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Pensaban que estaban a salvo. Se equivocaron. Para la detective Kim Stone, el homicidio de una joven prostituta y la aparición de un bebé abandonado en la misma noche de invierno señalan el comienzo de una inquietante investigación, una que la pondrá frente a frente con alguien de su horrenda infancia. Cuando otras trabajadoras sexuales del Black Country son asesinadas en rápida sucesión y de maneras cada vez más violentas, Kim y su equipo se dan cuenta de que el crimen inicial no ha sido un aislado ataque frenético, sino la obra de un retorcido asesino en serie que se está aprovechando de las más vulnerables. Paralelamente, se busca a la mujer que ha dejado a su hijo recién nacido en la comisaría. Pero lo que a primera vista parece un abandono trágico y desesperado pronto empieza a tomar un cariz aún más siniestro. Cuando otra chica joven desaparece, la detective Kim Stone y su equipo se adentran cada vez más en un mundo oculto y horrible, donde un enfrentamiento pone en peligro la vida de la propia detective y amenaza con sacar a la luz secretos de su pasado. Mientras Kim lucha contra sus propios demonios, ¿conseguirá detener al asesino antes de que se cobre otra vida? «Una vez más, Angela Marsons da en el clavo y nos ofrece una lectura de cinco estrellas […] Me ha tenido absolutamente enganchada hasta el impactante final. De verdad, la autora sabe cómo mantenerme en vilo hasta el último puñetazo, que ha sido de nocaut». By The Letter Book Reviews ⭐⭐⭐⭐⭐ «Oportuno, contundente y emocionante de leer […] Una vez más, un libro impecable de Angela Marsons. Creo firmemente que, en este género, [Marsons] juega en su propia liga». Book Addict Shaun ⭐⭐⭐⭐⭐ «Para mí, Marsons es la reina (con mayúsculas) de este género. Sabe cómo poner el toque humano a cada historia. La adoro, simple y llanamente. Es fabulosa». Postcard Reviews ⭐⭐⭐⭐⭐ «Una vez más, Angela Marsons te arrastra dentro de la historia y te deja encerrado ahí hasta la última palabra. Con toda franqueza, puedo decir que este es mi libro favorito de la mejor serie británica de novela negra que he leído. Si pudiera, le daría seis estrellas». Reseña en Goodreads ⭐⭐⭐⭐⭐
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Seitenzahl: 453
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Los huesos rotos
Los huesos rotos
Título original: Broken Bones
© Angela Marsons, 2017. Reservados todos los derechos.
© 2023 Jentas A/S. Reservados todos los derechos.
ePub: Jentas A/S
Traducción: Jorge de Buen Unna
ISBN: 978-87-428-1253-2
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin la autorización escrita de los titulares de los derechos de la propiedad intelectual.
Esta es una historia ficticia. Los nombres, personajes, lugares e incidentes se deben a la imaginación de la autora. Cualquier semejanza con hechos, lugares o personas vivas o muertas es mera coincidencia.
Otras obras de Angela Marsons
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De la serie de la detective Kim Stone:
Grito del silencio
Juegos del mal
Las niñas perdidas
Juegos letales
Hilos de sangre
Almas muertas
Otras obras:
Dear Mother (publicada anteriormente bajo el título de The Middle Child)
The Forgotten Woman (publicada anteriormente bajo el título de My Name Is)
Dedicación
Este libro está dedicado a mi abuelo, Fred Walford, quien nos fue arrebatado demasiado pronto.
Me habría gustado conocerte mejor.
Prólogo
Black Country: Navidad
Lauren Goddard estaba sentada en el tejado del edificio de trece plantas. El sol invernal dibujaba un entramado en sus pies descalzos, que colgaban por el borde. Una brisa fría le mordía los pies ondulantes.
La parrilla protectora se había instalado hacía unos años, después de que un padre de siete hijos se lanzara al vacío. Y Lauren, a los once, ya se había robado unos alicates de una de esas tiendas de baratijas para abrirse un punto de acceso a la estrecha cornisa, su lugar de reflexión. Desde este conveniente punto podía admirar, a la distancia, la belleza de las colinas Clent y cegarse a la húmeda y mugrienta realidad de abajo.
Hollytree era el lugar a donde te enviaban mientras se hacía una limpieza de primavera en el infierno. Las familias problemáticas de todas las Tierras Medias Occidentales eran expulsadas de otras urbanizaciones e instaladas en Hollytree. Era la capital del desplazamiento. Las comunidades de todo el municipio respiraban aliviadas cada vez que una familia era desalojada. Nadie tenía el menor interés en saber a dónde iban a dar. Bastaba con que se hubieran ido para añadir un ingrediente más al crisol cultural.
Alrededor de la urbanización había un claro perímetro que la policía cruzaba raras veces. Era un lugar donde los acosadores sexuales, los pederastas, los ladrones y las familias sujetas a órdenes de comportamiento antisocial se reunían en una gran arena. Así, la policía los vigilaba solo desde el exterior.
Pero hoy había paz en todo el complejo, lo que daba la ilusión de que las actividades normales, es decir, el robo, la violación y el acoso, habían entrado en pausa gracias a la Navidad. Pero qué mierda; todo seguía en marcha, solo que con el discurso de la reina como telón de fondo.
La madre de Lauren iba de un lado al otro del sombrío piso, arrastrando los pies, con un vaso de ginebra en la mano. En favor del acontecimiento, no hacía más que llevar, alborotada alrededor del cuello, una guirnalda de espumillón, mientras iba dando tumbos del salón a la cocina a rellenar el vaso.
Lauren ya no esperaba recibir un regalo ni una tarjeta. Había hablado alguna vez de las emociones de sus amigas, de cuánto disfrutaban los regalos, las risas, la cena al horno, el calcetín lleno de chocolates.
Su madre se había reído. Le había preguntado si ese era el tipo de Navidad que Lauren quería.
Y ella, con todo candor, había dicho que sí con la cabeza.
La mujer había puesto la televisión en el canal Hallmark y le había dicho: «sírvete».
La Navidad ya no significaba nada para Lauren. Pero, al menos, tenía este lugar: su pedacito de cielo. Su sitio seguro para siempre. Su escape.
Vino a este lugar a desaparecer, sin que nadie lo notara, cuando tenía siete años, un día que su madre estaba muy borracha.
¿Cuán afortunada había sido de ser la única de cuatro hermanos a quien la madre tuvo permiso de conservar?
Y vino aquí, a escapar, cuando el compañero de parrandas de su madre, Roddy, empezó a meterle la mano por la entrepierna y a babearle el cabello. Su madre se lo quitó de encima, furiosa, y le gritó al tipo algo acerca de su plan de jubilación. Lauren no lo había entendido entonces, cuando tenía nueve años, pero ahora sí.
Y lloró en este lugar el día de su cumpleaños dieciséis, cuando su madre la introdujo en el negocio familiar y le presentó a Kai Lord, su proxeneta.
Y estuvo aquí dos meses antes, cuando él, por fin, la encontró.
Y, aquí mismo, ella lo había mandado a tomar por culo.
No quería que nadie la salvara. Era demasiado tarde.
Dieciséis años y ya era jodidamente tarde.
