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'Los sorias' narra una guerra fría entre tres dictaduras: Soria, Tecnocracia y la Unión Soviética. En Soria, todos se apellidan Soria; mientras que en Tecnocracia todos se apellidan Iseka. A partir del enfrentamiento entre Personaje Iseka (el protagonista de esta novela) y unos hermanos sorias, con los que comparte habitación en un apartamento en la frontera entre Soria y Tecnocracia, se despliega un universo distópico en el que estos tres países se enfrentan entre sí mediante todo tipo de armas surrealistas, jugando con humor negro y absurdo sobre política, religión, guerra, historia, sexo, astrología, magia, ciencia y tecnología. Una novela monumental de «realismo delirante» escrita durante diez años y que nunca antes nadie se atrevió a publicar en Soria (España).
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Seitenzahl: 2291
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Alberto Laiseca nació en Rosario (Argentina) en 1941, aunque al poco tiempo se mudaron a Camilo Aldao, donde ha sido declarado Ciudadano Ilustre. Su madre falleció cuando Alberto tan solo tenía tres años, así que fue educado por su padre con el cual tenía una relación complicada (el autor ha declarado haber vivido episodios de maltrato), aunque le inculcó el amor por la lectura.
Inició la carrera de Ingeniería Química en la Universidad del Litoral, pero abandonó los estudios para dedicarse a escribir. Trabajó de peón, recolector y, ya en Buenos Aires, de empleado de ENTel (empresa pública argentina del servicio de telefonía).
Tras escribir relatos para periódicos y antologías, en 1976 publicó su primera novela, Su turno para morir. Con su libro de cuentos Matando enanos a garrotazos y la novela Aventuras de un novelista atonal, Laiseca terminó de convertirse en una figura de culto entre los escritores emergentes de su generación como César Aira y Ricardo Piglia. Entre sus alumnas destacan las escritoras Gabriela Cabezón Cámara y Selva Almada.
Todos los libros de la biblioteca personal de Laiseca están forrados con papel blanco y numerados «para evitar identificaciones y afanos». Los sorias es su novela más ambiciosa. En ella se expande todo su universo literario, llegando a declarar que cuando la terminó supo que no escribiría nada igual. Trabajó en ella durante diez años, casi le roban el manuscrito en la estación de tren, y no fue hasta dieciséis años después (en 1998) cuando se publicó por primera vez en Argentina, en una edición, numerada y firmada por el propio autor, de 350 ejemplares a cargo de la editorial Simurg. Ahora, otros veintiséis años después, tienes entre tus manos la primera edición en España, que posiblemente se convierta en poco tiempo en objeto de coleccionistas.
Alberto Laiseca falleció en 2016 a la edad de setenta y cinco años. Su vida, obra y algunas excentricidades son dignas de que las conozcas en más profundidad, y te recomendamos que investigues un poco por ahí. Por desgracia aquí no nos queda mucho más espacio, todo lo ocupa esta novelaza. Disfrútala.
Matías Sánchez, nacido en 1972 en Tubinga (Alemania), pero criado en Isla Cristina, Huelva, es uno de los pintores andaluces más reconocidos en la actualidad.
Pincel y pintura al óleo, unidos a una gran libertad formal, le sirven para crear complejas composiciones y paisajes oníricos grotescos llenos de figuras extrañas que son reflexiones irónicas del mundo que le rodea.
La obra que puedes disfrutar en la cubierta de este libro, se titula Mentiras piadosas, un «pequeño homenaje» a los políticos que nos manejan, así que nos parece que viene como anillo al dedo a este libro de culto.
En sus pinturas utiliza una serie de motivos iconográficos recurrentes tales como narices largas, ojos desencajados, grandes sonrisas mostrando los dientes, cuchillos, huesos, salchichas, ratas o calaveras.
Hace ocho años, coincidimos con Matías (y su pareja Cristina, otra gran pintora) en un viaje desde Sevilla a Madrid en BlaBlaCar, cuando ni él ni la editorial éramos famosos. Ahora expone su obra en todo el mundo y su inclusión en reconocidas colecciones a nivel mundial es un claro indicativo de su influencia en el ámbito del arte contemporáneo. En cambio, nuestra editorial, sigue siendo del montón.
Pintor de formación autodidacta, bebe del expresionismo para construir una pintura violenta, impregnada de sátira, al margen de modas o corrientes. La sensualidad de su pincelada, la elegancia del color y la belleza de lo feo nos atrapa profundamente. Sinceramente, no se nos ocurre mejor artista para acompañar a Los sorias en su nueva vida.
Título original: Los sorias
Primera edición: octubre de 2024
Esta obra ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura y Deporte
Corrección y maquetación: Editorial Barrett
© del texto: Alberto Laiseca
© foto de la biografía de Alberto Laiseca: Mica Hernández. Un regalo de la Editorial Muerde Muertos
© del prólogo: Herederos de Ricardo Piglia
© de la cubierta: Matías Sánchez
Mentiras piadosas (Detalle), 2020 | Óleo sobre lino | 290 x 390 cm. | Colección privada. Alemania
© foto de la biografía de Matías Sánchez : Cristina Lama
© de la edición: Editorial Barrett | www.editorialbarrett.org
Comunicación y prensa: Belén García | [email protected]
ISBN: 978-84-18690-61-7
Producción del ePub: booqlab
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Somos buenas personas, así que, si necesitas algo, escríbenos. No nos va a sacar de pobres prohibirte hacer unas cuantas fotocopias.
Los sorias es la mejor novela que se ha escrito en la Argentina desde Los siete locos. Tal vez Laiseca se ría de esta comparación y le parezca un poco «despreciativa». Los admiradores de Musil cuando publicó el primer tomo de El hombre sin atributos escribieron una serie de artículos comparando al (por entonces) desconocido escritor austríaco con los ya consagrados Proust y Joyce. Bien, Musil se ofendió con sus amigos porque pretendían poner a Ulises y a la Recherche a la altura de su obra.
La comparación define la lógica inestable del valor, pero hay escritores que logran esconderse y escapar de la red y arden, aislados, como una supernova que brilla fuera del tiempo, en el espacio interminable. Porque están fuera de toda comparación son a menudo ignorados o desplazados de los sistemas tradicionales de construcción de tradiciones y jerarquías literarias y su recepción es (para los contemporáneos) un enigma.
Quiero decir que el repertorio de lo que llamamos literatura argentina no forma parte del horizonte de Laiseca: tiene otros escritores y otras tradiciones en la cabeza. Por ejemplo, admira a Mika Waltari (Sinuhé, el egipcio), y a veces (cuando está desanimado) piensa en Joyce y puntualiza que Los sorias es más grande que el Ulises. Tiene razón, lo ha medido y le lleva (Laiseca a Joyce) una ventaja de 30.000 palabras.
Quizá Joyce podría ser entonces un punto de comparación, en el sentido de que Joyce también tenía una ambición extrema y parecía responder a lo que Connolly llama el destino del artista: «Cuantos más libros leemos, mejor advertimos que la función genuina del escritor es producir una obra maestra y ninguna otra finalidad tiene la menor importancia».
Laiseca ha respondido a este postulado y se ha hecho cargo de la dificultad y de la importancia del desafío (no solo el libro y sus dimensiones, sino también las condiciones en que ha sido escrito y circula y se publica y la vida extremadamente austera de su autor) y esta novela corrió durante años el riesgo de convertirse en «la obra maestra desconocida».
