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Los relatos que integran este nuevo libro de Alba Vera Figueroa pueden ser leídos como narraciones independientes que recorren los tiempos y las gentes. A la vez, es posible reconocer algunas voces cuando resuenan en otras épocas, en otros territorios. Y ese es tal vez uno de los grandes logros de esta obra: visitar mojones de la biografía de este país y retratar las historias dentro de la historia. Se vale de una paleta plena de palabras y recursos que le permite dar un tono propio a cada escena. "Pinta tu aldea y pintarás el mundo", señaló con lucidez Tolstói. Y si bien Alba seguramente no se ha propuesto un objetivo tan ambicioso, estas páginas son un transcurrir del mundo argentino.
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Seitenzahl: 142
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Alba Vera Figueroa
Los Irreales
Por la transmisión de la memoria, esa inextinguible llama.
Por el amor, ese fuego que la anima.
A mi compañero Oscar.
A mis hijos Pablo, Martín y a sus familias.
A nuestros familiares presentes y ausentes.
A nuestras amigas y amigos que nos regaló la vida.
ALBA VERA FIGUEROA*
* Portar también el apellido materno es recuperar las heredades femeninas en la inscripción del nombre.
La mayoría de estos cuentos y relatos fue concluida durante los años 2000 y 2002.
Manuel Belgrano avanza sin saber que de entre los huecos de septiembre el 24 habrá de ser el más beligerante. Avanza sin imaginar la confusión, sus propias órdenes contrariadas, la polvareda… Avanza rechazando oficio tras oficio del Triunvirato de Buenos Aires, de retirarse a Córdoba; de abandonar las Provincias del Norte a su suerte, al dominio de las huestes godas.
En Tucumán, habrá de ver a los vecinos, a los reclutas voluntariosos, soldadesca rejuntada; verá sus caballos pertrechados con guardamontes de cuero endurecido. Escuchará las palabras de coraje y los modos aindiados de algunos hombres hechos a sí mismos y se confirmará en su desobediencia. Hablará con Balcarce, López, Aráoz de Lamadrid y con Los Decididos. Y envalentonado por el temblor del miedo y del valor juntos, contravendrá a Pueyrredón, de Buenos Aires.
Lo está esperando la neblina del 24; lo aguarda el no saber qué ocurrió con las alas de su ejército. Todavía ignora que se cruzará en medio de la contienda con sus hombres: qué pasó, qué sabe usted, oficial, se preguntarán de caballo a caballo en medio de esa bruma inusitada, a las ocho del comienzo, en medio de esa mañana transida de humo que huele y asfixia, neblina del norte, tiempo de hostilidades, pajonal de incendio. Todavía ignora que habrá de ver a Gregorio Aráoz de Lamadrid aprovechando los ventarrones del sur para avivar el fuego, en el entrevero de filtro cegador y fantasmal de los pastos bamboleantes. Será la llamarada que él mismo ha ordenado ondear el día anterior, inventándola para desconcertar al enemigo, el más real que tuvieran estas tierras, esos tiempos. Al general Belgrano y a sus hombres se les atraviesa la palabra realista incrustada en esos pueblos apenas tangibles y querrán borrar del horizonte tucumano a ese paredón uniformado, a esa infantería de chaquetones y correajes que se cierne sobre ellos. Mucho antes del 24 de septiembre han estado al tanto de que el ejército godo, pisándoles los talones, arribó a Jujuy y no encontró más que vacío de resplandores y cenizas, el único rastro posible que le han dejado ellos, Belgrano y la muchedumbre paciente en éxodo que arreaba sus animales, cargando sus enseres…
El 24, ese hueco entre los días de septiembre de 1812, ya en Tucumán, querrán no haber visto a ese Real que avanza de inexorable uniforme rojo y azul, armado hasta los dientes, como debe ser, como corresponde a un ejército que se precie de invasor, de verdadero, de cuatro mil hombres.
