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Martina y Manuel, una pareja en crisis que busca reencontrarse pasando unas vacaciones en un hotel rural, verán frustrados sus planes cuando, tras perderse y parar en un pueblo abandonado, se quedan sin batería en el coche. Disgustados y enfadados al no poder retomar su viaje, serán acogidos por los únicos habitantes que quedan en Páramo de Rubielos: Dorotea y Pepe, dos octogenarios que no se hablan entre sí, a pesar de habitar en caserones vecinos.
Durante los días siguientes, cada uno de los ancianos comenzará a desvelarles sus vivencias de juventud. Martina y Manuel quedarán fascinados por su enigma y su historia, al tiempo que ellos mismos se verán abocados a enfrentarse a las dolorosas verdades sobre su relación que todavía no han sido capaces de confesarse.
Una novela narrada a dos tiempos que habla de la importancia del perdón, de los amores imperfectos que todo lo pueden y de la soledad de nuestros mayores en el mundo rural.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
Los últimos de Páramo
Marisol Artica Zurano
Los últimos de Páramo
© 2023, Marisol Artica Zurano
Autora representada por Marcapáginas Agencia Literaria
© 2023, Viento Norte Editorial
Calle Celso Emilio Ferreiro, 13. 36600, Vilagarcía de Arousa
www.vientonorteeditorial.com
Diseño de la cubierta: © Viento Norte Editorial
Editores: Kenia Quintáns Portas, Christian Alonso Gallego
Primera edición digital: octubre de 2023
ISBN: 978-84-125983-8-4
ISBN digital: 978-84-125983-9-1
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A Valeria y a Alejandro, que me recuerdan día a día el valor de una sonrisa
Las estrellas suprimen,
de lejanas que son,
las distancias del mundo.
Si queremos juntarnos,
nunca mires delante:
todo lleno de abismos,
de fechas y de leguas.
Déjate bien flotar
sobre el mar o la hierba,
inmóvil, cara al cielo.
Te sentirás hundir
despacio, hacia lo alto,
en la vida del aire.
Y nos encontraremos
sobre las diferencias
invencibles, arenas,
rocas, años, ya solos,
nadadores celestes,
náufragos de los cielos.La voz a ti debida (versos 1271 a 1289). Pedro Salinas.
Capítulo I
Aquellas montañas arrogantes la contemplaban desde las cimas burlándose de ella y de su resentimiento. Manuel conducía el todoterreno sin pronunciar palabra con U2 sonando de fondo mientras Martina dirigía la mirada extraviada al otro lado de la ventanilla, negándose a disfrutar del exuberante espectáculo de hayas, castaños y pinos que poblaban las lindes de aquella sinuosa pista de montaña. Las sombras de los troncos, cada vez más estrechas y alargadas, se cernían sobre el vehículo en melancólica reverencia.
Traicionero, un enmarañado bucle de pensamientos y recuerdos absorbía por completo la atención de Martina. Pantalla número uno: la imagen del último encontronazo que habían tenido Manuel y ella, solo un par de horas antes de subirse al coche. Ya casi no se acordaba del motivo, pero sí de cómo habían ardido con fuego los ojos de su marido. Pantalla número dos: imagen de la última Nochebuena en casa de su suegra con ella de morros frente al televisor y Manu todavía sentado a la mesa remojando su acritud en un gin-tonic. Pantalla número tres: él tirado sobre la cama de un hotel de cuatro estrellas en Menorca, pasando canales en el televisor uno tras otro sin detenerse en ninguno, mientras ella, refunfuñando, se ponía el bikini, dispuesta a irse de calas sola. Discutir se había convertido, por lo visto, en una costumbre para ellos, Martina no habría sabido decir desde cuándo. Sí estaba segura de que los desencuentros habían arreciado desde que «aquello» había ocurrido, aunque, ya antes de que sucediera, los juicios y los reproches formaban parte de su rosario diario.
