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Los siete hermanos es la obra más importante de la corta pero fecunda historia de la literatura finlandesa y, desde luego, la más significativa, la que refleja con mayor hondura el alma del pueblo finlandés, su temperamento insumiso, la expresividad de su lenguaje, su especial sentido del humor, la peculiaridad de sus costumbres y creencias, y su indomable voluntad de sobrevivir en las condiciones más adversas, teniendo como fondo un grandioso paisaje, admirablemente descrito y que forma una unidad indestructible con los personajes y la acción. Esta novela, considerada un clásico de la literatura nórdica, sigue siendo la más querida y leída por los finlandeses, que se ven retratados en ella con fidelidad. Después de la Biblia, Los siete hermanos es el libro más vendido en Finlandia, habiendo superado el millón de ejemplares.
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Seitenzahl: 583
Veröffentlichungsjahr: 2014
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LOS SIETE HERMANOS
Aleksis Kivi
Título original: Seitsemän veljestä
© De la traducción: Ursula Ojanen y Joaquín Fernández
Edición en ebook: octubre de 2014
© Nórdica Libros, S.L.
C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B 28044 Madrid (España)
www.nordicalibros.com
ISBN DIGITAL: 978-84-16112-47-0
Diseño de colección: Filo Estudio
Corrección ortotipográfica: Ana Patrón y Susana Rodríguez
Maquetación ebook: Caurina Diseño Gráfico
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Contenido
Portadilla
Créditos
Prólogo
Capítulo primero
Capítulo segundo
Capítulo tercero
Capítulo cuarto
Capítulo quinto
Capítulo sexto
Capítulo séptimo
Capítulo octavo
Capítulo noveno
Capítulo décimo
Capítulo undécimo
Capítulo duodécimo
Capítulo decimotercero
Capítulo decimocuarto
Aleksis Kivi Nurmijärvi
(1834 – 1872)
Nacido como Alexis Stenvall. Escritor finlandés, autor de la primera obra importante en lengua finlandesa titulada Seitsemän veljestä (Los siete hermanos). Además de ser de los primeros autores de prosa y lírica en finlandés, todavía es considerado uno de los mejores.
Kivi nació en una familia de sastres. En 1846 se trasladó a Helsinki y en 1859 ingresó en la universidad de esta ciudad, en donde estudió literatura y se interesó por el teatro. Su primera obra fue Kullervo basada en el drama clásico llamado Kalevala. Desde 1863 dedicó su tiempo a escribir. Escribió doce obras y una colección de poemas. Su novela cumbre Los siete hermanos le llevó diez años de trabajo y fue duramente tratada por los críticos de la época que la consideraron demasiado vulgar. Estas objeciones contribuyeron a crear en el autor un sentimiento de rechazo; origen, probablemente, del desequilibrio mental que acabó con su vida.
Prólogo
La traducción al español de Los siete hermanos (1870) de Aleksis Kivi (1834-1872) que hicimos en colaboración el ya fallecido Joaquín Fernández y yo misma, y que fue publicada en Madrid en 1988 por Alfaguara, no tiene prólogo sino un postfacio. Esta reedición de la traducción que Nórdica Libros ha tenido a bien publicar parece que requiere también algunas palabras a modo de prólogo, más que nada para que el lector sepa de qué versión se trata.
Aplaudo la decisión de Nórdica Libros porque, a medida que el número de las traducciones de obras finlandesas contemporáneas va en aumento en España, es importante que estén en el mercado también los clásicos. Y Los siete hermanos lo es; un clásico por excelencia, un clásico vivo, que los finlandeses siguen leyendo con entusiasmo, citando popularmente sus dichos, expresiones y frases célebres, y que muchos escritores de ahora tienen consciente y subconscientemente como fuente de inspiración para sus nuevas obras, o en sus textos aparecen referencias o alusiones a él. También ha dado pie a otras muchas expresiones artísticas, teatro, cine, música, etc.
La obra de Aleksis Kivi se ha hecho un lugar dentro de la literatura universal y, desde que en 1919 apareció su primera traducción, en sueco, traducciones a otras lenguas así como reediciones y retraducciones han ido sucediéndose de forma constante. En España la primera versión de Los siete hermanos se hizo en 1941 por Alfonso Nadal para la colección Saeta Blanca de la Editorial Emporion de José Janés y Félix Ros. La segunda edición salió diez años más tarde. No sabemos a ciencia cierta si Alfonso Nadal lo tradujo directamente del finés o si, como parece quizás más probable, lo hizo a partir de otra traducción, por ejemplo al inglés o alemán como se solía hacer en aquella época.
Como curiosidad, pero también como un ejemplo ilustrativo, cabe mencionar aquí que Ángel Ganivet, que estuvo en Finlandia entre 1896-1897, habla de Aleksis Kivi en sus artículos sobre literatura finlandesa y lo califica como el autor más grande de teatro en lengua finesa, pero no menciona para nada su novela. A Ángel Ganivet, que hablaba sueco y se movía en los círculos de los intelectuales de Helsinki, le pasó lo mismo que a la mayoría de la clase culta suecoparlante que no era capaz de entender el lenguaje en el que estaba escrita la obra. Este hecho y la mala crítica inicial de la obra explican por qué su valoración se hizo esperar y, también, por qué pasaron casi cincuenta años hasta que apareciera la primera traducción de Los siete hermanos.
El lenguaje característico de Aleksis Kivi con sus expresiones dialectales de su región natal, con giros populares, que tan feos y poco refinados resultaban a los oídos de los primeros críticos de la novela, pasando a un lenguaje lírico y solemne y con recursos estilísticos, literarios, bíblicos, homéricos, cervantinos, entre otros, supuso para nosotros quizás el mayor reto a la hora de abordar la traducción. No puedo más que admirar la paciencia, dedicación y entusiasmo de Joaquín Fernández cuando, a partir de mi borrador «literal» realizado en un español en muchos aspectos insuficiente para tamaña obra, lo vertió a un texto literario español. Fueron horas y horas de conversaciones y lecturas del texto para llegar a la versión definitiva. Cada uno aportó sus conocimientos: yo el de mi lengua, de la obra de Aleksis Kivi, de mi país y de mi pueblo; Joaquín, que no sabía finés, de su lengua y, quizás lo más importante, su experiencia y condición como poeta, escritor y traductor. Aun quedando satisfechos de la traducción en muchos puntos, éramos conscientes de que la brillantez de la obra original, donde la lengua y el contenido forman una unidad irrompible, sería difícil si no imposible alcanzar en otra lengua con otros recursos lingüísticos, con palabras y expresiones cuyas connotaciones pocas veces coinciden del todo con las de la lengua original.
Que disfruten leyendo las aventuras y desventuras de los siete hermanos que sin duda ayudarán a entender mejor a los finlandeses, pero sobre todo la condición humana en general que es la misma independientemente del lugar geográfico o la época histórica. Subrayar esto fue quizás el motivo por el que Joaquín Fernández escribió después de la traducción un pequeño escrito titulado «Del notable encuentro que tuvo lugar en tierras de común entre Don Quijote de la Mancha y los siete hermanos de Jukola»,1 un diálogo entre los personajes literarios hablando de sus inquietudes y sobre el duro destino de sus respectivos autores.
Ursula Ojanen
Helsinki, septiembre de 2014
1 Publicado en República de las Letras n.º 27, de abril-julio de 1990.
Capítulo primero
La granja de Jukola está situada en la vertiente septentrional de una colina, no muy lejos del pueblo de Toukola, al sur de la provincia de Häme. Rodeada de tierras pedregosas, en su falda se extienden, sin embargo, campos que, antes de que la propiedad agrícola entrara en decadencia, ondulaban en copiosas cosechas; más allá de los labrantíos comienza una pradera de trébol recorrida por un tortuoso arroyuelo que, si en otro tiempo producía abundante heno, hoy es sólo un pastizal utilizado por los rebaños del pueblo. La finca posee, además de densos bosques, terrenos pantanosos y tierras desbrozadas que el primer dueño de la granja, gracias a sus hábiles artimañas, se adjudicó durante el gran reparto de tierras. Pensando más en sus herederos que en su propio beneficio, se conformó con un enorme bosque arrasado por el fuego, obteniendo así una extensión de tierra siete veces mayor que la de sus vecinos. Pronto no quedó residuo alguno del incendio y, en el mismo lugar, volvieron a crecer frondosos bosques. Ésta es la propiedad de los siete hermanos cuyas peripecias me propongo narrar.
