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En "los límites del Segundo", Julián, el protagonista, es lanzado a la vida sin más armas que su aguda inteligencia y su innato optimismo.A pesar del infortunio que golpea a su familia desde su niñez , progresa y nada lo detendrá hasta lograr lo que se ha propuesto. En esta cautivante novela aparece retratada una sociedad de manera irónica pero certera. El relato abarca treinta años. Casi una vida. Con sus luces y sombras, con sus tragedias y sus alegrías. Una historia que nos habla de la libertad, y de la importancia de dibujar el propio camino. Pero sobre todo, nos habla de la necesidad de mantener vivos los sueños de la infancia y no dejar de perseguirlos nunca.
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Seitenzahl: 694
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Los límites del Segundo
L.E. SABAL
© L.E. Sabal
© Los límites del Segundo
Abril 2021
ISBN papel: 978-84-685-5601-7
ISBN ePub: 978-84-685-5602-4
Editado por Bubok Publishing S.L.
Tel: 912904490
C/Vizcaya, 6
28045 Madrid
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El tiempo es un niño que juega a los dados
Heráclito
Índice
PRIMERA PARTE
1
2
3
4
5
6
7
8
9
SEGUNDA PARTE
1
2
3
4
5
6
7
8
TERCERA PARTE
1
2
3
4
5
TERCERA PARTE
1
2
3
4
5
CUARTA PARTE
1
2
3
4
5
6
7
PRIMERA PARTE
1
El hombrecito morado ingresó a la sala de urgencias con aire despreocupado. Venía solo y parecía conocer ya la rutina. Era menudito, no medía más de un metro con sesenta. Toda su piel estaba cianótica y tenía los labios a punto de reventarse.
La sala de espera era un amplio salón enchapado de azulejo blanco desde el piso hasta la mitad de la pared, el resto pintado de amarillo. Los abanicos giraban perezosamente y apenas lograban esparcir un leve vientecillo que era ahogado rápidamente por el calor. Tres camillas, varios asientos y un escritorio desvencijado conformaban la dotación de la sala.
Nadie venía a atendernos. De un saltito Tomás se sentó en el borde de la camilla y me abordó sin ningún preámbulo.
—Ajá. ¿Y quién es el viejito? —preguntó señalando a mi abuelo.
Entablamos así una conversación anodina en la que le respondía con monosílabos. No me sentía con ganas de hablar y he pasado por descortés. Aunque suene increíble, Tomasito estaba en las últimas. Me contó que tenía tres hijos y que vendía lotería en el mercado.
—Ron, cigarrillo y mujeres han sido mi vida, loco. Pero el chicote es el que me va a matar. A mí ya no me importa —continuaba en su monólogo—, tengo treinta y dos años y ya viví bastante, afirmaba con convicción.
Dos infartos seguidos lo han tenido al borde de la muerte, su familia lo ha abandonado y no siente ningún deseo de continuar. De pronto sacó un cigarrillo, lo prendió y empezó a fumar. Alarmado le he recordado dónde estabamos, le dije que estaba prohibido y le advertí por su salud. Él me obedeció y salió al patio a terminar su puchito.
En las salas de urgencias mueren a diario personas en todo el país. El servicio es deficiente porque los hospitales no cuentan con suficientes camillas, ni personal médico, y mucho menos con drogas de primera necesidad. El presupuesto de la salud cada año disminuye, el Gobierno tiene otras prioridades.
Cuando se tiene la suerte de ser atendido toca con estudiantes, residentes los llaman, que generalmente no conocen la historia del paciente. Entonces llegan en tropel acompañados por un doctor titulado que examina, hace preguntas, dictamina y se va. Detrás de él siguen todos en cola como patitos al estanque. Ninguna explicación al enfermo. Para eso se llaman pacientes.
Ahora ha vuelto Tomás tembloroso, respiraba agitadamente.
—Esta vaina me va a matar, compa —y se acostó sofocado en su camilla.
A las tres y media de la mañana ya hacía calor. La temporada había sido tan caliente que las brisas no habían regresado con la fuerza acostumbrada, el mar permanecía quieto, los árboles no movían ni una hoja. Los abanicos se batían con desespero en todas partes, los cortes de luz eran frecuentes.
—Si tan solo cayera un aguacero —dijo Tomás, como adivinando mi pensamiento.
Llegaron entonces dos jóvenes borrachos, uno de ellos venía herido. Traía la camisa roja empapada en sangre. El otro vomitaba profusamente su revuelto de trago y comida. Ambos hacen un ruido espantoso. Mi abuelo seguía en su trance.
El más joven de ellos había sido apuñalado, no se sabía aún con qué gravedad. A mí me ha parecido que venía en mal estado y he tratado de ayudarlo. Con la ayuda del borracho le quitamos la camisa en medio de sus gritos. No se veían las cortadas sino el líquido rojo que salía a chorros. El herido se desvaneció y cayó al suelo donde permaneció inmóvil y enroscado como un caracol, ya no se quejaba. El otro ha corrido afuera a buscar ayuda. Los minutos transcurrían interminables, mis tres pacientes yacían en silencio. Solo escuchaba mis pensamientos en el gran salón.
A las cinco de la mañana, el alba empezó a despuntar. Había que prepararse para más calor. Por fin apareció la tropa nómada de patitos principiantes. No venían con su tutor y hacían más ruido que los enfermos. Una enfermera desenrolló al herido y lo limpió con un trapo húmedo. Todos gritaban, era la barahúnda de los practicantes. Subieron al herido en una camilla para trasladarlo a otro sitio. Más tarde confirmaría que ya había muerto.
Según me contó Tomás, que nuevamente había resucitado, los fines de semana el agite era peor. He salido a tomar un café con pan y de regreso le he traído para su desayuno.
Yo he debido ir a mi casa a bañarme, arreglarme, y a atender algunos asuntos con mi madre. Cuando he regresado al hospital a eso de las cuatro de la tarde mi abuelo seguía igual pero no encontré a Tomás. «Tal vez ya le han dado de alta», pensé con optimismo. El hombrecito se conoce y sabe qué hacer. Un día de estos iría a visitarlo a Bazurto.
He visto pasar una camilla con un cadáver cubierto por una sábana blanca. Por curiosidad he preguntado por el muerto. «Un ataque cardíaco fulminante lo mató hace un rato», me han respondido. Era Tomás. Al levantar el envoltorio observé su cara abotagada. Para mi sorpresa he creído advertir una sonrisa en su rostro. El hombre por fin ha descansado.
En el tercer día de mi permanencia en el hospital, mi abuelo seguía igual. Escuchaba el sonido seco de su respiración a través de la máscara de oxígeno. Por momentos parecía detenerse y entonces escuchaba una especie de ruidito sibilante, su rostro no mostraba dolor, se diría que dormía plácidamente. Yo aprovechaba mis ratos de vigilia para leer o para hacer un recorrido por los corredores donde charlaba con médicos y enfermeras. He logrado observar su dedicación y ahora me resultaba francamente admirable. No podía culparlos por las fallas del sistema. En el salón de urgencias la rutina no ha cesado. Llegaban enfermos, accidentados, violentados, de todo. Algunos salían recuperados, otros eran remitidos para tratamientos, otros morían. Mi resistencia ante el dolor se había endurecido en tan poco tiempo. ¡Qué podía esperar del personal médico! No era falta de sensibilidad, era una condición inexorable de este trabajo.
