¿Los hombres son de marte? - Candy Halliday - E-Book

¿Los hombres son de marte? E-Book

Candy Halliday

0,0
2,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Vayan donde vayan, las gemelas Morgan causan problemas... Al ver aquella extraña nave, la doctora Madeline Morgan estuvo a punto de creer a todos los lunáticos que hablaban de ovnis. Hasta que se dio cuenta de que aquel hombre verde no era ni más ni menos que el guapísimo capitán Brad Hawkins vestido de camuflaje... ¿Cómo iba a saber ella que se había colado en una zona militar de alto secreto? ¿Y cómo iba a poder controlarse durante el arresto domiciliario... junto a Brad?

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 187

Veröffentlichungsjahr: 2017

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2003 Candace Viers

© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

¿Los hombres son de Marte?, n.º 5505 - febrero 2017

Título original: Are Men From Mars?

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-8784-8

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

Hablo en serio, Maddie. Te doy una hora más para que encuentres tu misterioso bicho y luego me voy al hotel.

La doctora Madeline Morgan, devota entomóloga, no se molestó en mirar a su hermana mayor y siguió contemplando el desierto a través de sus prismáticos. Estaba en una misión. Una misión que la había llevado de Georgia a Roswell, Nuevo Méjico, y al desierto por el que circulaban.

—No es un bicho, Mary Beth —corrigió—. Buscamos una Deva Skipper. O, si lo prefieres, una Atryonopsis Deva.

Mary Beth miró a su hermana de reojo.

—Yo creo que las únicas divas que hay por aquí están sentadas en este jeep —cuando Maddie rió, Mary Beth añadió—: Al menos una de nosotras podría ser clasificada de diva. Con lo que llevas puesto, tú pareces más bien…

—¿Alguien preparado para pasar un caluroso día de agosto en el desierto, tal vez? —Maddie bajó los prismáticos y se apoyó contra el respaldo del asiento—. Sólo a ti se te ocurriría llevar chanclas y eso para una salida como esta.

—«Eso» son unos pantalones cortos cortos —dijo Mary Beth, siguiendo con el típico intercambio fraternal—. Algo que ya sabrías si dejaras de jugar a la profesora el tiempo suficiente como para ponerte en contacto con tu lado femenino.

Maddie bajó la mirada hacia su ropa. Había elegido concienzudamente lo que consideraba un atuendo apropiado para ir al desierto. Una camisa de manga larga, que impedía que el ardiente sol quemara su delicada piel, y unos pantalones largos color caqui metidos en sus botas de montaña.

—Pero lo que sin duda completa tu atuendo es ese salacot —dijo Mary Beth con una risita—. Nada excita más a un hombre que un elegante salacot.

—Por si lo has olvidado, lo que buscamos no es precisamente atención masculina.

—Habla por ti. Yo siempre estoy buscando la atención masculina —Mary Beth sostuvo retadoramente la mirada de Maddie con sus ojos azules.

Maddie siempre pensaba que era como mirarse en un espejo. Eran gemelas idénticas, aunque Mary Beth era dos minutos mayor. Sin embargo, Maddie siempre había pensado en ellas dos como caras opuestas de la misma moneda.

Incluso de niña, a Mary Beth ya le gustaban los vestidos con volantes, las medias blancas y los zapatos de cuero con que las vestía su madre. Por su parte, Maddie solía estropear su ropa a base de andar a rastras para observar insectos de todas clases.

Según habían ido creciendo, Mary Beth se había convertido en la más sociable mientras Maddie mantenía la nariz enterrada en la enciclopedia aprendiendo todo lo posible sobre la población alada invertebrada. Mary Beth fue la animadora del equipo de baloncesto y la reina de su promoción, mientras que Maddie fue la que hizo el discurso de despedida en su ceremonia de graduación. Y mientras Maddie estudiaba entomología en la universidad, Mary Beth eligió ser actriz.

