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Un joven llega a un remoto pueblo brasileño tras el rastro de un poco conocido episodio en la vida del escritor Albert Camus. En aquel caserío se integra a las rutinas de una pensión regentada por una anciana japonesa, quien le brinda techo, trabajo y amistad. Al muchacho lo mueve el proyecto de dedicarse a las letras: la investigación sobre los días que el novelista francés pasó en aquellos parajes se convierte en la base de lo que será su primer texto literario. No obstante, una enrarecida atmósfera se cierne en torno de su presencia pues nadie sabe qué hace en esa perdida región, cuál es su nacionalidad, qué intenciones alientan su estada en un lugar sin interés económico ni turístico. Con aires de «Bildunsgroman» y de policial, «Los verdaderos paraísos» resulta, asimismo, una pieza donde el uso de ciertos recursos metaficcionales permite difuminar los límites entre realidad y ficción, al tiempo que se convierte en un sutil cuadro sobre el desarraigo, la siempre problemática aceptación del «otro» y los equívocos a los que conduce la maledicencia y el simple y gratuito rencor.
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Seitenzahl: 206
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Presidente vitalicio: Rafael Cadenas
Presidente ejecutivo: Elías Pino Iturrieta
Junta directiva
Herman Sifontes Tovar
Gabriel Osío Zamora
Miguel Osío Zamora
Ernesto Rangel Aguilera
Juan Carlos Carvallo
Jesús Quintero Yamín
Producción
Staff Fundación para la Cultura Urbana
Foto de portada
Sin título (Ventana), circa 1960: Autor desconocido ©Archivo Fotografía Urbana
© 2022 Fundación para la Cultura Urbana
ISBN digital: 978-84-126031-6-3
www.cultura-urbana.com
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Facebook: Fundación para la Cultura Urbana
Los verdaderos paraísos
Luis Carlos Azuaje
XX PREMIO ANUAL TRANSGENÉRICO VEREDICTO
Nosotros, el jurado designado para escoger al ganador del xxPremio Transgenérico otorgado por la Fundación para la Cultura Urbana, luego de leer los ciento cincuenta y tres (153) originales concursantes, hemos decidido lo siguiente:
Otorgar por unanimidad el premio a la novela los verdaderos paraísos, identificada con el seudónimo «Sebastián Mor», por considerar que se trata de una obra muy bien escrita que aborda los temas del viaje, la identidad y el desarraigo. La pieza incorpora, asimismo, un diálogo con la figura de Albert Camus que deviene metáfora sobre la pérdida del hogar y la condición apátrida en la que los temas de la extranjería y el rechazo al forastero cobran una dimensión universal con base en la historia de un joven errante.
Abierta la plica el autor resultó ser Luis Carlos Azuaje.
En Caracas y Barcelona (España), a los 25 días del mes de febrero de 2021.
El Jurado:
Krina Ber
Jordi Carrión
Irma Chumaceiro
Violeta Rojo
Carlos Sandoval
(Maracay, Venezuela, 1983)
Escritor y docente. Desde 2015 reside en Buenos Aires, Argentina, donde se desempeña como profesor de español para extranjeros. Es docente de lengua y literatura egresado de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL, Maracay). Magíster en filología hispánica por el Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CSIC-CCHS, Madrid 2009) y magíster en literatura latinoamericana por la Universidad Simón Bolívar (USB, Caracas 2012). Ha publicado la novela El gran farsante (Málaga, EDA Libros, 2018). Ganador del XX Premio Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (2021) con la novela Los verdaderos paraísos. Algunos de sus textos han sido incluidos en antologías de poesía y relatos breves, como Voces nuevas 2005/2006 (Caracas, Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, 2006); Velas al viento, los microrrelatos de la nave de los locos (Granada, Cuadernos del Vigía, 2010) y Antología del taller literario Los moradores (Maracay, El perro y la rana, 2012). En los últimos cuatro años ha mantenido doble residencia entre Argentina y Brasil, países a los cuales ha dedicado breves crónicas viajeras.
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A las familias Hioki, Cunha y Ribeiro
Los verdaderos paraísos son los que uno ha perdido.
A. Camus.
1
En el pueblo se rumora que hay un joven hospedado en la posada pesquera Pôr do Sol que habla un portugués torpe y viene de muy lejos. Por órdenes de doña Satori, la dueña de la posada, nadie le pregunta por su procedencia o su destino. Intuye, por la forma en que le habla —desacompasado, intercambiando las vocales, como si fuera víctima de un trance angustioso—, por aquel rostro de resignación —los párpados pesados, los pliegues de una piel endurecida por el sol—, que solo necesita ayuda. Necesita un trabajo y está dispuesto a hacer casi cualquier cosa.
