Los preciosos - Katy Salazar - E-Book

Los preciosos E-Book

Katy Salazar

0,0

Beschreibung

Los Preciosos es una historia de amor, del amor de Verónica a su abuela, a sus primeros años, a sus sueños, a sus recuerdos, a sus amigos, a un militar de alto rango que le ofrece abrigo. Es una novela donde está presente el suspense, el peligro, la sospecha. Es una reflexión sobre lo perverso que puede llegar a ser ofrecer incentivos y exigir resultados dentro de una política de guerra. Es una denuncia social. Es una novela de ficción basada en hechos reales que se desarrolla en Bogotá entre los años 2006 y 2008.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 266

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Katy Salazar

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-594-9

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

A mi Antolín.

Si volviese a nacer, me volvería a casar contigo.

CAPÍTULO 1 BIBLIOTECA DE RECUERDOS (Cambridge, agosto de 2008)

Carla Flores aparece en el listado de los cuarenta estudiantes de un curso de verano de literatura de la Universidad de Cambridge. Carla es un nombre que me gusta, pero no es el mío, mi verdadero nombre es Verónica Sánchez. Mi nombre, posiblemente, formará parte de otro listado, el de internas de una prisión de un país en el que las cárceles están casi todas a reventar. Estoy sentada en un aula de clase, en una silla de la tercera fila, justo al lado de la ventana. Parece ser, que mi falso apellido, Flores, se está encargando de darle un buen aroma a mi nueva vida.

Desde la ventana del aula puedo ver la biblioteca de la facultad. En ese sitio seguro que habita el alma de centenares de sabios. Allí he pasado varias tardes de las casi cuatro semanas que llevo de estudiante. Estas bibliotecas tan antiguas almacenan libros que deben estar bajo llave, esos que por tener firmas o dibujos originales difícilmente los prestan al público. Esos textos son como los secretos que guardamos los seres humanos, esos tan íntimos que no los dejamos ver a nadie. Lo increíble es que allí, escondidos, construyen la verdadera imagen de nosotros mismos.

Estamos en pleno mes de agosto de 2008. Imagino una biblioteca de recuerdos. Estaría bien poder disponer de ellos. Darle una orden a la mente y que traiga al presente lo que queremos ver del pasado. Alguna escena la pediría con mayor frecuencia para poder meterme en ella en busca de la ternura de aquel instante. De vez en cuando pediría algunos malos momentos para tirarlos directamente en el cubo de basura del olvido; esos malvados son los que se posan como una losa pesada y nos impiden caminar a gusto. No funciona así, nuestra mente siempre hace lo que quiere, nos trae a la cabeza el recuerdo, bueno o malo, que a ella le apetece lucir.

Hay unas imágenes que vuelven a mí una y otra vez. Son las primeras que aparecen cuando me despierto y son las últimas en irse cuando me duermo. Pertenecen al apartado de los secretos de mi biblioteca de recuerdos. Unas intrusas difíciles de mantener a raya. Ellas hacen mucho ruido. Intento acallarlas, aplastarlas, destruirlas. Se las arreglan para crujir debajo de sus ruinas. Es como si se unieran y formaran una onda subterránea que está latente. Una fuerza que me llama y me atrapa y me incita a mirarlas. Se han convertido en mi particular agujero negro;es posible que algún día me caiga en él y desaparezca.

Quienes estudiamos en los cursos de verano de literatura dormimos y comemos en Selwyn College, uno de los treinta y uno con los que cuenta la Universidad. El más antiguo se construyó en el siglo XII. Mirando esas imponentes construcciones, me sorprende que América no hubiese sido conquistada hasta el siglo XV. Selwyn College es uno de construcción relativamente reciente. Alrededor de un cuadrado de hierba, muy bien cortada, se levantan varios edificios que parecen palacios, incluida una capilla y un comedor. Es un sitio en el que se respira amor al saber.

