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Roberta lamoretti es una antropóloga y arqueóloga que ha pasado su vida entre libros y ruinas , siempre en su zona de confort rodeada de sus colegas, tan incerta en su trabajo que le costó su primer matrimonio. Ahora solo se dedica a estudiar e investigar, viajando por varios países donde la llevan sus intereses y despertando en ella su instinto aventurero. Descubrirá el amor en el camino , de qué es capaz y qué tanto de sus libros puede volverse real y peligroso. Este camino la llevará a lugares hermosos y misterios sin resolver como también a preguntarse si es capaz de entregarse al amor sin dejar esta nueva libertad. Será Franco capaz de aceptar las reglas, la acompañará siempre en sus viajes para asegurarse que siga viva o se rendirá ante el mundo de Roberta. Cuando se conocieron todo resultó de cuento, Roma les dio el entorno mágico. Ahora Franco debe sumarse a la vida de Roberta y aceptar sus reglas o Roberta dejará caer el corazón de un hombre enamorado. Tal vez ella deje más que eso en el camino si no es capaz de aprender que la vida es mejor acompañada que sola.
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Seitenzahl: 267
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Map valderrama
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1181-445-4
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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A mi hija querida, gracias por estar siempre conmigo e impulsarme a seguir.
Prólogo
Roberta Lamoretti es una antropóloga y arqueóloga que comenzó sus viajes en Latinoamérica; en Brasil estudió a las tribus amazónicas y viajó varias veces a México en busca de los mayas. A lo largo de los años, sus estudios de sociología y antropología la llevaron a varios países y diversas culturas, los cuales son parte de las aventuras y misterios con los que esta intrépida y solitaria mujer se ha topado. Ella acepta la vida como viene, ríe mucho, no recibe órdenes y, en general, es un ser humano lleno de información que únicamente anhela plasmar en sus libros cada lugar que ha visto. Cada viaje la saca de su zona de confort y la impulsa a tomar riesgos.
En estos viajes solo deseo que el lector viva a través de ellos aventuras, misterios y romance.
La vida de una mujer común que decide tomar el control de su vida y que, en el camino, arrastra a varias personas con su carácter jovial y sarcástico, agregándole a cada situación su peculiar sello de humor negro.
«La vida es un camino que recorres solo. Es de dos vías, por lo que recuerda caminar derecho y con cuidado por si te toca volverte».
CAPÍTULO IUN VIAJE POR EL AMAZONAS
Roberta despertó esa mañana con una extraña sensación de placer. Estiró sus piernas largas y muy bronceadas, al igual que el resto de su figura. Los días de playa le habían dado un maravilloso tono bronceado que hacía que resaltaran sus ojos color miel. Era una mujer alta, bien proporcionada, de largo y ondulado cabello negro que el sol había pintado de tonos rojizos. Se observó en el espejo, algunas zonas de su cuerpo estaban muy bronceadas. Recordó lo doloroso de los primeros días; ahora ya no ardía y el característico tono rojo ardiente se había tornado café tostado con ligeros tonos de dorado. Debería aplicar más crema o se enfrentaría a una molesta descamación de la piel.
Tenía unos cuantos cortes en su muslo producto de hacer skysurf en la playa y carreras de boogies sobre la arena, además de algunos moretones en sus brazos por su afán de realizar rápel en los acantilados cerca de Mossoró. La verdad, disfrutaba la adrenalina y su cuerpo mostraba las consecuencias.
El sol de Brasil entraba por la ventana de su apartamento en Natal, un bien raíz otorgado por su ex marido, beneficio de un matrimonio que duró 27 meses y que se terminó en buenos términos. Él no soportaba el estilo de vida aventurera de Roberta, y la separación era algo que llegaría tarde o temprano. Con esas añoranzas y reflexiones, Roberta observa frente a ella la playa. La ensenada era preciosa y el mar estaba tranquilo bajo un cielo azul y despejado. La vista era realmente maravillosa; solo eso ya le otorgaba más valor al apartamento de dos dormitorios y amplias terrazas. Llevaba un mes en la ciudad disfrutando de la comida, las playas y el buen humor de los lugareños. Sus amigos, Joao y Carlo, acostumbraban a inventarse planes dentro de la cuidad. Los conoció en Chile, en la universidad, mientras cursaba estudios mayas. Carlo se había especializado en lenguas incas y precolombinas; ambos además eran antropólogos forenses, una ciencia que a Roberta le resultaba inquietante. Había pasado muchas horas viendo programas policíacos y le fascinaba la capacidad de resolver crímenes a través de cuerpos inertes.