Doña Satori no siente compasión, es poco dada a ese tipo de sentimientos. Solo cree en el chico, cree en su fortaleza, en lo que sea que haya podido llevarlo hasta ahí. Debajo de ese dolor y ese cansancio, que no son más que los signos de un largo viaje que todos hemos hecho alguna vez, hay determinación. Sea cual fuere el motivo, ahí en la posada hay trabajo para él.
Es un joven hermoso, con el cabello castaño, imberbe y de nariz pequeña, piel morena y una sonrisa discreta pero seductora. Es de mediana estatura, como de unos veintitrés o veinticuatro años. Delicado, sereno, despierta en las jóvenes mucamas una curiosidad desconocida para ellas. Ya habían visto turistas muchísimo más bellos que este muchacho, pero ninguno producía esta sensación de peligro, de materia desconocida, de ecuación no resuelta. Revolotean, se azuzan y amontonan, van y vienen, podría decirse que están inquietas, desacostumbradas a la novedad en un lugar de normas ciegas y rituales; pero es más que eso, parece como si detrás de ese hombre se avivara un fuego, una llama dulce que invitase a la cursilería. No se aguantan, se ríen inocentes entre las ropas colgadas al sol, se hacen señas y muecas delatoras. Están, qué duda cabe, erotizadas.
David, ese es su nombre, es cauto y hacendoso. Muchos días de no beber suficiente agua y yacer bajo el sol dibujan en sus brazos ramificaciones azules que sobresalen de un cuerpo vigoroso. Sus ojos, sin embargo, no despiden ninguna luz, son opacos, taciturnos, como si el pasado lo acechase, como una sombra que se proyecta bajo un cuerpo que no es el suyo.
Llegó la madrugada de un sábado a Ilha Comprida, pueblo vecino de Iguape emplazado al sur del litoral paulista. Bajó de la parte trasera de una camioneta con estacas de madera que venía de São Paulo a la costa a cargar cocos. Lo arrojaron en la isla y le señalaron hacia el oeste —levantando la mano como un navegante que ha avistado tierra—, rumbo a Iguape. Siguió de noche por una carretera larga y estrecha, con ciegos brotes de luz venidos de unos faroles distantes que marcaban una sinfonía que a él se le hizo eterna, una verdadera peregrinación. Al llegar al pueblo preguntó por una hospedería y dos borrachos le convidaron una cachaça mientras descansaba en las escaleras de la iglesia del Bom Jesus. Le indicaron una modesta posada que no habían visitado nunca, pero de la que todo el mundo hablaba, llamada Pôr do Sol. Quedaba a unas pocas cuadras cruzando la pasarela arqueada sobre el río Ribeira. Fatigado, atravesó la plaza, bordeó el río, cruzó la pasarela y a unos pocos metros se encontró con un portón azul y un largo paredón blanco y rústico con un sol rojo dibujado en el centro, lo que para él fue señal suficiente de que estaba en el lugar que buscaba. Esperó hasta el alba, recostado del largo paredón para no despertar a nadie. Solo le quedaban un par de bananas en la mochila. Se las devoró la primera de las cuatro veces que abrió los ojos antes del amanecer. En las otras tres se conformó con bostezar, mirar con devoción su pequeño reloj de pulsera tratando de que, en una disputa que suele ser muy desigual, el sueño venciera al hambre.
Dice que perdió todo en el camino. Intenta explicar cómo lo asaltaron durante la travesía, pero doña Satori no se molesta en indagar, presiente que la historia es falsa. No le inquieta, a kilómetros se ve que es un hombre honesto. En los cuarenta años que tiene a cargo de la posada ha visto pasar un desfile de trabajadores y sabe, de solo verlos, si son de fiar. Él pide permiso para usar el baño, no toma las frutas de la vasija que reposa sobre la mesa del zaguán, la vasija naranja que cada mañana ella completa para que los empleados se sirvan sin consultarle, y tampoco ha reclamado por los mosquitos que, en la única habitación disponible, con las paredes a medio frisar, acaban por convertirse en uno de esos tormentos silenciosos de la vida campestre. Doña Satori lo sabe. los japoneses siempre están evaluando las formas con discreción. Para ellos los hábitos lo dicen todo.
