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Es esta una novela macerada y escrita a la antigua, entre hierbas y aceites con aroma a cine negro. Negrura y sordidez con destellos de inocencia y maldad: la inocencia de la pequeña María Magdalena, que no conoce su destino a sus tiernos siete años; sordidez por la vida de una Marina que sueña con un futuro que no se concede; negrura por la sombra de un Peláez, guardia civil que, investigador o no, le da, a su pesar, cuerpo a ese todo que en realidad nunca depende de estos actores improvisados. No son más que las diferentes caras de ese submundo que se sufre a diario, en la supervivencia continua, en la cara oculta de esa luna, que para algunos nunca se llena del todo. En estas páginas se entrecruzan lo más oscuro de la religión mal entendida, la sempiterna codicia de unos pocos y esta economía global tan de nuestro tiempo que propicia, porque permite, las mafias de Estado, capaces de generar guerras. Retrata el autor por qué hemos perdido la batalla en Occidente contra esta nueva Horda Dorada, como ya la perdiéramos una vez y siempre contra otras hordas, en ese pasado nuestro de cultura grecolatina. Y es que este libro tiene el dudoso honor de publicarse en medio de la salvaje agresión, en tierras ucranianas, de los hijos de la madre patria de Tolstoi, el insigne escritor de Guerra y paz, que ya decía que «la ambición no es bondad, sino orgullo y crueldad».
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Seitenzahl: 365
Veröffentlichungsjahr: 2022
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LOS OVARIOS DE MARINA
SERGIO V. DE ALARCÓN
LOS OVARIOS DE MARINA
EXLIBRICANTEQUERA 2022
LOS OVARIOS DE MARINA
© Sergio V. de Alarcón
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2022.
Editado por: ExLibric
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ISBN: 978-84-19269-24-9
SERGIO V. DE ALARCÓN
LOS OVARIOS DE MARINA
A Rosa y a nuestra Esperanza,a quien diste luz para que nos diera vida.
1
Recogió sus braguitas sin ceremonia, como otras cuatro veces ese día, esta vez estaban en el suelo, a cada uno le daba por una cosa, al principio del principio, Marina, que así se hacía llamar por el impacto que causó Sorolla en el último curso en el que le dejaron ir a clase, aún caía en la cuenta de cómo eran esos tíos que se le echaban encima y le jadeaban en sus pensamientos. Pero ahora ya no conseguían distraerla, ni siquiera los que aún buscaban su empatía. De más joven, aún una niña, se dejaba llevar por las promesas de cada cual, es como si se sintiesen culpables por follarse a una menor, y avergonzados por lo que hacían, le prometían sacarla de esa vida. Ella, agradecida, se entregaba entonces con pasión y eso a ellos después de correrse les ayudaba a entender que como era muy zorra, tampoco era algo urgente y si acaso le daban propina. Ahora sí entendía a los hombres, fue una tarea larga desde que su padre le dijera a su madre estando ella delante, en aquella visita familiar por su catorce cumpleaños, que se dejase de lamentos por limpiar edificios, que lo que tenía que hacer era coger a la niña y ponerla a putear, como hizo él con la hermana, justo antes de que le encerrasen. Desde ese instante, Marina estuvo observando a cada tío que entraba en su vida como si de un extraterrestre se tratara. Su madre no quiso hablar de ello cuando salieron de aquella sucia cárcel, supo que había sido un error llevarla, pero la niña insistió tanto, y ahora había tenido que escuchar que su hermana, no se había ido a Madrid a trabajar en una tienda, sino que era puta.
Marina se terminó de vestir con aquella ropa barata y chillona, le besó en la boca le dijo que había estado muy bien, para inmediatamente irse, dejándole en la habitación en la que nunca dormía nadie. Bajó a que el Mari le diese su parte y calculó que cinco cabrones estaban bien para un asco de día. Pero además de pagarle su setenta por ciento y quedarse con el treinta restante, le dijo que habían preguntado por ella, que la esperaban en la esquina con un cubata. Marina no tenía ganas de más, pero como no había manera de que el Mari recordase un solo nombre, le pudo la curiosidad y fue a por ese cubata. Sabía de sobra que no debía beberlo, no era alcohólica aunque estuvo muy cerca de serlo, a los dieciséis aguantaba seis y hasta ocho copas todos los días, lo hacía por ganar dinero sin tenerse que follar —si acaso a uno por noche—, pero eso casi acaba con ella, amén de los dos intentos de violación al salir del local de copas, y otra en la que el cabrón lo consiguió después de golpearla tan fuerte que nunca recordó cuándo la subió al coche ni lo que realmente le había hecho. Alguna de las putas viejas, aunque no pasaran de los treinta y pico, se lo habían dicho, que, si calentaba tanto a los tíos a cambio de copas y luego no se los tiraba, le pasaría eso. Antes que ella, de más jóvenes, también habían elegido con quien se acostaban, ahora, agradecían al que sólo quería pagarles una copa y meterles mano, pero a la segunda copa si querían follar, pactaban el precio y no ponían problemas.