Esa mañana, Joao le preguntó si le gustaría ir de excursión a la selva. Había un circuito de tres días a la Amazonia brasileña al este de Minas Gerais, a lo que Roberta aceptó encantada. Había escuchado hablar sobre la tribu de la gente invisible, indígenas que, según la narrativa popular, se mimetizaban con la selva logrando un camuflaje perfecto. Le preocupaba un poco el tema de los mosquitos. No se llevaba muy bien con ellos, pues más de alguna vez había desarrollado alergias a las picaduras.
Preparó su morral, sus inyecciones antialérgicas, pomadas, linterna, su cuchillo, algunos básicos de su botiquín, protector solar, un mapa de la zona. Miró su revólver, una 22 con estuche sobaquera. Aprendió a usar armas en algunos de sus viajes a México y tenía permiso para portarla. La llevaría de todos modos; es una zona peligrosa en la cual podrían encontrarse con maleantes e insurrectos militares, especialmente porque no viajarían por la ruta turística, era más bien un viaje de expedición.
Su ropa, la típica de la zona, botas para evitar picaduras de serpientes, pantalones de camuflaje, varias camisetas, su chaleco preferido lleno de bolsillos y cierres, el cual la acompañaba adonde fuera, ya que le permitía tener a mano muchas cosas en los varios compartimentos que tenía.
Una vez lista, salió. Joao la esperaba en el jeep. Era un chico alto de 30 años, cabello rubio, muy bronceado y con una amplia sonrisa que mostraba una dentadura perfectamente blanca.
—Bom día, amiga, ¿tudo pronto? —sonrió Joao.
—Sí, tudo pronto. ¿Dónde está Carlo?
—Aqui estou. —Una voz la hizo voltear la cabeza justo para ver a Carlo con tres vasos de café en las manos.
Carlo era moreno, más alto que Joao, grandes ojos verdes, llevaba shorts y playeras y se podía ver la cicatriz de la mordedura de un tiburón en su pierna izquierda, producto de su afición al surf. Recibió el regalo del escualo en las costas australianas.
—Obrigada, Carlo. —Roberta se apresuró a ayudar al joven.
Emprendieron el viaje al aeropuerto, un vuelo directo hasta la ciudad de Belén en el norte del Brasil. Una vez allí, los guías los llevarían hasta el muelle para tomar el barco por el río Amazonas.
El calor era bastante húmedo y asfixiante, como temía Roberta, y estaba lleno de insectos y toda clase de animales, algunos cuyo nombre era imposible de pronunciar.
Navegaron hasta Tucurui, un pequeño poblado donde pasarían la noche. Joao le explicó que ahí cambiarían de embarcación, ya que los guías solo podían llevarlos hasta ese lugar; el resto del viaje corría por cuenta de ellos.
—¡Roberta, ven, quiero presentarte a alguien! —gritó Carlo levantando las manos.
Una mujer salió de una de las carpas. alta, de cabello rojo, ojos verdes y amplia sonrisa; vestía gabardina y pantalones de camuflaje.
—Esta é Amelia que vai nos acompanhar. Amelia es antropóloga e estuda tribos indígenas. —Carlo hizo la presentación muy formal y en perfecto portugués.
—Hola. Amelia, encantada. Soy Roberta. Parece que nos interesa la misma área de estudios. —Roberta se acercó y le dio la mano.
—La encantada soy yo. He leído parte de tu trabajo. Cuando Carlo me dijo que vendrías, le supliqué unirme —contestó la chica.
—Creo que aprenderé más yo de ti. Carlo dice que estudias las tribus indígenas de la Amazonia, ¿es cierto? —preguntó Roberta tomando un sorbo de su café.
—Sí, y también me dijo que tú buscas a los invisibles. —Amelia la miró de reojo.
—Los invisibles, al parecer, solo son un mito —contestó Roberta—. Tanto o más que la cuidad de oro que Cortés nunca encontró. Estoy más interesada en los wari, es la única tribu que aún practica el endocanibalismo. Se comen a sus muertos para tener su espíritu, algo parecido a los mayas, que se comían el corazón de sus enemigos.
—Sabes que hay más tribus acá y que algunas son peligrosas, ¿cierto? Ya tengo una idea de lo que buscas, pero, ¿deseas tener contacto con ellos? —preguntó Amelia con las cejas levantadas.
—La verdad, no. Solo me gustaría fotografiarlos si se puede. Los estudios que he revisado son muy claros, solo que no hay muchas imágenes. —contestó Roberta, manipulando su cámara fotográfica.
—Se hace tarde aquí, la noche se viene. Prenderé una fogata y terminamos de montar las carpas —interrumpió Joao—. Los guías se fueron y me dijeron que puede caer mucha agua. Se esperan lluvias fuertes.