Las habitaciones son individuales. La mía tiene una cama de ancho célibe, un armario donde he colgado y doblado mi ropa de verano y de otoño, es decir, toda mi ropa. Sobre la mesita de noche hay una lámpara amarilla; al lado he puesto mi tarro de galletas de lata, que tiene ya un color desteñido con apariencia de reliquia recién desenterrada. En el baño he colgado mi albornoz de seda. Una mesa de estudio, sobre ella mi ordenador portátil. La maleta vacía la he puesto debajo de la cama para que no estorbe. Dentro he dejado la plancha de viaje y una libreta donde están mis ilusiones. Mi abuela decía que es importante escribir los sueños y perseguirlos, de esa forma ayudamos al tiempo a esculpir nuestro destino. Estas, son en suma, todas mis posesiones.

El comedor del Selwyn College es un recinto alargado de madera, con techos muy altos y con una chimenea al final del salón. El desayuno se sirve a partir de las ocho horas. Nos ponen varias jarras de café y té, y podemos tomar tostadas y panecillos de una especie de bufé que ponen a un lado de la mesa. La comida del mediodía es libre y la cena se sirve a las diecinueve horas, no tenemos sitios asignados. Me siento donde haya lugar, nadie me guarda un puesto a su lado. Carla Flores en estas tres semanas no le ha dado mucha importancia a hacer relaciones. Para acercarse a la gente hay que decir algo de uno mismo, ofrecer un poco de su pasado, para crear un presente. Yo del pasado de Carla no sé nada.

Los días de verano son perfectos para quienes asistimos a estos cursos. Por la mañana tenemos una clase magistral, donde se tratan los grandes temas. Por la tarde nos citan a un taller literario, con menos alumnos, donde se trabaja sobre textos específicos. A mí me ha tocado con un profesor de pelo, cejas y barba blanca, y que parece que se ha leído todos los libros publicados hasta hoy. Después de la cena estamos convocados a un recital de música o a una obra de teatro y, luego, todos al pub. No se puede ser más feliz.

Ayer por la tarde, a la hora de la cena, fui una de las últimas en entrar al comedor. Le escribí un correo electrónico a LuisMi para saber si había alguna novedad. Me respondió inmediatamente:

—Ninguna. De aquello en ningún medio de comunicación se ha publicado una palabra.

Muy tranquila con esa respuesta, me tomé mi tiempo antes de entrar; todavía había suficiente luz y podía admirar la paz que se respiraba en aquel lugar.

Me detuve en la puerta para divisar algún asiento libre. En ese momento, un hombre de unos treinta y tantos años se levantó de su silla y me hizo una señal con la mano para indicarme que justo enfrente de él había una plaza libre. Me pareció un poco extraño y supuse que su amable invitación se dirigía a otra persona, pero yo era la única que estaba de pie buscando un lugar. No había duda de que era a mí a quien invitaba, así que hacía allí me dirigí.

—Buenas tardes, siéntese, por favor, le estaba reservando sitio —dijo en español.

—Muchas gracias.

Un frío intenso recorrió todo mi cuerpo y sentí una especie de entumecimiento en el estómago. La sensación de tranquilidad que me había dejado la respuesta de LuisMi se fue de mi corazón de golpe, al mismo tiempo que la sangre de mis mejillas. Un sabor ácido llenó mi boca y las palabras me abandonaron como si se hubieran ahogado en esa acidez.

A mí la cara de ese hombre tan amable, que me reservaba un lugar, no me decía nada, nunca la había visto. A juzgar por su traje, camisa blanca y corbata azul, que contrastaba con la ropa informal de quienes estaban sentados a un lado y a otro de la mesa; él estaba trabajando, cumpliendo posiblemente una jornada laboral. Podría ser una persona enviada por la secretaría de la universidad para comprobar mi identidad, yo había presentado solo una fotocopia del pasaporte el primer día del curso. De repente lo tuve claro: se trataba, sin lugar a duda, de un policía vestido de civil. ¿Cómo era posible que me hubieran encontrado en ese lugar donde me sentía segura, libre y anónima?

