Los irreductibles I - Julio Rilo - E-Book

Los irreductibles I E-Book

Julio Rilo

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Beschreibung

En una sociedad con tendencia a la distopía, Kino, un escritor frustrado, jamás imaginaría que una decisión motivada únicamente por el dinero le llevaría a replantearse toda su vida, al acceder a una máquina que le permite revivir los recuerdos de su difunto padre. Lo que al principio era un simple experimento, terminará desembocando en una serie de decisiones que se le plantean a Kino, quien no está preparado para afrontar las implicaciones de que exista una máquina semejante.

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Seitenzahl: 565

Veröffentlichungsjahr: 2021

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LOS IRREDUCTIBLES I

 

 

© del texto: Julio Rilo

© diseño de cubierta: Lois Moreno Graña

© corrección del texto: Equipo Mirahadas

© de esta edición:

Editorial Mirahadas, 2021

Avda. San Francisco Javier, 9, P 6ª, 24 Edificio SEVILLA 2,

41018, Sevilla

Tlfns: 912.665.684

[email protected]

www.mirahadas.com

Producción del ePub: booqlab

Primera edición: diciembre, 2021

ISBN: 978-84-18996-73-3

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o scanear algún fragmento de esta obra»

LOS IRREDUCTIBLES I

Julio Rilo

ÍNDICE

Nacimiento

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

Infancia

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

Adolescencia

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

NACIMIENTO

I

Igual que cuando su madre abría de golpe las cortinas cuando él, de adolescente, se quedaba durmiendo hasta pasado el mediodía, la claridad del exterior iluminó con un destello el interior del vagón cuando el tren salió del túnel. Ahora, por la ventanilla, Kino podía ver en la distancia la imagen gris brillante que era el paisaje urbano de Madrid en una mañana clara como aquella. Aunque poco duraría, y es que el tren de alta velocidad avanzaba raudo hacia uno de los túneles que componían la red de transportes del hormiguero que era la capital de España.

Del Guadarrama hasta Atocha tardaría algo menos de quince minutos, y la mitad de ese tiempo circularía bajo tierra, a partir del punto en el que empezaban a brotar edificios como si fuera césped gris. Pero a Kino no le importaba, ya conocía de sobra el aspecto cementoso de la ciudad que lo había adoptado, no le hacía falta contemplarla. Miraba por la ventana por distraerse, pensando en el aburrido día que le esperaba en el curro, y se preguntaba si se le plantearía alguna oportunidad para echar una siesta en el trabajo.

No había descansado nada bien aquella noche, al fin y al cabo, se había tenido que levantar a las cuatro de la mañana para coger el tren. Pero a él siempre le compensaba ir a pasar los fines de semana con su madre a Galicia, a pesar de los madrugones de los lunes. Volvía más cansado, sí, pero también mucho más relajado. Además, no era como si Rebe hubiera dado señales de vida las últimas semanas, así que no solía tener motivos para quedarse los fines de semana en Madrid.

Mientras escuchaba a Donovan por sus auriculares cantar algo sobre prepararse para la temporada de brujas el tren alcanzó el nuevo túnel, y el vagón volvió a quedar iluminado solamente por las tenues luces naranjas que había encima de los asientos. Al otro lado del cristal no había más que negrura, así que Kino volvió la mirada al interior y se empezó a fijar en la gente. A aquella hora, un lunes, solo había trabajadores como él que se dirigían al centro desde los límites de Madrid más allá de la Sierra, cada uno a empezar su semana con cara de no querer preguntarse qué están haciendo allí. Hormiguitas obreras.

Contagiado por la ironía de la canción que escuchaba, Kino los observaba mientras todos se miraban absortos a las palmas de sus manos, a las imágenes proyectadas por sus HSB1. Las HSB, o holo-pulseras, como todavía las llamaban algunos nostálgicos como Kino, eran el complemento indispensable de la época. Herederas espirituales de los smartphones, tenían todas las funciones que en su época habían tenido estos y muchas más, solo que, siendo más prácticas, pues ocupaban menos espacio. Estas pulseras proyectaban una imagen desde la parte interior de la cinta del brazalete, que era donde estaba el pequeño bulto que era la máquina en sí misma, y esas imágenes se visualizaban en la palma de la mano del usuario. Luego, uno se podía desplazar por los menús y las ventanas proyectadas con movimientos de los dedos de la mano en la que estaba la pulsera, que eran registrados por el sensor de movimiento que había al lado del proyector.

A Kino, viendo a todos los pasajeros mirándose fijamente a las manos mientras los dedos realizaban sin parar movimientos extraños, si ignoraba el tenue brillo de las proyecciones se le asemejaba a ver a un montón de gente que, sufriendo espasmos en una mano y sin saber qué significa la palabra espasmo, se quedan mirando absortos y sin comprender lo que su cuerpo hace ni por qué lo hace.

La canción terminó dando paso a la siguiente, y en los auriculares inalámbricos que Kino llevaba incrustados en los oídos empezó a sonar la voz de Jim Morrison explicando lo extraña que es la gente. Con cada verso de la canción, la mirada de Kino se posaba sobre un pasajero diferente, y a cada uno le inventaba una historia. Un trabajador que iba con un mono azul y arrastraba sobre sus ruedas un enorme maletón de plástico, era en realidad un músico de la filarmónica que no quiere que se le manche el esmoquin que lleva por debajo y cuida muy bien su violín. Una mujer de mediana edad que iba con su uniforme de limpiadora, era en realidad una asesina a sueldo que ha encontrado la mejor tapadera posible. Un joven abogado bien peinado y afeitado que iba abrazado a su bandolera, era en realidad un maestro del timo en quiebra que no le quedaba nada más que lo que contenía su bandolera, y por eso se abrazaba a ella. Aunque, pensando en ese último pitch, mientras el solo de guitarra de la canción comenzaba, debía de esforzarse más. Parecía que se le estuviese acabando la imaginación.

De ser cierto aquello, a Kino no le cabía duda de que si había algo que estuviese matando lenta pero efectivamente su imaginación, era su trabajo. Desde que tenía memoria había querido ser escritor. Uno de los pocos buenos recuerdos que conservaba de su padre, era el haberle inculcado desde muy pequeño el amor por la lectura, y era algo de lo que le estaba agradecido, aunque nunca fuera a admitirlo.

Si se esforzaba podía recordar a su padre leyéndole los libros de Tolkien antes de ir a dormir cuando era muy pequeño, y recordaba sobre todo sus interpretaciones e imitaciones, y las diferentes voces que ponía. Aunque su padre se había dedicado al cine, antes que nada les había enseñado a sus hijos el mundo de los libros. Cuando Kino descubrió por medio de su hermano mayor Raúl que habían hecho películas de El Señor de los Anillos, el pequeño Joaquín les rogó a sus padres que le dejaran verlas (sobre todo porque su hermano le había dicho que eran impresionantes), pero sus padres se negaron porque decían que no eran películas para niños. Sin embargo, unos años después, cuando él era algo mayor y sus padres ya se habían divorciado, sacaron las películas de El Hobbit y esas sí que fue a verlas. Y aquello solo sirvió para afianzar su amor por los libros antes que el cine, después de ver lo que le habían hecho a un libro al que él amaba tanto. Pero también recordaba las veladas que hacían en familia los cuatro viendo películas en blanco y negro y de vaqueros, cuando todo iba bien todavía. A pesar de que los libros eran su pasión, también le tenía mucho amor al cine, un amor que venía desde su más tierna infancia. Y para ser completamente justos, las películas de El Señor de los Anillos estaban bastante bien, para ser una adaptación.