—¡Ay! —gritó Roberta, sobresaltada. Frente a ella, dos hombres semidesnudos, con un hueso atravesando su nariz, vestían faldas de totora y llevaban el pelo cortado de forma muy simétrica.
—Tranquila, Roberta —acudió Joao—. Son yanomanis, nos acompañarán en el viaje. Suelen ayudar en las expediciones. Los yanomanis son una tribu tranquila dedicada a la caza y pesca.
—Y ahora son guías —sonrió Roberta, hablando para sí misma.
Después de comer algo de carne, frutas y beber agua de almendras, se fueron a dormir. Roberta se quedó en la carpa junto a Amelia, quien se durmió de inmediato. «Qué suerte la de ella», pensó para sí Roberta. Solía sufrir de insomnio, sobre todo cuando viajaba por trabajo. Revisó su cama en busca de serpientes, cerró los mosqueteros y se acostó. Extrañamente, el sueño vino muy rápido.
A la mañana siguiente llovía. Según los pronósticos, las lluvias los acompañarían gran parte del día. Levantaron el campamento y subieron todo al bote; una embarcación algo destartalada y a la que le faltaba pintura. Se podía ver cómo salía el humo por las chimeneas, lo que le indicaba a Roberta que retrocederían varios años al pasado con un barco a vapor.
La travesía por el río fue tranquila. Roberta fotografiaba la fauna y la flora; el agua se mantenía tranquila y, a pesar del fuerte aguacero, el calor no disminuía.
Hemos llegado —dijo Joao—. Desde aquí será a pie. Estamos en una zona muy boscosa. Por favor, amarren sus botas, es zona de serpientes.
Las botas, como las llamó Joao, son unas piezas de cuero que se amarran a las piernas justo encima de la caña de los botines. Si alguien pisa alguna víbora, esta morderá las botas y no a ellos.
Caminaron con las mochilas en sus espaldas y las capas de agua encima. Roberta no tenía mucha visibilidad, la lluvia era intensa. Carlo les dijo que llegarían a un campamento ya levantado por otra expedición y, según el mapa, estaban cerca.
Una vez en el claro, encontraron restos de construcciones de paja y troncos. La lluvia paró un poco; armaron las carpas y prendieron fuego.
La noche llegaba pronto en la selva. El fuego disipó a los mosquitos, pero Roberta, igualmente, decidió cubrirse de repelente. Una picadura la tendría con molestias varios días.
Se fueron a dormir en medio de una selva espesa llena de ruidos y sonidos de animales. La sombra de la noche le ofrecía a Roberta hermosas visiones de insectos voladores brillantes. Sintió una magia que la hizo sonreír.
Unas horas después…
—Roberta, Amelia despierten —les susurró Joao con la cabeza metida dentro de la carpa.
—¿Qué pasa? —preguntó Amelia medio dormida.
—Shh —respondió Joao con el dedo sobre su boca—. Tenemos visitas no gratas.
—¿A qué te refieres? —preguntó Roberta en un susurró.
—Traficantes.
—¿Traficantes de qué? —preguntó Roberta.
—Drogas —dijo Joao—. Y son peligrosos, usan a los nativos para transportarla desde Perú y así la ingresan a Brasil sin sospechas. Nuestros guías se fueron, al parecer estos traficantes esclavizan lugareños.
—Está bien, ¿qué hacemos? —dijo Amelia—. No podemos dejar que nos vean ni tampoco salir de aquí, será mejor que averigüemos qué pasa.
—¿Estás armada? —preguntó Roberta.
—Siempre, amiga, nunca salgo sin mis amigos y menos en esta zona —contestó Amelia mientras le enseñaba su pistola y su cuchillo.
—Joao, ¿dónde está Carlo? —preguntó Roberta.
—Está vigilando por el lado sur. Sabes que se mueve sin que nadie lo note. Nunca conocí a alguien que pudiera ser tan invisible —contestó Joao.
Ninguno durmió durante la noche. La selva estaba llena de ruidos, y ellos expectantes ante la presencia de los delincuentes.
La mañana los recibió en guardia. Carlo volvió al campamento y les informó que eran cuatro. Llevaban amarrados a algunos nativos y cargaban marihuana. Estaban armados con escopetas, ya que pudo ver que uno de ellos llevaba una mágnum 45.
—¿Mágnum 45? —Amelia levantó las cejas—. Esas armas son de la policía o del ejercito. ¿Crees que puedan ser rebeldes?
—¿Rebeldes? ¿Qué no me habéis contado? —interrumpió Roberta.
