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En Los Restos todos los lugares seguros están enrarecidos. La ciudad, la familia, los proyectos, guardan una lógica que nadie entiende bien como se anuda ni como seguirla. Los personajes parecen entender algo de todo lo raro que los rodea, y ponen alguna resistencia, algún plan, pero más se dejan penetrar por el mundo en el que viven. La existencia se convirtió en un rompecabezas imposible de volver a armar y los lugares vacíos se completan con cosas inesperadas. El horror al vacío es la regla de oro, y a la vez todos asumen y aportan a ese relleno de la forma más vaga, como vaciados de horror. Keizman no sólo escribió una novela deslumbrante sino una advertencia singular y extremadamente sensible sobre las posibles derivas de la proliferación y el agotamiento de todo lo que conocemos.
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Seitenzahl: 206
Veröffentlichungsjahr: 2014
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Betina Keizman, 2014
Alquimia Ediciones
Edición digital por NLIBROS SpA, 2016
JOEB-063979
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Portada
Título
Sumario
Contenido
Para J. y R. que tuvieron todas las edades
“Mordiendo el aire quedaban a menudo los dientudos” Antonio Di Benedetto
“-Y los encantados, ¿comen? –dijo el primo. No comen –respondió don Quijote-, ni tienen escrementos mayores; aunque es opinión que les crecen las uñas, las barbas y los cabellos.” Miguel de Cervantes
“MUERTOS DE HAMBRE como ustedes, les queda eso o morderse las orejas”, y el día se les escurre en el cruce de la ciudad. Llegan al Centro, las enfermeras los internan y al día siguiente están en la oficina 204, la misma donde el Encargado los había recibido la primera vez, cuando su hermano Rodolfo entregó el riñón. La compra de órganos es buen negocio, y una actividad tradicional a la que en los últimos tiempos el Centro sumó los servicios de pasaje. Aunque para ser precisos, el Centro no pasa. Pasar sería esconderse en vehículos de doble fondo o reptar entre las ráfagas de los reflectores que planean sobre la superficie del Riacho y por los pastizales. Una situación por completo ajena a la travesía cómoda y legal que, gracias a un cupo, el Centro cede ociosamente a sus integrantes. Los otros cien atajos para cruzar son para los desesperados o los suicidas, no para ellos que todavía tenían una huerta y una casa.
En la ciudad abandonaron una huerta y una casa. Antes de la llegada de los restos, la huerta había sido el trabajo preferido de su padre, un terreno de lilas y madreselvas donde Mirta había gateado la infancia catando el sabor de las hojas y de la tierra, saboreando clandestinamente bajo pena de envenenamiento los frutos rojos que como pétalos de rocío asomaban entre los lazos verdes. Cada mañana su padre podaba las plantas o quitaba hojas secas, removía la tierra, erradicaba gusanos y hormigas, y todo lo hacía con extrema seriedad, corriendo contra el reloj y, sobre todo, sin permitir que el placer de la tarea reinara sobre la obligación. Después se vislumbró que también aquello, aquel trabajo, era placer gratuito, y recuerda la confusión del padre cuando la huerta se transformó en variable principal de la supervivencia de la familia, sometidos a la servidumbre de serles imprescindible. Ese día su cara tropezó con los labios amargos de su futuro; la atención de todos, de repente vacilante, según los crecimientos y los decesos de la superficie de veinte metros cuadrados que había sido el reino paterno. Los frutos eran la clave de la supervivencia, una usina potencial que entró en conflicto mortal con los injertos y el cultivo de flores que por años