Marina entró buscando a quien imaginaba sería uno de sus clientes, habían preguntado por ella, pero no reconoció a nadie. Pensó que se habría cansado de esperar, pero la idea del cubata le rondaba y se pidió uno con ese beso al aire que el camarero cazaba siempre al vuelo. Le puso una ginebra de las caras, Marina había tenido comas etílicos con casi todas las bebidas, el primero con Champan, fue poco después de pedirle a su novio de quince años que la desvirgase. Pero como él no pudo, ya en Madrid, su hermana le trajo amigos con mucho dinero, y el tercero que la desvirgó, se dio cuenta del engaño —por muy infantil que la niña fuese— y la emborrachó para cobrarse su otro virgo sin tener que discutir el precio ni escuchar sus lamentos. Después la dejó boca abajo, sin conocimiento, para que no se ahogase en su propio vómito, que sin duda le sobrevendría, como el amable doctor había aprendido en la Facultad de Medicina, al menos treinta años atrás. La segunda vez que bebió tanto que casi la mata, era precisamente eso lo que andaba buscando, después de que la abandonara aquel mulato que la dejó embarazada por primera vez. Le encantaba dormir a su lado, sintiendo la protección del hombre. Ella que nunca había notado de ellos, más que su odio o su deseo. Ese chico la quiso a su manera, pero prefería bailar en las discotecas que le contrataban, antes que vivir de ella, aunque se lo pagase todo. Después del aborto, ya no quiso saber nada, y Marina compró Whisky y se bebió la botella entera, fue el Mari quien la salvó, le metió los dedos y aún le enseñaba la marca del mordisco que se llevó con una de las arcadas. Había perdido el conocimiento otra vez por culpa de unas copas. Aquel día llevaba ya tantas que ni sabía lo que había bebido, no debió ir a trabajar, fue justo después de su segundo aborto, en la Clínica le recordaron que debía esperar antes de mantener relaciones, pero ella necesitaba el dinero, y volvió por un día a la técnica de ponerles calientes y no querer follar. El último tipo no tenía problemas de dinero, y se le había antojado aquella chiquilla con las tetas tan hinchadas. Le pagó tantas copas como pudo beberse, y Marina mientras meaba las de los clientes anteriores, veía como seguía sangrando. No le dejó subírsela al piso de arriba, pero él supo esperarla fuera, la golpeó sin dificultad, el pedo que le había pagado se lo puso fácil. La echó en la parte de atrás del coche y se alejó lo justo, la violó con mala leche y cuando vio la sangre pensó en la regla. Le quitó el dinero y la tiró allí mismo. Pudo morir de una embolia gaseosa, pero le dijeron en el hospital que tuvo suerte, llevaba la factura del aborto en el bolso y supieron tratarla. Aunque a Marina le parecía que la suerte nunca estuvo de su lado. Por eso cuando volvió a quedarse embarazada un par de años después, de aquel chulo que no la pegaba para no estropear la mercancía, decidió tenerlo. Entonces si la pegó, incluso buscando con ello que abortase, pero Marina huyo y volvió a la casa del Mari, que le dejó una habitación en las que nunca dormía nadie. Marina trabajó, incluso bastante durante aquella época, debía procurarle un buen futuro a aquel hijo de buena puta.
2
La hermana Asunción era monja a su pesar, aún recordaba los largos paseos en bicicleta cuando niña por los caminos flanqueados por el trigo dorado, los brazos en cruz y aquella melena al viento, la misma melena que le cortaron para siempre, el día que la llevaron al convento. Eso lo hizo el marido de su madre —el hombre que la crio— la dejó allí para devolverla a manos de lo divino, aunque él no fuera su verdadero padre, puesto que todos sabían en ese lugar de secano que el que realmente lo era, era el Páter, el mismo que trasmitía los designios de lo Alto en el pueblo en que vivían, ese páter que sotana en alto, engendrara a la niña en el vientre de la mujer que a él le casaron poco antes de salírsele el ombligo, eso sí, con gran ceremonia, como Dios manda. No es que a esa niña que nació no la quisiese un poco, es que no la quiso nada. Y cuando el Cura, con el gesto adusto del que se adorna en latín, le dijo que ya no pagaría por su cuidado, convinieron que la chica debía pagar el error de su nacimiento entregando su vida a rezar por los pecados de quienes sin música pero a coro, acabaron por meterla en un convento. Fueron años muy duros para la hermana Asunción, nada la confortó entre tanto desconsuelo, el Dios con el que la casaron, nunca visitó su alcoba de fría piedra por lecho y un tronco pulido por almohada. Quizás por ello, o por todo lo demás, cuando la que fuera su Madre Superiora, flemáticamente le dijo que ya estaba preparada para representar a la congregación sirviendo a Dios en un Colegio de señoritas, la hermana Asunción ya era una mala persona. No es que fuese consciente de ello, pero sí supo que ya nunca sufriría por los pecados de los demás ni por los suyos propios. Se dedicó simplemente a encontrar el beneficio en lo que hacía o en lo que decidía dejar de hacer. Los primeros años obedecía de forma práctica, nunca hubo aspavientos, pero tampoco verdadera dedicación. La endogamia obligada por lo cerrado de su mundo de ropas oscuras y cabezas uniformadas, pronto la puso entre las más antiguas, hasta que un buen día su frío instinto la llevó hasta la Dirección del Colegio. La misma Madre Superiora, ahora muy avejentada, le dio la noticia, algo le hacía pensar que no era una buena decisión, pero tenía que jugar la partida con las cartas que le habían servido desde lo Alto, incluso vio en la hermana Asunción a quien la sustituiría en un futuro que sus cansados dolores de vieja no dejaban muy lejos. Le dio su bendición y se encomendó a la Virgen para que les ayudase en su labor. Para la hermana Asunción se habían acabado los pasillos, las guardias, la obediencia y hasta el aguantar al resto de hermanas. Ahora se dedicaría a los padres pudientes que confiaban a sus hijas a su cuidado, las que iban becadas con el piadoso acogimiento por menos afortunadas, para la nueva directora, ya lo eran bastante.