—Sabíamos que había un grupo de insurrectos en la zona, pero la policía me informó que, supuestamente, no estarían en nuestro camino. Aunque sí me dijeron que tuviéramos cuidado en la ruta y que, si nos topábamos con ellos, no hiciéramos nada —explicó Carlo.
—Será mejor salir de aquí. Iremos al sur, seguro que encontramos algún poblado donde nos guíen afuera de la selva —propuso Joao.
—Espera, dame el mapa —dijo Roberta.
—¿Qué quieres ver? —preguntó Amelia.
—Estamos aquí. —Señaló un punto en el mapa—. Debemos llegar a esta zona de Matto Grosso; pero según las leyendas, entre este punto y allá, encontraron ruinas incas. Se cree que eran la antesala de la famosa cuidad perdida.
—¿Estás de broma? —dijo Carlo—. Es una leyenda, nadie ha encontrado rastros de ella.
—No, no estoy bromeando. Según los escritos que revisé hace años, encontraron ruinas; se supone que del imperio inca, pero nada concluyente acerca de la supuesta cuidad de oro. Si llegamos a ese punto, estaremos lejos del camino de los traficantes. Podremos acampar y ver si algún teléfono funciona; aquí no hay señal.
—Bueno, es un plan. Debemos sí o sí salir de aquí —dijo Joao.
Tomaron sus mochilas y emprendieron el camino. Paró de llover, pero la humedad se hacía cada vez más fatigante. Tenían bastante agua y, de no ser así, «solo habría que esperar a que lloviera y abrir la boca», pensó Roberta.
Caminaron por dos horas. Según Carlo, los traficantes no los seguían, lo que les dio tranquilidad. La selva era muy espesa; en ocasiones era incluso difícil seguir el sendero. Las aves los acompañaban desde las alturas. Roberta solo pensaba en no toparse con algún felino curioso o, peor aún, hambriento. Llegaron a un claro. Roberta se sentó; estaba agotada. La caminata con esa humedad era un esfuerzo adicional. Recostó su cuerpo en una gran piedra y, al hacerlo, esta crujió.
¿¡Qué diablos!? Algo se movió aquí —les indicó a los otros.
—¿De qué hablas? —preguntó Joao.
—Mira, Roberta. —Apuntó a la piedra y comenzó a sacar la hierba que la cubría. Al hacerlo, encontró un grabado tallado en ella.
—Es… un grabado antiguo. ¡Es inca! —Exclamó Roberta—. Ayúdenme.
—Tienes razón, son grabados incas. Están escritos en quechua antiguo. Señalan algo, pero no puedo descifrar qué —contestó Carlo.
—Creo, chicos, que hemos caminado por horas en «el camino de piedra», antigua ruta de los incas. La usaban para huir de los españoles —señaló Roberta.
Trabajaron juntos despejando la piedra y, ante sus ojos, apareció una serie de tallados en la piedra. Grabados de la cultura inca, según les dijo Roberta.
—¿Qué dice? —preguntó Amelia.
—Bueno, no están muy claros, pero, según entiendo, hablan de una cuidad dormida en medio de las aguas y el cielo. Hablan de tesoros al dios del Sol. Chicos, creo que encontramos la cuidad perdida del Dorado. —Roberta los miró a todos—. O, al menos, la ruta para llegar a ella.
—¿Parapata? —preguntó Joao.
—Por Dios, Joao, ¿quién soy, Dora la exploradora? Se llama Paititi —contestó Roberta—. Y de que fuera de oro, bueno… es la leyenda.
—Pero se supone que estaba al norte, cerca del Perú, y hemos caminado al sur —exclamó Carlo.
—Sí, en el virreinato del Perú —intervino Amelia.
—Bueno, al parecer no estaba allí. Según mis estudios, estaba en la Amazonia peruana y, claro, como bien dices, Amelia, era parte del virreinato del Perú. Todos se pueden equivocar. —Roberta levantó los hombros.
—Pero esta es solo una piedra, ¿dónde está la cuidad? —preguntó Amelia.
Roberta comenzó a leer cada grabado; concentrada en varios que se repetían con figuras del sol. Recorrió con sus manos cada símbolo.
—Justo aquí —dijo Roberta empujando uno de los símbolos, lo que hizo que la piedra se moviera abriendo un especie de túnel.
—Siempre que haces eso me da escalofríos, es como si las piedras te hablaran —dijo Joao—. ¿Algún día me dirás cómo lo haces?
Roberta lo miró y sonrió burlonamente.
Todos se miraron expectantes. Frente a ellos, un túnel. Si conducía a una ciudad perdida o no, estaban a punto de descubrirlo.
Caminaron por el túnel lentamente; sus linternas ayudaban a ver en la oscuridad. Roberta revisaba los grabados.