habían sido la pasión del padre. Al principio, él intentó reafirmar su autoridad sobre la tierra y los cultivos, ensayó su lucha por la permanencia, pero ni su rigor ni su esfuerzo empequeñecía lo superfluo de su causa, tampoco al final, cuando Rodolfo amenazó hacerse con la responsabilidad y el padre dobló la cerviz de su propia obstinación, arrancó las flores y se sentó a mirar cómo las parcelas de cultivos alimenticios copaban el terreno. La culminación de esa derrota fue el tejido de red, coronado de pinchos grises, que protegía la parcela de los intrusos. Ya no lo llamaron jardín sino huerta, y también aquel pequeño rincón de paraíso se sometió a la nueva ley de los restos. Cada mañana, la madre alzaba los plásticos que cubrían el cultivo, los mismos que el padre corría a estirar sobre los retoños cuando la lluvia de piedras amenazaba; su hermano había construido una letrina con maderas para acumular los excrementos de la familia. Cagaban ahí: el viento frío del invierno les helaba las nalgas y, con la llegada del verano, el olor persistente escarbaba las paredes de la casa, con las moscas zumbando su nube negra en torno al cubo de madera percudida. Un ataque de hormigas o aún peor, de babosas, los reunía en un comité de urgencia contra la plaga, y todos conocieron las pesadillas de una huerta raquítica o aquellas donde una tropa repulsiva de langostas llegaba flotando como un estambre gris trepidante y a su paso convertía el verde en páramo. Se la dejaron a la vieja Jiménez, ¡qué sabe ella de huertas! Ahora la huerta, al este de la Ciudad, debe temblar bajo la legión de insectos negruzcos que trepan su nerviosidad sobre hojas y tallos mordisqueados, cada vez más desnudos. Mirta cierra los ojos, piensa en el hijo de la vieja y ve las sombras de una familia de topos resguardándose tras las construcciones que contornan el Riacho.
Al Centro llegaron cuando Rodolfo donó su riñón, y la única que se opuso a la operación fue la madre. Tirada en la cama, los párpados cubiertos por algodones embebidos en manzanilla, ella había desgranado sus motivos con voz ripiosa, no les convenía y, además, el riñón de su hijo también era suyo. En otra época esas representaciones de la madre habían impuesto su histrionismo, pero ahora la fuerza se les descarnaba y la escucharon con indiferencia, así que al final la madre tuvo que abandonar el efectismo y alzó del pozo de su locura las razones que conocía, todas muy ciertas, que igualaban la idea a la locura. Se quedaron en silencio, asombrados de no tener alguna alternativa para proponer, y por eso fueron con la pregunta a la vieja Jiménez, que zanjó la discusión con una frase imbatible: “Tenemos dos riñones y uno sobra”, y pese a la fama dudosa del Centro, esa frase socavó las reservas de la familia: “Muertos de hambre como ustedes, les queda eso o masticarse las orejas”. ¿Por qué se comerían precisamente las orejas? A la pregunta de Mirta, la vieja Jiménez enumera las partes sacrificables del cuerpo: “orejas, dedos, glúteos”. “No los tuyos”, le pellizca el brazo lanzando en su dirección un soplo oloroso a ajo, “estás muy flaquilla”. La mano izquierda del hijo mayor de la vieja es una palma aplasta-moscas sin dedos y Mirta ha visto muchos lisiados, se decía que eran falsos, o que se habían mutilado a sí mismos, o que un jorobado cubierto de collares los recolectaba por todo el país y los mantenía en cobertizos retirados hasta el momento de lanzarlos al pillaje, porque los lisiados, amputados del temor, no conocían ni la piedad ni el miedo. “Eso o el Centro”, advierte la vieja Jiménez y nadie pregunta por qué no ha pensado ella misma en ingresar: el Centro sólo acepta a los más jóvenes.
