Los monstruos sí existen - Teresa Maria Ortiz - E-Book

Los monstruos sí existen E-Book

Teresa Maria Ortiz

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Beschreibung

Los niños de Prado tienen un secreto que ignoran los adultos: los monstruos, existen. En las brumosas calles del pequeño pueblo un día apareció un aterrador hombre cuervo, pero solo ellos lo vieron. Ningún adulto pudo ser testigo de la extraña aparición. Ningún adulto en Prado vivió atemorizado como ellos, esperando la aparición del monstruo entre las sombras. Uno de estos niños, al alcanzar la adolescencia, se da cuenta de que sus antiguas pesadillas nunca le han dejado, sino que están volviendo a su vida con más fuerza que antes. Esa situación coincide con la llegada de un hombre joven al pueblo. Ambos descubrirán que las preguntas del presente encuentran su respuesta en el pasado.

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Seitenzahl: 255

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Para mi padre, que me enseñó que los monstruos no existen y si alguien pretende serlo solo hay que mostrarse fuerte ante ellos

Teresa María

Inhaltsverzeichnis

Prólogo

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

Capítulo Trece

Capítulo Catorce

Capítulo Quince

Capítulo Dieciséis

Capítulo Diecisiete

Capítulo Dieciocho

Capítulo Diecinueve

Capítulo Veinte

Capítulo Veintiuno

Epílogo

Prólogo

Prado, 2013

El rumor del tren nunca le había gustado, el rugir del acero cuando este se acercaba por las viejas vías de metal le helaba la sangre. Le recordaba que seguía atrapado en ese pequeño pueblo engullido por la niebla, aquel que pese al avance en la tecnología de la maquinaria seguía empeñado en usar el gastado tren que llegó a Prado en 1979.

La estación era un lugar lleno de historias de despedidas, soledad, amargura y viejas esperanzas. Aquellos que abandonaban el pueblo en busca de una nueva vida jamás volvían porque pensaban que el aura gris de Prado volvería a pegarse a su piel sin saber que los nacidos en esa localidad llevaban la niebla en su interior.

La larga vía se perdía en un camino oscuro rodeado de árboles que sólo veía la luz cuando los faros de algún tren cortaba la oscuridad.

Él vivía a unos cuantos metros de la vieja estación, podía ver su silueta desde la ventana de su habitación, negra e inmóvil como acechando en las sombras. Siempre le había dado miedo incluso a la luz del día, pero había algo mucho más aterrador que aparecía cuando la noche caía en Prado.

Lo vio por primera vez unas noches atrás. Acababa de meterse en la cama, por más vueltas que daba no lograba encontrar la posición que le hiciera dormir, entonces se giró hacia la ventana y allí estaba. Al principio creyó que era una sombra proyectada por su armario, pero supo que no lo era cuando se movió. Era una figura extraña como un hombre, pero a sus costados parecían asomar dos enormes alas negras, tragó saliva asustado y trató por todos los medios de no moverse.

Al día siguiente se lo contó a sus padres, pero le dijeron que solo era una pesadilla. Aquella noche no le vio. Pasada una semana empezó a creer en las palabras de sus padres.

No le gustaba dormir mientras llovía, los ruidos le producían escalofríos. Se levantó a correr la cortina para evitar ver la luz de la luna coloreando las gotas de lluvia, al hacerlo comprobó que el suelo estaba mojado, miró la manivela de la ventana pero yacía encajada. El pequeño charco se extendía en pisadas al otro lado de la habitación, lo siguió con la mirada hasta la puerta. Una figura se alzaba frente a esta y por primera vez pudo ver su cara.

Sus ojos eran negros como el alquitrán, su pelo del mismo color caía a la altura de sus hombros. Su cuerpo era corpulento y su altura era enorme a los ojos de un niño. De su espalda salían dos alas negras similares a las de un cuervo.

La criatura sostuvo la mirada horrorizada del niño, su boca se elevó lentamente dibujando una escalofriante sonrisa. Entendió que no era una pesadilla, sino una realidad. Las gotas que caían de sus alas eran las mismas que hacían que sus pies se estuvieran congelando. Cuando quiso gritar nada salió de su boca.

Sus padres no le creían a pesar de que no era el único que decía haber visto una extraña criatura en su habitación, todos los niños de su edad comentaban que un pájaro enorme les visitaba algunas noches.