Uno de los primeros libros publicados por Laiseca, Aventuras de un novelista atonal (1982), podría ser leído como el prólogo crítico y secreto a Los sorias. «Ya es hora de hablar de la obra de este artista que pasó diez años de su vida escribiendo la primera novela atonal del mundo». Ya es hora, claro, y Aventuras fue un discreto y casi onírico llamado de atención sobre ese libro «enciclopédico, único, misterioso y larguísimo» (como lo llama su autor); el anuncio, discreto y convincente, de que se había escrito uno de los textos fundamentales de la literatura actual. Aventuras de un novelista atonal narra todos los eslabones de la cadena literaria (escritura, publicación, crítica, traducción, premios, consagración) y arma una especie de épica grotesca y degradada donde se alucinan los conflictos y el lugar del escritor en la sociedad.
En el centro de esa ficción (que se liga, por su tono y su postura, con otro gran texto sobre el mundo literario, Escritor fracasado de Arlt) está la maldición de ser ignorado y la imposibilidad de publicar. Hay que recordar que Los sorias se ha mantenido inédito durante veinte años (basta pensar en la cantidad de páginas que se han editado en ese lapso y se han perdido en el olvido, para comprender los sentimientos del autor).
Por su lugar borrado y clandestino (no prohibido, ni censurado, sitio ajeno a la lectura y a la aprobación social) esta novela se entrevera con la tradición más profunda y más firme de nuestra literatura. La ficción argentina empieza con un relato inédito: El matadero se escribe en 1838 y se publica recién en el 71 y desde entonces han sido muchos los textos hundidos en el silencio y el secreto, fuera de circulación. El iceberg visible de la literatura argentina se sostiene sobre una masa invisible de textos sumergidos, que no sale nunca a la superficie.
Los sorias pertenece a la estirpe de los libros que circulan de mano en mano, como una carta privada destinada a todo el mundo.
Son incontables los lectores que no han leído Los sorias y esa multitud de lectores futuros garantiza la persistencia de este libro; esta novela va hacia ella y su movimiento es lentísimo (diez años para escribirla, veinte años para editarla, treinta años para convertirse en un clásico) porque es el ritmo de la literatura, lo contrario de la fugacidad de los best sellers que entran y salen de la escena una vez por semana.
No le sobran lectores, pero los que le faltan son tantos que tiene asegurada una lectura interminable. En eso, claro, Laiseca es como Macedonio: todo el mundo leía a Gálvez cuando Macedonio escribía el Museo de la novela de la Eterna, pero los que cuentan cifras ven que el Museo es la novela que ha ganado más lectores desde que se publicó en 1967. Mientras Gálvez (o Silvina Bullrich) sufren el abandono masivo de sus clientes, los lectores de Macedonio o de Laiseca avanzan en silencio como el agua que se filtra en los muros de las casas abandonadas.
Esta lógica de la deserción brusca y del crecimiento incesante suele definir las batallas: hay un desplazamiento incontenible en el momento en que un combate se está por resolver (en Caseros, las tropas de Rosas empezaron a huir dos horas antes de que la lucha se hubiera definido y así la definieron).
La lógica de la guerra es la lógica de la literatura: nada de consenso, ni de diálogo, solo la lucha de las poéticas, los valores se definen en el campo de batalla y de pronto alguien que es reconocido deja de serlo y otro, oscuro y casi imperceptible, pasa a la luz pública.
Ese movimiento y esa estrategia están narradas en Los sorias (las conspiraciones y las máquinas bélicas son el tema de la novela): porque este libro es también un libro sobre el funcionamiento de la literatura.
El que narra es objeto de una persecución y en lugar de huir trata de explicar lo que está sucediendo. Las novelas de Laiseca tienden a construirse como una enciclopedia. Son novelas del saber absoluto. De un saber cómico, habría que decir, porque un elemento clave de esa mitología del peligro extremo es la risa de Laiseca, la transformación del terror en una broma siniestra. La amplificación grotesca, las comparaciones hiperbólicas y la duplicación terminan por convertir a la tragedia en una comedia brutal.
La novela se construye desde el delirio, no tiene al delirio solo como tema (y en esto Laiseca se aleja de Arlt y se acerca a Bernhard y a Pynchon). La ficción es un relato que reconstruye la conciencia del perseguido que intenta comprender el universo del que trata de huir. Pero a diferencia del criterio naturalista que motiva la conciencia fracturada del que narra (Faulkner hace hablar a un idiota en El ruido y la furia, Joyce hace que Molly esté semidormida para justificar su uso del lenguaje en el monólogo final de Ulises), el narrador de Laiseca ve al mundo como un complot destinado a destruirlo y no hay ninguna justificación (psiquiátrica, onírica o mística) para ese vértigo verbal y esa visión alucinada de la realidad.
El modo de escribir de Laiseca es simétrico al mundo que narra; habría que decir, tautológicamente, el estilo es el mundo que narra, no hay posibilidad de imaginar un suplemento «literario», un añadido estetizado o la aceptación de lo que la convención llama «escribir bien» (es decir, escribir según los dictados de la moda de esta temporada): este es el estilo de un mundo bajo presión, de un mundo sumergido. Laiseca muestra lo que significa un uso de la lengua en condiciones de peligro extremo.
Por su estilo, Laiseca zafa de las convenciones de la «alta» cultura (es decir, del falso arte) y se conecta con los modos y las formas y las jergas del folletín popular y de la cultura de masas. Con su mitología de la magia negra y de la paranoia técnica, con sus resonancias wagnerianas y sus creencias ocultas, Los sorias es un gran libro iniciático, un gran libro sobre la fascinación del conocimiento y los estados de conciencia.
Como todas las obras de esta magnitud, es un mundo autónomo que vive con leyes propias y narra su propio origen. Basta pensar en el extraordinario primer capítulo, con la escena en la pensión que se amplifica y define todo un sistema complejísimo de representación de lo real. Lo que sucede en la pensión es el germen mortífero de una historia que funciona como una explosión nuclear.
Un fragmento de ese mundo atomizado ha llegado hasta nosotros. Los sorias es la crónica de una realidad olvidada. Sus lectores se convierten en arqueólogos que descubren en medio de la selva una gran civilización perdida y vuelven a la ciudad para contarlo.
7 de abril de 1998
A César Margini, quien es para mí lo queOscar Wilde llamaba el crítico como artista.
El mundo está sostenido solamente por cuatro cosas; la ciencia de los sabios, la justicia de los grandes, la plegaria de los justos y el coraje de los valientes.
ALMANZOR*
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* Del artículo A mil años de Almanzor, de Miguel Albornoz. (Nueva York, octubre de 1978. Diario La Prensa. Buenos Aires).
Cuando esa mañana Personaje Iseka abrió los ojos, lo primero que vio fue un Soria. Pero no a Luis, el que tenía cerca, sino al más alejado: Juan Carlos Soria.
«Este Soria, cuando se levanta por la mañana —pensó Iseka—, lo hace en forma de clase magistral, sin coloquio, de esas que se usaban en las facultades en el pasado. Optimista, de un solo salto. Yo no. Demoro cuantos minutos puedo: haraganísimo en la cama. Él crea todas las inercias hacia adelante, necesarias para comenzar el día. Usa como clarín y música, respectivamente, el yogur y las respiraciones. Es tan solo cuando se despierta de su siesta que nos defrauda. Se ha construido una especie de vincha bajable, de papel, para que la luz no le impida dormir. Dije que luego de la siesta defrauda. En efecto: ya no se levanta de un salto, sino que, en ese momento, con su tapaojos sobre su pelo estopa, semeja a un cacique toba derrotado camino a la reducción o a una reserva. Él me da consejos».