Pero antes se habrán preguntado cuántas armas tenemos —dos mil hombres mal armados—, cuántas municiones, cuántas bayonetas —sin bayonetas, general, solo esas lanzas y esas otras hechas de cuchillos atados—…
No sabe aún que ese día habrá de entender por qué lo subvierte no tanto los Realistas como esa palabra: incongruente, impropia de estas tierras, de esta humanidad nacida de padres españoles pero acriollada, diferenciada a fuerza de pisar tierras diversas. Cómo habrían de convertirse los criollos, al noroeste de Buenos Aires, en Realistas, llamarse realistas…, se ha preguntado en las noches insomnes tucumanas. Dónde está el bastimento que hace a un ejército notorio, adherido a la realidad de los días, sin fantaseo de victoria. Dígame, general, recuerda que le ha preguntado Gregorio Aráoz de Lamadrid mientras contaba los pertrechos. Y es entonces cuando habrá de echar mano —en ese instante lo decide— de los incontables que le sugieren los vecinos: patria, voluntad, valor, entusiasmo…, palabras…, palabras que van y van en los oficios que envía por los caminos polvorientos al Triunvirato de Buenos Aires. Palabras inmiscuidas entre las cuentas que no resultan, que indican a las claras a los de Buenos Aires que no habrán de vencer, que no están los cañones ni la pericia de las guerras napoleónicas necesarias para vencer. Desentiéndase, le dice el Triunvirato, delegue esas tierras para los Realistas; déjelas, es una orden. Intransigente, obcecado ya en delirio tucumano, insensato por los campos de Dios, atesta de palabras los oficios que los chasquis a caballo transportan a la Asamblea General constituida, reconstituida, vuelta a constituir.
Ha avanzado quién sabe desde qué día de su vida hacia el día de las langostas, hasta el día en que las escuchará estrellarse contra los guardamontes, que creará la ilusión estridente de disparos; jamás imaginaron siquiera los Realistas encontrar tan fuertemente armada a esta chusma sin bandera, tal estruendo, tal poderío. Mal pensó el brigadier Pío Tristán. Quién hubiera conjeturado que los godos se creerían alcanzados por miles de balazos en medio del humo caliginoso. Quién hubiera imaginado a la soldadesca de Irreales, con sus contornos difusos, con andrajos más que ropas, suponiéndose inmortales por la misma descarga, plaga de saltones pétreos, contra sus cuerpos, sus caras, sus guardamontes convertidos en cajas de resonancia inverosímil. Qué nos ha vuelto inmunes, general. Qué somos, qué somos, Dios mío, Virgencita de las Mercedes.
Quién hubiera imaginado que los Irreales atacarían llevando como aliada a una plaga de langostas. ¡Adelante!, casi ciegos, casi perdidos, pero aullando como si la indiada se les hubiera metido dentro de la sangre acriollada. Y quién conjeturó que habrían de avanzar con el rugido como boca de fuego, con lanzas emulando a los aborígenes, con el estruendo contra los guardamontes, haciendo de salva de metralla, con la voluntad, con la astucia, la desesperación y que cercenarían por el medio a ese frente uniformado, a esa maldición hecha cuerpo que avanzaba como la evocación empecinada de una falta.
Y después de unas horas…
—Hemos vencido, general.
—Qué han vencido, dónde, qué ala…
—Vencimos a los que teníamos adelante, al frente. Los pasamos por encima, los traspasamos como si no fueran nada, como si no fueran Reales, y fuimos al corazón de sus tesoros, fuimos al centro que les latía de hierro, de cañones, de oro de Potosí, de municiones, de medicinas, de alimentos. Tocamos toda su realidad avituallada, los despojamos de lo único que los hacía más reales que nosotros.
—Atravesamos esa pared roja y azul que nos teñía el horizonte y les arrancamos su valía. Y nosotros resultamos ahora más reales. Y ellos quedaron ahí rodando, confusos en sus uniformes manchados de tizne, de humareda, de langostas muertas. Ellos, tan Realistas, se fueron desvaneciendo y retrocediendo, huyendo livianos, con escaso peso que llevar, ahumados de neblina.
Ninguna plaga que se precie en esos años de 1812 se habría hecho anunciar ni tampoco habría de permitir ver con claridad el resultado. El ala izquierda, preguntó Belgrano. Y galopó hasta el ala izquierda. El ala derecha, quiso saber, increpó a Balcarce, a Díaz Vélez. Y galopó subido a sus dolores de viva la patria; qué patria, se preguntaban; qué patria, señor. Vamos, volvamos a la ciudad…
El realista Pío Tristán se hizo estampa rearmándose como un mal fantasma en pesadilla de toda una ciudad. Y mandó decir: «Ríndanse o incendiaremos la ciudad, mataremos a los rehenes». Las misivas transportadas por las bocas de los mensajeros, por sus manos tiznadas, de ida y de vuelta en la penumbra de los caminos de 1812.
Y no era tan fuerte Pío Tristán ni tan uniformado ni tan esmirriado cuando surgió de entre las sombras. Todos pudieron ver contra el horizonte al espectro perseguidor desde el Perú cuando surgió para replegarse lentamente, sin luchar, sin rendirse, perpetrando en su imaginación otra batalla de resarcimiento más al norte, en Jujuy o en Salta.
