Los otoños sin mí - Daniel Losan - E-Book

Los otoños sin mí E-Book

Daniel Losan

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Beschreibung

Es sábado. Un día cotidiano para Ximena, excepto que la siguiente decisión cambiará su vida: Responder el mensaje de su crush JuanPi o tener una date con Arturo, su nuevo match en una app de citas. Esa simple duda desencadenará las posibilidades de su vida y de la gente que la rodea. Ximena descubrirá que las posibilidades de la vida son infinitas.

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Seitenzahl: 145

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Daniel Losan

LOS OTOÑOS SIN MÍ

1ª edición en formato electrónico: junio 2023

© Daniel Losan

© De la presente edición Terra Ignota Ediciones

Diseño de cubierta: TastyFrog Studio

Terra Ignota Ediciones

c/ Bac de Roda, 63, Local 2

08005 – Barcelona

[email protected]

ISBN: 978-84-127232-5-0

THEMA: FA 2ADSL

Esta es una obra de ficción. Todos los personajes, nombres, diálogos, lugares y hechos que aparecen en la misma son producto de la imaginación del autor, o bien han sido utilizados en el marco de la ficción. Cualquier parecido con personas o hechos reales es mera coincidencia. Las ideas y opiniones vertidas en este libro son responsabilidad exclusiva de su autor.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

(www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 4

Daniel Losan

LOS OTOÑOS SIN MÍ

Prólogo

Hubo una vez un científico, o un pensador, o ambas cosas a la vez, que comentaba que las casualidades estaban regidas por una ley, como la de la gravedad, pero que todavía no había sido descubierta. Jimena, queremos decir, Ximena, con ‘x’ como México, la protagonista, se deja llevar por el río agridulce de las sorpresas y semeja tener como criterio personal el presupuesto ese que argumenta que cuando la razón no alcanza déjate llevar por el azar… Esa es su fe. Claro que de todas maneras las probabilidades te pueden jugar malas pasadas. Y ella lo sabía bien, muy bien, ¿o no? Pudieron ocurrir muchas cosas, pero el dado del destino resultó implacable.

Decía el escritor francés André Maurois: «Una vida grande nace del encuentro de un gran carácter y una gran casualidad». En este libro se conjugan ambas y acaso chocan como dos planetas en el infinito… Ximena nos habla del mundo de las posibilidades, lo que pudo haber sido, de la dialéctica del amor que surge a través de las aplicaciones de la técnica actual y plasma en todo su manera de ser: jovial y contradictoria…

La vida es un juego con un sinfín de posibilidades, una ruleta, una noria, una rayuela, sin embargo, un libro, una novela, se concretiza porque nace de algo: de la pasión de escribir, pasión que muestra el autor, Daniel Losan. Pasen y lean… Y si saben jugar al ajedrez, ¡mucho mejor!

Manuel José Díaz Vázquez

Escritor

Octubre 2022

Introducción

Los otoños sinmí se escribió durante la pandemia COVID-19. Tuve la necesidad de sentarme en mi silla negra que de a poco había perdido sus partes más acolchonadas. Encendí mí laptoproja, en un escritorio nuevo con vista a la ventana que no muestra más allá que una lavadora vieja. Nada que pudiera estimular la imaginación.

Era diciembre, hasta el momento había empezado tres textos diferentes sin ideas claras. Algo no me dejaba avanzar. ¿Qué era? La historia, los meses de encierro, el tiempo estancado, las malas noticias de la pandemia o la idea de cumplir 30 años. Todo a la vez, de a poco me asfixiaba. Quería gritar y no podía, tal vez escribir no era la mejor intención en esos momentos.

Una tarde poco antes de Navidad, sin razón alguna me vi en elespejo y me apabulló un abanico de vidas. Ninguna era mía, le pertenecían a una voz tenue que dejaba eco en mi reflejo. Regresé a la silla que ya tenía mi silueta marcada. Escribí entre el café caliente y el nuevo paquete de galletas.

Ximena se presentó, la primera de muchas veces que la conocería desde su inicio y su final. Se postró con inocencia frente a la ventana abierta que no dejaba pasar el viento. Tenía la silueta de las mujeres que me habían tatuado de frases, llanto y risas en mi piel de hombre. Sin embargo, ella era nueva en mi vida. Habló despacio, en ocasiones casi susurrado, un momento íntimo. Me dediqué a escucharla como su mejor amigo, aquel a quien se le narran los amores, miedos y anhelos esperando no juzgar. En momentos era una adolescente intrépida y en otros una mujer consolidada. Tenía ganas de vivir.