Cuando Iseka empezó a despertar, en el intermedio entre el Soria y la inconsciencia vio, como a través de un caleidoscopio, todo el proceso y sus reflujos, con idas y vueltas: inconsciencia, subconsciencia, paredes de la pieza, Soria; y viceversa: Soria, paredes de la pieza, descenso al interior, hasta casi caer en los más profundos abismos subliminales. Así pues, en su caótica mezcla de vigilia y sueño, pudo observar:
Batracios de lomos amarillos / catedrales con vitrales grises / concentraciones centrales de material / concentraciones periféricas / una mosca alborotadora que rebotaba mil veces sobre la luna del espejo perteneciente al ropero de la pieza.Un borde inmundo del mismo guardarropas a compartir.
Los ojos medio velados de Iseka recorrieron hacia la izquierda y abajo, tocaron la pared y, como su cabeza acompañaba el movimiento de los ojos, compulsándolos, estos siguieron en caída libre hasta llegar al más alejado de los dos Soria. Su visión, entonces, retrocedió chamuscada al olvido del sueño, como el cuerno de un caracol que tocase un hierro candente.
Un tipo va a desenterrar a alguien y me invita a seguirlo. Sacamos un ataúd que en su interior tiene otros, sucesivos, como las cajas chinas. Cada tapa posee extraños dibujos que recuerdan a vudúes. Arrancamos la última, extrayendo del sarcófago final un hombre vivo, de bronce, que se retuerce entre sus ligaduras.
El otro cuerno del caracol —los párpados se entreabrieron una vez más en reiterado intento por arribar a la conciencia— tocó la cara del Soria más próximo y, al quemarse también, retrocedió en desorden al sueño.
No lanza un solo sonido, pero el rostro del hombre de bronce denota que, al menos por el momento, ha enloquecido de dolor. Su falo, grande y erguido, está atado al vientre —mediante sogas, como todo lo demás— con tanta fuerza que las cuerdas deben causarle un daño enorme. / aviones cohete / moscas de cabeza roja / grandes planos de color negro sueño / batracios vidriados / flores en aire líquido / mesetas de piedra / joyas elementales / la cara de aquella que sigo amando a pesar de la diosa del abismo / terremotos / desintegración de núcleos.
Como el caracol ya no tenía ojos en la punta de sus cuernos, se conmovió, semejante a un temblor de tierra, para despertarse pese al Soria.
E Iseka se despertó.
Juan Carlos Soria ya no estaba en su cama. Había sido el primero en levantarse y de un salto. Volvió el rostro y dijo al de la cama intermedia, su hermano:
—Luis, levantáte que ya estoy preparando el café.
Luis Soria movió su cuerpo y se incorporó. Usó para ello solo una fracción de la velocidad que había utilizado el otro porque, según sostenía, le daban mareos al hacerlo con rapidez. Este segundo Soria, somnoliento, miró a Iseka —que ahora tenía los ojos bien abiertos— emitiendo el odio primitivo que siempre le tuvo aunque simulado (incluso para sí mismo). El que estuviera aún medio dormido anulaba la censura y podía permitirse en esos momentos lo que reprimía todo el resto de la jornada.
Luis Soria bajó la vista y se encontró con sus calcetines negros, decorados con artísticos rombos rojos, amarillos y verdes. Se los puso. También sus zapatos. Grotesco y pletórico de odio y en calzoncillos se dirigió a tientas al pantalón, que reposaba cerca de la mesa, sobre una de las dos únicas sillas de la habitación. Cuando comenzó a ponérselo, ya Iseka se estaba levantando, mientras trataba de convencerse a sí mismo de que en cuatro minutos prepararía mate y todo sabría mejor. No era verdad, pero resultaba preciso creerlo desesperadamente.
«Además —fijate, Iseka—, hoy es sábado y no tenés que laburar». Iseka terminó de levantarse.
En realidad lo peor del día ya estaba hecho.
Pero no nos adelantemos, porque quizá la afirmación anterior solo sea un optimismo de nuestra parte. Los hermanos Soria le daban consejos. Especialmente Juan Carlos, el mayor, que era quien de los dos llevaba la voz cantante; el más grandote, cara indio de toldería, con el pelo como estopa (el otro Soria tenía cabellos formando rulitos y diminutos granos en la cara). Super-Soria resultaba, por sus actitudes y sentencias, una especie de Lao-Tse incorrectísimo, un patán ceremonioso, un diplomático tosco y zafio. Aquel caballero de Versalles lanzaba galantes bufidos. Era casi madrigalesco en su rústica desconsideración; solvente y mañoso para propagar desgastes e idioteces. Un verdadero Buda oligofrénico. Un auténtico maestro iluminado, pero sin electricidad cerebral. Concienzudo en la tarea propuesta: meter la pesada pata en las arenas movedizas de lo que se ignora. Era el vacío textual. Una autoridad en vaguedades e imprecisiones (en cometerlas, quiero decir). Documentadísimo en las técnicas más avanzadas para incurrir en errores minuciosos. Solo por margen milimétrico sus frases escapaban a lograr el imposible de la falsedad absoluta. Inconmovible, inalterable en su idiotez. Un auténtico monje zen a quien un jíbaro hubiese reducido el cerebro, dejándolo en cambio bastante cabezón. Un S.S.; quizá no por la raza, pero sí por la frente: medio dedo. Una sola circunvolución.
Voy a consignar algunas frases de Juan Carlos Soria; no como este las decía, sino tal como sonaban a Iseka, luego de traducirlas de su caló imposible: «El Tao del cual uno puede hablar no es el Tao verdadero, ¿vio, jefe?». «Los nombres que pueden designarle no son los nombres absolutos, ¿no es así, govemeri?» (fotografía tomada en vuelo por la máquina para viajar en el tiempo cockney). «Lo sin nombre es el principio del Cielo y de la Tierra. Lo nominado, la matriz de todas las cosas. Dejá de hurgarte los dedos de los pieces, Luí». «Ambos, lo que no se puede nombrar y lo que se puede nominar, son en realidad lo mismo. Ignoro su nombre, así que lo llamaré Tao. Desconozco su nombre, por lo tanto lo llamaré Grande». (Firmado: Lao Tsoria). Hijo de mil putas. Confusoria dijo: «La violencia es lamentable». Otro: «El hombre prudente ha de cometer pocas equivocaciones y nunca morirá de la muerte de las mil heridas», dijo Juan Carlucio. Etcétera, y otras. Soria comiendo yogur con azúcar. Dijo Buda: «Todas las teorías son grises. Tan solo es verde el Árbol de la Vida». Soria, quien había pescado esta frase de su único libro que leía todos los días diez minutos: Los diez mil mejores pensamientos de los forzudos del cerebro, procedió a interpretarla. Su revelación era la siguiente: el Árbol de la Vida es el yogur. Hay que tomarlo todas las mañanas para volverse verde como el Árbol y ser joven y fuerte y lindo como yo, el Soria. Confucio dijo: «Iseka, esto es lo más sano del mundo. En vez del tubo de vino que te bajás todas las noches y está lleno de colorantes, te comprás medio kilo de pan y un yogur, y te alimenta al tiempo que no te hace daño» —la palabra «daño», en lugar de «mal», la vio escrita en el libro antes mencionado. En este caso estaba correctamente usada; ocurría que él también la metía en ocasiones tales como «el carburador está daño», etc.—. Luego proseguía, mirando los manuscritos de la novela no terminada de Iseka: «¿Por qué en vez de escribir boludeces —bah, no sé lo que serán, pero, ¿de qué te sirven, eh?— no te venís con nosotros al lavadero de coches, trabajás nueve, diez horas por día, las que querés y hacés guita? En esa forma te vas haciendo una posición y el día de mañana te podés comprar un quiosco o un almacén o algo así. Yo te lo digo francamente: pienso hacer eso. Por eso laburo y guardo. Y vos tenés que hacer lo mismo. Razoná». «No te metas en mi vida privada, Soria». «¿¡Pero cómo no me voy a meter!? Tengo que ayudarte a razonar». Con el nivel más bajo de respeto por el otro, metido e hijo de puta.