Doña Satori lo llama el argentino porque su idioma es el español y hace sonar la erre como si tuviera apresada la lengua e intentase liberarla haciéndola vibrar.
Tiene destreza con las manos y aprende rápido. Doña Satori necesita ayuda en la cocina. Lavar uno por uno cada siri es una tarea que, en manos de una sola persona, puede llevar todo el día. Los pescadores llegaron esta mañana del río, de donde sacaron unos cien ejemplares adocenados en sacos de papas.
Ella le enseña cómo tomar al cangrejo para que las pinzas no acaben destrozando sus manos. La precisión lo es todo, este crustáceo es ágil, de movimientos rápidos y certeros. La operación debe ser exacta, con dos dedos hay que tomarlo justo sobre el caparazón y con la otra mano restregar con la esponja los excesos de tierra y algas. Del otro lado, en el fregadero, los bichos se contorsionan y crepitan. Se amontonan dentro de las piletas que componen la larga encimera de granito que ocupa todo el centro de la cocina.
—Viene de Uruguay.
—No, viene de Argentina.
Hablan entre ellas, cacarean; las empleadas de limpieza especulan sobre el joven que camina todas las mañanas a la orilla de la playa. Lo ven llegar en la bicicleta oxidada que doña Satori tiene para los mandados. Juega con los perros de los pescadores, pasa horas sentado viendo el mar arrojando cantos rodados, como si buscara algo más allá de la línea divisoria entre el mar y el abismo, ahí donde se acaba el mundo. Nada con mucha destreza —y a veces también con algo de imprudencia—, se adentra al océano y vuelve nadando enérgico y poderoso. Bruna, vendedora de açai, lo ve bañarse solo y lo saluda. Él se le acerca y conversan un poco.
—Tu portugués está mejorando, al menos ahora te entiendo.
Le regala un vasito de açai con dos fresas y leche condensada. El joven celebra cada bocado como el manjar más delicioso sobre la tierra. Al terminar la ayuda a subir el carrito de chapas plateado por la rampa de madera que se tiende entre la vereda y la orilla.
2
Es junio. Tiene apenas un mes en el pueblo y ya saluda a los pescadores. Todos creen que es un turista curioso de esos que no faltan cuando se acercan los festejos del Bom Jesus, de esos que vagabundean por el pueblo con rostros alelados buscando no se sabe qué.
Doña Satori le enseña a limpiar róbalos. La jornada fue buena, traen abundantes ejemplares y de buen peso. Últimamente esta actividad se ha vuelto dura, la competencia ha crecido con el turismo y este pescado se ha convertido en un producto muy preciado.
—Olha aquí! —dice mientras sostiene un cuchillo inmenso. Atraviesa con el filo el vientre del pescado y lo abre en dos como una naranja. Luego mete su diminuta mano con avidez y extrae las entrañas del animal de un solo tirón.
David no es tan diestro con el cuchillo, pero se las arregla. Doña Satori le muestra el procedimiento una vez, solo una, y luego se va. Primero lo observa mientras abre uno de los pescados y lo limpia y después se marcha en silencio para continuar con las labores de jardinería. David no acaba de aceptar que se ha quedado solo con una pila de róbalos boqueando dentro de una pileta con hielo esperando a ser rebanados. Es demasiada responsabilidad embarcarse en una tarea de la que apenas entiende los rudimentos. De sus manos depende la cena de casi veinte comensales que esperan ansiosos el famoso sashimi de róbalo de doña Satori. Dos pescadores, Milton y Guilherme, empleados de la posada, beben cerveza cerca del pequeño muelle de la posada y miran a David mientras ríen como diciendo «¡buena suerte, campeón!».
Ella, entre tanto, va por ahí, menuda, con la mirada puesta en la ocupación del día. Con delicadeza arranca los botones marchitos de los jardines que rodean la casa como un templo. Esta operación diaria es necesaria para que los botones secos no roben la energía de la tierra y otras flores germinen, eso dice. A sus ochenta y un años, doña Satori ha visto crecer una familia, una posada pesquera y un pueblo en los márgenes del río Ribeira de Iguape, muy lejos de donde ella nació. Nadie mejor que ella sabe lo que es hacer crecer. Todo lo que toca florece.