Habían pasado varios meses desde que comenzaron los rumores de la aparición de esa especie de hombre pájaro. Algunos padres conducidos por la alarma del terror de sus hijos iniciaron una investigación, pero no hallaron nada.

Él jamás había compartido con nadie sus miedos ante esa criatura a los que algunos denominaban el cuervo o el hombre pájaro, pero por alguna razón él sabía que pronto conocería su nombre.

Una noche de verano donde las estrellas adornaban el cielo por completo, Seth se encontraba en la calle acompañado por su hermano mayor, el único que confiaba en sus palabras. Habían salido a comprar un helado para comerlo en la calle buscando algo del aire que no llegaba en esa época del año. Seth era un niño curioso a la vez que miedoso, pero cuando olvidaba su lado precavido se lanzaba a la aventura.

Su hermano permanecía sentado en la acera con un helado en las manos mientras Seth corría de un lado a otro. En el otro extremo de la calle se abría un cruce, se dirigió allí dando saltos pese a que su hermano le llamó a gritos. De repente Seth se paralizó, a unos metros frente a él estaba ese hombre pero no le miraba a él. Con una mano agarraba su costado mientras trataba de mover una de las alas, al hacerlo una hilera de gotas cayó al suelo.

Un imperceptible aullido de dolor escapó de los labios de la criatura, Seth dio un paso hacia él dudando de sus propios actos, una farola a su espalda parpadeó haciéndole dudar aún más. Por un momento tuvo compasión de él y trató de alargar una mano en su dirección, pero un brazo le detuvo. Al girarse se encontró con la cara de horror de su hermano mayor que no apartaba la vista de esa cosa. Con cuidado echó a andar hacia atrás llevándose a Seth consigo.

—No hagas ruido —pidió su hermano en un susurro.

—Está herido.

—Da igual lo que le pase, lo único que importa es que te mantengas alejado de eso.

—¿Tú sabes lo qué es exactamente?

—¿Y por qué iba yo a saberlo? —protestó Drew molesto.

—Me creíste cuando te lo conté, no te pareció extraño. —Su hermano no dijo nada hasta alcanzar la acera donde se permitió darle la espalda a la criatura, cogió a su hermano de la mano y echó a correr—. ¿Drew?

—Está bien te lo diré cuando lleguemos a casa, ahora corre.

Fueron directos a la habitación de Drew, el mayor se dejó caer en el suelo agotado y asustado, sin embargo, Seth estaba aturdido y expectante por lo que su hermano estaba a punto de contarle.

—¿Qué escondes? —apremió a su hermano que todavía trataba de recuperar el aliento.

Drew levantó la mirada en un gesto serio.

—Lo vi —soltó—. Lo vi unas semanas antes que tú en la estación. Apareció tras una nube de vapor del último tren que salió esa noche, yo volvía a casa después de clase de natación. Noté que no era humano pero por alguna razón él no me prestó atención, unas semanas más tarde al oírte contar esa historia no supe qué hacer.

—¿Por qué yo? ¿Por qué los otros chicos de mi edad? —Drew se encogió de hombros.

—Hay que tener cuidado, Seth. Esto es una caza, esa cosa está buscando algo y está claro que hay alguien o algo buscándole a él.

—Tengo que saber qué quiere de mí, ha estado dos veces en mi habitación.

—Ni hablar. —Su hermano se puso de rodillas frente a él—. Es peligroso y sé cómo actúas cuando algo se te mete en la cabeza, eres muy pequeño para hacerle frente.

Seth se cruzó de brazos ofendido aguantando la mirada furiosa de su hermano.

—No soy un niño.

—Tienes ocho años y la seguridad de un mosquito.

—¿Qué significa eso?

—Que eres inseguro y débil. No puedes ir. ¿Pretendes descubrir qué quiere de ti y salvar a los demás? ¿Crees que será bondadoso contigo? Te hará añicos.

—No me ha hecho daño hasta el momento —replicó sin fuerza, Drew puso los ojos en blanco.

—Definitivamente eres tonto.

—Eres un hermano horrible. —Se puso en pie al tiempo que gritaba, abandonó la habitación dando un portazo tras de sí.

Estaba histérico, ofendido y decepcionado de todos. Nadie le había creído y quien lo hacía no confiaba en su inteligencia y valor. Con sigilo subió a la azotea de la casa, el cielo estaba precioso y no iba a perder la oportunidad de observarlo. No llevaba allí demasiado tiempo cuando un extraño sonido llegó a él, era como un silbido que cortaba el aire, después un objeto enorme y negro cayó al suelo de cemento.