He aquí, de mayor a menor, los nombres de los siete hermanos: Juhani, Tuomas, Aapo, Simeoni, Timo, Lauri y Eero. Hay dos pares de gemelos: Tuomas y Aapo, y Timo y Lauri. El mayor de los hermanos, Juhani, tiene veinticinco años, y Eero, el más pequeño, apenas ha visto dar dieciocho vueltas al sol. Todos son mocetones robustos, de anchas espaldas y regular estatura, menos Eero, todavía un poco cenceño. Aapo es el más alto de todos, pero no el más ancho de espaldas; este privilegio le corresponde a Tuomas, y a él le debe su extensa fama. Los hermanos conservan algunos rasgos comunes, tales como la tez morena y los cabellos hirsutos y amarillos como el cáñamo, pero es Juhani el que destaca por la aspereza de su pelo.
El padre, experto cazador, murió inesperadamente luchando con un oso enfurecido. Ambos, el hombre y el señor de los bosques, fueron encontrados uno junto a otro sobre un charco de sangre: el cazador completamente destrozado; la fiera, con el cuello y los costados acribillados a puñaladas y el corazón atravesado por una bala certera. De esta manera encontró horrible fin el robusto campesino que había dado muerte en su vida a más de cincuenta osos. Pero su desmedida afición a la caza le hizo al hombre desentenderse de su trabajo, y la granja, ante la pasividad de su dueño, fue cayendo en el abandono. A sus hijos, que heredaron del viejo su desbordada pasión por la caza en el bosque, también les importaban un comino las labores del campo y las siembras, y pasaban el tiempo fabricando lazos, trampas, cepos y otras artes, en perjuicio de pájaros y liebres. Así fue transcurriendo la infancia de los hermanos, hasta que se impusieron en el manejo de las armas de fuego y se arriesgaron a salir en busca del oso.
Fue inútil que la madre tratara, con amonestaciones y castigos, de hacer entrar a sus hijos por la senda del trabajo y la diligencia, pues todos sus esfuerzos se estrellaban contra la incorregible testarudez de los muchachos. La madre era una mujer hacendosa, conocida por la franqueza y rectitud de su carácter, aunque, eso sí, un poco viva de genio. Su hermano, el tío de los muchachos, era un buen hombre que, habiendo sido un intrépido marinero en su juventud, presumía de haber navegado por lejanos mares y visitado muchos pueblos y ciudades. Pero la vista se le fue desgastando hasta quedarse completamente ciego, y así pasó los lúgubres días de su ancianidad en la casa de Jukola, donde, alternando la fabricación de cucharones, mangos de hacha, paletas para la colada y otros utensilios, le daba gusto a la lengua contando a sus sobrinos cuentos e historias prodigiosas, tanto de su país como de otras tierras remotas, amén de milagros y hechos de la Biblia. Los muchachos lo escuchaban todo y guardaban fielmente los relatos en la memoria. Se olvidaban de las órdenes y reprimendas de la madre, y de tal manera hacían a ellas oídos sordos que ni las más tremendas palizas bastaban para abrírselos. Cuando olfateaban que la tormenta se les venía encima, salían de naja con gran desesperación de la madre y de los demás, lo cual sólo servía para empeorar su situación.
He aquí un episodio de la infancia de los hermanos. Sabían, astutos ellos, que las gallinas de una vecina, llamada la Vieja del Pinar, cuya choza se hallaba cerca de la granja de Jukola, ponían sus huevos debajo del secadero. Pues bien, un buen día sintieron todos la necesidad de comer huevos y, ni cortos ni perezosos, decidieron saquear el nido y largarse al bosque a comérselos. En efecto, de las ideas pasaron a los hechos. Limpiaron el nido y los seis —puesto que Eero andaba aún pegado a las faldas de su madre— huyeron con su botín al bosque. Llegados a un rumoroso arroyo que discurría entre sombríos abetos, encendieron fuego en un ribazo y, después de envolver los huevos en unos trapos, los metieron en el agua y los enterraron en la crepitante ceniza. Luego, cuando los huevos estuvieron a punto, los saborearon hasta chuparse los dedos y, satisfechos, emprendieron el regreso. Pero al llegar al collado en cuya cima estaba la casa, vieron aproximarse una terrible tempestad: el hurto había sido descubierto; la Vieja del Pinar protestaba y amenazaba a voz en cuello, y la madre les salía al encuentro haciendo silbar en el aire una correa y con cara de pocos amigos. Intentando evadirse de la borrasca, los muchachos se dieron media vuelta y corrieron a esconderse en el bosque, sin hacer caso de los gritos de la madre.
Pasaron días y más días sin que se tuvieran noticias de los fugitivos, cuya larga ausencia acabó por calar hondamente en el sensible corazón de la madre, la cual, trocando su cólera en pesadumbre y en lágrimas de congoja, se lanzó en busca de sus hijos. Se internó en los bosques, recorriéndolos en todos los sentidos, pero en vano. Cuando la aventura tomaba visos de tragedia, la mujer exigió que las autoridades se interesaran en el asunto, y así, se dio aviso al montero, quien al punto convocó a todos los habitantes de Toukola y de la vecindad. Encabezados por el montero y formando una larga fila, todos, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, emprendieron una batida por los bosques. El primer día patearon palmo a palmo los alrededores de la finca. Nada. El segundo día se alejaron más, adentrándose en el bosque. Pero he aquí que al llegar a una alta colina divisaron a lo lejos, en la linde de un bosque pantanoso, una voluta de humo azulado que se extinguía en el aire. Cuando localizaron el lugar de donde procedía se encaminaron hacia allí. Pronto estuvieron tan cerca que pudieron escuchar esta canción:
También vivían antes
incluso detrás del arroyo,
y de él quemaban leña,
de él bebían cerveza.
Oyendo la canción, el ama de Jukola no cabía en sí de gozo: había reconocido la voz de su hijo Juhani. Como, por otra parte, resonaban en el bosque frecuentes chasquidos, los de la partida acabaron convencidos de que se hallaban cerca del lugar donde los fugitivos habían establecido su campamento. Entonces el montero dio orden de cercarlos y aproximarse a ellos con sumo cuidado, deteniéndose a prudente distancia del campamento.
Todos acataron las órdenes del montero, y cuando los que formaban el cordón que rodeaba a los hermanos se hallaban a no más de cincuenta pasos, se detuvieron y pudieron presenciar el siguiente cuadro: junto a una roca se levantaba una choza de ramas de abeto, y Juhani, tendido cuan largo era sobre un lecho de musgo ante la puerta, contemplaba despreocupado las nubes y tarareaba. No lejos de la cabaña chisporroteaba una viva hoguera, a cuyas llamas Simeoni estaba chamuscando un urogallo cogido en un lazo. Aapo y Timo, que acababan de jugar a los fantasmas y tenían la cara tiznada, vigilaban los nabos que se estaban asando entre las brasas. Muy callado, Lauri, sentado en un charco arcilloso, modelaba gallos, bueyes y magníficos potrancos. El resultado de su trabajo podía verse en una larga hilera de figuras puestas a secar sobre un tronco musgoso. El causante de los chasquidos que se oían no era otro sino Tuomas, quien, lanzando un salivazo sobre la roca, le acercaba un tizón y luego lo aplastaba con todas sus fuerzas con una piedra; de ahí el ruido que, resonando a lo lejos, podía confundirse con un disparo de escopeta. Una negra humareda salía entre las piedras retorciéndose en el aire.
Juhani.—
También vivían antes
incluso detrás del arroyo...