Pero también habían vivido momentos buenos en estos doce años de relación, se dijo Martina. Entrecerró los ojos para rastrear más profundamente en su memoria y se contempló a sí misma junto a dos amigas de la uni en la cola para recoger las notas de Derecho Mercantil. El chico que esperaba tras ellas no dejaba de bromear con su compañero y sus carcajadas despreocupadas ametrallaban por momentos la paciencia de Martina, tensa por saber si había aprobado o no la asignatura más difícil y soporífera de la carrera. Cuando ya no pudo más y se volvió dispuesta a callarle la boca a aquel vivalavirgen, se encontró de frente a un joven de mirada franca y expresión descarada que la contemplaba con cordialidad, expectación y, le pareció, un poco de sorna. En ese preciso momento, Martina sintió un clic que activó en su interior un vendaval de emociones que la atrajo irremediable e irrefrenablemente hacia aquel estudiante cañón.
Más tarde, Martina se juraría a sí misma que había escuchado ese clic con sus propios oídos, pero, se decía, a la fuerza había tenido que ser con los del corazón, pues los sentidos —también el común— se le habían entumecido durante ese primer encuentro con Manuel. Presa del aturdimiento, se le había caído al suelo la carpeta que llevaba en la mano. Con presta galantería, él la había recogido sin apartar su mirada entre divertida e insolente de la de ella. Incapaz de articular palabra y con las mejillas como teas, la joven universitaria solo había sabido mostrarle una sonrisa nerviosa y mojigata en vez de darle las gracias, tal y como sus padres y las monjas le habían enseñado desde pequeñita.
¿Por qué había reaccionado así ante Manuel? ¿Por qué aquel clic había puesto su vida patas arriba?, se preguntaba ahora Martina. Y lo hacía con sinceridad, sintiéndose incapaz de hallar la solución a aquel enigma.
Durante los días siguientes a su primer y fortuito encuentro, le había resultado imposible ahuyentar de su mente la imagen de aquel chico y su mirada resuelta. La providencia se encargó de unirlos de nuevo una semana después, en la fiesta de inauguración que daba un amigo común en su piso de Malasaña. Inexplicablemente para todos sus invitados, quería celebrar que se había gastado una millonada en aquella buhardilla de treinta metros cuadrados en la que uno debía andar con cuidado para no pegarse un buen coscorrón; sobre todo, como enseguida aprendió Manuel, cuando se sobrepasaba el metro ochenta y cinco de altura. La castaña que se llevó fue tremenda, pero brindó a Martina la excusa perfecta para quedarse a solas con él en la única habitación independiente del apartamento, el baño. Gasas y agua oxigenada en mano, Martina examinó cuidadosamente la cabeza de Manuel para asegurarse de que no se había abierto ninguna brecha y, dueña y señora esta vez de sí misma, aprovechó para, entre bromas y risas, darle las gracias por su amable gesto del otro día.
Sí, Manuel era un hombre guapo y de figura atlética esculpida a golpe de largos de piscina—la natación había sido su gran pasión desde niño—. Un buenorri, como habría dicho su amiga Bea. Muy querido por sus amigos, era el alma de la fiesta y siempre tenía una palabra alegre o un gesto amable para los demás. No le importaba renunciar a un domingo en la sierra para ayudar a un amigo en una mudanza o pedir unas horas en el trabajo para acompañar a su madre al médico. Aunque poco ducho en expresar sus sentimientos, a Martina no le había importado que no la arrebujara en halagos y lisonjas durante los primeros años de relación. En parte, porque los abrazos y arrumacos no faltaban, Manuel era muy cariñoso y esa era su forma de hacerle saber que la quería: abrazos cálidos y acogedores que, inesperados, llegaban por sorpresa mientras se afanaba en elegir los mejores tomates en el supermercado o cuando, en la ducha, escuchaba deslizarse traviesa la puerta de la mampara.