Saltó debido al susto que le había dado ese trozo de lona impactando en el suelo, se levantó con fastidio yendo hacia allí. Apenas a unos pocos pasos comprendió que no era una lona, sino un cuerpo cubierto de plumas negras que yacía boca abajo. Le dio un suave golpe con la punta del pie, pero estaba inerte. Una de las alas derramaba sangre a la altura de la espalda.

Corrió hacia el baño donde extrajo todo lo que su madre solía usar para curarle cuando se hacía una herida. Se arrodilló junto al cuerpo vertiendo un poco de desinfectante para limpiar la herida y con una gasa barrió la suciedad, tras terminar la labor la limpió de nuevo y vendó la herida con dificultad. No se sintió orgulloso de cómo había quedado, pero al menos ya no brotaba sangre de la herida.

Tiró las gasas y trozos de venda usados y con una cortina de tela vieja que su madre usaba para cubrir la puerta de la azotea lo envolvió. Seth se acurrucó en el lado opuesto sin quitar la vista al animal, temeroso de que se despertara y fuera a por él. Poco después se quedó dormido contra la pared.

Abrió los ojos cuando el amanecer teñía las nubes de finos rayos naranjas, al contemplar el suelo lo encontró vacío con una pequeña mancha de sangre que comenzaba a secarse. Unas huellas de sangre se percibían desde donde estuvo la criatura hasta donde estaba sentado, huellas de pies humanos. Al ir a incorporarse vio en su regazo una pluma negra, la tomó sonriendo, sorprendido de que no le hubiera atacado.

—De nada. —La apretó en su mano y volvió a su habitación donde puso la pluma en el interior de su libro favorito.

Durante meses nadie lo vio de nuevo y el pueblo se sumió en una calma que inquietaba a Seth, tanto que empezaba a sospechar que no había sobrevivido a aquella noche. Por algún motivo, que interpretó como alivio, su corazón latió rápidamente al pensar que esa vez fue la última vez que lo vería.

Uno

Prado, 2021.

Estaba cansado de ir de un lado a otro llevando los pedidos que Drew no podía atender. Desde que había empezado el verano y su hermano volvió de la universidad no había hecho otra cosa que ocuparse de su parte del trabajo con los pedidos. Sin embargo, Drew contaba con más tiempo libre, porque estaba estudiando una carrera a varios kilómetros de casa y sus padres le permitían ciertos privilegios. Todos pensaban que el pequeño de Seth se quedaría para siempre en Prado ocupándose del negocio familiar, pero se equivocaban. Cuando finalizara el último curso del instituto saldría de ese pueblo perdido en la niebla y se dedicaría por completo al deporte.

Entregó el pedido con antelación y se permitió el lujo de sentarse a descansar en uno de los muros de piedra que bordeaban la carretera en dirección a la estación. Desde allí podía ver el andén y los bancos de madera situados junto a las taquillas. Estaba perdido en sus pensamientos cuando el rumor del tren se acercaba con el viento, miró a su izquierda viendo como aquella serpiente de metal frenaba con lentitud. Nadie esperaba para subir y era raro que alguien quisiera llegar a un pueblo como Prado.

De unos de los vagones descendió un hombre ataviado con un sombrero negro, chaleco gris y zapatos caros. Seth pensó que se iba a derretir con ese atuendo. Desvío la mirada fingiendo no haberle visto cuando el extraño se encaminó hacia la carretera. Al pasar frente a él el desconocido se detuvo haciendo un saludo con el ala de su sombrero.

—Buenas tardes, estoy buscando el hotel Siverton, ¿podría indicarme por dónde queda?

Seth le estudió durante un segundo, el extraño no era mayor de veinticinco aunque su ropa era de un hombre más maduro. El maletín en su mano indicaba una profesión de importancia y sus complementos que el chico pertenecía a una buena familia. Tenía la nariz recta y los labios redondeados, sus ojos marrones mostraban serenidad y cortesía. Seth bajó de un salto, asintiendo.

—Es el hotel de mi familia, por supuesto que le llevo.

—Qué suerte, el primero que me encuentro es el hijo de los dueños —comentó con amabilidad.

—Es un pueblo pequeño si no daba conmigo hubiera dado con mi hermano, eso sí no está nadando por allí, o tal vez con mi tía —dijo acercándose al desconocido y emprendiendo el camino al hotel—. ¿Tiene reserva?