Sí, eso era. Parecía que había llegado el momento que tantas veces había imaginado. Me arrestarían en el supermercado, o comprando el periódico, o pagando con la tarjeta de crédito, o derribando la puerta de mi habitación en la pensión Los Remedios de la Abuela. En todos esos ensayos de mi captura yo estaba sola. Hoy estaba en medio de muchas personas. Además de miedo, sentía vergüenza.

Ese hombre en los siguientes minutos iba a subir de volumen el ruido de mi historia. La estantería con mi biblioteca de recuerdos completa se me venía encima, se iba a caer con todo su peso sobre mí.

Entraría al recinto más de un agente de policía, con uniforme. Tal vez ya tendrían rodeados los palacetes de la sabiduría. El hombre amable que tenía enfrente se levantaría de la mesa y diría en alto mi verdadero nombre: Verónica Sánchez. Le haría una señal a sus compañeros para que procedieran. Me pedirían que me pusiera de pie, me esposarían, me leerían mis derechos. Todos los allí sentados, mis compañeros, gente interesada en las letras, se quedarían mirándome, entendiendo un poco mejor el porqué de mi actitud huraña en aquellas semanas.

Me veía a mí misma con las esposas puestas, sin oponer resistencia. Sin tampoco poder detener mis palabras, que saldrían incoherentes a toneladas diciendo que sí, que yo era culpable, pero que habría sido imposible hacer otra cosa, que era una cuestión de justicia. Tendría que dar voces, porque lo que es cierto es que esas palabras las he tenido guardadas en el silencio, desde aquel jueves, en la soledad de los secretos.

CAPÍTULO 2 MIS JEFES (Bogotá, enero de 2006)

—Buenos días.

En mangas de camisa, con una taza de café que parecía que ya era la segunda, que ya llevara como una hora trabajando, y no eran todavía ni las ocho de la mañana, el director general de la empresa nos citaba en su despacho todos los lunes. Desde el día que me hizo la entrevista para contratarme me tiemblan las piernas cuando estoy delante de él. Generalmente está en su silla de respaldo alto, la mejor de la empresa, con sus brazos cruzados. Lo llamo para mí: Gran Jefe Toro Sentado.

Nos sentamos en las dos sillas enfrente de su mesa. Se dirige a María Cuesta, mi jefa directa.

—Ayer recibí una llamada de... —Descruzó sus brazos y miró sus notas para decirlo con precisión—. La Unidad Tercera de la comandancia en tierra del Ejército Nacional. Quieren que les organicemos un seminario de ocho días, en las instalaciones del centro de convenciones. Acabo de enviar el contrato firmado. Necesitamos emplearnos a fondo para que salga todo bien —dijo cruzando sus brazos de nuevo—. Podría ser el inicio de una larga relación. Parece que los militares quieren impulsar un programa de formación continuada. Nos entenderemos directamente con… Déjame revisar. —Habla siempre en singular, no sé por qué nos cita a las dos a su despacho, yo no existo. Supongo que es un tema de jerarquía. Buscó en su bandeja de entrada de correos electrónicos—. Sí, aquí está, con el sargento Roque, asistente del teniente coronel Omar Téllez. Por favor, llámalo lo antes posible y dile que nos ponemos a su disposición. Te reenvío sus datos. Eso es todo, buen día.

Mi jefa y yo salimos al mismo tiempo del despacho del director, ella se dirigió al cuarto de baño con su nariz mirando para arriba, caminaba como si le oliera el aire. En aquel lugar María pasaba casi una hora todas las mañanas, las mujeres lo sabíamos. Yo, directamente a mi mesa de trabajo.

Era lunes, un lunes de aquellos en los que amanezco desenfocada. Si me hubieran hecho una foto allí sentada sin moverme seguro que hubiera salido borrosa, aunque admito que estar enfrente de Gran Jefe Toro Sentado me pone tan nerviosa que, al menos, me hace abrir bien los ojos.