Por tanto, Kino siempre había querido ser escritor. Cualquiera hubiera dicho que aquello era algo fácil, no solo porque tuviera talento como escritor después de haber leído tanto como él lo había hecho (y es que Kino siempre decía que, en el mundo en el que vivían, el talento era algo irrelevante), sino porque era el hijo de Ricardo Lázaro, al fin y al cabo. Pero desde que alcanzó la mayoría de edad, Kino había cambiado su apellido por el de su madre y, por decirlo de forma suave, la relación con «el negocio familiar» era tensa.

Habría podido ser guionista, pero él quería ser escritor. Algo poco rentable en un mundo en el que ya nadie compraba libros. Pero Kino estaba empeñado en vivir de lo que escribía, por lo que tras muchos años buscando, saltando de currito en currito y escribiendo en sus ratos libres, había conseguido lo que más se le parecía: trabajar en un periódico. Aunque a Kino le daba la risa cada vez que alguien se refería a su medio como un periódico. Ya no quedaban periódicos.

La revista 5 Minutos era uno de los pocos medios de prensa que habían sobrevivido a la incesante pérdida de interés de la sociedad en el mundo que le rodeaba, así como una muestra de la poca atención que la gente era capaz de mantener. De ahí el nombre de la revista. Si un artículo tardaba en leerse más de cinco minutos, era descartado. A Kino le interesaba hablar de corrupción política, de cadenas de alimentación que distribuían comida en mal estado o de cómo las compañías energéticas y telefónicas estafaban sistemáticamente unos pocos céntimos a todos sus clientes multiplicando sus beneficios de manera ilícita. Pero tras no pocos encontronazos con su redactor terminó trabajando en el tipo de artículos que eran el auténtico motivo por el que 5 Minutos era un medio de prensa líder de mercado: los Top 10.

Los Top 10 eran listas que solían contener datos de interés para la gente, a veces informativos y otras simplemente consejos para el día a día. Los títulos de dichas listas podían variar desde «10 motivos por los que la quinoa es mala para la salud» a «10 planes para una escapada de fin de semana aventurera», pasando por el medio por listas tales como «Los 10 trabajos mejor remunerados del mundo» o clásicos como «10 formas de averiguar si tu pareja te pone los cuernos». Es decir, conectar con el lector hablando de aquello que más le motiva. Kino, aunque era uno de los mejores articulistas de la revista (principalmente porque se inventaba todo lo que escribía) se deprimía y se sentía perdido en el medio de toda la autocomplacencia y el narcisismo de sus lectores, que en última instancia no dejaban de ser quienes decidían sobre el contenido que él redactaba. Si las tonterías que él escribía era lo que le interesaba a la gente, no era de extrañar que el país estuviese como estuviese. Los días que se sentía rebelde, Kino hacía un Top 11 en vez del Top 10, lo que provocaba la ira de su redactor, por desobedecerle y porque cada vez que hacía esto sus artículos tenían más vistas y eran trending topic, por lo que no podía castigarlo.

El tren se paró con una leve sacudida, y evitando a la gente que entraba y salía del vagón con la mirada baja y sin reparar en las personas que tenían alrededor, Kino bajó con su mochila al hombro al enorme andén de quince plataformas en el que el devenir de la gente era incesante. Se dirigió automáticamente en dirección hacia los ascensores, y comprobó con desagrado una larga cola de gente que no quería andar hasta las escaleras mecánicas. Aunque más que una cola, aquello era una masa que se amontonaba ansiosa ante las puertas de los ascensores, como exigiendo que se abriesen. Kino siguió andando cansinamente, pudiendo ver en su cabeza la estampa que tendría lugar en cuanto el ascensor abriese las puertas y hubiese los típicos encontronazos entre los que no dejan salir y los que no dejan entrar. Caminó hasta uno de los extremos del andén, que era donde estaba la zona de escaleras.

Después de varias reformas y ampliaciones, la estación de Atocha había ampliado considerablemente su tamaño, ante la necesidad de cubrir las nuevas líneas que se extendían hasta las costas en todas direcciones. Constaba de cinco plantas subterráneas, además de la superficie, y a los niveles inferiores no paraban de llegar trenes desde todas las direcciones de España, mientras que las dos plantas superiores estaban reservadas a los trenes de cercanías. En cada una de esas plantas había unos enormes andenes de quince plataformas, cuyo plano formaba un rectángulo irregular. Los ascensores estaban en el medio de los lados más largos de dicho rectángulo, y en los otros extremos había una sucesión de escaleras mecánicas en hileras de tres que conectaban todas las plantas hasta la superficie, desde donde bajaba la fría luz gris de la mañana madrileña filtrándose desde una claraboya. Kino se subió en la primera escalera ascendente a la que llegó con la resignación de quien se ve obligado a tomar el camino más largo con tal de no tener que lidiar con la gente. Aunque al ver lo vacías que estaban en general las escaleras pensó en toda la gente que se debía de amontonar en los ascensores, y se preguntó cuál de las dos vías sería en realidad la más lenta.

Antes de llegar a la planta de la superficie abandonó las escaleras y se dirigió en dirección al metro. Todavía faltaban casi dos horas para las nueve, por lo que se imaginaba que le debería de dar tiempo en llegar hasta la oficina, y mientras la seductora guitarra de Keith Richards sonaba en sus auriculares inalámbricos y le ayudaba a mantener el ritmo de una aburrida caminata hacia la rutina, él no podía evitar sentirse como la mosca en la tela de araña de la que Mick Jagger hablaba en la canción. No iba a poder pasar por casa hasta que saliese de trabajar a eso de las cinco de la tarde. Por suerte, el único equipaje que llevaba cabía en una mochila.

Cogió la línea 1 y en el rato que le llevó llegar hasta Plaza de Castilla le dio tiempo a escuchar veinte canciones. Ocasionalmente desplegaba las imágenes de su holo-pulsera e iba divagando entre los menús de su reproductor, sin terminarse de decidir por qué le apetecía escuchar aquel día. Había empezado con rock clásico de los 70, lo que había terminado derivando en una lista de reproducción de éxitos de glam rock de los 80. Y sin saber cómo, aquello había ido degenerando hasta que Kino, poco antes de llegar a la altura de Chamartín, se descubrió a sí mismo escuchando a Boney M, algo que no pasaba desde hacía como mínimo una década, y se rio para sus adentros mientras movía el cuello a ritmo de boogie.

En Plaza de Castilla cambió a la línea 10 hasta Nuevos Ministerios, desde donde se volvió a cambiar a la 8 hasta el Campo de las Naciones, en donde tuvo que volverse a cambiar a la línea 16, que sería la que le llevaría hasta Guadalix, y de ahí solo una caminata de diez minutos hasta su oficina.