—Sí.

—No es como si estuviera a rebosar y no nos quedaran habitaciones. En este pueblo hay muy poco turismo, suele llegar al completo en la temporada al final del verano cuando es la fiesta de la vendimia en los pueblos colindantes. Lo decía por la promoción.

—¿Qué promoción? —preguntó el desconocido con interés.

—Es cosa de mi madre. Si vienen al hotel con reserva el desayuno de todos los días y la guía turística por el lago y los alrededores son gratis.

—¿Allí es dónde está nadando su hermano? —contestó divertido.

—Sí, también es el encargado de las visitas durante el verano.

El resto del camino lo hicieron en silencio, Seth se sentía a gusto en la presencia del extraño y podría haber continuado hablando, pero no quería importunarle. El hotel apareció al doblar una pequeña calle al final del pueblo, era de estilo rural y escasos pisos con una fachada de ladrillo rojo, al otro lado del edificio se extendía una baja muralla de piedra que delimitaba el inicio del bosque.

Seth empujó la puerta de cristal cediendo el paso al huésped, este pasó mirando la decoración sencilla y pulcra. Tras el mostrador de madera estaba la madre de Seth con un gesto amable, saludó al desconocido y le lanzó una mirada de sorpresa a su hijo.

—Bienvenido a Prado. ¿Desea hospedarse con nosotros?

—Tengo una reserva a nombre de Morgan Hallwen.

—Déjeme mirarlo. —Tecleó el nombre y asintió—. Habitación 23. Seth acompaña al caballero.

—Por favor. —señaló Seth con el brazo para que el desconocido pasara.

Morgan hizo un gesto amable hacia la mujer y luego miró a Seth.

El chico le condujo hasta unas escaleras bañadas de un barniz oscuro, el pasillo ancho contaba con puertas a cada lado, pero no entró en él, sino que se dirigió al otro tramo de escaleras para detenerse en la segunda puerta de la izquierda, la abrió y le dejó pasar haciendo una reverencia.

—Si llama al uno contactará con recepción. El desayuno se sirve a las nueve, la comida a las dos y la cena a las nueve de la noche. Espero que su estancia sea agradable. —Hizo el amago de salir, alzó un dedo y se giró de nuevo hacia él mientras el hombre dejaba la pequeña maleta en el suelo—. Casi lo olvido, puede programar la guía turística para el día que prefiera, ¿cuánto va a quedarse?

—De momento dos semanas, pero algo me dice que debo alargarlo.

—Le diré a mi hermano que esté disponible estas dos semanas. Con permiso.

—Gracias, Seth.

Al bajar su madre le echó el alto con una mirada que le indicaba que quería saber todos los detalles de su encuentro con ese hombre, Seth soltó un breve quejido.

—No hay nada que contar, me ha preguntado por la dirección cuando nos hemos cruzado por la calle, ¿qué iba a hacer con él si no?

—Me resulta un poco extraño.

—¿El que haya accedido a venir hasta aquí conmigo?

La mujer adquirió un semblante condescendiente.

—Claro que no, pero me preocupa verle tan cómodo contigo.

—¿Qué intentas decir?

La mujer se dio unos golpecitos en la nariz.

—Me huelo algo raro con ese hombre, ya te lo digo yo.

—¿Ha acabado mi turno? ¿Puedo irme? —preguntó impaciente.

—Sí, ve a casa.

—¿Por qué? Drew puede ir donde quiera y yo debo ir directo a casa.

Su madre le observó sin decir nada, Seth dejó escapar el aire con fastidio y abandonó el hotel. Habían pasado años de eso pero nadie parecía poder olvidarlo, ocurrió unas semanas después de que el hombre pájaro desapareciera. Seth escapó a la azotea con la idea de pasar un instante de tranquilidad en su lugar favorito. Se sentó donde su cuerpo había caído para comprobar que la mancha de sangre estaba perdiéndose con el paso del tiempo. De repente, todo se oscureció y cuando le encontraron varias horas después estaba tumbado, inconsciente. Sus padres le prohibieron salir durante días, sobre todo cuando su salud se vio afectada por ese suceso.

Ahora había crecido y dejado atrás ese episodio, pero su madre se ponía nerviosa si no volvía enseguida o sí algo extraño rondaba alrededor de él. Por ello nunca mencionó la noche en que le curó y fingía haber borrado de su mente esa figura. Desde entonces Seth vivía en una burbuja que deseaba romper y ser como un chico de su edad, ser alguien cualquiera.