Muchas veces había fantaseado con la sensación de dejarse llevar por el viento. Se había visto a sí misma flotando de aquí para allá, haciendo el suave viaje hasta el suelo como la descarriada pluma de un pichón. Había imaginado la sensación de ingravidez tanto de su cuerpo como de su mente.
Lauren inhaló hondo y exhaló. En pocos minutos le llegaría la hora de ir a trabajar. Aguacero, aguanieve, nieve, Navidad… No había nada que mantuviera a los puteros alejados. El comercio podía marchar con lentitud, pero no faltarían negocios. Siempre los había habido.
No oyó la puerta del tejado cuando se abrió ni los pasos que lentamente se dirigían hacia donde estaba.
No vio la mano que la empujó.
Solo vio el suelo que se precipitaba hacia ella.
Capítulo uno
—¿Estás de coña? —exclamó Kim al salpicadero de su Golf de once años—. O sea, ¿de veras? —gritó mientras giraba el contacto una vez más.
Cualquier leve esperanza de que su pataleta persuadiera al coche de arrancar se desvaneció por fin. El acumulador había llorado sus últimos dolorosos lamentos antes de morir por completo.
Se quedó sentada por un momento, frotándose las manos. Esa obstinada oposición a circular no tenía por qué sorprenderla; su coche había estado en el aparcamiento desde las siete de la mañana, con temperaturas que no habían superado los dos grados bajo cero. Catorce horas había tenido el Golf para planear su venganza.
—Maldito seas —le dijo, y abrió la puerta.
Tendría que regresar a la comisaría y pedir un taxi. Vaya, ya podía imaginarse el gesto de satisfacción en el rostro de Jack. Ella había sonreído ante la incapacidad del hombre para hacer entrar en razón a un borracho que insistía en llamarse Papá Noel; con dos semanas de retraso, pero el tipo era insistente.
Estaba preparada para comprobar el regocijo de Jack en cuanto ella pusiera un pie en la comisaría.
En eso, la puerta se abrió hacia fuera, de golpe, y dos policías de uniforme negro salieron del edificio como una estampida. Uno siguió corriendo, mientras el otro bajaba la velocidad y se disculpaba.
—Perdone, seño —dijo—, choque en cadena de cinco en la salida de la autopista.
Kim hizo una señal de asentimiento y se apartó.
Los policías se metieron dentro del coche patrulla, encendieron las luces azules y salieron disparados del aparcamiento. En el camino encontrarían poca resistencia de otros vehículos, a pesar de que era sábado por la noche. La mayoría de las personas sensatas estaban en casa viendo la televisión con una bebida caliente y reconfortante. En sus casas estaban los otros miembros de su equipo, y ahí era a donde ella esperaba dirigirse. Maldito coche.
Por suerte, Barney, después de su reciente paseo, disfrutaba del fuego de una chimenea de cuatro quemadores a gas en casa de Charlie. Cuando las jornadas eran largas, su vecino septuagenario pasaba por la casa de Kim para hacerse cargo del perro.
«Pronto iré a por ti, chico», le prometió en silencio, mientras cruzaba el espacio que había dejado el veloz coche patrulla.
Frunció el ceño cuando descubrió una forma extraña contra la pared del edificio. Sabía lo que eso parecía, «pero no ha de ser, seguramente», pensaba mientras se acercaba cautelosa. Encogido en una equina, el objeto había pasado inadvertido para los policías distraídos que salían de la comisaría a toda leche para atender un choque en cadena.
La temperatura exterior quedó súbitamente en el olvido cuando el hielo empezó a correr por sus venas.
—No me jodas —susurró, y avanzó otros dos pasos.— Ay, mierda —dijo en cuanto llegó a donde había luz.
Capítulo dos
Kelly Rowe caminaba a lo largo de la calle Tavistock, tratando de permanecer visible, mientras esquivaba unos copos de nieve que se habían espesado durante las últimas dos horas y que ahora la embestían en diagonal.
El viento frío se arremolinaba entre sus piernas desnudas. La minifalda de mezclilla le protegía la piel apenas hasta medio muslo.
El resto de las chicas se había escabullido lentamente desde las diez. Solo Sally Summers, una de las prostitutas más viejas, permanecía esperanzada en lo alto de la calle.
La nieve no era buena para el negocio.
Sacó el móvil e hizo una llamada. Su madre le contestó al tercer timbrazo.
—Hola, mamá, ¿todo bien?
—Sí. Por fin, Lindy se fue a dormir a las diez. Estuvo insistiendo en que solo necesitaba otra galleta.
Kelly dejó que la tibieza la invadiera. Para ser una niña de cuatro años, Lindy era astuta y marrullera, y usaba esas habilidades muy efectivamente con su abuela. Vaya, cuántas ganas tenía de irse a casa y acurrucarse en la cama a un lado de su pequeña; de sentir sus manitas regordetas entre las suyas.
Nada en el mundo era tan malo mientras abrazaba a Lindy.
Quería, pero no podía.
Una parte suya tenía la secreta esperanza de que su hija estuviera despierta, desazonada, para poder hablar con ella y asegurarle que pronto estaría en casa. Tan solo por oír su voz.
—¿El club ha estado muy ocupado esta noche, Kel? —le preguntó su madre, llenando el silencio.
Kelly cruzó los dedos y cerró los ojos. En la mente de su madre, Kelly pasaba tres noches a la semana atendiendo la barra de un club nocturno en Stourbridge. La verdad le destrozaría el corazón.
—Sí, todavía quedan algunos. He salido a fumarme un pitillo.
—Muy bien, cariño. Venga, ten cuidado al venir a casa. Esto se está poniendo feo.
—Sí, madre, gracias —dijo Kelly, y colgó.
De haberse quedado en el teléfono un poco más, la madre habría notado cómo las lágrimas le cerraban la garganta. Por enésima vez, maldijo su propia terquedad. Si tan solo se hubiera tragado el orgullo hacía dieciocho meses, hoy no estaría en esta situación.
Nunca esperó verse soltera y embarazada a los diecisiete años y, que Dios la perdonara, a una hora de abortar. Pero, en el último minuto, contra todos los deseos de su madre, había decidido no hacerlo. Desde entonces, los arrepentimientos no habían visitado su mente ni por un segundo.
Estaba absolutamente decidida a cuidar a su hija, y no le había ido mal. Había conseguido un trabajo administrativo y un pequeño piso de dos dormitorios en Netherton, lo suficientemente grande para Lindy y ella. El alquiler era más o menos asequible, siempre y cuando comprara con lucidez; es decir, siempre y cuando escogiera, al final de la jornada, bienes de precio rebajado.
Dos años y medio más tarde, había perdido su trabajo como administradora de cuidados domésticos. Las deudas empezaron a acumularse. Cada sobre que caía en su felpudo era de color rojo. La desesperación la venció, finalmente, el día que le cortaron la luz.
Fue su vecina, Roxanne, quien, para ayudarla, le sugirió que aceptara un préstamo de Kai Lord. Este enigmático hombre del África Occidental le ofreció a Kelly mucho más de lo que necesitaba, pero insistió en que debía aceptar «por la pequeña».