«Somos idénticas, no hay duda. Idénticamente opuestas», pensó Maddie, decidida de todos modos a ofrecer una tregua a su querida hermana.

—Te propongo un trato. No diré nada sobre tus pantalones cortos cortos y tú no harás ningún comentario sobre mi salacot.

—De acuerdo. Pero no estaba bromeando al decir que volviéramos al hotel —Mary Beth miró nerviosamente a su alrededor—. Este lugar me da miedo, y lo sabes.

Maddie tarareó la música de Expediente X.

—Muy graciosa —murmuró Mary Beth—. Pero más de una persona atestiguó el aterrizaje de una nave espacial en Roswell en 1947. Algunos incluso aseguran haber visto los cuerpos de unas pobres criaturas del espacio que nuestro gobierno se dedicó a diseccionar para su diversión.

—Y después de cincuenta años de investigación el gobierno ha llegado a la conclusión de que lo que vio toda aquella gente fue un globo sonda.

Mary Beth miró a su hermana con asombro.

—¿No crees que haya vida inteligente en algún otro lugar?

Maddie sonrió traviesamente.

—La mayor prueba de que existe otra vida inteligente es que nunca han intentado ponerse en contacto con nosotros.

Ambas hermanas rieron antes de que Maddie palmeara el hombro de su gemela.

—Me alegra que hayas venido conmigo a este viaje. Ahora que estás en Los Ángeles apenas nos vemos.

—Si quieres salir en las películas, tienes que estar donde se desarrolla la acción —fue la tópica respuesta de Mary Beth.

—Lo sé —dijo Maddie con un suspiro—. Pero mamá, papá y yo te echamos mucho de menos. Aunque debo admitir que a mí tampoco me ven mucho. He estado tan atareada trazando la ruta migratoria de la mariposa Deva Skipper que apenas tengo tiempo para comer y dormir.

—¿Y qué pasa si encontramos al bicho?

—La mariposa —corrigió Maddie de nuevo—. Es una especie rara. Al parecer ha sido vista en el sureste de Nuevo México, pero no está confirmado. Si lograra encontrar una, ayudaría a preservar futuras colonias.

—¿Y a que progreses en tu carrera, por ejemplo? —dijo Mary Beth con una sonrisa acusadora—. ¿Lo suficiente como para que te elijan para ese equipo de investigación del que tanto deseas formar parte?

—Mentiría si dijera que no mataría por entrar en el equipo que dirige mi jefe y que investiga sobre…

—¿Sobre por qué un viejo carcamal como él no consigue una cita?

Por primera vez, Maddie dedicó a su hermana una severa mirada.

—De acuerdo, de acuerdo. No te enfurruñes —dijo Mary Beth mientras pisaba el acelerador—. Buscaremos un poco más, pero no pienso quedarme aquí después de que anochezca.

—¿Temes que nos rapten? —bromeó Maddie.

—No —dijo Mary Beth, y rió—. Lo que temo es que no lleguen a raptarte nunca si esta es tu idea de cómo pasar unas vacaciones de verano.

Maddie apartó la mirada.

—No era una invitación para que me des otro sermón sobre mi vida amorosa.

—¿Qué vida amorosa? ¿O acaso has decidido por fin que el celibato es un destino demasiado triste incluso para una adicta al trabajo como tú?

Maddie tomó de nuevo sus prismáticos y se negó a contestar.

—Espero que sepas que te estás engañando a ti misma. Crees que estás a salvo oculta tras las paredes de la universidad jugando a la profesora, pero algún día aparecerá un tipo que te volverá loca.

—Me aseguraré de avisarte en cuanto suceda.

—Pero no será un genio como esos profesores con los que andas. Será un hombre de pies a cabeza, todo músculos. Y te gustará tanto que incluso tú querrás bailar desnuda en la CNN sólo para llamar su atención.

Maddie rió a pesar de sí misma.

—Además —añadió Mary Beth con un suspiro—, no nos estamos haciendo más jóvenes, como ya sabrás. Los treinta se acercan y…

—La edad tampoco es un tema del que me moleste en hablar.