—¿Qué dicen? —preguntó Amelia.
—No estoy segura. Estudié algo de los incas en mi tesis sobre los mayas, pero no mucho. Logro descifrar muy poco; sigamos caminando, a lo mejor encontramos algo más que nos ayude a salir de aquí, o que los teléfonos funcionen. Creo que están escritos en quechua. Carlo, tú hablas quechua ¿cierto? —preguntó Roberta.
—Sí, bueno, no muy bien. Los indígenas peruanos aún la practican. Si lo traducimos literalmente, Parapata significa «la colina lluviosa», pero, como bien corregiste, es Paititi o cuidad de oro. Varios han afirmado encontrarla, pero sin pruebas. —Carlo se encogió de hombros—. Los indígenas dicen que se mueve para no ser hallada. Algunos exploradores dicen que está cerca de Machu Picchu, «montaña vieja»; pero en quechua, montaña se dice orqo. En algún momento se pensó que esa era la cuidad perdida. Otros piensan que se esconde en la Amazonia peruana, y hay algunos que afirmaron que estaba en el sur de Colombia. ¿Sabían que el nombre original de Machu Picchu era Patallqta? —Los tres se volvieron a mirar la sonriente cara de Carlo.
Continuaron caminando por el estrecho sendero amurallado serpenteante y húmedo, como si el aire estuviera atascado. A medida que avanzaban, este se hacía más angosto y el techo más bajo.
Llegaron a una sala enorme de forma circular, los muros tenían agujeros y más grabados. Muchas cabezas sobresalientes de animales selváticos. Roberta reconoció un jaguar y algunas aves. Arriba entraba el sol por una gran abertura. Cada muro estaba tallado con signos. Colgaban lianas, y parte de la selva ya había invadido gran parte de la construcción. La luz se filtraba entre las ramas de frondosos árboles.
—¡Alto! —gritó Roberta—. No se muevan. ¿Ven las marcas del suelo? Tengo que descifrar qué dicen, pero sé por experiencia que puede haber trampas. Caminen por el borde hasta esa pequeña abertura en el muro por donde se filtra la luz, debe ser una salida.
—¿Qué harás? —preguntó Joao.
—Mira, en el suelo hay varias piedras sobresalientes. Si oprimo una, sabré qué sucede —contestó Roberta.
—Déjame ayudarte. —Se acercó Carlo.
Presionaron una y la puerta se abrió un poco más.
—Está claro; si oprimimos las correctas, se abrirá el muro. —Roberta los miró.
—¿Y si nos equivocamos? —preguntó Joao.
—Bueno, si eso pasa, ya te puedes imaginar —contestó Roberta.
Apretaron en secuencia cada piedra y, a medida que lo hacían, se iba abriendo el muro. De pronto, Carlo oprimió una que tenía un grabado extraño y la pared frente a ellos crujió.
¡Al suelo! —gritó Roberta.
Todos se arrojaron al suelo y varias flechas salieron de las paredes golpeando las opuestas.
¿Qué diablos fue eso? —preguntó Joao.
—Te dije que habría trampas. ¿Apretaste algún símbolo de muerte o submundo? —Roberta miró a Carlo.
—Bueno, no se ve muy claro. Fue ese —indicó Carlo señalando una piedra con un extraño grabado—. Lo siento.
—El símbolo del sacrificio. Ok, vamos a tener cuidado. No debes pisar nada que no sea sol, luna, agua, tierra o viento —señaló Roberta.
—¿Cuál falta? —preguntó Amelia.
—Ya apretamos el sol, la luna, el agua... ¿Sigue el viento o la tierra? —Roberta los miró interrogante.
—¡¿Cómo vamos a saber cuál es?! —contestó Joao.
—Esperen- Los incas, al igual que los mayas y aztecas, adoraban al sol, bendecían la luna, cuidaban el agua como su tesoro, imploraban al viento y todo se unía a la madre tierra —explicó Carlo.
—Tienes razón —afirmó Joao—. Fue una de las tesis de pueblos originarios que revisamos cuando trabajábamos en Colombia, así que debería ser viento y tierra... ¿o no? —Miraron los tres a Roberta.
—Supongo que mayas e incas son casi lo mismo; pero por las dudas, quédense cerca del piso —contestó Roberta oprimiendo la piedra con el símbolo del viento.
El muro se abrió aun más. Oprimió la última y la luz del sol entró por completo a la habitación iluminándola como si estuviera toda hecha de oro.
Los cuatro se pusieron de pie y se miraron. Caminaron despacio por el borde hasta el muro abierto, por donde salieron al exterior. La luz del sol los cegó.