Cada una de sus historias era una moneda en el aire. Siempre fue un paso delante de mí, me confundía entre qué historia era la verdadera. El eco de su voz se disolvía y se enredaba entre sí. También hubo momentos donde la busqué en aquel cuarto atiborrado de mis pequeñas manías, sin saber si al día siguiente regresaría. La esperaba con el pie tembloroso hasta que su perfume la anunciaba. Ella sonreía y yo movía los dedos índice y pulgar. Desprendió de mí la piel llena de imposibilidades, me enseñó que está bien sufrir, que no todo en la vida es felicidad y a la par que la esencia más pequeña a nuestro alrededor es el mejor de los motivos para sonreír.

Después de varios meses Ximena guardó sus pertenencias. Me explicó que tenía que irse, su viaje apenas empezaba. Se despidió junto con el último capítulo y yo me quedé con el café frío lleno de moronas de galletas. Pienso que me faltó escuchar un poco más de ella, una pasión más. Dejó en mí un vacío, el sentido de la feminidad revindicada. Ahora tenía nuevas preguntas, de lo que antes parecía obvio.

El calendario marcaba el 2021. Los árboles habían florecido y las hojas estaban a punto de caer. La crisis económica, la pandemia, el home office, el encierroy mi idea de incertidumbre por cumplir 30 años iban y venían a su placer. Tenía dos cosas claras: el otoño había empezado y mis ganas por vivir muchas vidas.

Daniel Losan

México, CDMX a 3 de junio 2022

A Claudia y a cada una de tus vidas.

«El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive solo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores».

La insoportable levedad del ser - Milan Kundera

Notas

Al inicio de cada capítulo se indica la línea temporal A, B, C, D, E. Al final de cada capítulo tendrás que avanzar o regresar. Tú decides la forma de lectura y con ello el destino de Ximena.

Guía de lectura

Prólogo

Introducción

Capítulo 1

Dulce de menta

Capítulo 2 - A

Nunca dejes de brillar

Capítulo 2 - B

El infinito

Capítulo 2 - B - A

No es infinito

Capítulo 2 - C

Uno, dos, tres, cuatro

Capítulo 2 - C - A

Bodas de Perla

Capítulo 2 - C - A - A

El hubiera no existe

Capítulo 2 - C - B

Leo-nardo

Capítulo 2 - C - C

Me gustaría que fuera mañana

Capítulo 2 - D

Elijo a Ximena

Capítulo 2 - E

Los hubiera

Capítulo 1

Dulce de menta

Abro las persianas, lo suficiente para mirar al exterior. El cabello sigue mojado. La lluvia nocturna desbordó los baches que no se han arreglado en semanas, hunden los zapatos hasta el fondo, empapa los pies de los caminantes distraídos, ahí va otro. Miran a su alrededor deseando que nadie los haya visto. Yo los contemplo sin que noten mi presencia desde los cielos, las ramas de un viejo árbol frente a mi ventana me envuelven, deja caer sus hojas teñidas. Desde aquí soy imperceptible.

En la semana inició el otoño y con ella la temporada de huracanes anunciando mi cumpleaños a fin de mes. Un par de nubes se acomodan sobre mi cabello mojado. Debería llevar paraguas a mi date. Para mi mala suerte, cada vez que lo cargo solopasea de mi mano y la tarde que no lo llevo cae un diluvio que termina por agriparme al día siguiente, esa soy yo y mis casualidades.

Eternamente las busco, me agrada pensar en ellas. Muchas las he forzado a tope, creyéndome su porvenir a mi conveniencia y fantasía. Como la vez que soñé con la playa y al día siguiente busqué un descuento para un viaje. Al final me salieron más costosas las vacaciones, nadie se enteró. Hasta el día de hoy sostengo que fue una buena promoción evitando detalles.

No es necesario que las personas me reiteren que no puedo analizar las posibilidades de mi vida, ya lo sé o tal vez no, tampoco me interesa. Hay algo más profundo en toda esa telaraña de imaginación: La sorpresa, la más pequeña de las sorpresas me cambia el estado de ánimo, me hace sentir especial los días que me siento desaparecida, tan perdida en mí que dejo de existir. Luego, encuentro la burbuja de felicidad que indudable reventará con mis pasiones.