El hotel quedaba a unas calles de distancia de su casa, a veces cuando estaba lleno acudía por las noches para ayudar en la colocación del comedor, servir mesas o incluso hacia el servicio de habitaciones por las mañanas. Con el desconocido ahí quizá se libraría de sus funciones.

Sus expectativas nunca se cumplían. Drew entró en la cocina pasadas las nueve de la mañana vestido con una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos.

—Ha llamado mamá, hoy es el día libre de la tía por lo que te toca ir a ayudar.

—¿Y qué pasa contigo?

—Me llevo a la pareja de la dieciséis de escalada. —Seth bufó, los mejores planes se los llevaba su hermano por su constitución robusta.

—Pero si apenas hay gente hospedada.

—Papá está con los desayunos, yo estaré fuera una hora aproximadamente, mamá no puede dejar la recepción. Vamos, Seth, son solo cuatro habitaciones. Si acabo antes que tú prometo echarte una mano.

Terminó el desayuno más rápido de lo que tenía planeado para dirigirse al trabajo. Su sueño era dedicarse al deporte y ese ámbito de las actividades del negocio familiar le había sido asignado a su hermano, él era el chico de los repartos. Cuando el hotel no tenía gente, sobrevivían con los pedidos de los vecinos en el restaurante.

No tuvo que preguntar nada, se dirigió al cuarto designado para los empleados y se cambió de ropa. No le gustaba ir tan de negro pero así no manchaba tanto la ropa. Primero fue a la habitación dieciséis, agradeció que tuvieran la estancia así de limpia lo que le ahorraría tiempo.

Condujo el carrito de la limpieza hasta el pequeño ascensor reservado para el servicio, resopló al recordar que le quedaban dos más. Abrió la número veintitrés, al hacerlo dejó caer los hombros ante la visión que tenía delante. Todo, absolutamente todo estaba colocado de la misma manera como si nadie hubiera dormido allí esa noche. El baño yacía reluciente, echó un vistazo a los estantes y vio que algunos de los frascos de champú y jabón habían sido utilizados, tomó un par del carro y los colocó en el estante.

—Este hombre es realmente ordenado —dijo al ver la toalla pulcramente doblada en la esquina de la ducha y le dejó una limpia en el mueble.

Pasó un trapo por el lavabo y el espejo y se encaminó hacia la salida. Justo cuando su mano iba a posarse en el pomo escuchó el clic de la puerta. Morgan se detuvo en el umbral, observándole.

—Buenos días, señor. Pensaba que tardaría más en el desayuno, pero ya me iba.

Morgan sonrió ampliamente, entró cerrando la puerta tras él.

—Buenos días, Seth. Espero no haberte dejado demasiado trabajo.

—Para nada, es la primera vez que salgo tan rápido de una habitación. Gracias por su cuidado.

—Eres muy amable —Seth le escuchó reír, era una risa suave y casi musical, no pudo evitar mirarle.

—Claro que no. Espero que haya disfrutado del desayuno, si me disculpa —hizo el amago de pasar por un lado camino de la puerta, pero la voz del contrario le detuvo.

—¿Podrías darme algunas indicaciones de cómo llegar a los sitios de interés? —Seth le contempló dubitativo.

—Aquí no hay sitios de interés, salvo el pequeño lago o el camino para hacer senderismo, Prado no es un lugar de turismo.

—¿Y qué puedo hacer en mi tiempo libre?

—Si le gusta la arquitectura puede visitar la iglesia de la plaza, es la única joya del pueblo. Se construyó en 1923. Y la plaza está recién reformada, le han quitado el aire desfasado que tenía.

—No eres muy bueno vendiendo a tu pueblo —comentó en un tono divertido.

—Prado es un pueblo bastante pequeño, cualquiera puede ver que escasea de todo.

—Daré una vuelta, si encuentro más de tres cosas que me gusten deberás hacer esa ruta para comprobar la belleza de tu pueblo — Seth sonrió.

—Usted lo verá con ojos diferentes, sin embargo yo llevo aquí dieciséis años por lo que no puedo sorprenderme de lo que ya conozco.

—Eso habrá que decidirlo después. Por el momento no me trates de usted, me hace parecer un viejo.

—Pero usted es un huésped y debo tratarlo como tal.

