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Edición definitiva, con fotografías y un epílogo de la autora, de la novela que desde 2008 colocó a Berta Vias Mahou en primera línea de la narrativa española. Publicada en 2008, la novela fue finalista del Premio de la Crítica y ganó el Sintagma al Mejor Libro del Año. La edición actual incluye fotografías de familiares que inspiraron los personajes de la novela, algunos de los cuales, fallecidos entretanto, recuperan su nombre real. En el epílogo («A la sombra de Clara Stauffer»), la autora explica estos y otros detalles, como la impresión que recibió una tarde de finales de marzo de 1997: «Tuve una corazonada. Levanté la vista y, tras coger aire, como un buceador que se propone llegar hasta el fondo, me lancé a recorrer aquella lista negra, sin detenerme antes a leer el artículo. Los ciento cuatro nombres anunciados aparecían por riguroso orden alfabético. No quise saltarme ni uno. Y sí. Allí, entre asesinos y torturadores, entre destacados miembros de la Gestapo y las SS, entre los responsables de uno de los períodos más siniestros en la Historia europea, estaba ella. La única mujer de toda la lista. Clara Stauffer Loewe, la hermana de mi abuela materna. Tuve que leer varias veces la descripción».
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Seitenzahl: 402
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Título:Los pozos de la nieve. A la sombra de Clara Stauffer (edición revisada e ilustrada)
© Berta Vias Mahou, Los pozos de la nieve, 2008, 2024
© Epílogo: Berta Vias Mahou, A la sombra de Clara Stauffer, 2024
© De esta edición, Ladera Norte, 2024
Diseño de cubierta y colección: ZAC diseño gráfico
© Fotografía de cubierta: Carlos Mahou Olmeda, Clarita, 1919
© Fotografías de interiores: colección Berta Vias Mahou (col. BVM) y colección José Manuel Jiménez Mahou (col. JMJM), según se indica en los pies, en los que también se da crédito al autor cuando se conoce.
Publicado por Ladera Norte, sello editorial de Estudio Zac, S.L.
Calle Zenit, 13 · 28023, Madrid
Forma parte de la comunidad Ladera Norte:www.laderanorte.es
Correspondencia por correo electrónico a: [email protected]
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede realizarse con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones que marca la ley. Para fotocopiar o escanear fragmentos de esta obra, diríjase a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos), en el siguiente enlace: www.conlicencia.com
ISBN: 978-84-1290-213-6
Los pozos de la nieve
Entre y pregunte sin más
Apague aquí su cigarrillo
Manejar con cuidado. Muy frágil
Espacio reservado para publicidad
Existe un libro de reclamaciones
Cobro a domicilio. Tarifa oficial
Sírvase usted mismo
Responsable la empresa anunciadora
Se reserva el derecho de admisión
Desvío provisional
Hay lotería de Navidad
No tocar. Alta tensión
Nada que declarar
Razón portería
Se prohíbe escupir y hablar con el conductor
No doblar. Contiene fotos
Liquidación por traspaso
Coto privado de caza
Casa fundada en 1939
Peatón, circule siempre por su izquierda
Estamos de obras
Disculpen las molestias
Cuidado con el perro
Respeten el césped
Vado permanente
Más género en la trastienda
Revelado automático
¡Atención, curva peligrosa!
Naturaleza muerta
Es peligroso asomarse
Epílogo: A la sombra de Clara Stauffer
Álbum de fotografías
Para Pedro, Antón y Pedro, con no sé cuántos besos rotos
Nuestras palabras
nos impiden hablar.
Parecía imposible.
Nuestras propias palabras.
PEDRO CASARIEGO CÓRDOBA
La risa de Dios
Mi abuelo, al tomar el café, me hablaba de Juárez y de Porfirio, los zuavos y los plateados. Y el mantel olía a pólvora. Mi padre, al tomar la copa, me hablaba de Zapata y de Villa, de Soto y Gama y los Flores Magón. Y el mantel olía a pólvora. Yo me quedo callado. ¿De quién podría hablar…? Has recordado este poema, un poema con aires de canción, y los tiempos en los que el mantel olía a pólvora han vuelto a ocupar tu memoria. Y una extraña necesidad, la de venir hasta aquí, para acabar paseando como ahora paseas, entre las cruces, cuando la nieve vuelve a caer. Te subes el cuello del abrigo, te frotas las manos, vuelves hacia la entrada y te detienes ante la estela bajo un tejado a dos aguas para leer la inscripción que al entrar ignoraste. En este cementerio descansan veintiséis soldados alemanes de la Primera Guerra Mundial y ciento cincuenta y cuatro de la Segunda.
Pertenecían a tripulaciones de aviones que cayeron sobre España, a submarinos y otros navíos de la armada hundidos junto a nuestras costas. Algunos murieron en hospitales españoles a causa de sus heridas. Sus tumbas estaban repartidas por todo el país, allí donde el mar los arrojó a tierra, donde cayeron sus aviones o donde ellos alcanzaron a llegar… Has venido a pie, desde Cuacos de Yuste, dejando un largo rastro en la nieve. Las pisadas oscuras. Los cristales de hielo aplastados, derritiéndose. Esta madrugada los campos aparecieron cubiertos, aunque ahora vuelve a lucir el sol, un sol de invierno, brillante, pero débil. Las montañas aún se ven de color lila. Todavía no han despejado la calzada, aunque la puerta aquí ya está abierta. Alguien, siempre puntual, se encarga de tener todo en orden. Aun así, no ves a nadie. Estás solo. Como todas estas tumbas.
Hace tiempo que la curiosidad de unos pocos, alimentada al principio por alguna noticia en los periódicos, dio paso a la soledad de los muertos, que acaban por caer en el olvido, atrapados para siempre en tierra extraña. Nadie ha salido como tú tan temprano, sólo para ver unas cuantas tumbas. Nadie, excepto tú, el hombre que sabe que debe permanecer al margen y leer la historia que vivieron los demás. Dicen que al caer la tarde vienen algunas personas del pueblo. Que al anochecer se ven halos de luz. Y que traen flores. Una vez para una tumba. Otras para otra, al azar, porque ya nadie sabe quiénes son estos hombres, ese montón de nombres a los que de vez en cuando alguien rinde un modesto y anónimo homenaje. Tú te entretienes ahora leyendo las inscripciones, calculando la edad que tenían cuando cayeron. Oficiales, cabos, soldados rasos. Ein unbekannter deutscher Soldat.