—¡Mai de Deus! —exclamó Joao—. ¡¡Encontramos la ciudad perdida!!
Frente a ellos, se asomaban varias construcciones con forma de pirámides en medio de una frondosa selva. El sol reflejaba cada templo, provocando destellos dorados. La vista desde las alturas era increíble. Los cuatro se miraron asombrados en silencio.
—¿Es de oro? —preguntó Amelia.
—No creo —dijo Roberta—. El sol produce ese efecto sobre la piedra caliza o lo que sea con que cubrieron los templos.
—Creo que te equivocas, Roberta —dijo Carlo—. Es oro. Al parecer, cubrieron todo de láminas de oro, por eso el brillo y de ahí el nombre. Alguien debió estar aquí. Seguramente logró salir y contar lo que vio. Lo que son buenas noticias; eso significa que podremos encontrar alguna salida.
—En eso tienes razón. —Sonrió Roberta—. Vamos a ver qué más encontramos.
Descendieron por el lateral; había un camino con piedras ordenadas marcando el sendero. Al llegar a la base del primer templo, encontraron un estanque de agua rodeado por un muro construido para mantener el agua para su uso y también lo hicieron navegable. Había un par de embarcaciones de totora en la orilla. Roberta notó que estaban mojadas.
—Chicos, estos barquitos están mojados... Como si los hubieran usado recientemente. —Roberta examinó las embarcaciones.
Roberta, ven acá —le dijo Amelia—. Ahí abajo, mira. Le indicó con el dedo a unos hombres caminando por el lado contrario. Estaban con un par de indígenas que cargaban algo. Alguien más encontró la cuidad perdida.
—¡Los traficantes! —susurró Roberta—. Pero, ¿cómo llegaron?
—Por ahí. —Amelia señaló las barcas—. Al parecer, encontraron este lugar antes que nosotros.
—Carlo, ¿crees que puedas llegar a la base de ese templo? —preguntó Roberta.
—¿Qué tienes en mente? —preguntó extrañado.
—Si puedes llegar abajo, Amelia y yo crearemos una distracción para que los traficantes suban hasta aquí, y así ustedes dos podrán hacerse con uno de los botes. Si da resultado, saldremos de aquí.
—Roberta, ¿nosotras qué haremos? —preguntó Amelia.
—¿Cómo que qué haremos? ¿Quién es la que siempre anda armada, yo? Vamos, Amelia, hay que ser carnada. —Roberta buscó su pistola .
¿También vienes armada? —Joao la miró inquieto.
—Claro, es lo que usamos las mujeres en la selva, ¿no lo sabías? —Roberta sonrió mirando a Amelia.
Roberta y Amalia subieron por el costado del templo, observando cómo Joao y Carlo rodeaban la base del templo oculto detrás de los matorrales. De pronto, Roberta se topó con los ojos de un indígena que la miraba asustado. Con señas, le indicó que guardara silencio. El indígena entendió y dijo algo en un idioma que Roberta no identificó.
Un disparo la sacó de sus pensamientos. Miró por encima de su hombro. Amelia había derribado a uno de los hombres.
—¡Estás loca! Era distraerlos, no matar a nadie —replicó Roberta.
—¡Mira! —gritó Amelia—. Parece que funcionó.
Los indígenas redujeron al otro mientras Joao y Carlo caían sobre los otros dos.
Ambas bajaron la pirámide rápidamente, a tiempo para ayudar a Joao y Carlo con los tipos.
Los amarraron y se miraron.
¿Qué hacemos ahora? —preguntó Joao.
¿Por qué me miran así? ¿Qué soy, un libro de indicaciones? —preguntó Roberta con las manos en las caderas.
—Bueno, tú eres siempre la de las ideas brillantes, ¿o no? —contestó Carlo.
Roberta suspiró, soplando el flequillo de su frente. N
—No podemos sacar a estos de aquí, y debemos encontrar la salida, que me imagino está río abajo, por ahí —indicó Roberta señalando una especie de cueva por donde corría el río.
De pronto, un grupo de indígenas comenzó a emerger desde la selva. Los cuatro miraban atónitos. Un hombre de edad avanzada apareció entre ellos. Vestía ropa hecha con totoras y tenía un hermoso pectoral de oro sobre su pecho. Habló un lenguaje que Roberta no entendió, pero Carlo sí.
—Dice que nos lo agradece, que somos los cuatro jinetes del sol; que ellos viven aquí desde hace muchas lunas y que ahora, gracias a nosotros, seguirán haciéndolo en paz. Estos hombres habían llegado hace poco y estaban robando los sacrificios al inframundo.
—Es decir, que no solo trafican con droga, también roban el oro; esa es la razón por la que la leyenda sigue viva —dijo Roberta.