Lentamente subió las escaleras de la estación de metro hasta la calle y consultó la hora en su HSB, y miró los brillantes números «8:52», que se proyectaban ante él mientras mantenía una expresión de negociador en la cara, pensando en si valdría la pena. Finalmente decidió que sí que valía, y sacó el paquete para hacerse un cigarro. Dentro, había todo lo que necesitaba: papel, filtros y tabaco. En poco tiempo se lio un fino y alargado pitillo, que se encendió después de prensarlo con mucha parsimonia. Solo entonces empezó a caminar, y tampoco se dio mucha prisa mientras caminaba fumando y escuchando música, a pesar de que sabía que tardaría algo más de diez minutos y faltaban seis para que empezase su jornada laboral. En su cabeza lo único que importaba era la música que sonaba en sus oídos. Ahora mismo sonaba Jamiroquai.

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II

Poseído por la furia con la que tocaban la guitarra Dave Mustaine y Chris Poland, Kino tecleaba frenéticamente en su ordenador, terminando el que sería su tercer artículo del día. Estaba en racha. Aquella semana tenía los objetivos habituales, diez Top 10, dos por día. Aún no era la una de la tarde y ya casi había terminado el tercero, si seguía así el miércoles a mediodía habría terminado el trabajo de toda la semana, por lo que se podría pasar el resto de su tiempo en el puesto de trabajo o leyendo o escribiendo, lo que era el principal atractivo que su actual posición tenía para él: que le pagasen por hacer lo que él haría en su tiempo libre. Si Ronnie se enrollaba, hasta era posible que pudiera comenzar su fin de semana el jueves.

Ronnie era su editor jefe. Era un par de años más joven que él, y aunque sus padres le habían llamado Ronaldo en honor al mítico futbolista, él se apodaba Ronnie en un cutre intento de parecer sofisticado, que solamente funcionaba dentro de los círculos sociales de los que él tenía mucho cuidado de no salir. Era el perfecto ejemplo de un intelectual de pega, alguien que se dedicaba a decir citas de gente con nombres que muy poca gente conociese con la presunción de que eso le volvía más inteligente, pero que no había tocado un libro en toda su vida, sino que todos los conocimientos sobre cultura, arte y filosofía de los que disponía los había adquirido a través de los análisis simplistas que otros se dedicaban a hacer en YouTube sobre la obra de escritores y filósofos que, la verdad, nadie tenía tiempo para leer.

A la falta de cultura de Ronnie había que sumarle una capacidad para la gestión de equipos y liderazgo que brillaban por su ausencia, lo que, a ojos de Kino, lo hacía perfecto para la posición que ocupaba. Para una revista como aquella, lo cierto era que a Kino le interesaba tener un superior fácilmente manejable, y Ronnie lo era. Lo único que Kino tenía que hacer para que le siguiera la corriente era tenderle una «encerrona cultural», con lo que conseguía que su jefe cambiase de tema, algo que normalmente facilitaba que Kino se saliese con la suya.

Una encerrona cultural consistía en que, cuando Kino se veía atrapado por haber hecho un Top 11 o algo parecido y Ronnie iba hasta su mesa para reprenderlo, Kino hacía referencias a escritores y otros periodistas alegando por sus argumentos con la misma teatralidad y vehemencia que Marco Antonio llorando la muerte de Julio César, y se inventaba estadísticas para justificar lo que hacía, sabiendo que su editor no se iba a tomar la molestia de ver si era verdad. Más bien lo que conseguía era confundirlo, y al confundirse, era cuando Kino conseguía que Ronnie se enrollase. Cuando Ronnie ya estaba confundido, Kino solía pedirle algo como si fuese lo más importante del mundo, haciéndole sentir que tenía el control, y negociaba ofreciéndose a hacer a cambio cosas que él iba a hacer de todas maneras. Y aunque a veces no conseguía lo que le pedía, casi siempre se libraba de la reprimenda.

Si se lo curraba a lo largo de la semana e intentaba tenerlo contento, seguro que podría irse el jueves de fin de semana. Con suerte, habiendo cuatro días en ese finde, podría quedar alguno con Rebe, que ya hacía casi un mes que no se veían y Kino estaba empezando a subirse por las paredes.

En aquellos momentos, estando Kino como estaba en medio de un frenesí de trash metal deseando adelantar hasta el viernes en la mañana del lunes, no se dio cuenta de cómo Ronnie se había acercado sigilosamente por los pasillos de la oficina y se había detenido apoyándose en la pared de su cubículo con cara de buenos modales. Iba vestido con unos ajustados pantalones negros con dibujos dorados de corte oriental, y una camisa de estampado de enormes flores lilas, naranjas y amarillas. Llevaba su pelo de color naranja a la última moda, recortado con maquinilla en la coronilla y extremadamente largo por los laterales y la nuca, hoy lo llevaba peinado con gomina hacia atrás, y producía un efecto cómico como si se hubiese bajado de una moto después de estar horas conduciendo sin casco. Kino hizo como si no le hubiese visto y siguió escribiendo las chorradas que se le pasaban por la cabeza sobre cuáles serían las diez mejores formas de tener una pensión que durara más de diez años.

La canción terminó y Megadeth dejó paso a Cavalera Conspiracy, y Kino seguía escribiendo como si le fuera la vida en ello. Y Ronnie seguía esperando con buena cara como si ser ignorado por un subordinado no le cabrease tanto como en realidad le cabreaba. Poco a poco se iba impacientando, y su expresión se agriaba. Cuando ya se cansó, carraspeó levemente, y Kino desvió por un momento su concentración del teclado a contener una risa ante una tosecita de su jefe que había sonado como una rueda de bici pinchándose. Siguió haciendo como si no se hubiese dado cuenta de que Ronnie estaba allí, con lo que este se impacientó y volvió a toser, esta vez más fuerte.

—¡Coño! —exclamó Kino dando un exagerado respingo. Miró a ambos lados mientras se quitaba los auriculares, haciendo como que no sabía qué estaba pasando, y cuando por fin posó su mirada sobre Ronnie suspiró—. Uf, eres tú.

—Oh… sí. Perdona, Kino. No quería molestar.

—No, si no molestas, Ronnie, pero me has dado un susto de muerte…

—Lo siento, no volverá a pasar.

—Menos mal. Bueno, ¿qué te trae por aquí?

—Deberías saberlo muy bien.

Kino hizo como que no sabía de qué se trataba aquello, y es que en realidad se hacía una idea bastante buena de qué era lo que Ronnie quería, y no tenía ninguna gana de hablar de ello. Se encogió de hombros y puso cara de corderito degollado.

—Perdona por llegar tarde, pero pensé que no pasaría nada.

—No… ¿qué? ¿Has llegado tarde?

—… No. Solo fueron cinco minutos.

—Bueno, no pasa nada, pero… no, no es eso. ¡Tu artículo del jueves!