—El huésped al igual que el cliente siempre tiene la razón, no me digas “usted”. Ya tendré ocasión para ser viejo más adelante —Seth se echó a reír mientras asentía.

—Está bien, será como tú quieras —Agarró de nuevo el carro con pocas ganas de seguir con el servicio de habitaciones—. Entonces me voy, que tengas un buen día.

—Igualmente, Seth.

Estaba en la lavandería rodeado de sábanas y toallas cuando oyó la voz de su hermano al otro lado del pasillo. Drew entró con un puñado de manteles en el hombro.

—¿Por qué hace tanto calor aquí dentro? —se quejó a la vez que arrojaba los manteles al cesto.

—Supongo que porque es verano.

—Abre la ventana —ordenó.

Seth se aupó a una de las lavadoras y tiró de la gastada manivela de la ventana, una corriente de aire cálido le acarició el rostro.

—Hace un día estupendo y yo aquí metido.

—En cuanto hagamos la colada nos vamos, no nos necesitarán hasta la hora de la cena.

—Te irás tú, mamá me mandará a casa.

—Le diré que vienes conmigo así no hay problema —ofreció.

—Estoy cansado de que me traten como un niño. Puedo ir solo a donde quiera.

—Solo están preocupados.

—Ya, más bien parece que están obsesionados. Pasó una vez, estoy bien —abrió los brazos dando valor a sus palabras con ese gesto.

—Entiende que mamá tiene miedo, todavía no se me quita de la cabeza esa cosa.

—No me creyeron —replicó molesto.

—Al principio no, pero mamá empezó a sospechar cuando te encontraron en la azotea. No sabe qué era exactamente, pero sabe que ocurría algo.

—Y sigo pagando por el pasado —bufó.

—Cuando vea que sales y no ocurre nada se calmará.

—No puedo salir porque ni siquiera tengo amigos. Si no estoy estudiando estoy aquí, ya me dirás con quién voy a irme.

—Para empezar conmigo, así que enciende la lavadora y cierra la boca.

Drew le enseñó una de las rutas que hacían los huéspedes, Seth se había criado entre esos caminos pero el tiempo que su hermano pasaba explorando le concedió el poder conocer rutas alternativas. La favorita de Seth era la que conducía a una pequeña montaña donde los vecinos hicieron un mirador, desde allí Prado adquiría otra visión. Las calles, la plaza peatonal, la silueta de la estación, todo parecía más vivo por la luz del sol. Entonces se acordó de la conversación que mantuvo con Morgan pensando que esa vista sería una de las tres cosas que le gustarían.

Aquella noche pudo librarse del ajetreo del hotel, Drew le propuso ir a una heladería cercana como cuando eran unos niños. Seth estaba sentado en uno de los bancos del parque esperando a su hermano. El aire era caluroso y podía percibir el sonido de los grillos entre los arbustos. Estaba distraído tanto que el ruido de las pisadas por la hierba le sobresaltaron, elevó la vista sutilmente para ver como alguien recorría el paseo principal del parque. El hombre miraba hacia arriba, luego a su espalda y de repente fijó su atención en él. Con una sonrisa sincera se aproximó al banco.

—Parece que estás destinado a ayudarme —dijo alegremente. Seth se removió en el banco algo nervioso ante su presencia.

—¿Qué necesitas?

—Estoy buscando una escultura que según ponía en Internet está en el interior del parque y no es que sea muy grande, pero no veo nada.

—Ah, te refieres a la estatua de la mujer.

—La mujer tiene un papel muy importante en Prado desde sus inicios —Seth asintió, a él también le gustaba esa estatua.

—Está al otro lado, bajo la pérgola —señaló por encima del hombro contrario.

—¿Qué haces aquí solo?

—Estoy esperando a mi hermano —Morgan frunció ligeramente los labios.

—Entonces estás ocupado, esperaba que pudieras acompañarme.

—Si crees que no vas a encontrarla puedes esperar conmigo y vamos los tres —ofreció cauteloso.

—No creo que tenga pérdida. Por cierto llevo algunas cosas en la lista —Seth sonrió algo avergonzado sin saber por qué.

—La estatua es una de mis cosas favoritas —reconoció con timidez.

—La iglesia es una obra de arte y la estación me gustó nada más verla. Ningún pueblo conserva a día de hoy un tren antiguo.

—No me gusta la estación.

—¿No? —preguntó como si fuera algo realmente extraño.

—De pequeño siempre me daba escalofríos.