Por un breve tiempo, había pensado en pedir ayuda a su madre, pero esta se había mostrado muy crítica ante la decisión de Kelly de marcharse de casa tan pronto. La consideraba incapaz de cuidar sola a su hija. Por lo tanto, regresar a la madre para pedirle dinero era admitir su derrota.
En las oficinas de ayuda social, un hombre torvo y maloliente la había ayudado a llenar una solicitud, antes de aclararle que pasarían, cuando menos, dos semanas para que el pago quincenal de doscientas libras empezara a caer regularmente en su cuenta. Le explicó que no disponían de pagos de emergencia.
Así que, sin electricidad, con los pagos del alquiler atrasados y apenas algo que comer en la despensa, había aceptado el dinero de Kai. Las mil libras, completas, y con eso había puesto todas las cuentas al día. Tres semanas más tarde, vinieron a reclamarle el pago del préstamo. Con todos los intereses. Un total de casi tres mil libras, el triple de lo que le habían prestado.
Como no podía pagar, Kai se enfureció. Le dijo que sus asociados no estarían nada contentos y que, aunque él jamás le haría daño a «la pequeña», no podía garantizar la seguridad de Kelly ante la gente a quien había vendido la deuda. Pero le ofreció una salida, y a ella no le quedó más remedio que aceptarla.
El primer cliente había sido el peor, pero la necesidad y la desesperación significaban que tenía que seguir adelante.
Después de las primeras veces, había encontrado el modo de desconectarse del acto y llevar su mente a otros lugares.
Y todo por nada, de cualquier manera, puesto que se había visto obligada a mudarse con su madre. No había conseguido trabajo antes de que el préstamo de Kai Lord se agotara.
Pero, cada vez que se subía a un coche, estaba a un paso de recuperar la libertad. Ya tenía un plan para el futuro: permanecer con su madre el tiempo necesario hasta encontrar un trabajo respetable, ahorrar algo de dinero y mudarse en cuanto estuviera bien preparada.
Un coche giró hacia la calle Tavistock. Por la velocidad, sería un gamberro que venía muy despacio.
Ella salió a la calle y miró de derecha a izquierda.
El putero la vería a ella antes que a Sally, que estaba al final de la calle.
Se irguió contra el viento cortante, con los copos de nieve derritiéndose en su piel desnuda. Se acercó al bordillo e inclinó la cabeza en un gesto sugerente.
El coche se detuvo a su lado.
Ella sonrió y se subió.
Capítulo tres
—Este… Es un bebé, seño —habló Jack detrás de la mampara de cristal blindado.
—¿Te das cuenta de que estás desaprovechado en tu papel de vigilante, sargento? —le soltó Kim. Ella ya se había dado cuenta de que era un bebé. Solo quería saber qué pensaba hacer Jack al respecto.
—Vaya. Lo que sí sé, seño, es que no lo traías contigo cuando te fuiste, hace diez minutos.
Ella entrecerró los ojos.
—Qué gracioso, Jack. Bien, ábreme para que puedas…
—No puedo quedarme con él aquí, seño —dijo, poniéndole un alto.
—Jack, por favor, deja de joder y coge este…
—En serio —dijo él, agitando la cabeza—. Estoy esperando dos coches patrulla y una furgoneta. Vienen de una pelea que se salió de control donde las patatas fritas.
«Ni hablar», pensó Kim. Definitivamente, eso lo tendría ocupado durante unas cuantas horas.
—Vale, simplemente pidámosle a alguien que baje…
—Por supuesto, seño. Solo déjame llamar a la guardería de veinticuatro horas que está en la tercera planta.
—Jack… —lo alertó.
Él abrió las manos y se encogió de hombros expresivamente.
Tampoco es que Kim estuviera segura de qué quería que él hiciera, pero el asa del asiento para coches empezaba a enterrársele en la mano.
—Ábreme —espetó—. Y llama de inmediato a los servicios sociales.
—Enseguida, seño —dijo él, y cogió el teléfono.
Kim se dirigió al despacho que había dejado a oscuras no hacía ni quince minutos.
Dejó el asiento para coches en el escritorio de Bryant y encendió el radiador. Por suerte, el calor de la habitación no había desaparecido del todo.
—Vale, ¿y, ahora? —preguntó de pie, frente al escritorio, con las manos en las caderas.
La carita arrugó la nariz y siguió durmiendo profundamente.
Kim inclinó la cabeza.
—Bien. Voy a explorarte en busca de pistas —dijo en voz baja.
Retiró el chal de encaje con que habían envuelto los brazos y las piernas del bebé: cuatro vueltas, como a una momia. Bajo el chal, la criatura llevaba puesto un pelele color limón con pies, capucha y orejeras. Kim palpó alrededor del cuerpo, pero no encontró nada más. Con mucho sigilo, abrió el cierre de la silla y tocó la cremallera del pelele. Se quedó inmóvil cuando el bebé movió la boca, como si masticara un filete.
«No te despiertes», oró en silencio, con la mano inmóvil en el cierre. Si se tratara de un curtido delincuente, no estaría tan ansiosa. Una redada matutina contra traficantes de estupefacientes; una carrera de tres kilómetros, a oscuras, para detener a un violador, y una entrada en la escena de un robo a mano armada; incidentes, todos ellos, con los que había lidiado recientemente, y ninguno de ellos le había provocado el nivel de tensión que sentía en este momento.
Los ojos del bebé seguían cerrados, así que continuó con sus investigaciones. Al bajar la cremallera, observó que el crío estaba vestido con otro pelele, solo que este era una prenda interior.
De pronto, la criatura se agitó y estiró las piernas. Kim dio un salto atrás y contuvo la respiración.
El teléfono sonó, causándole un sobresalto.
—Por favor, dime que ya llegaron, Jack —dijo, segura de que esto tendría que ser el récord mundial de los servicios sociales.
—Ja, ja, eso quisieras —se rio—. En este momento, el equipo de guardia está tratando de colocar a una madre y a sus cinco hijos, después de que el exmarido la amenazara de muerte.
—Diossss —dijo Kim. La temporada de la buena voluntad parecía haber quedado muy atrás—. ¿Cuánto tardarán?
—No tienen ni idea. No se van a comprometer, además de que un bebé bien envuelto en una linda y cálida comisaría no es la prioridad del momento.
—Venga, Jack. Tiene que haber algo que tú…
—Te dejo —dijo él, mientras un súbito griterío llenaba el auricular.
—Gracias por nada —rezongó Kim, y colgó de golpe—. Estupendo —dijo al ver que los ojos y la boca del bebé se abrían al mismo tiempo.
Miró alrededor, como disculpándose, cuando un fuerte alarido empezó a desbordar la habitación. No estaba segura de a quién decirle que ella no le había hecho ningún daño; no había nadie alrededor. Ese era el jodido problema.
Otro grito. El sonido se las arreglaba para bailarle un zapateado en las terminales nerviosas. Mierda, ¿qué hacer?
Sacó el móvil y presionó en el icono de contactos. Le contestaron al segundo timbrazo.
—¿Qué pasa, jefa? —oyó. Nunca había estado tan contenta de escuchar esa voz.
—Bryant, necesito que vengas de inmediato a la comisaría. —Miró al bebé, que gritaba hacia ella acusadoramente.— Y apresúrate, esta es una situación de emergencia.