Con el paso de los años, las facciones de Manuel se habían redondeado un poco y el pelo castaño comenzaba a escasear en las sienes y en la coronilla, pero su mirada no había perdido ni un ápice de su magnetismo y conservaba su buena planta. Una leve sonrisa afloró en los labios de Martina. La reprimió antes de girar levemente la cabeza hacia su izquierda para observar a su marido. Sus ojos tropezaron con la mirada hosca y un poco desconfiada de él. La joven elevó la suya hacia el techo del vehículo y suspiró. Como había descubierto conforme se fueron conociendo, Manuel podía ser un poco susceptible en algunos momentos y muy cabezón en muchos otros, lo cual podía sacarla de quicio en instantes como aquel. También, el caos y el desorden que lo caracterizaban: resultaba fácil olvidar sus encantos cada vez que su cariñito dejaba el baño perdido después de ducharse, cada vez que no la llamaba para avisar de que iba a llegar tarde o cuando, al desnudarse para meterse en la cama, arrojaba la ropa sucia al suelo y allí la dejaba, a la espera de que le salieran patas y se metiera solita en el cesto. Esto último le fastidiaba casi tanto como verlo desperdiciar la tarde del sábado jugando a la Play.
Pero nadie es perfecto: todo, todo le habría perdonado si no se hubiera comportado como lo hizo cuando ocurrió «aquello». Sin darse cuenta, resopló y esta vez fue Manuel quien la miró de soslayo, sin apartar la vista de la senda de tierra y pedruscos que serpenteaba frente a ellos.
—Martina, ¿se puede saber en qué estás pensando con esa cara de mala leche? Haz el favor de relajarte y disfrutar del paisaje. Pocas veces en tu vida contemplarás bosques tan salvajes.
Martina suspiró de nuevo. Sí, un viaje por la montaña, unos días para descansar y compartir buenos momentos juntos le había recomendado Eduardo, un amigo psicólogo a quien había confiado sus problemas conyugales. Eso les permitiría dejar atrás el estrés, los pequeños agobios del día a día en el trabajo y la casa, y concentrarse en lo que realmente importaba: ellos. Pero, por muy psicólogo que fuera, se decía la joven, Eduardo no contaba con que esos pequeños agobios les ayudaban a soportarse mutuamente, porque evitaban que ambos encontraran el momento para pararse a hablar y a analizar con cabeza fría su relación y todo lo que había pasado entre ellos o, mejor dicho, rectificó Martina, todo lo que no había pasado.
Si se hubiesen atrevido ya a hacerlo, quizás ahora se encontrarían en un juzgado presentando la demanda de separación en vez de deambular perdidos por Dios sabe dónde, se dijo la joven. Porque, por mucho que su marido continuase negándolo, se habían perdido. Si hubiera seguido su indicación de torcer a la derecha en la última bifurcación, habrían llegado hace rato al hotelito rural con encanto donde habían previsto alojarse. Pero no, hacía casi dos horas que daban vueltas por aquella intransitable pista repleta de hoyos y baches, sin gota de cobertura en el móvil ni avistar una sola casa ni, mucho menos, indicios de vida humana. Por supuesto, el orgullo talla XXL de Manuel le impedía, como de costumbre, reconocer que había metido la pata. Pronto anochecería y tendrían que dormir en el coche, un panorama que no resultaba nada halagüeño.
Martina se sentía decepcionada. Durante toda su vida había soñado con ese amor ideal y sempiterno que las películas de Disney de los noventa le habían prometido. Por encima incluso de convertirse en una abogada de éxito a lo Ally McBeal, su gran anhelo había sido encontrar al hombre de su vida, a su media naranja, a su alter ego. Desde niña, había vivido convencida de que ese gran amor tipo Titanic llegaría, de que se enamoraría de un hombre perfecto, se casaría con él, vivirían felices y envejecerían juntos, rodeados de hijos y nietos que adorarían a esa pareja de ancianos entrañables, arrugaditos como la envoltura de un Ferrero Rocher.
Cuando conoció a Manuel, pensó que su búsqueda había terminado. Por fin había encontrado a su Leonardo DiCaprio. ¡Pero qué diferente se mostraría la realidad después de unos años! Ya casi no recordaba la sensación de quemazón en la piel que le robaba el aliento cada vez que él la rozaba con los dedos, la perturbación cuando los labios de Manuel sembraban de besos su cuello para luego bajar hasta el nacimiento de sus senos, la desesperación por que la abrazara hasta impedirle respirar. Hacía mucho que ambos habían pasado esa página de su cuento de hadas. Ahora, un beso significaba eso, un beso. No una tormenta ni un huracán ni un terremoto. Solo un beso breve y lánguido, apenas un pestañeo, el aleteo de una mariposa. Sí, mantenían una relación duradera y estable, pero Martina se preguntaba si, más bien, no estaban estancados: habían cambiado el océano por un pantano. Al menos, ella se ahogaba bajo las aguas cenagosas y un poco malolientes de la rutina. Si al lado de la otra persona no creces, no te transformas, no evolucionas, se decía Martina, ¿no valía más la pena que cada uno emprendiera su propio camino?