—Supongo que desde el punto de vista histórico es visto de otra manera.

Seth iba a responder cuando Drew llegó a su lado, le pasó su tarrina de helado mientras le echaba un vistazo al hombre frente a ellos. Su hermano leyó su expresión y tomó la palabra.

—Él es Morgan, uno de los huéspedes del hotel —señaló después a su hermano—. Él es mi hermano.

—Hola —saludó Drew algo frío. Morgan hizo un gesto con la cabeza correspondiendo su saludo.

—Iré a buscarla. Gracias por la indicación.

—Si no la ves, puedo venir contigo mañana —Morgan sonrió ampliamente. Drew ladeó la cabeza escondiendo una sonrisa irónica.

—De acuerdo. Hasta mañana entonces.

Drew aguardó a que el hombre se alejara antes de soltar un silbido.

—¿Qué ha sido eso? ¿Proponiendo citas delante de tu hermano mayor? —Seth abrió los ojos de par en par sintiendo cómo se sonrojaba.

—¿Qué? Eso no es una cita.

—Ah, claro era una excusa. Ya lo pillo.

—¿Pero qué dices? —su tono se levantó un poco y Drew se echó a reír.

—«Puedo venir contigo mañana» —simuló la voz de Seth y este le propinó un golpe—. Tranquilo que él se ha ido encantado, tal vez ni haya ido a buscarla y si la ve dirá que no la encontró solo para venir contigo.

—Calla.

—No te avergüences, simplemente no sabía que te inclinabas hacia ese lado.

—No me inclino a ningún lado, solo es amable.

Drew emitió un largo sonido como si la cucharada que acababa de comer fuera extremadamente deliciosa. Su hermano le dedicó una mirada fría.

—Me gustaría tener amigos —confesó con la vista clavada en el helado que sostenía—. Estoy cansado de pasarme todo el tiempo sólo.

Su hermano le palmeó la pierna con cariño.

—Lo entiendo, sólo bromeaba. Todos necesitamos un amigo.

De vuelta a casa notaba como Drew se mostraba más liviano y despreocupado. En la calle donde vivían había un extremo que no estaba edificado. A veces se metían en el espacio vacío para contemplar las estrellas, aunque Seth prefería hacerlo desde la azotea. Drew se encaminó hacia allí mientras su hermano echaba un vistazo a una de las farolas cercanas a su casa que parpadeaba. Era extraño ya que hacía pocos meses que las habían cambiado por unas más modernas.

Desde allí podía verse el contorno de la azotea, Seth parpadeó varias veces creyendo ser víctima de una alucinación. Observó a Drew perderse en la oscuridad varios metros más adelante y regresó la vista a la cornisa. No era su imaginación ni una visión óptica, estaba allí realmente. Su atención estaba puesta en él, se mantenía recto e impasible sosteniendo su mirada desde lo alto. Podía ver el brillo de sus ojos negros y el movimiento de su pelo mecido por una ligera brisa, las alas se abrieron tras su espalda creando una figura fantasmagórica. Era él, había vuelto tras ocho años y sin duda había reconocido a Seth del mismo modo que el chico le reconoció a él.

Dos

Sus pies se quedaron pegados al suelo con un peso que no creía posible, tragó saliva de forma involuntaria. Estaba vivo, estaba vivo y había venido a por él. Sentía como si unas manos le aferraban los hombros con fuerza, hundiéndole en el asfalto.

Hacía unos segundos que se perdió en las sombras de la azotea, sabía que se dejó ver para indicarle que le estaba esperando. Pensó en alertar a su hermano, pero si lo hacía corría el riesgo de ponerle en peligro. Miró a su espalda comprobando que no pudiera verle adentrarse en la casa. Dio gracias porque la vivienda estuviera vacía.

Al final del pasillo se hallaba la escalera que conducía a la azotea, sus pasos creaban un eco que le hacían sumergirse en un estado casi de pánico. Una puerta metálica le separaba de la pesadilla que marcó su infancia, se detuvo frente a ella. Respiró hondo varias veces antes de tomar la manivela y empujar la puerta con el hombro. La claridad de la luna dibujaba una alfombra pálida en el suelo de cemento, por lo demás todo estaba tranquilo y vacío. Dio unos pasos hacia el interior dirigiéndose a la baja muralla que bordeaba el rectángulo que era la azotea, apoyó las manos en el borde aspirando el olor de la noche de verano. Había sido un paranoico.