Capítulo cuatro
Andrei gritaba de dolor con cada movimiento de la furgoneta. Cada esquina, cada recodo o bache disparaba por todo su cuerpo, como fuegos artificiales, la agonía cegadora de su pierna.
En su cabeza, sus propios ruidos eran ensordecedores, pero quedaban enmudecidos bajo una tela que ya había absorbido toda la humedad de su boca. Trató de usar las manos atadas para agarrarse del suelo de metal de la furgoneta, en un afán de estabilizarse y mantener la pierna quieta, pero la suspensión lo lanzaba de un lado al otro como un muñeco de trapo. Quería convencerse de que lo llevaban al hospital, de que las ataduras y la mordaza eran solo una precaución en lo que duraba el viaje.
El hombre que conducía la furgoneta no le resultaba conocido, pero lo había visto en la granja de vez en cuando. A Andrei lo asaltó la noción de que esta furgoneta negra siempre venía después de un accidente grave.
De pronto, el vehículo se detuvo y quedó envuelto en el silencio.
Andrei escuchó atentamente.
La puerta lateral se abrió y el tipo lo sacó de ahí como a un saco de patatas. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Soltó un grito agonizante contra el trapo húmedo.
Desde la salida de la granja, la nevada había cobrado más fuerza. Los copos ya no revoloteaban alrededor de su cabeza, sino que se estrellaban, helados, en su piel. Se había formado una capa de tres centímetros en el suelo.
—Por favor —balbuceó.
El hombre no hizo caso a sus ruidos. Lo arrastró hasta una zanja a un lado del canal. El dolor de la pierna era una lluvia de dardos rojos que nublaba la visión de Andrei.
—Por favor, lléveme al hospital —suplicó, con la esperanza de que, de alguna manera, esas palabras fueran comprendidas.
—Cállate, idiota —escuchó, a pesar de que no había una sola alma alrededor para oír sus súplicas.
Se vio arrastrado más lejos del puente, a lo largo del camino de sirga. Cada movimiento encendía el suplicio de sus huesos rotos.
Notó que el hombre miraba a su izquierda. Estaban a un poco más de quince metros del puente, que ya tenía un borde de nieve encima. Luego lo vio mirar a la derecha. No tenían a la vista ningún otro puente ni punto de acceso al canal.
Andrei siguió la mirada hasta la pared de la fábrica, con sus cristales agrietados y rotos.
Aparentemente satisfecho, el hombre dejó caer a Andrei, le quitó la mordaza y le soltó las ataduras de las muñecas.
Se agachó y susurró en tono de conspiración:
—Escucha: el jefe te quiere muerto y tengo que hacer que así parezca. No soy de los que asesinan, así que, si te quedas aquí, volveré en cuanto pueda. Si te mueves, nos jodemos los dos. ¿Lo has entendido?
Andrei asintió. No estaba seguro de qué otra cosa podía hacer. El sufrimiento lacerante en la pierna le impedía discutir o ir a cualquier lugar sin ayuda.
El hombre se limpió la nieve de los ojos antes de girar y volver hacia el puente y el talud.
Mientras una nueva descarga de dolor le anegaba los ojos, Andrei se puso a rezar para que volvieran a por él muy pronto.
Capítulo cinco
—Gracias al cielo que estás aquí —dijo Kim en cuanto Bryant entró en la sala de la brigada.
El repertorio de carantoñas de Kim se había agotado en cuestión de minutos, y la actividad en que estaba ahora enfrascada, la de mover el asiento de coche hacia atrás y hacia delante, parecía provocarles náuseas tanto a ella como al bebé.
Bryant evaluó la situación, negó con la cabeza y colocó una bolsa de compras sobre el escritorio de reserva. Enseguida, apartó a Kim de un codazo.
—¿No lo has sacado de la silla? —preguntó, y desabrochó el cinturón de seguridad.
—Mi valoración dinámica de los riesgos y el conocimiento de mis propias capacidades me lo han desaconsejado en forma rotunda —dijo secamente.
En un movimiento fluido, el bebé ya estaba en brazos de Bryant, apoyado en la chaqueta de intemperie. El sargento empezó a mover los brazos hacia arriba y hacia abajo, con ritmo. Después de rebotar unas cuantas veces, el bebé empezó a tranquilizarse.
Kim sintió que la tensión se iba escurriendo fuera de su cuerpo.
—Bryant, eres un absoluto…
Sus palabras se quedaron en el aire cuando Dawson entró a grandes zancadas en la habitación.
—Kev, ¿qué diablos…?
—Como si fuera a perderme esto —sonrió satisfecho. Fue directamente hacia el bebé. Puso una bolsa junto a la de Bryant.
Kim dedicó a su compañero una mirada acusadora.
—¿Le dijiste?
Y él le devolvió la mirada como si fuera una obviedad.
—Joder, claro. ¿Tú y un bebé? Esto no podía quedármelo para mí solo.
Ella se puso a mover la cabeza de un lado al otro. Mientras tanto, Dawson le hacía cosquillas al bebé en el mentón. Luego, el joven sargento se encogió de hombros.
—Pensé que lo mejor sería llegar antes de que os lo llevarais a la sala de interrogatorios número uno y empezarais a hacerle preguntas.
—Fantástico, ahora, lo único que necesitamos es…
—Hola, jefa, ¿qué pasa? —dijo Stacey, y puso una tercera bolsa sobre el escritorio.
Desesperada, Kim echó las manos al cielo.
—Bryant, solo dime que no has llamado a las fuerzas armadas, por si acaso.
—No, estos son casi todos —dijo sin disculparse—. Ahora bien, si tuviera la posibilidad de enviar algunas invitaciones…
—¿Qué es todo esto? —preguntó ella, y señalaba las bolsas con el rostro.
—Pañales —dijo Bryant. Dejó al bebé en el escritorio.
—Leche —dijo Stacey.
—Un juguete —respondió Dawson.
—De tres jodidos reyes magos —dijo Kim—. Perdona, Stace, pero, para tu información, el niño no se queda. Lo cuidaremos durante unas horas, no lo adoptaremos.
Bryant empezó a desnudar al bebé mientras Dawson miraba pensativo.
—Por lo tanto, si nosotros somos los reyes magos, ¿eso no te convierten en la vir…?
—Te reto a que termines esa frase, Kev —le espetó ella, al mismo tiempo en que Bryant le hablaba.
—Felicidades, jefa, es un varón —dijo con una sonrisa burlona.
Kim miró a los tres, que se regodeaban a fondo. Deseó simplemente haberle entregado el bebé a Jack sin poner atención a sus protestas.
Miró la cara del niño, que gorjeaba feliz hacia Bryant. No, había hecho lo correcto. El bebé estaba seguro y calentito, y no había nada más importante.
—Stace, ¿me puedes dar uno de esos pañales? —preguntó Bryant mientras Kim cogía la jarra del café. La noche prometía ser larga.
—Yo me hago cargo, jefa —le ofreció Dawson.
Kim sacudía la cabeza al mismo tiempo en que su teléfono empezaba a sonar.
—Stone —contestó.
Su rostro iba cambiando mientras escuchaba atentamente.
—Vale, entendido —dijo, y colgó.
—Bryant, entrega al bebé. Tenemos un cadáver en la calle Burton —. Cogió su abrigo.