Vino con su esposo, Kanaye, a principios de los años 70, y se instaló en el litoral paulista. Trabajó junto a él en la faena del campo, vendiendo frutas en el mercado o como peones en una hacienda cafetera. Fueron necesarios cuatro años de trabajo y ahorro en Japón cuidando ancianos, separada de su esposo, para que al volver comprase una tierra a orillas del río, una tierra decididamente mágica. Para construir la posada sembró la samambaia, un helecho silvestre que sirve para acompañar ramos de flores. Un modesto relleno cuya principal virtud —tal vez la única— es no ser protagonista.
Su marido murió de diabetes en 2005. Desde entonces se dedicó a viajar, a recorrer el mundo junto a otras señoras japonesas que viajan en clanes. Mientras lo cuenta, David no puede evitar imaginarse una cofradía de peligrosas abuelas armadas con cámaras fotográficas. Después de acumular experiencia y suvenires, un día se cansó de viajar y no voló más. Tomó su decisión cuando se dio cuenta de que estando afuera su mayor sueño era volver a Iguape: «Yo soy feliz aquí, tengo todo lo que necesito. Si mañana me caigo vienen cuatro o cinco a levantarme. Mis hermanos en Japón se caen y de ahí no se paran más», dice entre risas.
David pregunta por las fotografías de la familia y doña Satori le trae un arsenal de álbumes y los pone en la mesa. Entonces, cuando cree que va a comenzar, con uno por uno, a contarle historias, suelta una frase lapidaria, como un haikú, y enfila hacia la cocina sin decir nada más. Después de todo, las imágenes hablan por sí solas.
Doña Satori anota todos los días en un cuadernito asuntos de la administración de la posada. En ella David está registrado como «el argentino», aunque de esto, ya sabemos, no tenga ninguna prueba. Aún doña Satori no ha hablado de los honorarios de David, pero si le dijera que no iba a pagarle nada él lo aceptaría. Come en abundantes porciones y tiene una habitación para él solo a cambio de un trabajo diurno no demasiado agotador, aunque exigente. Son un lujo las comodidades que le brinda ese oficio del que sabe apenas nada. Además, es casi el único empleado en la posada que tiene el privilegio de conversar con doña Satori y eso le encanta. A menudo sostienen largas charlas que van desde el punto justo de sal y el tipo de especias de la cocina oriental hasta los colores de los ocasos en diciembre y enero.
Escribe también en un diario antes de dormir todas las noches. Sin eso no concilia el sueño. Sorprende a David con una escritura vertical que va de derecha a izquierda y que combina tres grafías diferentes, dos silábicas y una ideográfica. Le enseña a saludar en japonés, cosa que hace con regularidad, luego de lo cual suelta una carcajada portentosa y se retira diminuta y ágil.
La posada apenas aparece en internet con un par de fotos pálidas y unos pescadores sin suerte. Pero una clientela cautiva, casi una secta, sabe que no hay hospedería como esta. Difícilmente un trato tan familiar, tan humano, se repita en otros lugares de mayores dimensiones y demanda.
Dos de sus hijos, Takatsu, el mayor, que vive en la capital, y Aiko, dueña y señora de la cocina, trabajan en la posada o colaboran de alguna manera. Conservan ese trato afectuoso que los clientes aprecian tanto. Todos en el pueblo repiten a una sola voz «no hay lugar como este». Hay días en que amanece nublado o nadie saca un solo pez, pero incluso en esos días estar aquí es tan agradable como estar en casa. Tal vez porque doña Satori va por ahí, menuda, repitiendo frases ininteligibles que los empleados contestan con sonrisas y gratitud. Cada vez que hace esto, David cae arrobado de ternura, pero nunca se lo dice. No haría falta, ella lo sabe.
3
El sábado David despierta temprano para ayudar a encender las embarcaciones que salen en la madrugada para la pesca. Debe llenar los tanques de combustible y sacar las carnadas de la nevera y distribuirlas equitativamente en cada una. Está listo para zarpar. Pasará el día surtiendo a los pescadores de carnadas, llevando las cañas y cumpliendo los más insólitos caprichos de los tripulantes: una cerveza helada cada diez minutos, limpiar la proa que se ha impregnado de un olor desagradable (que despiden ellos mismos), vaciar y volver a llenar las cajas de ninfas, moscas húmedas, libélulas y moscardones, por tamaños y colores, y otros deseos banales que rayan en la servidumbre, como secar el sudor de la frente o incluso pasar protector solar por la cara y los brazos.
Al volver, cerca del ocaso, le toca anclar la lancha al tractor para llevarla de regreso al estacionamiento y bajar la carga pesada fruto de la pesca del día. Mientras vacía la embarcación y limpia los desperdicios, mira a una chica que está tendiendo las sábanas en el patio muy cerca del vivero de orquídeas. No la había visto antes.