Un soldado alemán desconocido. Y otro un poco más allá. Y otro. Nombres hermosos, con ecos muy diferentes. Las cruces, en cambio, son todas idénticas, de granito, toscas y un tanto irregulares, aunque sobrias, elegantes y no muy altas. Tienen regueros oscuros. De los frutos de los árboles. Y blanquecinos. De los pájaros. Hay hojas de roble caídas sobre la nieve. Una alfombra de condecoraciones pardas, crujientes. Y las estelas de pronto cobran vida. Son hombres uniformados, todos de la misma estatura y con el mismo porte, un ejército en formación, aunque ya no marcan el paso, no pueden presentar las armas, encogidos para siempre bajo la tierra, entre encinas y olivos encorvados, bajo un sol que no es el suyo. Un par de robles y una glicinia seca estiran los dedos hacia la luz. Y la hiedra y la retama en los lindes, junto a la tapia. Has visto tantos cementerios a lo largo de tu vida.
Pequeños, grandes, luminosos, lúgubres… Casi todos se parecen y, sin embargo, cada uno tiene una personalidad propia. La que le han dado los familiares de los muertos, también la gente del lugar, no la que hubieran querido quienes en ellos yacen enterrados. Pocos, muy pocos, parecen dispuestos a cumplir la última voluntad de los demás. Pocos, menos aún, la expresan con la sencillez y la sinceridad de un poeta. Si alguna vez muero, quiero azaleas encima de mí. Quiero una ausencia de cruces. Azaleas encima de mí… Debe de ser tan difícil resistir a la tentación del monumento. Aunque aquí nada hace pensar en la sangre, en el dolor, en el caos de los cuerpos desmadejados. Qué distinto del cementerio judío de Praga, con esa profusión de laudas, agazapadas unas sobre otras, como dientes en el interior de una boca talmúdica. Éste es un cementerio alemán. Ordenado, recto.
Hermann Kilp. 1920-1943. Günter Reinke, muerto a la misma edad. Johannes Hoffmann, a los veinte. Waldemar Sichart von Sichartshoff, a los veinticinco. Otto Reichert, a los veintiuno. Walter Klima, a los veintidós. Rudolf Tanzberger, también a los veintiuno. Alfred Schlappa, Lothar Klooss, Florian Stabentheimer, Karl Bruckner, Peter Brühl… Así hasta ciento ochenta hombres, la mayoría muy jóvenes. Seres humanos que ya no son. Como tantos otros, muertos a manos de sus semejantes. Respiras hondo. Cierras los ojos. Dicen que en tiempos de guerra hay que aprender de nuevo a vivir. Como en una cárcel. O después de una pérdida. Quizá por eso sean tiempos que se recuerdan sin cesar. Tiempos en los que en unos pocos años, en unos instantes, se vive lo que otros quizá no vivan en toda una vida, algo que a muchos les costó la suya. Tiempos de muertos que no mueren del todo.
Dicen también que en esos tiempos en los que el mantel huele a pólvora es cuando de tu interior puede surgir lo más grande y lo más vil. Las nobles cualidades, del mismo rincón que las acciones más ruines. Tal vez por eso los de guerra sean tiempos que rememoras sin cesar. Tal vez por eso el poeta añoraba que su abuelo, después de comer, le hablara de Juárez y de Porfirio, de los zuavos y de los plateados. Porque él, después de comer, se quedaba callado, preguntándose de qué, de quién podría hablar. Como tú, por más que hables para tus adentros, repitiéndote siempre las mismas preguntas. Como tú, que quisieras hacerlo en voz alta. Por fin. Hablar de todo aquello que te han contado, de lo que no te dijeron también, de lo que has podido averiguar con esfuerzo y paciencia. Hablar de Julio y de su hermano José con los codos apoyados sobre la mesa. Y de su padre. De su padre también.
De Julio y de José contemplando la carne transparente, roja, las semillas negras. De Julio y de José reunidos por última vez en torno a un mantel. Del olor a pólvora. Y de Clara, ante la tumba de su hijo, muerto también a los veintiún años, también él a manos de uno de sus semejantes. Heinrich Stauffer. 1939-1961. Has vuelto el rostro hacia el pasado y una vez más quieres detenerte, recomponer los fragmentos, no dejarte arrastrar por el futuro, porque sabes que quizá la única manera de lograrlo sea escribiendo, tratando de recuperar cada retazo de la vida de otro tiempo, pero tu ánimo es un ser contradictorio, caprichoso, al que a menudo ni tú mismo pareces entender. Tan pronto piensas que hay que hablar en voz alta, que hay que escribir y que hay que tratar de hacerlo como un poeta, como sientes una aversión invencible hacia la palabra, no sólo hablada, también escrita.
Pero no tardas en volver a estar convencido de lo contrario, de que sí, de que hay que hacerlo, de que tienes que obedecer a esa necesidad, a ese urgente deseo de coger papel y lápiz, y ponerte a escribir, aunque estás convencido de que las dudas, la sensación de que tal vez harías mejor cortándote la mano derecha, no tardarán en reaparecer. Cortarte la mano derecha, sí. Y después la izquierda, en cuanto aprenda a hablar como la otra. Silencio, te dices. Y no se hable más de ti, ni siquiera de tus manos, esos muñones empeñados en juntar palabras. Porque tú aquí no eres nadie. Sólo un hombre que debe permanecer al margen y leer la historia que vivieron los demás. Karl Bruckner, Peter Brühl, Otto Rink, lees. Los nombres de esos jóvenes desaparecidos hace años y años. Las cifras que tanto dicen, sin decir apenas nada. 1923-1943. 1921-1943. 1920-1941. Respiras hondo, cierras los ojos.
