tiempo sumido en los entresijos del poder. Había dedicado todas sus energías a la política relegando a un segundo plano su vida personal. No se había casado y aquello era otra de las cosas que le reprochaba su padre. Estaba cansado de la hipocresía, de la ausencia de una familia y después de tanto tiempo volvía a su hogar para destruirlo.

Tenía que decirlo. Ellos merecían saberlo. Debían estar preparados para el futuro. Debía advertirles de los acontecimientos que se sucedían a ritmo vertiginoso en Constantinopla. Había conocido la noticia por boca de un amigo turco del Comité de Unión y Progreso contrario a las resoluciones tomadas en una reunión secreta por el Triunvirato que formaban Enver, Talaat y Jemal. Ya desde la entrada en guerra del Imperio Otomano junto a Alemania y el Imperio Austro–Húngaro, había percibido ciertos movimientos sospechosos entre los miembros prominentes del Comité, pero jamás pudo concebir lo que estaban preparando.

Encontró a Albert y Bedros charlando frente al tonir. Sólo su madre, que cuidaba de los dos hijos de Aghavni, estaba en casa.

—Hola Hovsep, ¿dónde has estado? –le preguntó su hermano al verlo entrar.

—He estado paseando –dijo lúgubremente.

—¿Qué sucede?

—Tengo que explicaros algo.

—Siéntate y dinos qué te preocupa –dijo Bedros.

Hovsep se acomodó en los cojines y lanzó un hondo suspiro.

—Si he de ser sincero mi llegada no se debe a una mera visita familiar. Traigo malas noticias.

Albert carraspeó ostensiblemente y frunció el ceño.

—Sí, lo sé padre, no soy el hijo que hubieras deseado y cuando vengo siempre es por otra razón que no la de ver a mi familia, pero esto no es lo importante ahora. La guerra ha complicado las cosas en Constantinopla; el gobierno prepara medidas extraordinarias para prevenir posibles alianzas de los armenios con los rusos. El primer paso ha sido detener a todos los miembros de los partidos armenios, con especial interés los del Dashnak. Yo pude escapar gracias a un amigo que me lo explicó a tiempo, pero creo que eso sólo es un primer paso y debemos estar preparados para nuevas medidas.

—Pero nosotros no tenemos nada que ver con los rusos –indicó Bedros.

—Lo sé, pero ellos están convencidos de que sí, y que sólo estamos pensando en aliarnos para conseguir la independencia.

En aquel momento entraron Hagop y Simon que volvían de la herrería. Hovsep les resumió las noticias.

—¿Crees que vendrán a buscarte aquí? –preguntó Hagop.

—No lo creo –dijo Hovsep con expresión ausente–. Estamos muy lejos de Constantinopla.

Albert suspiró con fastidio. Tenía las facciones contraídas y negaba continuamente con la cabeza. Era un hombre curtido por largos años de trabajo, enjuto y de mirada severa que infundía respeto en toda la familia. Sus grandes y blanquecinas cejas proyectaban una tétrica sombra sobre sus penetrantes ojos.

—Ya te dije que estar en el partido Dashnak sólo te traería problemas –soltó finalmente–. Los turcos odian a los armenios y si encima se dedican a la política se convierten en elementos peligrosos y subversivos. Deberías haberte quedado aquí en el pueblo y trabajar en la herrería, seguro que entonces no se preocuparían por ti.

—Lo sé padre…, pero lo hemos hablado en muchas ocasiones. No creo que sea el momento de discutir sobre hechos consumados

En sus palabras había un deje de amargura y tristeza por una vida jamás valorada por su padre. Cuánto le hubiera gustado oír de aquel hombre al que tanto veneraba algunas palabras de aliento.

Cuando hubieron acabado de comer los hombres de la familia abandonaron el hogar. Araxie ayudó a su madre y a Siroun y Marie a recoger la mesa mientras Aghavni cuidaba de la pequeña Nartouhie. Martha envió a sus dos hijas al río a lavar los platos y Araxie se sentó junto a su abuela y su madre, que estaba haciendo un vestido para Nartouhie con la quejumbrosa rueca

—¿Qué pasa madre? ¿Por qué tío Hovsep estaba tan serio? –preguntó Araxie, sin poder contener por más tiempo su curiosidad.

—No pasa nada Araxie, no te preocupes –dijo su madre con ternura.

Araxie miró como su abuela remendaba un jersey con la mirada perdida. Una lágrima se deslizaba por su curtida mejilla.