Se acerca a la cocina, deja algunas cosas y pasa nuevamente, con gesto distraído, pero absorto en la joven de rostro cándido y ojos brillantes. David se embelesa en su piel salpicada de pecas, un dorado suave la cubre toda, lleva un vestido blanco con flores violetas que nace en sus hombros en forma de dos cintas diminutas y cae con delicadeza sobre sus caderas como un arrullo. Siente un impulso incontenible de pasarle la mano, ¡ah, esa piel!, ¿cómo describir lo que siente? ¿Con qué palabras si ella no las entendería?
—Bom día, moça, sou David, trabalho aquí há pouco tempo.
Se dibuja un signo de interrogación en su cara. David se detiene un poco más de lo prudente a mirar esos ojos, ensaya alguna forma de seducción que no le sale como espera porque las cosas son siempre más verdaderas en su imaginación.
—Um prazer, me chamo Júlia.
Del pequeño banco de vocablos extrae uno muy modesto con la vana esperanza de que haga justicia a lo que siente. Por primera vez el contrato social de la lengua le parece una imposición, siente el peso de esa ley como un yugo.
—Gosto muito das flores… —murmulla, y casi al mismo tiempo se arrepiente, no sabe qué hacer con esa afirmación un tanto ambigua, es un hilo que no puede recoger.
La moza ríe, debe estar preguntándose cuáles flores, ¿las de su vestido?, ¿las del orquideario?, ¿las flores en general?
Las mucamas cada vez que lo escuchan hablar exclaman: Ay, qué fofinho! y se echan a reír. Su acento es tierno, pero ellas se sonrojan al decirlo, entre bromas comienza a tejerse una cierta complicidad.
La aventura termina bien, los dos han sonreído. Es mucho más de lo que David hubiera pedido de un encuentro como ese, en mitad del trabajo, balbuceante, inseguro, absorto en esa piel acanelada y unos ojos como los obturadores de una gran lente. La moza sacude sus pestañas de arriba a abajo involuntariamente y es como si se levantase un viento delicioso que le provoca escalofríos; esos alisios prefiguran ya alguna forma sutil de rendición.
4
Han llegado su hijo Takatsu —Taka, como lo llaman todos en la familia—, su esposa Mayra y los nietos de doña Satori. Dos niños de cuatro y cinco años, extrañamente silenciosos, con mirada de pregunta, y una chica de doce, sebosa, macilenta y ojeruda.
Él es el único que no vive en Iguape; viene a visitarlos una vez por mes y lleva algo relacionado con la administración de la posada, asuntos legales y de proveeduría. Es un hombre adusto, aunque educado, de mirada escrutadora, alto y de pasos firmes. A David le parece alguien que hubiera pertenecido a la aristocracia feudal japonesa o tal vez un general de la Segunda Guerra.
Doña Satori les muestra a David, lo presenta como si fuera un turista, el joven de la habitación 10, dice, y ellos sonríen, ceremoniales, balan alguna cosa incomprensible y le invitan un café. David se deja agasajar y finge sorpresa al probar la taza caliente a pesar de que fue él quien llenó el termo en la mañana.
Todo en ellos se le antoja extraño. Sus rasgos japoneses son inocultables y cierta parsimonia en el andar, pero sus palabras, sus bromas son decididamente paulistas. David no puede evitar preguntarles si ya conocen el Japón, y ellos responden horrorizados que jamás han ido y que tampoco les interesa. Doña Satori no se inmuta al escucharlos. David no puede ocultar su sorpresa: el parricidio es una jactancia.
En la noche festejan con cervezas, las beben como agua, una tras otra, parece más como si apagasen un fuego que ardiera en el estómago. No hay degustación, es automático, otro ritual. Mientras lo hacen van probando porciones de entrañas que salen de un asador de ladrillos viejo y carbonizado: mollejas, chinchurrias, hígado. La última parada es una picanha que llevan a fuego lento en un rincón del asador. Le convidan al turista de la habitación 10 y este aprovecha el descuido de doña Satori para representar este papel profesionalmente. Mañana al despertar todos sabrán quién es él cuando comience a calentar el motor del tractor. Entonces se dibujará una frontera imaginaria que los Satori respetarán y todo volverá a la normalidad.