Estas nunca eran buenas llamadas, pero, cuando echó un vistazo atrás, a la personita que se retorcía sobre el escritorio, el tema del cadáver era, al menos, una situación que sí podía manejar.
Capítulo seis
Kim llegó a la zona acordonada once minutos después de haber recibido el aviso. Seguía nevando copiosamente, pero la nieve aún no se congelaba en las carreteras asfaltadas.
La hilera de tiendas daba a un callejón que pasaba por debajo de un túnel ferroviario y desaparecía en el lado este de Hollytree.
Por un momento, permaneció de pie de espaldas a la escena del crimen. Si la gente tenía curiosidad acerca de toda esa conmoción, fisgoneaba a la distancia. El público aún no se congregaba en la escena criminal, con esas clásicas ansias de estar en primera fila ante la imagen de un cadáver.
Bryant mostró sus credenciales. Mientras tanto, Kim ya se estaba poniendo las cubiertas de plástico para zapatos que acababan ofrecerle.
A la mitad del callejón, la saludó una voz familiar.
—Detective Stone. Tenía la esperanza de que hubieras sido tú la oficial a cargo a quien han sacado de la cama en esta fresca y crujiente mañana.
—Keats, son casi las dos de la noche y no he visto mi casa ni a mi perro en casi veinticuatro horas. Tómate la libertad de ponerme un poco más de cebo. Te desafío. Ahora, ¿qué tenemos aquí?
Keats era el jefe forense de la localidad, un hombre cuyo estado de ánimo rara vez superaba lo detestable. El tipo era bajo y tenía pelo facial solo en la barbilla, con lo que parecía compensar la escasez de la cabeza. Tenía un sentido del humor seco y virulento, y, por lo general, lo apuntaba hacia ella. A Kim, este hombre le caía bien la mayoría del tiempo. Pero no a esta hora.
—Ah, Bryant, gracias a Dios —dijo Keats en cuanto el compañero de Kim apareció a un lado de la detective—. Un conversador mucho más consumado.
Bryant refunfuñó.
—No la tientes, Keats. No mientras sea yo a quien tenga más cerca.
Aunque Kim escuchó esas bromas, se hizo la desentendida.
El callejón estaba oscuro, iluminado en el cordón solo por una farola. El fotógrafo de la policía tomó una instantánea y el flash iluminó todo el callejón.
—Madre santa —dijo Kim—. Hazlo otra vez.
Esta vez, estaba preparada. Tomó su propia instantánea mental. Delante tenía el cuerpo de una mujer de poco más de veinte años. Atado en una coleta, el cabello rubio dejaba al descubierto un rostro no ajado por el tiempo. Los ojos estaban abiertos y miraban el cielo.
—Otra vez —dijo Kim.
Los copos de nieve se posaban en las pestañas y se quedaban ahí un instante antes de desaparecer. Era extraño ver esos ojos abiertos no parpadear cada vez que un copo caía en ellos.
La chica llevaba una falda vaquera corta, sin nada que le cubriera las piernas, y tacones de aguja negros. Desde la parte superior de la cabeza hasta la nuca, así como de los muslos a los pies, todo parecía relativamente normal.
—Otra vez —dijo.
Kim no alcanzó a identificar el color de las prendas superiores.
Toda esa superficie estaba teñida de rojo.
—Una más.
Esta vez, pudo ver, al menos, tres desgarros en la tela.
—Toma, coge esto —le dijo Keats, que extendía hacia ella una linterna Maglite.
Ella cogió la linterna y apuntó al tronco de la chica. La sangre había empapado la nieve alrededor del cuerpo. Parecía un día de prácticas en la carnicería.
—¿Cuántas puñaladas?
—Hasta el momento, he podido contar cuatro, pero te lo confirmaré en cuanto me la haya llevado.
Kim asintió.
—¿Y la hora?
—El hígado me dice que lleva muerta unas tres horas, pero ya sabes…
—… con este tiempo, es difícil ser más precisos —acabó la frase por él.
—Me da gusto constatar que estás aprendiendo, inspectora.
Kim no le hizo caso. Volvió a pasar la luz de la linterna por el cuerpo. Se resistió al impulso de agacharse y juntarle los párpados, de cerrarle a esta mujer las puertas del sufrimiento y enviarla por el camino de la paz. Un último acto de bondad.
Podía haber adivinado la hora aproximada que Keats acababa de darle sin tener que recurrir a la sonda hepática. La nieve había empezado a caer a eso de las nueve de la noche y había arreciado alrededor de las once. Dada la acumulación de nieve en las manos abiertas hacia arriba, el lapso tenía que ser de tres horas.
—¿Eso que tiene bajo el brazo derecho es un bolso? —preguntó.
Keats asintió y se volvió al fotógrafo forense, quien retrocedió un paso.
—Dale —la aconsejó Keats. Era su manera de darle el permiso de moverlo.
Kim se agachó y levantó con suavidad el brazo derecho. Con ayuda de la linterna, levantó la solapa de cuero para observar el contenido. En la parte superior del bolso había un montón de billetes.
—¿Del último cliente? —preguntó Bryant mientras abría una bolsa de pruebas.
—Sí, y no hace mucho.
Kim dejó caer los billetes dentro de la bolsa de plástico.
—Ni siquiera le dieron la oportunidad de doblarlos junto con el resto.
En el fondo del bolso había un pequeño rollo de billetes, penosamente escuálido para una noche de trabajo en semejantes condiciones.
Aparte de unos condones y unas llaves de casa en un llavero de carita sonriente, había muy poco en la sección principal del bolso. Kim rebuscó en el compartimento lateral y encontró lo que estaba buscando: un carné de conducir y un móvil.
Con la linterna, alumbró el carné.
—Kelly Rowe. —Miró de cerca.— Veintiún años, con domicilio en Wordsley.
—¿Entonces no fue un robo, jefa?
Ella negó con la cabeza. Lo habría sabido de inmediato. El bolso estaba debajo del cuerpo, así que la víctima había caído encima. De haber sido esa la causa, mostraría señales de disputa o forcejeo, y lo más probable es que estuviera delante del cuerpo o a un lado. Además, muy pocos ladrones cerraban un bolso después de vaciarlo.
—¿Crees que el lote de efectivo que estaba arriba es importante? —preguntó Bryant.
—No tanto como quisiéramos —contestó ella—. Ese dinero provino del último cliente feliz de haber pagado por sus servicios. El asesino no le habría dado nada. —Se quedó pensando un minuto.— Devuélveme esa bolsa de pruebas.
—¿La del efectivo?
Ella asintió. La examinó bajo la luz de la linterna. Calculó que serían unas cuarenta o cincuenta libras, pero, fuera lo que fuera, parecían ser billetes de cinco libras.
—Quienquiera que le haya pagado esto podría decirnos hacia dónde se fue esta chica, pero eso sería todo, probablemente.
Se volvió.
—Keats, ¿cuándo…?
—El lunes por la mañana, y no me dejaré intimidar antes. Por el momento, tenemos en la morgue tres pensionistas caducados, y estoy seguro de que querrás que me encargue personalmente de esta señora. Y llevo once días de trabajo sin parar.