La venta del riñón es el primer paso, y en ese negocio su familia demuestra una inclinación beligerante, un desplazamiento que va del cuidado de la huerta, que es la previsión, a una acción obstinada que no retrocede ante el riesgo. El día en que cierran el trato para la operación del riñón, el Encargado expone las condiciones para entrar al Centro, porque sabe que todos los que llegan hasta allí buscan lo mismo: todos quieren entrar al Centro. Están en su oficina. El cuerpo del Encargado es una pera que se ensancha en las caderas y se afina en los hombros. Su otra particularidad es la calva brillante, corona de un rostro de rasgos vulgares y sin aristas. Con el aire abstraído de quien domina una situación, el Encargado se inclina sobre el escritorio para explicarles la única condición para entrar al Centro: los postulantes deben estar dispuestos a un intercambio. Mirta se mira con sus ojos, vivos como los de un caracol, con inteligencia de vaca: ellos nada tienen, es evidente. Están perdidos. “Son las leyes de la vida donde la reciprocidad es la única relación justa entre dos entes, un intercambio que pueda ir en una u otra dirección”, y según el Encargado se trata de un intercambio en el sentido más profundo, porque incluso en el parasitismo hay intercambio, para dar un ejemplo. Los asombra escuchar que los fundamentos del Centro se implantan en valores universales, insustituibles cuando las vigas maestras del edificio social declinan. No es culpa suya, aunque el Encargado lo crea justo, que no haya trato porque ellos nada tienen para intercambiar.
Rodolfo se mira los pies, avergonzado, porque después de entregar su riñón ya no tendrá nada, y habrá quemado el último logro antes de la indigencia. La entrevista parece terminada: el Encargado manosea las carpetas que se amontonan frente a él, abre una, la cierra, se chupa el dedo, da vuelta una hoja, hurga debajo de una pila de donde extrae un papel que parece a punto de leer en voz alta. Súbitamente cambia de opinión, lo deja sobre la mesa, los mira y la calva brillante parece una aureola. Los ojos azules, casi blancos: ese es el problema, el Encargado sabe que ellos nada tienen para aportar, solamente sus mentiras de patas cortas. Lo único delgado en él es el cuello. Carraspea, pero el Centro está acostumbrado a ese inconveniente: “Ellos no tienen nada para intercambiar, está dicho, pero hay nadas y nadas, y el Centro cosecha en la nada, fomenta en los internos algo que sea intercambiable, es una inversión a largo plazo, como quieran verla”.
Rodolfo asiente. Va a dar su riñón y luego entrarán al Centro, se prestarán al Centro, y después podrán pasar. La madre frota los pies contra las patas de la silla mientras Mirta intenta saber a qué se refiere exactamente el Encargado cuando dice “prestarse”. “Los órganos se almacenan”, el Encargado se inclina sobre el apoyabrazos derecho, ha oscilado como un trompo sobre su trasero, desliza la puerta del armario y descubre el interior de tres estantes donde se alinean los frascos de solución amarillenta con los riñones, corazones, manos e hígados, que flotan cuidadosamente clasificados por clase y tamaño. Mirta mira una mano infantil. La mano izquierda, calcula. También fue eso lo que la regresó al Centro, el motivo por el que Mirta no habló cuando hubiera debido, por el que no se opuso, ni convicción ni sometimiento, sino ese recuerdo de los bocales ambarinos al que quedó unida aunque volvieran a casa en lo que había sido una mera prórroga, y no fue la discreción ni la inteligencia sino esa oscuridad que la trajo de vuelta, la mano siniestra que la llamaba. Por eso ahora están en el Centro para quedarse, por eso dejaron la huerta a la vieja Jiménez.
El Encargado les había explicado que pasadas dos semanas de la operación, los otros órganos se dilatan y ocupan la zona del órgano extraído. También afuera se trataba de un problema de espacio, los objetos se deshacían y aparecían en otro lado, quebrados, olorosos a caballo muerto, convertidos en restos. Pero Mirta rechaza ese pensamiento, ahora no quiere pensar en los restos ni en las hordas, nunca hay que pensar en los monstruos, porque la familia tenía una huerta y una casa y el problema de la comida no era acuciante aunque el padre dijo que podía empeorar y que solamente era cuestión de tiempo, por eso están en el Centro, en el tiempo detenido del Centro, donde Mirta hace un esfuerzo para no retroceder cuando la mirada del Encargado se dirige francamente hacia ella. “Es tarde”, dice el Encargado, “las operaciones se hacen por la mañana.” También Mirta cierra los ojos –su padre dice algo, el Encargado le contesta– quiere concentrarse en la conclusión que ahora mismo está esbozando. El Encargado baja los párpados y la confianza de Mirta prospera. Le llegan despojos de la conversación: nunca lo ha pensado de ese modo, el riñón de Rodolfo puede ayudar a alguien, no sólo a ellos mismos, y bajo ese razonamiento la simple transacción que iba a dar un respiro a la familia adquiere un carácter épico. Ojalá todos los pasos ya estuvieran dados, aportar a ese intercambio del que habla el Encargado, pero no vuelve a mencionarlo y pasan la última media hora completando formularios verdes y azules. Luego ellos se van y Rodolfo ingresa al preoperatorio.