Con mis veinticinco años, yo era la empleada, después de Gran Jefe Toro Sentado, más antigua de esa empresa. La actividad de organizar eventos la habíamos iniciado él y yo. Me había contratado como su secretaria tres años atrás. Yo hacía de todo, de recepcionista, los borradores de los contratos, recibía las inscripciones, facturaba, cobraba, pagaba a las empresas proveedoras, ponía la publicidad de los eventos, enviaba las cartas de invitación, sonreía a los participantes, redactaba y enviaba las memorias... Creía que hacíamos un buen equipo, él de brazos cruzados dirigiendo, y yo haciendo todo lo que hiciera falta. En ese momento no podía ver el cambio que se venía, ni puse en valor el alcance de mi propia tranquilidad de aquellos primeros años.

Desde muy chica suelo enamorarme platónicamente de los que están por encima de mí. Cuando asistía al colegio, que era de monjas, me enamoré del único hombre que tenía permiso para entrar al claustro, además del cura que daba la misa diaria: el profesor de educación física. Él me miraba como quien ve a una morsa porque yo nunca podía hacer ningún ejercicio físico bien. Y de hacer una voltereta, ni hablar. Se llamaba Héctor y yo pensaba en él como Héctor, el de Troya. Luego, me enamoré de mi profesor de conducción, que no podía ser más gordo; tenía cara de pan, pero a mí me deslumbraba su destreza al volante. A ese le pagué muchas clases particulares, tardé mucho en que me aprobaran el examen. También de un profesor de inglés del Colombo Americano, del que supe que le gustaban los chicos como tres meses después de ocupar una silla de la primera fila y no enterarme mucho de la clase por estar suspirando por sus blue eyes.

Mi amor por Gran Jefe Toro Sentado no era de ese tipo de amor. Yo lo veía como un hombre sabio, era difícil ver sus ojos detrás de esas gafas con cristales de culo de botella, me parecía que con ellas lo veía todo, más allá de las apariencias. Su familia para él significaba mucho. Tenía la foto de su mujer y sus dos hijas sobre su mesa de trabajo. Cuando hablaba con alguna de ellas por teléfono le cambiaba la voz, se comunicaba con ellas con suavidad, con ternura, yo sentía una especie de envidia. Yo trabajaba por amor, pero no del platónico, ni el de los besos con lengua, sino del de verdad. Yo veía en Gran Jefe Toro Sentado, tal vez, al padre que no conocí.

Habían pasado ya dos años de mi vinculación a esa pequeña empresa, cuando se celebró una junta directiva que nos cambió nuestra coordinada vida laboral.

—Pon, por favor, un aviso en el periódico para contratar gente profesional en ventas y en organización de eventos, con experiencia y con alto nivel de inglés. —Me quedé mirándolo como pidiendo una explicación.

Hubo un silencio un poco incómodo.

—Lo has hecho muy bien —dijo dirigiendo sus cristales gruesos a mis ojos—. Tal vez lo hemos hecho demasiado bien. Hemos dado tan buenos resultados que ahora la junta directiva quiere ampliar las líneas de negocio. Quieren que la empresa eleve su cuenta de resultados. Todos tenemos un jefe, no lo olvides. Estamos en la era de los resultados.

Un año después, la empresa había alquilado un espacio mucho más grande, abarcaba toda una planta del edificio Colomer. Había contratado a ocho empleados por encima de mí. Mi nuevo cargo era de asistente del departamento de marketing. No volví a ver a Gran Jefe Toro Sentado cerca de mí, excepto los lunes en la reunión en que yo no existía, ni volví a escuchar las conversaciones con sus hijas. Y yo casi gano el mismo sueldo de mi primer día de trabajo.

A Gran Jefe Toro Sentado se le acabó el buen humor. Bajó de peso. Lo veía casi siempre con un cigarrillo en la boca. Había empezado a fumar tardíamente, los cigarrillos no los aspiraba, más bien los soplaba y luego le daba una especie de ataque de tos. Se le veía agrio, con cara de preocupado, como si se hubiera sumergido en la amargura. Era normal, había que pagar casi el triple de alquiler y la nómina de los nuevos profesionales tan bien cualificados. Todos esos nuevos empleados tan excelentes quedaron por encima de mí en escala de mando y, cómo no, en retribución. En resumen, todos eran mis jefes. Por debajo de mí solo estaba Merceditas, la señora de la limpieza y quien nos servía un café a cada uno por la mañana, siempre con su pintalabios fucsia y sus pendientes a juego. Con Merceditas, más que una amistad, ella y yo teníamos una complicidad de clase.