Me di cuenta de que hacía rato que no me acercaba a mirar a mi abuelo, la ausencia de sonidos atrajo mi atención. En efecto, se había detenido el ruido de su respiración, ahora lo veía inmóvil, con la boca abierta. Presintiendo el fin corrí a llamar a las enfermeras, estas llegaron con un joven médico. No había nada que hacer.
—Se nos fue tu viejo, lo siento mucho —me dijo.
Tras varios días de agonía se ha ido de este mundo. Hoy lo he visto morir, lo he acompañado hasta su último suspiro.
No sabía si sentir pena o alivio, acababa de terminar mis estudios superiores y la siguiente semana debía viajar a Francia por primera vez, al menos he quedado libre para partir.
***
Es curioso cómo muchas veces se encuentran presentes el dolor y la alegría, van de la mano, recordándote que todo continúa.
—La vaina es que uno le aprende a la vida cuando ya está viejo —decía mi abuelo—. Y entonces no vale de mucho porque ya no quedan alientos.
Yo siempre lo escuché con sentimientos confusos de admiración y desconfianza. Claro, el viejo no tenía dinero ni posesiones, pero su vida había sido marcada por tantas amarguras, decepciones y experiencias, que para un joven como yo era difícil ignorarlo. Por otra parte, mi padre murió muy joven así que, aunque tardíamente, mi abuelo vino a llenar el vacío paterno. Yo creo que lo hizo bien, pero no lo creía así mi madre.
—Pero qué podemos agradecerle, mijo —me recriminaba—. Solo causó problemas toda su vida y aquí llegó a pasar sus últimos días —insistía—. Además, a usted ya se le olvidó todo lo que lo maltrató. ¿No se acuerda, mijo?
Y era cierto. A pesar de ser el único de sus nietos con quien podía hablar, o hacerse escuchar, no me dejaba pasar ninguna falla. La cosa era que no solo me regañaba sino que también me cascaba. Coscorrones, bofetadas, o trompadas, lo que cayera. Seguramente aplicaba el viejo adagio: «Porque te quiero te aporreo». Así pasé varios años hasta el día que lo enfrenté. Al lanzarme uno de sus golpes le atrapé el brazo y lo apreté con fuerza.
—Usted a mí no me pega más —le dije exaltado.
—Ah, ¡se me enfrenta!
—Usted no me pega más —dije soltándolo rápidamente.
Con una mueca de asombro se retiró a su alcoba mascullando maldiciones. Dos días duró sin dirigirme la palabra hasta que de pronto sin más ni más empezó a contarme una de sus historias, una tarde que me encontró leyendo en la sala. Comprendí entonces que ahí terminaba una etapa y que probablemente ahora comenzaría a ganarme su respeto.
2
Mi padre murió cuando yo tenía cuatro años, en un accidente durante un viaje en un barco de guerra de la Armada. Desaparecieron allí diez marinos, perdidos en las aguas del Atlántico. El Estado pensionó a las viudas e hizo los reconocimientos de rigor.
A partir de ahí comenzaría otra historia para mi familia. Luego de vivir cómodamente con los ingresos de mi padre, que también percibía réditos de una finca cafetera propiedad de su familia, la economía del hogar se vino al suelo. Como era la costumbre en esa época, las mujeres a lo sumo completaban estudios de secundaria, se casaban y se dedicaban al hogar. Sin poder conseguir un trabajo bien remunerado, manteniendo cuatro hijos, y en medio del impacto de la viudez, mi madre no lograba salir a flote.
Las cuentas no se hicieron esperar, muy pronto debimos salir de nuestra casa en uno de los mejores barrios de la ciudad para pasarnos a una más modesta, ubicada frente al mar, acompañados ahora por mi abuela materna.
Mi madre amaba cantar y nos enseñó a todos a hacerlo, boleros principalmente, pero también las canciones infantiles que cantábamos todos como un coro unidos. La abuela nos llamaba por las tardes a mirar por las ventanas de madera húmedas del salitre marino el vuelo organizado de gaviotas y alcatraces. A veces en línea recta, otras en V.
—¿Qué se traerían estas aves? ¿A dónde irían con tanta certeza?
También veíamos pasar los delfines saltando presurosos y ordenados, como si fuesen a llegar tarde a alguna parte. Nos parecía verlos reírse mientras ellos también nos miraban.
Sin embargo una sensación de vacío y de miedo que se apoderaba de mí por las noches y me convirtió en un niño de apariencia débil que siempre pensaba en la muerte. La veía como una cosa oscura e insondable, algo que me tragaría sin darme ninguna oportunidad, ese monstruo odioso que seguramente era el causante de nuestros males.
—¿Qué tiene el niño, señora?
—Se queja de dolores en el pecho, no puede dormir bien, doctor.
—Además hago popó varias veces al día.
—Sí, doctor.
—¿Y dónde está escrito cuántas veces debe uno hacer al día? No se preocupe por eso, señora. Veamos: el corazón está bien, sus signos vitales son perfectos, está un poco flaco. Hay que hacer algo por este joven.
La recomendación del médico fue sencilla: debían sacarme a la playa a respirar profundamente, caminar y comenzar a trotar. Estas salidas maravillosas que hacía siempre con mi abuela mejoraron mi estado de ánimo milagrosamente. Junto con mis hermanos retozábamos sin descanso y regresábamos a la casa transportados como de un sueño mágico. Aprendimos así a amar el mar. Sabíamos ahora distinguir tamaños y colores de los caracoles. Conocíamos la estación de las aguamalas y de las estrellas de mar, sabíamos dónde se escondían y a qué hora salían los cangrejos, los rojos, los verdes.
Por la noche pensaba en el vaivén de las olas y en sus sonidos, a veces apacible, agotándose suavemente sobre la playa, a veces terrible, explotando estruendoso contra las rocas del malecón. Y veía la línea del horizonte imaginando hasta dónde llegaría mi padre en su barco, y me dormía tranquilamente protegido por el dios de los mares.
Nuestra infancia transcurrió allí apacible y sin tropiezos, hasta que un día sin ninguna explicación mamá decidió que nos mudaríamos nuevamente de casa. Indudablemente fueron razones económicas las que motivaron este cambio pero mi madre jamás hubiera tratado este tema con sus niños. Tal vez era su forma de protegernos; pensándolo bien nuestra niñez fue una vida de ángeles, nada nos tocaba, el mundo era maravilloso.
***
El velo comenzó a caer con la muerte de mi padre, aun así la educación que nos proporcionaron curas y monjas en colegios de elite nos mantuvieron en la inocencia infantil de aquel que nada siente porque nada sabe. La misa y el rosario eran actividades obligatorias a las cuales yo asistía con renuencia. Mi estado de indefensión me hacía desconfiar de estos curitas de acento español y ademanes autoritarios. Fue a los diez años cuando me confesé por última vez. Debíamos hacer una larga fila para pasar uno a uno todos los niños de la clase a postrarnos frente al confesor a contarle nuestras faltas.
—Dime tus pecados, hijo mío.
—Acúsome, padre, de ser desobediente.
El curita debía de tener por lo menos noventa años, su voz era apenas un hilito de aire. Su aliento era una mezcla acre del olor combinado de remedios y de la resina de las velas de incensario típico de las iglesias.
—¿De qué te ríes niño? ¿No te enseñaron a respetar a tus mayores?
—Perdón, padre, no quería ofenderlo.
—No me cuentes más, ahora esta es tu penitencia.