3
Cuando Marina dio a luz se sintió arropada por otras que siendo como ella hicieron de comadronas, la habitación estaba limpia y luminosa como nunca antes. Hasta se vino para estar con ella la madre que la parió, un mucho más vieja, con los ojos para adentro y la boca vacía de dientes, Marina se sintió miserable por tanta ropa cara y lujos de los que se había rodeado, cuando vio la pobreza que acompañaba a esa imagen que tan lejos estaba de la dulce madre que un día la criara, casi siempre sola y siempre sin ayuda. La vio muy mayor y eso la preocupó doblemente, en un par de meses a lo sumo tendría que volver a trabajar y la necesitaba para que criase a ese trocito de ella que acababa de salir desde los adentros. Marina había decidido que ese bebé sí viviese, no como ella, que no vivía desde hacía toda una vida, pero para eso necesitaba a su madre. ¿Cómo si no iba a tener una oportunidad aquella niña a la que le puso María Magdalena? Pero cuando la abuela orgullosa creó en su regazo el espacio en el que el bebé encontró su hueco, una triste Marina, supo que podía confiar en que la suerte por fin llegase a una mujer de su familia. Las vio partir, ella trabajaría para que a las dos les saliesen unos hermosos dientes. Pero cuando su padre salió de la cárcel para el tercer cumpleaños de Magdalena, la niña supo que tenía abuelo, y este, que en su casa no quería a la hija de la puta de la suya. La abuela salió en defensa del llanto y al abuelo le paró un vecino con su escopeta del doce, la de matar alimañas, justo antes de que el viejo ahogara ese llanto matando también a la niña, puesto que después de haber empujado a su mujer, supo al tercer golpe que ya le daba igual.
Marina tuvo entonces que volver al viejo barrio de su ciudad, recuperó su verdadero nombre en los labios de aquellos que le saludaron con el pésame por su madre muerta y su hija huérfana de cuidados. Del bastardo de su padre nadie hizo ni mención en un entierro en el que estuvo su hermana, a la que hacía años que no veía, vestida con la vejez prematura de puta herida por alguno de los males de la profesión. Se abrazaron sin lágrimas, y tampoco lloraron al separarse si acaso para siempre. Marina se llevó a la niña —que no la conocía puesto que a su abuela la llamaba mamá—, sabiendo que en el camino deberían separarse, por miedo a que ese estigma que sin duda les perseguía, la alcanzase también a ella. Fue la primera vez que la hermana Asunción y Marina se vieron, pero sin embargo cuando Marina unos años después volvió al colegio, ninguna de las dos pareció reconocer a la otra.
4
Marina ya no disfrutaba bebiendo, apagaba su sed, no se reconocía cuánto necesitaba el alcohol, casi siempre bebía como algo casual, algo que surgía, le era fácil hacerlo social. No es que tuviese que escondérselo a nadie, hacía tiempo que ya no dejaba a ningún hombre ocupar espacio en su vida, pero sí necesitaba ocultárselo a ella misma. Cuando siendo una niña decidió ser puta al ser lo que su padre esperaba de ella, y porque su hermana mayor también lo era. Al poco, se fue encontrando con todo tipo de drogas, y todas gratis, pero sus ojos de niña ávidos de aprender, se dieron cuenta rápido de lo que esas drogas —que probó una y muchas veces— hacían con las putas viejas. Se prometió que algún día dejaría de cobrar por dar placer y entonces lo daría gratis a un hombre bueno, le daba igual si era feo o bajito, que no le diese asco y la tratase bien era suficiente, ese día iría a por su hija y haría de ellos su familia, y para ese día con el que no se permitía soñar casi nunca, ahorraba lo que podía y se intentaba mantener sana para ellos. Pero ese día estaba lejos aún, así que levantó la mirada y el camarero que al cierre del local a veces le pedía a ella que le abriese su cariño, le sirvió otra copa rozándole la mano. Fue en ese momento cuando miró al fondo del salón y le vio mirarla. El que la observaba, era un hombre extraño a ese espacio, vestía como si no pudiese elegir más que el color de la corbata y el gesto de su cara, y si acaso, de hacerlo, su cara también se adornaba sólo con esta. Marina se sintió incómoda, pocas miradas podían conseguirlo, su profesión le daba al menos eso, que la mirasen como quisieran y dónde les apeteciese. Aunque nunca se había desnudado en local alguno, tampoco le hubiese importado, si no fuera porque salió de casa tan pronto, que nunca tuvo una primera discoteca ni aprendió a bailar con amigas frente al espejo. No necesitó nada de