Es la perplejidad que sobrevuela a vencedores y vencidos. El pastizal humoso a lo lejos, y sobre la tierra tapizada de langostas muertas, se ve al criollo Manuel Belgrano, abogado y general, junto a sus insólitos guerreros.
La lluvia golpea el paraguas resistente de la maestra María Emma Piñero. Se humedecen los faldones de su guardapolvo escolar. Solo el chapoteo regular de sus botas de goma contra el suelo cubierto de barro sirve de queja y contrapunto en la madrugada oscura.
ES EL QUINTO DÍA LLUVIOSO DEL MES DE SEPTIEMBRE DE 1960. En las calles de su barrio, la oscuridad es mayor y también el frío. María Emma no ha querido despertar a su marido ni a sus hijos para que la acompañen, pensando que ya ha pasado el peligro puesto que el hombre de la bicicleta ensangrentada, como ella lo llamó en sus pensamientos, desde hace algunos días no aparece. Cuando llega a la esquina donde suele cruzarse con él, toma precauciones y se mantiene alejada del cordón de la vereda: ya segura, da el paso y baja a la calle. Sin embargo, detrás de ella escucha una voz que le dice:
—Esta vez no esperó a que yo pasara.
María Emma siente un escalofrío. Gira la cabeza y no ve ninguna bicicleta. El hombre, empapado todo su impermeable que le cubre la cabeza, camina detrás. Ella quiere correr, pero siente la suave presión en su brazo; quiere gritar, pero la mano de él cubre levemente su boca mientras le acerca el rostro y mirando sus ojos, debajo del paraguas, le dice:
—Disculpe que la haya asustado. Solo quiero hacerle una pregunta. ¿Sabría decirme por qué estamos tan solos mojándonos en estos descampados?
Esta es la quinta ocasión en que ella encuentra a este hombre. Siempre en días de lluvia. Poco antes de las seis de la mañana, María Emma acostumbra salir camino a su trabajo. Debe ir al encuentro, a cuatro cuadras, del ómnibus interprovincial que habrá de avanzar rumbo al noroeste, rozando la serranía. Transcurridas dos horas de viaje ella habrá de bajar al pie de uno de los cerros, al que subirá, escalará o trepará, según ella elija y su Dios la ayude, para llegar a la escuela primaria Los Nogales donde enseña como maestra rural.
LA PRIMERA MAÑANA QUE LO ENCUENTRA, María Emma, a pesar del tiempo inclemente, llega hasta la esquina de la tercera calle; se detiene y espera el paso de una bicicleta que, a duras penas, avanza. El hombre que pedalea, de impermeable y cubierta la cabeza, le echa una ojeada y le dice «gracias», cercano y grave. Ella entiende que le agradece por haberle dejado el paso y evitar así el riesgo de que cayera al frenar, pero le llama la atención escuchar su voz con tanta claridad a pesar de la resonancia indiscriminada de la lluvia. El hombre sigue y ella cruza la calle sorteando los charcos; sin embargo, la desolación de esos caseríos aislados y de terrenos baldíos la inquieta no solo porque en esos lugares acecha el peligro, sino también porque allí parecieran emerger escenas lejanas y olvidadas. La maestra sabe que toda esta zona ha sido testigo de duros enfrentamientos armados en siglos anteriores y una emoción desconocida la invade. Recurre como tantas otras veces a la evocación de sus alumnos, a sus rostros sonrientes para alejar el temor, la incertidumbre.
Hace varias semanas que trabaja con sus alumnos sobre los antecedentes de la Batalla de Tucumán. Y no puede evitar pensar que, por esos espacios, en aquellas mañanas oscuras y lluviosas de 1812, ha atravesado Manuel Belgrano con su tropa y jujeños en éxodo, perseguidos por el ejército realista español. «Los chicos deben llegar al 24 de septiembre con los hechos históricos medianamente claros; que entiendan los motivos de la celebración anual.»