Ni las bofetadas, ni los coscorrones recibidos en los años que pasé en este colegio habían logrado alejarme de la fe tanto como el aroma de este curita. De ahí en adelante mi aversión por la enseñanza religiosa fue en aumento, pero también descubrí con ese episodio que tenía una cierta predisposición al disfrute o al rechazo de los olores del entorno que más adelante llenaría de riqueza muchos aspectos de mi vida.
***
La verdad es que no fueron tan felices esos años. Las carencias económicas comenzaron a notarse y nuestra participación en las actividades corrientes del colegio, que requerían cuotas adicionales, era cada vez más difícil. La discriminación por parte de los profesores era implacable. El llamado a lista diario, que incluía regaños a los niños incumplidos en los pagos, era el inicio de una jornada marcada por la humillación y el rechazo.
La práctica casera del canto nos convirtió, sin embargo, a mi hermano y a mí, en miembros indispensables del coro escolar. Éramos los únicos solistas y teníamos un papel estelar en cada presentación. Pero las humillaciones nunca cesaron y algo me decía que no pertenecíamos a ese lugar.
De manera que cuando nuevamente mi madre nos anunció que haríamos otros cambios, sentí una sensación de alivio al pensar que podríamos esperar cosas mejores en ese sitio extraño adonde nos enviaba el destino.
***
El nuevo barrio, cerca del mar pero lejos de las playa, me separó por un buen tiempo de mis caminatas infantiles, de la seguridad que me brindaba una vida más saludable. No obstante, la curiosidad que me había despertado la posibilidad de una nueva vida era más fuerte que mi instinto de supervivencia.
Que la calle era maluca, le decían a mis hermanas, que el colegio era de pobres decían donde los curas, que era de comunistas, decía mi tía en Bogotá.
Cuando llegamos al Segundo yo tenía once años. Esta era una cuadra de unos trescientos metros situada a solo cien pasos de la bahía interna del caño San Lázaro, conformada por unas veinticinco casas en cada uno de sus costados, algunas construidas modestamente de material, como la nuestra ; la mayoría, de madera rústica y pobremente terminadas.
Entrando por la Jiménez se pasa por el Primero, el Segundo, el Tercero y el Cuarto. Estas vías no estaban pavimentadas, tampoco tenían servicio de alcantarillado. De ahí en adelante las vías toman los nombres de próceres de la Independencia, de personajes locales, o nombres elegantes como la calle del Bouquet o la calle Real. Las casas eran grandes y elegantes. Parecían de otro barrio.
Diez metros antes del caño, en el costado sur de la cuadra, atraviesa la paralela que viene desde el puente Román y llega hasta el Trébol a todo lo largo de la isla. Esta vía estaba destapada y llena de charcos y de barro dejados por la marea alta desde su entrada hasta el Cuarto. Un olor nauseabundo se desprendía de allí en las tardes soleadas. En el sector aledaño al caño y en la parte inferior de las cuadras numeradas todas las casas eran de madera, vivían aquí los más pobres del barrio y los negros. En el Segundo las casas de material estaban habitadas por los blancos.
El barrio es una isla conectada al resto de la ciudad por cuatro bellos puentes tan bien construidos que uno no percibe el aislamiento. Manga fue primero la morada de terratenientes que poseían aquí sus pequeñas fincas citadinas y construían grandes casas, a veces verdaderos palacios de estilo mozárabe, colonial, o mansiones copiadas del estilo sureño americano. Con ellos llegaban sus sirvientes, descendientes de antiguos esclavos que al término de su vida útil recibían como pago pequeños lotes situados en la entrada norte de la isla. Luego llegaron los comerciantes, generalmente descendientes de sirios y libaneses que los locales llamaban turcos.
Así, en este barrio se fue asentando la homogénea clase dominante de la ciudad que más tarde ocuparía la punta de la península del Castillo y de la Playa Grande, los mejores terrenos de la ciudad.
Los negros se localizaban en los guetos destinados para ellos en las afueras o en los barrios donde no había servicios públicos. Existen incluso pequeños palenques en las afueras de la ciudad donde viven únicamente descendientes de africanos que conservan aún sus costumbres y sus lenguas. Cartagena es una pequeña ciudad donde las elites se perpetúan y nadie que no provenga del estrecho círculo de familias de abolengo tiene ninguna oportunidad. Así son las cosas aquí.
***
De mi primera infancia solo persiste el miedo a la muerte. Por las fotos de mamá he visto que fuimos una familia feliz. Siempre sonrientes, posando con ropas nuevas, jugando con pelotas y triciclos en el patio de la casa abrazados por nuestros padres. Mamá casi no hablaba de esa época. Sin duda para ella el recuerdo era aún más traumático pero enfrentaba con fortaleza los avatares de la vida. Mis padres habían nacido en el interior del país, habían llegado a la costa transplantados voluntariamente pues el trabajo de mi padre así lo exigía. Mis hermanos y yo fuimos educados conservando las costumbres propias de sus sitios de origen; cuando éramos niños los vecinos no nos consideraban costeños a pesar de haber nacido en Cartagena, nos llamaban peyorativamente cachacos, como les dicen a los del interior.
Al cambio de barrio se sumó también el cambio de colegios, instituciones modestas donde estudiaban jóvenes de escasos recursos; el de mi hermano y mío, por lo demás, era un colegio mixto, lo que vino a añadir un componente totalmente nuevo a nuestras vidas.
Mamá se había empleado como secretaria en una empresa estatal. Su sueldo, me di cuenta rápidamente, no alcanzaba para el sostenimiento de la familia.
Al regresar del colegio nos enterábamos a menudo de que no había almuerzo, pues la despensa de nuestra cocina estaba vacía. No había plata. Mi abuela, sin embargo, levantaba algún alimento y nos distraía así toda la tarde.
Luego, de forma maravillosa aparecía mamá con un pollo frito, arroz y unos patacones, o un pequeño mercado y cenábamos. Después charlábamos, cantábamos y reíamos hasta la hora de acostarnos. Mi abuela nos contemplaba sentada en su silla. Yo sentía que una sombra oscura nos acechaba pero no tenía idea de qué se trataba.
Yo admiraba a mamá, me parecía muy bella, a su lado me sentía protegido, como si un ángel de grandes alas blancas descendiera cada tarde para custodiarnos. Su alegría serena me transmitía la seguridad que necesitaba para sentirme poderoso. La perseguía por toda la casa contándole mis asuntos y haciéndole las preguntas más insólitas.
—¿Volverá papá algún día? ¿Tenemos que morir todos?
***
Mamá me pidió un día que acompañara a mi abuela a hacer unas diligencias en el centro de la ciudad. Últimamente había tenido sus achaques y mamá no quería que fuera sola por ahí. Tomamos el bus en la esquina de la casa, el sol resplandecía como siempre pero ese día se sentía especialmente el agobio del calor. Mi abuela hablaba poco, se limitaba a responderme con monosílabos, su rostro se veía pálido, sudaba copiosamente. Apretaba mi mano izquierda y parecía inclinarse sobre mí. No veía nada raro en sus movimientos y seguía ensimismado en mis fantasías. El calor era sofocante. Por instantes pensé que mi abuela iba a caerse sobre mí pero luego se repuso y continuó apretando mi mano.
—Llegamos. Debemos ir a una notaría. Camine rápido, mijo, y no me suelte la mano.