De aquel día han pasado varias semanas, la operación fue un éxito, Rodolfo volvió sin riñón, la apariencia más rígida aunque sin grandes diferencias con el joven fuerte que siempre fue, y ahora el Encargado está ocupado y una enfermera lee sus instrucciones, impresas en una hoja de ruta que cuelga de un gancho detrás de la puerta. Rodolfo mira hacia otro lado mientras tantea en la cintura el gusano negro y azul de circunvalaciones irregulares que es su cicatriz. La enfermera dobla la hoja y la introduce en un folio transparente. “La familia se deshace”: bajo la sentencia ampulosa se ahoga una emoción arrancada de raíz. Mirta espía la firma con sello del Encargado antes de que la enfermera clasifique el acta donde figura su destino. A ella le toca “la Experiencia”, que antes ha sido el estudio de la tristeza; su padre y Rodolfo entrarán en los “Equipos de Emociones Extremas” y su madre en las “Investigaciones Paralelas”. No les parece mal. Se rumorea que en el Centro hombres y mujeres ejercen de animales, gatean en el interior de celdas pulcras y bien iluminadas, comen galletas especiales que permiten una buena digestión en lucha con las nefastas consecuencias de la posición cuadrúpeda sobre los intestinos y la columna vertebral. Eso también lo discutieron antes de entrar, cuando todavía eran familia: aceptarían todo menos ser perros. No preguntan qué es “la Experiencia” ni “el Equipo” ni “la Investigación”, alcanza con que la enfermera les prometa un rencuentro cada siete días y aunque éste jamás se realiza, Mirta sabe que su padre también murió porque lo ha visto en el Limbo, cuando él ha estirado la mano en su dirección para terminar cerrándola en el aire. Es un gesto necio que en el Limbo solamente sirve para alejarlos; tal vez su padre se dejó llevar por la emoción, o era recién llegado y desconocía las leyes del movimiento en esa atmósfera espesa que discurre. Ella, en cambio, se quedó inmóvil, suspendida en lo suspendido, y le ha sonreído con cariño, con esos gestos del Limbo que son un esbozo, dedicados como están a no existir para no generar movimiento. Más viejo que en su recuerdo, su padre estaba calvo pero sus brazos se redondeaban en músculos nuevos (jamás supo qué era el Equipo de Emociones Extremas). Cuando se alejan uno del otro, ella flexiona con rapidez las rodillas y gira: lo ve de espaldas, también él ha volteado la cabeza y ha sonreído orgulloso ¿Entenderá dónde están? También la última vez, cuando les asignaron los grupos en el Centro, él le había dirigido una sonrisa orgullosa.
De aquel primer día en el Centro prevalece la sensación de acierto. Es extraño cómo algunos pocos recuerdos conservan su precisión. En la Ciudad todo cambiaba, y la memoria, que funciona por acumulación, solamente retenía unos últimos recuerdos bajo cuyo peso las imágenes anteriores se desvanecían: por eso era imposible comparar lo que se avecinaba con lo que fue, porque una mañana perdían un recuerdo y una tarde perdían otro, y al final, si la memoria es una película o, como mucho, una caja de fichas desordenadas, solamente quedaban fragmentos dislocados, con ralladuras y dobleces profundos.