Claro que sí, pero al final el diablo se saldrá con la suya. Así será si Dios no lo remedia, castorejos. ¿Me oís?
Aapo.— Ya lo dije nada más llegar aquí, huyendo como conejos. ¡Somos una partida de imbéciles! ¡Mira que vagabundear así al cielo raso! ¡Eso es cosa de gitanos y de bandidos!
Tuomas.— Pero el cielo es de Dios.
Aapo.— Ya. ¡Vivir con los lobos y los osos!
Tuomas.— Y con Dios.
Juhani.— Te sobra razón, Tuomas, con Dios y sus ángeles. Oh, si pudiéramos mirar con los ojos del alma y del cuerpo de los bienaventurados, veríamos cómo una legión de ángeles de la guarda nos rodea y cómo el mismo Dios, en la forma de un anciano encanecido, está también entre nosotros como un padre amantísimo.
Simeoni.— ¿Pero qué estará pensando nuestra pobre madre?
Tuomas.— En cuanto nos eche la mano encima nos meterá una paliza tan grande que quedaremos como nabos después de asados.
Juhani.— ¡Menuda zurra nos espera, amigos!
Tuomas.— ¡De las que dejan huellas, supongo!
Juhani.— Un palizón que nos arrancará chispas. Bueno, ya sabes lo que es.
Aapo.— De eso no nos libra nadie.
Simeoni.— Claro que no, desde luego. Por eso más nos valdría salir a su encuentro enseguida y acabar de una vez esta vida de bueyes.
Juhani.— Querido hermanito, el buey no va por su gusto al matadero.
Aapo.— Bueno, déjate ya de historias. El invierno está encima y no hemos nacido precisamente con un abrigo de pieles sobre el lomo.
Simeoni.— Venga, marchemos para casa. Vamos al encuentro del castigo, que bien merecido lo tenemos.
Juhani.— Concedamos a la espalda un poco más de descanso, hermanos. ¡Quién sabe los remedios que Dios puede sugerirnos de aquí a dos o tres días! Sigamos aquí, pues, tumbados de día junto al fuego donde arde un leño, y de noche en el refugio de ramas de abeto, muy juntitos unos contra otros; somos cochinos sobre la paja. ¿Y tú qué dices, Lauri, muchachito, ahí quieto junto al charco de arcilla? ¿Eh, qué dices? ¿Es que vamos a ir a recibir mansamente la paliza?
Lauri.— Bueno, quedémonos un poquito más.
Juhani.— A mí también me parece lo mejor. De acuerdo. Ah, mira, veo que tienes muchas cabezas de ganado.
Tuomas.— El chaval modela animales de cuerno y de pluma.
Juhani.— Sí, señor, un gran rebaño. Serás un famoso fabricante de cucos de barro.
Tuomas.— Lo que se dice un verdadero maestro.
Juhani.— Claro, un maestro excelente. ¿Y qué muñeca rusa es esa que estás haciendo?
Lauri.— Es un niño, ¿ves?
Juhani.— ¿Qué os parece el muchacho?
Tuomas.— La verdad es que hace niños como un hombre.
Juhani.— Niños semejantes a tocones. Y que los cuida como un hombre, tanto a los niños como al ganado. ¡Venga, hermanitos! Daos prisa en poner el condumio en la mesa, que mis tripas empiezan a protestar. Echa brasas encima de ese nabo que asoma el lomo. ¿A quién le toca mangar más nabos?
Simeoni.— A mí me toca volver a cometer ese pecado.
Juhani.— Ay, a veces no queda más remedio que servirse un poco de los bienes del prójimo para vivir. Si éste es un pecado, yo digo que es uno de los más pequeños que pueden cometerse en este asqueroso mundo. Y mira, si muero sin tener otra marca de pecado en el libro de mi vida, ese borrón no me impedirá llegar a mejor vida. Y aunque sé que me echarán de la sala de ceremonias con cajas destempladas, aspiro por lo menos a un empleo de portero, lo que me llenaría de alegría. Que así sea, y engullamos sin más cuidados lo que nos quepa en el buche.
Aapo.— Yo creo que lo mejor que podríamos hacer es abandonar el campo de nabos de Kuokkala y buscar otro, porque el propietario debe de andar algo escamado con las desapariciones diarias, y se pasará día y noche vigilando su campo.
El montero.— Eso no tiene por qué preocuparos, hijos míos. Vamos, vamos, no os asustéis. Ved cómo una legión de ángeles custodios os ha rodeado de pronto.
Así habló el montero a los hermanos, quienes, sobresaltados, se levantaron de un brinco y se dispersaron cada uno por su lado, para comprobar con terror que tenían cortado el paso. El montero volvió a dirigirse a ellos:
«Habéis caído en la red, bribones, y no saldréis de ella sino desescamados, lo cual será para vosotros un pequeño recuerdo de lo mucho que nos habéis hecho sudar, malditos. Y usted, madre, acérquese, acérquese con esa vara de abedul y siénteles las costuras. Y si se resisten, ahí están las comadres dispuestas a echarle una mano».
Cayó el castigo de las manos maternales sobre sus hijos, uno por uno, y los quejidos resonaron por el bosque de Kuokkala. La madre no se anduvo con chiquitas en el manejo de la vara, pero aun así al montero le parecía que el castigo era demasiado ligero.
Cuando finalizó la tarea, cada uno se volvió a su casa, y así la madre con sus hijos. Durante el camino, la mujer no cesó de reprender a sus hijos y afearles su conducta, pero la tormenta no amainó ni siquiera cuando llegaron a la casa, pues mientras les servía la comida en la mesa de los niños, la madre no dejó de refunfuñar amenazándoles con una nueva azotaina. Sin embargo, cuando vio con qué ansia le hincaban el diente al pan y al pescado, volvió la cara para enjugarse disimuladamente una lágrima que le resbalaba por sus morenas y curtidas mejillas.
Así concluyó la escapada de los hermanos y el episodio de su niñez, con el que me he desviado de mi relato.
Una de las cosas que más divertía a los hermanos era el juego del disco, que siguieron practicando siempre con entusiasmo, aun siendo ya hombres. Divididos en dos bandos, competían enérgicamente por conseguir dar en el blanco. Allí eran los gritos, las carreras y los alborotos, mientras el sudor les chorreaba por la cara. El disco saltaba, silbando, a lo largo del camino, y salía de vez en cuando rebotado de la pala contra la cara de alguno de los jugadores, no siendo raro que alguno de ellos volviera a casa con una gran hinchazón o con un carrillo inflamado. Y así iban transcurriendo los días de su juventud: en el verano, correteando por los bosques o jugando al disco en el camino; en el invierno, acurrucados junto al horno sudando calor húmedo.
Pero llegó un momento en que se plantearon que los tiempos cambian. Ciertos acontecimientos les obligaron a preocuparse más por el futuro y a alterar algo su forma de vivir. Habiendo fallecido la madre, uno de ellos tenía que hacerse cargo de la casa, evitando la ruina y atendiendo al pago de los impuestos, muy elevados por cierto, teniendo en cuenta la extensión de los campos y bosques de Jukola. Pero una granja mal atendida, como lo estaba la suya, exige mucho trabajo y entrega, y, para colmo de males, ocurría que el nuevo pastor de la parroquia era un hombre de gran rigidez en lo tocante a su ministerio, mostrándose implacable con los holgazanes que se resistían a aprender a leer, empleando contra ellos todos los recursos a su alcance, incluido el de exponerlos a la vergüenza pública en los cepos. El párroco había puesto sus intransigentes ojos en los muchachos de Jukola, habiéndoles transmitido por medio de su ayudante la orden de que acudieran sin excusa ni pretexto alguno a la casa del chantre, con objeto de que aprendieran las primeras letras. He aquí, pues, a los hermanos, una tarde de finales de verano, sentados en la espaciosa sala, reflexionando de la siguiente manera:
Aapo.— Yo lo que os digo es que esta vida desenfrenada no puede continuar más y acabará en llantos y rechinar de dientes. Hermanos míos, si queremos tener paz y felicidad, tendremos que cambiar de hábitos y de costumbres.