—Ni a mí, pero no soporto verte malgastar la vida como ha hecho tu reverenciado doctor Fielding. ¿Qué ha conseguido realmente dedicándose a su carrera como lo ha hecho? Cuando esté listo para retirarse, dudo que quede algo de vida en su vieja oruga… si sabes a que me refiero.

—¡Mary Beth!

—Lo siento, pero ese hombre me produce escalofríos. Cualquiera que haya dedicado su vida a estudiar la vida sexual de la mosca tsetsé tiene que tener un problema mental grave. Y lo que más me asusta es que tu única meta en la vida parece ser seguir sus pasos. ¿No quieres tener una familia algún día, Maddie? ¿No quieres…?

—¡Calla! —Maddie tomó el brazo de su hermana y señaló hacia delante—. Sube la colina. He visto algo cerca de esos cardos. Acércate.

Mary Beth hizo lo que su hermana le había dicho.

—No te acerques demasiado —advirtió Maddie mientras contemplaba a través de los prismáticos unos arbustos que crecían junto a una valla que surgió de pronto como de la nada.

—¿Es eso una valla? —susurró Mary Beth, y tomó los prismáticos que acababa de dejar su hermana.

Maddie ignoró la pregunta y se colgó su cámara Nikon del cuello. Tras tomar una pequeña red del asiento trasero se dispuso a bajar del jeep, pero su hermana la sujetó de la mano y señaló un cartel sujeto a la valla a la vez que le daba los prismáticos.

—Echa un vistazo. Ya te advertí que no deberíamos haber salido de la carretera principal. Esto es propiedad del gobierno. Creo que deberíamos irnos de aquí cuanto antes.

Maddie miró con los prismáticos el gastado cartel, aunque su aspecto era lo suficientemente oficial como para causarle cierta preocupación.

Propiedad del Gobierno. Prohibida la entrada. Violar la prohibición supondrá ser oficialmente acusado.

A pesar de que el cartel no dejaba lugar a dudas, Maddie tomó su decisión cuando volvió a mirar el arbusto y captó de nuevo un revoloteo en su interior.

—No voy a pasar la valla —dijo—. Sólo me llevará un momento capturar al espécimen.

—Creía que habías dicho que esas mariposas son muy raras. ¿Y ahora vas a capturar una? ¿No es eso ir contra tu propia causa?

—La Deva Skipper sólo vive unas semanas —susurró Maddie—. Por eso es casi imposible encontrar una. No tengo intención de hacerle daño, ¿pero cómo voy a salvar otras colonias si no puedo demostrar para empezar que la Deva ha estado aquí?

Mary Beth frunció el ceño.

—Todos los científicos sois iguales, ¿no? Siempre empeñados en atrapar un espécimen. Seguro que eso fue lo último que oyeron los hombrecitos verdes. «Sentimos tener que sacrificaros, pero tenemos que conseguir ese espécimen».

—Ahórrate el drama para una película —dijo Maddie mientras bajaba del jeep—. Volveré enseguida.

Maddie ascendió la colina junto a la valla con la red sujeta en una mano. Tembló de anticipación mientras se acercaba, maravillada ante la belleza de una de las criaturas más delicadas de la naturaleza.

Era una Deva Skipper. Ya no le cabía ninguna duda.

Y la tenía al alcance de la mano.

Ajustó el zoom de su cámara, tomó unas fotos y siguió avanzando. Estaba perfectamente preparada para atrapar a la mariposa sin hacerle daño. Estaba a punto de hacerlo cuando la pequeña Deva alzó el vuelo y fue a parar al lado equivocado de la valla.

Sin pensárselo dos veces, Maddie saltó al otro lado. Podía oír a Mary Beth gritando tras ella, pero hizo caso omiso.

—¡Maddie! ¡Vuelve aquí! Lo digo en serio. ¿Me oyes?

—Te oigo —murmuró Maddie para sí—. Llevas toda la vida dándome órdenes, pero esta vez no pienso irme sin conseguir lo que busco.