eso, claro que no, pero el caso es que, aunque enseñar su cuerpo desnudo le daba igual, ella no sabía bailar. Este hombre la seguía mirando, pero Marina sabía que no era uno de sus clientes, que no lo sería nunca. Marina había visitado varias comisarías en su vida, le jodía que, aunque le tocase una lotería a la que ni jugaba y, se hiciese millonaria de pronto, para la sociedad siempre sería una puta, no era una delincuente, pero eso no importaba, la tenían fichada, hiciese lo que hiciese en su vida, nunca podría quitarse ese estigma. No entendía para qué le servía a la policía tenerla en sus archivos para siempre, quizás no había dejado ya la profesión puesto que ya igual daba, para todos ella siempre sería simplemente una puta. Uno podía ser casi cualquier cosa en la vida y todo se olvidaba, a los asesinos, violadores, ladrones violentos y cosas así, es cierto que se les marcaba y apartaba, pero esos eran malas personas, ella no había hecho daño jamás a nadie, y sin embargo para la sociedad era algo de lo peor. Ahora ese hombre la miraba de forma que todo esto se le agolpaba en su cabeza y cuando vio que llamaba al camarero y le preguntaba algo sin dejar de mirarla, Marina se levantó y se fue sin decir adiós, tampoco pagó las copas, ya las agradecería otro día.
5
Seguramente por tener pequeños parásitos en los cañones de sus plumas o quizás por culpa de la última tormenta, aquel gorrión con las comisuras amarillentas de su pico —aún blandas para que su madre ahora tan lejana, le introdujera los pequeños insectos que tanto le habían hecho crecer— había caído del nido y corría a esconderse de cuanto se le acercaba. Tanto corría y volaba con esfuerzo a cada vez, que a la niña que lo tuvo por fin en sus manos, le pareció la aventura más intensa de su vida. Una vez en su mano, ya no quiso escapar, ni picó más los deditos que más que aprisionarle le abrazaban. En sus pequeñas e inexpertas cabezas, ninguno sabía muy bien cuál sería el siguiente paso, así que como la que podía moverse con libertad sin romper esa unión era la niña, se dirigió a la enfermería en la parte de atrás del edificio grande, ese que era para las hermanas, allí, aunque no dejaban ir sin estar malita y siempre acompañada de una hermana, seguro que podría pedir una galleta de esas que se llamaban como ella y que si estabas enferma te daban en un sobre de plástico con tres dentro. Era una suerte estar malita, en el desayuno de diario, daban pan sin tostar y una margarina asquerosa. María Magdalena era pequeña, pero pensó que, si eso te lo daban para curarte, sería bueno para su pajarito. Llamó con sus pequeños nudillos, la hermana que abrió la puerta y que siempre llevaba un delantal blanco, no es que la escuchase mucho, le quitó el pájaro, pulsó el pedal de un cubo de basura de acero inoxidable en el que había algunas gasas y porquería, que al menos sirvieron para amortiguar su caída. María Magdalena se quedó de una piedra y mientras era firmemente acompañada al exterior, no escuchó la retahíla de reproches que a modo expiatorio la monja profería profusamente, conminándola a no volver para que aquello no llegase a más y tuviese que informar a sus cuidadoras. Así se encontró la niña con la primavera a su alrededor en un jardín sin cuidados rebosante de color, pero María Magdalena no veía si no la puerta cerrada ante sí. Sus manos ahora libres golpearon abiertas haciendo ruido que dolía en sus pequeñas palmas, al otro lado recibió una amenaza de poner roja de un azote atrás de su falda de uniforme rancio, pero al ruido de sus golpes se unieron primero lamentos inconexos a los que los pensamientos atropellaban, para al final y, convencida de que la verdad no era otra que la que escuchaba en catequesis, grito que aquella monja era una mala hermana, que no amaba a las criaturas de Dios y que iría al infierno. No fue la puerta del paraíso la que se abrió, pero una monja estupefacta se dirigió a la papelera y le grito que recogiese al bicho, la niña no acertaba con el pedal y al final aquello se tumbó desparramando los restos de alguna cura, mientras el pajarillo, ya libre, voló hasta la luz de un ventanal golpeando su joven pico y, cayendo aturdido mientras parecía intentar trepar por el papel pintado, esperándole estaban las manos de su protectora que con un gesto firme salió de allí sin preocuparse de recoger el desaguisado, ni mirar a aquella bruja del delantal blanco, aunque María Magdalena y el pajarillo se tuvieron que ir sin sus galletas.