Y en el silencio sólo roto por el vuelo de una bandada de rabilargos y el tableteo del pico de una cigüeña acechas la voz del viento. Y de pronto escuchas un disparo, una bala que se hunde en la carne, que se pierde en la nada, inmensa, de otro tiempo. En tu corazón. En el de Luitgard. En el de Heinrich. En el silencio del campo todo se oye cerca y a un tiempo lejos, con lo que resulta difícil saber si el ruido vino del interior o de algún lugar ahí fuera. Y sientes un fuerte dolor en el pecho. Una silueta oscura, una sombra agazapada desde hace años en tu corazón, levanta por fin la testuz y te mira a los ojos. Despacio y a la vez de una manera súbita. Una sombra oculta tras el tronco de una encina, como una estatua de bronce reverdecida por el tiempo que de pronto cobrara vida y alzara la vista en mitad de un sueño. Tan despacio y a la vez de un modo tan repentino que aún sientes que te está mirando.
Abres los ojos, para no ver su rostro, ese rostro que te mira desde antes de que tú nacieras, que te mira desde siempre, para que deje de hacerlo, de mirarte de ese modo. Con una amenaza en los iris azules, en las pupilas oscuras. Las vainas de las glicinias tiemblan sobre tu cabeza, murciélagos de carnes lívidas recogidos en la bolsa formada por sus alas. Y los toros vuelven a mugir allá lejos. Vamos, Samuel. Trata de reconstruirlo todo. Busca los fragmentos entre la pila de escombros. Y te das media vuelta y despacio, como viniste, te marchas por el camino blanco, deshaciendo tus propias huellas, el largo rastro de tus pisadas en la nieve, sumido en tus recuerdos, en tantas preguntas aún sin respuesta, convencido de que lo más probable es que nunca llegues a encontrarlas, pero dispuesto a coger al fin papel y un lápiz. A escribir. Despacio, porque cada palabra es una lucha.
Una lucha con el deseo de callar, con la imposibilidad de hacerlo. Y aun así, seguir adelante, con la calma con la que te sentarías en un banco de una calle cualquiera a esperar que las palabras acudieran a ti, esas palabras que tan a menudo parece que se te niegan, que huyen de tu lado, pero que de pronto, cuando menos lo esperas, te llegan como lo hacen los copos de nieve, cayendo desde lo alto sobre ti, resbalando hasta cubrirte del todo. Imágenes, ideas, palabras con las que ir reconstruyendo el pasado, esa selva enmarañada, borrosa, sombría y llena de misterio que abarcas con la mirada desde lejos. Imágenes, ideas, palabras que a menudo te vienen como por casualidad. Como los sueños, sólo en apariencia azarosos. Para tratar de recomponer lo que, despedazado, ha ido quedando atrás, recurriendo casi tan sólo al presente, al infinitivo, al gerundio. Y, sobre todo, a las pausas.
No sólo en la escritura. Quisieras hablar también así. Siempre rozando el silencio. Presente, infinitivo, gerundio. Los tiempos del poeta, del conjuro. Los tiempos de la oración, no siempre agradecida. Y abandonar el pretérito perfecto, en el que tantas veces se echa en falta lo incompleto, la duda. Esa música capaz de hacernos vivir en otra dimensión, de obligarnos a imaginar, instalándonos para siempre en la generosidad de la incertidumbre. Hay tantos verbos definitivos en la vida de la prosa.
Ese tocador de caoba y largas patas cubierto de espejos, con cajones de diferentes tamaños, de los que cuelgan argollas metálicas bañadas en oro que sirven de tiradores, se ha convertido en todo tu mundo. Álbumes de fotos, partidas de nacimiento, cartas, un devocionario de hace más de cincuenta años. En su muda presencia, los cajones guardan infinidad de significados. Cada uno ofrece un viaje a un reino distinto. Abres una de las gavetas y sacas una imagen fijada sobre un cartón amarillento combado tras un siglo de existencia. La fotografía de un bebé vestido de encaje, con las mangas anchas, los faldones volando a su alrededor, los puños hundidos entre puntillas y lazos, las suelas de las botas en ángulo recto. Sobre un pedestal recubierto con una tela de dibujos geométricos y un cojín con motivos florales y borlas en los bordes, como si fuera un bocado exquisito.
O las llaves de una ciudad. O un futuro Papa, triste y guapo, con pendientes en las orejas y una medalla colgando del cuello. Los ojos cristalinos y la cabeza cubierta por una pelusa rubia casi invisible. Se aprecian hasta los pequeños clavos incrustados en el cartoncillo de los tacones. En el margen, escrito con tinta negra, un nombre. Clärchen Stauffer. Para leer una fotografía, como con un buen libro, es necesario escrutar cada detalle. Y hacerlo como quien husmea un rastro, en pos de víctimas y verdugos, repasándola una y otra vez, a diferentes horas del día, desde varios ángulos, bajo estados de ánimo diversos, a distintas edades. Sólo entonces, cuando aprendes a recorrer cada instantánea como si fuera una calle muy larga de una ciudad por la que caminaras por primera vez o unas páginas que no quisieras olvidar, las figuras, cada palabra, cada una de las escenas no te abandonan jamás.
Y tal vez hasta puedas llegar a descubrir algo que de otro modo habría permanecido oculto para siempre, entre líneas, en algún rincón de la fotografía. Tal vez entonces los secretos del pasado, los de la historia que estás leyendo, se deslicen fuera de sus escondrijos. La cama de un hospital. Sabes, porque te lo han contado una y otra vez, porque preguntas a todos, empeñado en averiguar siempre algún detalle más, esforzándote por descubrir alguna pista en las palabras de quienes estuvieron allí, en los silencios de quienes te cuentan, que fue durante una tarde de tormenta. En 1904. El día 21 de mayo. Ahí fuera llueve sin pausa. Un chorro de agua cae por uno de los canalones y golpea contra una chapa de metal. Y en la habitación, una parturienta se seca la frente. La comadrona acaba de cortar el cordón. El médico arroja a un lado un despojo. Una masa rosácea, llena de grumos de alhorre.