—Estarás contento —dijo Martina al percatarse de que el sol empezaba a ponerse tras las montañas—. En media hora ya será de noche y nosotros continuamos dando vueltas por ahí.
Manuel mantuvo la vista fija hacia delante.
—Te repito que este es el camino correcto, cariño. Según mis cálculos, dentro de un cuarto de hora estaremos delante de la casa. Si confiaras un poco en mí de vez en cuando…
Martina lo miró apesadumbrada y, tras un resoplido de resignación, giró de nuevo la cabeza hacia la ventanilla. Al menos, este viaje le estaba ofreciendo la oportunidad de contemplar espectáculos como aquel, pensó, mientras observaba cómo las montañas engullían lentamente al sol, apenas ya una leve mancha rosada en el horizonte. Continuaban los picos con su suculento festín cuando, algunos minutos después, un grito de júbilo de Manuel la sobresaltó.
—¿Ves cómo tenía razón, marisabidilla? Seguro que está por aquí el hotel rural —aclaró el joven a Martina, que escudriñaba, sorprendida, el pequeño grupo de viviendas semiderruidas que acababa de surgir ante ellos al girar la última curva de la pista, casi como por arte de magia.
La joven se bajó del coche y comenzó a avanzar por la que parecía la calle principal de un pueblo deshabitado. A lo largo de ella, se alineaban varios caserones en ruinas. Aunque el sol ya se había puesto y la luz menguante de los últimos minutos del día brindaba al lugar un aspecto triste y descolorido, Martina observó con deleite la sobria belleza de las escasas fachadas que aún se mantenían en pie. La mayoría de las edificaciones se habían desmoronado y las piedras desperdigadas exhibían sin pudor las entrañas de las casas: amplios corrales invadidos por las malas hierbas, tejados hundidos y patios traseros sobre los que asomaban galerías de madera devoradas por las termitas y la humedad. Un espeso silencio y unas cuantas arañas parecían ser los únicos habitantes de aquella aldea.
Con cuidado para no tropezar con las piedras, esparcidas por doquier, Martina continuó recorriendo aquella calle hasta llegar a lo que parecía una plaza bastante irregular. Una pequeña iglesia de una sola nave se alzaba, flanqueada por dos chopos, en uno de sus lados. Aunque solo se mantenían en pie las paredes y una espadaña desnuda de campana, todavía podía percibirse la pulcritud de sus líneas.
Ignorando la oscuridad creciente y la humedad que comenzaba a empapar el ambiente, la joven caminó hasta la que parecía la entrada principal del templo y ascendió por la pequeña escalinata que la unía a la plaza. El portón de madera se mantenía erguido, como el capitán de barco que nunca abandona su puesto. Martina empujó con fuerza la gruesa hoja de madera, pero, como no cedía, decidió seguir merodeando. Rodeó el edificio y, tras los muros sostenidos por sólidos contrafuertes, descubrió una pequeña fuente de la que seguía manando agua. Martina rozó con los dedos el chorro que se precipitaba desde uno de los tres caños y un escalofrío la hizo estremecerse. Más adelante tendría que volver, se dijo, y llenar las cantimploras con esa agua tan fresca, pero ahora le convenía regresar al coche o la noche se le echaría encima. Secándose la mano en el pantalón vaquero, emprendió el camino de vuelta.
Cuando volvió junto al vehículo, Manuel estaba terminando de montar una pequeña tienda de campaña al pie de un solitario nogal.