Mientras se calentaba el agua para el mate, Iseka, al igual que muchas otras veces, revivió pasajes de su convivencia con los Soria en tiempo presente, como si la actualidad no le bastara: le ocupan las cosas y/o las usan. Se afeitan en su jarro de aluminio que es para tomar la leche, no lo limpian y dicho jarro queda lleno de pelos cortitos. Se sientan en su cama parpando, titando, piando, graznando alegremente, etc. Lanzan chillidos de gozo análogos a los de los sordomudos en los bares, etc. Se dirigen a Iseka, que toma vino para poder soportarlos a ellos: «No hay que tomar vino. Hace mal. Comé yogur que no daña al estómago y es bueno para el hígado y además alimenta». Luego ellos llegan a las tres de la mañana en pedo, merluza o tranca, prenden la radio, charlan mientras se desvisten y meten en cama.
«Porque el Beto —otro de sus hermanos, eran diez— me dijo: “Vos con esa mina…”». «Sí, claro, pero vos sabés cómo es el Beto. Él es chapado a la antigua. Ahora, que te voy a decir francamente: ella es una calzonuda». «¡Seguro!, pero igual es buena». «Yo no digo que igual no sea buena. Yo digo que es una calzonuda. Le gusta andar buscando roña». «Y… sí. Pero es buena». «Sí que es buena. O está buena de culo, por lo menos. Lo juro por mi leche, como dice el basko de la otra pieza. Y después entonces el Beto no quería entrar en el taxi». «Claro, él no entendía al principio lo que le decíamos… bueno, que a esa altura ya estábamos todos en pedo; yo creo que hasta el vigilante estaba en pedo». (Risas de ambos). «Claro, vos sabés lo fuerte que es el Beto: fuerte como un toro es. Ya lo quería agarrar a trompadas al vigilante… Eh… ¿Eh? ¿No es cierto que ya lo quería agarrar a trompadas al vigilante? ¿A vos qué te parece?». «Y, sí. Yo creo… Entonces quiere decir que después el Beto…». Y todo así. Personaje Iseka no se puede dormir por las voces de estos tipos. Si se callaran ahora, pese a haberlo despertado, quizá podría conciliar el sueño. Pero media hora después, estando totalmente desvelado, aún hablan. Por fin callan, pero Iseka ya no puede reposar y ve cómo los otros duermen a pata suelta. «Y mañana tengo que levantarme… Qué mañana ni la mierda: ahora, dentro de dos horas me debo parar e ir al laburo».
Revivió también —ya el agua estaba, la sacó del fuego y luego de apagarlo comenzó a tomar mate— una escena transcurrida cierta tarde. Los dos sorias e Iseka, cada uno tirado en su respectiva cama. Luis Soria dice: «Vamos a hacer un tes que me enseñó una chica». Iseka: «¿Un qué?». «Un tes. No me digás que no sabés lo que es un tes. —Dándose importancia—: Vos que estudiás tanto». «Y… no». «Un tes es lo que sirve para averiguar cosas tuyas, cómo sos». «¡Ah! Un test, querés decir». El Soria, enojado porque le enseñan y sobre todo furioso consigo mismo, ya que cuando lo corrigieron no pudo evitar un cambio de cara y sabía que el otro se había dado cuenta, bicha a Iseka de reojo. Dejándole luego clavado el subtelescopio de su rabillo, dice: «Bueno, tes o tets, para el caso es lo mismo si nos entendemos. —Casi humilde, prosigue—: Tets se dice, ¿no?». Iseka, quien no desea irritarlo nuevamente: «Ehm… sí, sí». «Bueno. Vamos entonces a hacer un tets que me enseñó una chica. Sirve nada más que para saber si una persona es agresiva o no. Nada más. —Mira al hermano tirado al lado suyo—: ¿Lo hacemos?». «Sí, dale». «Firmá aquí». Y le da una hoja en blanco y un lápiz. El otro Soria firma y le devuelve el papel. El Soria más chico le pasa el papel a Iseka, que para no tener despelote debe firmar también. ¡Qué dilema! Si no firma lo odian; si firma les da algo, acepta la humillación y, quién te dice, si el test tiene algo de cierto se percatan de cosas tuyas. Firma. El Soria mira y analiza con aire capísimo: «Bueno… vos —a su hermano— sos agresivo, pero se ve que controlas tu agresión. Digo, que podés ser agresivo si querés pero te las aguantás». El otro Soria: «Ah ah ah ah…». «En cuanto a vos, Iseka, el análisis revela que sí sos agresivo». Lo mira aconsejante y paternal, con el mismo tono con que uno le hablaría a un chico boludo: «¿Por qué sos así, Iseka? ¿Eh?». Hace un bollo con el papel furiosamente y lo arroja lleno de ira contra el ropero, tira el lápiz a la mierda, se recuesta de la manera más confortable sobre la cama, cruza los tobillos, hace lo mismo con los brazos sobre su pecho y sonríe beatífico: «Qué mina la que se levantó anoche el Beto… ¿eh, Juan Carlos?». Juan Carlos, como el gigante de Macunaíma, contesta afirmativo: «Ohu. —Como le parece ofender por dentro a su hermano con una contestación tan lacónica, especifica mejor su opinión—: Linda la guacha, Luis. Linda».
Después se ponen a oír música horrísona con una radio a transistores. Iseka los escucha caliente y lleno de odio. No puede escribir. Además, como muchas otras veces, le preguntarán qué escribe, por qué, para qué y otras. Por lo demás le parece una desacralización continuar su obra delante de estos tipos, aun si supiera que nada le van a preguntar o decir.
Iseka cambió la yerba del mate y se dispuso a preparar otra pava. Hacía rato que los sorias estaban escuchando música siniestra y conversando. Iseka continuó con sus rememoraciones.