La recién nacida queda a los pies del lecho. Comiéndose las sábanas. No vivirá, musita el doctor sin volverse, avergonzado. Y porque aún tiene que hacer. La vida de la madre corre peligro. Lo siento, don Conrado, no se puede hacer nada… El padre no aparta los ojos del cuerpo de la niña. En su barba roja y enjuta, un incendio. Los labios, perdidos en la pelambre, ni siquiera son capaces de insinuar un reproche. Una enfermera viene con una esponja y una palangana de metal desportillada. Conrad ha encogido la cabeza entre los hombros. Es un hombre alto, pero de pronto parece un pigmeo. Y la piel, haberse pegado a sus huesos. Se sienta en una esquina, sobre el colchón. La matrona sacude la cabeza a un lado y a otro. Lo siento… Y se marcha, arrastrando los pies. La criatura sólo pesa ochocientos gramos. Se la puede coger con una sola mano, sostenerla en la palma, como a un ratón.
Un ratoncillo muerto. Konrad la observa en silencio. Tiene la piel transparente, las facciones desvaídas. Se le ven las venas, azules, rojas, verdes. Casi parece que se le podrían estudiar las entrañas. Y el alma. Sin necesidad de abrirla con un bisturí. Nada, repite el doctor. No podemos hacer nada… Y, mientras se lava las manos, también él sacude la cabeza a un lado y a otro. Después se las frota con alcohol. Se llenaría de escoceduras, añade. Moriría enseguida, con la primera infección. Al menor roce… Ahí fuera se escucha el compás de las últimas gotas. El aguacero empezó con rabia. Ahora cesa tímida, lentamente. El padre se estira y mira en torno, buscando ayuda. No se conforma con unas palabras de aliento. No es sólo por esa niña, que es la primera, pero que podría ser la última. Julia llora en silencio, los ojos cerrados, la cabeza en la almohada. Ha cumplido ya los veintinueve.
Y esperaba tener algún hijo más. Aunque de sus labios no saldrá ni una queja. Sólo sus ojos grises se han vuelto aún más traslúcidos. Konrad tiene ya cuarenta y tres y se le ve cada día más enjuto, más frágil, lejos del cazador bávaro de otro tiempo, pero sigue siendo un hombre voluntarioso, de temple ascético. Sabe que debe luchar, arrebatársela al destino, adelantarse a la ciencia. Buscar el milagro en el que ya no cree nadie. Sentado aún a los pies de la cama de su mujer, su vista de pronto se detiene. En una alacena se agazapa una masa de color blanco. Arrebujada como un bebé en un rollo de papel azul oscuro. Y a él se le velan los ojos. Una nube en rama. El cielo parece abrirse entonces en el interior de su cabeza. Y se lanza sobre ella, sobre la nube. Luego coge a la niña. Le han quitado ya la sangre y las mucosidades que le cubrían la piel. La van a envolver en un lienzo blanco.
Así es como se prepara un cuerpo para llevarlo a enterrar. Konrad trata de ahuyentar esas imágenes, pero no resulta fácil. Así es como se dispone un cuerpo para la vida en el más allá. Un cuerpo que apenas ha tenido tiempo de respirar, de oler este mundo, de abrir los ojos, menos aún de jugar y de correr por el campo con otros niños. Se hace con calma, sin lloriqueos, colocándolo en una postura serena. Boca arriba, con las manos sobre el pecho. No, masculla el padre. Y no, musita con los puños apretados. Algunos muertos se rebelan. Algunos muertos diminutos, hermosos, pueden llegar a florecer. Una vez más. Conrad vuelve a sentarse sobre la cama. Y con esa borra cruda, comprimida, va envolviendo el pequeñísimo cuerpo. Con cuidado, despacio, como los embalsamadores en el antiguo Egipto. Como si se tratara de un ritual. El médico y la enfermera le miran estupefactos.
Pero él sigue adelante, convencido de que lo tiene que intentar, aunque sin saber muy bien lo que está haciendo. Y va enfundando con la guata el tronco y los dos brazos, después las piernas. Y cada uno de los dedos de los pies. También los de las manos. Tan finos, que parece que van a quebrarse. Cada uno de los dedos, cada miembro por separado. Y lo repetirá cada día, varias veces, con paciencia, cada vez que la criatura se moje con su propia orina. Cada vez que el sudor le empape la mortaja de algodón, los días que haga bochorno. La bañarán en una besuguera, la más pequeña que encuentren en la casa, o en un lebrillo, para que no se les vaya por el desagüe. Y ella comerá y crecerá. Y vivirá. Vivirá, sí. Y de nombre le pondrán Klara Sophia. Un nombre de origen latino. Clara. Y otro de origen griego. Sofía. Konrad contempla el rostro ciego, las facciones pálidas, exangües. Su cuerpo fajado.
Será una niña hermosa, fuerte, murmura. Y algún día, una mujer intrépida, independiente… Él mismo le enseñará a leer y a escribir. En alemán, en inglés, en francés. Y en el español del país en el que viven. Julia y él son alemanes, de religión evangélica. Ella nació en Madrid, donde se estableció su padre, originario de Kassel. Conrado, en Núremberg, la patria de los soldaditos de plomo. Observa otra vez el cuerpo lívido envuelto en algodón. Clarita. Sí. Él le enseñará a respetar a las arañas. A coger lagartijas. A no temerle a nada. Y menos que a nada, a la vida. Él mismo le enseñará a tocar el piano. A esquiar, a conducir un coche. A valerse por sí misma. Y la llevará lejos. A los países oscuros, a orillas del Báltico, para ver el sol de medianoche. Y a caminar por las arenas del desierto. Y la animará a subir montañas, a bajar al interior de volcanes, a deslizarse por laderas en sombra, cubiertas de nieve.
A cruzar a nado lagunas heladas. Klara Sophia, murmura Konrad. Y alza la cabeza, sonriendo a Julia. Ha vuelto a crecer. A tener la complexión recia de un hidalgo. De un hidalgo del norte, barbitaheño.