—Oh… entiendo. Lo siento, Ronnie, sé que no te gusta que haga Top 11, pero viendo los últimos resultados de la semana pasada y cómo reacciona la gente a la novedad de los Top 11, pues creí que vendrían bien los clics…

—No se trata de eso, Kino. Los clics siempre nos vienen bien… pero tampoco se trata de eso, sino del tema.

Kino reprimió un suspiro e intentó seguir con la actuación.

—¿Qué tema? Lo siento, no me acuerdo, tendrás que…

—«Los 11 motivos por los que es imposible ser feliz».

Un tenso silencio se produjo entre los dos, y es que a Ronnie le estaba costando trabajo mantenerle la mirada a Kino.

—Creía que tenía libertad para escoger los temas —dijo Kino sin alterar el tono ni el volumen.

—Sí, pero dentro de unos límites, Kino. Este tipo de artículos no nos hacen ningún bien. La respuesta del público ha sido muy negativa.

—Pero ha generado clics, ¿o no?

—Sí, pero también comentarios. Comentarios negativos. Y llegó un punto en la madrugada del viernes en que el único motivo por el que la gente hacía clics era para confirmar la mala fama y dejar más comentarios negativos. Y amenazas.

—Bueno, pero como dijo Cervantes, «que hablen de mí, aunque sea mal». La controversia es buena, Ronnie, genera clics, genera beneficios. Además, como si nos fuésemos a empezar a preocupar de todos los trolls que nos amenazan…

—¡Da igual que generen clics, joder! —estalló Ronnie al ser incapaz de ubicar quién era Cervantes (¿Jugaba en el Chelsea?)—. Los clics son buenos, a no ser que sean de gente que está enfadada. Los anunciantes no pagan para que sus anuncios sean vistos por gente de mal humor. La gente de mal humor no compra.

«La hemos cagao», pensó Kino, y es que los únicos números que no le bailaban a Ronnie eran los del departamento de marketing, que era al fin y al cabo de lo que vivía toda la plantilla. De algo le habían servido al niño los cuatro másteres al terminar sus dos carreras. Pero la verdad era que, a Kino no le preocupaba demasiado lo que pudiesen decir los anunciantes. Al fin y al cabo, las senseries era el principal producto que se anunciaba en 5 Minutos, lo que significaba que Industrias Lázaro controlaba una parte muy importante de las participaciones de la revista. De manera que si los anunciantes, que trabajaban para la empresa de su padre se ponían gallitos, pensaba hacerle la vida imposible a su hermano hasta conseguir que le dejasen escribir lo que le diese la gana. Eso no le preocupaba, pero ahora a ver cómo convencía a su jefe de que él tampoco tenía que preocuparse sin verse obligado a tirar del apellido de su padre.

—Bueno, Ronnie, pero no te preocupes por eso. Tú piensa que los anuncios son los mismos en todas las noticias. Así que, si leen un anuncio estando enfadados, ya lo verán también cuando lean el siguiente y se les pase.

—No te me hagas el listillo —dijo Ronnie poniéndose serio repentinamente y apuntándole con un dedo—. El principal problema son las cosas que pusiste.

—¿A qué te refieres?

—Deudas vitalicias, titulitis, redes antisociales, fake news —iba recitando Ronnie mientras levantaba dedos al mismo tiempo que enumeraba—. Todos son apartados de tu noticia.

—¿Y qué pasa?

—¡Tío! Que si pones estas cosas la gente se deprime.

—¿Y a mí qué me importa? Si se deprimen será porque saben que es cierto.

—¿Y a mí qué me importa que sea cierto o no? ¡Somos un periódico, no un tribunal!

—Pero a ver, Ronnie, esto es lo que se lleva, es nihilismo consumista. La gente sabe que todo eso es cierto, pero luego se ponen con sus senseries y se les pasa. El enfoque pesimista es lo que ayuda a vender, es lo que pone contentos a nuestros anunciantes. La depresión se cura gastando.

—¡Uf, pero qué dices! No tienes ni idea, eso que comentas suena de lo más postmoderno, y el postmodernismo es algo que no se lleva desde que yo iba a la Universidad. Fue un invento de la generación millenial y, como tal, vio el fin que le correspondía en los años veinte.

Kino reprimió el más grande de los suspiros mientras se imaginaba a Albert Camus retorcerse en su tumba ante semejante afirmación, e intentó poner sus ideas en orden antes de contestar:

—Está volviendo, tío. Hazme caso —dijo al fin sin conseguir ponerle demasiado entusiasmo—. El postmodernismo lo está pegando fuerte.

—Que no, Kino, que no está volviendo. Además, sabes que hay temas como la educación o política que están vetados, y en uno de tus apartados te lías a criticar las carreras universitarias y los másteres y dices que no valen para nada. No solo es que no puedes poner esto porque, ¿cómo vas a hacer que se sientan nuestros lectores al decirles que no vale para nada todo su trabajo?

—Recordarles… —musitó Kino.

—… sino que, además, se rumorea que el Jefe ha recibido una llamada del Jefazo.

Mierda. Aquello sí que eran palabras mayores. ¿Sería un farol?

—Venga ya. No puede ser que se hayan molestado. Si no dije nada del Gobierno.

—Pero no hace falta. Has hablado mal de su sistema de enseñanza. Y eso no puede ser. No puede ser, Kino, no puede ser —dijo Ronnie compungido y convencido a partes iguales.

—Entonces, ¿qué va a pasar?

—Pues, para empezar, que vas a escribir de cosas normales. Cosas que interesan y que la gente quiere leer. No mierda deprimente de esa con la que tanto disfrutas. —Kino se cruzó de brazos y puso los ojos en blanco—. Y luego, que se acabaron ya las tonterías de los Top 11. Una vez es gracioso, pero ya cansa. De verdad. Bueno, pues espero que esté todo bien.

—Bueno, hay una cosa que podrías hacer por mí.

—Claro, Kino, ¿de qué se trata?

—Pues verás, estaba pensando que, si esta semana me pongo a tope, podría adelantar trabajo, y puede que termine el trabajo de toda la semana el miércoles. Y de ser así, pues podría adelantar el finde y no me haría falta venir aquí el jueves y el viernes.

—¡Sí, claro! Después de la que has liado, te voy a dar un puente. No flipes tanto, que ya bastante es que te libras después de una llamada del Jefazo sin que te pase nada. Si lo tienes el miércoles, pues mejor, que así me lo envías y lo leo a ver si está todo bien.

—¿Me vas a empezar a dar el visto bueno ahora?

—Pues parece que me vas a obligar. Al menos durante un par de semanas quiero que me pases todos tus artículos antes de publicarlos.

—¡Pero si se supone que tengo libertad para escribir de lo que quiera!

—Sí, pero dentro de unos límites. Venga, Kino, que ya sabes cómo va esto, que no eres nuevo. A mí también me fastidia, pero no me dejas otra.

—Otra más que ponerme en período de prueba, quieres decir.