—Dice que desean darnos un regalo.
—¿Un regalo? ¿Qué será? —preguntó Amelia al mismo tiempo que se sacaba el sombrero, dejando que su cabello cayera desordenadamente. Los indígenas retrocedieron aterrados.
—¿Qué dije? —preguntó Amalia inmóvil, con los ojos muy abiertos.
—Tranquila, tu cabello rojo los asustó —le dijo Roberta—. Carlo, ¿les puedes preguntar por qué ella los asusta? —Refiriéndose a Amelia y su larga cabellera roja.
Carlo habló la lengua lentamente.
Le explicaron que ella era la diosa del fuego. Suplicaban que no les hiciera daño, que ya antes había venido una mujer de cabello rojo y solo trajo muerte.
—¿Mujer de cabellos rojos? —Roberta se quedó pensativa—. Claro, la leyenda es cierta. Cortés viajó con una mujer, no recuerdo el nombre, y tenía el cabello rojo. Al parecer, fue una verdadera tirana, ¡¡pero eso pasó hace 400 años!!
Roberta reflexionaba, como buscando respuestas en su cabeza.
—Ya lo recordé, fue Quispe Sisa, mujer de Francisco Pizarro. Era una princesa inca hermana de Atahualpa. Creían que era una especie de diosa, ya que tenía el cabello muy rojo, según la leyenda. Me imagino que alguna falla genética en su linaje le dio la característica melena roja. O era la prueba viviente de la llegada de los vikingos al continente antes de Colón. Ayudó a Pizarro y Cortés en la conquista del Perú. Por lo que ellos dicen, no fue muy amable. Era una verdadera tirana en busca de sangre —informó Roberta.
—Bueno, al parecer relacionan a Amelia con ella. Debemos irnos antes de que se les ocurra sacrificarla o algo parecido —dijo Joao.
—Hace 400 años —repitió Carlo—. ¿Me estás diciendo que estas personas han estado aquí como en un bucle del tiempo?
—Al parecer, sí —dijo Roberta—. Dile al jefe que Amelia es de suerte, que nos vamos y nunca nadie volverá a molestarlos. Los secretos son eso; deben mantenerse ocultos, más aun esta hermosa ciudad. Prefiero que siga siendo un misterio, aunque no estoy segura de que no sigan tratando de encontrarla.
Carlo le explicó al jefe lo que Roberta le dijo, lo cual calmó a todos. Los acompañaron a los barquitos, indicándoles por dónde salir.
Roberta se despidió y el jefe le entregó un pequeño collar con un símbolo parecido a un corazón. Le dijo algo que no entendió, pero inclinó la cabeza y se lo agradeció. Subieron a los barcos.
—¿Qué pasará con esos hombres? —preguntó Amelia.
—Creo que no sabremos más de ellos. El jefe me dijo que serán sacrificados y, con eso, calmarán al dios del inframundo —contestó Carlo.
—Roberta, estás muy callada —apuntó Joao.
—Sí, es que pienso en cómo podríamos evitar que alguien llegue aquí. —Roberta miró a Carlo—. ¿Qué me dijo el jefe? Tú lo escuchaste.
—Te deseó fortuna, amor, alegría en ojos verdes y agua cerca. Que tienes un don, que tu magia te mantendrá viva. —le contestó Carlo.
—¿Fortuna, amor y alegría con ojos verdes? Vaya, conocerás a alguien de ojos verdes, rico y serás feliz. —Sonrió Amelia.
Los cuatro rieron mientras el bote avanzaba. De pronto, pasaron frente a unos pilares de roca que sostenían una más grande, plana y que servía como apoyo para una cascada de agua que no dejaba ver la entrada por donde venían.
Bajaron del bote en un montículo de piedras. Roberta notó que había dos piedras mas grandes talladas que marcaban la entrada.
—Si sacamos eso, nadie encontrará la entrada, y esta gente seguirá viviendo en paz.
¿Moverlas cómo? —preguntó Joao.
—Ya sé —dijo Amelia—. Si las empujamos, esta caerá sobre la otra como en efecto dominó. Eso cerrará la entrada, pero no el flujo de agua que permite que se forme la laguna adentro.
—Hagámoslo —dijo Carlo.
Empujaron la piedra, que se movió según dijo Amelia. La entrada quedó fuera de la vista, cerrada. Ya nadie volvería a la cuidad; ni traficantes ni caza tesoros.
—Hermoso collar —dijo Amelia.
—Sí, lo es. Muy bello, y tiene un símbolo. Carlo, ¿sabes qué dice? —Roberta le pasó el collar.