Kim abrió la boca y volvió a cerrarla. El forense acababa de asistir a un incendio, en otro condado, que se había cobrado la vida de cuatro niños menores de nueve años.
Keats se apretó el pecho.
—¿Qué pasa, inspectora? ¿No habrá discusiones, coerción ni amenazas?
Solo por atormentarlo un poco, le sonrió y se alejó. Dos agentes pasaron junto a ella cargando un biombo. En ese estrecho callejón no cabía una tienda blanca. El sentido común dictaba que, en una fría noche de invierno, pocos transeúntes se interesarían; no obstante, la fascinación por lo macabro no conocía estaciones.
Kim se quitó las fundas de los zapatos y las depositó en una caja, junto a dos agentes que custodiaban el cordón policíaco.
—¿Qué pasa? —le preguntó a Bryant cuando vio que el sargento se sacaba el móvil del bolsillo.
—Hace diez minutos, los servicios sociales recogieron al bebé. Kev va a llevar a Stacey a su casa.
Kim tenía que reconocer que sentía un gran alivio. Habló a Bryant por encima del techo del coche.
—Diles que tendremos la sesión informativa a las siete. Envíale un mensaje al agente notificador: no debe mencionar a la familia nada acerca de la profesión de Kelly, ¿entendido?
Bryant asintió y consultó su reloj.
—¿De modo que el día vuelve a comenzar en unas cinco horas, jefa?
Kim abrió la puerta del conductor, y, cuando estaba a medio subirse al coche, sus ojos captaron un movimiento a la derecha del cordón policíaco. Se enderezó y entrecerró los ojos para ver más allá de la oscuridad.
La figura ya había desaparecido.
Pero estaba segura de que allí había estado.
Capítulo siete
En la sala de la brigada, Kim se sentó en el escritorio desocupado. Estaba ahí desde las seis y ya se las había arreglado para reunirse brevemente con Woody. Aún no había ninguna necesidad de compartir con su equipo toda la agenda.
—Vale, chicos. Nuestra víctima, Kelly Rowe, era una trabajadora sexual. Stace, al tablero.
Stacey cogió el rotulador y trasladó la información a la pizarra.
—Tenía veintiún años, era madre soltera y vivía con su madre en Wordsley. Las ganancias de la noche seguían en su bolso, así que, definitivamente, no fue un robo. Había en su tronco, al menos, cuatro heridas de puñal. La hora de la muerte fue sobre las once de la noche.
—¿Estamos buscando a su último putero, jefa? —preguntó Dawson.
Kim negó con la cabeza.
—No estoy convencida de que el último cliente lo hubiera hecho —admitió, aunque aún se preguntaba por ese fajo de billetes en la boca del bolso de Kelly—. No habrá autopsia hasta mañana, dado que Keats se tomará el día libre. Bryant y yo empezaremos con la familia, y quiero que vosotros dos miréis las cámaras de seguridad, a ver si podéis identificar a la persona que dejó el bebé anoche.
Parecía un ejemplo de «quien lo encuentra se lo queda», pues Woody ya les había asignado el caso del bebé abandonado, además del homicidio.
Dawson levantó la cabeza.
—¿No es algo que Stacey podría hacer por su…?
—Quiero que trabajéis juntos en esto —dijo Kim.
—Pero, seguramente, me necesitas en el verdadero…
—Ese bebé me parece bastante verdadero —espetó Kim.
Ella entendía que Dawson viera lo del bebé abandonado como un tema de menor importancia y que quisiera estar en la investigación del asesinato, pero lo de niño era asunto del equipo, lo quisieran o no.
—¿Tendré que salir de las oficinas? —preguntó Stacey, con los ojos bien abiertos.
—Sí, después de que hayas echado un buen vistazo a las declaraciones de los testigos de anoche.
—¿Y volveré a tener un compañero de trabajo? —bromeó Dawson.
Stacey lo miró con el ceño fruncido.
Él sonrió.
—Pero eso está muy bien, dado que se trata de ti.
Kim se fijó en la expresión de Stacey, en busca de señales de vacilación o reserva. No encontró ninguna. Solo habían pasado dos meses desde la traumática experiencia que la asistente de detective había sufrido a manos de una horda de cabrones racistas. Desde entonces, Kim la había mantenido pegada al escritorio, pero era hora de aflojarle las riendas y permitirle hacer el trabajo completo, no solo la extracción de datos. Sí, eso dejaba un hueco en el equipo, pero Kim ya había abordado con Woody esta situación.
—Si se te ocurre algo, llámame al móvil —le dijo Kim, y cogió del escritorio la chaqueta. Ya iba a la mitad de las escaleras cuando Bryant la alcanzó.
Kim no había convocado una rueda de prensa. No la necesitaba. Se abrió paso entre tres hileras de reporteros hasta salir del edificio.
Los reporteros y los fotógrafos estaban apiñados. Reconoció a unos cuantos periodistas locales, del Express y de los diarios gratuitos. Uno de Central News compartía algo de su teléfono móvil con un cámara de Midlans Today, de la BBC. Otro, un corresponsal de Sky News, se ocupaba de escribir textos en su teléfono, mientras que Tracy Frost, del Dudley Star, estaba en primera fila.
—Venga, reuníos —gritó Kim. Apareció un montón de micrófonos. Otras tantas grabadoras se activaron y se aglomeraron frente a su cara. Dios, cómo detestaba esto.
El apetito de la bestia no sería saciado, pero tenía que ofrecerles algo. No pasarían muchas horas antes de que la víctima fuera identificada como prostituta, y eso desencadenaría toda una serie de debates en los medios antes de que la familia tuviera la oportunidad de coger un poco de aire. Este grupo no se quedaría a esperar al departamento de prensa oficial antes de publicar algo en papel o en línea.
—¿Se trata de una prostituta? —gritó Frost de inmediato.
Kim no le hizo caso y empezó a hablar.
—El cuerpo de una joven apareció anoche en el área de Brierley Hill…
—¿Era prostituta? —volvió a gritar Frost.
—Será identificada de manera formal en cuanto su familia sea informada y…
—¿Es una prostituta? —gritó otro reportero.
Kim miró al frente.
—La policía de las Tierras Medias Occidentales hará todo lo posible para…
—¿Hay algún motivo para no responder a mi pregunta? —la desafió Frost.
Kim se la quedó mirando directamente.
—¿Hay alguna razón para que esa sea tu única pregunta? —le dijo, y se apartó de los micrófonos.
Podía convivir con reporteros y periodistas, y, en algunos casos, hasta respetarlos. Pero los buscadores de titulares le daban asco.
—¿Así que irás detrás de esto con todo el peso de la ley, Stone? —preguntó Frost, mordaz, en cuanto estuvieron lejos de la multitud.
Kim se detuvo en seco. Tracy ya había avanzado otros dos pasos antes de darse cuenta.
—¿De verdad? ¿Entre toda esta gente, eres tú quien me lo pregunta? —dijo Kim disgustada—. Si lo único importante fuera la percepción pública de la dignidad, hoy estarías muerta.
—Me parece justo —aceptó Tracy—. ¿Lo confirmarás más tarde? —preguntó, con lo que, de alguna manera, insistía en su única pregunta.
—¿Confirmar qué? —preguntó Kim, ingenuamente.