Ronnie se encogió de hombros y salió caminando hacia atrás del cubículo de Kino, dejándolo a él solo con su cabreo. Miró con rabia el artículo que estaba terminando. Iba por el octavo punto, y cinco de ellos hablaban de política. Después de aquella conversación y, de ser cierto, una llamada del Jefazo no podía arriesgarse. Puso un dedo sobre la tecla de borrar y lo dejó ahí encima mientras veía cómo las líneas que había escrito durante la última hora se iban borrando infinitamente más rápido de lo que habían ido apareciendo.

Había ciertos temas de los que no se podía hablar. Y punto. Si no, uno se exponía a perder el puesto de trabajo, o incluso acabar en la cárcel si alguien ofendido se tomaba la molestia de pagar las tasas para denunciar. Pero había veces, como aquella, que había suerte y a uno lo avisaban antes de que los engranajes de la implacable Justicia se pusieran en marcha. El Jefazo, uno de los dos accionistas mayoritarios de 5 Minutos junto con Industrias Lázaro, no era más que un eufemismo para referirse al ministro del Interior, antiguo ministro de Educación. Así que ya estaba todo dicho.

A Kino le reconcomía el alma que gentuza de ese tipo abusase de su poder de una forma tan flagrante, pero se negaba en rotundo a exponerse por una «causa justa» o «noble», cuando sabía que lo máximo que conseguiría sería un apoyo pasajero por parte de la gente que reaccionase a la campaña viral de otro periodista al que metían en la cárcel por escribir sobre lo que no debía. La gente solo iba a apoyarlo durante el tiempo que tardase en salir otra noticia que les llamase más la atención.

Kino se volvió a poner los auriculares, pero la sangre le hervía demasiado como para seguir escuchando metal, por lo que decidió hacer una pausa («Se venden noticias, pero ¿quién las compra?»). Miró la hora y vio que era la una menos veinte, por lo que aún le daba tiempo a tomarse otro café antes de comer. Aunque ya tenía su cupo diario escrito (aún no lo había enviado a que Ronnie se lo revisara…), seguía queriendo avanzar y adelantar trabajo. Por lo que se quedaría escribiendo, probablemente hasta después de su hora, y comería tarde.

Se levantó y fue caminando lentamente por las brillantes oficinas de 5 Minutos, llenas de baratos muebles de colores chillones iluminados por la claridad exterior que entraba a través de los enormes ventanales. Con unas ventanas tan grandes, había claridad incluso en el interior de los cubículos, donde un montón de postadolescentes de treinta años procrastinaban y se dedicaban a tirarse los tejos los unos a los otros durante toda su jornada laboral, creando un material periodístico digno del medio en el que trabajaban.

Esquivó sin mucho esfuerzo a algunos de los compañeros que enseñaban a gritos a otros compañeros cualesquiera que fueran las fotos o vídeos que estaban viendo en sus HSB, y es que por lo general el resto de los redactores le hacían a él el mismo caso que este les hacía a ellos. Pasando por una sucesión de cubículos «adornados» de acorde con la personalidad de cada uno de los pseudointelectuales que le hacían a diario la corte a Ronnie, Kino llegó por fin a la terraza de la cafetería.

La terraza era cerrada, como si de un invernadero se tratara, y es que fuera y más a la altura a la que se encontraban, hacía mucho frío. Muy pocos días hacía el calor suficiente como para abrir las ventanas y estar allí sentado a gusto. Estaba terminando el mes de septiembre, y Kino solo se había acatarrado cinco veces en lo que iba de año, lo que no estaba nada mal. Pasó de largo por las mesas donde había gente charlando más animadamente de lo que aquellas conversaciones merecían y se fue directo a la barra libre a prepararse un café.

Llenó una taza con agua del grifo y lo metió en el microondas, después se dirigió hacia donde estaban los cuencos con el café molido, sin hacerle caso a los condimentos como cacao o canela. Dentro del café había distintas variedades donde elegir, y cada cuenco tenía una etiqueta que indicaba su nombre, cada cual más exótico y difícil de pronunciar que el anterior. Pero Kino tampoco hizo caso a los nombres, pues era de su conocimiento que les cambiaban las etiquetas de un día para otro, pero los cafés siempre eran los mismos. Se inclinó sobre los cuencos y pasó la nariz por encima hasta que dio con aquel cuya fragancia lo sedujo. Sacó la taza del microondas, cuya agua ya estaba hirviendo, y le echó tres cucharadas del café molido y removió para mezclar. Cuando ya estuvo bien revuelto le echó una pizca de leche. Y nada más.

Kino recordaba las cafeteras de los bares de cuando era pequeño, y ver que cuando su padre pedía un café, solo con darle a un botón le salía un café solo o con la cantidad de leche que cada uno quisiera, con un ruido durante todo el proceso que al pequeño Joaquín le parecía el que debería de hacer una nave espacial despegando. Y luego quien quería le echaba azúcar o sacarina. Para un purista adicto al café como era Kino, aquel era un lujo que solo podía darse cuando iba a visitar a su madre a Galicia, que tenía en su casa una cafetera antigua.

La nueva moda del café deconstruido lo ponía enfermo, pero era infinitamente mejor que la época en la que a todo el mundo le dio por beber aquella mierda grumosa a la que se atrevían a llamar café helado. Con el café deconstruido por lo menos tenía la oportunidad de prepararse un café decente. Soluble, sí, pero decente, sin importarle cómo a la gente diese por tomarse el café ahora.

Mientras pensaba esto, el número 36 se le pasó por la mente como un ominoso recordatorio de que su juventud ya terminaba, sin importar lo que le dijeran en el banco. Entre eso y el pensamiento de «en mi época había café de verdad», Kino empezó a sentirse viejo, y al verse reflejado en el aluminio de la barra sobre la que se estaba preparando el café, pensó que las ojeras no ayudaban mucho, la verdad.

—Pero ¿qué haces, bro?

Ante esa pregunta, Kino se giró extrañado y con lo que se encontró de frente le hizo sentirse más viejo aún. Llevaba trabajando allí cuatro años, y aún no se sabía sus nombres, lo único es que parecía que acababan de salir del instituto, aunque alguno de ellos ya estaba empezando su tercer máster. Delante de él se encontró con lo que, a falta de recordar sus nombres, su cerebro solo pudo identificar como la versión pálida y anémica de M. A. Barracus, Tintín con el bombín de Hernández puesto (o quizá el de Fernández) pero sin esconder el ridículo flequillo, y Júbilo, de los X-Men. Kino pensó en que ninguno de aquellos tres chavales sabría con quién les estaba comparando en su mente, y se sintió aún más viejo. El que formuló la pregunta había sido Tintín.

—Un café —respondió Kino con sequedad.

—¿Pero lo echas en el agua? —preguntó Júbilo tan asombrada que se levantó las gafas de sol rosas—. Qué asco…

—No tenéis ni idea, va de retro —intervino M. A.

—¿Cómo retro? —preguntó Júbilo todavía anonadada por ver a alguien tomarse un café en una taza.

—Es como tomaban antes el café —aclaró el Mr. T blanco—. Yo lo probé así una vez, y es una movida.

—¿Y a qué sabe? —preguntó con curiosidad Tintín.

—Pues a café. Pero más suave. No te entran ganas de toser.