Una sucesión de partículas de polvo confinadas a una atmósfera de luz tenue y cobriza, una humedad que va despegando la madera de los marcos de las puertas y ventanas y va desconchando las paredes y agrietando la claraboya del baño que va ensombreciendo la habitación, achicándola, llenándola de una luz sucia como de bodega antigua, un óxido que va corroyendo los espejos y se va comiendo las esquinas donde se juntan las manchas de algún desinfectante que no se enjuagó y que decoloró los azulejos hasta convertir el baño en un mosaico de dos tonalidades de un verde menta como de hospital. Esta es la escenografía del lugar a donde llega David. No tarda mucho en darse cuenta de que ese lugar no es propiamente una habitación sino un depósito, un lugar del que no saldría vivo a menos que contara con antialérgicos e hiciera una limpieza profunda. Y también si no se dedicara a algo, algo como escribir, por ejemplo, y dejara la sangre en ello. Y eso hace. Primero acomoda el lugar, lo desinfecta y llena de vida. Y luego, concentra todas sus fuerzas, con absoluta devoción, en el acto de escribir. No porque crea en la trascendencia sino porque está convencido de que él puede hacerlo, de que sabe cómo hacerlo, y nadie sacrifica un don sin antes hacer algo con él, aunque solo sea por estricta curiosidad. En realidad, si tuviera que elegir entre escribir y volver a casa, elegiría lo primero porque al menos así puede simular su propio camino, trazar su propio destierro.
David casi no sale por las noches. Se encierra en su cuarto como quien acomete una tarea impostergable. En la posada saben que esa tarea no es dormir porque deja la luz encendida hasta la madrugada, ¿sufrirá de insomnio?, se preguntan las mucamas, ¿llamará a su esposa, hablará con su hijo hasta altas horas? En el ambiente flota esa pregunta. Sus hábitos monásticos preocupan a las cocineras, que ya comienzan a pensar en infusiones para el buen sueño. David es un tipo afable pero casi no se deja ver cuando no está trabajando en la posada. No se escucha nada dentro de la habitación, ¿por qué se tortura con esa luz crapulosa?
Sabrina se dispone a preguntar, no es de andar con secretos, tampoco de usar maniobras para extraer información, prefiere encarar, así que le pregunta. Algún derecho le confiere ser la que le da órdenes en la cocina después de la señora Aiko, o ser su compañera de almuerzo, compartir esa incómoda mesa para dos del rincón que, sin embargo, posee la mejor ventilación en aquel caluroso comedor.
—¿Sabes?, hace tiempo que quiero preguntarte algo.
—Ah, ¿sí?
—¿Qué es lo que haces? —no ha medido bien la pregunta, ha debido comenzar de otro modo, se nota el esfuerzo por avivar una conversación sin pretensiones, una conversación sobre cualquier cosa. Disfraza su pregunta con una futilidad engañosa y torpe de la que David ya está al tanto.
—¿Qué hago de qué? —devuelve él la pregunta con absoluta normalidad.
—¿Qué es lo que haces por las noches? —se aclara la garganta mientras insiste.
—Descanso.
—¿Con la luz encendida?
—No puedo dormir con la habitación a oscuras, es una manía de niño, mi mamá siempre dejaba la luz de la sala prendida.
Es primera vez que David menciona a su madre. Sabrina no puede desaprovechar la oportunidad para preguntarle por su familia.
—¿Cómo es tu mamá?, ¿de dónde es?
—Es tierna, es rechoncha y rellenita, una almohada casi, y tan dulce que empalaga.
—¡Es un amor entonces!
—Sí, aunque a veces se le va la mano.
—¿Exceso de amor? ¿Eso es un defecto?
—Lo es, no le puedes hacer creer a tus hijos que el mundo es un lugar plácido y generoso, para después arrojarlos a este manicomio sin la menor protección.
—¿Eso hizo ella?
—Cada día me convenzo más de que sí.
—Pero acá estás, lejos de ellos, y no te veo con miedo —Sabrina toma vuelo, se siente cómoda en la conversación, quiere abrevar en la verdad, hacerla brotar naturalmente.
—¿Por qué piensas que no tengo miedo? —ensaya una pregunta.
—No sé, pareces seguro, determinado —intenta aliviar un poco la tensión que se ha creado.
—Sabrina, nos inocularon el miedo desde que nacimos, somos puro temblor, un costoso jarrón chino sobre una mesa a la que le falta una pata —ensaya con alguna analogía y acaba recitando un poema.
Pausa de incomprensión.