Mi jefa directa, con la que estaba todos los lunes por la mañana en el despacho del director, se llamaba María Cuesta, aunque desde que entró a la empresa la empecé a llamar con mis labios cerrados: María-me-cuesta-mucho-soportarte. Se presenta todos los días en la oficina una hora y media más tarde del horario que tenemos todos los demás. Y lo hace como si no le importara nada su ropa informal de marca, aunque seguro ha pasado horas eligiéndola, ni tampoco su peinado, que es una especie de moño que sujeta su pelo muy liso de peluquería con una goma, de tal manera que con ese desorden muy planificado deja claro que es una chica bien de Bogotá.

Hoy, como es lunes, es el único día que mi jefa llega pronto para asistir a la reunión de Gran Jefe Toro Sentado. También tiene otra ilusión: es el día que llega por correo la revista Semanal. Se encierra en su despacho, le echa una ojeada a la página editorial y a alguna noticia píldora de la sección del confidencial. Su verdadero interés es llegar a las páginas de cotilleo de la alta sociedad, donde seguramente aparecerá alguno de sus conocidos de su barrio, de su colegio o de su universidad. A continuación:

—Gordi, ¡ven, mira! —grita. Lo de «gordi» me recuerda siempre mis cinco kilos de más, que reposan casi todos en mi barriga y que Merceditas pretende rebajar con las tostadas integrales que me pone con el café. Me señala la foto de algunos de los protagonistas de la revista Semanal, que según ella son sus íntimos. Habla de ellos con nombre en diminutivo y apellido: Claudita Urrutia, Marcelita Iragorri o Raulito Ocampo. Creo que en el fondo solo espera cada lunes encontrar su propia foto con su moño desenfadado, que tanto le favorece, en la revista y así poder dar un real alarido.

María pertenece a una familia bien, estudió en un colegio bilingüe, al que seguro que para entrar sus padres tuvieron que pagar un bono que es una millonada, y asistió a una universidad privada muy cara. Los buenos trabajos en Colombia son para ellos; todos los demás, excepto algún genio como Gran Jefe Toro Sentado, que estudió en universidad pública, estamos a sus órdenes. La vida de María-me-cuesta-mucho-soportarte, su educación, sus múltiples viajes de vacaciones, sus relaciones sociales, su nariz levantada como si le oliera el aire y su arrogancia me recordaba instintivamente lo difícil y escasa que había sido la mía.

En mi barriga de gordi tengo una tranquilidad. Está compuesta principalmente de las espesas y ricas sopas con las que mi abuela me alimentaba de niña: el ajiaco, el cuchuco de trigo con espinazo, la mazamorra, el mondongo y el sancocho. A juzgar por lo mal que les habla a sus padres, a María-me-cuesta-mucho-soportarte la crio una nana. Por supuesto, sin una abuela que le diera abrazos y que la quisiera tanto como la mía me quería a mí. La nana la debía de alimentar con acelgas y coliflor hervida. Un horror. Eso, seguro.

A los cinco minutos, en la bandeja de entrada de mi correo electrónico, apareció un nuevo mensaje de mi jefa. Simplemente me estaba reenviando el mensaje de Gran Jefe Toro Sentado, con una nota amable de ella:

—Encárgate, gordi.

Luego pasó por mi mesa y me dijo, en bajito, que ella hablaría directamente con no sé quién, con nombre en diminutivo y apellido conocido, para el catering de la clausura.

—El evento nos va a salir di-vi-no.

CAPÍTULO 3 EL PALACIO

Parecía que mi abuela Candela hablaba sola. Su manera de ver la vida se la susurraba a las ollas cuando cocinaba, a las plantas cuando las regaba, a las sábanas mientras hacía las camas, a los pantalones cuando los planchaba, a un calcetín mientras buscaba su par.