A veces lo invitan con vino y él, que no tiene ni un mango y unas ganas bárbaras de tomarlo, acepta. Pero la colaboración de los sorias es como la ayuda militar rusa: tiene un precio político. Le empiezan a preguntar por qué hace esa vida: «Vos tenés estudios, ¿no? ¿Eh? ¿Por qué no contestás? No me vas a decir que no tenés estudios». Otro Soria: «¿Hasta qué grado fuiste?». Iseka: «Hasta sexto». Iseka en realidad no miente: nadie le preguntó si luego de sexto hizo el secundario. «¿Hiciste el secundario?». Iseka: «Mhrgh… eh… mh… grff». «¿Cómo? No entendí nada de lo que dijiste. —Como Iseka no habla se dirige a su hermano—: ¿Vos entendiste lo que dijo?». El otro, en vez de contestar, reiteró la pregunta: «¿Hiciste el secundario?». Iseka, quien equivocada y boludamente, en la época que trato, tiene el principio de no mentir, dice lleno de bronca: «Sí». Con asombro la pregunta temida: «¿Y qué hacés aquí? ¿Por qué no estás trabajando en un banco?». «No me gusta». «¿Cómo que no te gusta? Uuh… Si yo tuviera tus estudios no estaría trabajando en un lavadero. ¿Querés que yo te presente a un chileno amigo mío que tiene influencias y te puede recomendar para entrar en un escritorio?». «No… escuchame, Soria. Yo no quiero trabajar en un escritorio porque no me gusta». «¿Cómo que no te gusta? Pero si no es ninguna molestia para mí. Al contrario, lo que queremos es que vos seas feliz. Te voy a dar la dirección del chileno. —Busca entre sus ropas infructuosamente. Iseka ruega para que no la encuentre—. Luis, ¿la tenés vos?». Luis saca una libretita roñosa: «Sí. Aquí está». Se la pasa al otro Soria que lee y dice: «Iseka, anotá: Chacabuco mil quinien…». Iseka: «Escucháme, Soria: no me des la dirección. No voy a ir a verlo al chileno». «¿Por qué no? No lo querés al chileno porque es chileno. —Al hermano—: Odia a los chilenos». «No los odio a los chilenos, Soria. Simplemente no quiero ir». «Pero si no es ninguna molestia para mí». «No es que sea o no sea una molestia para vos, Soria. Es que no quiero ir, Soria». Ya molesto: «Pero ¿por qué?». «Porque no». «Porque no no es ninguna razón». Iseka tiene ganas de informarle: «Porque no se me da la gana, hijo de puta». En cambio dice algo equivalente: «Porque no se me da la gana, Soria». El otro lo mira pesaroso, ya perdida la bronca: «Vas por mal camino, Iseka». «Bueno, Soria». «¿Cómo bueno? Te lo digo para hacerte reaccionar». Iseka quisiera decirles: «Guachos reventados hijos de puta: déjenme de verduguear. ¿Por qué no se meten en sus cosas?». No dice nada de eso por dos grandes razones. Primero: son dos tipos fuertísimos y más malos que la mierda. Para nada están en contra de la agresión. Son tan budistas y no violentos como el general Tojo. Segundo: si se pelea con los Soria el dueño de la pensión lo cambia de pieza para meterlo con otros sorias, iguales o peores que estos y todo empieza otra vez. Por eso contesta: «Dejame, dejame… No me gusta, ¿viste?». El otro hermano, Luis, sale en defensa de Iseka: «No. Está bien. Si yo lo comprendo a Iseka. No le gusta un trabajo de escritorio, Juan Carlos. Comprendelo. Yo tampoco trabajaría ahí aunque supiera el laburo, porque no me gusta estar encerrado. Es jodidísimo». El otro, vacilando: «Bueno, claro que viéndolo bajo ese punto de vista…». «Pero sí, Juan Carlos. Él tiene razón. No. Lo que vos tenés que hacer, Iseka, es decidirte a venir con nosotros al lavadero de coches de Añasco y Yerbal y allí trabajar nueve, diez horas, las que vos quieras y en esa forma…». Y en esa forma todos los días tiene que aguantarlos.
La segunda pava ya estaba e Iseka empezó a tomar.
Rememoración de almuerzos y cenas. Iseka, quien siente que en la pieza nada es suyo, se las ingenia a fin de que no puedan sentarse en su cama a comer y cagarlos por lo menos en eso. Aunque más no fuera en esa insignificancia, detener la invasión. Así pues, coloca sobre ella una enorme cantidad de cosas con el pretexto de que las necesita. Llega la hora de la comida y el Soria, en vez de tomar una silla, encariñado con la cama de Iseka, empieza a correr las cosas a un lado con manotazos cortitos. «¡No!… No las saqués», casi grita Iseka. Luis, enojado y con ironía: «Puta. Metí la pata. Se enojó el patrón de la pieza». Ahora se enoja el otro Soria: «¡Qué patrón! Aquí no hay patrones. Somos todos iguales». Iseka: «Yo nunca dije que fuera patrón de ninguna cosa. Yo no les voy a tocar nada a ustedes». «Pero podés tocar y usar todo lo que se te antoje de lo nuestro. Si necesitás algo pedilo. ¿Por qué no nos dijiste antes que necesitabas algo?». Iseka: «No, si yo no preciso nada. No es eso». Soria: «¿Y entonces qué es? —Pausa—. ¿Me puedo sentar?». Iseka, en voz baja y lleno de odio: «Sí. Sentate». Soria se sienta. Está por llevarse un bocado a su jeta de bestión, cuando se vuelve a Iseka que come sentado en la otra punta de su cama, recostado contra la almohada: «¿No te molesta, no?». La cara de Iseka ya no se preocupa por disimular el odio: «No». El Soria larga bocado y tenedor sobre el plato, con fuerza. El tenedor rebota y cae sobre la mesa. El bocado a su vez se desprende para descender sobre el pantalón nuevo del otro Soria. «¡Eh! ¿¡Qué hacés, pelotudo!?». Luis Soria, que está a punto de interpelar furioso a Iseka, se para y vuelve a su hermano, ve el desastre y dice: «Perdoname. —Se torna otra vez a Iseka y retoma el tono iracundo—: Y esto también pasó por tu culpa, Iseka, porque me hiciste enchinchar». Juan Carlos Soria: «Es cierto, es cierto. ¿Cómo no me di cuenta antes? Perdonáme, Luis. La culpa la tiene él». «¡Así es! ¡Así es!», chillan rabiosos los Soria. Los sorias. Luis: «Vos no tenés ninguna clase de consideración con nosotros, Iseka. Después de todo lo que hacemos por vos. Todos los días tratamos de ayudarte, te aconsejamos por tu bien y vos ni pelota. —Una octava más bajo—: Yo no digo, ¿no? Con tu culo un pito. —Una octava más alto—: Pero vos continuamente te metés con nosotros, Iseka». «Pero si yo…». «Pero si yo nada. Si es verdad, Iseka: vos no nos dejás en paz; continuamente nos estás distorsionando». Iseka se sorprende y pregunta sin intención agresiva: «¿De dónde sacaste esa palabra, Soria?». «Y si vos la tenés escrita ahí». Perdiendo el control: «¡Estuviste leyendo mis escritos!». El Soria, con calma: «¿Hice mal?» «¿Cómo que si hiciste mal? ¡Que sea la última vez! ¡Ya estoy harto de tu yogur con azúcar, Soria —dice volviéndose al otro hermano—, y de que me revisen las cosas y que me usen la cama y que se afeiten en mi jarrito! ¿Por qué o con qué derecho me van a usar las cosas? Y el jarrito, por ejemplo, no me lo lavan y lo dejan lleno de pelos así cortitos de barba, ¿eh?». Soria, con la calma de un taoísta chino mezclado con cabecita negra-zen: «Peor sería si fuesen pelos así de largos». Lo notable: esto parece un chiste jodidísimo, dicho con toda su brillantez sádica. Sin embargo quien lo profirió no sabe por qué lo dijo. No del todo, por lo menos. Es una agresión subconsciente. Iseka, indignado: «¡Qué me importa si son pelos largos o cortos…! ¿Ah? ¿Te burlás, Soria? —Con bronca controlada, tipo terremoto—: Soria, Soria… los sorias… Yo no quiero que usen más mis cosas: sea jarro, sea cama…». El otro Soria interrumpe: «Luis, sentate acá». Y señala una silla vacía. Iseka: «Sea… cualquier cosa que sea. Y tampoco quiero que me den consejos. Si me jodo es asunto mío. Pero no me den consejos; porque cuando alguien me da un consejo, me parece que me aprietan la cabeza con una mano grandota». Soria (el Luis): «¿Por qué?». Iseka: «Aquí no tiene nada que ver por qué sí ni por qué no. El asunto es que es así y listo». Soria (el Juan Carlos): «Bueno, pero ¿por qué? Nosotros queremos saber». «Aquí no se trata de saber o no saber, Soria. Yo no quiero que me hagan más preguntas acerca de mi vida, ni qué estudios tengo, ni por qué me fui de mi casa, ni un carajo a la vela. Son asuntos míos. No quiero que me aconsejen, ni me usen las cosas, ni me pregunten sobre mi vida, ni que me ayuden ni nada. Nada». Juan Carlos Soria —Luis está mudo y mirándolo con ojos redondos— lo observa sesenta segundos y luego pregunta (pero no con asombro, sino a la manera de una maestra que interrogase a un alumno de quinto grado, algo retrasado, por qué el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos): «¿Por qué?». Iseka: «Porque se me da la gana, Soria. Porque yo soy así y vos no me vas a cambiar, porque yo no te lo voy a permitir y quiero que me dejen vivir en paz. Soria». Juan Carlos Soria, sin enojo alguno, casi con curiosidad científica: «¿Y por qué sos así?». Iseka vuelve la cabeza cuarenta y cinco grados a la derecha con respecto al Soria, luego lo mira otra vez y dice también sin enojo: «Coño. —Pasionalmente—: No tengo ninguna explicación que darte, Soria. Soria, dejame en paz. No te metás conmigo. No quiero que pienses en mí». Luis: «¿Cómo no vamos a pensar en vos? Es nuestra obligación». Iseka, enojado y controladamente agresivo: «No van a pensar en mí porque yo no quiero que piensen en mí, porque no se los permito, porque tengo derecho a que ustedes no se metan conmigo y a no darles explicaciones de mis actos. ¡Punto!». Luis, entendiendo mal: «¡Eh! Un momentito, querido, ¿eh? ¿Cómo “punto”? ¿A quién le decís “punto”?». Iseka: «“Basta” quise decir. Con “punto” quise decir “basta”». Juan Carlos Soria: «¿Cómo basta? Eso no es compañerismo. —Enojado y agresivo—: Y para que vos sepás, Iseka…».