6
Dentro de su Unidad era prácticamente nuevo, tiempo atrás había estado al servicio de Presidencia de Gobierno con grado de Sargento, eso le permitió —cuando cambió años después el signo político y las cosas comenzaron a embarullarse— pedir un buen destino y que se lo concediesen con una rapidez insólita en la Guardia Civil, pidió una embajada cercana, pero a pesar de ello le costó evitar que su joven mujer añorase, quizás en exceso, el apoyo de su familia y acabase por volverse, dejándole solo y sumido en una tristeza que le llevo casi a suplicar otro cambio de destino. Esta vez a pesar de los apoyos que aún tenía, se lo dejaron claro, le volvían a traer a Madrid, pero no podía elegir grupo y sin duda tendría que viajar bastante. Eso le dio igual y una vez de vuelta con su mujer, aunque él ya casi siempre estaba en casa, algo se había roto entre ellos y, por mucho que creyera intentarlo las cosas no fueron a mejor.
Le metieron en un grupo de investigación en el que todos eran elegidos, algunos incluso por sus méritos. Él era un bicho raro, pero por debajo del Capitán al mando y del joven Alférez recién horneado, sólo estaban dos sargentos como él, el resto, cabos y guardias siempre tenían una sonrisa reglamentaria. Tardó en hacerse con su grupo, su situación personal le hacía ser demasiado gracioso a veces y otras, tan distante que ni el Capitán solía molestarle. Pronto llegaron casos resueltos con bien, en los que Peláez había participado y aunque no era aún un buen investigador, comenzó a sentirse parte de un todo. Así cuando un extraño caso de usurpación de identidades y posible trata de seres humanos llegó a sus manos, ya no se acordaba de los tiempos en los que se creía casi un agente secreto, se centró en intentar esclarecer el caso y, así sentirse bien consigo mismo, los tiempos de las aventuras habían pasado, o eso creía él. Sus investigaciones dieron un giro inesperado al toparse con un complejo entramado financiero, de testaferros e identidades presumiblemente falseadas, en el que algunas menores habían recibido herencias, donaciones, o ambas, también había propiedades y empresas a nombre de niñas de corta edad que al fallecer habían dejado sus posesiones de forma automática, a sus padres adoptivos y, lo que era más sorprendente, a sus padres naturales en uno de los casos. Y todos estos hechos tenían un denominador común, un selecto colegio de señoritas, que tradicionalmente y por estar férreamente regido por una orden religiosa, también admitía a niñas huérfanas acogidas por la congregación, o de padres con problemas, siempre que estos pagasen una cuota suficiente, que variaba dependiendo de cuanto había que ocultar.
El Sargento Peláez estaba realmente superado, no tenía la preparación necesaria para comprender en su complejidad aquello con lo que se enfrentaba, así que siguió una línea de investigación más tradicional. Los archivos de alumnos eran públicos y sin destapar qué estaba realmente investigando se centró en los padres. De una de las niñas, obtuvo un resultado inmediato, su madre era una conocida prostituta. No sabiendo que relación podía tener con el caso una mujer que se llevaba ganando la vida casi diez años en la misma zona —y casi siempre en la misma pensión— con semejante caso de ingeniería financiera. No se lo pensó dos veces y se fue a por ella.
7
Orgullosa con su pajarito al hombro, que ya no quería irse —a decir de la niña porque ahora eran amigos, y a decir de la hermana Socorro, la más anciana, porque al pobre pájaro se le iban cerrando los ojitos y de esa noche no pasaba—. María Magdalena iba cruzando el patio, mientras otras niñas saltaban a la comba cantando una canción de un capitán inglés, a María Magdalena, no le gustaba mucho eso, ella prefería estar sola, en sus cosas, recorrer los límites del internado, allí todo era muy grande, había una huerta, un pequeño lago y hasta conejos. El señor que trabajaba la huerta tenía tres vacas y María Magdalena a veces veía como las ordeñaba, una vez hasta le ofreció probar una leche densa y con una capa gruesa de nata, pero a María Magdalena la leche le daba asco. Además olía aquella almizclada esencia de la paja húmeda bajos sus pequeños pies de zapatillas aún rosas, y sentía un ardor en la garganta que le obligaba a salir del establo, siempre antes de marcharse se acercaba al corral de las ovejas, y si las tenían fuera buscaba las más pequeñas —aunque ya habían pasado las Navidades tres meses atrás y pensó que debían haber crecido de pronto—, observó con atención pero de entre todas ellas, no reconoció a ninguna cría, todas parecían igual de grandes. A María Magdalena, que apenas contaba con siete años, le gustaba recorrer ese patio empedrado con esa fuente a un lado, de la que le encantaba beber, le hacía feliz, ya que apenas hacía un verano que muy empinada, alcanzaba con sus labios el caño viejo, siempre rebosante de agua fresca y sabrosa. Siendo más pequeña, mil veces, tuvo que acercar sus manitas sucias como haciendo una plegaria hacia dentro, e intentar recoger cuanto agua pudiera acercar a sus labios sedientos, pero esta agua —siempre rebelde y huidiza, aunque pura y cristalina— no quería quedarse en el nido que María Magdalena le ofrecía y prefería deslizarse entre los dedos aún no suficientemente prietos. Claro que la niña pudo ir al baño y beber del lavabo, pero a María Magdalena le gustaba aquella fuente que sin saberlo y cada vez de forma más etérea le recordaba la fuente del pueblo en el que alcanzó los tres años para no volver. No era entonces de su madre de quien se acordaba —aunque en realidad fuera su abuela—, eran sensaciones dispersas, recuerdos oscuros como en un sueño mal dormido, luego estaba la mujer que le había llevado en un gran autobús a aquel colegio, había escuchado a muchas vecinas decirle que era su mamá, pero María Magdalena creía que su mamá era otra, y la recordaba a veces, casi siempre ahogando un quejido tras los golpes de aquel señor enfadado. Ya no la vio más. En su colegio de todas las niñas que dormían en la misma habitación, ella era la única que no era huérfana, no entendía el porqué, pero se lo había escuchado a una de las hermanas. Aquel día no había atravesado el patio cuando una hermana la cogió con fuerza del brazo recriminándole el dónde se habría metido. La llevó más rápido que sus zapatillas aún rosas, tanto que en algunos momentos la levantó del suelo haciéndola pivotar sobre si misma ralentizando el paso de la monja que también le recriminó eso. Pero a María Magdalena sólo le importó que tuvo tiempo de guardar su pajarito en el bolsillo del babi nada luminoso a pesar de sus lámparas siempre por lavar.