Acariciando las ramas de un helecho que colgaba en el salón de la casa, un día le escuché decirle:

—No necesitas flores ni frutos, bonito, así te critiquen. No siempre hay que hacer lo que los demás te piden que hagas. Qué más dará, lo importante en la vida es no perder la suavidad, escúchame bien, y nunca pierdas tu ternura. Qué hojas más verdes y bonitas tienes.

A la lavadora solía decirle:

—Eres como la vida, gordita mía. Nos das muchas vueltas. Nos estrujas. Unas veces nos pones arriba y otras veces nos pones abajo. Lo que es cierto es que después de tanto meneo que nos das, todos, absolutamente todos los humanos, salimos medio secos y muy arrugados.

Le gustaba sentarse con su cesto, lleno de lanas e hilos, al lado de la ventana, para ver mejor con luz natural. Solía empezar su labor diciendo que todos estamos descosidos en algún sitio.

—Un rato con una amiga, con un café y un poco de dulce, es el mejor remiendo.

Cuando ponía la olla para hacer el arroz blanco, alimento fundamental en la mesa de los colombianos, me decía:

—Esta, hija, es la única verdad verdadera que existe y se puede probar. Dos tazas de agua por una de arroz. Eso es lo único cierto. Lo demás, en la vida, es subjetivo. Depende de las circunstancias, del momento, de quién lo vea, de quién lo diga y de quién lo haga. No hay verdades absolutas.

Y así pasaba los días mi abuela, dando discursos sobre la existencia.

La abuela y yo vivíamos en un palacio. Un espacio acogedor donde todo tenía su lugar, la ropa doblada y planchada en sus respectivos cajones, el suelo muy brillante y los muebles muy limpios. Pedirle a la gente que se quitara los zapatos cuando venía a vernos nos parecía un poco excesivo, así que dejábamos en la entrada de la casa varios trapos de lana del tamaño de una suela grande de zapato para andar sobre ellos. En nuestro palacio no se caminaba, se patinaba. Todos los muebles eran de color madera. Limpiar el polvo era la medida del tiempo de mi abuela, un día sí y tres días no. Las cortinas eran color verde y tenían rosas pequeñitas. Yo tenía la impresión de que, cuando corría las cortinas y abría las ventanas del palacio, hasta el cielo era de un azul más limpio.

Sobre la mesita de noche de la abuela había una foto donde aparecíamos las dos, ella agarrándome la mano con fuerza en el parque nacional de Bogotá. A ella le encantaba esa imagen. A mí no me gustaba mucho, yo solo me veía gorda, despeinada y con los dientes en desorden. Solo después de su muerte miré esa foto con real detenimiento. Me di cuenta de la profundidad de su mirada. Esos ojos atrevidos, que heredé, me miraban con mucho amor.

También sobre la mesita de noche, la abuela exhibía dos trofeos. El más grande, por participar en una carrera del colegio en la que llegué la tercera. Era una niña de bronce que correría por los siglos de los siglos amén. El más pequeño era una especie de libro en cerámica como reconocimiento al mejor poema de la clase de lengua de tercero de primaria. Esos eran mis mayores logros.

Como en cualquier palacio, comíamos manjares. La estética de mi abuela la ponía en la mesa. Una combinación de colores, formas y sabores.

—Primero, una sopa muy caliente para preparar el estómago. Pones el pollo o la carne en una plancha con muy poco aceite, fríes unos plátanos y cueces unas papas. Para servir cada plato, coges un cuenco con forma de corazón, pones un poco de arroz dentro, lo aprietas, le das la vuelta y lo pones así con esa forma. Luego, que cada quién se sirva lo que le apetezca. Un mantel limpio y planchado con servilletas a juego. La vajilla y los cubiertos, los mejores que tengas, no hay que guardar nada para las visitas. Te sientas a comer, así estés sola, como si fuera un evento. Con esa rutina todos los días vas cocinando tu felicidad.