De repente, como si un rayo partiera la tensa hora canicular, las sombras me envolvieron. Mi abuela yacía a mis pies en medio de la calle, gemía de dolor, su cuerpo se agitaba. Un líquido sanguinolento escurría por su boca y su tez se había tornado lívida. Yo temblaba, quería gritar pero mi voz se atoraba allá adentro. Llegaron transeúntes a ayudarnos, las mujeres gritaban. La levantaron y la subieron a un carro, un policía me tomó de la mano y me embarcó a mí también. El recorrido hasta el hospital fue corto pero inútil, murió en el camino. El policía me apretó la mano y se echó la bendición, lloraba angustiado. Me asombré de verlo perder la compostura. Yo no lo haría si fuera grande, yo sería valiente.
***
De manera insensata la muerte siguió paseándose por la casa, nadie la había invitado pero ella se sentía allí con derechos adquiridos. Llegaron después los tíos de mamá, bordeaban los sesenta años y habían venido a Cartagena a pasar una temporada con propósitos de salud. Ellos no sabían que la Flaca merodeaba por ahí. El tío sufría del corazón y le habían recomendado instalarse al nivel del mar. Nunca nos contaron que era su viaje final, creo que mi madre también lo ignoraba.
Los tíos eran personas afables y consentidoras, ninguna de nuestras travesuras parecían molestarlos. El calor, sin embargo, los agotaba, sudaban todo el día. La tía abanicaba a su marido, le pasaba litros de agua y le administraba amorosamente sus remedios. Así pasaron once meses de esta rutina hasta que el tío pasó a mejor vida. Nosotros no entendimos cómo, ni siquiera sospechábamos que estaba enfermo. La tía lloró desconsoladamente por varios días, mi madre también. Nos contó que ella vivió con sus tíos toda su infancia, que ellos fueron sus padrinos de matrimonio. Familiares cercanos llevaron a mi padre hasta su casa en Bogotá permitiéndole conocerla y, a pesar de la oposición de algunos miembros de la familia, los tíos siempre protegieron ese noviazgo. La madeja se desenredaba lentamente en mi mente.
Desgraciadamente doña Flaca no había terminado aún su tarea. El turno ahora fue el de la tía. Aunque era de sospechar por su peso excesivo, también ella tenía el corazón enfermo. Pero fueron las penas las que la extinguieron rápidamente, solo duró tres meses más que su amado esposo.
***
Fueron días aciagos para la familia. Mis parientes viajaron dos veces seguidas desde Bogotá para las ceremonias de despedida. Los tíos eran una institución familiar y habían prodigado afecto y protección a sobrinos y a hermanos, le habían ayudado a todo el que lo necesitaba. Cuando tuvieron dinero, recuerdan todos, derrocharon bondad y generosidad. Llegaron los cachacos, mi familia del interior, todos gordos, cachetones y colorados por el calor.
***
Los rituales de la muerte eran muy peculiares por estas tierras, conformaban una mezcla sincrética de costumbres heredadas de tiempos antiguos. Las velaciones se hacían en el salón principal de la casa en cuyo centro se ponía el féretro a la vista de todos. Dos o tres grandes bloques de hielo eran colocados debajo del ataúd para retardar la descomposición. Los muertos por acá debían ser sepultados el mismo día, el calor no daba espera. La casa se llenaba de gente que no conocíamos pues no solo entraban los vecinos, sino que cualquier persona que deambulase por ahí podía entrar a preguntar por el muerto y a expresar «Mi sentido pésame, mijo». De pronto, se escuchaban gritos y lamentos desgarradores: eran las plañideras, mujeres negras que tenían como trabajo llorar los muertos ajenos. Era tal el escándalo de gritos y lamentos que semejaba más bien a un espectáculo jocoso. Los cachacos observaban con ojos desorbitados e incrédulos, nosotros reíamos, los vecinos murmuraban; costumbres paganas que iban desapareciendo. En adelante la muerte sería cruda y seca, un hecho luctuoso del que preferiríamos nunca ocuparnos.
***
El desfile de los viejos de mi familia no paró aquí. El padre de mamá, mi abuelo, hizo entonces su aparición. Durante mucho tiempo no entendí por qué estuvo primero mi abuela con nosotros varios años, y ahora ya muerta, el hombre llegaba a ocupar su lugar. Venía enfermo de reumatismo, sin dinero, y ya no era posible que consiguiera un empleo. Por algún tiempo se dedicó a su profesión de zapatero, hasta que la artritis le inutilizó las manos, sus dedos se encogían y se retorcían poco a poco sin que hubiera remedios capaces de detener la enfermedad. Otra carga más para mamá.
Sin embargo, hablar sí podía mi abuelo: tenía un repertorio tal de historias que a mí me mantuvieron atento durante años. Oriundo de Boyacá, provenía de una familia numerosa de campesinos y obreros de la región. Seguidores del partido liberal, se vieron pronto envueltos en la encrucijada de la violencia partidista que azotó al país en los años cuarenta y cincuenta. No había salida, era imperioso tomar partido, y aunque su familia no era activa, su filiación política era conocida por todos. Mi abuelo contó cómo fue testigo del asesinato de su padre una tarde en la propia puerta de su casa. Varios hombres llegaron, preguntaron por él, y sin mediar palabra lo atravesaron varias veces por el pecho y el estómago con tijeras de peluquería. El crimen provocó la huida de la familia hacia Bogotá, donde se establecieron en medio de grandes dificultades.
El paso de mi abuelo por varias fábricas como obrero raso lo puso en contacto con el sindicalismo, las revindicaciones por mejoras laborales se convitieron en su propia lucha, y pronto llegó a ser un conocido líder. Pero estas no eran épocas de tolerancia laboral, empresarios inescrupulosos respaldados por autoridades y policía aplastaban a los llamados voceros del comunismo. Las palizas y el encarcelamiento se convirtieron en una constante de su vida: mi abuelo era un agitador, un inútil. Así lo veían en su familia, y hasta su propia esposa, que al final optó por abandonarlo. Es cierto que el viejo no era un angelito, pues siempre fue reconocido como un picaflor y sus aventuras resonaban tanto como sus discursos encendidos. Razones tendría mi abuela para dejarlo.
3
Fue en el Segundo y en mi nuevo colegio donde mi vida comenzó a recibir la luz, era como si de un momento a otro el velo hubiera desaparecido por completo. Ahora veía los hechos más claros en su contexto, podía distinguir lo que sucedía en mi entorno, y mis percepciones eran más profundas. Y comencé a caminar con seguridad en los azarosos vericuetos de la amistad.
La Academia era un colegio regentado por la logia masónica de la ciudad; por lo tanto, era laico y no poco anticlerical. Estudiaban allí los hijos de los masones, y jóvenes de clase media o pobres que contaban con la ayuda económica de la institución. La mayoría de los estudiantes eran negros. Algunos compañeros provenían de pueblos cercanos; otros, la mayoría, venían de los barrios marginales de la ciudad. Las ideas pedagógicas de la Academia acogían a todo aquel que quisiera ingresar, con plata o sin ella, esa era la política oficial del colegio. Sorprendentemente gozaba de un buen nivel académico, se conocía de personajes ilustres de la ciudad que habían egresado de allí. Los masones tenían una poderosa rosca entroncada en todos los ámbitos del poder local, la Academia era su semillero. Cuando habíamos recién ingresado al colegio nuestro país ganó el campeonato mundial de béisbol aficionado. El lanzador de la selección y dos jugadores más eran estudiantes de último año en el colegio, fueron días gloriosos, la institución era muy popular.