Kino observaba la escena maravillado, pensando en la entropía, removiendo el café lentamente y dándole pequeños sorbos.

—Pero a ver —dijo Tintín—, si toses es que lo haces mal.

—O que no te gusta el café lo suficiente. Yo hace años que no me pongo a toser después de tomarme el café —dijo con orgullo Júbilo.

—¿Y por qué te lo tomas así? —le preguntó Tintín a Kino.

—Porque me gusta.

—¿Más que si te lo tomas normal?

Kino asintió lentamente mientras sonreía al oír la palabra «normal».

—Qué raro… —dijo Júbilo con una cara de excitación sexual que, a juicio de Kino, no se ajustaba demasiado bien al desarrollo de la situación.

—Yo ya sé lo que pretendes —dijo de pronto Tintín.

—¿Qué pretendo?

—Pues está claro. Vas de vaqueros, una sudadera negra, despeinado, y esa barba de una semana…Y encima tomando café como lo hacían nuestros abuelos. Tú vas de retro.

—Yo no voy de nada.

—Que no, dice —exclamó pedantemente Tintín—. Yo veo lo que tú pretendes. Quieres iniciar una moda. Quieres ir de viral, pero casi no tienes seguidores.

Después de decir esto, los tres personajes que sin saberlo parecían sacados de obras de ficción del siglo pasado empezaron a reírse con superioridad, pero Kino no se inmutó y siguió bebiendo su café a sorbos cortos. Cuando terminaron de reírse se creó un silencio, que la indiferencia manifiesta de Kino convirtió en incómodo. Entonces, y solo entonces, Kino habló:

—Pues tienes razón, me gustaría ser viral. Si por viral entendemos que te contagie alguna enfermedad que licue tus putas entrañas y te haga vomitarlas a base de ataques de tos.

Dicho esto, se incorporó y se fue caminando lentamente dejando a los tres chicos ofendidos por su grosería allí plantados, saboreando su café con leche. Lo del café deconstruido era algo que le parecía patético. Consistía en tomarse el café en seco. Te echas una cucharada de café en polvo en la boca, y luego se va sorbiendo de un pequeño sobre una leche muy condensada, para poder tragarlo. A quien le gusta el café con canela, cacao o virutas se lo echa también en la cucharada, y para dentro. Cappuccino instantáneo. Al parecer de Kino, aquella no solo era una manera de desperdiciar café, sino que también una forma innecesariamente desagradable de tomárselo.

Recordaba vagamente que, cuando era muy pequeño y descubrió YouTube, estaba de moda una cosa que se llamaba «el reto de la canela», que no consistía en otra cosa que tomarse una cucharada de canela en polvo a palo seco. Y aquellos vídeos eran tremendamente graciosos y paradójicos. Eran graciosos porque es imposible tomarse una cucharada de canela en polvo y no empezar a toser como si uno fuese a echar los pulmones, y la gente se grababa a sí mismos haciéndolo. Pero eran paradójicos porque, en su momento, había millones de vídeos de gente haciendo lo mismo, lo que al mismo tiempo significaba que había millones de personas que, de forma voluntaria, se habían expuesto a un ataque descontrolado de tos por ingesta de canela. Hermoso a su manera.

Kino había intentado racionalizarlo para sus adentros para aprender a vivir con la idea del café deconstruido, y lo intentaba ver como que las modas son algo cíclico. Las cucharas habían vuelto pegándolo fuerte, como el postmodernismo. Pero no podía, aquello ya le parecía demasiado. Pero si ser el raro era el precio que tenía que pagar por tomarse sus tres tazas de café matutinas como Dios manda, él lo pagaba gustoso. Y si la gente supiese lo que pasaría si no se las tomase, también se lo agradecería.

III

Cuando salió de la oficina, más que luz quedaba algo de claridad. El cielo gris dejaba pasar poca luz, y algunas gotas solitarias se dejaban caer con pereza para incordiar a los viandantes salpicándoles cuando caían sobre sus frentes o las coronillas. Kino dejó que las gotas le salpicasen, agradeciendo el frescor a pesar de que en la calle hacía bastante frío y le salía vapor de la nariz que asomaba por encima de su viejo chaquetón verde lleno de remiendos. Pero necesitaba el frío en aquellos momentos. El trabajo siempre le dejaba una sensación de embotamiento mental, y salía congestionado y cansado.

Toda la gente de la calle caminaba hacia el metro, mirando a los hologramas de las palmas de las manos o al suelo y amontonándose contra las paredes de los edificios, para que las terrazas les tapasen de las escasas gotas que caían esparcidas dejando marcas redondas en la acera. A Kino no le apetecía meterse en metro y embutirse como comida en conserva. Si cogía el metro tardaría algo más de una hora en llegar a casa, y si cogía el bus de hora y media no iba a bajar, pero en su mente no había lugar a duda. En el bus también iba a ir apretado con toda la gente, pero si iba en bus tendría oportunidad de mirar por la ventana, y aunque el paisaje urbano de Madrid era de todo menos bonito y relajante, era mejor que mirar por una ventana que da a un túnel negro. Además, todavía no era la hora punta de salida del trabajo, y no tenía que encontrarse con toda la marabunta de gente que se amontonaba en la red de transporte público a partir de las siete.

Apoyado contra la marquesina desde la parte exterior, Kino se liaba un cigarro mientras esperaba al bus, a sabiendas de que en cuanto lo encendiera aparecería y lo tendría que apagar. Así fue, y justo cuando Slash comenzaba a tocar Paradise city, el bus de la línea TP-34 llegó frenando suavemente hasta la parada con un suave zumbido eléctrico. Las puertas se abrieron, y Kino esperó a que la gente que se amontonaba delante acabara de pelearse por ver quién se quedaría con los «mejores sitios». Pasó su pulsera por delante del lector, que estaba situado donde antiguamente se sentaban los conductores, y no pasó nada. Volvió a pasar la pulsera y el resultado fue el mismo. Era imposible que en la cuenta no tuviese saldo suficiente como para un billete de bus, así que debía de ser problema de la máquina. Por tanto, optó por tomar la decisión más inteligente y le soltó un golpe seco al lector del bus, volvió a pasar la pulsera por delante y un billete salió de la ranura expendedora, lo que indicaba que la transacción ya se había hecho desde la aplicación del banco.

El bus arrancó lentamente y se incorporó al tráfico, y Kino se puso todo lo cómodo que le permitían los rígidos asientos de plástico del bus. Le esperaba un buen trecho hasta llegar a casa y darse una buena ducha, que era lo que más le apetecía en aquellos momentos. La música que no dejaba de sonar en sus auriculares era una ayuda para sobrellevar la espera del trayecto.