8
El sargento pagó sus copas, solía beber desde que su mujer le cerró la puerta de la habitación, no por nada, acaso por emborracharse un poco, aquella noche aún no lo estaba, salió tras Marina y la alcanzó aprovechando, que ella al menos, medio borracha sí lo estaba. Peláez malditas las ganas que tenía de hablar con aquella señorita esa noche, había visto como ella le miraba fijamente al menos diez veces en aquel bar, pero se dijo que, si no se le acercaba, él tampoco lo haría. Fue un juego estúpido, aunque le permitiera observarla en su elemento, Marina estuvo pasando de uno a otro en la barra, hablándoles al oído para dar interés a las risotadas que proferían después, mientras miraban por víctimas a toda la concurrencia. El camarero —que llegó a servirle la cuarta copa que ya no hubiese aguantado de pie, mientras Marina hacía de amalgama entre unos y otros— sabía que cuando ella se comportaba así ninguno miraba el reloj y, puesto que Marina ya no le permitía a ningún hombre que le invitase a una copa, de agradecérselas a alguien, sería a él. De sobra sabía que era puta, pero el no pagarle con dinero su cariño, hacía que le resultase excitante tenerla entre sus brazos.
Marina se dio la vuelta de cintura para arriba, miró al poli que la sujetaba del brazo sin apretar y salivó como para escupirle, pero ese hombre la miraba como con lástima y la sujetaba sin asirla, como se acompaña a una señorita, ella notaba esas cosas. Los ojos de Peláez se clavaron en su interior mientras le escuchaba decir cuánto interés tenía en hablar con ella, pero ¿de qué? Le preguntó ella. No obtuvo respuesta, sí, una tarjeta con un escudo de oro y verde, Marina nunca había estado relacionada con la Guardia Civil, policías de los de la Nacional y algún Municipal la habían detenido, perdonado, sobado y hasta sacudido en alguna ocasión, incluso, cuando era jovencita, y en ese instante de rápida reflexión se dio cuenta que ya era puta vieja. Fueron varias las ocasiones en las que había pagado con su cuerpo el agravio a la sociedad que uno u otro policía le cobraban en el momento, ella pragmática por profesión, calculaba entre babas de la autoridad que, de ir presa, para recuperarse de la multa y el tiempo perdido, debería obligar a sus carnes a muchos más servicios, así que estos se los regalaba como tormento expiatorio al Cuerpo. Pero este agente era otra cosa, y Marina no entendía qué podría querer. La citó en la dirección de la tarjeta a la mañana siguiente, «para no tener que detenerla», mintió Peláez.