Cuando volvía a casa a medio día, y desde que tocaba a la puerta, ya olía a comida. Mi abuela me abrazaba, me revisaba por si tenía las rodillas raspadas o algún rasguño. Me metía en su pecho, esperábamos unos instantes y empezábamos a respirar juntas, y a mí ya no solo me olía a comida, me olía a amor.

Ese palacio tan brillante, tan limpio y tan feliz era realmente una casa que estaba ubicada en un barrio que pertenece al estrato dos de Bogotá. A mi ciudad y a todo el país lo estratificaron desde mediados de los años noventa en una escala del uno al seis. Los barrios pertenecientes a los estratos uno y dos son los más pobres y los barrios de los estratos cinco y seis son los barrios más ricos. El objetivo, según lo anunció el gobierno de turno al adoptar la medida, era que los pobres pagaran menos por sus servicios y que los ricos pagaran más. Parecía que la intención era buena. Lo que realmente ha sucedido es que nos han clasificado en castas económicas y, de paso, sociales.

Una conversación normal con alguien que me acaban de presentar podría ser la siguiente:

—Hola, ¿cómo te llamas?

—Verónica.

La siguiente pregunta o la quinta, podría ser:

—¿Dónde vives?

Dependiendo de mi respuesta, ya la persona con quien estuviera hablando se podría hacer en su cabeza un mapa económico sobre mí. En qué sitio de la sociedad estaba ubicada, qué posibilidades he tenido y, seguramente, podría intuir las que voy a tener. En mi caso, después de decir dónde estaba ubicada la casa de la abuela, el que me acababa de conocer sabía ya algo cierto: esta chica es pobre.

Yo sabía que según mi estrato había un montón de cosas de las cuales yo no podía disfrutar, como usar ropa de moda, vacaciones en tierras cálidas, salidas a restaurantes… A cambio, vivía en un palacio brillante de limpio, con una filósofa de la vida y la reina de los abrazos.

Los pensamientos de la abuela estructuran mi vida, aunque muchas veces pareciera que yo me desmarco fácilmente de ella y hago lo que me da la gana. No es verdad, Si alguien pudiera levantar la alfombra de mi alma encontraría sus frases y sus ideas. De sus abrazos todavía vivo.

Mi abuela planchaba una tarde a la semana, justo en un día de aquellos que no había que pasar el trapo del polvo. Lo hacía mientras escuchaba la radio y silbaba canciones. Me ponía una mesa pequeña a su lado con una plancha pequeña de juguete. Desvestíamos a mis muñecas y ella planchaba de verdad y yo de mentiras. Cada una dedicada a lo suyo.

—¡Chicas! El remedio para estar siempre alegres es llevar la ropa limpia y planchada, los zapatos brillantes y el pelo peinado —decía muy alto y claro mi abuela a mis muñecas.

En el palacio se planchaba todo lo grande, las sábanas y las toallas, y también lo pequeño, los pañuelos y la ropa interior. En algún momento de la tarde la abuela soltaba:

—Las arrugas en la ropa son amarguras en el alma y son odiosas hasta en los trapos de la cocina.

Una tarde de plancha, cuando yo ya no jugaba con muñecas y tenía una mesa propia para hacer los deberes del colegio, la abuela me puso un poco de arequipe en un plato, mi merienda preferida. En lugar de planchar puso una silla enfrente de mi mesa y se sentó con una taza de café. Que tomara café por la tarde era un poco extraño, no la dejaba dormir, entonces, me iba a decir algo importante.

—Supongo que tienes muchas preguntas sobre tus padres y necesitas algunas respuestas —dijo la abuela mientras me ponía sobre la mesa una caja redonda de galletas de lata. Alguna vez la había visto escondida en su armario, pero pensé que era una donde guardaba más agujas y más hilos. Lo que estaba segura era que no contenía galletas.