—¿Por qué llora la abuela? –susurró Araxie a su madre.

Martha levantó la vista y miró con aflicción a su suegra que parecía estar muy lejos de aquella casa, de aquella habitación, de todos ellos.

—La abuela está preocupada por todos nosotros –respondió finalmente Martha–. Se acuerda de tiempos pasados, cuando tú aún no habías nacido y todos nosotros sufrimos… se preocupa por nosotros Araxie, se preocupa.

Rebecca seguía con la mirada perdida, ajena a la conversación de madre e hija. Parecía encerrada en sus recuerdos, rodeada de viejos fantasmas del pasado que ahora anunciaban su retorno.

—¿Qué pasó antes de que yo naciera?

Martha dejó la rueca e indicó a Araxie que se acercara. Araxie se sentó en el regazo de su madre y la miró con gravedad, tratando de intuir cuál era el secreto.

—¿No te han explicado en la escuela la persecución a la que se vieron sometidos los armenios hace veinte años? –preguntó Martha aún dudando si debía explicarle aquella historia a una niña de ocho años.

—Sí, claro –respondió Araxie, orgullosa de poder demostrar una vez más sus conocimientos–. Entonces reinaba un sultán malvado, Abdülhamid, creo que se llamaba. El Padre Khorem nos explicó que mató a muchos armenios por pedir la libertad.

—¿Tú sabías que tu padre y tu tío tenían dos hermanas y un hermano más?

Araxie negó con la cabeza.

—Pues ellos murieron durante esa época. Tu padre, tus abuelos y yo nos salvamos gracias a la ayuda del Padre Harutiun, que nos escondió en la cripta de la iglesia. Además, muchos de los habitantes turcos del pueblo se opusieron a las tropas que venían para matarnos. Pero sus hermanas y su hermano habían ido a la ciudad a comprar unas herramientas que necesitaban para la fragua. Las tropas del Sultán los raptaron y… nunca más los volvimos a ver. Ahora ella tiene miedo de que vuelva a suceder lo mismo. Pero tú no debes preocuparte. Estoy segura de que nada de todo aquello volverá a suceder.

—¿Está el tío Hovsep en peligro? –preguntó con la voz rota.

—No Araxie, ya te he dicho que no debes temer por nada. El tío Hovsep viene de Constantinopla y allí todo es diferente. Él es político y ahora hay algunos problemas en la capital, pero se quedará aquí un tiempo y cuando todo haya pasado volverá.

Araxie miró a su madre sin saber si debía sentirse triste o alegre por la llegada del tío Hovsep. No sabía qué era un político, y era ajena a todos los problemas que sacudían al Imperio, incapaz de imaginar siquiera los tambores de guerra que pronto resonarían por toda Anatolia. Martha vio reflejada en los grandes ojos de la niña aquella duda y la abrazó mientras le susurraba con ternura al oído:

—Mi pequeña Araxie, no debes inquietarte, Dios te quiere y no permitirá que le pase nada a mi niñita.

Araxie se quedó dormida en los brazos de su madre como cuando era pequeña, y soñó con el Ararat, la montaña mágica que anhelaba ver algún día.

Aquella noche todo asomo de tristeza pareció quedar relegado al olvido; la única que permaneció silenciosa fue Rebecca. Sus pequeños y acuosos ojos seguían ausentes, las arrugas se habían hundido creando grandes fallas en su piel y su figura se había vuelto quebradiza, envejeciendo años en pocas horas.

Hovsep no se cansó de alabar los platos preparados durante toda la cena, repitiendo una y otra vez: “En Constantinopla no se come nada parecido”. A Araxie le gustaba especialmente el pan que preparaba su madre: una masa esponjosa que se asemejaba a una tarta y que utilizaba para coger la comida de los platos que todos compartían. En Istanbul, decía el tío Hovsep, cada uno tenía su plato para comer y se utilizaban unos extraños utensilios que se llamaban tenedores que Araxie no había visto jamás. En el pueblo sólo se usaban cucharas de madera y un cuchillo que servía para cortar el pan, la carne y el queso.