Fue en el verano de 1910. No sólo escuchas, también inquieres hasta quedar casi igual de insatisfecho, hasta que, sin saber ya qué hacer, has acabado por preguntar no sólo a las personas, a los sueños, también a cada objeto que te rodea, a cada papel que encuentras en el fondo de un cajón, a cada imagen que se conserva en el interior de alguno de los álbumes. Sí. Fue al final de aquel verano. Unos chopos altos aplauden al viento, haciendo crujir sus cascabeles. Empiezan a perder las hojas, atigradas, que van cubriendo el suelo y llenando el alma de los jardineros de desesperanza. Se acerca el otoño. De noche se escucha el canto de las chicharras, las estrellas de la tierra cuando está caliente y comienza a enfriarse. Su sonido titila, tembloroso. Hace apenas unos meses que Julio ha venido al mundo y ya se quiere marchar, pero su padre va a intentarlo todo para que se quede.
El niño lleva un mes a agua de algarrobas. Es un escuerzo. La madre llora día y noche junto a la cuna. José, el mayor, la coge de la mano y la mira sin verla, como si contemplara un paisaje majestuoso, una montaña inalcanzable para él. Si le dan sólo un poco de leche, tendrá una lientera… El médico ha intentado explicarse un poco mejor. Se trata de un fenómeno morboso que consiste en evacuaciones de vientre líquidas y muy frecuentes. De alimentos no digeridos. Morboso… Con esa palabra, Antonia ha dado un respingo. Y enseguida, susurrando, una hoz que corta la mies de un solo golpe, el médico ha añadido: Si sufre otra, morirá… Después se ha ido, no sin insistir en que si no hacen lo que dice tendrán que llamar a un sacerdote para que administre los últimos auxilios. Así que sólo agua de algarrobas, hecha con polvo de la pulpa del algarrobo, rico en mananas y galactanas.
Una crianza azucarada y triste. Julio está cada vez más quieto. Ya ni siquiera tiene fuerzas para llorar. Ni color en la piel. Y apenas le queda luz en los ojos. Su padre, de profesión farmacéutico, no ha dicho una sola palabra en presencia del médico. Ha escuchado con educación, aunque en su interior ha resuelto no seguir sus indicaciones. Antonia, escúchame bien… Su mujer levanta la vista y le mira con los ojos muy abiertos. Le vas a dar un biberón de leche. ¡Así de grande!, exclama el hombre. Pero, Manuel, el doctor ha dicho… El padre sacude la cabeza. ¡Morirá de todos modos…! Antonia se lleva las manos a la cabeza, pero obedece. Se levanta, se aleja de la cuna, va a la cocina. Su hijo José la sigue. Ella siempre ha tenido fe en las intuiciones de su marido. Por eso se casó con él, por eso le siguió desde el día en que entró en el pueblo. Pero llora mientras calienta la leche.
Las lágrimas resbalan por su rostro, en silencio. ¡El más grande!, oye que le indica el padre de sus hijos desde el otro lado de la casa, dando una voz. Parece que se hubiera vuelto loco. No se aparta de los pies de la cuna, aferrado a los barrotes. Antonia regresa con el biberón entre las manos. José, detrás. La madre coge al bebé y su mano tiembla al ver cómo alarga los labios, cómo se agarra al pezón de goma y traga sin parar. El nivel de la leche desciende cada vez más deprisa y va dejando un rastro de espuma tibia en las paredes de cristal. Los colores del arco iris se reflejan en las burbujas blanquecinas. Lo estoy matando, murmura Antonia entre zollipos. Lo estoy matando, repite. José la mira con miedo, aunque no se aparta de su vera. Julio nació a la sombra de un sauce blanco, que dicen que trae mala suerte. ¿Mala suerte? Sabes muy bien que en este mundo no hay nada que dé mala suerte.
Como tampoco nada que la dé buena. Ni los números, ni los árboles, aunque se trate de sauces pálidos, ni las estrellas, en las que no hay nada escrito, excepto esos datos que sirven para determinar nuestra posición, para orientarse. Ni los números, ni los árboles, ni los astros, en los que sólo puedes leer lo que tú mismo imaginas y aguardas, lo que estás deseando que ocurra, aun sin hacer ningún esfuerzo por conseguirlo, poco más que mirar al cielo con el cuello doblado, las manos a la espalda y la boca abierta. Con tal de no tomar las riendas de nuestra vida, basta echar la culpa de todo a la fecha del mes si es el trece, al día de la semana si es martes o al color del último gato que se nos cruzó en el camino, con el rabo tieso. Leer el futuro en las estrellas, cuando lo llevas en la cara, en los ojos. En las estrellas, en las entrañas, en los posos del café, en las líneas de la mano no hay nada escrito.
Julio nació a la sombra de un sauce blanco, sí, pero ahora sonríe. Y poco a poco irá recuperando el pulso, el color. Al principio engordará cien gramos diarios. Y empezará a crecer. Y sus ojos, a buscar la luz. Y la sombra de ese árbol irá desapareciendo de la memoria de los suyos. Esa madera tal vez sirva para construir ataúdes, pero no serán para él. Ataúdes tan pequeños y tan blancos como el que le hubiera correspondido a Julio. Con un Cristo de juguete clavado para siempre en la tapa con los brazos en cruz, mientras el difunto encogido ahí dentro se pudre en paz. Meses después su padre venderá la botica y unas tierras. Luego, con su mujer y sus hijos, abandonará la provincia de Logroño. Se trasladarán a la capital y en sólo dos años Manuel acabará la carrera de medicina. Su único deseo, impedir que otros mueran de lo que no ha muerto Julio.
La madre de Klara Sophia y de Maria Nanette, porque Konrad y Julia han tenido otra hija, es una Loewe Hinton. De nacionalidad prusiana, aunque nacida en Madrid, Julia Josefina Enriqueta toca el piano y sabe hablar cuatro idiomas, el alemán de su padre, originario de Kassel, el inglés de la familia de su madre, Carlota Clara, nacida en Londres, el francés de la gente educada y el español del país en el que acabaron viviendo sus padres. Pero Julia es una mujer discreta. Nunca ha provocado un conflicto. Algo difícil, como ser capaz de hablar tantos idiomas y guardar silencio. Todos sus gestos son de una dulce timidez, como si tuviera que pedir perdón por estar en el mundo, donde los demás parece que se encuentran tan cómodos, por respirar y mover el aire a su alrededor. Nadie sabe lo que pasa por su cabeza. Nadie lo sabrá jamás. Nunca habla del pasado, menos aún de sí misma.