Mis compañeros fueron lo mejor que obtuve del colegio, allí encontré jóvenes extraordinarios que enriquecieron mi vida haciéndome más resistente y más mundano. Entre ellos conocí al Mono, cuyo padre también había desaparecido en el accidente del barco; conocerlo me hizo consciente por primera vez de que lo había perdido para siempre.
En los patios primaba la ley del más fuerte, era indispensable pertenecer a un combo, de lo contrario la masa te engullía; las peleas a trompadas estaban siempre a la orden del día. Mi hermano fue el primero en mostrar su valor al enfrentarse a un muchacho negro muy fornido que gustaba de amedrentar a los demás, aunque quedó muy aporreado logró derrotarlo terminando así su reinado de terror. De esta forma logramos algo de respeto, pero las peleas nunca terminaron en el colegio, ni en la calle, siempre había algún motivo, no fueron pocas las veces que llegábamos a la casa magullados por completo. Y aunque no se permitían las peleas, profesores y adultos las toleraban. «Así se vuelven hombres», decían.
Las cosas cambiaron cuando nos percatamos de que un grupo de compañeros eran también nuestros vecinos. Eran seis más que vivían entre el Primero y el Cuarto, entre todos nos dimos protección y amistad por los años siguientes.
Nos íbamos y regresábamos juntos a pie del colegio, caminábamos para no pagar bus cerca de treinta minutos bajo el sol todos los días. En la calle aprendimos a defendernos y muchas cosas más, la caminata nunca fue motivo de queja para ninguno, al contrario, la disfrutábamos a fondo, molestando y haciendo travesuras en el camino. Por la noche nos reuníamos frecuentemnte en alguna esquina a conversar y a mamar gallo hasta muy tarde, cuando nos dábamos cuenta de que era hora de ir a dormir. Éramos libres, la vida con ellos era divertida.
***
En mi casa, fui el escogido por mi madre para ir al cine, no había plata para los demás. Me asignó la tarea de contarles las películas, así podían decir después que fueron al cine. Como mamá era la más interesada la perseguía por todas partes contándole hasta lo más mínimo. Si entraba al baño me paraba en la puerta y continuaba mi narración mientras ella me escuchaba desde adentro, éramos unos loquitos. Por cerca de cinco años fui el narrador del cine de actualidad en mi casa, hasta que comencé a ver películas para adultos. No había restricciones de edad en los teatros populares, podía ver lo que quisiera. De esta forma terminaron mis narraciones para mi público y comenzó mi verdadero amor por el cine. Me convertí en un cinéfilo empedernido, estudié la historia y la técnica del cine, aprendí sobre los grandes directores y su filmografía. Amaba el cine, y sigo haciéndolo.
***
Tres años después de llegar al Segundo, mamá decidió construir otro piso, quería que ahora que todos estábamos creciendo tuviéramos un espacio propio, así que mandó a construir dos habitaciones arriba para ella y para mis hermanas. Abajo quedamos mi hermano y yo en una habitación, y mi abuelo en otra. Ellas se mudaron contentas sin tener terminada siquiera la construcción, el dinero no alcanzó para más.
Por esos días mamá contrató una empleada para ayudarla con los oficios de la casa, venía dos veces por semana, nosotros alcanzábamos a verla cuando llegaba temprano y por la tarde al regreso del colegio. Era una morena de talla mediana, maciza, y más o menos agraciada, de unos veinte años, usaba el pelo muy corto, de lejos parecía un muchacho. Le gustaba hacernos chanzas y jugar atrevidamente con mi hermano y conmigo, que para esa época, teníamos catorce y quince años. Nos hacía cosquillas y nos tocaba como al desgaire.
Un tiempo después de estar viniendo a la casa, le pidió permiso a mamá para quedarse por la noche, pues tenía alguna dificultad en su hogar. Sería cosa de un par de días, le dijo. Y mamá aceptó. Curiosamente decidió dejarla en nuestra habitación, donde acomodó un colchón en el suelo, cerca de nuestras camas.
La mujer dormía semidesnuda, apenas cubierta por una sábana blanca. Cuando apagábamos la luz comenzaba su juego: se levantaba con los senos al aire y sus pequeños calzoncitos y nos destapaba para hacernos cosquillas y tocarnos, nosotros disfrutábamos del asunto, en una mezcla tensionante de excitación y temor. Al rato se calmaba y regresaba a su colchón y se quedaba dormida. Pero nosotros no podíamos dormir, era demasiado para dos jóvenes en plena adolescencia. Mi instinto me empujaba sin dudas a lanzarme sobre ella.
La segunda noche la historia comenzó a repetirse inmediatamente apagamos la luz, pero esta vez se atrevió a agarrarme el miembro parado a reventar, no sé si hizo lo mismo con mi hermano, y luego se acostó en su colchón. Entonces me levanté desnudo y con mi lanza enhiesta, caminé hacia ella y de un salto caí en sus brazos. La oscuridad era total, solo podía ver sus ojos y sus dientes blancos claramente. Muerta de la risa me enganchó entre sus piernas y sin saber cómo me introdujo entre su cuerpo tan rápidamente que solo sentí un intenso calor, como si hubiera caído en el centro de un volcán llameante. Mientras su cuerpo se zarandeaba extrañamente, sus gemidos sonaban como gata en celo. Yo intentaba mantenerme encima, sin saber qué hacer hasta que mi cuerpo explotó en un enorme fluido de emociones dentro de los suyos, el ruido comenzaba a ser demasiado notorio. De pronto, observé a mi lado a mi hermano, también desnudo. «Me toca» —dijo a media voz.
Pero esta vez la gata no estaba disponible, de un salto me sacó de su caldo hirviente y me arrojó a un lado, se levantó, prendió la luz, y comenzó a llamar a mamá.
Y ahí fue que se armó el jaleo: bajaron mamá y mis hermanas, mi abuelo miraba parado en la puerta de su alcoba, todas gritaban, mis hermanas no entendían por qué las caras agitadas, por qué los cuerpos temblorosos.
—Nosotros no hemos hecho nada, mamá —se defendía mi hermano.
—¡Corrompidos! —gritaba mi abuelo.
—Me querían comer —alegaba la fulana.
Conclusión: la gata debió regresar a su pueblo de inmediato, mamá misma la embarcó en un bus a la madrugada. Nunca hizo ningún comentario sobre el tema, ni regaños, ni sanciones. Después de todo comprendí que darle rienda suelta al cuerpo, no tiene por qué ser un pecado; no fue tan buena mi primera experiencia, pero vendrían tiempos mejores.
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La mudanza más grande que vi en el Segundo fue la de don Mario y su familia, llegaron con tres camiones llenos de chécheres que los cargueros desocuparon con gran estruendo. Muebles, armarios, espejos, ¡dos televisores!, equipo de sonido, cuadros y matas. Era evidente que se trataba de personas con dinero. Habían hecho construir previamente una gran casa como ninguna en el Segundo, con don Mario llegaron doña Leoncia y Simón, su único hijo.
Don Mario era un hombre blanco, corpulento y bien parecido. Al verlo pensaba siempre en aquellos vaqueros de las películas del medio oeste norteamericano: fuerte, rudo, hombre de pelo en pecho, así era don Mario. También era un hombre muy trabajador y dedicado a sus negocios, en poco tiempo montó una fábrica de juguetes en el patio trasero de su casa, algunas personas del Segundo encontraron empleo aquí, lo que trajo progreso entre nuestros vecinos. Así se creó la imagen poderosa y protectora de don Mario, quien se convirtió rápidamente en el personaje más influyente de la cuadra.