—¡Ayúdame, cariño! Sujétame este cabo un momento —pidió a una estupefacta Martina, al tiempo que le tendía el extremo de una cuerda—. A ver, lo engancho aquí, levanto esto otro… Hay que darse prisa en acabar, que ya es casi de noche. Ajusto un poco mejor la piqueta y… ¡voilá!
Dando su obra por acabada, se incorporó con agilidad y, con expresión satisfecha, miró a Martina y añadió:
—Ya tenemos hotel rural, cariño. No está mal para la poca luz que queda, ¿verdad?
Martina olvidó por un instante su enfado y besó a su marido en la mejilla. De vez en cuando, hacía algo inteligente, se dijo, teniendo en cuenta que ella se había negado en redondo a comprar aquella tienda. Menos mal que él no le había hecho caso. Sí, Manu tenía también su carácter, aunque, al contrario que ella, no se enfadaba casi nunca, pensaba mientras sacaba del maletero los sacos de dormir. Pero, reconoció, cuando explotaba, explotaba de verdad.
Más tarde, cenando unos bocadillos a la luz de la linterna del móvil sobre una manta que habían tendido frente a la tienda de campaña, se arrepintió de su arisco comportamiento de aquella tarde. Decidió tragarse el orgullo y pedir disculpas a Manu. Él se acercó más a ella y le dio un cariñoso beso en la mejilla.
—¡Bah! No seas tonta, cariño. Si siempre estás igual, casi ni me he enterado de que estabas cabreada.
—¿Cómo que siempre estoy igual? ¿Se puede saber de qué vas, cielo? Si siempre estoy enfadada es porque tú siempre me das motivos —contestó Martina, molesta por el comentario.
—¡Claro! Yo te doy motivos y tu jefa te da motivos, y tu madre, y la mía… Siempre son los demás, ¿verdad, Martina?
Dejando el bocadillo a medias, la joven se levantó con aire ofendido y se refugió, muy molesta, en la tienda de campaña. Mañana mismo volverían a casa. Ya estaba harta de esas vacaciones inútiles. Mientras se acomodaba en el saco de dormir, no pudo evitar pensar que, quizás, a lo mejor, su marido no se equivocaba del todo.
Capítulo II
La claridad del nuevo día y los graznidos de los arrendajos despertaron a Manuel a la mañana siguiente. Perezoso, se dio la vuelta con la intención de dormir un rato más, pero un ruido de pisadas procedente del exterior le sobresaltó. Despertó a Martina, que miró el reloj y comenzó a quejarse de que todavía era demasiado temprano.
—¡Habla en voz baja, cariño! —le pidió Manuel llevándose el dedo índice a los labios en señal de silencio—. Escucha con atención: creo que hay alguien ahí fuera. He oído pisadas o algo parecido.
—No es posible, estamos en un pueblo abandonado… No hay un alma en tres mil kilómetros a la redonda —exageró la joven enroscándose sobre sí misma decidida a seguir durmiendo.
Armándose de valor, Manuel se arrodilló para bajar la cremallera que los aislaba del exterior. Su mujer se incorporó de golpe.
—¡Ten cuidado! ¡Podrían ser maquis! —le advirtió.
—¿Maquis? ¡Pero si hace cincuenta años que desaparecieron! —le recordó Manuel mientras bajaba unos centímetros la cremallera de la tienda. Tras atisbar un segundo por la pequeña abertura, comenzó a reírse.
—¿Qué pasa? ¿Quién hay? —preguntó Martina, desconcertada.
Su marido bajó por completo la cremallera y una oveja asomó la cabeza entre los dos trozos de tela. Pronto se le unieron dos más.
—¡Ahí tienes a tus maquis, cariño!
Martina, divertida, se calzó y sin pensarlo dos veces salió en pijama.
—¡Manu, mira cuántas hay! ¡Por lo menos cien! —gritaba, rodeada de ovinos.
—Bueno, no son más de sesenta, señorita, pero dan para unos cuantos quesos —precisó una voz a la espalda de la joven.