Juhani.— Bien dicho; nadie puede negarlo.
Simeoni.— ¡Que Dios esté con nosotros! La verdad es que hasta hoy hemos llevado una vida desordenada y salvaje.
Timo.— Está bien; pero esta vida es la que se vive, y el mundo es como es y no hay que darle vueltas. No hay atajo sin trabajo.
Juhani.— Lo cierto es que hemos vivido demasiado desordenadamente, y esto no hay quien lo desmienta. Pero recordemos: «Juventud es locura como vejez es prudencia».
Aapo.— Sin embargo, ya va siendo hora de que sentemos la cabeza; ya va siendo hora de que sometamos nuestros deseos y pasiones al yugo de la razón y empecemos a hacer cosas de provecho, y no sólo las que nos vengan en gana. Por tanto, pongámonos sin tardanza a adecentar nuestra casa como es debido.
Juhani.— Sabias palabras, Aapo. Antes que nada nos arrojaremos sobre ese estercolero como escarabajos, y luego el tajo resonará día y noche en todos los rincones de Jukola. El ganado, nuestro buen ganado, aumentará el montón de abono, hasta que levante en el corral paredes tan altas como los dorados muros del Palacio Real. Decidido está, pues, y el lunes a más tardar comenzaremos por el principio.
Aapo.— ¿Y por qué no empezamos mañana?
Juhani.— He dicho que será el lunes y no antes. Nada perderemos con madurar este asunto un poco más. De manera que ya está dicho: el lunes próximo.
Aapo.— Pero hay una cuestión que deberíamos dejar bien aclarada: si queremos proceder con todo rigor a gobernar nuestra vivienda, es preciso que uno de nosotros sea el cabeza y jefe de la casa. ¿Y a quién sino a Juhani le competen este derecho y este deber, ya que él es el primogénito y así lo decidió nuestra madre?
Juhani.— Sí, es cierto que ese derecho, ese poder y esa potestad me corresponden a mí.
Aapo.— Así sea, pero habrás de ejercerlos con moderación y en beneficio de todos.
Juhani.— Haré cuanto esté de mi mano. ¡Y ojalá me obedezcáis sin obligarme a recurrir a los castigos y a darle gusto a la tralla! Pero haré todo lo posible.
Aapo.— ¿A la tralla, dices?
Juhani.— Si fuera necesario, desde luego.
Tuomas.— ¡Anda ya! ¡Deja la tralla para tus perros!
Timo.— No serás tú quien me ablande las cachas, que por reales sólo el rey tiene derecho sobre ellas. Y si me pica la espalda, sólo me la rascará la vara de la ley y de la justicia.
Juhani.— ¿Por qué os enredáis en palabras que se lleva el viento? Aquí estaremos pero que muy a gusto, siempre y cuando la concordia reine entre nosotros y humillemos la cerviz.
Eero.— Bien está, pero establezcamos nuestros deberes mutuos.
Aapo.— Y que cada quisque manifieste su opinión.
Juhani.— ¿Qué dices tú, Lauri, siempre tan callado?
Lauri.— Pues yo lo único que digo es que nos larguemos al bosque y mandemos al diablo el embrollo del mundo.
Juhani.— ¿Qué?
Aapo.— Ya vuelve a delirar.
Juhani.— Largarnos al bosque..., ¡qué insensatez!
Aapo.— No le hagas caso y escucha lo que pienso: el único que tiene el derecho indiscutible de tomar las riendas de la finca eres tú; si tú quieres, claro.
Juhani.— Sí que quiero.
Aapo.— En cuanto a nosotros, mientras ocupemos los rincones del hogar paterno y sigamos solteros, cultivaremos la granja, comeremos de ella y vestiremos de lo que nos dé. El primer lunes de cada mes, excepto en la siembra y la cosecha, gozaremos de plena libertad, pero con derecho a comer de la granja. Cada uno de nosotros recibirá anualmente medio celemín de avena para la siembra, y cada año tendremos derecho a artigar un terreno común de no menos de fanega y media. Ya sé, ya sé que ninguno de nosotros abandonaría por su gusto los queridos campos de Jukola, y no lo haremos obligados por la escasez de nuestro patrimonio, pues en nuestras tierras hay espacio de sobra para siete hermanos. Pero si alguno de nosotros, andando el tiempo, sintiera deseos de fundar su propia familia, no habrá necesidad de desmembrar la finca acudiendo a la ley y pagando a los agrimensores. Oídme, pues, quizá sea bueno el siguiente arreglo: la finca le cederá un terreno donde podrá construirse una casa y cultivar los campos que la rodean. Además de lo dicho, recibirá en propiedad una parcela de la pradera común, y tendrá el derecho de artigar en los bosques prados suficientes para que puedan pastar un par de caballos y cuatro o cinco vacas. Y así, sin meterse en impuestos y gastos, cultivará sus tierras, vivirá de sus productos, y tanto él como sus hijos podrán vivir desahogadamente en su propiedad. ¿Qué os parece lo que he pensado, eh?
Juhani.— Sensato es lo que has dicho por tu boca. Tendremos que examinar las cláusulas.
Lauri.— Sí, bueno, pero quizá sea mejor hacerlo de otra forma. Trasladémonos a los bosques y vendamos nuestra miserable Jukola o arrendémosla al curtidor de Rajaportti, que la tiene echada el ojo y nos ha comunicado que está dispuesto a cerrar el trato si le cedemos la granja por diez años al menos. Venga, chicos, hagamos lo que os digo y vámonos a vivir con el caballo, los perros y las escopetas junto a la abrupta montaña de Impivaara, donde construiremos una alegre cabaña sobre las risueñas y soleadas laderas. Allí, dedicándonos a la caza en las vastas soledades, viviremos en paz, lejos del bullicio del mundo y de la maldad de los hombres. Es un plan que llevo rumiando día y noche desde hace años.
Juhani.— ¿Es que el diablo te ha trastornado la cabeza, muchacho?
Eero.— Si no ha sido el diablo... habrá sido la dama del bosque.
Lauri.— Pues así lo he pensado y así lo haré. Allí viviríamos como señores, cazando pájaros, ardillas, liebres, zorros, lobos, tejones y osos de pelo hirsuto.
Juhani.— ¡Sigue, hombre, sigue! Ya que te has puesto, ¿por qué no enumeras toda el arca de Noé, desde el ratón al alce?
Eero.— ¡Bonito consejo el tuyo! ¡Despedirse del pan y de la sal, chupar sangre y atiborrarse de carne como los mosquitos lapones! ¿Tendremos que devorar también zorros y lobos en las cuevas de Impivaara, como ogros peludos?
Lauri.— Los zorros y los lobos nos darán su piel. Con la piel conseguiremos dinero, y con el dinero sal y pan.
Eero.— Ya, ya; las pieles nos darán abrigos, pero lo único que comeremos será carne sangrante y humeante. Los monos y los zambos de los bosques no necesitan pan ni sal.
Lauri.— Haced lo que os parezca, pero yo así lo he pensado y así lo haré algún día.
Timo.— Veamos, veamos. Examinemos la cosa desde el principio. ¿Por qué no podemos comer pan y sal incluso en el bosque? ¿Eh? ¿Por qué no? El bromista de Eero no es más que un embaucador, confunde tanto como un tocón en la artiga. Vamos a ver, ¿quién puede impedir que uno que viva en el bosque vaya de vez en cuando a los pueblos, aunque sólo sea cuando la necesidad le obligue? ¿O es que tú me recibirías a trancazos, Eero?
Eero.— No, no, hermano mío, de ninguna manera; y si llevases frutos, hasta recibirías sal a cambio. Pues nada, hijos míos, id a vivir al bosque, id de una vez, que no seré yo quien se oponga, y hasta os llevaré en carroza y a buen trote.
Juhani.— Ah, pero pronto les harían regresar los espíritus del bosque, creedme.
Lauri.— Lo que pasa es que el umbral parece más alto cuando se vuelve a casa, ya lo sé; pero no creas que iba a llamar a tu puerta, una vez me hubiera marchado. A comienzos de mayo me largo.