A medida que el bus iba avanzando, la lluvia empezó a aumentar la intensidad, y a través de los cristales surcados de agua se veía la estampa del ocaso gris de Madrid como si fuese una foto a la que le hubiesen aplicado un filtro sepia. Los edificios lisos, grises y llenos de amplias cristaleras de aspecto nuevo e inmaculado presentaban un notable contraste con la gente que caminaba ajetreada por las aceras, aceras iluminadas perpetuamente por señales luminosas de LED que reproducían anuncios personalizados dependiendo de quién pasara por delante del anuncio. Casi todas las vallas publicitarias se enlazaban automáticamente con las HSB de los viandantes, y emitían anuncios en los que ellos eran los protagonistas después de que la valla hiciese un modelado en tres dimensiones de la cara del cliente tras haber hecho una exhaustiva búsqueda por las fotos e historial de información de sus redes sociales en menos de un nanosegundo. Gente de todos los estilos y colores caminaba por la calle prestándole atención únicamente a sus asuntos, y aunque se hubiesen acicalado al principio de la jornada, ahora su aspecto era desaliñado y apagado y todos ellos parecían apáticas manchas grises que volvían a casa, efecto que se había alcanzado entre la lluvia y el peso que la propia jornada tenía sobre la gente cuando no se para desde la mañana hasta la tarde. Era como si la propia ciudad se esforzase en apagar los colores con los que la gente se emperifollaba. Eran pocas personas las que se detenían en alguno de los puestos de venta que se repartían por las calles, donde literalmente se podía encontrar cualquier cosa, y eran menos aún los que se detenían a soltar alguna mísera limosna a los numerosos mendigos que, usando cartones, papeles y plásticos, se guarecían tan buenamente como podían de los elementos y de la gente que siempre estaba a escasos centímetros de pisarles. Toda aquella estampa se dejaba entrever en medio de la bruma constante que emanaba de todas las alcantarillas y rejillas que había por la calle, cubriendo el frío aire de la ciudad de vapor sucio que, además del agua que caía del cielo sin limpiar nada, terminaba de mojar las calles madrileñas.

Eran poco más de las siete de la tarde cuando el bus lo dejó en su parada, y una vez en la calle se encendió tapándose con la mano otro cigarro, que se había tomado la molestia de liarse mientras iba en el bus para ir fumándoselo al caminar bajo la lluvia las tres manzanas que había desde la parada de bus hasta su casa.

Cuando llegó a su portal sonaba el solo de guitarra de Hey Joe, de Jimi Hendrix, acercó su pulsera al sensor de la puerta y esta se abrió con un breve zumbido. El ascensor subió rápidamente los ocho pisos que le separaban de la calle antes de que terminase la canción. Desde el ascensor hasta el portal, y volviendo a acercar su pulsera a la cerradura magnética de la puerta de su estudio llegó por fin a casa.

Kino atravesó la puerta escuchando los primeros acordes del Blues del teléfono, y le pareció muy apropiada para el momento actual, por lo que trasladó el audio de los auriculares a los altavoces por Bluetooth desde su pulsera. Pasó de largo por delante del perchero que había al lado de la puerta, mientras se intentaba quitar aparatosamente la mochila y el chaquetón al mismo tiempo. Cuando lo consiguió, arrojó ambos en direcciones opuestas: el abrigo a su izquierda quedó tirado encima de un sofá del salón/recibidor, y la mochila con toda la ropa sucia del fin de semana la lanzó hacia la derecha, que era donde estaba el cuarto de baño y, por tanto, la lavadora. Ya haría la colada mañana.

Su piso era un estudio de cincuenta metros cuadrados, con un espacio principal, un baño y una cocina. La sala principal estaba separada con muebles en otros tres pequeños espacios. El salón era lo primero que se veía al entrar en el apartamento, con un sofá de tres plazas enfrente de la amplia pared sobre la que Kino proyectaba sus películas. Detrás del salón había la zona en la que Kino guardaba sus colecciones de películas, libros, videojuegos, cómics y hasta unos cuantos vinilos. Tenía consolas antiguas, y reproductores de DVDs, y los conectaba al proyector del salón cuando tenía tiempo libre y le apetecía relajarse. Incluso tenía un tocadiscos, que era una de sus posesiones más preciadas. El tercer espacio era un dormitorio parco en mobiliario, donde solo había una cama doble, que muy pocas veces veía ocupada la totalidad de su superficie, y un armario.

Se sentó resoplando cansado en una de las sillas que había alrededor de la mesa de IKEA que usaba para comer, las pocas veces que comía en el piso. Tras un largo suspiro extendió su brazo izquierdo, en el que llevaba la pulsera, sobre la mesa. Aún no había abierto el correo de su hermano.

A la hora de comer le llegó una notificación de un correo, algo poco habitual. La gente usaba principalmente Facebook para comunicarse, algo que Kino odiaba. Por lo que abrió el correo con curiosidad y su sorpresa fue mayúscula cuando vio que quien le había escrito el correo no era otro que su hermano Raúl, con quien hacía casi seis meses que no se intercambiaba palabra. Y era la línea del Asunto lo que más lo inquietaba: «Tenemos que hablar».

Con el brazo extendido, contemplando su pulsera, Kino decidió que aún no estaba preparado para ver qué coño querría su hermano, pero sí que se le ocurrió qué tipo de mensaje quería redactar. Encendió la pulsera y los menús se desplegaron, y en el menú del chat buscó el contacto de Rebe y abrió la conversación. Suspiró taciturno al ver el historial de la conversación de otros días, una sucesión de mensajes escritos por él, que solo eran contestados a veces, y con pocas palabras. Hizo de tripas corazón y una vez más se tragó su orgullo y le envió un saludo, preguntándole qué tal el fin de semana.

No esperaba una contestación en los próximos minutos, así que se fue directamente a la ducha. Fijó el grifo para que el agua saliera caliente. Muy caliente. Salía tan caliente que casi quemaba, y le picaba la piel de los hombros y el pecho, pero era justo lo que necesitaba. El calor le relajaba los músculos agarrotados de la espalda (después de los treinta viajar en tren ya no era tan cómodo), y sentía como si el agua extremadamente caliente limpiase mejor que el agua más templada. Salió del baño envuelto en una niebla digna de Londres, y con la toalla a la cintura se acercó a comprobar si Rebe le había contestado. No era así.

Se puso el pijama y fue a prepararse la cena, que no era otra cosa que unos noodles precocinados que metió en el microondas con un poco de agua encima, que acompañaría más tarde con un trozo de pan. Mientras el bote de plástico daba vueltas bajo la luz, y después de meter un trozo de pan congelado en el pequeño horno que tenía colocado sobre la nevera, Kino volvió a comprobar el chat y vio con desagrado que Rebe seguía ausente. Fue hasta las estanterías donde tenía sus colecciones de películas. También tenía unas cuantas series de televisión con todas sus temporadas. Anduvo divagando, pasando el dedo distraído por encima de los títulos, sin terminar de decidir qué le apetecía ver aquella noche.

Le apetecía algo familiar, algo que ya conociera, ya que de aquella manera daba igual si era una película densa que él podría permitirse no prestarle el cien por cien de su atención. Le apetecía algo llevadero pero tranquilo. Nada de acción o, si la tenía, poquita. Quizás algo en blanco y negro. Vio unos cuantos títulos de películas antiguas que le llamaron la atención, y finalmente se quedó con dos opciones: Solo ante el peligro y La dama de Shanghái. Inconscientemente volvió a pensar en si Rebe le habría contestado y fue hasta la mesa del salón, que era donde seguía la pulsera. Nada. Por lo que al final se decantó por La dama de Shanghái. Mientras conectaba el DVD con un cable alargador a la entrada del proyector, Kino pensaba que tampoco le importaría ver Sed de mal. Pero esa sería otro día, que hoy ya se había decidido.