—Es el símbolo del amor y, por el revés, el símbolo de lo desconocido. —explicó Carlo.
—Vaya dos símbolos contradictorios —dijo Amelia.
—La verdad es que no, el amor siempre es desconocido y asusta, pero tiene dos lados —dijo Roberta. Observó que el collar tenía unos grabados; parecía un mapa. Lo guardó en su chaqueta.
—Bien, volvamos al campamento y a la civilización actual. Esta aventura no me la creerá nadie —dijo Joao.
—Es mejor no decir nada. Fue una aventura increíble. La guardaré solo para mi diario de vida —suspiró Roberta.
—Haré lo mismo. Parecer una especie de diosa roja malvada no es algo que quiera recordar —exclamó Amelia.
—Se te olvidó tomar fotos, aunque de seguro no saldría ninguna. Tengo la impresión de que no estuvimos realmente aquí —dijo Joao.
—Miren, los teléfonos funcionan —señaló Carlo. Los cuatro rieron caminando por la selva. La ciudad perdida de oro seguiría ahí hasta que algún día, cuando fuese prudente, se revelase a los indicados.
Dos días después, en Natal, almorzaban en el «Camarao», un restaurant a orillas del mar donde servían el más rico arroz con camarones y coco.
—Y ahora, ¿qué harás, Roberta? —preguntó Carlo.
—Viajaré a México. La universidad me dio la financiación para revisar el templo de las inscripciones en Palenque. Me uniré a Rubén Castillo, ¿lo recuerdas? Estaba conmigo en el simposio de arqueología maya en la universidad de Chile.
—Sí, lo recuerdo, Joao volverá a Río de Janeiro. En el museo necesitan ayuda con algunas cartas del Rey Pedro, y yo me uniré a una expedición al norte del Perú. Me invitaron para catalogar momias; necesitan mis habilidades forenses para saber de qué murieron —contestó Carlo.
—Ha sido increíble conocerte, Roberta. Yo volveré a la cuidad de Fortaleza. Aún tengo mucho que trabajar en las tribus de la Amazonia. Cada uno seguirá su camino.
Los cuatro se miraron. Esta aventura la guardarían y, a lo mejor, el tiempo los reuniría. Y, si no, tendrían algo para recordar.
CAPÍTULO IIEL SECRETO DEL CORAZÓN
El vuelo a México fue tranquilo, sin grandes sobresaltos. Este nuevo viaje en busca de los mayas servirá para que la antropóloga Roberta Lamoretti termine su tesis sobre el antiguo imperio.
Al llegar a ciudad de México, la esperaba en el aeropuerto el doctor en sociología y arqueología Rubén Castillo. Ambos se reunirían con parte del equipo que viajaría a la zona zapatista, en el estado de Chiapas. La llevaron a su hotel en pleno centro del Distrito Federal.
—Si te parece, podemos cenar juntos en el hotel después de reunirnos con el resto del equipo —propuso Rubén.
—Me encantaría. Daré una vuelta por la cuidad, disfruto mucho observando a la gente —contestó Roberta mientras se ponía su chaqueta.
Caminar por la ciudad siempre le traía buenas vibras, sobre todo por la avenida 5 de Abril y su más antiguo restaurant, Café la Blanca, un museo de café en pleno centro de la capital mexicana. Era reconfortante beber una taza y disfrutar de los panecillos. El olor inundaba el lugar; en la barra, clientes esperaban las humeantes tazas, y las canastas de diferentes panes desfilaban con un agradable aroma dulce. Ni hablar de los mozos, tienen tantos años como el café. En general y en particular, este café es un monumento histórico.
Roberta caminó en dirección al museo. La calle llena de gente; turistas con cámara en mano, mirando y fotografiando todo. Casi llegando al final de la calle, la alameda de arboles; se llama así, aunque debería llamarse plaza de arboles por la cantidad de especímenes nativos que crecen ahí.
La reunión en el museo de bellas artes fue tranquila y corta para afinar los últimos detalles, qué cosas que llevar y cuáles no. Eso permitió que Roberta pudiera dar un largo paseo por el zócalo, ubicado al frente del museo; por la catedral con el altar de oro que data desde la época colonial; y visitar las ruinas de la antigua ciudad de México, cuyas las catacumbas son extraordinarias, cientos de años de historia bajo la cuidad. Bajar las escaleras que bajan a la cuidad fue increíble, olía a moho y tierra mojada y se podía ver con claridad cómo estaba diseñada la antigua cuidad con acueductos, casas y monumentos.
Volvió al hotel; Rubén la esperaba para comer juntos. Hablaron del sitio, de la tesis, de anécdotas y de un sinfín de temas que los envolvió en risas y recuerdos.