—Joder, Stone, qué difícil te pones —dijo Frost.
—Pero, al final, vaya que merece la pena —dijo Kim, alzando una ceja.
Tracy soltó una risita.
—De todos modos, escuché que anoche te cayó un nuevo recluta —dijo, y señaló la comisaría con el mentón.
La sonrisa desapareció de la cara de Kim.
—No te atrevas ni a pensarlo —le advirtió. No quería que, por ningún motivo, ese bebé apareciera salpicado en la primera plana. Gracias a Dios, esta mujer había esperado a estar lejos de la chusma para soltarle esto.
Frost se encogió de hombros y se alejó.
—Bryant —dijo Kim a través del techo de su coche—. Recuérdame por qué diablos me molesté en salvarle la vida.
Él siguió la mirada de su jefa hacia la sibilante rubia y sus tacones de trece centímetros.
—No tengo la menor idea —dijo él, y se subió al coche.
Kim condujo fuera del aparcamiento, hacia el anillo de circunvalación, y suspiró.
Le faltaba una familia para el niño y estaba a punto de amargarle por completo el día a otra familia.
Y había algo que aún no le había dicho a su equipo.
Capítulo ocho
—¿Ya casi estás lista? —preguntó Dawson, mirando a Stacey. Habían tardado menos de media hora en revisar las declaraciones de los testigos—. Lo que quiero decir es que, si necesitas más tiempo…
—Llevo dos meses sin salir del edificio, Kev —dijo ella, iracunda—. ¿De verdad vas a preguntarme si necesito más tiempo?
—Sí, lo sé. Simplemente estoy tratando de ser un compañero comprensivo —expuso él con una sonrisa.
—Vale, y para, que me estás asustando.
Él bajó la mirada al escritorio. En este caso, era bueno que ella no supiera toda la verdad. El secuestro de Stacey parecía haber golpeado al resto del grupo más fuerte que a ella. Dawson sabía que, desde entonces, su compañera estaba en terapia. Al principio, ella se había quejado con él de tener que ir al psicólogo y había negado la necesidad de hablar con alguien. Después dijo que no estaba del todo mal. Ahora, ni siquiera hablaba del tema. Dawson sospechaba que Stacey no estaba acudiendo a sus sesiones.
La jefa había hecho lo que todos habían querido hacer: protegerla y mantenerla encerrada en las oficinas. Pero, ahora, le daba a Stacey un poco de libertad, y se la confiaba a Dawson. Él no lo habría querido de otra manera.
—Así que ¿qué piensas? —preguntó ella mientras bajaban las escaleras.
—¿De qué?
—Del bebé —dijo ella—. De dónde viene, quién lo ha dejado, por qué la madre se sintió dominada por el pánico como para hacer algo tan terrible…
—Joder, Stace. Ya estás haciendo algunas suposiciones. ¿Cómo sabes que ha sido la madre? ¿Por qué has dicho que ha sido algo terrible y por qué hablas de pánico?
—Vale —concedió ella—. Quizás no ha sido la madre, pero ¿por qué cualquiera de los padres habría elegido dejar al niño a las afueras de una comisaría?
—Hay cientos de razones. Las madres jóvenes se sienten asustadas, las madres adolescentes entran en pánico, pero este no es un recién nacido. Este niño tiene alrededor de tres meses, así que nos estamos buscando a una chica de menos de veinte años que hubiera intentado ocultar a sus padres al recién llegado. El niño ha estado en algún lugar desde que nació.
—Bueno, ¿y eso no lo hace aún más extraño? —preguntó Stacey.
Sí, accedió él en silencio. Desde luego que sí.
Capítulo nueve
Ellie Greaves se bajó del autobús y se dirigió a la entrada de la estación. La escaramuza con su madre seguía zumbándole en los oídos; sobre todo, porque, cada vez que estaban en una misma habitación, discutían lo mismo.
La madre había faltado a su palabra y Ellie se sentía traicionada.
Hacía un par de meses, una semana antes del decimosexto cumpleaños de Ellie, habían empezado a surgir esas discusiones acerca de la universidad. Ella ya se lo temía.
Después de haber sufrido acoso, durante toda su vida escolar, debido a un tartamudeo que se corrigió a sí misma en el segundo año del instituto, Ellie no quería seguir dentro del sistema educativo. En su mesilla de noche, una gráfica había marcado los días hasta su momento de escapar de aquella miseria.
Y la madre de Ellie, una madre soltera que nunca en su vida se había acogido a los beneficios sociales, esperaba apasionada que su hija recibiera una educación decente. Quería que Ellie viera la educación como la clave de su futuro; que asistiera a la universidad y consiguiera un buen trabajo, y que ese trabajo le asegurara la independencia financiera de por vida.
Solo que Ellie no podía ver la recta del resto de su vida. Lo único que podía ver era ese día en el calendario, marcado con estrellas doradas, signos de exclamación y purpurina, que señalaba el fin de la tortura.
Durante los últimos meses, las discusiones se habían vuelto más frecuentes. A menudo eran acerca del desorden en su dormitorio, de lo fuerte que oía la música o de la mayonesa que había dejado fuera de la nevera.
Pero lo importante no eran esas disputas superficiales; la batalla de fondo era siempre la misma. Un mes antes, Ellie había alentado a su madre a llegar a un acuerdo: si encontraba un trabajo con verdaderas perspectivas, la madre renunciaría al mandato de asistir a la universidad. A las dos semanas, le había presentado una oferta de empleo por escrito. Empezaría como aprendiz de mecánica en cuanto saliera de la escuela. La madre, indignada, había tirado la oferta de empleo a la papelera. Alegaba que ese no era un trabajo de verdad y que, por lo tanto, no contaba.
Desde el momento en que descubrió el engaño, cuando se dio cuenta de que el trato valía solo en los términos de su madre, en una carrera que ella considerara adecuada, Ellie apenas había salido de su dormitorio.
Durante esas dos semanas, había dado gracias a Dios por Roxanne. Justo antes de Navidad, Ellie se había tropezado con una página de Facebook titulada «Angustia adolescente». Era poco más que un tablero de avisos diseñado para el desahogo. Después de leer otras publicaciones, había aprovechado la página al máximo para aliviar sus angustias. Se sintió mucho mejor; limpia, inclusive.
Esa misma noche, había recibido un mensaje personal de la administradora de la página. Le daba las gracias por su invaluable contribución y le ofrecía apoyo personal, en caso de que lo necesitara. Algo en ese breve mensaje la había conmovido. Era solo una respuesta sin presiones de alguien que alegaba haber pasado por la misma situación diez años antes.
Los mensajes de ida y vuelta se sucedieron, cada uno más largo que el anterior, más detallado. A Ellie le gustó que, si bien Roxanne comprendía sus penurias, la tranquilizaba sin poner verde a su madre ni una sola vez. De hecho, era frecuente que le mostrara los argumentos desde distintos puntos de vista, que presentara la opinión de la madre en una forma razonable y mesurada, y eso siempre lograba calmarla.
La noche anterior, después de la peor pelea hasta el momento, Ellie había entrado de inmediato en Facebook y le había dicho a Roxanne que pensaba huir.