9
La hermana Asunción hacía años que ya no recordaba nada de su familia por así llamarla, sobre lo establecido socialmente había hecho todo un máster, en aquel colegio. Con los exclusivos padres de sus alumnas más codiciadas, llevaba una relación cordial y hasta amorosa, seguía de cerca los informes sobre los progresos académicos de las pupilas, como si de una explotación ganadera se tratase, no conocía mucho a las niñas, y a ninguna en particular, pero cuando la vieja cogía la carpeta de piel raída —traída antaño de las misiones por alguna Madre—, cuando su congregación distaba mucho de su actual estado acomodaticio y, esta carpeta se entreabría al tiempo que su escasa sonrisa, la cual clavaba junto con su mirada en la niña a la que le tocase estar delante, eso sí, sentada entre sus papás, contagiándoles a las pequeñas una risa nerviosa. Las diseccionaba académicamente, con tal profusión de datos y conocimiento, que aquella maldita carpeta nada tenía que envidiar al mejor ordenador. Los padres encantados con tan pormenorizado seguimiento de su femenino vástago, caían rendidos ante la venerable Hermana, aceptando con renovadas pruebas de agradecimiento, los detalles de humanidad que se mostraban ante sus oídos, al relatarles los intentos de la congregación, por rescatar a niñas huérfanas que habiendo superado la edad de adopción deseada habitualmente por las parejas, quedaban, si acaso, abandonadas a tutelas de fin de semana, con el consiguiente peligro que a sus ojos eso entrañaba para las pequeñas. Una vez obtenida su tutela de los servicios sociales por la congregación, se las educaba en el pleno conocimiento de Dios, y si bien no participaban de las actividades comunes reservadas para esas otras niñas, que tan buen nombre daban a la institución, al extender el de sus papás a la imagen de aquel gran Centro. A las huérfanas se les completaban esas horas con ejercicios espirituales en la Capilla, puesto que tenían que dar mil gracias de la suerte que tenían. En este punto los papás invitados por turno al despacho de la monja asentían económicamente con sus amables donaciones, al creer reconocer en la obra de la Hermana, la acción directa de lo Alto. Estas reuniones siempre terminaban con unos momentos de reflexión a solas, en el despacho de la tan admirada Madre Superiora, frente a sus conciencias y, habitualmente ante la pulcritud de un cheque en blanco, sobre el que indefectiblemente plasmaban su expiación, así como aseguraban la innegable buena educación de su pequeña. La hermana entraba después a recogerles las manos en las suyas, como sólo la monja sabía hacer. En ese tiempo, hacía años ya que la hermana Asunción había sido nombrada Madre Superiora por el Obispo, el cual accedió a no tener en el obispado a tan venerable hermana, pues tal era su deseo por lo cercana que se sentía, a su labor como directora del Colegio. Ella se sobraba y se valía para dirigir la menguada orden desde su despacho, ese que tantos años había anhelado y, en el que pasó a gobernar su vida y la de tantas almas. El obispado, recibía cumplidas cuentas de los ingresos que se obtenían por la labor docente y, a menudo se comentaba que hacían falta más personas como ella al frente de las cuentas de la iglesia. A pesar de las generosas aportaciones a las arcas del Obispo, la Hermana Asunción era una mujer muy rica, años atrás había superado la cifra que tiene un sentido práctico, para alcanzar una cantidad que se antojaba etérea. En ese punto, comenzó una escalada en la que nada era suficiente por ser todo lo conseguido absolutamente innecesario. Cuando Marina, cuatro años atrás, apareció en su Colegio con una niña de apenas tres años y una carta manuscrita de un Juez —conocido de la Hermana, aunque más íntimamente de la puta—, la Madre no tuvo duda de la condición de esta. Asintió a la petición, pero no sin poner severas condiciones, Marina aún destrozada al enterrar a su asesinada madre, por la visión de su enferma hermana y compañera de profesión y, por tener que dejar nuevamente a su pequeña, no estaba para negociaciones, puso encima de aquella mesa de despacho —hecha a conciencia cuando se cortó el árbol cien años atrás— todo el dinero que había ganado y el que tendría que ganar, para devolverlo a las que ya lo habían sufrido en sus carnes y aceptaron en prestarle. Así mismo accedió a no volver nunca por allí, y consentir en que fuese educada como huérfana, aunque se la registró como hija de quien era y hasta consiguió que la puta monja le garabateara un recibí, como si se le hubiese hecho entrega de una mesa camilla. Se comprometió a girar una cantidad a la cuenta que también le dieron. Marina vio en ello, además de la extorsión, la única oportunidad de reclamar en un futuro a su niña. Si de algo estaba segura, era que, en aquella habitación de blanco impoluto, de salvarse alguien en un juicio final de esos de los sermones, la monja esa no iba a ser.
10