Mientras terminaba de preparar el proyector, el timbre del microondas sonó con un alegre ding, por lo que sacó los fideos del microondas y el pan del horno y dejó ambas cosas sobre una bandeja de plástico encima de la mesita de madera que había enfrente del sofá. Antes de sentarse fue a por su cajita de turrón y comprobó por última vez sus mensajes. Rebe seguía sin contestar, así que Kino cerró malhumorado el menú del chat, lo que dejó a la vista la bandeja de entrada del correo, que estaba abierta en una pestaña detrás del chat. Allí, arriba de todo, en negrita al no haberlo abierto todavía, seguía esperando el mensaje de su hermano. Kino lo ignoró una vez más, apagó la música (en esos momentos sonaba Café Quijano) y silenció su holo-pulsera, dejándola sobre la mesa. Se sentó delante de su cena (por llamarla de alguna manera), dejó su cajita del turrón a un lado, para luego darle al play.

IV

A Kino le encantaba el distintivo sonido característico de las bandas sonoras de hacía un siglo. Esas melodías sinfónicas y grandiosas, que a pesar de sonar rasgadas y antiguas seguían siendo majestuosas. Era un sonido característico. Los violines y el piano dieron paso a los nombres de Rita Hayworth y Orson Welles flotando sobre la superficie del mar en blanco y negro, y a Kino su cena precocinada le supo infinitamente mejor desde el momento en el que una de sus películas favoritas dio comienzo.

Tenía recuerdos muy gratos de aquella película, pues fue una de las primeras que recordaba ver de pequeño. A sus padres, cuando todavía estaban juntos, les gustaba acurrucarse en el sofá y ver películas antiguas. Y cuando sus hijos los acompañaban, pues mejor. Al principio acostumbraban a ver una película cada noche, pero con el tiempo aquello derivó en que solo los fines de semana eran las noches de película, y con el tiempo quien quería ver una película se la veía en su cuarto.

Cuando Kino hablaba de «películas para todos los públicos», era a películas como aquella que estaba viendo ahora a las que se refería. Por supuesto que no era una película para niños y en ella se trataban temas adultos, pero el guion de La dama de Shanghái era lo suficientemente ingenioso como para no decir nada abiertamente, con diálogos astutos repletos de dobles sentidos. Y aunque había violencia y suspense, no era nada que pudiera traumatizar a un niño, ni mucho menos. De manera que si un niño ve esta película, no entenderá todo lo que se dice, pero sí sabrá seguir el hilo de la acción. Y tal y como ocurre con las mejores películas, esta era una que, a medida que vas creciendo y la vuelves a ver una y otra vez, descubres cosas nuevas con cada visionado.

Era cierto que Orson Welles no era el mejor actor del mundo, y en aquella película el acento irlandés que había escogido no sonaba particularmente convincente (Kino, por supuesto, veía todas las películas en versión original), si bien no importaba, pues sabía controlar los matices de una forma suficientemente sutil. Además, ayudaba mucho tener a Rita Hayworth y Everett Sloane adueñándose de la pantalla cada vez que entraban en plano. Pero no eran las interpretaciones la magia de esta película, no, sino el ritmo trepidante con el que se iba deshilando el intrincado argumento, culminando en el magistral clímax en la casa de los espejos. Una escena que se había imitado, parodiado e intentado replicar hasta la saciedad con el devenir de los años, pero nunca llegando al efecto logrado por un director famoso por crear técnicas de rodaje revolucionarias.

Para cuando Michael O’Hara entra a trabajar en el barco del perverso matrimonio que lo enredará en un peligroso triángulo amoroso, Kino ya había terminado la cena y se sentía con el estómago lleno, por lo que apartó la bandeja sobre la que había cenado y cogió su cajita de turrón. Al abrirla, sacó papel largo, cartón, el grinder y su bolsita de marihuana, que estaba más mermada de lo que a él le gustaría.

Su cajita era un recuerdo de la infancia. Era una caja redonda de latón color beige de turrones El Almendro, y desde siempre la había usado como su cofre del tesoro. Solo que, con el tiempo, los juguetes y recuerdos de la infancia habían dejado paso a uno de sus vicios, el único que no se planteaba dejar. En su cajita tenía sus suministros, tanto de hachís como de marihuana, pero como ya era de noche y no tenía nada que hacer optó por la segunda. Tenía la norma de no fumar marihuana antes de las nueve de la noche; antes de la cena. De esa manera, podía seguir fumando hachís durante el día y seguir rindiendo a un ritmo normal, ya que había desarrollado tolerancia con los años y él se los hacía poco cargados. A Kino le gustaba considerarse como un fumeta funcional.

Se lio el porro con mucha parsimonia, pues no había nadie con quien compartirlo y le gustaba prestar atención a la película que ya había visto decenas de veces antes, con la intención de descubrir detalles que hasta ahora se le hubiesen pasado por alto. Al mismo tiempo que Orson perseguía a Rita por las calles de Acapulco al ritmo de los tambores, Kino se recostó en el sofá y, tras contemplar brevemente y con satisfacción lo bien que se lo había liado, se lo puso en los labios y lo encendió.

Algo más de cuarenta minutos más tarde, con la colilla consumida y mientras los créditos finales ponían el cierre, Kino se incorporó con un suspiro. Miró alrededor y vio el desorden que reinaba en su piso. Hacía como mínimo dos semanas que no se ponía a limpiar, y las sábanas empezaban a pedir a gritos que alguien las cambiase. Aunque, obviamente, en aquellos momentos no se iba a poner.

Se levantó y se acercó hasta la mesa, que era donde descansaba su pulsera, y la esperanza ardió en él cuando vio parpadear la lucecita que indicaba que tenía mensajes nuevos sin leer. En la fracción de segundo que tardó en ponerse la pulsera y abrir el chat se imaginó diez versiones diferentes de la conversación que le apetecía mantener con Rebe, pero cuando lo abrió y vio que las tres burbujas de chat no eran de quien él quería saber, la esperanza y las conversaciones desaparecieron al instante de su cabeza.

El Tarro y Álex le escribían para salir de fiesta cualquier día de la próxima semana, le decían que dejase de comportarse como un ermitaño amargado y saliera de su cueva a que le diera el aire con los colegas. Tres cuartos de lo mismo era lo que le decía Belén, que le recordaba que le debía un café desde hacía tres meses. La verdad es que a Kino le apetecía ver a los tres; Belén tenía que contarle qué tal le iba desde que se fue a vivir con su novio, y la verdad es que le apetecía pillarse una borrachera con los otros dos. A lo mejor podía organizar para quedar con los dos el mismo día e irse los tres por ahí. Sabía lo que sus amigos pretendían hacer sacándolo de casa, y les agradecía sus intenciones.