En la pared más larga de mi cuarto está escrito mi nombre de forma equívoca. En una pijamadacuando era niña, alguna de mis examigas, aquellas que pasan por la vida y luego desaparecen sin decir adiós, escribió con un plumón permanente Jimena. Le grité eufórica con la única voz chillona que tenía: «Es con X. Yo no soy Jimena, soy Xi-me-na». «Equis, es igual», reprochó acompañada del regocijo de todas las presentes, quienes se contonearon con sus pijamas afelpadas. Hice una risilla con cierta simpatía, sabiendo que no era igual. Ella obtuvo la rebanada más pequeña de pastel.

A los pocos días escribí una gran X en esa J. Toda la vida he escuchado: «¿Se escribe con X, J o G?». «Con X, se escribe con X», apunto en toda ocasión. ¿Cuántas versiones de mí pueden existir?

Culpo a mis desgracias a ese momento que mis padres fueron al Registro Civildespués de discutir semanas enteras sobre mi nombre, decidieron Jimena. Que significa: La que escucha. Lo habían planeado con exactitud sobre decenas de nombres sin margen de equivocación. En la versión de mamá, el error es de mi padre y en su versión la culpa es de la empleada del Registro Civil.

—¿Cómo se llamará la niña? —dijo la burócrata.

—Jimena Valderrama Gaitán —contestó papá.

—Me pueden escribir el resto de los datos aquí. Reciben su acta de nacimiento afuera —respondió la mujer de cabello crespo al estilo de los noventa.

Les entregaron la documentación en el mostrador y salieron despavoridos del lugar, tenían un compromiso con mi tía y ya iban tarde. A los pocos días descubrieron que su hija se llamaba Ximena y no Jimena. “Ya ni modo. Nadie lo notará”, comentaron al enterarse del tiempo y dinero que costaría realizar el trámite de corrección de nombre.

Imagino mucho cuando me alisto para salir. Si pongo atención a mi maquillada me río de mis muecas raras al delinearme lo ojos y si pongo más atención me enojo por tener las pestañas caídas y cortas, no combinan conmigo. Prefiero mis mejillas pecosas, son mi sello de personalidad. Nadie se resiste a ellas.

Mejor pienso en cómo iré vestida para una primera date de Tinder: ¿vestido azul o pantalón negro?

Hoy saldré con Arturo Beltrán de Rubalcaba, me gusta saber los nombres completos de mis pretendientes, me da cierto confort y la oportunidad de pensar si combinarían los apellidos con los hijos imaginarios. Beltrán Valderrama, no suena mal, de Rubalcabasonaría mejor.

Ligar por Tinder es enumerar una lista de buenas aptitudes y malas interpretaciones.

Ximena Valderrama. Arquitecta, recién graduada. 21 años. Mido 1,70 cm y me gusta usar tacones. No me gustan las mentiras. Amante del helado de menta. Me gustan las películas con finales felices. Signo: Libra. No intensos, ni tóxicos. Manda MD para más info.

Tardé en darle match aArturo, lo dejé en espera junto con otro bonche de hombres a los que no responderé por mis diversas razones. Arturo tiene un punto en contra: sus fotos genéricas, de esas que todos los hombres no populares fingen. Una pose mal lograda en una montaña y los lentes de sol en el auto deportivo prestado. No tiene un buen abdomen, sino saldría sin playera en todas ellas.

Su aceptación radicó en mi pulgar torpe que dio clic, lo iba a eliminar. Al instante me escribió: “Mido 1,80 cm. Puedes usar tus tacones conmigo”. Eso cambió todo. De las mejores respuestas que me han escrito, aun así, no respondí hasta que mi aburrimiento le texteó:“Uso de 12 cm, te verás pequeño a mi lado”.

Es el nuevo becario ingeniero en sistemas encargado de que no caigan los servidores en una compañía de yogurt. Wasapea en altas horas de la noche, cuando yo tengo insomnio y veo una serie.

Entre líneas admiro sus ganas de provocar mi sonrisa con sus chistes malos, que simplemente exhiben su inocencia. Es fan de las caricaturas y juega los fines de semana en esos lugares de cómics donde acuden los tipos que se disfrazan de personajes japoneses. No me gustaría acompañarlo, moriría de pena y mis amigas no pararían de burlarse.

Arturo el becario

En Línea

Me da confianza, me invitó por un café y no a un bar de mala muerte. Leí en un post que escoger una cafetería concurrida es el lugar ideal para una primera cita. La gente se cohíbe en público. Aparte, es barato. Si sale mal no gasto mucho dinero, aunque sí paga, hablaría bien de él. Yo solo quiero caminar un poco y despejarme de mis pensamientos. Beber un café chai de menta con su respectivo churro relleno de cajeta y deslizarme por el mercado de artesanías de Coyoacán. En ocasiones regreso con pulseras de colores que amontono sobre el alhajero y prometo usar a en un futuro.