Le gusta ver a sus chicos, en guardapolvo blanco, cantando el Himno Nacional y mirando, luminosos, elevarse la bandera celeste y blanca creada por el patriota Belgrano. «Las caritas y las manos morenas, curtidas por el sol y el viento, revelan que les resulta fácil comprender cuando les habla de los campos desolados, de la intemperie y del ejército criollo en retirada vistiendo ropas y calzados humildes o de los rostros agobiados conducidos por un general criollo. Pero desde su realidad empobrecida, qué pueden imaginar cuando leen que Belgrano era licenciado en leyes, en el Colegio San Carlos del Río de la Plata; que había viajado a Madrid a los dieciséis años para especializarse en comercio ultramarino y que terminó en Salamanca y Valladolid profundizando sus estudios de leyes; el mismo hombre que después, devenido patriota, se empeñó en una revolución de independencia. El mismo que, ya como general, se veía perseguido en los campos de Salta y Jujuy por el ejército español y realista defensor de Fernando VII y dirigido por Pío Tristán. ¿Podrán sus niños imaginarlos alineados en perfectos uniformes azules y rojos? «¿Entenderán cuando decimos “solventados por el oro de Potosí”?», se pregunta la maestra. «Esta semana, trabajaremos sobre todo esto.»
Desde su casa hasta la parada del ómnibus piensa en las lecciones del día para distraerse, pero también para alejar el temor. Nadie camina a esas horas de la madrugada por las calles de su barrio, un lugar que parece suspendido en una medianía indiferente a todo rasgo: ni obrero ni campesino ni pequeñoburgués ni marginal ni rico ni pobre del todo. Ni avanza ni se atrasa ni brilla ni tampoco se enluta por desgracias accidentales. Los que tienen trabajo lo mantienen, como a sus nombres, y quienes lo han perdido aguardan su retorno en una espera indefinida. El barrio y sus gentes funcionan como un ejército disciplinado en una abulia infinita y, por lo tanto, no llaman la atención ni siquiera de sí mismos. Y aunque las casas están mal pintadas, sus verjas sean mezquinas y deslucidas y, en época de sequía, las aceras estén cubiertas de un leve polvillo, no parecen resentir la estética general, ya que también los espacios libres entre las casas y sus verjas, en vez de hermosos jardines, son simplemente pedazos de tierra sin pastos ni flores ni plantas, regada y apisonada por los hombres sin trabajo para evitar que el polvillo se soliviante.
María Emma advierte que no ha prestado atención desde hace unos minutos, como es su costumbre cada vez que orilla esos tramos de terrenos baldíos cubiertos de arbustos y pastizales. Ve entonces que el hombre de la bicicleta no ha continuado por la calle anterior, sino que viene en su misma dirección, detrás de ella y muy cerca. Intranquila, cruza, casi delante de él, para caminar en dirección contraria al tráfico ausente. Él, sin dudarlo y aprovechando la desolación, se pasa también al otro lado. Ella advierte la maniobra y empieza a correr salpicándose con el barro. Llega a la esquina y cruza una última calle hasta la parada, donde unas personas, como sombras, esperan. Puede ver, entonces, que el hombre de la bicicleta sigue su camino.
Las manchas en su uniforme son apenas recordatorios del peligro que la acecha en su recorrido solitario. Las estratagemas mentales para eludir el temor no le han servido esta vez y una mezcla de tristeza y rencor la invade cuando piensa en su marido y en sus hijos mayores, los tres sin trabajo, que duermen en casa, protegidos de la inclemencia. «Al menos si tuviesen la voluntad…» empieza, pero sigue, «¿y ese hombre en su bicicleta? Tal vez solo va a su trabajo…, debo estar más alerta… qué busca a estas horas…». Pero otra frase, singular, le sigue: «Ese hombre está tan solo en su bicicleta ensangrentada».
Víctima de la última palabra, ve llegar el ómnibus. Sube y el olor a ropa mojada la perturba, mientras camina con cuidado sobre la humedad barrosa, hasta que encuentra asiento. Unas lágrimas sin freno se confunden con algunas gotas de lluvia que descansan en sus mejillas. A nadie llama la atención que la maestra saque el pañuelo y seque su rostro. Pero al conductor, que la mira por el espejo retrovisor, sí le sorprende que ella continúe, durante todo el tiempo que dura el viaje, secándose los ojos y tratando de limpiar el barro de su delantal blanco.
El ómnibus, después de que la deje a ella en el paraje Los Nogales, prolongará su recorrido hasta la provincia de Salta y, horas más tarde, arribará a Jujuy, en la frontera con Bolivia. Así que no resultan ajenos en el transporte los hombres y las mujeres de rostros aindiados y sombreros negros, ellos vestidos con ropas oscuras y ellas con amplias y coloridas faldas, cargando bultos de mercaderías y enseres que han comprado en los comercios de Tucumán.
María Emma Piñero, nacida en 1917, conserva el semblante de sus antecesores familiares, habitantes del norte de la península ibérica llegados a Chile por las playas del Pacífico, a fines de los años 1500. Ellos, desplazándose por las centurias, se asentaron en la ciudad de Córdoba, en Argentina. Dejando atrás los años del siglo XIX