Timo.— A lo mejor te acompaño.
Lauri.— No te rechazo ni te invito. Haz lo que tu corazón te dicte. Para el próximo año me instalaré en los campos de Impivaara. Al principio y hasta que mi cálida cabaña no esté bien acondicionada viviré en la musgosa choza de carbonero que construyó nuestro abuelo; ése será mi tranquilo refugio después de los trabajos cotidianos, oyendo cómo silba el oso en el bosque y canta el gallo lira en Sompio.
Timo.— Lo he decidido, Lauri, te acompañaré.
Tuomas.— Bueno, si los tiempos no mejoran por estos pagos, yo también iré con vosotros.
Juhani.— ¿Qué es lo que oigo, Tuomas? ¿También tú quieres marcharte?
Tuomas.— He dicho si los tiempos no mejoran.
Lauri.— En todo caso, yo me marcharé a comienzos de mayo, aunque vuelvan a Jukola los buenos tiempos.
Timo.— Los dos emigraremos al bosque pantanoso de Sompio, como las grullas primaverales, y los vientos sonarán.
Juhani.— ¡Cáspita! Pues si he de deciros la verdad, tengo que confesar que el plan de Lauri posee un secreto atractivo. El bosque atrae. ¡Diantre! Ya me parece estar viendo las radiantes llanuras celestes extendiéndose detrás del bosque.
Aapo.— ¡Cuidado que sois necios! De manera que estáis pensando en iros a vivir al bosque. ¿Por qué? Aquí al menos tenemos algo nuestro, una granja, un techo dorado que nos protege.
Juhani.— Eso es muy cierto; tenemos una hacienda que no soltaremos ni aunque nos maten mientras nos proporcione un poco de alimento. Pero no olvides que si, a pesar de nuestros magníficos planes, la desgracia lo trastorna todo, el bosque será mi refugio, y me iré sin pensármelo dos veces cuando ya no quede un grano que moler. Así será, pero... ¡hala!, ahora hemos de ponernos a trabajar en la granja y en el campo con la celeridad del rayo. Mas volvamos a la cuestión que estábamos discutiendo. A mi entender, Aapo ha examinado el fondo del asunto con sentido común, y todo irá a pedir de boca a condición de que todos y cada uno nos esforcemos en que reinen la concordia y el buen entendimiento entre nosotros. Aunque, eso sí, si queremos discusiones, no han de faltarnos motivos para que las haya, y gordas.
Simeoni.— ¿Y cómo no hemos de encontrar motivos mientras el viejo Adán nos busque las cosquillas y nos rasque entre la piel y el hueso?
Timo.— Yo siempre me he representado al viejo Adán como un respetable y bondadoso señor con sombrero de fieltro, casaca negra, calzones y un chaleco rojo que le llega por debajo del ombligo, y el buen hombre se pasea absorto en sus pensamientos siguiendo a un par de bueyes.
Simeoni.— El viejo Adán no es otra cosa que la raíz del pecado, el pecado original.
Timo.— Ya sé que Adán es la imagen y el símbolo del pecado original, aquel cornudo Satanás del infierno; pero, la verdad, no puedo dejar de imaginármelo como un abuelo bonachón conduciendo sus bueyes, tal como dije antes. No puedo remediarlo.
Juhani.— En fin, dejemos este artículo de fe y vamos con la madre del cordero. Dime, Aapo, ¿qué haremos con nuestras dos parcelas de Vuohenkalma y de Kekkuri?
Aapo.— No olvidemos que los aparceros se han tomado el trabajo de artigar sus tierras arrancando los bosques vírgenes, y sería una injusticia despojarles ahora de ellas mientras tengan redaños para labrar los campos. Además, la ley les otorga recursos para asegurar su vejez. Así están las cosas. Pero aún tenemos que tratar otra cuestión que, por lo que se me alcanza, no es nada sencilla, y ella es que hemos de dar un paso importante aquí, en la tierra, que acaso nos haga encanecer prematuramente, aunque también pudiera ser que nos trajera el sol de la felicidad haciendo que nuestros días acabaran en un crepúsculo dorado. Y a ti, Juhani, te incumbe el primero. Escucha bien lo que voy a decirte: un amo que gobierna la casa sin mujer es como si anduviera con una sola pata; una granja sin un ama que recorra los senderos...
Timo.— ... es como una madriguera de lobos sin loba o como una bota sin pareja. Cojea, tal como dice Aapo.
Aapo.— Una granja sin un ama que recorra los senderos es como un día nublado, y el tedio se sienta en la cabecera de la mesa familiar como un oscuro atardecer de otoño. Pero, ah, una buena ama de casa es el sol radiante de la granja, que alumbra y calienta. Vedla si no: es la primera en levantarse, amasa el pan, dispone la mesa para el marido, le prepara las provisiones que ha de llevarse al bosque y acude al establo con un cubo en la mano para ordeñar las vacas. Luego cuece el pan, sin dejar de trajinar de un lado para otro; ahora está junto a la mesa y, como un vendaval, corre a avivar las llamas del horno, que salen por la boca chisporroteando y echando humo, y, mientras la masa sube, desayuna en menos que se reza un Credo, con su niño en brazos, se engulle un pedazo de pan y un arenque seco, y se atraganta bebiendo en un cuenco la leche cuajada. Y todo esto sin olvidarse del chucho, el fiel guardián de la casa, bajo la escalera, ni tampoco del gato que mira furtivamente acurrucado junto al horno. Va y viene que no para, amasa otra hornada, y mete los panes en el horno mientras el sudor le cae a chorros por la frente. Pero ahí no acaba la cosa, pues cuando empieza a anochecer, los tiernos panes ya están ensartados en las barras, llenando la casa con su oloroso aroma. Cuando los hombres vuelven del trabajo, la cena humeante les espera sobre la limpia mesa.
A todo esto, ¿dónde está el ama? Abajo, en el establo, ordeñando otra vez las vacas de retorcida cuerna, y la superficie de la leche espumea en el cubo. Pero el ama sigue trajinando sin descanso, y sólo cuando todos los de la casa roncan que se las pelan puede ella tenderse en la cama echando bendiciones. Ah, pero todavía no ha llegado el fin de sus quehaceres y desvelos, porque a cada instante, a cualquier hora de la noche, el ama se levanta, ¡qué remedio!, para acallar a su niño que berrea en la cuna. Ya veis, hermanos, lo que es una buena ama.
Juhani.— ¡Lo has explicado muy bien, Aapo! He comprendido perfectamente tus intenciones. Por lo que se me alcanza, tratas de persuadirme de que tome mujer. Comprendo, comprendo. Tú vienes a decir que una mujer es un elemento indispensable para el gobierno de una familia. Cierto. Pero pierde cuidado; creo que tu deseo se hará pronto realidad. Confieso que mi corazón siente debilidad por una muchacha a la que espero hacer mi esposa, si es que los viejos signos no me engañan. Así es, hermanos, otros días y otros avatares se avecinan, y el gobierno de la casa ya empieza a producirme quebraderos de cabeza. Una carga tremenda pesa sobre las espaldas del amo, y de todo habrá que rendir cuentas el día del Juicio Final. ¡Ay, pensar que tengo que responder de todos vosotros!
Tuomas.— ¿Tú? ¿Por qué tú?
Juhani.— Vuestro amo soy, y de vuestra sangre me pedirán cuentas a mí.
Tuomas.— Eso lo dirás tú. Yo respondo de mí, y de mi cuerpo y de mi alma.
Timo.— ¡Toma, y yo! ¡Pues no faltaba más!
Aapo.—Ten cuidado con lo que dices, Juhani, que hay palabras que hacen hervir la sangre.
Juhani.— ¡Calma, calma! Yo no pensaba ni en sangre hervida ni en carne cocida, pero lo que os digo es que así como el alquitrán y la brea se agarran en el calor del verano, así vosotros, hermanos, os agarráis como a un clavo ardiendo a palabras vanas, insignificantes, aunque conocéis los menores pliegues de mi corazón. Eso es lo que me saca de quicio.