No se permite ni la más mínima concesión. Sólo esa sonrisa empeñada en contradecir la tristeza de sus ojos grises. Vino al mundo sin hacer ruido. Y se marchará sin hacerlo, aunque en ocasiones toque alguna pieza de Bach o de Schubert, cuando se queda a solas, cuando cree que nadie la escucha. Entonces, sin apenas mover el cuerpo, sólo las manos y los brazos que las acompañan, sus cabellos recogidos en la nuca se van escurriendo poco a poco y su mirada adquiere un brillo extraño. Durante una visita a la familia que aún vive en Alemania, Julia escribe a Conrado y le pide que envíe cuanto antes una carta concediéndole el permiso necesario para poder someterse a una sencilla operación ginecológica. Por correo urgente. Aunque no hay por qué alarmarse, insiste. El doctor asegura que se trata de una intervención rutinaria. Sin peligro alguno. La carta llega a tiempo.
Pero cuando Conrad y sus hijas, Clarita y Marile, van a entrar en la casa en la que Julia se ha quedado para recuperarse y guardar reposo tras la operación, oyen aullar a un perro. Sentado sobre sus cuartos traseros a la entrada del jardín, entre las sombras de los árboles, el descendiente de lobos apunta al cielo con el hocico. Un cielo oscuro, lleno de estrellas. Como los labios de Julia, en los que aún fosforece una sonrisa, aunque la tristeza en sus ojos se ha apagado para siempre. Ha muerto el 29 de julio de 1922. A los cuarenta y siete años. Y el 4 de agosto la incineran en el crematorio municipal de Múnich. Nacido en Núremberg del rentista Abraham Stauffer y de su esposa Anna Barbara Ruckert, químico de formación y de profesión cervecero, Konrad es un hombre trabajador, afable, ahorrador y prudente, que unos años después de la muerte de su mujer se decide a escribir una historia de la familia.
Una especie de testimonio moral para sus herederos. El documento se conserva en uno de los cajones del secreter de caoba que desde hace un tiempo se ha convertido en todo tu mundo. El papel está arrugado. Las letras, fantasmales, acabarán por desaparecer. La caligrafía vigorosa. Cada frase del señor Stauffer. Una vez más te dispones a leer las líneas que él escribió en castellano, sin apenas acentos, con alguna falta de ortografía, esas oraciones llenas de pequeños fallos en el uso de los tiempos verbales, de giros sorprendentes, un tanto arcaicos, en las que se trasluce su lengua materna. Una única palabra aparece en cursiva. Subrayada de ese modo por el propio Conrado. Y una vez más, al leerlo, te estremece comprobar la rapidez, la seguridad con la que generaliza aun el más cauteloso de los hombres, juzgando de manera colectiva, en lugar de hacerlo de manera individual.
El dinero no se gasta
va de mano en mano
y acaba por sedimentarse allí
donde la mano que lo recoje
siente menos necesidad
de gastarlo.
Alla por los tiempos de Napoleon llego a Nurembergo desde un pueblo cercano un pobre obrero, Hans Ruckert, y entro en una fabrica de cerveza.
Como era un hombre formal y muy trabajador, avanzaba bien en esta fabrica, llegando a ser maestro.
El propietario de la fabrica se murió y entonces se caso la viuda, que tenia un hijo del primer matrimonio, con este Hans R.
De este matrimonio habia seis hijos, tres varones y tres hembras. El mayor se hizo medico, los otros dos hijos se morian. Una hija se caso con un comerciante rico, la otra era valdada y algo sorda, quedaba sola una hija.
La fabrica de Hans R. prosperaba muchisimo, y cuando Hans R se murio en 1852 dejo la fabrica libre de hipotecas y unos cien mil florines en metalico, lo cual significaba por estos tiempos una gran fabrica.
En 1848 llego a Nurembergo un cervecero, Abraham Stauffer, desde el Palatinado, donde sus padres tenian una fabrica de cerveza, y entro como cervecero en la fábrica de Hans Ruckert.
Era entonces tambien un hombre muy trabajador y se casó con la última hija de Hans R. (mi madre). Y este matrimonio recibia en herencia la fabrica de cerveza de Hans Ruckert.
Tambien prosperaba esta fabrica mucho en los primeros veinte años, llevando mi madre los libros, y mi padre la direccion de la fabricacion.
Se vendian hasta quince mil hectolitros, lo cual por estos tiempos era una gran fabrica.
El hijo mayor, Jean Stauffer, congeniaba mal con el padre, siendo el predilecto de mi madre. Habia sido educado en un instituto de la Suiza francesa, iba despues a America y volvia a su casa paterna, para hacer el servicio militar como artillero, hizo la guerra de 1870 contra Francia y al terminar regreso a Nurembergo como teniente de Artilleria.
Aun como si habria sido hoy, recuerdo su entrada triumfal en su casa paterna, donde el siguió llevando la direccion de la fabrica, mientras el padre ya se ocupaba poco de la fabrica. Caballos de montar, cacerias, mujeres, etcetera.
Sobrevenían despues desgracias en la fabricacion y financieras. Desavenencias y rejertas entre el matrimonio y el hijo.
Mi hermano mayor era un hombre muy inteligente. Hablaba el frances y el ingles perfectamente. Se lanzaba a exportar cerveza, donde teniamos muchas perdidas. Tenia un orgullo soberano y se creia como un Stauffer un ser sobrenatural y de una raza superior.
A causa de los disgustos continuos con el padre, al fin se marcho de la casa, empezando por cuenta propia una pequeña fabrica, que despues de algunos años quebro.
Despues de haber cumplido con el servicio militar, entraba yo en la fabrica, para ayudar a mi madre en llevar los libros y demas quehaceres de la fabrica, el padre se cuidaba muy poco de la fabrica.
Pero ya era tarde, yo tenia entonces veinte años y poca practica de la vida y de los negocios.
La fabrica cargada con tercera hipoteca, poco dinero en la caja, prolongaciones de letras continuamente, el credito casi nulo y judíos.
Al fin tenia que declarar la quiebra, para que los judíos no se adelantaban para perjudicar a los otros acreedores.