Iseka finalizó la segunda pava de mate. Era un día hermoso de modo que se dispuso a salir. Metió apresuradamente en un bolsillo varias hojas de borrador en blanco, una lapicera a bolita y rajó bombardeado de cerca por la música soriática. «Volvé temprano, Iseka, acordate que el almuerzo es a las…». «Sí, sí. Ya sé a qué hora es el almuerzo, Soria». Hinchapelotas. Qué imbécil sos, Soria. Está bien. Evacuemos el sector. El ejército napoleónico se retira de Rusia. Nos echan. Los rusos no nos quieren. Los sorias, sin embargo, debo reconocerlo, son los mejores enemigos de pieza que yo haya tenido. Las acciones de estos gaznápiros no están exentas de militarismo. Un fervor castrense soria, naturalmente. O ruso. Porque los sorias, como los anteriores, aniquilan al enemigo por saturación. Allí donde deben usar diez soldados mandan mil; cuando son precisos cincuenta cañones emplean diez mil quinientos. No atacan hasta no estar seguros de que la proporción de tanques favorables a ellos es de ochenta a tres.
El Norte y Centro de la pieza —llamemos al conjunto geográfico Pieza del Norte, para simplificar—, saturado de sorias, nos obliga a la carrera armamentista. Suelen hacernos ofertas de paz, pero los tecnócratas no asistimos a la mesa de las conferencias. Pieza del Sur resiste en todos los frentes. Viktoria. El Wagner Triunfante* condecora al mariscal de campo, von Mozart, con la espiral de pájaros con diamantes y el clavicordio de primera clase con espadas. Eso es todo. Sorias putos. Uno tendría que ser capaz de defenderse de sus enemigos mediante ciertas cosas: el arte de combinar los sonidos, el tiempo, o lo que fuera. Crear musicalmente: una de las diferencias entre la muerte y la música. Y así, a Thánatos que viene a vos, mediante una toma de judo musical, obligarlo a pivotear sobre su propio eje haciendo que rote ciento ochenta grados y se vuelva contra tus enemigos.
Plan de ataque soria: volar mis puentes; cortar los caminos de acceso para impedir que me lleguen vituallas; silenciar mis guarniciones con fuego de morteros. Por último: tomar mi posición al asalto. Hasta el momento mis defensas han sido: fumar a través de narguiles mágicos hechos con espesuras y bosques de extrañas fragancias. Mi colección de pipas gigantes. Tengo una compuesta por selvas tropicales: el humo pasa a través de un laberinto de ligustros. Otra, extrañamente llena de aves coloreadas y monos que chillan. Nada perezosa, lo aseguro. Es tan inestable como un elefante pronunciando un discurso carismático al lado de un jarrón Ming. Sin embargo, no me ha producido más que satisfacciones. Poseo también una por la cual se respira un desierto inmenso. Hoy cumplo años y me he visto obligado a pasarlo con los sorias. Con los Soria. En efecto: hoy tengo veintiséis años y seis meses. Otra semana ha ido a parar a la cámara de gas. Siento cada lunación como un día único. Uno vive cuatro días al mes. ¿Se entiende el porqué de la desesperación? Cuarenta y ocho días al año.
Personaje Iseka monologaba lo anterior fuera de la pieza básicamente soria. Pero no había salido de la pensión. Se detuvo en el pasillo que la lavandera utilizaba para tender las sábanas de todos los inquilinos. Como ya se dijo, ese era un día de sol pleno. Sí. Pero en los dos días anteriores, de lluvia continuada, no hubo pobreza o miseria que no saliese a la superficie: indecente como la preñez de un monstruo. Después venía el sol total. Entonces la lavandera de la pensión aprovechaba para lavar todas las sábanas que, unidas a las ropas de los inquilinos, llenaban completamente la terraza. Terraza esta que debería, luego de la brutal opresión de la lluvia, ser para desfile. El género mojado, sobre todo el de gran tamaño, fabricaba un laberinto de desgaste análogo al creado por la lluvia. No se podía andar un paso que te rompías la nariz contra una sábana o un calzoncillo con florcitas. Iseka, además de todo ello, tenía que secar sus botas y medias humedecidas por la lluvia anterior —ante la imposibilidad de reparar los agujeros de su calzado por falta de medios—. O sea: le sacaban su día de sol total con las miserias de la lluvia precedente; como una plusvalía que nunca terminaba de pagar. Las pobrezas de Iseka eran una suerte de potencial agazapado que esperaba el momento de descargarse.
Las hijas de puta eran capaces de aguardar un año entero de ser necesario; pero a la primera lluvia, trácate. Así, permanentemente esta agresión, este crimen absoluto. Matar a un individuo también es un genocidio. No el filo de la navaja: más bien caminar muy inestablemente sobre la hoja de castrar. Los campos de concentración y un Dien Bien Puh rodeado de sorias.
Iseka saludó a la lavandera, buena mujer santiagueña que lo quería y más de una vez le dio un plato de mazamorra. Bajó la escalera siniestra y a la calle. Como estaba demasiado cansado para tomar un ómnibus o un subte se dispuso a caminar por entre la gente. Toda multitud tapa un cementerio, como se dice. Pero los cadáveres no son los cuerpos de los integrantes de la multitud, sino los de los tipos que esos guachos asesinaron.
Una vidriera. Iseka Personaje, ¿por qué insistís en recordar que todavía faltan veinticuatro días y una hora para cobrar? ¿Por qué no pensás más bien en esas manos ortopédicas que hay detrás del cristal? De un hermoso color rosado.
Iseka penetró por una peatonal abarrotada de sorias; pero, desde un departamento, insólito por lugar y hora, se escuchó Wagner en una de sus blietzkrieg sexuales. ¡Ah, Richard!: los palacios que construiste para Cósima, teniendo en cuenta la zona sur de la mujer.