La casa de don Mario quedaba a unos veinte metros, casi frente a la nuestra, de esta forma prontamente nos hicimos buenos amigos con Simón, quien apenas se dignaba dirigirnos la palabra a nosotros, a nadie más en la cuadra. Era un adolescente un año mayor que nosotros, muy mimado y algo amanerado en sus modales y en su hablar, pero congeniamos fácilmente pues compartíamos la afición por la música, que podíamos escuchar en su casa, y por algunos programas de televisión que también teníamos oportunidad de ver en su alcoba. Simón estudiaba en el mejor colegio de la ciudad, sabía manejar, su padre le prestaba su carro para ir a las fiestas de los clubes elegantes, y frecuentaba a las chicas de sociedad.
Macho como era, don Mario no escatimaba esfuerzos para educar a Simón: lo había matriculado en un prostíbulo de Getsemaní a donde podía ir cuando le daba la gana, su padre cancelaba más tarde sus servicios. Nosotros lo acompañamos varias veces, esperándolo en el carro, y siempre nos sorprendió la premura de su salida. «Polvitos de gallo», decía mi hermano con sorna. Sin embargo envidiábamos sus cosas y su estilo de vida, nosotros no teníamos un padre que nos llevara de la mano hacia nuestro destino.
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Consuelo y Rosy fueron las primeras niñas que conocimos en el Segundo, ambas eran muy amigas y tenían un año más que nosotros, ya eran unas señoritas. Ambas eran muy atractivas y muy coquetas, hubo una época en que mi hermano y yo estábamos con ellas todo el tiempo, era una atracción desafiante. No bien quedábamos solos en casa de una de ellas, comenzábamos a besarnos y a tocarnos, la curiosidad no tenía límites para ninguno. Con ellas aprendimos a besar y a tocar a una mujer, era delicioso, pero no tuvimos sexo, ellas nunca lo permitieron, tenían la idea de que debían llegar vírgenes al matrimonio. El juego terminó cuando Consuelo se mudó para otra ciudad, desde ese momento todo se enfrió con Rosy y solo seguimos siendo buenos amigos.
La desgracia vendría a tocar a la puerta de su casa cuando apareció Jorgito, su hermano menor. Venía de Sucre, donde vivía con su padre, había llegado de visita a pasar el fin de semana. Tenía quince años, era la primera vez que venía a Cartagena. Después de dos días de turismo, Rosy me pidió que los acompañara a llevarlo a la playa el domingo. Jorgito estaba muy emocionado con el mar, dijo que sabía nadar y estaba ansioso por demostrarlo. Los jóvenes en la playa acostumbraban a mostrar su virilidad y sus habilidades, y se mostraban como pavos reales; las chicas, por su parte, mostraban sus encantos, y practicaban el coqueteo. Era un ritual imprescindible y atractivo a la vez, allí se imponía la moda, se marcaban territorios, nacían amores. Tristemente, también a veces se convertía en el escenario de tragedias, la muerte ronda cercana en las entrañas del mar.
Mientras conversábamos y aprovechábamos los rayos del sol matinal para broncearnos, Jorgito nadaba y nos llamaba desde las olas, pero nosotros seguíamos entretenidos. De pronto no volvimos a escucharlo, desapareció entre las olas, no podíamos verlo y nos asustamos. Así que corrí afanosamente a tratar de encontrarlo, Rosy gritaba su nombre y corría de lado a lado frente a la playa, no lo veíamos.
Frente a la presencia de la muerte se siente un malestar extraño, algo que te hace temblar, te seca la garganta, se produce una especie de vértigo que impide pensar con claridad.
—¿Lo ves? —me gritaba Rosy.
Yo me sentía paralizado, miraba mar adentro y solo veía cabezas o cuerpos que se desplazaban en todas direcciones, pero no podía reconocerlo. Súbitamente escuché los gritos de la gente que se amontonaba en un lugar preciso entre las olas.
—¡Un ahogado!
Algunos nadadores lograron atraparlo y lo sacaron jalándolo de los brazos, era Jorgito. Desde el momento en que lo perdimos de vista no habían pasado quince minutos pero su cuerpo mostraba ya rasgos cadavéricos; la piel se tornó morada, le salía espuma por la nariz y por la boca, estaba totalmente desgonzado. En medio de la multitud y los gritos pusieron su cuerpo en la playa, donde muchos lo rodeaban e intentaban reanimarlo. Un señor que dijo ser médico le dio respiración boca a boca, otros levantaban el tronco y le agitaban los brazos.
—Es inútil —exclamó—, está muerto.
Los acontecimientos posteriores sucedieron vertiginosamente: la ambulancia, los enfermeros, la policía. Y Rosy, su angustia, su desesperación, su impotencia.
—Es mi culpa, es mi culpa —gritaba.
Yo observaba todo aquello como si fuera una película repetida varias veces, así lo sentí por mucho tiempo después.
Luego, la noticia en su casa y nuevamente los gritos y los lamentos. El hecho sacudió al Segundo y fue noticia en el periódico local. Nadie nos culpó, nadie nos regañó.
—Fue la voluntad divina, debemos aceptarla —sentenció la tía de Rosy, y así todos la acataron, como si hubiera sido una orden.
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En el mes de noviembre terminaba el año escolar, en Cartagena se conmemoraba la independencia de la ciudad como una fiesta patria. Durante todo el mes había múltiples celebraciones, el acto central era el reinado nacional de belleza. Las grandes galas estaban diseñadas únicamente para el disfrute de la elite, los desfiles privados y las fiestas importantes se hacían en los clubes más exclusivos de la ciudad. El pueblo debía conformarse con observar a las reinas en los desfiles públicos, donde la aglomeración, la pólvora, el ron y la patanería eran la costumbre. Los jóvenes disfrutaban aprovechando el desorden generalizado asistiendo a las verbenas populares, o a las casetas de baile, donde se respiraba un aire de libertinaje y de promiscuidad.
Para los jóvenes como yo no había clubes ni bailes con orquesta alrededor de las piscinas, para nosotros estaban los taburetes y las mesas de madera tosca en las casetas. El piso estaba tapizado de aserrín, la cerveza y el ron eran las bebidas, el ambiente olía a orines y a perfume barato. La música sonaba con el estruendo fenomenal de los picós. La pareja podía ser cualquiera, aquí no venían tus hermanas ni tus noviecitas, aquí tú bailabas con muchachas que, hay que decirlo, se movían como diosas, meneando el trasero frenéticamente, dejándote hacer sin ningún pudor. Era una verdadera escuela de baile.
¡Salsa! La música no paraba en ningún momento, se iniciaba a las cuatro de la tarde y terminaba a las siete u ocho de la mañana del día siguiente. Se podía bailar toda la noche con esta música que aturdía los sentidos, el bun, bun de los bajos te retumbaba en el pecho, el aire de las trompetas te explotaba en los tímpanos. Salsa de la dura.
De vez en cuando alguno de nosotros se hacía un levante, y en medio de la satisfacción general, y los gritos, salía de la caseta a gozar por ahí en algún cuartucho barato. Estas eran nuestras fiestas de noviembre.