Antes de que las hordas convirtieran los vagabundeos en una actividad particularmente peligrosa, el trueque sostenía la existencia de la Ciudad e incentivaba un pujante intercambio de memorias. Reunidos, algunos señalaban un edificio y aseguraban que hasta la semana anterior había estado más erguido, otro decía que hacía un mes su color era blanco; más lejos se solapaba un vacío de conversaciones que tartamudeaban sin éxito el rompecabezas colectivo.
En la sala principal, Mirta encuentra el habitante-tipo de la Experiencia de la tristeza, su consecuencia más pura. La Veintecentímetros está sentada en una silla, es toda esclera bajo los párpados semiabiertos, tiene la espalda muy recta y las uñas, enganchadas en el acolchado negro de la silla, dirigen el balanceo mínimo del torso, de la cabeza y de los hombros. Mirta ubica su cara a pocos centímetros de la nariz inmóvil de la mujer, donde su respiración tibia le cosquillea la mejilla, muy cerca de los ojos entornados que no buscan ni ver ni oír mejor, tampoco pensar. Se aleja buscando el punto en el que su mirada la intercepte, ese foco inútil de la que no es ciega, porque puede ver, pero de mirar un objeto, una mesa por ejemplo, esa mujer solamente distinguiría la madera, o las patas o la tabla central, de ningún modo enlazaría su forma y su función, el conjunto de lo que es una mesa. Mirta avanza por el pasillo y en una sala más chica encuentra otros Veintecentímetros, dos hombres y una mujer clavados sobre las sillas de fórmica y caño, las manos apoyadas frente a la mesa y los mismos ojos sin rigor descuidando una superficie invisible. Le llama la atención la ausencia de determinaciones en esos cuerpos en falta, abandonados de decisión, ajenos a las órdenes que el cerebro envía y que se expresan en la tensión de los músculos, en una disposición inteligente de los huesos y en una orientación precisa de los tendones. Esos Veintecentímetros, los especímenes de la Experiencia de la tristeza, derraman su humanidad y dejan que se esfume. Después averiguará que los internos se hunden en ese estado siguiendo una fluctuación famosa en los gráficos del sector, caprichosa de vaivenes aleatorios, hasta que el espíritu de los Veintecentímetros los atrapa. Quienes están en las etapas últimas, los Casivegetales, permanecen bajo el cuidado de las enfermeras que supervisan los efectos definitivos del colapso.
En el pasillo conoce a Mariano. Tiene veinticinco años, ha nacido y crecido en un rincón escondido del Centro, bajo el cuidado de su madrina, una enfermera de largos cabellos negros que finalmente murió o desapareció. Sin ningún preámbulo se inclina sobre su oreja: “Lo nuestro es atención. Al principio la llamaban tristeza, ahora no saben qué es, otra cosa, “la experiencia” ¡Ojo con Ágata!” Sus ojos saltones, movedizos de huevo duro, le dan un aire pajaril mientras barre la línea invisible que une los dos extremos de la habitación: “Es la directora”, y antes de continuar su carrera, se inclina otra vez. “Es un cocodrilo maquillado, huele a pantano.” Entonces Mariano desaparece y Mirta no sabría decir qué puerta lo ha tragado.
El piso del Centro brilla con un reflejo que no recordaba haber visto en la Ciudad, pero Mariano tiene razón: reconoce a Ágata de inmediato. Una la ve y está dicha la mujer severa y práctica, eficiente y francamente decepcionada por la consecuencia más importante de la Experiencia: ese muro de los Veintecentímetros contra el que choca su brutalidad inútil. También un gran corredor se decepcionaría si lo encargaran de entrenar tortugas, porque en la Experiencia su capacidad para el interrogatorio atormentador, su infinita destreza en el sembrado de paranoias, todo se deseca bajo una incompatibilidad radical con sus interrogados, que carecen de imaginación y pensamiento, y por lo tanto no calzan sus sugerencias monstruosas ni sus proposiciones enigmáticas. Ágata se consuela con el temor del personal y de los internos que todavía no se han sometido completamente a la Experiencia, para ellos sí es un predador poderoso del que huyen en órbitas aterrorizadas.