Martina se volvió y se topó de frente con un hombre de edad muy avanzada, por lo menos, octogenario. Así se lo decían a la joven su pelo nevado, aunque abundante todavía, y las arrugas de la frente, las mejillas y las comisuras de sus ojos, profundas como los surcos de un terreno recién arado. La sabiduría que emanaba de ellos revelaba una vida larga y laboriosa. Martina no pudo apartar la vista de la del anciano, que la observaba sonriente, esperando una respuesta. Pero aquella mirada había hipnotizado a la joven, que se preguntaba cuántas veces había buscado entre las caras del metro con las que coincidía cada mañana una milésima parte de la serenidad que ahora contemplaba en aquellos ojos amables.
De repente, se acordó de que estaba en pijama y, colorada como un rábano, desapareció por la entrada de la tienda de campaña sin pronunciar palabra. Enseguida salió Manuel y saludó al anciano con un apretón de manos. Se asombró del vigor con que le devolvía el saludo aquel hombrecillo tocado con una boina negra.
—Por Pepe el Pastor me conocen. ¿Han pasado la noche aquí en el pueblo? —le preguntó el abuelo con una sonrisa.
—Yo soy Manuel y mi mujer se llama Martina. Y sí, nos perdimos. —Ahora que Martina no estaba delante, podía reconocerlo—. La noche se nos echó encima, así que pensamos que lo mejor era montar la tienda y seguir hoy nuestro camino. A lo mejor usted puede ayudarnos a encontrar nuestro hotelito.
—¡Claro, joven! Seguro que sí. Pero estarán hambrientos, ¿por qué no suben a mi casa a almorzar? Con el estómago lleno, yo podré explicarles mejor las cosas y ustedes las podrán entender mejor.
Manuel empezó a sopesar en su mente la oferta del pastor: aunque seguramente aquel hombre conocía muy bien el lugar, lo mismo comenzaba a soltarles batallitas y aquello podría resultar engorroso y aburrido. Además, cuanto antes se pusieran en marcha, mejor. El octogenario, que había visto a mucha gente dudar a lo largo de su vida, reconoció la indeterminación en los ojos de aquel muchacho de ciudad.
—Joven, yo voy a por agua a la fuente y luego marcho ya a casa. Si se deciden a venirse un ratín, solo tienen que preguntarles a las ovejas. No podrá probar un chorizo y un queso como el mío en todo el valle…
Levantando la mano en señal de despedida, el pastor se marchó seguido por su rumiante séquito y un alborozado perro de aguas. Martina salió de la tienda, ya vestida, justo a tiempo para ver perderse al hombre entre las casas en ruinas.
—Ese anciano tenía algo especial, ¿verdad? —afirmó, más que preguntó.
—Sí, que está majara, Martina. Nos ha invitado a almorzar con él en su casa… —contestó Manuel, todavía con la mirada fija en el punto por donde había desaparecido el pastor.
—¿Y qué tiene eso de malo? Más bien me parece que es muy amable.
—Me ha dicho que para llegar a su casa preguntemos a las ovejas.
—Bueno, será una manera de hablar. Ya sabes, la gente del campo tiene su jerga, al igual que los de la ciudad. En fin, vamos a recoger todo y pongámonos en marcha.
Mientras desmontaba la tienda, Manuel no podía evitar pensar qué había percibido su mujer en ese anciano que él no había notado. Se preguntaba por qué los dos siempre entendían las cosas de distinta manera; por qué, donde él veía azul, ella veía verde; por qué para ella era tan importante que la besase cada mañana antes de irse al trabajo o que le regalase un ramo de rosas el día de su aniversario. ¿Para demostrarle su amor? ¿No era suficiente haberse casado con ella, haber deseado vivir el resto de sus días con ella, con despertarse cada mañana juntos? ¿Por qué no entendía Martina que él la amaba con todas sus fuerzas desde el día que por poco se abre la cabeza en la buhardilla de Jorge? O, al menos, la había amado hasta ahora, se corrigió, porque cada día le costaba más soportar su mal humor, su frialdad, su comportamiento arisco. Para ella, nada de lo que él hacía estaba bien hecho. Ya ni siquiera le gustaba cómo le hacía el amor y eso que, hasta no hacía mucho, Martina se derretía de placer cada vez que él la rozaba. Ahora, apenas le dejaba que la tocara, sobre todo, desde que «aquello» había sucedido. Un grito sacó a Manuel de su ensoñación.