Por el otro lado, estoy cansada de ilusionarme de barbudos cachetones, mayores que yo. Esos que me quieren encamar y yo lo confundo tontamente con aprecio. Al día siguiente no responden los mensajes, hasta que una mañana los leo pidiendo que vayamos al hotel de nuevo. Si me dejan en visto, me hacen la plática cortada y son patanes arrogantes, más me gustan, un patrón perfecto para enamorarme. De esos son los que ya no quiero.

Arturo es la representación de lo que mis papás pueden considerar como un niño bien. Ya es justo que en la foto de mi cumpleaños, reluzca un novio. Al menos dos años seguidos.

¿Vestido azul o pantalón negro? Sobrepongo ambos. Para caminar el pantalón, es holgado y le da forma a mi cintura. La falda es muy corta para un niño de sistemas, se puede emocionar y malinterpretar la situación. Las niñas bien no coqueteamos en la primera salida. Será el pantalón, necesito comodidad.

Al filo del espejo se asoma una foto de Marisa en su fiesta de graduación universitaria, el año pasado. Ambas teníamos kilos de menos, cumplimos una dieta extrema de arándanos para entrar en los vestidos. Nuestras caras desbordan felicidad. Después de cambiar dos veces de carrera, se convertía en chef. Mi cocinera favorita y mi besty. Ella mira a la cámara y yo al fotógrafo: JuanPi, quien al terminar la foto me abrazó con fuerza la cintura, las piernas me temblaron en el acto, luego regresó a bailar con su novia en turno. Toda la noche la criticamos por sus dos pies izquierdos al bailar. Yo no invité a nadie al evento, pensé que él sería mi acompañante en la pista de baile.

A Marisa la conocí el tercer año del colegio. Era nueva en la colonia Narvarte. «María Isabel Fernández Ortiz», dijo la profesora. «Marisa, me dicen en la casa, miss», contestó. No tuvo necesidad de apodos, ni abreviaturas, ya las tenía de fábrica. Me pareció una niña berrinchuda al momento, sus dos coletas perfectas y alineadas me daban una desconfianza particular. Las mías las hacía papá, las apretaba de más, hasta doler la cabeza, para la segunda clase ya las tenía flojas y mal acomodadas para la salida.

A los pocos días descubrí que la mamá de Marisa también le mandaba un sándwich de cajeta, tontamente nos lo compartimos tratando de diferenciar sabores. Acto seguido apretaba mi coleta a su estilo. No necesité otra acción para descifrar que con ella pasaría las risas más explosivas de mi vida. Así conocí a mi confidente, mi mejor amiga, mi pañuelo de lágrimas ante las vicisitudes cotidianas. Le cuento todo, excepto que su primo es el amor de mi vida.

Años después, Marisa me invitó a un partido de fútbol americano, en aquellos terrenos al norte de la ciudad, que ya no existen. A ella no le interesaba el deporte, era el pretexto para inscribirse como porrista y conocer a los jugadores. La adolescencia le había llegado. Yo la descubrí esa tarde.

«Mi primo es el numero treinta, el que dice JuanPi», lo señaló en la primera jugada. Al terminar el partido nos presentaron. Yo era muy pequeña y él muy guapo. En aquel entonces, Juan Pablo tenía diecinueve años, cabello negro, con un ondulado que salía por el casco, ojeras marcadas que sobrepasaban sus ojos cafés claro y piernas huesudas que no llenaban el uniforme.

Marisa dice que me sonrojé con la mirada torpe de niña de catorce años, no lo recuerdo. Lo que sí, ese mismo día me inscribí en el equipo de porristas junto con mi amiga.

JuanPi no me haría caso hasta mis dieciséis años donde me besó en casa de su prima. «Tú no irás al cielo», me dijo. «¿Por qué?», arremetí. «Porque peca, peca, peca», punteó con su dedo índice mis mejillas pecosas. La broma ya me la habían contado antes, no me importó y reí tontamente. Me tomó por el cuello y me estremecí entre sus brazos mientras su barba me picaba, no conocía la picazón de una barba. A lo lejos se escuchó la puerta y a Marisa anunciando su llegada de la tienda. Nosotros nos alejamos a los extremos del