Aapo.— No hagas caso y dinos, si quieres, qué muchacha es esa que te tiene sorbido el seso.
Juhani.— Os lo diré sin rodeos. La muchacha a la que amo hasta las entretelas es Venla, la hija de la Vieja del Pinar.
Aapo.— ¡Anda, anda! ¿Conque esas tenemos?
Juhani.— ¿Qué?
Aapo.— ¡Bueno, no he dicho nada!
Tuomas.— ¡Un asunto que se las trae!
Simeoni.— ¿De manera que a Venla? ¡Bueno, bueno! Encomendémonos al Dios del cielo.
Aapo.— ¡Vaya! ¿Así que a Venla?
Juhani.— ¿Qué estáis gruñendo? ¡Ah! Me parece que empiezo a comprender. ¡Que el Hijo de Dios nos guarde! ¿Qué pasa? ¿Es que no podéis explicaros con más claridad?
Aapo.— Verás..., ya hace años que esa muchachuela me quita el sueño.
Simeoni.— Si Dios me la tiene destinada, ¿por qué preocuparme?
Eero.— Que te crees tú. Ella te estaría destinada, pero yo te la birlaré.
Juhani.— ¿Y qué dice Tuomas?
Tuomas.— ¡Un asunto complicado! Resulta que a mí Venla también me gusta mucho, lo confieso.
Juhani.— Pues estamos buenos. ¿Y Timo?
Timo.— Tengo que declarar lo mismo.
Juhani.— ¡Por Dios y sus criaturas! ¿Qué dice Eero?
Eero.— Yo... lo mismo, sinceramente lo mismo.
Juhani.— Está bien, muy bien. ¡Vaya, vaya! Seguro que Timo también.
Timo.— Reconozco que amo a Venla con toda mi alma. Es verdad que una vez me arreó un sopapo de los de no te menees, y que cuando yo era un crío me sacudía sin contemplaciones; aún no he olvidado aquellas caricias, no.
Juhani.— ¡Deja, deja! Ahora se trata de saber si la amas o no.
Timo.— ¿Cómo no voy a amarla? ¡Y mucho! Lo que está por saber es si me ama ella a mí.
Juhani.— ¡Lo que faltaba! ¿De manera que tú también te cruzas en mi camino?
Timo.— No, no, si no puedes dominar tu corazón y tu lengua. Pero me gusta mucho esa chiquilla, y haré todo lo que pueda para que sea mi mujer.
Juhani.— Vamos a ver, ¿qué dice Lauri?
Lauri.— ¿Qué tengo yo que ver con ella?
Juhani.— Dinos de parte de quién de nosotros estás.
Lauri.— Ni con uno ni con otro. Me importan un comino vuestras cuitas.
Juhani.— ¡Menuda sopa vamos a cocer!
Lauri.— No seré yo quien meta en ella mi cuchara.
Juhani.— ¡Así que todos menos Lauri! ¡Ay, muchachos, muchachos, hermanos de Jukola, mi gran familia! Está visto que no queda otro remedio que batirse, y tierra y cielo van a temblar. ¡Vamos, queridos hermanos, empuñad el cuchillo, el hacha o la estaca! Uno contra todos y todos contra uno, como siete toros. ¡Vamos allá! Yo elijo la estaca, ese palo de nudos que hay ahí..., ¡y pobre del que reciba un palo en la cabeza! ¡Coged vuestras estacas, hermanos, y venid acá, si tenéis riñones!
Eero.— Armado estoy, aunque sea el más pequeño de todos.
Juhani.— ¡Mira con el enano! Ya estoy viendo otra vez ese gesto tuyo, malicioso y provocador, esa maldita mueca, como si esto fuera para ti una diversión. ¡Pero espera, que te vas a acordar!
Eero.— ¿Y qué crees, que mi estaca no va a cumplir con su cometido?
Juhani.— Ya te arreglaré yo, ya... ¡Vamos, os digo, las estacas! ¡Coged las estacas, chicos!
Timo.— Aquí estoy yo y aquí está mi estaca, si se tercia. No me gustan las trifulcas ni los follones, pero si no hay más remedio...
Juhani.— ¡Vamos, Tuomas, tu estaca!
Tuomas.— Vete ya al diablo con tus estacas, pedazo de idiota.
Juhani.— ¡Así te parta un rayo!
Simeoni.—Todo este alboroto es terrible, y cosa de paganos, de turcos. No quiero seguir jugando a este juego, y dejo mi matrimonio en manos de Dios.
Lauri.— Yo también me retiro, ea.
Juhani.— Entonces no estorbéis. ¡Fuera, fuera! ¡Coge tu estaca, Aapo, y que tiemblen las paredes de Jukola cuando revienten los cráneos! ¡Maldito infierno!
Aapo.— ¡Ay, cuán miserable es el hijo del hombre! ¡Miedo me da ver tu gesto, Juhani, y cómo te sobresalen los ojos y cómo se te erizan los pelos como paja revuelta!
Juhani.— Déjalos que se ericen, al fin y al cabo así son mis pelos.
Eero.— No se me van las ganas de alborotar esas greñas.
Juhani.— ¡Cállate, pequeñajo! Quédate prudentemente en tu rincón, que me das lástima.
Eero.— Y tú retira a tiempo tu fea jeta. Me da pena verla temblar y moverse como la barbilla de un mendigo.
Juhani.— Mira cómo se mueve mi palo. ¡Mira!
Aapo.— ¡Juhani!
Eero.— ¡Pega, anda, pega! Creo que el golpe rebotará contra ti más fuerte aún. ¡Anda, pega!
Juhani.— Pues claro que pego.
Aapo.— ¡No pegues, Juhani!
Juhani.— Ve a esconderte en el estercolero, o coge un palo para defenderte, si no quieres que te salte los sesos. ¡Vamos, coge la estaca!
Aapo.— ¿Es que te has vuelto loco? ¿Has perdido el juicio?
Juhani.— Mi juicio está en esta estaca de nudos. ¡Escucha, que va a hablar!
Aapo.— Espera que me arme, hermano. Mira, mira el salchichón de madera que tengo ya en la mano. Pero antes, oh cristiana grey fraternal de Jukola, oíd unas palabras, y luego nos batiremos como lobos rabiosos. Escuchadme: el hombre dominado por la ira es como una fiera sedienta de sangre; deja de ser humano y, ciego, es incapaz de distinguir lo que es justo y razonable. Del mismo modo, cuando se halla poseído por la cólera, no está en condiciones de desenredar enredos de amor. Pero si este incidente, que hace que unos hermanos se armen de estacas unos contra otros, fuera examinado a la luz de la razón, me parece que la cuestión sería muy otra. La chica no puede amarnos a todos, sino sólo a uno, y eso en el supuesto de que estuviese dispuesta a aceptarnos a alguno y a subir de su mano la empinada cuesta de la vida. Creo, pues, que nos comportaríamos juiciosamente si fuésemos todos juntos a exponerle a Venla nuestra pretensión y a preguntarle con corazón abierto y palabras elocuentes si está dispuesta a entregar su amor a uno de nosotros. Si consiente, alabada sea, y aquel que sea favorecido, dele gracias a su buena estrella. Y el que nada reciba ahogará su desengaño en la esperanza de encontrar más tarde a la mujer que Dios le tiene destinada en este mundo. Creo que si hacemos esto podremos decir que nos hemos comportado como hombres y verdaderos hermanos, y los espíritus resplandecientes de nuestro padre y nuestra madre saldrán a las puertas radiantes del cielo donde, mirándonos desde una brillante nube, dirán con orgullosa voz: «Muy bien, Juhani; muy bien, Tuomas y Aapo; muy bien, Simeoni, Timo y Lauri; muy bien, Eero, hijito. Vosotros sois verdaderamente esos hijos en quienes teníamos depositadas todas nuestras esperanzas».
Juhani.— ¡Caray, Aapo, hablas como un ángel del cielo, maldita sea! No te digo más que estoy a punto de echarme a llorar.