Hovsep amenizó la cena con evocadoras descripciones de la gran metrópoli: opulentos palacios, iglesias inabarcables, mezquitas que tocaban el cielo con sus esbeltos minaretes, bulliciosos mercados, pero sobre todo el mar, un mar turquesa que aparecía en todos los rincones de la ciudad, envolviéndola en un delicado turbante de seda. Araxie nunca había visto el mar, lo más parecido era el pequeño riachuelo que había cerca del pueblo. No podía concebir una superficie tan extensa de agua en la que grandes barcos surcaban aguas en las que era imposible ver el fondo. Se dijo que el día que fuera a ver el Ararat también iría a ver el mar, y entonces ya lo habría visto todo.

Las nubes habían oscurecido la tenue luz lunar y diminutos copos de nieve chocaban contra la pequeña ventana. Las huérfanas ramas crujían, víctimas del viento ululante que se confundía con los desgarradores aullidos de los lobos que cantaban sus tonadas a la luna.

Aghavni no tardó en ir a dormir. Extendió su colchón junto al tonir y se llevó a dormir a sus pequeños. El resto de la familia seguía alrededor del tonir, escuchando la sugerente voz de Hovsep dibujar historias, como un experto pintor que utiliza sus palabras como pincel y los oídos como lienzo. Cuando Hovsep dio por terminada su alocución Albert tomó la palabra con gravedad.

—A pesar de todo lo que pueda decir mi hijo, no deseo ver esa ciudad del demonio, origen de todos nuestros males, donde nuestros enemigos planean los castigos que nos impondrán.

Hovsep y Bedros se miraron con complicidad. Les divertían aquellos súbitos ataques de orgullo de su padre.

—Padre, explíquenos una historia para que todos podamos deleitarnos con su sapiencia –pidió Bedros con un deje de ironía en su voz.

Albert carraspeó, orgulloso de ser el centro de la reunión. Cerró los ojos un momento para dar más trascendencia a la historia. Todos miraban expectantes al anciano, temerosos de emitir sonido alguno que rompiera su concentración y encendiera sus iras. Cuando sus cansados ojos volvieron a abrirse su expresión había cambiado y estaba totalmente inmerso en lo que se disponía a relatar.

—Hace mucho tiempo, allá por el siglo V después del nacimiento de Cristo, tuvo lugar una gran batalla en tierras armenias –empezó con voz profunda–. En aquella época los armenios estábamos bajo el yugo persa; Persia estaba gobernada por una poderosa dinastía, los Sasánidas, tan o más poderosa que el Imperio Romano. El Imperio Sasánida creía en una impía y antigua religión que rendía culto al fuego, y seguían las escrituras de un antiguo profeta llamado Zarathustra. A pesar de que intentaron convertirnos a aquella extraña religión nuestro pueblo siguió siendo fiel al único Dios. El emperador persa, alentado por los sacerdotes de la corte que odiaban a los armenios por su fe, decidió emprender una expedición de castigo para convertir a todos al zoroastrismo.

Araxie escuchaba hechizada las palabras de su abuelo. Su nariz aguileña se movía levemente al ritmo que dictaban las palabras. Los finos labios dejaban escapar los retazos de una historia que parecía materializarse al entrar en contacto con el aire estancado de la habitación. No sabía a ciencia cierta donde estaba Persia, ni conseguía situar en su plano temporal aquella lejana época, pero aquello no era impedimento para que disfrutara evocando el pasado de la mano de su abuelo.

—Nuestro pueblo, viendo el peligro que se avecinaba decidió defenderse –prosiguió Albert–, dispuesto a morir antes que renegar de nuestra fe, convencido de que el Señor se apiadaría de sus hijos. El poderoso ejército persa llegó a un lugar llamado Avarayr, donde todos los armenios con fuerzas acudieron para presentar batalla a las tropas impías. Eran menos, estaban mal armados, y tenían uno de los ejércitos más poderosos de la tierra ante ellos, pero nada de ello iba a hacerlos desistir en su empeño. Nuestros héroes lucharon denodadamente durante horas, batallando como furiosos leones, con valentía y tesón, pero al final el peso de la lógica prevaleció, y nuestro ejército fue derrotado. Fue una derrota dulce, una derrota que quedó marcada con hierro candente en nuestros corazones. La valentía con la que lucharon nuestros hombres sorprendió a los persas, que salieron diezmados, incapaces de entender como un atajo de hombres sin preparación ni armas habían conseguido plantar cara a su poderoso ejército. El emperador vio en ello un signo de que aquella religión era más poderosa de lo que jamás hubiera imaginado. En un gesto de magnanimidad decidió permitir que siguiéramos fieles a nuestras costumbres y a nuestra religión. Todos los que sobrevivieron tomaron aquella batalla como una victoria que merecía ser recordada por los siglos de los siglos.