Acurrucada bajo su abriguito de pana, se frotaba la rodilla que siempre se llevaba la peor parte, cuando trepaba a aquel inmenso árbol que en su base, contaba con una cuna de la que nacían las cuatro majestuosas ramas, que alcanzando lo alto, daban forma al paisaje con su espléndido dosel de hojas de morera. Era tan grande que sustentaba a María Magdalena como si un maestro ebanista hubiese tallado entre sus brazos el espacio exacto que aquella niña necesitaba para sus sueños despierta. El sol calentaba aquella mañana fría de primavera y una pequeña mosca posó su joven cuerpo en la muñeca inmóvil, María Magdalena alzó la mano y la mosca volvió testaruda a probar la sal en la piel que se erizaba a su paso. María Magdalena la dejó hacer mientras sentía el cosquilleo por el dorso de su palma, se le antojaban caricias a aquella niña sin cariño. Estaba triste, había enterrado a su pajarito en una caja de lápices que había sacado de la basura, quiso hacer una cruz, pero no tenía una cuerda para atar los palitos y, tampoco quería que nadie supiese que su pajarito no se había ido volando, en su cabecita siempre estaría vivo. Buscó la piedra más bonita que pudo encontrar y así coronó su mausoleo. La muerte estaba difusa en su pensamiento, no alcanzaba a comprender dónde se iban todos los que había visto morir. Allí tumbada en su rincón secreto bajo su abrigo de pana heredado, cual manta improvisada, intentando escapar del frío, María Magdalena viajaba hacia historias en las que era protagonista, en las que estaba rodeada de personas que la querían y escuchaban, deseosos de cada palabra que la niña les contaba. Pronto sonaría la sirena y acabado el recreo, volvería a clase a sentarse en su asiento del final, donde las monjas sentaban a las huérfanas. María Magdalena no sabía aún que era por eso, y se sentía feliz al lado de las niñas con las que compartía habitación, eran un poco como sus hermanas, y como si lo fueran, a veces se enfadaban y otras eran inseparables. Tenía entre ellas a una muy mejor amiga, la llamaba cariñosamente Eli, con ella compartía secretos y jugaban a inventarse padres muy ricos como los de las demás, en su lógica si las otras niñas tenían esos papás que les compraban tantas cosas, a ellas les llegaría pronto y, mientras esperaban, les gustaba imaginarse cómo serían, dónde las llevarían a merendar, cuando vinieran a visitarlas y cómo serían las navidades fuera del colegio. Eli le contó un día un secreto que alimentó aún más la imaginación de las pequeñas. Una mañana las hermanas la vistieron aparte, con una ropa preciosa y le presentaron a unos papás que la trataron bien, fueron a la ciudad y visitaron a unos señores muy serios, tanto que antes de entrar le pidieron que no dijese nada y que si la llamaban Alicia ella sonriese, que era como un juego. Después se hicieron una foto seria en una tienda y otras, agarrada a esos papás por la calle, incluso le compraron un helado tan grande que se le cayó la mitad de la bola, pero que no la regañaron ni nada y, que al volver al colegio oyó como les decían a la Hermana que la ropa se la dejasen para ella, que estaba muy guapa. Pero cuando la desvistieron, se llevaron la ropa, aunque quizás la tuviesen guardada para otro día en el que volviesen esos papás. Eli estaba tan ilusionada con su secreto que no le importaba si tenía que llamarse Alicia, ese nombre se le antojaba capaz de hacerle vivir en un país lleno de maravillas. Se lo contó todo a una María Magdalena que sentía alegría por su amiga y un poco de envidia en su corazón, pero Eli tenía miedo puesto que había prometido a la hermana Socorro que jamás se lo diría a nadie y ahora temía ir al infierno. Pero tras recapacitar un rato, María Magdalena le había tranquilizado diciéndole que como se lo había contado a su mejor amiga, a su amiga del alma, eso no podía ser pecado.
11
La primera vez que Marina acabó en una comisaría, ni siquiera estaba haciendo de puta, andaba liada con aquel mulato que la enamoró por primera vez, y la detuvieron en una pelea en la que ella, por celos, acabó a golpes en el local en el que él trabajaba, con una tía estúpida que a poco se tira a su novio ahí mismo. Su inocencia le impedía comprender que a quien tenía que haber sacudido era a ese novio suyo, que ni siquiera salió en su defensa cuando la llevaron, irreductible, irredenta, pero esposada y a comisaría. Como aquella fulana no quería verse mezclada con una tirada como Marina —a pesar de la insistencia de la Policía, al final, aunque la puso de puta para arriba—, ante el estupor de los agentes, no quiso denunciarla para no tener que volver a verla y, eso que los arañazos que se llevaba en prenda, le costarían un dinero en maquillaje el resto de su vida. Marina no acabó detenida, pero, aunque no la fichasen esa noche, sí la filiaron aprovechando que iba indocumentada, amén de dejar en sus archivos suficiente información para nunca más perderla de vista. Muchos fueron los policías que aquellas horas que pasó detenida, la miraron de arriba abajo, imaginando cómo sería un servicio de aquella chiquilla y, es que Marina era una de esas mujeres que, sin quererlo, con sólo arquear su espalda o estirarse en un esbozo de bostezo, conseguían que los hombres sintiesen crecer su animal particular, ese que acompaña siempre a cada uno de ellos. Al salir por fin de la Comisaría, nadie la esperaba y, Marina lloró amargamente mientras caminaba hacia la habitación que casi siempre compartía con aquel mulato. Lloró en la certeza de que al llegar él no estaría. A quien él sí esperó salir aquella noche, fue a esa zorra que, aunque no se ganase la vida como ella, era mil veces más puta. Marina ya andaba embarazada aquel día y, aunque jamás había pensado en perderlo, aquella noche supo que no lo tendría. No fue lo único que cambió aquella madrugada, a cada poco la policía empezó a molestarla y fue entonces cuando Marina tomó conciencia de que ya no saldría de aquel bucle, que ya no escaparía de las fauces de ese mundo que había visto engullir a otras chicas. Ya no paseaba por la calle de su barrio como si fuese una chica joven y nada más, tenía que alejarse, y mucho, de allí, para no sentirse observada.
Doblaba entre sus dedos repetidas veces la tarjeta de Peláez, mientras recordaba las otras muchas veces que estuvo detenida, pero esta vez era diferente, aquel tipo le había pedido que fuera a verle, había deslizado la amenaza de detenerla si no, pero al menos no la había detenido sin más, ni la había tratado con desprecio. Pero aun así, a Marina le daba pánico ir a verle, presentía que algo realmente malo le rondaba.
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