Y vendida la fabrica malamente, los acreedores aun percibian el 45%.
Quince días despues de la declaracion de la quiebra, cayía enfermo de tifoideas y al salir de esta enfermedad y haberme curado, mi pobre madre tenia que salir de la casa, donde habia nacido y donde habia trabajado tanto, dia y noche.
Esto ha sido el triste final de esta familia.
La causa principal: el orgullo, un amor propio exagerado, la creencia de ser un hombre especial, muy por encima de los otros hombres. Las rejertas y disgustos en la familia y las desavenencias. Y sobre todo, eso de no saber compaginar los gastos con los ingresos. De esto se comprende claramente como una familia sube y como baja.
Para mi ha sido una buena lección para toda la vida: Si en seis dias de la semana tengo el puño cerrado, el septimo puedo abrir la mano, pero si en seis días tengo abierta la mano, el septimo no tengo nada dentro del puño.
Ése no ha sido el triste final de la familia, sólo el de una fortuna. Tiempo después de que se perdieran las dos fábricas en Alemania, Konrad se vino a Madrid y entró a trabajar como ingeniero jefe en otra fábrica. La de hielo y cerveza de los hijos de un hombre venido como él desde el extranjero, Casimiro Mahou Bierhans, nacido en Metz, en la región del Mosela. Ellos viajaron a Núremberg para contratar a un maestro cervecero. Y se trajeron a Conrad, quien al cabo de unos años se casó con Julia, hija de un próspero comerciante alemán. Marile, la menor de sus hijas, nacida en 1906, se casará a su vez con Carlos, el primogénito varón que uno de los dueños de esta nueva fábrica, Enrique Mahou y Solana, tuvo con su segunda mujer, Eladia Olmeda, su ama de llaves. Aunque él se quedará también sin su participación en esta fábrica, que el Consejo Obrero incautará en 1936.
Dos años después, bajo coacción, Carlos y su hermano menor, Casimiro, cederán la propiedad al Consejo. Pero la cesión será anulada por ilegal en el 39. Y cuatro años más tarde Carlos venderá su parte a sus primos Casimiro y Margarita Mahou García. También la de su hermano Casimiro, otro 25 %, sin consultarle, porque entonces estará en México, adonde, dicen, habrá huido acusado de ser un rojo. Con un camión de cerveza iba al frente de Valencia para salvar a niños. Carlos después lo irá perdiendo todo, administrando mal y derrochando, sin trabajar. Por suerte para sus descendientes. Lo que desde un punto de vista mundano se suele considerar como una tragedia, puede resultar una bendición. Cuando eres rico aprendes a hablar idiomas, a tocar delicados instrumentos de música, a ejecutar con maestría cualquier baile de salón, a paladear platos exquisitos y vinos carísimos sin mover una ceja.
Y a menudo también a maltratar al servicio. A despreciar a los que no son como tú, a mirarlos por encima del hombro. Cuando no lo eres, cuando has visto a tu madre trabajando día tras día, sin tiempo siquiera para enfermar, madrugando para no volver a casa hasta bien entrada la noche, en invierno y en verano, cuando la has visto zurciendo hasta la ropa interior con una sonrisa en los labios, aprendes a disfrutar de la espera, a tener paciencia, algo que tal vez nadie o casi nadie aprecie, que sin duda nadie envidiará, pero que a ti te ha hecho más hombre. Pero, ¿por qué no pones en práctica tus propias palabras? ¿Por qué hablas y hablas cuando nadie te ha preguntado, cuando nadie ha pedido tu opinión, convencido como estás de que hay que aprender a aplazar el juicio, a ver con calma, dejando que hasta los objetos se te acerquen y te hablen, tratando de abarcar cada caso desde todos los ángulos?
Tú mismo has dicho que debes permanecer al margen y leer la historia que vivieron los demás.
Cada instante de tu vida, cada momento en la vida de los demás, quiere decirte algo. Cada pedazo de papel, cada imagen, es un aviso. Una advertencia a media voz. Y tú, en el silencio de la noche, casi tienes miedo de que los objetos de pronto te susurren algo al oído, aunque debes prestar atención, no perder ese hilo de voz, recuperar cada detalle para recomponer ese manojo de escenas rotas y tratar de aplicar la lección de los muertos. Paz, piedad, perdón… Venga, Samuel, inténtalo. De las rajas se escurre un líquido pegajoso, dulzón. Las gotas de un rojo desleído manchan allí donde caen. Y ellos escupen las semillas en el plato. Unas, negras. Otras, casi ámbar. Parecen estar oficiando. Con los codos sobre la mesa. Y las porciones de fruta entre las manos, alzadas. Antes de abrirla, redonda, de un verde casi negro, la observaron en silencio. Un silencio respetuoso.
La madre la cortó y ellos encogieron los hombros al sentir cómo crujía la corteza al paso del cuchillo. Al ver cómo asomaban los otros colores. La pulpa encarnada, aguanosa. El amarillo verdoso de los bordes. Al recibir su olor. Los regueros de jugo corren ahora por las barbillas de los más pequeños mientras juegan con las pepitas. Esquivas, se escurren entre sus dedos, embadurnados con la viscosidad de la ligamaza. Juegan a dispararse. Balines negros, relucientes, que casi nunca dan en el blanco, que se estrellan contra el mantel o en el suelo. ¡Niños!, grita Antonia. ¡Debería daros vergüenza…! El padre la mira con aire cansino, soñando con un mundo en el que la paciencia no sea una virtud tan rara. Los pequeños recuperan los proyectiles, los aplastan entre los dientes. Han comido de todo, acostumbrados a las habichuelas con cocos, a los gorgojos en los guisantes, en las lentejas, en el arroz.
Y no sólo a los tropezones que mueven las patas, también a las piedras, camufladas entre las leguminosas. Al olor y al sabor intensos de la carne de caballo. Hace mucho que no toman una fruta como ésa. Un paciente se la trajo al doctor Jiménez. El tiempo está de tormenta, murmura don Manuel, dejando a un lado la cáscara con las marcas de sus mordiscos. Antonia le mira perpleja. En el mes de agosto su marido perdió el oído casi del todo durante un bombardeo, cuando asistía a un parto. ¿Cómo va a saber que se avecina una tormenta? Pero acecha el silencio y comprende. Convoyes militares. Una vez más entran y salen de Atocha. La mesa tiembla. Y de la pared, a la entrada de la cocina, se descuelga un calendario amarillento, en el que se lee un anuncio: Aceite inglés. Parásito que toca, muerto es… Y con él, colgada de la alcayata, la bolsa de redecilla que ella usa para hacer la compra.