—¡Manuel! ¡El coche no arranca! ¡No tiene batería! ¡Te dejaste las luces encendidas!
—¿Qué dices? Estoy completamente seguro de que apagué los faros antes de salir del todoterreno.
—¿No volviste después a coger algo?
—Sí, la linterna de la guantera…
—¿Y no encendiste la luz interior para buscarla?
Manuel palideció al darse cuenta de que había metido la pata de nuevo. Y esta vez no podía negar la evidencia.
Martina empezó a gritar fuera de sí. La ira había teñido su rostro de rojo y una palpitante vena, antes invisible, se hinchaba y deshinchaba en el centro de su frente. Manuel escuchaba la reprimenda cabizbajo, sin molestarse en contestar. Su mujer continuaba con su perorata: que qué demonios iban a hacer ahora, perdidos en aquella montaña y sin tener ni idea de dónde estaban, que por qué le habría hecho caso, que por qué no habría conducido ella, que por lo menos podría haber preguntado al pastor dónde estaban. Su marido sabía, después de tantos años juntos, que, si se mantenía callado, la tormenta pasaría pronto. No el enfado, pero sí el terremoto con epicentro en Martina que amenazaba con desmoronar su ya escasa autoestima. Así que Manuel continuó esperando pacientemente a que su mujer acabara de desahogarse, sin decir nada y mirándose las puntas de los pies.
De repente, dejando a Martina con la palabra en la boca, se acercó al vehículo, cogió la mochila del maletero y echó a andar a paso decidido sin dejar de mirar al suelo.
La joven, perpleja, corrió para alcanzarlo.
—¿Se puede saber adónde vas ahora? ¿O es que se te ha perdido algo?
Su marido, sin apartar la mirada del suelo, le aclaró que seguía el consejo del anciano.
—Solo pregunto a las ovejas el camino a la casa del pastor, cariño —dijo con cierta sorna.
—¿A las ovejas? Tanto que criticabas al pobre hombre y, ahora, al que se le ha perdido un tornillo es a ti. ¿Dónde ves tú aquí ovejas?
—Ahora no veo ninguna, pero sí por dónde han pasado —contestó Manuel señalando a sus pies. Martina comprendió que su marido se estaba limitando a seguir el rastro de boñigas que había dejado el rebaño a su paso. Una sonrisa de satisfacción asomó al rostro del joven mientras su mujer abría el maletero para coger su maleta y echaba a andar tras él.
Durante los siguientes diez minutos, recorrieron una senda de tierra que, estrecha y desdibujada, los conducía a un destino desconocido. Las ruinas del pueblo quedaron fuera de su vista cuando el camino los internó en una frondosa arboleda de tejos y acebos. Como el sol comenzaba ya a escalar por el cielo y sus rayos, a picar en la nuca, la pareja agradeció el frescor y el cobijo que les ofrecía la vegetación. Sin dejar de seguir el sendero salpimentado de boñigas, caminaron entre árboles y arbustos hasta que un halo de luz se formó delante de ellos, anunciándoles que habían llegado a las lindes de aquel bosquecillo.
Al dejar a sus espaldas el último árbol, se toparon de frente con dos enormes casonas de piedra que, una frente a la otra y resguardadas de las miradas indiscretas por aquella muralla arbolada, dominaban el vasto claro que, de repente, se había abierto frente a ellos.
Las casas, de dos alturas y levantadas ambas con la piedra terrosa típica de la región, resultaban iguales a ojos forasteros: un grueso portón de madera, flanqueado a cada lado por una ventana, dominaba la primera planta. Sobre él, se alzaba un pórtico, sostenido por pilares de madera, que servía de base para la bella balconada, del mismo material, que se extendía a lo ancho de la fachada de todo el segundo piso.
Ambos caserones estaban cubiertos por un tejado a dos aguas. Aunque las inclemencias del tiempo y el paso de los años habían desgastado las tejas anaranjadas que los cubrían, se mantenían casi intactos, dispuestos a cumplir con diligencia su misión de resguardar de la intemperie las dos viviendas y a sus moradores.