Esas cajas de tapa dura son muy difíciles de abrir. Lo intenté varias veces dándole vueltas a la caja. Cuando por fin pude, me saltaron, como si fuera una caja de bromas, montones de fotos, cartas, postales, felicitaciones de Navidad y toda clase de recuerdos. Vi todo eso en el suelo, como si el pasado hubiera quedado por ahí desparramado. Por primera vez veía las fotos de papá y mamá.

A partir de ese día, por las tardes, después de hacer las tareas, abrir esa caja era mi ilusión. Pensaba que esos personajes estaban quietos, esperando a que yo volviera del colegio, que abriera la caja, para así ellos poder salir de la oscuridad y vivir. Cuando hacía frío y salía alguna foto de mis papás en bañador la ponía bocabajo, pensaba que se iban a congelar.

Para cada recuerdo, para cada carta había una pregunta para la abuela, pacientemente ella contestaba a todo. Muchas preguntas me quedaron suspendidas en la garganta, quería saber todo sobre mis padres, pero no quería que la abuela pensara que no me era suficiente con su amor.

Dentro de esa caja de galletas de lata estaba la historia de mi corta vida y, como si de una vieja se tratara, yo la abría y desaparecía en ella para vivir mi niñez. Todavía hoy la abro con frecuencia; conozco cada foto hasta el mínimo detalle y cada carta de amor entre mis padres, cuando estaban de viaje, casi que las puedo decir de memoria. Es como si estuviera viendo una buena película, que no importa el número de veces que la vea, siempre encuentro algo a lo que no le había prestado suficiente atención. Decidí que allí permanecerían mis padres, que no los cambiaría de sitio, como si fuera una urna con sus cenizas. Es posible que los muertos se vayan a un sitio más confortable y que lo prefieran a permanecer encerrados en desorden, pero a mí me gusta ver mi caja sobre la mesita de noche para tenerlos cerquita de mí.

Mis padres solos, conmigo, en mi bautizo, en mi primer cumpleaños. Puedo decir que esas fotos, no sé cómo lo hacen, unos días están más serias y otros más alegres. Yo me veo a mí misma con una cara pequeña, acariciada por ellos, casi siempre sonriendo; yo no me acuerdo de esa niña, ni de ninguna caricia. Esas fotos y todos esos recuerdos se convirtieron en mi verdad.

Cuando me preguntaban en el colegio sobre mis padres, cosa muy frecuente, yo pensaba en mi caja de galletas de lata. Me inventaba historias, que mis padres estaban de viaje por el mundo o que se habían ido a algún país pobre a ayudar a los más necesitados, como si nosotras no lo fuéramos.

Aquí tengo que decir, que mi juego preferido era jugar a la heroína. Yo recibía una misión secreta escrita en un papel que se iba a autodestruir en 20 segundos. Después de romper en pedazos ese papel secreto, me dedicaba a cumplir mi misión hasta que mi abuela me llamaba a comer. Mientras eso sucedía yo ya había liberado el mundo de algunos malos. Así que no me costaba inventar que mi madre era un agente secreto y que estaba infiltrada en el gobierno de un país lejano y que había descubierto asesinatos perpetrados por el mismo estado, crímenes terribles contra población inocente, que no tenía en su cabeza ninguna guerra. Decía, que mi madre era una heroína y que estaba salvando muchas vidas y que mi padre la ayudaba y que yo no podía saber dónde estaban.

Pero la verdadera historia era que mis padres habían muerto en un accidente de tráfico, cuando yo tenía dos años. Mis padres se iban de fin de semana, murieron en el trayecto entre Bogotá y Melgar, justo en un sitio que le dicen la nariz del diablo. Una verdad sin emoción que no merece ser contada.

Decidí que de mayor quería ser una heroína, como lo era mi mamá en mi imaginación, para luego poder contar mi historia.

CAPÍTULO 4 EL EVENTO

Después de tomarme el café doble y sin azúcar con una tostada integral que me trajo Merceditas cuando me vio la cara de lunes, marqué el teléfono que aparecía en el correo electrónico que Gran Jefe Toro Sentado le había enviado a mi jefa y que ella me había reenviado con su motivadora nota.