>> Sí, perdimos, pero aquella derrota unió aún más a nuestro pueblo, que se aglutinó, conjurándose para resistir a cualquier invasor que se propusiera acabar con nuestra lengua, nuestra religión, nuestra fe, nuestra patria –Albert hablaba ahora con una encendida vehemencia. Todos lo miraban sorprendidos por el tono que había tomado su discurso, como si él realmente hubiera sido uno de los supervivientes. Sus ojos brillaban con un ardiente fulgor, reflejando las ascuas del tonir en sus claros iris verdes–. Gracias a aquellos hombres y mujeres, y a sus descendientes, aún hoy conservamos nuestras costumbres, y no serán los… –hizo una mueca de repulsión– turcos los que nos las arrebatarán.

Aquel último comentario ensombreció el ambiente jovial que había presidido la reunión. Araxie no percibió nada de todo aquello. Ella soñaba con hombres y mujeres que sólo con la fuerza de sus manos lucharon contra malvados guerreros, visualizándolos como espantosos gigantes de ojos crueles y labios babeantes. Durante unos momentos revivió aquella época, y se sintió formar parte de aquel ejército armenio que luchaba contra los invasores. ¡Cómo le hubiera gustado ser recordada por las siguientes generaciones como una heroína que dio la vida por su patria! La voz de su madre la apartó de sus ensoñaciones. Era hora de dormir. Extendió su colchón entre Marie y Siroun y se cubrió con las mantas.

Sólo quedaron despiertos el tío Hovsep, el abuelo, su padre y su hermano Hagop. Su abuela se alejó del tonir, escondiéndose en las tinieblas de una esquina para orar. Araxie se volvió de cara a la pared y recitó sus plegarias. Estaba tan cansada que se durmió apenas hubo pronunciado el último Amén.

El retorno de Sarkis

FINALES DE MARZO 1915.

Aquel domingo el ambiente que se respiraba en la iglesia distaba de ser festivo. Las noticias traídas por comerciantes y viajeros que hablaban de ataques a la comunidad armenia habían inquietado a la población. El Padre Harutiun, como guía espiritual del pueblo, había sido el primero en hacer alusión a las noticias, y dedicó una oración por las almas de los armenios asesinados por las tropas del Sultán Abdülhamid veinte años atrás. Una vez hubo terminado la oración, trató de insuflar calma a los fieles, asegurando que nada parecido volvería a suceder, aunque en su fuero interno dudara de sus mismas aseveraciones.

Cuando Araxie salió de la iglesia junto a su familia un viento gélido azotó sus mejillas; aquel día el sol no había hecho acto de presencia y todo estaba cubierto por una espesa niebla. Araxie consiguió permiso de su madre para ir a jugar con Esther. Las dos niñas se encaminaron hacia la mezquita. Araxie quería preguntar al anciano muecín el motivo del comportamiento huraño de los adultos. Cuando llegaron frente a la mezquita las puertas estaban cerradas, así que dieron la vuelta como de costumbre y llamaron a la puerta trasera. No tardaron en oírse unos pasos impetuosos y el pesado descorrer del cerrojo. Para sorpresa de Araxie y Esther no fue la bondadosa cara de Samir la que apareció, sino la ceñuda faz del Imán.

—¿Qué queréis? –las interpeló con hostilidad.

—Veníamos a hablar con el señor Samir –respondió Araxie con timidez, tratando de encontrar las palabras adecuadas en turco.

—El honorable muecín de la mezquita está ocupado y no puede perder el tiempo con vosotras. No quiero veros más por aquí –concluyó con crudeza cerrando la puerta en sus narices

Cuando ya se iban, alicaídas por el desfavorable recibimiento, oyeron de nuevo la puerta y vieron salir a la frágil figura del muecín.

—Disculpadme por el recibimiento, pero… –dijo abriendo los brazos en señal de inocencia.

Las niñas miraron la puerta entreabierta; temían que en cualquier momento pudiera aparecer de nuevo la tenebrosa figura del Imán.

—Venid conmigo –susurró Samir.

Samir las llevó a un viejo y decadente edificio contiguo a la mezquita que en tiempos pretéritos había sido utilizado como imaret para auxiliar a los necesitados.

—Aquí estaremos tranquilos y nadie nos molestará –dijo el muecín.