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Nuestros estudios avanzaban sin tropiezos pese a que poco estudiábamos. Yo detestaba las tareas y a veces me sentía atascado, me sentía fracasado como estudiante. Sin embargo, milagrosamente encontraba la forma de terminar con buenos resultados cada año escolar. Mi hermano en cambio, se destacaba por su brillantez y nunca fallaba en las tareas. Además, era excelente futbolista y hacía parte del equipo de la Academia. Las primeras clases de anatomía llamaron poderosamente su atención y decidió conseguir un esqueleto para estudiar con sus compañeros. Le ha contado su idea a mamá pero ella la rechazó escandalizada.
—¿Unos huesos en la casa? Eso nunca, mijo.
Con la gente del Primero tramó entonces una aventurilla cuyas consecuencias impredecibles podrá concluir el lector. Ramiro C. vivía en una casa que colindaba con el cementerio por el patio trasero. Él mismo se había subido por la pared a un techo cubierto con unas tejas de cinc. Nos había contado que allá guardaban los huesos que no tenían identificación o que no habían sido reclamados. Nosotros lo hemos comprobado una tarde que subimos al techo mencionado. Horrorizados y al mismo tiempo fascinados por la misteriosa atracción de la muerte, observamos huesos, cráneos y dos féretros completamente derruidos por la acción del tiempo y por la descomposición.
Decidimos entonces pescar desde arriba algunos huesos que pudieran servir para estudiar. Volvimos a los pocos días a la hora de la siesta, preparados y con el ánimo dispuesto. Nos ingeniamos una caña de pescar consistente de un palo largo, tal vez muy delgado para nuestro propósito, del cual colgaban una pita y un gancho a manera de anzuelo. La tarea resultó más difícil de lo que habíamos pensado: después de varios intentos fallidos, logramos enganchar un cadáver por un brazo, pero era muy pesado. Luego atrapamos otro por las costillas pero estas se desmoronaban como galletas de soda. De pronto mi hermano se enfocó en una calavera tirada en el piso, casi cubierta por unas hojas de periódico. El anzuelo enganchó fácilmente de una órbita ocular y subió sin oponer resistencia. Gritamos emocionados y reímos como locos. Ramiro la sostenía en sus manos y mi hermano la contemplaba maravillado. A mí la visión de la huesuda me revolvía las tripas, un temor indecible me apartó sin poder tocarla.
—Oye —dijo Ramiro—, ¿este huesos sería un hombre o una mujer?
—Es mejor que nos vayamos ya, no demora en pasar el sereno por acá —les dije disimulando mi temor.
Al bajar a la casa de Ramiro la envolvimos cuidadosamente en una bolsa y la llevamos a nuestra casa; el trofeo fue así a parar a nuestra alcoba; mi hermano la limpió con alcohol y la puso en lo alto del armario sin más miramientos. La huesuda quedó allí observándonos desde el vacío de la muerte. Quién sabe si le molestaría que la hubiéramos sacado de su eterno descanso, o a lo mejor, si estaría contenta de volver a habitar entre los vivos. En todo caso allí permaneció por tres años.
La pesca macabra fue el tema de conversación del combo del Segundo durante algunos días; de las bromas de ultratumba pasábamos inadvertidamente al temor del castigo por irrespetar el descanso de los muertos. Pero alguno volvía a las chanzas y la mamadera de gallo y así olvidábamos nuestros miedos.
Lo cierto es que mi hermano nunca estudió anatomía con ella. Habíamos convenido que era de una mujer, y que debió de ser joven y bella al morir. Con el tiempo se convirtió en un objeto más de decoración, poco a poco le perdimos el respeto y entonces comenzaron las transformaciones de su apariencia según nuestro estado de ánimo, o de acuerdo con la moda.
Así se vistió con varias pelucas, tuvo gafas que le amarrábamos con elásticos, y cambió varias veces de maquillaje. Finalmente mi hermano le pintó con tinta roja y negra dibujos de la simbología bantú, así se quedó entre nosotros hasta el día que mamá la descubrió y nos obligó a enterrarla bien profundo en el patio.
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El período de las vacas flacas se prolongó en nuestro hogar por varios años, mi adolescencia transcurrió en medio de dificultades económicas y de no pocas desgracias signadas por la desaparición de varios allegados. A la falta de dinero se sumó el deterioro de la casona cuyas paredes, techos, sanitarios, pisos, acusaban el paso del tiempo y el abuso de cuatro niños en pleno crecimiento. La casa era una miseria: los techos habían cedido por el peso de las lluvias inclementes y por la acción del comején. Al menos media docena de gatos los habían convertido en su pista de carreras y en el sitio preferido para aplacar sus calenturas. El escándalo por las noches en el techo era inimaginable, no se podía dormir: los pedazos de cielo raso y tejas caían estrepitosamente. Primero fue el sector de la sala y el comedor, y luego, la cocina. Una noche un estruendo infernal nos sacó despavoridos de las camas, el último pedazo de techo de la cocina cayó de un solo golpe, dañando de paso la estufa y la nevera. Las alcobas se salvaron de milagro, media casa quedó a la intemperie y así permaneció durante años. Ahora los aguaceros hacían de las suyas con nosotros, las inundaciones eran iguales afuera, en el jardín, que adentro de la casa. Cuando llovía solo había dos cosas por hacer: resguardarnos y esperar que pasara la tormenta o salir a barrer el agua hacia afuera. Era necesario cavar caminitos en la zona exterior para conducir el agua hacia la calle. Mamá lo hacía bajo la lluvia inclemente.
Luego fue el turno de los baños. En esa época no teníamos alcantarillado en el Segundo, las casas debían dotarse de un pozo séptico adonde llegaban todos los desechos por la tubería, el pozo se iba llenando hasta que literalmente explotaba. El hedor era insoportable, las heces burbujeaban en las tazas, y finalmente toda la porquería las desbordaba y corría por los corredores. Mis hermanas gritaban aterradas, mi hermano y yo nos divertíamos con el espectáculo.
—Es solo mierda —decía mi abuelo—, no jodan más.
Entonces tocaba contratar al Diablo y a su hijo para vaciar el pozo. El suceso se repetía aproximadamente cada dos años, y duraba así casi dos meses hasta que mamá levantaba la plata para limpiarlo.
El Diablo era un hombre de unos cincuenta años, blanco y con la piel curtida como un cuero viejo totalmente quemada por el sol. El hijo era un muchacho fornido y de piel más oscura, vástago seguramente de alguna mujer negra. Totalmente inexpresivos, se comunicaban entre sí por señas; ambos eran alcohólicos.
—No podría ser de otra forma —decía mi abuelo—, imagínense, sacando mierda todos los días. Vaya trabajo se inventaron.
Lo cierto es que los diablos eran indispensables en los tiempos del pozo séptico. Había que proveerles de ron blanco todo el tiempo que duraba su trabajo. Comenzaban desde arriba, llenando las canecas con el líquido pútrido y los desechos, que luego vertían en un gran tanque colocado sobre una carreta. A medida que avanzaba el trabajo debían hacerlo de rodillas, metiendo casi la cara dentro del pozo. Finalmente se metían por completo, anestesiados por el alcohol y cumpliendo con la tarea hasta la última gota.
Adónde botaban los desechos siempre fue un misterio, preferíamos no saberlo.