Avanzó sigilosamente con la red dispuesta.

—Vamos, pequeña Deva —susurró, pero cuando los gritos de Mary Beth se volvieron más fuertes miró por encima del hombro y vio el pánico que reflejaba el bonito rostro de su hermana.

De hecho, Mary Beth había saltado del jeep y movía los brazos por encima de su cabeza como si se hubiera vuelto loca. Maddie también movió un brazo, impaciente, para indicarle que se calmara pero, de pronto, una gran sombra cayó sobre ella y bloqueó el sol.

Sorprendida, miró a lo alto y se quedó sin aliento. Un enorme objeto de metal flotaba sobre ella; el extraño aparato volador no hacía más ruido que la mariposa que había volado al lado equivocado de la valla.

Más curiosa que asustada, Maddie tomó de inmediato su cámara. Aún estaba apretando frenéticamente el disparador cuando el aparato descendió, cegándola al instante con una nube de arena y polvo.

Cuando algo la tomó por la cintura y la alzó en el aire, un grito estrangulado escapó de su garganta.

En menos tiempo de lo que tardó en preocuparse por la seguridad de su hermana, oyó el fuerte golpe de una puerta al cerrarse. Enseguida se encontró boca abajo sobre un frío suelo de metal, tosiendo a causa del polvo y sin saber todavía qué la retenía. Lo que si notó fue que el aparato se alejaba a algún destino desconocido.

—¡Suéltenme de inmediato! ¡Exijo que me suelten! —empezó a luchar a la vez que trataba de soltarse con tal fervor que el elástico de su salacot se soltó y su pelo rubio y largo quedó expuesto.

—¡Cielo santo, capitán! —dijo una sorprendida voz por encima de ella—. Parece que nuestro espía es una mujer.

Más enfadada que en toda su vida, Maddie se irguió en cuanto se notó libre de la fuerza que la retenía contra el suelo. Y sólo tardó unos segundos en confirmar que realmente había sido atrapada por unos misteriosos hombres verdes.

Concretamente, era el verde del uniforme de camuflaje de las fuerzas aéreas de los Estados Unidos.

Y Maddie estaba dispuesta a entrar en guerra con el responsable de haberle hecho perder lo que podría haber sido el mayor descubrimiento de su carrera como entomóloga.

 

 

El capitán de las fuerzas aéreas Brad Hawkins volvió la cabeza a tiempo de ver un dedo moviéndose a cien kilómetros por hora mientras su prisionera lanzaba una perorata a su copiloto.

¿Tenía aspecto de la típica espía?

Por supuesto que no.

Más bien parecía una niña enfadada, con las mejillas coloradas, el pelo revuelto y la barbilla alzada con gesto de desafío. Su rasgos faciales eran clásicos. Sus ojos azules. Y tenía un cuerpo lleno de curvas que su uniforme de Doctor Livingstone apenas podía ocultar.

Era preciosa.

Y aunque se dijo que su reacción sólo se debía a la conmoción de haber encontrado a una mujer en una propiedad aislada del gobierno, necesitó varios segundos para apartar la mirada.

Volvió a centrarse en maniobrar el carísimo prototipo de helicóptero que estaba pilotando y lo dirigió hacia la base aérea cercana a Roswell que las Fuerzas Aéreas estaban utilizando para hacer pruebas. La mujer seguía protestando a sus espaldas, sin parar de hablar de… ¿mariposas? ¿Había oído bien? ¿Y algo sobre una hermana aterrorizada? ¿Sería la que se había alejado, en medio de una nube de polvo, tan deprisa que apenas había tenido tiempo de captar un destello del jeep rojo?

Tomó el micrófono de la radio.

—Hay una turista sospechosa en un jeep rojo junto al perímetro sur —dijo—. Atrápenla de inmediato. Háganlo con rapidez y discreción. Nos vemos en la base —concluyó antes de maldecir entre dientes.