Entraron en una estancia desnuda en la que sólo había una larga mesa de madera y unas sillas desperdigadas en su mayoría carentes de alguna pata o de respaldo. A pesar de no haber sido usado durante años el ambiente era agradable gracias a las gruesas paredes que lo aislaban del frío exterior.

—Decidme, ¿cómo estáis? –preguntó Samir una vez hubieron tomado asiento.

—Bien –respondió Araxie–. Venimos de la iglesia. El Padre Harutiun ha hablado de los armenios que murieron hace veinte años. ¿Qué pasó hace veinte años? Yo sólo sé que hubo un malvado Sultán y que mató a muchos armenios.

Samir frunció el ceño y los tres se quedaron callados. Sólo el amortiguado ulular del viento y los solitarios mugidos de las reses penetraban en la estancia. Araxie esperaba impaciente alguna respuesta, pero Samir parecía muy lejos de allí, sus ojos estaban ahora vacíos, carentes de brillo; rebuscaba en lo más profundo de su memoria un pasado que se le antojaba muy lejano. Finalmente, y tras varios minutos que a Araxie le parecieron horas, el viejo muecín rompió su mutismo.

—Desgraciadamente esos recuerdos aún perviven hoy en día y hacen difícil la convivencia entre ambas comunidades. Durante muchos siglos, turcos y armenios vivimos en armonía, como buenos amigos que compartían un destino y una tierra, pero con el paso de los años las relaciones se deterioraron y todo estalló con la llegada al poder del Sultán Abdülhamid II –Samir parecía hablar para sí mismo con la mirada perdida–. A mí nunca me gustó, pero muchos siguieron sus preceptos, encandilados por sus palabras a favor del Islam y del retorno a la religión del Profeta. Se dejaron engañar por sus discursos tramposos. El Sultán sólo estaba interesado en el dinero de los armenios y en aplastar a ese pueblo que se había atrevido a aspirar a tener un propio país. Yo siempre he tenido amigos armenios, ya desde mi niñez compartimos juegos y vivencias, pero desde lo sucedido en 1895 las presiones de ambos bandos han acabado por separarme de ellos… No me gusta recordar aquellos tiempos aciagos. Sentí una profunda vergüenza de ser turco, viendo como muchos de nuestros fieles se comportaban con vileza y crueldad sin recordar las enseñanzas del Profeta y la paz que preside nuestra religión.

La siempre afable cara de Samir aparecía ahora tensa; tenía una mirada huidiza como si se sintiera culpable de algún pecado. Todo aquello no hizo más que acrecentar los temores de Araxie. Algo malo sucedía y nadie quería explicarle claramente de qué se trataba.

—¿Odian los turcos a los armenios? –preguntó Esther.

—Mmm… No… Es difícil de explicar. No lo entenderíais. Dejad a los adultos que decidan y disfrutad con vuestras amigas.

—¿Odian los turcos a los armenios? –suplicó Araxie.

El muecín se movió incómodo y miró con gesto abatido a los dulces ojos de Araxie, que en aquellos momentos irradiaban una fuerza y determinación impropias de una niña de tan sólo ocho años.

—No todos los turcos odian a los armenios –dijo finalmente Samir–, sólo algunos que escuchan a nuestros líderes y creen en sus corruptas palabras. Son gente envidiosa que odia a todo aquel que piense diferente, que posea más bienes que ellos. Araxie, sé que aún eres una niña pero te das cuenta de lo que sucede a tu alrededor. No te puedo esconder por más tiempo la verdad; se acercan tiempos difíciles. No me gusta lo que oigo en los cafés, no me gustan las palabras que pronuncia el Imán en la mezquita, no me gustan los vientos que soplan. Yo mismo soy culpable de mi cobardía, debería haber plantado cara al Imán y decirle que con sus incendiarios discursos sólo incita a que se propague un fuego que empieza a arder con virulencia –el muecín tenía los ojos vidriosos y su voz se quebraba, apagándose por momentos, haciendo difícil su comprensión–. Mi pequeña Araxie… tú también Esther… deberéis ir con sumo cuidado.

Araxie no comprendió en su totalidad lo que había dicho el muecín, pero intuía que su vida estaba a punto de sufrir un brusco cambio. Nunca había visto al anciano muecín tan afectado. Araxie miró a Esther que contemplaba con cara de incredulidad al muecín, incapaz de comprender el significado de sus palabras.