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Un grupo de doce estudiantes estábamos seminternos en el colegio, entre ellos todos los del barrio. Esto implicaba que debíamos quedarnos a almorzar y esperar hasta las cuatro de la tarde para salir del colegio, se suponía que ese tiempo debíamos usarlo para las tareas. Dos profesores nos acompañaban a la hora del almuerzo y luego se iban dejándonos libres. Quedábamos a cargo del conserje del colegio, un viejo cascarrabias que no hacía nada por vigilarnos, estábamos por nuestra cuenta. En este abandono casi absoluto que nos permitía pasearnos libremente por todas las instalaciones se nos ocurrían las cosas más inverosímiles para divertirnos. Sesiones de chistes groseros, o de historias fantásticas, concursos de historias de sexo, apuestas deportivas, lectura de obras literarias, hasta pasar a las casas vecinas a robarnos los mangos, y robar las botellas de la tienda para luego venderlas, de todo un poco. En estas andanzas estuvimos tres años inolvidables. A veces metíamos peladas de un colegio de monjas cercano al nuestro y hacíamos sesiones de estriptis, de bailes eróticos y pequeñas orgías. Las empleadas del aseo del colegio, que supuestamente estaban a cargo, también participaban de nuestros juegos muy complacientes. Éramos una alegre cofradía del desenfreno, no había ningún control, y aunque parezca inverosímil nuestros actos nunca tuvieron consecuencias. Al día siguiente nadie comentaba nada, manteníamos un código tácito de silencio para preservar nuestro pequeño paraíso vespertino.
Se acercaba el final del año escolar marcado esta vez por el grado de bachiller de mi hermano. Yo le seguía los pasos un año atrás, y me preguntaba constantemente que sería de mí cuando él saliera del colegio. Mi hermano ya había decidido seguir sus estudios superiores en la universidad estatal de Cartagena. Gracias a sus buenos resultados le habían concedido una beca para estudiar, todos estábamos muy contentos en casa.
Los grados se realizaban en todos los colegios de la ciudad, había celebraciones de todo tipo, fiestas por doquier. En clubes privados adonde entrábamos colados, en casas de familia adonde íbamos casi siempre colados, en casetas callejeras, en bares y en prostíbulos. La rumba no terminaba, éramos pequeños alcohólicos en potencia.
Afortunadamente, ese año iríamos a Bogotá a pasar la Navidad, mi tía nos había enviado los pasajes para premiarnos por nuestro comportamiento y para celebrar el grado de mi hermano. No era la primera vez que viajábamos, desde niños mamá nos acostumbró a pasar el fin de año con mis abuelos paternos y mi tía. Pero hacía varios años que no habíamos vuelto, preferimos quedarnos en el jolgorio costeño.
Sin embargo esta vez sentimos que era un premio merecido, por mi parte agradecí apartarme un tiempo del caos en que vivíamos.
Cuando éramos niños era divertido: las novenas de Navidad, la misa de gallo, el arbolito y el pesebre, y por fin, los regalos. Siempre regresábamos con las maletas cargadas y con algunos pesos en el bolsillo. En esta oportunidad no estábamos seguros de disfrutar con las mismas cosas, ya no éramos niños. Habíamos perdido la costumbre de la misa y de los rituales religiosos, el velo había caído por completo. No obstante, mis hermanas estaban muy contentas, para ellas esta época hacía parte de sus más gratos recuerdos. De todas formas estábamos comprometidos con mamá a portarnos bien y a no darles molestias allá.
Las cosas también habían cambiado en Bogotá, mi abuelo paterno había fallecido recientemente y en la casa se respiraba aún la nostalgia por su partida. Mi abuela y mi tía se mostraban más tolerantes ahora, reconociendo de alguna forma que habíamos crecido. No nos obligaban a rezar todos los días. El clima también había cambiado, aunque seguía siendo una ciudad de clima frío el sol se asomaba por más tiempo todos los días, Bogotá no lucía tan sombría como antes. Mi abuela y mi tía se esforzaban por atendernos y nos llenaban de regalos, de hecho, creo que pasamos las vacaciones mejor de lo que pensábamos. Por mi parte tomé la decisión de irme a estudiar a la capital, tal vez así podría dejar atrás las costumbres perniciosas y alcanzar mis objetivos.
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El último año de colegio comenzaba así con cambios importantes, ya no estaba mi hermano conmigo, junto con él habían partido otros tres compañeros de aventuras. Solo quedábamos Jaime D. y yo, al menos ahora ya no teníamos que defendernos de nada, éramos unos leones, acostumbrados a la calle, y líderes en nuestro grupo. Mi hermano y los demás compañeros habían tomado cada uno su rumbo, nos veíamos casi que exclusivamente los fines de semana.
Era hora de actuar con autonomía y con mayor madurez, en el colegio habían cesado los castigos y las reprimendas, era como si de pronto los profesores ahora estuvieran conscientes de que habíamos crecido. En el fondo, seguíamos siendo los mismos, no faltaban nuestras locuras y la pereza de estudiar, pero teníamos la estima de nuestros mentores, y hasta nos creían buenos estudiantes. Como decía mi abuelo: «En tierra de ciegos el tuerto es rey».
Sin la presencia de mi hermano pasaba mis tardes en solitario cuando regresaba a la casa. Me dedicaba libremente a mis pasatiempos favoritos, y salía a la calle a verme con mis amigos y amigas. Por las noches de vez en cuando se reunía todo el combo en una de las esquinas del barrio y compartíamos. Era muy divertido pero no como antes, ellos tenían ahora nuevos intereses, a veces nos miraban como si fuéramos niños todavía.
En octubre viajamos con diez compañeros a Barranquilla a presentar los exámenes de admisión para ingresar a la Universidad Nacional en Bogotá, se suponía que éramos los mejores estudiantes de nuestra promoción. Sin tener adonde llegar, fui recibido en casa de un compañero que tenía parientes en la ciudad, vivían en un barrio pobre y me alojaron en una especie de taller de carros aledaño a su casa, debía dormir en una hamaca las dos noches que pasaríamos allí. Los exámenes me parecieron fáciles y todos mis compañeros opinaron lo mismo, estábamos muy optimistas.
En noviembre se publicaron los resultados en un periódico de circulación nacional, eran tres hojas completas llenas de códigos repartidos para las diferentes sedes de la universidad.
Mis ojos se toparon de pronto con mi número, no lo podía creer, repasé varias veces el número para asegurarme, no había ninguna duda, había sido admitido en la universidad. De un salto corrí hacia el segundo piso con la hoja de periódico gritando.
—¡Mamá, mamá, pasé!
Era un sábado en la mañana, todos descansaban todavía y se levantaron con mi alboroto. Corrieron a revisar el periódico y compararon con mi credencial, todos gritaban alborozados como si hubiéramos ganado la lotería. Mamá me abrazaba y me felicitaba entre lágrimas, mis hermanos también. Por fin una buena noticia, por fin algo diferente para mi familia.
Mi aceptación para ingresar a la universidad más importante del país se convirtió en tema de todos en el Segundo, lo mismo pasaba con los amigos del combo de Manga, y en el colegio no cesaban las felicitaciones, la institución hizo alarde de este logro como resultado de su excelente labor académica.
Las despedidas fueron largas y diversas, y me confirmaron que así no tendría futuro, que la parranda y el alcohol no me llevarían a ninguna parte, y que sería bueno para mí salir de este oscuro túnel.
Las lágrimas de mamá al despedirnos llenaban de nostalgias mi corazón.
—Es un pequeño viaje de una hora, no se preocupen, les escribiré y volveré pronto.
Durante el viaje pensé mucho en los años pasados y en las experiencias vividas, la ansiedad de lo que venía me emocionaba, mi vida cambiaría radicalmente, ese era mi propósito.
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