Uno de los pequeños se levanta para recoger el calendario y la bolsa, pero en ese instante se oyen unas fuertes pisadas en la escalera. Y voces. Abran o echamos la puerta abajo… Y unos golpes. Ellos se miran, asustados. Sí. Llaman. A su puerta. Julio se levanta. Vendrán por tu padre, susurra Antonia. Y agarra a Julio de una muñeca. Quédate quieto… Y se oyen nuevos golpes. Ahora es José el que se levanta y va a abrir. De todos modos, la habrían tirado. ¿Ves, Manuel…? Ya está Antonia con sus reproches. Echándole en cara, con esa sencilla pregunta, que se empeñe en defender los tribunales, la legalidad, ahora que los juicios son sumarísimos. Os lo dije, Julio. Ya sabía yo que todo eso no traería nada bueno… El hijo se defiende. Vamos, madre, no es el momento… Don Manuel no dice nada. Lo más probable es que no haya oído los inoportunos comentarios de su mujer.
Una mujer que cree que todo lo puede arreglar llorando o desgranando un rosario de quejas y recriminaciones. Levantando empalizadas a su alrededor con la impaciencia de su lengua. Una manera de hablar que ha hecho que Julio haya perdido el gusto por la conversación. Cualquier intento de contar alguna cosa se ha visto siempre truncado por frases como «pásame la sal», «come un poco más de verdura», «ponte derecho». La presencia aplastante de la madre. De sus pequeñeces. Todas esas exigencias con las que ha ido arrinconando la racionalidad, la lógica tranquila y justa de su marido. Una voz desde el rellano de la escalera grita: ¿Manuel Jiménez de Tejada, vive aquí…? El padre de Julio y de José se llama así. Sí, Manuel Jiménez vive ahí, pero su hijo mayor no contesta. Y varios hombres armados se cuelan en el interior. José ha tenido que retroceder unos pasos para que no le arrollen.
Aun así, el primero le da un empellón. Y tras él se meten todos en el pasillo, oscureciéndolo, la tormenta que hace un momento anunciaba su padre. Y en el comedor. ¿Qué buscan?, inquiere Antonia, dejando caer la silla a sus espaldas. No es necesario decirles que pasen. Aquí los buenos modales están de más. Julio, los demás hermanos y el doctor también abandonan la mesa. Los pequeños se pegan a los costados de Antonia, una mujer débil, pusilánime, aunque robusta, una mujer cuyo cuerpo blindado entre ballenas inspira seguridad y calor a los niños, a pesar de los lloros. Los intrusos obligan a los mayores a ponerse contra la pared, a levantar los brazos. Y les palpan el cuerpo en busca de alguna pistola. Sin resultado. Aún hay pipas tiradas por el suelo. Las balas de esta familia sin armas, inofensiva, acorralada. Uno de los hombres se agacha y levanta el calendario. Y la bolsa de redecilla.
Trata de colgarlos, pero la alcayata, demasiado suelta en ese hueco cada vez más grande, se escurre con el peso. El polvillo cae en cascada rozando la pared pintada al temple. Con un rumor imperceptible. Y el calendario y la bolsa vuelven al suelo. Otro de los hombres corta una raja de la sandía y se la lleva a la boca. Hace tiempo que él tampoco come algo así. El tercero señala con el revólver a Manuel y a José. Es usted José, ¿verdad?, pregunta. Vénganse con nosotros… Antonia protesta y los niños se pegan aún más a su cuerpo. No puede moverse. No se preocupe, dice uno de los guardias. Volverán enseguida. Esta misma noche… El que da tantas explicaciones aún lucha con la alcayata. Y se los llevan. A José y a su padre, tal como están, en mangas de camisa. No les dejan coger nada de su antigua vida, no tendrán una nueva. En este momento la esperanza, como los buenos modales, está de más.
A nadie se le escapa. No buscan a Julio, tampoco a los dos pequeños, ni a Antonia. Sólo a don Manuel Jiménez de Tejada. Al médico que no hace distinciones, al médico que atiende a cualquiera, sin importarle si lleva boina o sombrero. Que cura también a los señoritos. Al médico y a su hijo mayor, su ayudante, que siempre le acompaña. Julio también da unos pasos tras ellos, pero la madre le tira de la camisa. Julio, ¿qué haces?, pregunta don Manuel. ¿Has perdido el juicio…? Julio sonríe. Yo también soy médico, confiesa. Y se estira, orgulloso. ¿Qué otra cosa podía ser? Hay profesiones que pasan de padres a hijos. Son un tesoro tan grande que uno no puede gastarlo. Y ésta de la medicina es aún mayor, una maldición, una condena. Antonia coge a Julio del brazo. Uno de los hombres se vuelve y le da órdenes, a gritos. Voces categóricas, omnipresentes. En la familia, en la escuela.
Por eso Julio siempre ha buscado la libertad en las páginas de los libros, imaginando otro mundo, empeñado también en construir algún día algo mejor. No se lo quieren llevar. Y él tampoco está dispuesto a obedecer. Siempre ha sido un cabezota, nunca se ha callado nada, aun siendo de pocas palabras. Y ahora se zafa de la garra materna, de esa montaña de sentido común que no tardará en derrumbarse, y les sigue, sin volverse. Y sin darse cuenta de que los deja solos. A su madre y a sus hermanos pequeños, catorce y quince años más jóvenes que él, que hace tiempo que ya no vive ahí con ellos. Como tampoco José. Sólo vinieron a comer. Como tantos otros días. Julio sigue a su padre y a su hermano mayor. Convencido de que si les acompaña él, conseguirán volver enseguida. Y uno detrás de otro, una triste columna encañonada, bajan el primer tramo de las escaleras.