Iseka decidió enfrentar de una vez lo pésimo y meterse a través del grueso de la gente. Era la ofensiva de primavera. Pero la ofensiva rusa. Se acercó a una aglomeración. Preguntó. «No sé». «No sé» —respondían haciéndose los ignorantes—. «¿Será que tan distinto me veo?». No obstante por fin se enteró. «Mataron a un tipo», dijo un soria. Otro comentó: «Ohu, pity». Personaje Iseka vio claramente cómo caía del cielo, cubriendo los techos de los edificios, una precipitación radiactiva. Nadie se percató de que una juventud había sido asesinada con una carga nuclear de 1.200 horas, o sea 78.000 minutos, equivalentes a 4.680.000 segundos. Qué bueno si uno tuviera una reserva temporal para atacar a los sorias en todos los lugares al mismo tiempo. El ataque a Rusia: un verano cualquiera en madrugada inesperada. Pero la juventud no da para tanto. Me conformo con reservar un minuto lúcido y largárselos sin espoleta a Luis y Juan Carlos Soria cuando estén comiendo descuidados. No va a ser fácil. Las horas de los sorias se infiltran a través de las zonas desmilitarizadas y se lanzan como kamikazes sobre mis posiciones. Me pongo a escribir y miles de minutos, que escupen sus ametralladoras pesadas, pican la tierra al lado de mi cama. Cerca de mí un ciego afecta comer un chocolatín y me larga el papelito plateado. Un minuto sin estallar. Hay que quitarle el detonador. Llamen a la cuadrilla desmontadora de minutos. Cuidado con el anti-Mozart hijo de puta.
Personaje Iseka compró el diario. Lo primero que leyó:
Encuentro en la frontera.
En un hecho no del todo claro, se habrían enfrentado en un puesto fronterizo tecnócrata, guardias de ese país con los integrantes de un pelotón soria proveniente de la Excelentísima Diputación, quienes habrían cruzado la frontera por error, confundidos a causa de la niebla.
Una granada soria estalló cerca de un soldado tecnócrata. A dicho soldado le fueron extraídas cuarenta esquirlas de minuto que se le habían incrustado. Fue necesario sacarle, con una pinza, segundo por segundo. La cancillería de Soria ha presentado excusas a la tecnócrata por el incidente.
Iseka arrugó el diario y lo tiró a la mierda. Qué lástima. Se habría enterado de muchas noticias interesantes.
Fragmentos del periódico que Personaje Iseka tiró a la mierda:
Las bombas de rotelio son generalmente artefactos con una capacidad temporal total de entre dos y seis horas (nos referimos a la hora megatempotón, claro está). Existen en los arsenales termonucleares las Superespantosas del Horriblebasta, de cuarenta y sesenta horas. Si bien la tecnología para producir el arma de ciento veinte horas refinadísimas (son tan fuertes porque se las amamanta con leche de chancho) está dominada; ambas potencias han acordado no usarla en caso de conflicto, pues pondría en peligro la estructura temporal del Universo. Y ahí sí que cagamos fuego.
Otra parte del diario:
Relatos de soldados.
Como nuestros lectores saben, la guerra civil que desangra a Chanchín —dividido en Chanchín del Norte y Chanchín del Sur— desde hace más de diez años, ha dado lugar a innúmeros relatos de guerra. Para un chanchinita decir que un soldado, al entrar a un campo minado, pisó un minuto y quedó volatilibosta, es una trivialidad que no merece la pena de ser contada. Pero para nuestros lectores que viven —afortunadamente para todos— en paz, quizá estas historias no carezcan de interés.
A las 03:15 horas atravesamos la zona desmilitarizada en dirección al enemigo. Una hora antes nuestros aviones habían ablandado la posición con un bombardeo de mil doscientos minutos.
Estos caían silbando. Estallaban al llegar al suelo e incluso un poco antes, lanzando cientos de segundos a gran velocidad. Ya cerca del enemigo di la orden de ametrallar la posición con segundos trazadores. Luego, a una orden, mis tropas avanzaron apoyadas por blindados. Los efectivos de Chanchín del Sur contraatacaron casi de inmediato. Siempre me asombró la capacidad de sus mandos para reponerse de las peores sorpresas y constituir nuevas reservas. A cada rato se oían desde nuestro lado órdenes como esta: «¡Tanque a la derecha! ¡450! ¡Fuego!».
En nuestro avance veíamos a ambos lados, ardiendo, montones de tanques enemigos y propios. Nada más aterrador que ver por primera vez un tanque incendiado. Desmoraliza verificar que un monstruo así también puede ser destruido. Luego uno se acostumbra.
Una casamata nos molestaba. Cierto oficial tomó un minuto de gran poder explosivo y alta disgregación y lo lanzó por la boca. El minuto estalló en sesenta segundos, los que a su vez deflagraron en trescientos quintos. ¡El camino estaba despejado y seguimos avanzando!
En otra página:
Los físicos temporales que trabajan en la aceleración de partículas están expuestos a un gran peligro. Un segundo radiactivo logró atravesar el blindaje protector de un sabio —joven prometedor de treinta y dos años—, haciéndolo cagar pa’ siempre.
Pero Personaje no leyó nada de esto. El diario había quedado muy atrás e Iseka observaba los cristales de los edificios, como si estos fuesen enormes roperos de pensión. «Al escondite; siempre al escondite con mis fantasmas, entre florestas corredizas. Como espejos. Una pensión es una porción de tierra rodeada de agua. Hace un año y medio vivía en Carlos Calvo. Ahora, luego de nuestras grandes victorias en Rusia, vivo en Alberti: una porción de agua rodeada de tierra. Albricias.
El suicidio es ejercitado por los más grandes deportistas. Solo se puede cazar una pieza, al vuelo. Es tan costoso que únicamente lo practica la gente muy rica. Luego de la cacería se cuentan y exhiben las piezas, miradas y antitocadas por quienes no se atrevieron a cazar.
O por ahí no. Uno no se mata nada. Y que se jodan los sorias que me tienen que aguantar. Yo, en mis orígenes, era una persona eminentemente agricologanadera. Sembraba extensiones inmensas de trigo y maíz. Un día aparecieron las langostas. No quedó ni una brizna. Me dediqué entonces a comerme a los insectos responsables: hacerlos papilla en un mortero y, ya en forma de tortas secadas al sol, mitigar mi escasez de alimentos. Luego de perder sucesivamente varias cosechas de la misma guisa, surgió en mi mente la idea de industrializarlas. Vale decir: no luchar ya infructuosamente contra los ortopteros locusta*, sino, como en el judo, aprovechar el impulso del enemigo y volcarlo a favor mío. De esta manera sembré más trigo y maíz que nunca para que los animalitos se los comiesen. Llegué a establecer cadenas de industrias. De los bichos solo obtenía pan y aceite al principio. Luego, por progresión, toda la industria pesada. La primavera comienza cuando usted llega. Y si todo esto es así, ¿por qué los aguanto a los sorias? Por ser un equivocado y un pelotudo. Me vine a vivir aquí, justo en el límite, a esta ciudad compartida entre sorias y tecnócratas. Desde aquí se observan las tierras de Soria. Creo que me quedan dos soluciones. O hacerme totalmente soria yo también, o mandarme a mudar a los dominios tecnócratas del Monitor. ¿Me querés decir quién mierda me mandó, por una pureza mal entendida, desafiar a los sorias aquí en la frontera, volverme visible? La pensión donde vivo y el mismo trabajo que tengo —peón de limpieza— están en el límite entre el ser y el anti-ser, equidistante de Tecnocracia y Soria. “Hace muchos años que fui expulsado al Este de Mozart y colocado en la frontera que forman el sexo y la nada. Pusieron ángeles wagnerianos, en la entrada, armados con espadas de fuego para impedirme regresar”, escribí hace mucho. ¿Y por qué debe seguir siendo cierto? Aprender un poco de astucia es lo que me hace falta. El aprovechamiento de las langostas me parece un buen principio. La desgracia será si ni aun con este procedimiento te va bien y los sorias continúan detectándote. Los metafísicos se equivocan: el problema no es “ser o no ser”. Ser o Anti-ser es la cuestión. La nada constituye tan solo una de las consecuencias que padecen los hombres y el ser mismo, por su derrota frente al Anti-ser. Entidad diabólica esta que, lejos de limitarse como un hombre loco al golpe contra un grupo de personas, su atentado es contra el cosmos íntegro, imponiéndole la discordancia en progresión geométrica. Pero, como decía: es preciso tener un poco de astucia… y humor. El procedimiento de comerse las langostas, eso es».