Había asumido que habían topado con algún periodista curioso. Alguien a quien le hubiera llegado el rumor de que las Fuerzas Aéreas estaban haciendo algo más que maniobras rutinarias en la base. Por eso había tomado la decisión de atrapar al intruso. Planeaba llevarlo a la base, destruir la película y luego amenazarlo con una seria denuncia.

¿Pero quién habría sospechado que tres semanas antes de acabar las pruebas con el helicóptero más moderno del mundo, una mujer con un salacot y su hermana se entrometerían en la operación amenazando con mandarla al garete?

—Y otra cosa. Si creen que voy a pasar por alto el modo salvaje con que me han tratado, están muy equivocados. Soy la doctora Madeline Morgan, y para su información, soy entomóloga, no espía. ¡Tan sólo estaba investigando una especie de mariposa en peligro de extinción cuando me han abducido!

¡Una entomóloga!

Brad nunca habría imaginado que su encantadora prisionera fuera una maniática de los insectos. Sobre todo con el sexy acento sureño que tenía. Sin embargo, su poco habitual profesión hacía que resultara aún más intrigante.

Por desgracia, la identidad de su prisionera sólo serviría para añadir otro clavo a su ataúd. Una cosa era atrapar a un reportero chismoso con la cámara apuntando hacia un aparato secreto, y otra muy distinta secuestrar a una conocida entomóloga que se limitaba a investigar sobre una mariposa. Apretó con fuerza los controles mientras pensaba en las consecuencias.

Aunque lo cierto era que ella se lo había buscado. Tal vez podría haber pasado por alto el hecho de que hubiera entrado sin permiso en una zona de acceso restringido, pero había sido su cámara lo que había sellado su destino. Si hubiera reaccionado como la mayoría de la gente y hubiera salido corriendo, no habría tenido motivos para molestarla.

De hecho, el motivo por el que estaban haciendo las pruebas en la vieja base de Roswell había sido la relación de ésta con el fenómeno OVNI. La gente esperaba ver objetos extraños volando por allí. Y daba lo mismo que los avistamientos fueran reales o imaginados. Roswell dependía de los avistamientos de ovnis como principal atracción turística, y gran parte de su economía estaba basada en ellos.

Pero no podía tolerarse que un civil tomara fotos de la aeronave más secreta del ejército de los Estados Unidos. Sobre todo porque aquellas fotos podían caer en las manos equivocadas.

«He tomado la decisión correcta», se dijo Brad mientras aterrizaba con el Black Ghost en el helipuerto.

Soltó su cinturón de seguridad, se levantó y se volvió hacia la parte trasera, donde se hallaba su descontenta prisionera. Aún estaba sentada en el suelo y había apartado el pelo de sus ojos color azul oscuro, que en aquellos momentos tenía abiertos como platos. Desafortunadamente, los carnosos labios en los que ya se había fijado Brad se habían transformado en una tensa línea.

—Soy el capitán Brad Hawkins, de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos —dijo con tanta autoridad como pudo, y extendió su mano hacia ella.

 

 

Maddie dudó un momento mientras contemplaba la imponente figura que se erguía ante ella. No había duda de que aquel hombre era guapo. Sin embargo, tras mirarlo atentamente decidió que calificar a aquel hombre de guapo habría sido lo mismo que decir que la brillante mariposa Monarca era una polilla de colores, o que el monte Everest era una colina del Himalaya. Tenía el pelo negro y lo llevaba muy corto, estilo militar. Una incipiente barba cubría su mandíbula. La ceñida camiseta que vestía y los pantalones de camuflaje enfatizaban un cuerpo en plena forma, y sus brazos… ¡menudos brazos! Eran ideales para estrechar a una mujer entre ellos y…

Maddie recordó de pronto las palabras de su hermana. «Un hombre de pies a cabeza, todo músculos…»

Se estremeció al pensarlo.

Reacia, aceptó la mano del capitán y se puso en pie. Apenas le llegaba a los hombros y, sin saber muy bien por qué, se ruborizó.