Simeoni.— Te lo agradecemos, Aapo.
Juhani.— Sí, gracias, Aapo. Mira cómo tiro la estaca.
Timo.— Yo también. Se acabó el follón, tal como yo deseaba desde el principio.
Simeoni.— Aapo nos ha puesto delante de un espejo, lo cual es cosa de agradecer.
Eero.— Así es; démosle las gracias y entonemos a coro el «Cántico de acción de gracias de Simeoni».
Simeoni.— Ya estás otra vez con tus mofas.
Timo.— ¡Ojo, Eero, no te burles del cántico de Simeoni, que es la palabra de Dios!
Aapo.— ¡Ay, tan joven y tan impenitente!
Simeoni.— Tan joven y tan impenitente. Ay, Eero, Eero, callo la boca, pero todo se me vuelve suspirar por ti.
Juhani.— Sospecho, Eero, que aún tendremos que castigarte dos o tres veces con mano paternal, porque nuestra madre te crio con excesivo mimo.
Simeoni.— Todavía es tiempo de corregirle, porque aún es tierno su corazón y moldeable su juventud; pero habremos de hacerlo con mano amorosa y sin dejarnos llevar por la ira. Un castigo aplicado con cólera, lejos de ahuyentar a los diablos, los atrae.
Eero.— Así, así, ¡con mano amorosa!
Simeoni.— ¿Os habéis fijado? ¡Este impío me ha pegado!
Eero.— Y en todos los hocicos. Otros se cabrean por menos.
Juhani.— Ven acá, chaval. Y tú, Timo, alcánzame ese palo que está en el rincón.
Simeoni.— ¡Así, Juhani, así! Sujétalo bien sobre las rodillas mientras yo le bajo los calzones.
Eero.— ¡No, no, por todos los diablos!
Juhani.— ¡Es inútil que te resistas, tunante, granuja!
Simeoni.— ¡No lo sueltes!
Juhani.— ¡Mirad con el pez escurridizo! ¡Pero no te escaparás, no!
Eero.— ¡Pegad, infames, bestias! ¡Si me pegáis prenderé fuego en el rincón de la casa! ¡Os juro que habrá fuego y humo!
Juhani.— ¡Hay que ver qué mala leche tiene! ¿Así que pegarás fuego a la casa, eh? ¡Ay, qué mala leche!
Simeoni.— ¡Dios nos libre de su mal genio!
Juhani.— Trae el palo, Timo.
Timo.— No lo encuentro.
Juhani.— ¿Estás ciego? ¿No lo ves? Ahí, hombre, en ese rincón.
Timo.— ¿Esta vara de abedul?
Juhani.— Sí, ésa; dámela.
Simeoni.— Pega, pero con moderación y no con todas tus fuerzas.
Juhani.— Ya, ya lo sé.
Lauri.— Pues yo digo que ni un golpe, ¿me oís?
Tuomas.— Deja en paz al mozalbete.
Juhani.— Éste necesita que le den en el trasero.
Lauri.— No te atrevas a tocarlo ni con un dedo.
Tuomas.— ¡Suéltalo! ¡Enseguida!
Timo.— Perdonemos al pequeño Eero, aunque sólo sea por esta vez.
Simeoni.— Perdonar, perdonar... hasta que los abrojos y la maleza acaben con el buen grano.
Lauri.— ¡No lo toques!
Aapo.— Venga, perdonémosle y así tratemos amontonar carbones encendidos sobre su cabeza.
Juhani.— Anda, vete y dale gracias a la suerte.
Simeoni.— Y ruega a Dios que te cambie el corazón, el alma y la lengua.
Timo.— Yo voy a acostarme.
Aapo.— Aún nos queda por examinar una cuestión.
Timo.— Me voy a la cama. Venga, Eero, vamos a dormir y olvidemos este hormiguero de mundo, este asqueroso amasijo que despide humo y vaho bajo la lluvia. Vamos, Eero.
Juhani.— ¿Qué punto es ese que quieres aún examinar?
Aapo.— Es que... ¡Dios nos perdone!... no sabemos aún ni la A, la primera letra del abecedario, a pesar de que todo ciudadano cristiano está obligado a aprender a leer por exigencia de la ley, de la ley de la Iglesia. Y ya sabéis que la máquina del Estado nos espera y nos cogerá entre sus dientes si no aprendemos a leer como está mandado. Los cepos nos acechan, hermanos, esos negros cepos que, con sus funestos agujeros abiertos como fauces, se agazapan en el atrio de la iglesia como un negro jabalí. Ya nuestro pastor nos ha amenazado con esas tenazas del infierno, y tengamos por seguro que cumplirá su amenaza si no nos ve trabajar con aplicación.
Juhani.— Es imposible aprender a leer.
Aapo.— Otros hombres lo hicieron antes.
Tuomas.— ¡Cuánto tendrían que sudar!
Juhani.— Y penar. Yo tengo la mollera muy dura.
Aapo.— Pero con voluntad firme se puede perforar una montaña. Pongamos manos a la obra, encarguemos cartillas a la ciudad de Hämeenlinna, y vayamos a estudiar a la escuela, a la casa del chantre, como ha ordenado el pastor. Y démonos prisa, antes de que el carruaje de la Corona venga a buscarnos y nos lleve a la fuerza.
Juhani.— ¡Ay, hermanos, mucho me temo que tengamos que hacerlo! ¡Que Dios tenga piedad de nosotros! Pero dejemos este asunto para mañana y vámonos a dormir.
Capítulo segundo
Es una tranquila mañana de septiembre. El rocío brilla en los campos, la niebla barre la arboleda amarillenta y finalmente se disuelve en las alturas. Esta mañana, los hermanos se han levantado de un humor de perros, sin intercambiar palabra; se han lavado la cara, se han peinado y se han puesto el traje de los días de fiesta. Están dispuestos a ir a casa del chantre, a la escuela.
Sentados ante la larga mesa de pino, almuerzan dando buena cuenta de los guisantes amarillos; pero su habitual expresión de alegría ha desaparecido de su rostro, y sus cejas fruncidas denotan que pronto han de emprender el camino de la escuela. Ya han acabado el almuerzo, pero, sin embargo, se hacen los remolones y se quedan descansando un rato; unos, con la vista fija en el suelo, pensativos; otros, contemplando su cartilla de tapas rojas y pasando y repasando sus ásperas páginas. Juhani, sentado junto a la ventana que da al sur, extiende su mirada por la colina pedregosa y el frondoso pinar, donde se divisa la casa de la Vieja, con su puerta de marco rojo.
Juhani.— Allá va Venla por el sendero... ¡y qué gráciles son sus pasos!
Aapo.— Pues madre e hija debían de haberse marchado ayer a Tikkala, a casa de sus parientes, para limpiar los rábanos y recoger los arándanos, y según creo pensaban quedarse hasta bien entrado el otoño.
Juhani.— ¿Hasta bien entrado el otoño? Me extraña mucho. Es posible que vayan, pero resulta que este año hay en Tikkala un robusto criado, un bellaco de tomo y lomo, y nuestra esperanza puede desvanecerse como el humo. Sería, pues, conveniente coger el toro por los cuernos y plantearle a la muchacha la cuestión que nos tiene sobre ascuas: si estaría dispuesta a abrir su alma y encender su corazón.
Tuomas.— Yo también creo que es lo mejor.
Timo.— Y yo.
Juhani.— De acuerdo. Y ahora, todos a pedir su mano a la vez, como hombres. ¡Dios nos ayude! No hay más remedio... ¡a casarse, a casarse! Llevamos las mejores ropas, nos hemos lavado y peinado, y nuestro aspecto es el de buenos cristianos. Somos puros como recién nacidos. Siento una gran desazón. Corramos a casa de Venla, que éste es el tiempo propicio.
Eero.— ¡Que sea éste un día de dicha!
Juhani.— ¿Un día de dicha? ¿Para quién? ¿Qué crees tú, muchacho?
Eero.— Pues para todos nosotros.