Ágata no desaprovecha la oportunidad que es Mirta, la lleva a su oficina, apoya sobre el escritorio sus uñas largas, pintadas con esmalte rojo y algo encorvadas, se frota los párpados y deshace su maquillaje en una sombra oscura que le imprime ojeras artificiales, carraspea y mira la pantalla ¿Será Ágata más o menos importante que el Encargado? Es eficiente, hace correr el documento, consulta su historial, imprime a cada acción un gesto terminante, rotundo, que consigue transmitir su idea de eficiencia: “Espero que estés a gusto en el pabellón.” Habla lento, como si le costara formar las palabras, y apenas puede Mirta aguantar la risa ante esa rareza. Entiendo también que si se distrae de las palabras de Ágata, el sentido se disgrega, y así de rápido una segunda o tercera frase de la directora se le pierde antes de que Mirta sea capaz de estrujarle un significado. “Espero que estarás a gusto en el pabellón.” Será una trampa. Mirta espía a su alrededor: la verdadera directora se esconde detrás de la puerta y va a saltar y a expulsarla apenas se ría, o le pida que repita. Espera con los ojos cerrados, casi sin respirar, pero nada sucede, ni tampoco aparece la verdadera directora para decirle que ha pasado la prueba, así que decide concentrarse. “Es pe ro”. Es difícil suponer que esa lentitud vocal no reproduzca una lentitud de espíritu. Pero también los dientes brutales de Ágata la disuaden de cualquier renuncia en su atención: no te atrevas a reírte porque te va a desgarrar el brazo, porque no hay nadie escondido detrás de la puerta, es ella misma la que se esconde detrás de su lentitud y a la menor risa te pasará por encima, dientes al cuello y cabeza cercenada.
Así que Mirta se muerde los labios y atiende las preguntas de la directora, bien que duran largos minutos para ser pronunciadas, con algunos desvíos en que se detiene como quien recorre una ruta con paradas previstas. Hojea la carpeta, abre archivos y le pregunta por su casa y por la familia; Mirta le cuenta de su padre y de la huerta, de la vieja Jiménez y del riñón de Rodolfo. De a poco el vaivén de la charla la acuna y ya no necesita simular la indiferencia a su forma de hablar, a la pesadez iracunda que intuye, y en ese inicio de hábito, toda particularidad se deshace y Mirta se abandona a su miedo, olvidarlo sería un riesgo, pero se deja ir en él. Empieza a sospechar que la estrategia de la directora se basa también en la atención que sus interlocutores prestan a su dicción, incluso en el esfuerzo inconciente que hacen para olvidarla, un esfuerzo que los distrae y que agrega a la situación un elemento tanto o más molesto que una lámpara enfocada en los ojos. Le pregunta por sus recuerdos de infancia, quiere saber si está contenta de su ingreso en el Centro y qué espera. Mirta considera sus palabras: imposible mencionar a los restos o las hordas. Finalmente elige la respuesta más corta: “No sé qué espero.” En realidad dice: “No sé”. Lo que agrega, igual de inútil, Ágata se toma su tiempo para desmenuzarlo. Para ella, las palabras son una trama vegetal rica en parásitos, y el lenguaje es una manzana agujereada por las ideas, una manzana podrida que se estudia pero que también podría reventarse en piso con un golpe seco. Tan lento es el proceso al que la somete que Mirta dormiría si la tensión no la espantara, además de que se enfrenta a preguntas nuevas y muchas veces hasta desconoce las palabras que responder. Ni por un minuto piensa en engañar a la directora, ni retacearle información; ignora lo que Ágata busca y carece por lo tanto de cualquier criterio que le permitiera pensar que una frase o un deseo debe guardarlo para sí y que otro pensamiento, otro deseo, podría compartirlo sin perjuicio. Lo único seguro es que no quiere hablar de Piero ni del celular que todavía cuelga bajo su ropa, y tampoco nada le indica que en el Centro resulte caduca la buena educación que prohíbe hablar de las hordas o los restos.