Roxanne había respondido de inmediato, instándola a recapacitar. Le había dicho que, en lugar de eso, mejor se reunieran a tomar un café y a charlar; a tomarse un momento para enfriar las cosas. Ellie se había sentido distinguida con esa invitación. Además, salir a tomar un café le parecía de lo más maduro.
Pensó en dejar una nota, pero, en el último instante, decidió que a su madre le vendría bien preguntarse por ella durante unas cuantas horas.
* * *
Dos cortos viajes en autobús la habían dejado en la entrada de la estación de autobuses y trenes de Cradley Heath.
Roxanne le había dicho que la estaría esperando, pero Ellie no podía ver ninguna mujer por allí. Sacó el móvil y buscó el número que Roxanne le había dado por si algo salía mal. Cuando presionó el botón de llamar, sintió una presencia a cada lado. Se le cortó la respiración cuando dos tipos la sorprendieron. Quizás se habían tropezado con ella accidentalmente.
—Oye, preciosa, ¿qué llevas ahí? —preguntó el más alto, y le arrebató el teléfono.
Instintivamente, ella quiso recuperarlo, pero el tipo se había movido demasiado rápido. Y se reía mientras sostenía el móvil muy por encima de su cabeza.
Ellie sintió que el corazón le daba un vuelco. Miró alrededor frenéticamente, pero no había nadie.
—Por… Por favor, dame…
—Bonito teléfono —dijo el tío negro, y asentía mientras lo valoraba.
Ella quiso tragar de miedo, pero tenía la boca seca. Se le revolvía el estómago. Tenía que hacer lo posible por recuperar el móvil. Si llegara a perderlo, su madre terminaría matándola.
En cuanto se giró, el segundo tipo le agarró la pequeña mochila. Ellie encorvó los hombros hacia delante, tratando de conservarla en la espalda, pero el hombre era demasiado fuerte. La lanzó contra la pared. El hombro de Ellie chocó con los ladrillos.
—Suéltala, puta —gruñó él. Las correas se deslizaron fuera de los debilitados brazos de la chica.
Aunque el corazón le daba tumbos, hizo otro intento de recuperar el móvil.
—Devuélveme…
El más bajo de los dos, el que tenía la mochila, la estampó contra la pared del edificio y le metió la mano entre las piernas.
Apretó con fuerza.
Ella soltó un grito.
El sujeto echó la cabeza atrás y rio. Su aliento olía a cerveza y humo rancio.
Ellie trataba de controlar los temblores y la repentina oleada de lágrimas. Solo quería que se largaran con el teléfono, aterrorizada de lo que pudieran hacerle.
—Deberías dar las gracias de que hayamos venido solo a por esto, preciosa —dijo él, y le dio otro apretón entre las piernas.
A los pocos segundos, ya habían desaparecido por un costado del edificio, a través de las vías.
Ellie estaba aturdida y asustada. Todo había sucedido demasiado rápido. Miró alrededor para ver si alguien había visto algo. Una mujer venía corriendo hacia ella. Era muy delgada. Vestía unos vaqueros ajustados, botas con tacones de tres centímetros y sudadera. Llevaba el pelo rojo recogido en una cola de caballo.
Una mirada de horror transformó su rostro.
—¿Ellie? —preguntó.
La niña asintió tímidamente, con la sensación de que las lágrimas le picaban los ojos.
La mujer la cogió de la mano.
—Soy Roxanne. Estaba bajándome del coche y acabo de ver lo que sucedió. ¿Estás bien?
Ellie asintió sin atreverse a hablar.
Roxanne rodeó el edificio, pero hacía mucho que los atracadores se habían ido. Le pasó un brazo por los hombros, protectora, y empezó a conducirla a través de la terminal hacia un aparcamiento, al otro lado.
—Venga, cariño, te llevaré a mi casa y ahí veremos qué se puede hacer.
Ellie se dejó llevar y contuvo las lágrimas. Aunque solamente estaba a unos tres kilómetros de su casa, se sentía mucho más lejos. Dejó que Roxanne la sentara en su pequeño coche plateado y le pusiera el cinturón de seguridad.
Se daba cuenta de que, sin su bolso ni su móvil, no le quedaban muchas opciones.
Capítulo diez
La casa de la madre de Kelly Rowe no tenía nada de especial. Era una vivienda adosada de ladrillo rojo sin jardín al frente. Un escalón llevaba a la puerta principal, que les abrió una agente de enlace familiar.
La agente se hizo a un lado para dejarlos entrar y cerró suavemente la puerta.
Les tendió la mano.
—Louise Nash.
Bryant se la estrechó e hizo las presentaciones.
—Llegué hace un par de horas. No ha dejado de llorar, y tengo la impresión de que no sabe a qué se dedicaba su hija. No deja de hablar de un club que yo nunca he oído mencionar. He tenido la televisión encendida para Lindy, en el canal de niños pequeños.
Una buena estratagema para mantener a la mujer alejada de las noticias.
—¿Hay más miembros de la familia? —preguntó Kim.
—En este cuadro no parece haber ningún padre. Audrey no ha hablado de maridos ni de hermanos ni de hermanas. Estoy bastante segura de que Kelly era su única hija.
Kim asintió y avanzó un par de pasos hacia la puerta de la otra habitación.
El lugar estaba más oscuro que él área del frente. Una ventana solitaria daba a una valla de dos metros que separaba esta casa de la contigua. La mujer del sofá tenía la cabeza llena de apretados rizos naturales castaños. Kim supuso que tendría poco más de cincuenta años. Vestía unos pantalones azules lisos y un cárdigan abotonado hasta arriba.
En cuanto Kim entró, los ojos enrojecidos se volvieron hacia ella. Tenían eso que Kim había visto cientos de veces: la esperanza de que alguien hubiera cometido un error y de que la hija estuviera sana y salva.
—Hey, Lindy, ¿quieres ayudarme a preparar el desayuno? —preguntó Louise.
La niña se volvió desde su puesto frente al televisor. Frunció el ceño, pero asintió y salió de la habitación.
Bryant se adelantó y tocó a la mujer en el hombro, muy suavemente.
—Señora Rowe, reciba nuestro más sentido pésame.
En el rostro de la madre, las esperanzas murieron, y una oleada de lágrimas frescas rodó desde sus ojos.
Kim y Bryant se sentaron en el sillón de dos plazas. Él fue quien se situó más cerca de la mujer.
—Señora Rowe, entendemos lo difícil que ha de ser todo esto para usted, pero tenemos que hacerle algunas preguntas.
Audrey se secó los ojos y asintió valiente. Una parte de esta pobre mujer pensaba que, si cooperaba del todo, el tiempo podría rebobinarse y deshacer la muerte.
Que su hija hubiera sido brutalmente asesinada ya era suficientemente grave. Que la niña que ahora retozaba en la cocina creciera sin madre ya era suficientemente triste. Pero esta mujer no solo estaba a punto de enterrar a su hija; los detectives venían a informarla de que la chica le había mentido y le guardaba secretos. Y que se acostaba con hombres por dinero. Ninguna madre querría tener una visión así, pero, muy pronto, los titulares lo gritarían con una brutalidad despiadada. Era mejor que se enterara por ellos.
—¿Podría hablarnos de las costumbres de Kelly? —preguntó Bryant.
Audrey asintió.