Juhani.— En otras palabras, ¿que Venla fuera la mujer de todos nosotros?
Eero.— Puede.
Juhani.— Oye, a ver si te crees...
Simeoni.— El cielo me asista, ¿cómo sería posible?
Eero.— Nada hay imposible para Dios. Creamos, esperemos y amemos todos a la vez.
Juhani.— Cierra el pico, Eero. Ahora vamos a casarnos y luego proseguiremos la marcha hacia la escuela con la bolsa al hombro.
Aapo.— Pero, pienso yo, ¿no sería conveniente que para hacer las cosas bien uno de nosotros llevara la voz cantante en la casita?
Juhani.— Un punto importante éste, sí señor. Pero tú mismo vienes como anillo al dedo para esa función. Tienes condiciones especiales, pues con tus palabras sabes avivar una llama y sacar chispas de los corazones. Está visto que has nacido para predicador.
Aapo.— ¡Bah, bah! ¿Qué es lo que yo sé? Y, después de todo, ¿para qué hablar de mis prendas cuando aquí, entre los bosques, se pierden en las brumas de la ignorancia y desaparecen como un riachuelo que se hunde murmurando en la arena?
Juhani.— ¡Maldito sea el destino que no te permitió ir a la escuela!
Aapo.— ¿De dónde hubieran sacado en casa el dinero para pagarme una educación? Recordad que hay que vaciar más de un saco de provisiones de casa a la escuela antes de que uno pueda subir al púlpito. Pero, en fin, volvamos a lo que nos ocupa, que no es otra cosa que la petición de matrimonio. Haré lo que vosotros queráis, y así, me adelantaré en nombre de todos y procuraré que mis palabras sean las de un hombre sensato.
Juhani.— ¿Qué hacemos aquí, entonces? ¡Adelante, pues! Vayamos derechos al asunto... ¡Qué sudores!, pero qué remedio, no lo pensemos más. Dejaremos las bolsas delante de la casa y Lauri, al que la cosa ni le va ni le viene, las protegerá de los cerdos. En marcha, chicos, y entremos en la casa nupcial con la cartilla en la mano; eso nos dará aires de dignidad.
Eero.— Sobre todo si enseñamos la última página, la del gallo que, según dicen, regala caramelos a los niños que llegan a ella.
Juhani.— ¡Vaya, otra vez con tus cosas! Pero, a propósito del gallo, ahora recuerdo un sueño horrible que me atormentó la noche pasada.
Simeoni.— Cuéntalo; tal vez resulte una advertencia que nos sea de provecho.
Juhani.— He soñado que sobre el horno había un nido de gallina con siete huevos.
Simeoni.— ¡Los siete hijos de Jukola!
Juhani.— Pero uno de los huevos era ridículamente pequeño.
Simeoni.— ¡Eero!
Juhani.— El gallo murió.
Simeoni.— ¡Nuestro padre!
Juhani.— La gallina murió.
Simeoni.— ¡Nuestra madre!
Juhani.— Entonces los topos, las ratas y las comadrejas se arrojaron sobre el nido. ¿Qué significan estos animales?
Simeoni.— Nuestras pecaminosas pasiones y las frivolidades mundanas.
Juhani.— Puede que sea así. Los topos, las ratas y las comadrejas llegaron retorciéndose y dando saltos, rompieron y machacaron los huevos y, ¿qué diréis que pasó?; pues que del huevo más pequeño salió un hedor agrio.
Simeoni.— ¡Pon atención, Eero!
Juhani.— Cascados los huevos, salió del hornillo una voz espantosa, como el fragor de muchas cataratas, que me rugió en los oídos: «Todo está roto y grande es el delirio». Esto gritó la voz, pero, a pesar de todo, nosotros empezamos a reunir y cocer aquellas mezcolanza e hicimos un revuelto de huevos que nos comimos con gran placer y hasta nos sobró para dar parte de él a los vecinos.
Eero.— ¡Bonito sueño!
Juhani.— Y amargo, pues tú olías a demonios. ¡Sí, he tenido un sueño muy amargo contigo, pobrecito!
Eero.— Pues ya ves, yo, en cambio, he tenido un sueño muy agradable sobre ti; soñé que el gallo de tu cartilla te daba un montón de caramelos y dulces como premio a tu aplicación y perseverancia. Y tú, gozando como un enano, te ponías morado de dulces y me dabas unos pocos.
Juhani.— ¿De veras te daba? Hermosa acción.
Eero.— «Quien algo da, mucho recibe.»
Juhani.— Por supuesto. Y, sobre todo, si va acompañado de unos cuantos golpes.
Eero.— ¿Por qué sólo de unos cuantos?
Juhani.— ¡Cierra el morro, novillo!
Tuomas.— Cerradlo los dos y larguémonos de una vez.
Aapo.— Que cada uno coja su bolsa y su cartilla.
Fueron, pues, los hermanos a pedir en matrimonio a la hija de su vecina. Caminando en fila, uno detrás de otro, sin musitar palabra, atravesaron los cobertizos de patatas, subieron por la colina pedregosa y, finalmente, se detuvieron ante la casita de la Vieja del Pinar.
Juhani.— Bueno, hemos llegado. Dejemos las bolsas, y tú, Lauri, quédate vigilándolas como fiel guardián hasta que salgamos de la sala nupcial.
Lauri.— ¿Pensáis quedaros mucho rato?
Juhani.— El tiempo que nos lleve el asunto. ¿Tiene alguien una sortija?
Eero.— No te hará falta.
Juhani.— Repito, ¿tiene alguien una sortija en el bolsillo?
Timo.— Yo no, y supongo que nadie. Ved lo que pasa. Un joven debiera llevar siempre un reluciente anillo en el bolsillo.
Juhani.— ¡Diablos, ahora sí que estamos en un apuro! Y lo que son las cosas, ayer mismo pasó por casa el búhonero Iisakki, el ruso, y hubiera sido una buena ocasión para comprarle una sortija y una pañoleta, pero, ¡idiota de mí!, no se me pasó por las mientes.
Aapo.— Ya tendremos oportunidad de comprar esos objetos más tarde. Antes convendrá saber si alguno de nosotros, y quién, tendrá que hacer tan agradables compras.
Juhani.— Mirad, mirad, ¿quién está abriendo la puerta? ¿Es Venla?
Timo.— Bah, es la vieja de la barbilla ganchuda.
Juhani.— La rueca de Venla zumba como un alegre escarabajo en las noches de verano cuando presagia buen tiempo. ¡Adelante! ¿Dónde está mi cartilla?
Aapo.— La tienes en la mano, hermano. ¿Ya te da vueltas la cabeza, criatura de Dios?
Juhani.— No hay peligro, hermano. ¿No tendré la cara tiznada de hollín?
Eero.— Qué va. Estás limpio y calentito como un huevo recién puesto.
Juhani.— Entonces, vamos allá.
Eero.— ¡Un momento! Yo soy el más joven y me corresponde el honor de abriros la puerta y entrar el último. ¡No faltaba más! Entren sus excelencias.
Encabezados por Juhani, entraron en la casita de bajo techo. El muchacho tenía los ojos muy abiertos y los pelos tiesos como púas de puercoespín. Los otros, graves y solemnes, siguieron al hermano mayor. Eero cerró de golpe la puerta y se quedó fuera, sentado en la hierba con una sonrisa maliciosa en los labios.
Los hermanos, en calidad de pretendientes, están, pues, en casa de la vieja. Es ésta una mujer vigorosa y ágil, que va tirando en la vida criando gallinas y recogiendo bayas. En verano y otoño recorre infatigable los claros llenos de tocones; trepa por las lomas y cuestas pobladas de fresas y arándanos; corre, sudorosa, seguida por su hija Venla. La muchacha goza de fama de ser hermosa: sus cabellos son del color de la herrumbre; sus ojos, vivaces y penetrantes; y su boca, graciosa, aunque quizá un poco alargada. Es pequeña, regordeta, prieta de carnes, y se dice que muy fuerte. Tal es la encantadora palomita de los hermanos, revoloteando en el pinar.