«¿Qué me pasa?», se preguntó, preocupada. No había duda de que el capitán era un hombre muy atractivo. ¿Y qué? Debería estar dándole patadas en las espinillas por haberla secuestrado y por haber asustado a su hermana de aquella manera. Además, lo más probable era que hubiera destrozado definitivamente sus posibilidades de encontrar a la Deva Skipper, y con ello, una de las mejores oportunidades que había tenido nunca en su profesión.

¡Y allí estaba, comportándose como una adolescente encaprichada!

«¡Debería darte vergüenza!», se reprendió a la vez que erguía los hombros.

—Soy la doctora Madeline Morgan, capitán Hawkins —dijo—. Y estoy segura de que el coronel, el general, o quien sea que esté a cargo de esto se quedará consternado cuando se entere de lo mal que ha tratado a una ciudadana indefensa y cumplidora de las leyes.

Las cejas de Brad se alzaron ligeramente.

—¿Cumplidora de las leyes? —repitió en tono burlón—. Dudo que mi jefe opine lo mismo cuando sepa que ha entrado sin permiso en una propiedad privada del gobierno.

Estaba jugando con ella y Maddie lo percibió en el brillo de sus ojos marrones. Eran unos ojos soñadores, que la estaban mirando tan intensamente que volvió a ruborizarse.

«Está flirteando abiertamente conmigo», se dio cuenta de pronto. Y aunque aquello la halagó en un aspecto, la irritó en otro.

—Prefiero que sea su jefe quien decida eso, capitán Hawkins —replicó con rapidez antes de añadir—: Y si me acompaña a su despacho, preferiría tratar directamente del tema con él.

Brad dudó un momento, aparentemente divertido por el hecho de que Maddie estuviera cuestionando su autoridad.

—Antes necesito verificar que es quien dice ser. ¿Puede enseñarme algún tipo de identificación?

—Mi bolso se ha quedado en el jeep, con mi hermana, a la que estoy segura de que han dado un susto de muerte cuando su soldadito me ha atrapado y me ha tirado al suelo de su… —Maddie miró a su alrededor antes de añadir—… su estúpido lo que sea este aparato.

Brad miró a su copiloto, que de pronto parecía haber encontrado algo realmente interesante en la punta de su bota.

—¿Y a qué viene esa tontería de los espías? —continuó Maddie con las manos en las caderas—. Écheme un buen vistazo, capitán. ¿Le parece que tengo pinta de espía?

Cuando el capitán la miró atentamente de arriba abajo, Maddie lamentó haber dicho aquello. Seguro que estaba pensando que tampoco tenía aspecto de profesora, cosa que era cierta. Gracias a él y a su compañero debía tener una pinta deleznable.

Nuevamente enfadada, miró brevemente la puerta metálica que había a su izquierda y se movió hacia ella. Pero no lo hizo con la suficiente rapidez, pues el capitán se interpuso en su camino antes de que lo lograra.

«¿Y ahora qué?», se preguntó, temiendo por primera vez que sus credenciales no bastaran para sacarla de aquella situación.

Brad no se molestó en admitir que ya la había mirado atentamente. No creía que estuviera mintiendo sobre su identidad. Incluso la forma de comportarse de Maddie revelaba que estaba acostumbrada a dar órdenes en lugar de a recibirlas. Pero la doctora Morgan estaba en su territorio, y cuanto antes reconociera que el que mandaba allí era él, mejor les iría a ambos.

A pesar de todo, no pudo evitar fijarse en que su belleza era genuina. Nada de maquillaje ni joyas. Ninguna de las cosas que la mayoría de las mujeres solían considerar necesarias para resultar atractivas. Y la confianza en sí misma que demostraba no se limitaba a su aspecto. Lo había demostrado al encaminarse hacia la puerta, lo que implicaba que mantenerla retenida hasta que decidiera qué hacer con ella no iba a ser fácil.

«Hora de jugar duro», decidió.