Y Personaje Iseka, como en un gigantesco teatro, comenzó a balbucear con mil labios, como decía Wüde: «Estoy horriblemente preocupado, Héctor hectórida: este año las langostas tardan en llegar. La invasión se retrasa. ¿Dónde están las langostas bienhechoras? No tendremos más remedio que comernos el trigo y el maíz, a los cuales nuestro paladar se ha desacostumbrado. Crisis en la industria pesada. Racionamiento de aceite. Está por quebrar la Langostian & Company. Las langostas: ¿deberemos caer en la paradoja de tener que sintetizarlas? Hueso de las Fosas, su ayudante, se presenta a Personaje y le dice: “Debo informarle, superduque, que como si nuestras desgracias fuesen pocas, se han robado las tinajas donde teníamos guardadas las aceitunas sagradas del emperador”. Iseka: “Horrorizome. Y dime: ¿no puedes, al menos, traerme sopa de volátil y chuleta de quelónido?”. Hueso de las Fosas: “Imposible, sire. De los volátiles, al que no le retorcieron el gaznate hace rato es porque le hicieron dorremifasol. En cuanto a los quelónidos, han desaparecido”. Iseka, con asco horrorizado: “¡Aaah! ¿¡Dónde están los quelónidos!? ¿¡Será posible que se hayan robado también los quelónidos, después de que los alimentábamos a pan con leche!? ¡Se han robado las aceitunas sagradas y los quelónidos!”».
Personaje Iseka hace desaparecer el teatro de su mente y barre los edificios con sus dedos como con un rastrillo gigante de cinco dientes.
Comenta para sí mismo:
—Esperemos que así no sea. Por lo menos vale la pena intentarlo.
Volvió la espalda a las tierras de Soria y se dirigió a lo de una tía suya, que lo quería para que le consiguiese trabajo de telefónico. Que no era gran cosa, pero sí mejor que el Campo de Concentración. Debía, no obstante, desandar por última vez el camino hecho. Entró a la pieza. Los Soria se habían ido al cine. Hizo un paquete con sus obras y escasas pertenencias, según famosa frase, le entregó la llave a don Flores y rajó. Era hora. Si se quedaba un minuto más, quién sabe lo que podría haberle pasado. Salió a la calle. Cruzó los edificios desmilitarizados de la frontera, y se internó en la parte tecnócrata de la ciudad.
Estaba en el país del Monitor.
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* El Don Giovanni de El fantasma de la ópera, de Leroux.
* En realidad se trata del langoston terribilis soriator, especie nueva —o muy vieja, según como se mire—. De modo que será tarea sin esperanzas buscarla en el diccionario, a menos que se trate de un diccionario soria.
Ahora bien. Iseka, pese a su decisión de salir de la zona limítrofe, no se libró en cinco minutos de todo ello. Mientras iba caminando por su nueva ciudad recordaba. Le pareció descubrir, en un momento dado cuando su vista se desplazaba entre los extremos de un sistema de luces de neón, que los Soria no eran solo dos excompañeros de cuarto, sino la expresión de una propiedad teológica de desgaste. Como si en algún rincón del cosmos estuviera un dios del mal dedicado sin descanso, día y noche, a la tarea de producir sorias y cagarle la vida a la gente. ¿No habrá un dios que trabaja infatigablemente —en horas extras, sábados y domingos incluidos— en sus enormes laboratorios y fábricas celestiales para conseguir colocar en la tierra diez mil sorias por cada ser humano y así sobresaturarnos? Posible. Y a medida que lo pensaba, más le parecía que así era. Porque si no todo ese desgaste y sufrimiento al pedo carecía de explicación.
Recordaba cuando hacía la limpieza en un edificio de catorce pisos. Los Soria no estaban allí, claro está, pero igual estaban. Cuántas veces Personaje Iseka mató un soria que asomaba un ojo por una tolva de incinerador y, en vez de caer el cadáver por el agujero hasta el fondo, quedaba atravesado y el incinerador se tapaba. Todo el edificio, entonces, repleto de humo y de fragmentos mal quemados de soria. Muchas veces los confundía con ratas. Por cierto, veía salir de los huecos que conducían al quemador del sótano unas cosas grises provistas de cola, que tanto podían ser ratas como sorias chiquititos. No sabía de qué manera podían estar comunicados con dicho sótano, pese al enorme tubo central, pero lo cierto es que levantaban las tapas de las tolvas, espiando acechantes el momento de salir y prestarle dinero, humillarlo, y darle consejos que no había pedido. Iseka, por cualquier cosa, al lado del escobillón llevaba un láser con el cual incinerarlos en un quinto de segundo. «Un general chino debe estar preparado para cualquier emergencia» dijo el general I Tse Ka. «Sí. Porque el Anti-ser prepara para merendarte su mejor dentadura».
Personaje Iseka desechó también estos pensamientos y, así como abandonó físicamente a los Soria, además se alejó de los incineradores y de las casamatas repletas de sorias.
La parte tecnócrata de la ciudad, que era por donde Personaje Iseka se estaba internando, resultaba a su vez el fragmento Norte más extremo de un enorme país llamado Tecnocracia. El jefe máximo de esta tierra era un déspota fanático denominado Monitor. Título supremo este, casi un nombre propio. Tecnocracia lindaba con varios países; entre otros con la Excelentísima Diputación Provincial de Soria, que pese a lo de «provincial» (por no hablar del resto de su rarísimo nombre), no era provincia de ningún Estado, sino una nación independiente. En las tierras de Soria todos los habitantes eran Soria de apellido: Juan Carlos Soria, Luis Soria, Chiri Gorni Soria, etc. Lo que fuera, pero siempre Soria. De la misma manera, en la Tecnocracia —donde Personaje Iseka se internaba— la totalidad de la población, incluido el mismísimo Monitor, tenían Iseka como apellido. Así pues, hombres y mujeres, soldados y generales, altos funcionarios y obreros, leales y traidores, todos se llamaban Iseka.
Como dije, la ciudad donde han transcurrido estos sucesos, hasta el momento, era uno de los lugares de frontera entre Tecnocracia y Excelentísima Diputación —incluso al punto de estar dividida en dos-por-tres—, y la pensión donde Personaje vivía con los dos Soria quedaba exactamente en el medio del límite de partición. O sea, que si un sector de la ciudad podía considerarse exclusivamente tecnócrata y otro soria, la pieza (por el contrario) ni una cosa ni otra. Aunque más bien soria, por tener esta última raza la mayor densidad poblacional por metro cuadrado.
«De una buena te libraste».
A medida que se iba desplazando por la parte tecnócrata e internándose más y más, por un altoparlante —instalado en alguna plaza— se escuchó muy claro, pese a la lejanía, un canto marcial entonado por el Movimiento Juvenil Tecnócrata:
Cuando el soria se yergue amenazante,
trabando la marcha del hombre triunfal,
la Tecnocracia le sale adelante,
gritando de aquí no pasarán,
no pasarán, no pasarán, no pasarán, no pasarán.
Estamos rodeados de enemigos, pero no vamos a transar;
con la mirada puesta en nuestro Monitor,
sus puercas ambiciones hemos de destrozar, de destrozar,
de destrozar, de destrozar, de destrozar.
